viernes, agosto 18, 2017

La muerte del rico*



Han ingresado a Ángel Nieto, de 70 años, en una clínica de Ibiza y los medios informan a través de sus ediciones digitales: “Ángel Nieto, grave tras sufrir un accidente con un quad”. El impacto de la noticia se propaga en un país donde ya no interesan el respeto ni las condolencias. La posibilidad de la opinión es irreprimible. A las muestras de afecto de muchos lectores hay que añadir los impúdicos juicios de valor de los más politizados. La muerte pesa menos que ‘El Cambio’; en eso creen.

Existe algo diabólico, una suerte de atracción fatal que posee al militante cuando se sienta frente al teclado de su ordenador o se conecta con su teléfono móvil. Esa atracción es un síntoma del deber; la responsabilidad de participar en el hecho revolucionario con la macabra alegría de quien prefiere la trinchera. Alguno se sorprende de que pueda darse importancia “al accidente de un rico”; otro le dice “franquista”. Son ideas -por llamarlas de alguna manera- maceradas en la intimidad del malvado que sólo espera la venia de su época para vomitarlas. Ángel Nieto falleció ocho días más tarde. 

La muerte exige recogimiento, la comunión de los seres queridos que lloran a la persona despojada ya de todo atributo terrenal. Es, en definitiva, un encuentro con el Absoluto más allá de convicciones religiosas. Quien lo profana con insultos o con mensajes demagógicos participa de la pérdida de lo humano como referencia y plenitud. Hoy ya sólo gobiernan los ejércitos; por ese motivo, vale la pena insistir en las advertencias contra aquellos que pretenden reducir la realidad a su batalla, hostigando a los rivales como quien ataca un tumor. Una de esas advertencias sigue siendo la Soah.

Está previsto que, a finales de año, se inaugure en Madrid la exposición ‘Auschwitz: No hace mucho. No muy lejos’, coproducida por el Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau y la compañía española Musealia. En ella se mostrarán más de quinientos objetos relacionados con el campo de exterminio para acercar al público español la trágica magnitud del Holocausto.

Este tipo de eventos nos reconcilia con la especie. Por lo menos, pensamos, sigue habiendo personas comprometidas con la enseñanza de la Historia. También padecemos, sin embargo, la normalización del duelo. Pese a los bienintencionados, la memoria no ha servido para vacunar al planeta contra toda tentación autoritaria, ni contra el peligro de las masas activadas por las apelaciones tribales. Ni siquiera contra el antisemitismo, camuflado hoy bajo otras banderas y otros uniformes. La derrota nazi convierte Auschwitz en un relato concluido, sin atender al virus que sobrevivió a 1945.  

Lo advierte el escritor argentino Santiago Kovadloff: “El antisemitismo es un intento de que la interpretación del hecho judío sea monopolio de quienes lo detestan”. Vale extender esta afirmación a cualquier “enemigo del pueblo”. La lucha es siempre por la existencia, para que ninguna perspectiva anule todas las demás.

* Columna publicada el 12 de agosto de 2017 en El Diario Montañés

lunes, julio 31, 2017

Los buenos*



Una lectura suspicaz de la Biblia puede llevarnos a la siguiente conclusión: para cumplir su plan, Dios necesita hacer virguerías, mientras que al Diablo le basta con que las cosas sean. Las sagradas escrituras remarcan esa distancia terrible entre el Creador, todopoderoso y siempre espectacular, y la creación débil, fácilmente propensa a la catástrofe. Es verdad que, a medida que el texto avanza, uno asiste al desnudamiento de la divinidad; a su conversión en una inmensa fuente de moral contra todas las amenazas del mundo.

Resulta, incluso, emocionante caer en la cuenta de ese cambio. El tipo duro desvela sus verdaderas motivaciones: la reivindicación de lo pequeño, de lo hundido por la injusticia. Pero participa cada vez menos. La denuncia releva a la ejecución; el susurro sustituye a las plagas de Egipto.

Lo que no cambia, sin embargo, es la clave dialógica de la Biblia. Es indiscutible que existe un hilo que vincula, más allá de la fe, a todos sus redactores; a saber, la preocupación por el mal y por el dolor, angustias irresistibles para las almas nobles. A Dios se le pide, se le reza y se le exige misericordia, como Abraham en Sodoma (“¿en verdad destruirás al justo junto con el impío?”). La posibilidad de la queja pasa por la previa asunción de la cercanía de Dios, de su intimidad y, por supuesto, de su libertad. En este sentido, Karl Rahner destacaba al Dios de Israel que “realiza elecciones y establece diferencias, está cerca o lejos según su voluntad”. Frente a la cruel naturaleza, se espera una intervención. Pero, hasta entonces, ¿dónde están los buenos?

La semana pasada, supimos de la detención de Ángel María Villar. Antes, hemos sabido de otras detenciones. La lista de presuntos corruptos, de investigados y condenados en España, crece cada día y rebosa en la retina de cualquier espectador sensible. ¿De dónde sale toda esta gente? ¿Cómo es posible construir una vida cualquiera -siempre limitada en tiempo y en salud- sobre los cimientos del saqueo, de la ramplonería que, antes de mostrarse como estrategia del mal, participa en la actualidad como paradigma del éxito?

Cada detención televisada nos confirma en la sospecha de que, en realidad, nadie rechaza el delito, ni deja de aprovecharse dado el caso. Parece que esta interminable procesión criminal forma parte de una secuencia lógica de episodios de fama que concluyen necesariamente con alguna visita a los juzgados. Los buenos, aquí, son escasos e inservibles.

Vale la pena insistir: ¿dónde están los buenos? Sin duda, si queda alguno, estará escondido, apabullado por la competición, acomplejado por la moda y las alabanzas a la supervivencia en un mundo de asumida infelicidad. También la Biblia dice, ojo, que sólo Dios es bueno; es decir, que las multitudes que abarrotan, por ejemplo, los parques acuáticos no merecerían más que tierra y olvido, pero yo creo que tampoco es para ponerse así.

* Columna publicada el 28 de julio de 2017 en El Diario Montañés

martes, julio 18, 2017

El permiso*




El tiempo heroico es, en realidad, el tiempo de los verdugos. Nadie ha sido capaz de arrebatar una vida o de romper un escaparate sin disponer del conveniente permiso. La violencia se activa siempre desde un espacio discreto y seguro, como un dique que alguien retirase, dejando el cauce libre para la riada. No hay, por tanto, como dicen, un “clima de ira” o un “cambio de paradigma” que justifiquen la demolición de todas las certezas. La llama se aviva artificial e incansablemente. Es necesario que el malestar se perpetúe; no se puede desfallecer tras el diagnóstico.  

El siglo XX fue escenario de la ebullición política de las masas, dirigidas en todo momento por siniestras capillas firmemente ideologizadas. Se trató entonces, como ahora, de mostrar el señuelo de la “espontaneidad”, bajo el que se esconde el cálculo más cínico y controlador. La pretendida clase intelectual de Occidente suele caer una y otra vez en el engaño revolucionario, como en aquel idilio de la burguesía parisina de los años sesenta con la Revolución Cultural china. Los jóvenes guardias rojos, lejos de expresar su compromiso con la transformación social, despejaron el camino a Mao en su batalla por el control del Partido Comunista. Una tragedia, disfrazada de ingenua aventura. Hoy, una vez pasado el peligro, parece una chiquillada. No lo fue.     

No hubo, en efecto, nada romántico en el plan del ‘Gran Timonel’; sólo el encantamiento sobre un país dominado por un símbolo irresistible. Este engaño esconde una estrategia conocida y cultivada por cualquier vanguardia golpista. Más que la solución de un problema importa el enquistamiento, su potencialidad para provocar un estallido. Tampoco corresponde el arraigo de valores como la libertad; se prefiere, por el contrario, el alistamiento, la comprensión del individuo como miembro de un grupo beligerante.   

En este sentido, resulta revelador observar los movimientos de los convencidos, permanentemente en guardia en la plaza pública contra todas las desviaciones. Cuando la sociedad asume este estado de cosas, a los herejes se les pone cara de mártires. Ni siquiera un palmarés más o menos progresista garantiza la inmunidad del disidente. Ya pasaron los años de la polémica cómoda y del intercambio de cartas al director. El prestigio del escritor y del intelectual se discute y se arroja a un pozo hondo. Saben que la ridiculización pública es mucho más útil que cualquier debate sereno. Y mucho más fácil: destruir una reputación mancha menos que eliminar a una persona.   


Conviene, sin embargo, no deprimirse. No existe la inevitabilidad que pretenden los profetas del Pueblo. Las estampidas se agotan pronto tras el primer susto. Lo que viene después no es la indignación o la “atmósfera de cambio” que justifica cualquier sacrificio en nombre de la ‘Causa’, sino una orden directa y escueta. Como la orden que le dieron a Txapote de descerrajar dos disparos en la nuca a Miguel Ángel Blanco hace veinte años.

* Columna publicada el 13 de julio de 2017 en El Diario Montañés.

viernes, julio 07, 2017

Lecturas*



Como ahora vivimos todos juntos y apenas nos separa el hormigón, uno puede abandonar el lugar terrible y, al rato, atravesar otras calles repletas de felicidad y de terrazas. Esa premura en el cambio de paisaje convence de la pequeñez o de la riqueza de los otros como prueba de nuestra insignificancia. Nada cabe concluir de la propia experiencia porque, en la tortura del ser anónimo, nada de lo sufrido importa. Nada heroico resplandece del dolor, sólo un recorrido grave que no puede ser contado para no asustar.

El malestar de la juventud en una ciudad cualquiera, la vida del aspirante a profesional mediocre -el buen lector venido a menos-, aturdido por las exigencias de alimento y promoción, raspan la piel y las posibilidades. Se ha renunciado a demasiadas cosas, pero nunca a la inteligencia.

Porque no se trata del número de lecturas, sino de la pérdida del prójimo como garantía de un planeta sin dogmas. La sustitución de la solidaridad por un sinnúmero de tribus cosidas al odio representa la amenaza más atroz porque no es nueva. La querencia sectaria brota, imaginamos, del fracaso de una institucionalidad que no ha sabido ofrecer nada apetitoso en lugar de la nación, esa vieja trampa.

El respeto es el único valor operativo y defendible en una sociedad abierta. Cuando se produce la involución moral y las hordas reclaman el interés propio (cualquiera que este sea), el desprecio del anciano intelectual no sirve y el sacrificio se propone sin réplicas. Lo hemos vivido antes.  

Los jóvenes que se asoman por primera vez a la política sufren de una histeria sin certezas. Frente al cruel silencio del Estado, buscan voces con versos nuevos, seductores, en la era digital. La guerrilla del teclado y la facilidad con la que se activa la propaganda contra los valores universales reducen el peso de la vida humana. Hoy, mueren toreros, políticos o transeúntes e, inmediatamente, individuos instruidos y calculadores se colocan la máscara del mal y escupen rencor sobre el cadáver. Porque la persona ya no importa, sino la adscripción a una tribu enemiga.  

En el campo embarrado los totalitarios siempre marcan algún gol. Sortean la condición electoral en el desprestigio del orden democrático para ir sembrando diferencias y sustituyendo la ciudadanía por la militancia. Estos nuevos ogros creen tener derecho a la destrucción. Para sus líderes, la batalla consiste en la burla, no en el intercambio de argumentos. Escuchar al adversario esconde, piensan, una peligrosa debilidad. Ya no es posible atender a las razones del interlocutor; primero, se busca la trinchera de donde emerge la voz para sacar el trapo blanco o disparar.             

El cambio social llegará de aquellos que proponen una nueva mitología, pero sólo se confía en quien no tendrá reparos en hundir el puñal. De ahí que hayamos sido testigos, durante los últimos años, de la conversión de los cursis en implacables comisarios políticos.

* Columna publicada el 30 de junio de 2017 en El Diario Montañés

viernes, junio 16, 2017

El escritor*



Se muere el escritor y a uno le entran ganas de asomarse al mundo como él lo hacía, soltando el peso del oficio corriente y español. Ese alejarse del grupo en la asunción de la vía profética, crítica hacia su cultura, obliga, quizás, al riesgo. Cuando la vida se convierte en misión podrían deshacerse los lazos.

El escritor son muchos escritores que han abrazado la distancia como un ámbito imprescindible de su trayectoria. El exilio interior y el destierro forjan una raza especial de artistas. Pienso en Goytisolo, pero también en Jiménez Lozano, Bowles o en el Jünger emboscado. Marrakech, Tánger o Wilflingen, al igual que Alcazarén, son espacios donde el escritor completa su obra mezclándose al tiempo con la vida más exacta.

De esta manera, llegan el paseo por el mercado y los paisajes humildes y no del todo invadidos por la modernidad. El bullicio y el silencio establecen un equilibrio a menudo precario pero siempre posible, donde el escritor trabaja sin el lastre de la polémica y de la portavocía gobernante u opositora.

Pero el escritor se ve igualmente tentado por el viejo heroísmo. La excepcionalidad de su profesión actúa como canto de sirena que lo arrastra hacia la calle. El asesinato en Londres de Ignacio Echeverría demuestra, sin embargo, que ya no puede confiarse todo al perfil sacrificial del intelectual comprometido. Esta cómoda perspectiva tranquiliza al ciudadano medio, que asiste admirado a la lucha de los otros. La muerte del español refleja la aparición de un nuevo tipo de héroe que nace de un nuevo tipo de guerra.  

Pareciera que la violencia no existe en el sueño de la placidez acumulativa, del buen puesto de trabajo, de una casa en las afueras con un perro y algún niño. Pero la humanidad resiste a la ausencia de mitos. Ya nadie piensa en héroes pero lo decimos porque nos recuerda alguna película, acaso la afición infantil por las novelas de aventuras. Echeverría se parece a un héroe pero sin la intención de la gloria; simplemente, buscaba la solución a un problema. Al titular, exageramos los motivos y las convicciones. La realidad es mucho más tosca, más generosa y más bella.  

Convertirse en un ser humano (en un valiente ser humano) no exige de grandes palabras o de complejas fórmulas espirituales. No cabe mayor desafío que la normalidad de las cosas en su despliegue cotidiano, en la sensatez de conocer las propias fuerzas. Echeverría patinaba, era abogado y tenía amigos. Era católico. Las identidades, pese a lo que a diario tratan de vendernos, no se  excluyen. La personalidad es siempre amplitud.   

Frente a las atalayas del desprecio, sólo en el contacto íntimo con la responsabilidad podemos defendernos de la muerte, evitar su dominio. El asesinato de Ignacio Echeverría se empapó de actualidad, pero su decisión es heroica porque es sencilla; es el puro hacer que nos justifica en la existencia.

* Columna publicada el 15 de junio de 2017 en El Diario Montañés

lunes, junio 12, 2017

Grietas



Tal vez, bastaría con deslizarse como una serpiente astuta entre las grietas del tiempo, aprovechando el fruto que brota de cada experiencia. Habría, así, algo de lo que enorgullecerse; un pequeño oasis de satisfacción en la sutil avalancha. La agilidad del cuerpo acostumbrado al relieve de los días, sin temor a un mal paso porque los malos pasos, precisamente, serían alimento y conquista.    

lunes, junio 05, 2017

Un buen futuro*



Trabajaron la ilusión de vivir sin tribu; el espejismo de la desnudez. Crecieron en el silencio, improvisando ceremonias y uniformes como último reciclaje. Los poetas que sucumbieron a la tentación de la pose extemporánea se rindieron luego al dogma más vulgar. Valía la pena, quizás, asumir el discurso que emergía cotidianamente de todas las publicaciones y de todas las pantallas. La vida se llenaba de exigencias cada vez más amargas: un sueldo minúsculo, una familia precaria. Era el planeta fragmentado, cosido aún a los restos de la vieja sabiduría.

Insistieron en la intemperie, pero no había alternativa, ni modelos; únicamente el cinismo que sustituyó a la Ilustración -desafiada una y mil veces por los enemigos del burgués-. ¿Quién iba a decirles que la felicidad por la victoria de la democracia alumbraría esta época donde ya nadie confía en poder salvar los muebles?  

El silencio no es para todo el mundo. Se posa en exclusiva sobre aquellos que no pueden pagarse una nueva fe o carecen de un talento incontestable. Han sido demasiados los días de desprecio metódico hacia la cultura; muy alta la apuesta por los instintos del liderazgo rentable. Pero del silencio no nace la quietud, sino el orgullo y una irresponsable conciencia de fragilidad. El “no dejan alternativa” actúa como elemento justificador de todos los crímenes. El mantra se balbucea en las tertulias o se proclama en las manifestaciones. La propia decisión también desaparece como medida del bien. Ya no responden ante nadie.

El humor muere pronto y la esperanza dura lo que la salud. El hogar no puede servir de protección frente a una calle que es ya campo de batalla que se expande en cada territorio íntimo. Pero la oportunidad brota del peligro. Así, Julián Carrón comparte con Hannah Arendt la idea de que los problemas “nos hacen volver al desafío de las preguntas”.  El  teólogo afirma que “una crisis es una ocasión para establecer lugares donde escucharnos”.

Apagar el silencio, ¡qué provocación! Quizás, podrían empezar con susurros, tallando un futuro posible, menos trepidante, donde cupieran todos; donde poder conocer, por fin, a todos, como a Stephen Jones y Chris Parker, los dos sin techo que atendieron a las víctimas del atentado de Manchester inmediatamente después de la explosión.

La sociedad es implacable. Por eso, cada vez resulta más difícil convencer al personal de que el esfuerzo merece la pena. La incertidumbre, decían, es el precio que pagamos por la lectura sin trabas, pero el saldo se agota en cada mentira, en cada malversación. También la multitud oculta a sus monstruos. Reino Unido, sacudido por el mal; Francia, acostumbrada al derramamiento de sangre. El mundo entero, bajo amenaza. Desde el  fatalismo occidental, nos entregamos a la seguridad de la cerca. Porque la militancia no es el resultado de la asunción de un sistema de valores, sino, precisamente, el fin de toda realidad y de toda conciencia.

* Columna publicada el 1 de junio de 2017