La célebre frase de
Agustín de Foxá: “Los españoles están condenados a ir siempre detrás de los curas, o con el cirio o con el garrote”.
Inexacta y confusa. Al contrario, el problema del país estriba en su eterna
búsqueda del consenso, que es, tras el mutis de Dios, una forma desacralizada
de ser cura. Todos quieren, en fin, colocarse el alzacuellos. No me atrevo a
realizar aquí un análisis -que no iría más allá de la mera especulación- de
la identidad patria y de las causas que han convertido la libertad de expresión
en los arrabales de la lucha partidaria. Pero, hay algo incontestable: España
agoniza persiguiendo la ortodoxia. La verdad, como sucede siempre, se encanalla
en las fortalezas mediáticas y se mastica despacio por los opinantes oficiales.
Eso sí, pese a su fragilidad (hoy una y mañana otra), es monoteísta y, mientras
está en lo más alto, no deja espacio a la pluralidad. Esta semana le ha tocado
al profesor de Ciencias Políticas Pablo Iglesias y a su proyecto electoral, ‘Podemos’.
Su extraordinaria irrupción, el pasado domingo, en el panorama político nacional
(su candidatura obtuvo cinco escaños en las elecciones al Parlamento Europeo)
ha golpeado los cimientos del sistema, que ya no sabe si reír o levantar el
puño.
Sigo
la trayectoria de Pablo Iglesias desde los tiempos más primitivos de la Tuerka,
cuando se emitía en Tele K (¿o era Canal 33?) y era una tertulia artesanal,
imperfecta y cargada de presuntuosa gravedad. Ahí conocí a los Juan Carlos
Monedero, Íñigo Errejón, Ramón Cotarelo, Alberto Pradilla, Miguel Urban y Tania
Sánchez Melero. Y a sus entusiastas adversarios: Fernándo Díaz Villanueva y
Rubén Herrero de Castro, aunque éstos llegaron posteriormente. Debo admitir que
me ganaron desde el principio. He sentido siempre gran curiosidad por los
fenómenos sectarios y Pablo Iglesias me brindaba semanalmente una dosis de fe
realmente pura. No se privaban de nada: llamaban “facha” a Maruhenda (“¿Cuántas
matrículas de honor tienes”?), a los de Intereconomía, a Esperanza Aguirre…
¡hasta a Fernando Savater!; elogiaban a las CUP, a Chávez (impagable el
programa homenaje que le dedicaron apenas unos días después de su muerte) y a
los piquetes; criticaban la Transición, hablaban del rey y de la guillotina...
Que sí, que era todo verdad. Quienes nos aburríamos con la labor comunicadora
de Ignacio Escolar o Iñaki Gabilondo encontrábamos, al fin, una izquierda
radical, desvergonzada, instruida y elocuente. Daba gusto, en serio.
El
asunto se refinó un poco cuando Iglesias comenzó a presentar Fort Apache (Hispan TV), un programa de debate con espíritu cien
por cien Tuerka, pero cuidadosamente editado. Más tarde, gracias a la mediación de Díaz Villanueva (director
de Negocios.com), el joven profesor debutó en Intereconomía, en un ya legendario
coloquio con Vidal Quadras y Federico Jiménez Losantos. Fue la primera
experiencia, de muchas, en territorio enemigo. Desde entonces, se le ha visto
en 13TV, la Sexta y Cuatro. Eso sí, haciendo uso de un lenguaje más cauto,
centrando en repetir consignas como “patriotismo” o “sentido común”,
especialmente diseñado para no escandalizar y para batir con facilidad a los
portavoces de la derecha mediática. Los Morodo, Rojo, Maruhenda (siempre él),
Inda, etc, besaban la lona, incapaces de oponer una idea que no fuera simple
descalificación ante la inteligente presencia del madrileño. Los socialistas,
por su parte, se contentaban con subirse al carro de la crítica radical, pero
sin mucho convencimiento, con la boca pequeña y el zurrón lleno de mala conciencia.
Poco
a poco, el mensaje de Iglesias, aupado mediáticamente con la ayuda de camaradas
como Jesús Cintora, fue imponiendo una verdad en el debate político español.
Los ecos del 15M, Gamonal, las mareas ciudadanas…Todo se condensaba en su discurso con
indiscutible coherencia. Luego vino ‘Podemos’. Y ya sabemos su
resultado: la confirmación de una alternativa de izquierda radical (camuflada,
en ocasiones, con la pretendida transversalidad que se le achacaba a UPyD o
Ciudadanos), lista para levantar dolores de cabeza a los defensores del sistema
y a sus críticos indefinidos.
Varios
días después de las elecciones, ‘Podemos’ es la verdad política española. Pese
a no haber ganado los comicios (ni de lejos), su posición es asumida con
indignación o timidez, pero siempre a la defensiva, por el resto de partidos.
El “derrumbamiento del régimen del 78”, como llaman a su nuevo amanecer, es un
documento a la espera de firma. Pero, como toda pretendida verdad, ‘Podemos’
es, también, un espejismo. Sin duda, su existencia es útil para ciertas
posturas políticas, pero insiste en la tradicional lacra española: el
pensamiento único, la ausencia de crítica en los análisis que, no sé sabe muy
bien por qué, convierten en dogma cualquier iniciativa contraria al poder. Un
ejemplo: pese a sus teóricamente buenos resultados, los partidos de Rosa Díez y
Albert Rivera han perdido su etiqueta de ‘tercera opción’ y a IU se le ha
quedado, directamente, cara de tonto.
En
este sentido, cualquier opinión disidente sobre ‘Podemos’ y su líder (la
horizontalidad es otro de sus mitos) se convierte de manera automática en un
ataque fascista ‘pro Casta’. Decir, por ejemplo, que sus portavoces apoyan a
regímenes con vocación totalitaria se considera un insulto, cuando no hay más
que disfrutar de los vídeos de Monedero (exasesor de la Venezuela Bolivariana y duro
combatiente contra la disidencia cubana) o del propio Iglesias (“con Chávez se
ha ido uno de los nuestros”). Su postura profundamente estatalista se maquilla
a través de eslóganes: “queremos democratizar los medios de comunicación y la
economía” (véanse, a este respecto, las intervenciones de Víctor Sampedro). Por
no hablar de su decidido abrazo con la izquierda independentista vasca (Pablo
en la ‘herriko taberna’, otro suculento vídeo). En fin, que hay flancos más que
débiles en la estructura ética y política de ‘Podemos’, que no pueden mentarse
sin acabar convertido en un enemigo del pueblo.
Otro
líder de pelo largo dijo aquello de “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.
También entonces hubo oposición (tachada de satánica, del arameoha-shatán, enemigo). Ya sabemos cuál fue el tratamiento
que dio Occidente a sus críticos. La sociedad abierta, en resumen, debe
elaborar mecanismos de defensa para que los discursos políticos no alcancen
categoría de dogma. La discusión es, una vez más, necesaria. Y en esa discusión
habrá demagogia, ataques interesados (¿dónde no los hay?) y salidas de tono.
Pero siempre será mejor que el silencio cómplice, al que estamos aquí tan
tristemente acostumbrados.
Víctima y cómplice
comparten cierto asombro por el mal. Desde posiciones antagónicas, ambos contemplan
la agresión sin blandir el arma, participando como receptor o simple lacayo
del delincuente. Como todo en la vida, ser víctima o cómplice es una actitud,
una forma de ver el mundo. O, lo más habitual, una excusa. El orgullo facilita la
opción. Los monstruos aparecen cuando la moralina -siempre más atractiva-
sustituye a la responsabilidad como sustento. Esto es España: el bar repleto de
falsos filósofos y economistas que comentan cínicamente la incompetencia de “los
de arriba”, a menudo con amargura, siempre con distancia. Quizás se deba a los
siglos de dominio eclesial, con su impronta a la vez dogmática y pagana, o a la
identificación con cierto progresismo permanentemente derrotado. El caso es que
la historia ha alumbrado víctimas, inteligencias impotentes frente a las ‘caenas’
reclamadas, los desfiles, la opresión y el atraso de una nación construida a
pesar del ciudadano. El vasallo que se lamenta del mal señor.
Sin embargo, este
ingrediente de la receta española debería interrumpirse con la democracia. Los
mecanismos de victimización
caducan si los vecinos pueden nombrar a sus presidentes. Tan fácil como eso. Y
tan complicado, en apariencia, si uno se atiene a los discursos que pretenden
sintetizar el ‘sentir del pueblo’. Una Transición, antaño mitificada, que hoy
se explica como un capítulo de ‘Juego de tronos’; el poder, comprendido en
clave mafiosa; la maldad del rico… “¡Nos han engañado!”, gritan, alegres de
asomarse al abismo, sin esperanza de desandar el camino. El futuro se estrecha
y llegan los agobios estériles. El español opta, entonces, por salir a la calle
y decir en la plaza lo que dice en el bar. A eso lo llama asamblea. Y,
claro, se deprime y cree haber comprendido la naturaleza del asunto: no hay
salida. Este drama, moldeado con ingenio, lo plasma en las redes sociales,
verdadero erial de chistes y desprecios. La posada digital del amanecer que no
pudo ser.
Pero, al igual que el viejo Israel contaba con la
voz de sus profetas, España cuenta con el voto, que plantea siempre un
conflicto moral, la posibilidad del cambio. El mensaje es sencillo y, por
supuesto, polémico: voten distinto. A eso se reduce todo. La casta política y
empresarial; la actitud servil de grandes medios de comunicación cargados de deudas y
un entorno económico desfavorable pueden tener relativamente poca importancia
si funciona algo tan elemental como la acción democrática. Se puede valorar la
dificultad de oponer resistencia al sistema, de fundar partidos y de sacar
rendimiento electoral a ideas diferentes, pero eso no paraliza la iniciativa social.
El déficit de representatividad es agudo en España y, sin embargo, la
insistencia en ello, la opción por “pasar-de-la-política-e-ir-al-cine-y-luego-a-tomar-unas-cañas”,
convierte la justa crítica en excusa.
El cambio a través del voto no es una opción más, es
la única éticamente aceptable en una sociedad avanzada. La violencia política,
la revolución (menos lobos, tuiteros), convierte la imposición en ley, destruye
la sociedad a la que pretende servir. Además, que diría el otro, es imposible.
Que en plena crisis institucional y económica los españoles opten por la
abstención supone una amenaza a la idea misma de ciudadanía. No se engañen. Si
han robado, sin se han acomodado en la corrupción sistemática, si aprueban
leyes en su beneficio y la justicia no puede tocarlos es gracias a nuestra complicidad.
Somos culpables. Somos cooperadores necesarios, sin los cuales el mal no se
habría consumado. Los votantes eligen, por más relatos balsámicos que nos
cuenten sobre marionetas y titiriteros de la gran finanza. Por lo tanto, su alejamiento del ámbito
de decisión no convierte al español en víctima, sino que profundiza en su complicidad
con el mal que rechaza. Por comodidad, que es lo más triste.
Su
voz se empeña en rescatar al hombre del espejismo de la política. En un tiempo
en el que la “vida humana ya no cuenta”, José Jiménez Lozano (Langa, Ávila,
1930) elabora en su obra literaria una exhaustiva crítica de la modernidad, a través de
relatos, poemas y ensayos que muestran su preocupación por la “pervivencia de
treinta siglos de cultura”. Su pasión por la literatura y el pensamiento la ha
conciliado durante más de medio siglo con una extensa labor periodística, desde
las páginas de diarios como El País, ABC, La Razón y El Norte de Castilla, del
que fue director hasta su jubilación en 1995. La libertad frente a imposiciones
“de diseño”, la reivindicación de las raíces judías y musulmanas de la España
contemporánea y su concepción trascendente del mundo inspiran una escritura
hermanada con las obras de heterodoxos como Spinoza, Flannery O’Connor o Simone
Weil. Su producción ha merecido, entre otros, el Premio Castilla y León de las
Letras (1988), el Nacional de la Crítica (1989), el Nacional de las Letras
(1992), el Luca de Tena de Periodismo (1994) y el Cervantes (2002).
Recientemente, ha publicado la que es, hasta el momento, su última novela,
‘Retorno de un cruzado’ (Encuentro).
- En su última
novela reflexiona sobre la deshumanización de la sociedad moderna. Ha dicho al
respecto: “Parece que se ha roto algo en el mundo”. ¿Qué ha pasado?
- En efecto, se ha
roto mucho en el mundo. En cierta medida se ha partido por el eje. Y, sin ir
más allá, significativo, del todo, es, a este respecto, el hecho de que los
seres humanos de hoy no viven ni mueren ya por las mismas razones que hace no
tanto tiempo. Ahora vivimos, en muy amplia medida, en una especie de casa o
mundo, diseñado por Hegel -con el perdón del señor Hegel-, que nunca podrá ser
nuestra patria como decía Martin Buber. No hemos construido nosotros esta casa,
no hemos trabajado sus tierras, se nos ha diseñado en cartón lleno de colorido
como las aldeas de Potemkin, pero no podemos decir que estas megápolis o
aldeasson de cartón, porque quienes
habitamos en esos territorios diseñados ya hemos sido diseñados también para
aceptar lo que nos digan, como teniendo una exclusiva naturaleza política. La
antigua vida humana de cada cual ya no cuenta: ni Dios, ni padres, ni patria,
ni resquicio alguno de afecto ni privacidad, así que resultamos un poco o un
mucho los hombres vacíos de los que habla Eliot en uno de sus poemas.
-
Pedro, el protagonista, un joven médico,
vuelve de la guerra civil destruido y sin ganas de vivir. “Ya no es mi tiempo”,
asegura. ¿La modernidad es el fin del tiempo del hombre?
- Tal convicción
es la que se espera de nosotros: vivimos en ámbito del reniego del pasado,
arrecidos o llenos de tedio, en nuestro mundo de diseño pintado. Hemos llegado
de repente a la plenitud de los tiempos que es la democracia liberal, y al
último hombre perfectamente satisfecho. Nietzsche diría que este último hombre
sería feliz y redondo, el hombre de diseño antropológico, iletrado, insensible
a la belleza, a la verdad y al universo religioso; y creyendo en el poder de
las máquinas, sin echar de menos lo que antes se llamaba alma, o se llamaba
hombre. Ahora este concepto de hombre es algo anticuado y hasta peligroso. El
hombre ya no tiene historia a su espalda no es hijo de ella y debe vivir en un
mundo sin significado. Walter Benjamin creía que ya no hay nada memorable que
contar, y Herman Hesse creía que la carcasa de un cohete espacial era toda la
conciencia que le queda ya al hombre. Y sin duda por este camino vamos, y por
él nos quieren arrear los poderes culturales, pero pienso que todavía no hemos
llegado hasta esas situaciones, que podemos resistir, y que el ser humano
todavía tiene y tendrá cosas memorables que contar. No soy optimista, pero soy
un esperador. Si muchos hombres han salido enteros de Auschwitzy Kolyma, que
trituraron todo lo humano, saldremos de estos otros intentos de liquidación.
- Hoy el hombre
parece estorbar y sólo se le tiene en consideración atendiendo a sus atributos
políticos: su integración en diferentes colectivos que se disputan la hegemonía
cultural. ¿Se ha perdido el respeto al individuo en sí mismo?
-
Cierto. La modernidad convirtió a los hombres en ciudadanos. Es decir, en puras
naturalezas políticas, seres unidimensionales, y enseguida, el individuo
desaparecerá un poco más con el darwinismo filosófico y la política se
convertirá en buena parte en dirección de una granja rentable. Ya no será
persona sino una ejemplar más, hombre añadido a hombre como cosa a cosa o, más
bien, objeto a objeto, útil a útil, y en su mera utilidad o rentabilidad. La
persona era única, tanto si era rey como mendigo, atleta o enfermo. Todos tenían
su alma en su almario y en ese recinto no mandaba nadie: “ni canciller ni nadie”,
como gustaba de decir Saint-Cyran. Y la debilidad de un ser humano descubría su
grandeza; y esto era lo que aterraba a los nazis ante un viejecillo o un
enfermo. Y esto es lo que parece aterrar también ahora en nuestras
sociedades.
- En este
contexto deshumanizador que usted señala, ¿cómo podrá concebirse la literatura,
el acto de escribir, de ahora en adelante?
- El teatro ha
pasado, el cine se está banalizando o embruteciendo a grandes pasos, la
literatura parece que, para que llegue a lectores de hoy sin lejana idea -ni
interés en ello- de lo que es la belleza literaria ha de ser un producto
también diseñado en el que haya una buena parte de política, una buena parte de
sexo y de brutalidad, o lo que en Alemania llaman la fórmula social-demócrata
de una historia plana y escritura lisa que a nadie sobresalte. El lenguaje se
ha burocratizado y el empleo de los símbolos e ironías se hace imposible. No se
entiende. Todo debe ser, y es, unlenguaje ‘ahí-a-la-mano’, o puramente instrumental, planamente
comunicativo. Pero, se quiera o no, ahí siguen los lenguajes de los adentros,
de las confidencias, del amor, de la oración, etc. Pero hay que pagar un canon
para emplearlos o referirse a ellos. Hay ya demasiada gente que no entiende un
lenguaje carnal y verdadero, o que lo desprecia en honor de las frases hechas y
las distintas jergas que hoy se hablan, y susretóricas.
-
¿La lectura y la escritura son actos de
rebeldía en estos tiempos dominados por la inmediatez de lo audiovisual?
- Exactamente.
Quizás de momento se considerará este asunto de leer y escribir algo sin
sentido ya. Otra cosa es vender papel impreso, y aun esto ya no es tan
rentable. No cabe duda de que lo que se dice leer y escribir puede llegar a ser
un asunto no sé si de rebeldía o de psiquiatría.
- Durante su
trayectoria, ha establecido un equilibrio entre la actualidad en su labor
periodística y el cultivo de los grandes temas del humanismo en su obra
literaria. ¿Ha sentido cierta esquizofrenia?
- Cuando yo
ejercía el periodismo, las cosas era muy diferentes. No existían los periodistas-estrella
con la idea y pretensión de gobernar el país. No se hacía lo que bastante
risiblemente se llama ‘periodismo de investigación’, que es comprar ‘gargantas
profundas’ que quieran hablar mediante dinero y traicionando su fidelidad. Era
un periodismo artesanal y no hacían falta esfuerzos para hermanarlo con la
literatura y el pensamiento. Al contrario. Incluso teníamos que vivir con una
censura y, por lo tanto, decir las cosas a través de mil ingenios. Y se decían,
los lectores entendían perfectamente.
- Su nombre se
une a los de otros gigantes de la literatura, como Miguel Delibes o Francisco
Umbral, con los que coincidió en El Norte de Castilla. ¿Fue una época dorada
del periodismo castellano?
- Creo que un poco
por todas partes había un periodismo bastante aceptable. En El Norte de
Castilla se dio el azahar de unas cuantas personas, que seguramente no éramos
los mejores periodistas, pero si estábamos unidos por un común amor a la
literatura y a escribir.
- Para usted, el
periodismo es, ante todo, “lealtad con los hechos sin comentarios”. ¿Una utopía
en la España de hoy?
- No es ninguna
utopía. Es la única actitud ética mínimamente exigible a un periodista, pero
también a un historiador. Ambos deben levantar un atestado de los hechos como
la Guardia Civil. Si recordamos la fabula del lobo y el cordero y la
invertimos: es decir, supongamos que el cordero está en la parte de arriba del
regato y el lobo en la de abajo y el cordero ensucia el agua al lobo. Hay que
decirlo así, sencillamente, sin comentarios ‘comprensivos’ o ‘justificativos’,
y, aunque estemos de parte del cordero. Es preferible callar sobre un hecho
antes que deformarlo.
-
Uno de los grandes temas de su obra es
el religioso. En su autobiografía, publicada hace unos años, el escritor Jon
Juaristi aseguraba compartir con usted una concepción pascaliana de Dios. ¿Es
hoy posible la fe cuando la presencia y el prestigio de la Iglesia han decaído?
- Ciertamente, no
puedo dejar de tener simpatía y de compartir ciertas actitudes del agustinismo
o de Pascal y Port-Royal, pero tengo una querencia mayor al helenismo y, por lo
tanto, a lo que culturalmente se llama el papismo que ha defendido el honor de
la belleza y la humanidad en este mundo. Respecto a la Iglesia y nuestro mundo
no se puede prescindir de lo que el filósofo Jürgen Habermas ha escrito. Y le
leo: “El universalismo igualitario -del que salieron las ideas de libertad y
solidaridad, de autonomía y emancipación, la idea de una moral de la convicción
personal, de los derechos del hombre y de la democracia- es una herencia
directa de la ética judía de la justicia y de la ética cristiana de la caridad.
Esta herencia jamás ha cesado de ser objeto de nuevas apropiaciones críticas y
de nuevas interpretaciones, pero sin que su sustancia haya cambiado. Y es que,
hasta hoy en día, simplemente no hay alternativa. Incluso frente a los retos
presentes de una constelación post-nacional, continuamos alimentándonos de esa
sustancia...Todo lo demás no es más que cháchara post-moderna”.
La
fe está en otro plano que el histórico y el cultural y no depende ninguno de
esos factores ni tampoco del prestigio o desprestigio de la Iglesia. Tanto más
cuanto que hoy el prestigio o el desprestigio se hacen en dos telediarios. Y,
en último término, ya sabe que la palabra latina ‘praestigium’, de donde viene
la nuestra ‘prestigio’, pero también ‘prestidigitador’, significa ‘engaño’. Es
un aviso.
-
¿Qué es Dios para usted?
- Como diría
Étienne Gilson de sí mismo, soy una especie de paleocristiano deNicea y del símbolo apostólico, ahora que las
traducciones litúrgicas no dicen ni pueden decir lo mismo que las fórmulas
griegas y latinas. Y con esto quiero decir que el Dios que confiesa ese credo,
aunque ahora rara vez se recorta ‘in extenso’, es en el que creo.
- Siempre ha preferido reconocerse
como español antes que como castellano. Hoy, España se encuentra inmersa en una
profunda crisis económica, social y moral. ¿Qué ha pasado y qué se puede
esperar?
-
No
es que prefiera llamarme español, es que eso es lo que está en mi conciencia de
identidad social. Lo de castellano es una identidad que está en el mundo de lo
existencial. Pero, si se trata de la cultura y de la lengua, ya solo puedo
decir lengua española, literatura española y cultura española con sus comienzos
castellanos.
En
mi opinión, en España han pasado muchas cosas: por lo pronto, una democracia
muy extraña, cuyos partidos políticos y sindicatos viven del tesoro nacional. Unos
partidos políticos dirigidos por unas minorías dominantes, unas layes tomadas a
beneficio de inventario, una politización de todo, lo que nos acerca a un
totalitarismo y nos divide horriblemente; y conlleva la liquidación de toda
enseñanza y un desplome cultural que preside todo este desastre y en el que hay
cien mil ‘maîtres á penser’.
- ¿Cree que hay
demasiada política en la sociedad de hoy?
- Sí, en la
modernidad no debe haber más prestigio que lo político y los políticos y
aquello o aquellos que ellos unjan. Hace menos de cien años hablar de política
era cosa de mal gusto, como hablar de dinero entre los burgueses, o emplear un
lenguaje obsceno o soez. Fue durante la Revolución Francesa, cuando los políticos
y la política hicieron su presencia en el comedor o en la cocina. Como mucho,
se soportaba en el café sólo para hombres.
- Las grandes
preocupaciones tradicionales del ser humano se han visto desplazadas en los
últimos tiempos por otro tipo de temas más coyunturales. En ese sentido, usted afirma
que la muerte es el “último tabú…
-Obviamente, y ya le digo que, si se nos
ha hecho ciudadanos y se nos han concedido derechos -como si no los tuviéramos
por el simple hecho de ser seres humanos-, ha sido para alienar nuestras vidas
y hacernos vivir en la casa de Hegel, como decía antes, que, como poco no nos
permite la alegría, la amistad y ni siquiera el juego. Hasta los muchachos de los
colegios tienen que federarse. De la muerte ha dicho Paul Le Man que es un
simple equívoco semántico, y es tan innombrable como la locución ‘muslo de
pollo’ en el tiempo victoriano.
-
Las ideologías se han impuesto siempre a
las víctimas, a los de abajo, a los que se priva, incluso, de discurso. ¿Es
deber del escritor rescatar sus voces frente a la idealización del progreso?
- El carro de la
historia siempre ha producido víctimas, pero ahora se niega que haya víctimas y
que haya crímenes, son simplemente errorespor los que se pide excusas, y ya está. Las víctimas del progreso
material mismo se niegan como víctimas y se consideran necesarias. Los
camaradas siempre dijeron que para hacer una tortilla había que cascar antes
unos huevos, y se cascaron muchos, como ocurre también con ocasión de los giros
económicos o de crisis en occidente, pero es suficiente pensar en la
liquidación de la agricultura en beneficio de la industria agro-alimentaria,
etc. La tortilla no se la llega a ver.
La
narración, desde luego, tiene como material las pasiones humanas y su dolor o
su alegría, y en la literatura debe ser evocada y oída, pero ya Simone Weil nos
advirtió de que sólo los grandes genios son capaces de escuchar y hacer resonar
la desgracia. Es algo sagrado que nos desarma y para acercarse a ella y
reflejarla se precisa un talento superior, que se recibe. Y está lejos de las
inmediateces y retóricas sociales o políticas, y de toda otra manipulación.
-
¿Cómo ve el mundo José Jiménez Lozano?
- Con bastante
preocupación, especialmente por el hecho de la dificultad o imposibilidad de
transmisión de treinta siglos de cultura, y la preocupación por la simple
pervivencia de Europa y de España, que han renunciado a su cultura y se ofrecen
fáciles a cualquier pequeño empujón porque además tienen escasa población y una
economía muy problematizada. Pero quizás gire nuestra suerte con lo que ocurra
en el mundo árabe.
- Se
cumplen tres décadas de la publicación de ‘Parábolas y circunloquios de Rabí Isaac
Ben Yehuda (1325-1402)’. Un libro que refleja las formas de pensamiento que
emergen de una condición de persecución y los problemas que genera la libertad
en una colectividad, la judía, permanentemente amenazada. ¿Cómo fue el proceso
de creación de esta obra?
- El de todos mis
relatos. Escribo a tenor del encuentro que he tenido dentro de mí con algunos
personajes y una medio historia, hasta que comienzo a escribir. Sólo tengo que
ver y escuchar, para escribir. Luego guardo bastante tiempo las cosas. A veces
se las dejo leer a alguien, y tras otro lapso de tiempo, decido que ya está
listo para publicarlo, y ya todo depende de una editorial. En Estados Unidos se
quedó traducido aunque no se publicó. Pero en España pasó sin pena ni gloria.
- ¿Para escribirlo se basó en algún texto o corriente realmente existente
del judaísmo? Llama la atención la relectura que hace el protagonista
de su religión, aportando una visión casi herética de la misma.
¿Qué quiso trasladar usted con este libro?
- En un relato
se trata de levantar un mundo grande o pequeño y una o varias vidas, y esas
historias y personajes, al menos por mi parte, no se diseñan, se encuentran y
luego se los escucha, se ve y se oye y nada más. Pensé en una especie de ‘hasidim’
de tiempos antiguos -lo que ya es una libertad con la historia como lo es
hablar de la expulsión de los judíos españoles, que se realiza en un tiempo
posterior a las fechas dadas en el título, etc-. Y ese rabino, como es de
uso entre los judíos, cuenta una historia para explicar una historia bíblica
como la de Abram, el padre de la fe, o el sufrimiento. Incluso increpando a
Yahvé en las sinagogas, la historia de la Torre de Babel, etc. Y, como al
comienzo del libro va una nota sobre Kafka que no es sino parecida a la compra
del manuscrito del Quijote de la que nos habla Cervantes, algún historiador y
otros lectores, más bien extranjeros, tomaron el libro como histórico y se
quejaron, pero para mí fue estupendo, porque me mostró que el personaje y
la historia vivían, y de esto es de lo que se trata en literatura, me parece.
- ¿El intento de homogeneizar España
obviando las influencias musulmanas y judías es la raíz de su imposibilidad
para generar lazos de convivencia?
- En España se dio
en un tiempo medieval la tolerancia porque se dio la convivencia. A finales del
siglo XV, se acaba con la convivencia y con la tolerancia, que es un producto
de aquella, y aparece la España de los españoles a parte entera o de buena
casta -los que se supone que vienen de los godos y han conservado su sangre
limpia, como los labradores o los vascos-. En los siguientes tiempos serán
considerados como de sangre no limpia, y asimilados a judíos e islámicos, todos
aquellos españoles que no se muestren conformes con el tipo español configurado
según las exigencias de la casta , y asíserán considerados como judíos o menos españoles o antiespañoles
protestantes y otros disidentes, incluidos los católicos mismos que no se
conformaban a él, y sólo hace falta pensar en fray Luis cuando refiriéndose a su
condición carnal hablaba de que él, y los cristianos como él, eran “ganado
roñoso y generación de afrenta que nunca se acaba”. Pero lo que ocurre luego es
que en la España moderna, los modernos de todas clases se consideran la sangre
limpia, y la España tradicional sería la sangre de las tinieblas. No acabamos
nunca. Hasta decimos que hay dos Españas.
-
¿Qué papel juegan los conversos en la
generación del carácter español?
- Pienso que los
caracteres nacionales no existen, pero, en todo caso, los conversos influyeron
en nuestra cultura de una manera ingente. Hasta un punto que comoCervantes ironiza en ‘La elección de los
alcaldes de Daganzo’ el no saber leer era un gran mérito. Y en nuestra grandeza
política y económica de otro tiempo tampoco están ausentes los conversos.
Aunque hay que precaverse de las exageraciones, y asegurar que los españoles
cristianos viejos o de sangre limpia eran ineptos.
- ¿Puede
aspirarse hoy a la libertad?
- En un mundo de
masas, no se necesita ni la cultura ni la libertad. Sólo la apariencia de
igualdad por abajo, o sea en vez de bajar chaquetas a la medida de las levitas,
cortar las levitas a medida de las chaquetas, como ironizaba don Gumersindo de
Azcárate en cuestiones de enseñanza.
- ¿En qué está
trabajando ahora?
- Tengo durmiendo unos cuantos textos, desde luego.
Cuando los despierte y los relea, ya veremos qué se hace.
* Entrevista publicada en la Revista Dartes (http://www.revistadartes.com/).