jueves, diciembre 14, 2017

Tóxico*



Todas las generaciones elaboran una idea sobre la debilidad y la arrojan a la calle. Pocas herramientas hay tan útiles para establecer castas y pasión en el orden amenazado, siempre en guardia contra aquellos que deben apartarse de la ruta de los héroes. También la modernidad digital, que nos ha convencido del valor de lo prosaico, necesita erigir muros contra los pequeños, que son el verdadero peligro.

El débil sufre en la competición inacabable; el mundo depende del castigo al perdedor. La idea arraiga en el rebaño. La derrota debe ser merecida, dicen, la muerte es la salud descuidada. Así, el superviviente amanece cada día con el desafío de participar una vez más en ese equilibrio tan precario entre el amor y el sueldo.

Qué importante es entonces el discurso para inhibir a quienes dudan de un presente que deprime los bolsillos y degrada las apetencias. Un discurso pronunciado por el poderoso, dirigido a provocar la vergüenza del contribuyente. Las palabras se instalan en la ciudad como cepos que uno esquiva para no atraer la atención de la censura. Únicamente la persona firme en su almario puede acumular motivos para no rendirse.

Incluso el llanto y el recuerdo de nuestra fragilidad de criaturas se combaten con términos cargados de veneno y de intención. Piensen en la gente supuestamente “tóxica”, cuya mera presencia, aseguran los nuevos sacerdotes de la estimulación social, interrumpe nuestra escalada hacia la cima. Como una reedición siniestra del culto a los santos -que respondían al ardor de la carne con una fe inquebrantable-, se esfuerzan en diseñar respuestas sobrehumanas cuando el cuerpo desfallece.

De esta manera, sería un pecado asumir con miedo la enfermedad; uno debe aguantar estoicamente (hay que ser como Randy Pausch). Tampoco se tiene derecho a la depresión en el abandono o en el desempleo: ahí está Chris Gardner. Porque, ahora, tus lágrimas, querido sufriente, tu destino fatal de inútil incurable, no son resultado de los golpes cotidianos, sino expresiones de tu “toxicidad” en plena ascensión emprendedora. Siempre te enseñarán a despreciar al “tóxico”; nunca a dejar de serlo. Y esa es su victoria. 

* Columna publicada el 30 de noviembre de 2017 en El Diario Montañés

jueves, noviembre 30, 2017

Betania*



Murió y fuimos a la iglesia porque yo quería hablar con el cura. Venía, dijo, de un pueblo de Zamora y le agradaba la idea de honrar a un hombre tan cercano en paisaje. Se lo había preparado bien. A mi padre, creo, le habría gustado ese porte de castellano recio, la sabiduría sin florituras y su amabilidad, propia de los hombres de Dios cuando lo son sinceramente. Yo quería proponer una lectura del Evangelio: el capítulo 11 de Juan, a partir del versículo 17; es decir, Lázaro. El sacerdote aceptó. Vuelvo a agradecérselo ahora.

Es posible que en Roma aprecien este pasaje de una manera diferente porque trata -o, al menos, eso se ha creído siempre- de la exhibición del control divino sobre la carne y su caducidad. De hecho, hay que tener en cuenta que Lázaro no resucita, sino que sólo es revivido temporalmente para volver a morir algunos años después. Esta idea (que escandalizaba a Saramago) la comparte el Magisterio: Jesús resucita para la ‘Gloria’, no vuelve a ser un hombre más. Lázaro, sí.

Pero, más allá de la conclusión que, desde luego, impacta, yo prefiero su principio. Lo resumo: Jesús se dirige a Betania donde Lázaro ya ha muerto. Su hermana Marta oye que el Maestro está llegando a la aldea y corre hacia él. El encuentro es frío y seco, como una puñalada. Marta le espeta: “Si hubieras estado aquí, Señor, no habría muerto mi hermano”. Jesús contesta con aparente indiferencia: “Tu hermano resucitará”. La mujer se resigna y da la razón a su interlocutor. “Sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús vuelve a la carga: “Yo soy la resurrección y la vida…”.

El capítulo sigue, pero en las ceremonias católicas se divide en dos partes, interrumpiendo la sucesión dramática de acontecimientos. Después de Marta, es su hermana María quien acude al encuentro de Jesús y cae a sus pies. Le dice lo mismo que le había dicho antes Marta: “Si hubieras estado aquí, Señor, no habría muerto mi hermano”. Esta vez, a la mujer la acompañan muchas personas que lloran con ella. Jesús ya nada dice y también llora al ver llorar. Cuando el mensaje no sirve, actúa y revive a Lázaro.

El milagro (o el signo) es aquí secundario. En esta lectura, uno se da cuenta de hasta qué punto se acortan las distancias. La conversación tiene lugar donde la plegaria y los dogmas ya no arraigan. Se produce una contestación, se exige algo concreto (como hizo aquella mujer sirofenicia, tan bien descrita por Marcos) y todos participan del dolor, de la indignación que trae consigo la muerte, arropando a la familia, llorando junto a ella. Es la comunidad -a menudo torpemente por falta de costumbre- la que propone el abrigo frente al silencio absoluto de Dios; el puro roce del amor y la amistad que existen y se agradece.

* Columna publicada el 19 de noviembre de 2017 en El Diario Montañés. 

miércoles, noviembre 15, 2017

Los deseados*



Cuando todo esto acabe y recojamos los pedazos del país, nos preguntaremos cómo fue posible que un artilugio tan pequeño, tan ridículo en apariencia y absolutamente desprovisto de cualquier valor moral, haya podido provocar tanta destrucción. Pero a ese asombro cabrá responder entonces con la asunción -paradójica y preocupante- de que el enemigo es siempre más escandaloso. Las instituciones democráticas prefieren el trazo fino, la capacidad de desenvolverse en un ámbito plural y no inflamado por los uniformes y por la exclusión. Su triunfo no resulta sencillo en tiempos de crisis: los rivales aprovechan las grietas que la enfermedad abre para colarse en el sistema débil y pervertirlo.

El artilugio es el nacionalismo; y el nacionalismo es hoy incompatible con la sociedad abierta. Frente a la procesión cerrada de sujetos idénticos, la democracia propone algo mucho más humilde: la convivencia entre los distintos. En España, pensamos que era posible rescatar la idea de ciudadanía, negada durante los cuarenta años de la dictadura franquista, haciéndola coincidir en la periferia con fenómenos de construcción nacional, intocables por el Estado en su delirio adoctrinador y tremendamente útiles para garantizar mayorías parlamentarias a cambio de privilegios económicos y la plena independencia en la gestión de sus asuntos. De esta forma, Cataluña y el País Vasco instalaron el dogma de que la pluralidad era lo que España les debía, al tiempo que negaban cualquier desviación interna.

El fraude conocido de que allí el autogobierno escondiera la estimulación del ‘hecho diferencial’ se recibía desde Madrid con cínica indolencia. Los dirigentes españoles creyeron tener la razón del estado de derecho mientras ellos se armaban de mentiras y establecían los cimientos de una tribu impermeable. Hoy se dice que el ‘Procés’ ha destruido el catalanismo. Es posible, pero lo que está más allá de toda duda es que el movimiento se forjó en la identidad hostil hacia España. El pujolismo era, finalmente, esto.

Por ese motivo, los recientes acontecimientos quizás sirvan para acercar el foco a la realidad catalana, a su verdadero paisaje que no es, en absoluto, homogéneo y puro, sino integrado por ideas que deben convivir en su diversidad. Los grandes partidos confiaron hasta el último momento -quizás, aún confían- en el advenimiento de un caballero blanco del nacionalismo; Santi Vila, por ejemplo. El Partido Popular y el PSOE han deseado siempre tener la fiesta en paz junto a la derecha catalana del ‘seny’ y del dinero. La forma en que Puigdemont y Junqueras han profanado las instituciones convence hoy de la necesidad de aplicar el artículo 155 de la Constitución. Eso sí, la pertinaz ausencia del Estado en Cataluña dificulta enormemente el éxito de una labor profunda, por muy necesaria que esta sea. Hoy, se confía todo a los jueces y a los resultados de las elecciones autonómicas de diciembre, quizás las más importantes de la historia de España. Veremos si con eso es suficiente.

* Columna publicada el 5 de noviembre de 2017 en El Diario Montañés

jueves, octubre 26, 2017

Fantasía*



Muchas veces nos ofenden las señales de la historia porque recibimos de ellas una llamada a la quietud. Su visión nos acompaña como aquel esclavo que, en la antigua Roma, sostenía los laureles del ‘triumphator’ al tiempo que le advertía: “recuerda que sólo eres un hombre”. La historia embrida a los pueblos y a las generaciones. Hoy sabemos que la búsqueda de la pureza empapa la tierra de sangre.

Las soluciones revolucionarias parecen obvias hasta que se confrontan con el estudio. En las comunidades desarrolladas, las violencias son siempre equivalentes y las pasiones no justifican el establecimiento de categorías humanas. La civilización se forja en la sacralidad de la vida, ámbito que no debe traspasarse para alumbrar un paraíso irresistible; este es el trato.

El terrible siglo XX sirvió -o, por lo menos, eso creímos- para descartar las respuestas totalitarias a las crisis recurrentes. El mundo comprobó que el nacionalismo, la movilización de las masas, el sacrificio de chivos expiatorios y la implantación de dictaduras contribuían al hundimiento material y moral de los países.

Por razones de edad, nosotros no conocimos a los totalitarios en su entusiasmo juvenil. Los conocimos decepcionados, marcados por la derrota, sí, pero “nunca en doma”. Los crímenes cometidos en nombre de la ideología se aceptaron, en el mejor de los casos, como un error justificable, pero sus discursos estaban desactivados por la prosperidad de sociedades que parecían haber logrado el equilibrio entre libertad política y oportunidades económicas. La reactivación de los mensajes tribales aturde hoy al personal. Su éxito no era esperable en una época en la que la información y la cultura están al alcance de un clic.

La revolución no tiene nada que ver con la verdad, sino con el permiso para violarla. La revolución es una fantasía dirigida contra el otro. El revolucionario ataca el imperio de la ley desde la propaganda, igualando, por ejemplo, la legislación española con la de cualquier país autoritario (nunca la Cuba castrista, no se vayan a equivocar). Lo importante es negar su legitimidad, su crédito. La desobediencia no sería, por lo tanto, un delito, sino el honor de quien desvela una trampa. Desde esta lógica, toda respuesta del estado ante los atropellos (hoy, el independentista) constituiría una fórmula represiva a la que resulta obligado combatir.

El revolucionario no distingue la España constitucional de la franquista; no le conviene. Prefiere, por supuesto, mantener la memoria de la dictadura, su vigencia siempre actualizada desde ‘Madrid’, y celebra el desafío institucional más descarado que los ciudadanos hemos padecido durante los últimos cuarenta años: el de la periferia centrífuga. Eso sí, el revolucionario no es nacionalista (la sinceridad irrumpe donde menos se la espera). No apoya este golpe por razones sentimentales, sino desde posiciones meramente estratégicas que desgastan el derecho a cuyo sostenimiento en nada ha contribuido y que, por ese motivo, más desprecia: la libertad de la sociedad abierta.

* Columna publicada el 6 de octubre de 2017 en El Diario Montañés

viernes, septiembre 22, 2017

El relato*



En la vorágine de la era digital, aún sabemos que nosotros no iniciamos la historia, sino que nos sumamos a ella, incorporándonos, así, a la conversación de los mayores. Esta llegada nuestra produce alegría porque no irrumpimos desde el vacío. Como herederos de un país con pretensiones, pronto se nos ofrecen libros y películas, museos y aulas -acaso angustias- para trabajar las ideas con las herramientas oportunas. A veces, sin embargo, esta educación no basta y a algún neófito se le ocurre ensamblar las piezas de un modo propio, recuperando palabras o inventando un nuevo significado para el mundo.

La reflexión sobre lo que a todos concierne guarda siempre el peligro de una conclusión injusta. Hoy, los debates se espesan y da la impresión de que los conceptos son deliberadamente corrompidos para llegar a los mismos peligrosos lugares, pero desde un trayecto distinto que distrae al contribuyente. Es un fraude y se ha dicho. Pero esa firmeza en la crítica decae frente a los voceros de la beligerancia.

Algunos, pese a los insultos, rescatan los valores ilustrados, de la libertad y la igualdad, para denunciar la buena prensa de la que gozan quienes desprecian las instituciones. La causa tribal ha forjado un discurso que pretende despojar a las sociedades de su pluralidad, imponiendo símbolos y silenciando disidencias. En ciertos lugares, la oposición -ya estigmatizada- resiste. En otros, quedan tímidos rescoldos que, asumiendo la necesidad de una cobardía cotidiana, ya sólo esperan que los vencedores sean indulgentes.

El proceso catalán nos proporciona una visión concentrada de las posibilidades de derrumbe moral que trae consigo la apuesta por el nacionalismo. A estas alturas, no sorprende, pero asusta, la veloz renuncia al estado de derecho; la legitimidad que, incluso en 2017, pueden alcanzar las ideologías excluyentes. También, la rabia por la ocasión perdida de reconstruir una patria moderna (de ciudadanos libres e iguales, ya saben), tras una historia de pronunciamientos y rancias dictaduras militares.

No sabemos si España se perderá en el camino, pero la convivencia se ha roto en Cataluña. Eso sí: la asunción mediática del independentismo como un instrumento político capaz de erosionar aún más al maltrecho ‘Régimen del 78’ avergonzará al país en un futuro que es ya presente. Ojo, no deberíamos abrigar nuestras palabras con rencor o tristeza. La responsabilidad de quien escribe obliga a proclamar la esperanza, aunque lo pongan difícil.

La realidad, por ahora, va por otros caminos. La inversión ha sido equivocada, pero seguimos adelante para tener la fiesta en paz. Mientras tanto, los nacionalismos profundizan en su modelo insolidario, desoyendo a los tribunales, adoctrinando en las escuelas, diseñando una ruta de supremacismo tolerado. No existen argumentos para la independencia; únicamente la voluntad de frontera, el entusiasmo de banderas de combate para exhibir su ‘hecho diferencial’: el odio cocinado ante la indolencia de los gobiernos centrales y la complicidad de los revolucionarios. Este es el relato.

*Columna publicada el 22 de septiembre de 2017 en El Diario Montañés

viernes, septiembre 08, 2017

Fobias*



Conozco, por fin en persona, a R. en el nuevo piso santanderino de dos buenos amigos comunes. La lluvia de finales de agosto nos recoge a los cuatro en la sala de estar, rodeados de libros y con el vaso en la mano. R. es un hombre alegre que piensa y habla deprisa. Conversamos de muchas cosas; de la problemática relación entre los tres grandes monoteísmos, para empezar, asunto que domina y sobre el que ha escrito ampliamente en su celebrado primer libro. Se agradece el respeto, la plática razonable en plena efervescencia de los discursos inmediatos. Todos coincidimos en que la cosa pinta muy mal; el peligro yihadista es ya indiscutible y su desparpajo ha sorprendido a la siempre ingenua opinión pública europea.

R. ha leído mucho y ha viajado mucho. Sus experiencias le han permitido templar la sesera con frecuentes baños de realidad, alejándose, así, del cliché. Uno de los principales ingredientes de la actual amenaza, dice, es su compromiso con la destrucción de la riqueza cultural del Islam, su empeño en borrar cualquier matiz que discuta el férreo control fundamentalista. La vanguardia de la Yihad desprecia a Averroes, a Avicena o a Ibn Arabi y teme las maneras de una fe que brilló, hace algunos siglos, en Córdoba, en Damasco o en Bagdad.

La prioridad de la rabia genocida del Estado Islámico, afirma R., es tomar el poder en Arabia Saudí y en el resto de países de la zona, siguiendo el dicho de que “no hay peor cuña que la de la misma madera”. Los terroristas comparten la visión extrema del Islam que brota de Riad, pero los perturba la discordancia entre su lectura despiadada de la religión y la querencia vividora de sus gobernantes. Por ese motivo, los saudíes persisten en su hermetismo -sin estimular cambios que podrían resultarles traumáticos-, al tiempo que participan en el intento de oponer a este vendaval asesino de cuchillos y furgonetas un Islam ordenado y blanqueado (por ellos, desde luego) en Occidente.

La fórmula es astuta. El miedo a caer en la “islamofobia” previene al personal de enunciar lecturas negativas sobre el Corán o sobre la tradición religiosa que emergió tras su meteórica expansión. No se trataría ya, en definitiva, de reivindicar a Rumi o a Naguib Mahfuz frente a los terroristas, sino de contribuir a que ni siquiera sea posible expresar públicamente una opinión libre sobre el dogma sin ser severamente reprendido. A diferencia de otras fobias emblemáticas (homofobia, misoginia, todos los racismos), el término “islamófobo” estigmatiza a quienes critican un sistema de creencias. Muchos intelectuales sufren hoy siniestras campañas de desprestigio por, como dice el chiste, no ser partidarios. El riesgo más urgente: que la censura de los análisis provoque en nuestras sociedades avanzadas no el advenimiento de un Islam capaz de conectarse con la modernidad sino la aceptación sumisa de que todo vale mientras no nos maten.

* Columna publicada el 7 de septiembre de 2017 en El Diario Montañés

jueves, agosto 31, 2017

Nuestra obligación*



Dicen que la imagen de Emmanuel Macron sufre en Francia lo que un muñeco prematuramente despreciado por algún niño caprichoso. Según una encuesta de Le Journal du Dimanche, la popularidad del presidente se desplomó diez puntos durante el pasado mes de julio; una caída temprana pero, quizás, inevitable si se atiende al perfil del mandatario, a su improbable concreción en líder histórico.

Lo vemos a nuestro alrededor, alimentándose de la actualidad y de redes que favorecen el intercambio escueto y parcial de los saberes del mundo. Lo experimentamos en cada incendio ideológico que amenaza con  devorar las frágiles estructuras institucionales. Hay que decirlo, en definitiva, con humildad: para alcanzar un éxito sostenido en el tiempo, la política necesita ser potencialmente asesina. La mitología que arrastran los credos fuertes promete siempre un nuevo comienzo, sin la cizaña que enturbia la claridad del paisaje. Pueden ser los judíos, los negros, los inmigrantes o cualquier paseante distraído. No hace falta que el objetivo sea de un color determinado; lo importante es que exista una diana a la que dirigir la flecha de la Revolución.

Por ese motivo, peligra el futuro de Macron como figura mesiánica, encargada de recomponer el prestigio de un sistema que, no lo olvidemos, ha alumbrado el periodo más fecundo de Occidente en desarrollo social y económico. El impulsor de En Marche! no enarbola nada sólido, más que la posibilidad de un centro de nuevo cuño, cosido a la tradición igualitaria de su país. La fragilidad de su candidatura, exitosa en gran parte por constituir una alternativa al Frente Nacional, crea, no obstante, desconfianza. ¿Cómo competir en fervor y en riesgo con las hordas de Charlottesville y de la Yihad? ¿Qué oponer a los fanáticos de todas las tribus cuando tu gestión pasa, precisamente, por desactivar las pasiones de la guerra civil y por ejercer la legitimidad democrática frente a las sectas armadas?

La aspiración humana a la utopía esconde la semilla de la violencia y de la apropiación del otro. Cuando esa aspiración se proyecta a través de la actividad del grupo, y no se amansa con la moral, a menudo acontecen los desastres. Paradigmáticos, en este sentido, son los atentados en Cataluña, prácticamente calcados a otros que hemos visto antes: la misma incredulidad al principio, idénticos cuerpos tendidos sobre las aceras… Los mismos discursos planos, ya impersonales por la victoria del lenguaje político sobre otras voces posibles.

El Paraíso, la raza superior, la nación uniformada. La capacidad de atracción de los fenómenos resplandecientes, de  las ideologías de brocha gorda, deja sin palabras a aquellos que se conforman con una sociedad de individuos imperfectos y moderadamente optimistas. El espacio que ocupan las propuestas genocidas causa pavor entre el personal desmovilizado y bien sujeto por los moralistas del tuit. Ya no basta con la sorpresa de los no comulgantes. Maite Pagaza ha escrito: "hoy lloramos, pero nuestra obligación es derrotarlos".

* Columna publicada el 30 de agosto de 2017 en El Diario Montañés