viernes, enero 29, 2016

Atticus*



El abogado Atticus Finch, sentado frente a la puerta del calabozo, hojea un libro, alumbrándose con una lámpara de pie. Lo veo desde mi butaca, en el salón de actos de la Escuela de Náutica, sede de la Filmoteca Universitaria. Observo a Atticus (a Gregory Peck) mantener la calma mientras un grupo de hombres armados -ciudadanos del pueblo de Maycomb, Alabama- se le acerca con perversas intenciones. La cosa no pinta nada bien. Finch defiende a un hombre negro, Tom Robinson, acusado de violar a una mujer blanca. La celebración del juicio es inminente y el resto del vecindario lo considera un trámite superfluo. Esa gente viene a linchar al prisionero. Atticus Finch tratará de evitar la injusticia, pero está solo y no lleva revólver.

Pese a que la historia de ‘Matar a un ruiseñor’ transcurre en Estados Unidos durante la Gran Depresión, la escena incorpora el ingrediente principal de cualquier relato del Wéstern: el protagonista está solo frente a la muchedumbre hostil y cobarde. Desde una asunción equilibrada de los defectos de la sociedad, el héroe acepta su misión, convencido de sí mismo, a pesar de los prejuicios locales. Hasta hace unos pocos años, gracias a los libros y a las películas, nos confrontábamos con figuras modélicas, acaso exageradamente honradas, que, con extraordinario empaque, ofrecían protección contra el cinismo. Eso ya se terminó.

“No bebas agua muy fría después de hacer deporte”, me decía mi madre cuando era niño. “Mira lo que le pasó a Felipe el Hermoso”. Los peligros del contraste. Veo la película de Robert Mulligan, basada en la novela de Harper Lee, mientras se desarrolla el juicio por el asesinato de la presidenta de la Diputación de León, Isabel Carrasco. Las acusadas, Montserrat González, su hija Triana Martínez y Raquel Gago, no se parecen a Tom Robinson. Visto lo visto ayer, tampoco sus abogados actúan como el ilustre Finch. Es descorazonador comprender que, a menudo, la realidad tiene poco que ver con la salvación de un inocente; apenas se trata de explicar, con mayor o menor precisión, un hecho siniestro. Palpar la verdad bajo el fango. El presente nos invita a creer que no hay ninguna diferencia entre combatir el mal y obviarlo, que la sociedad es tan compleja que resulta inútil pedirle escrúpulos. Así, Atticus podría haberse apartado de la puerta.

También la política hace su aportación al derrumbe moral de los países. Sobre todo, en esta España pública donde no abundan los Atticus Finch. “El pueblo, con sus votos, pide diálogo a los partidos”, dicen. Ojalá. Es, precisamente, lo contrario. Lo que vemos en el Congreso de los Diputados no es la representación de la sana pluralidad, sino la batalla entre fuerzas antagónicas que se fundamentan en el odio al contrincante y en el cálculo más obsceno; la proyección institucional de un país que no quiere seguir siéndolo. Y sin héroes a la vista.

*Columna publicada el 28 de enero de 2016 en El Diario Montañés. 

viernes, enero 15, 2016

Un vuelo de pájaros salvajes*



Uno lo disfruta y, modestamente, trata de entenderlo. No basta con la quietud en la butaca, la atención a lo que el artista ejecuta sobre el escenario. Hace falta algo más hondo, “la gracia del instante”, de la que hablaba Herbert von Karajan. Para sentirla, es necesario educarse en la cultura del esfuerzo más allá de la diversión extraescolar. No puede saberse, por lo tanto, qué porcentaje de la multitud que abarrotó el pasado 4 de enero el Teatro Casyc de Santander comprendió todo lo que allí vio y escuchó. La Orquesta Juvenil Ataúlfo Argenta ofreció su concierto de año nuevo a beneficio de Cáritas ante un público formado mayoritariamente por amigos y familiares, que expresó su felicidad con aplausos y cariño. Algunos bebés lloraron del susto (demasiado pequeños para un espectáculo de estas características) y hubo que sacarlos de la sala.

La música clásica exige compromisos. Desde que un niño toma un instrumento por primera vez, las responsabilidades se acumulan. Algunos abandonan muy pronto, aturdidos, quizás, por la falta de tiempo libre. No siempre apetece, imagino, producir belleza. Los espectadores nos asomamos al concierto y lo vemos ya todo en orden: los músicos perfectamente ataviados, el sonido limpio que brota cuando el director lo reclama. Pero esa es solo la consecuencia, la última estación en un trayecto largo, que implica ensayos a deshora, madrugones y muchos nervios.

El maletero del coche familiar sustituye, durante un tiempo, las toallas y la sombrilla por el violonchelo o el contrabajo. Los padres observan a sus hijos crecer y superarlos, no sólo en centímetros, sino en conocimiento. La parentela es incapaz de leer una partitura; de ella extrae el niño notas y ritmos. El orgullo es inmenso. La orquesta carece de un lugar fijo para ensayar -el Teatro Casyc le cede su espacio cuando no está ocupado- y todos los gastos corren por cuenta de los músicos y sus progenitores. Que tomen nota las instituciones, tan pródigas en cualquier cosa que no huela a cultura.



Y llega el día del concierto. El ecléctico programa incluye la ‘Cuarta Sinfonía’, de Beethoven y la ‘Suite 2000’, de Rafael Osuna, así como las emblemáticas ‘El Danubio azul’ y la ‘Marcha Radetzky’. El público participa -cuando lo indica el entusiasta director, Hugo Carrio- y comparte los momentos más festivos del evento con risas y vítores.


Son alrededor de cuarenta intérpretes, acompañados por varios coros infantiles de la región. Los espectadores hemos llegado al final, en la desembocadura de su empeño; en el preciso instante en que ese bullicio de chicos y chicas (de preadolescentes a universitarios) abandona las preocupaciones propias de su edad para convertirse en un solo cuerpo que produce música. Tan simple y tan trabajado. Fue también Karajan quien definió la orquesta como “un vuelo de pájaros salvajes”. A eso quisieron parecerse los jóvenes de la Ataúlfo Argenta el pasado 4 de enero en Santander. 

*Columna publicada el 14 de enero de 2016 en El Diario Montañés.

miércoles, enero 13, 2016

Mundo sin Bowie*



Para el escritor y sacerdote católico Pablo d’Ors, el mal constituye el gran desencuentro del ser humano con la divinidad: mientras los mortales no aceptamos el dolor y la muerte, Dios sí parece hacerlo. Bajo ese silencio monumental al que los gritos de los hombres dan sentido -según afirmaba Saramago-, acumulamos los días. Se celebran funerales, pero las tiendas siguen abiertas. Nada concluye a nuestro paso, todo continúa sin interrupción o congoja, como en una procesión donde ningún cofrade es insustituible.

Se ha muerto David Bowie y podría parecer ridículo lamentar su pérdida en estos tiempos de histeria generalizada y escarceos prebélicos, en los que el placer que proporciona la cultura es acusado del peor crimen imaginable: la frivolidad. Es más grave en España, donde todas las ortodoxias se defienden con una impactante mezcla de pasión y cinismo. Aquí, todos están de vuelta. “¿Me vas a hablar tú de Bowie?”.

Que ya no nos queda espíritu nadie puede negarlo. El cantante británico pertenecía a otra época, cuando el color y el maquillaje, los ritmos nuevos y el escándalo calculado alimentaban el negocio. ¿Qué podría hacer hoy Ziggy Stardust en plena dictadura del falso escepticismo? Bowie llevaba casi una década alejado del meollo. Salvo sus dos últimos discos -‘The Next Day, de 2013, y ‘Blackstar’, publicado el pasado 8 de enero-, poco más se supo de él. Los años de la exageración habían pasado.


El autor de ‘Absolute Beginners’ guardó silencio un poco antes del fin del mundo, es decir, del inicio de la gran crisis de las hipotecas ‘subprime’ en 2007. Quizás, haciendo mutis se libró del naufragio posterior. David Bowie ya no está en este planeta. Aquí nos quedamos los demás, con el ‘Chapo’ Guzmán, por ejemplo. O con el Estado Islámico. Esto no hay dios que lo entienda.

*Columna publicada el martes, 12 de enero en El Diario Montañés.  

sábado, enero 02, 2016

Esperanza*



Uno se pregunta por qué sucede cada mes de diciembre, cómo es posible que las ausencias en la mesa y los malos recuerdos asociados a estas fiestas no las pongan en suspenso. Hay, es indudable, un ingrediente de melancolía, un peso que, año tras año, gana terreno a la ilusión. No se trata de un estado de ánimo excepcional o minoritario. Muchos encaran la Navidad como quien soporta un resfriado con paracetamol y paciencia. Otros se refugian en la responsabilidad de elegir menú.

Durante dos semanas, las calles dejan de pertenecer al paseante. Las fachadas se iluminan y los escaparates se engalanan para el celo. Resulta interesante comprobar la distancia entre la artificial llamada a la alegría y lo que realmente importa. Es una imposición que permite a las familias acotarse a una coreografía, a un deber. Pensar recetas, escoger la ropa y los regalos; comunicarse. Quizás, está bien que así sea, que las relaciones afectivas no dependan exclusivamente de una elección o de una riña. Sentarse a la mesa y repartirse el turrón como si nunca nada ocurriese antes y después de esa fecha. El poder del rito cuando ya no puede representar nada más que el acto preciso de compartir mantel.  

Esta ya no es una fiesta cristiana, pero sigue siendo profundamente religiosa. Al celebrarse, los comensales fingen que nada ha cambiado. Las aventuras del curso, los planes muy lejos de casa, se interrumpen durante un tiempo; el suficiente para comprobar que todo sigue en su sitio, que el naufragio que trae consigo la edad adulta no ha apagado para siempre el calor del hogar, el amor de los padres o los abuelos. Que, en definitiva, quedan rescoldos que aprovechar un año más.     


Ya no existe el fervor. Nadie espera que “Jesús nazca en nuestros corazones”. Eso tranquiliza. En el siglo XXI, gozamos, por fin, de la posibilidad de mostrarnos taciturnos entre villancicos. Ni siquiera domina el consumismo, como muchos aseguran. No se trata de eso. Lo que destaca estos días es la quietud. Cada Navidad, celebramos la posibilidad de otras que han de venir. Celebramos la esperanza. 

* Columna publicada el 31 de diciembre de 2015 en El Diario Montañés.

viernes, diciembre 18, 2015

La Fuerza*



A estas alturas de la campaña, la Junta Electoral Central aún no ha advertido del riesgo de celebrar unos comicios generales en España -con la que está cayendo- menos de cuarenta y ocho después del estreno mundial de ‘El despertar de la Fuerza’, la más reciente película de ‘La Guerra de las Galaxias’. La cosa puede ser grave. En primer lugar, parece poco probable que la tensión acumulada por los seguidores más entusiastas de la saga pueda eliminarse a tiempo para hacer un uso responsable de las papeletas y los sobres de nuestros ínclitos candidatos. ¿Cómo separar el grano de la paja, cabe preguntarse, con la retina saturada de rebeldes e imperios? Por otro lado, las comparaciones son odiosas.  

‘Star Wars’ tiene salero más allá del afán recaudatorio. Desde los años setenta del siglo pasado, cada generación disfruta de su trilogía, aunque algunos espectadores son más afortunados que otros. En última instancia, todo depende del espíritu de la época. Es interesante contemplar los cambios en el ritmo y en los materiales cinematográficos en estos casi cuarenta años: lo digital ha sustituido el quehacer artesano, aportando más espectacularidad al producto, al tiempo que su halo romántico se resentía. 
  
Para los guionistas, lo más difícil (y solo conseguido a medias), ha sido siempre conciliar los argumentos. La trama sugerente y misteriosa de los episodios IV, V y VI, donde se dirimía una riña familiar en las catacumbas de un conflicto interplanetario, fue ‘aclarada’ después a toda velocidad, y no sin altas dosis de verborrea, en la precuela -¿cómo olvidar a los tristemente famosos midiclorianos?-. Pocos han hablado, por ejemplo, de la gran metamorfosis de los jedis. Los administradores de la Fuerza pasaron de integrar un celoso club de anacoretas a convertirse en una casta de arrogantes funcionarios, con poder casi ilimitado y una peligrosa incapacidad para detectar conspiraciones.

Gracias a su recorrido ecléctico, ‘La Guerra de las Galaxias’ permite ser interpretada en clave política, con una carga de profundidad que, posiblemente, escapó del plan de sus promotores. Las películas exponen, con total crudeza, los límites de la mística en la gestión del mando. Los jedis funcionan mejor al desvincularse de las instituciones; es decir, en el combate moral, exterior y marginal. El Yoda inexpresivo de la precuela -un ser malhumorado e incómodo en su papel de aguafiestas oficial de la República- se convierte en una criatura rural, excéntrica y venerable en su exilio de Dagobah.


Es necesario que el luchador por la justicia, como dice Platón que dijo Sócrates, “viva como un simple particular y no como hombre público”. Resultaría, por lo tanto, perfectamente natural que, ante este panorama nada heroico, muchos españoles ‘de bien’ que gozan, en debates y tertulias, de los discursos de la ‘Nueva Política’, optaran por apoyar a candidaturas más tradicionales (aun en sus mentiras y corruptelas) para que la Fuerza no se extinga al pisar la moqueta.    

* Columna publicada el 17 de diciembre de 2015 en El Diario Montañés.  

viernes, diciembre 11, 2015

Flores*



No podemos saber si el niño descansa sobre las rodillas de su padre o si éste simplemente lo sostiene frente al muro de flores. El pequeño no se fía, eso está claro, y observa con preocupada atención el luto parisino. La cámara de ‘Le Petit Journal’ recoge la escena. “Hay que tener cuidado, dice, porque luego toca cambiarse de casa”. Los sentimientos brotan de manera natural; el miedo inspira la huida. “¿Comprendes por qué lo han hecho?”, pregunta el periodista. “Sí, porque son muy malos”. Hay una lectura inmediata, despojada de todo cinismo y de todo cálculo, que resulta ser la más certera: los asesinos son malos. El niño no conoce -no puede conocer- el entramado partidista que conspira entre bambalinas; la efervescencia del yihadismo y las crisis identitarias en la Europa del progreso. Eso lo salva. Su mente no acepta el mal, ni lo justifica.

El vídeo tiene interés porque muestra una reacción limpia. Lo importante es que se expresa sin pudor (y sin histeria) una inquietud sin atributos tras un golpe brutal. El niño no pronuncia citas de hombres muertos ni propone marsellesas. Desde su inocencia, que es, también, lucidez, puede, sin embargo, comenzar la educación. Ahí es donde aparece el padre, como la mejor secuela posible del discurso de su hijo. “Francia es nuestro hogar, dice, no va a hacer falta cambiarnos de casa”. El hombre habla con seguridad, pero el niño es un hueso duro de roer. “Sí, pero están los malos, papá”, le contesta, como queriendo decir: “¡Que no te enteras!”.

En ese momento, el padre se manifiesta como una figura beatífica. “Hay malos en todas partes”, afirma. Conciso, pero extraordinario. El hombre no engaña ni reconforta con fórmulas sedantes. No le dice, por ejemplo: “Tranquilo, a ti no va a pasarte nada, yo te protegeré”. El mal está en todas partes. Tú, heredero querido, vas a encontrarte muchas veces con el mal y deberás medirte con él, porque la huida no es una opción. Uno puede imaginarse a este hombre, dentro de unos pocos años, aconsejando con sensatez a su prole sobre los estudios o los amores. Todo va a estar siempre bien al lado de esta persona venerable.


Pero lo mejor está por llegar. El niño no se convence y contraataca: “Tienen pistolas y pueden dispararnos”. El padre se la juega: “Ellos tienen pistolas, pero nosotros tenemos flores”. En apenas unos segundos, avistamos el núcleo del problema. ¿Qué hacer? La frase del progenitor es arriesgada, pero inevitable. El muchacho, nuevamente, duda. “Pero las flores no sirven para nada…”. Su padre lo interrumpe. “Las velas y las flores sirven para no olvidar a los que se han ido”, asegura. En esa frase se resume la cultura; la siembra de valores, frente a la lógica del sacrificio. El hombre no consuela a su hijo; hace algo mucho más útil y valiente: le enseña la civilización. 

* Columna publicada el jueves, 10 de marzo de 2015, en El Diario Montañés.

viernes, noviembre 20, 2015

El mal*



La tristeza no se parece al miedo. Una persona triste conserva su orgullo intacto, quizás inflamado por la injusticia. Quien siente miedo, sin embargo, ya está perdido, y sólo piensa en salvar los restos del naufragio o en salvarse a sí mismo mientras vuela la metralla. La tristeza, a menudo, hace avanzar, pero el miedo quiebra la unidad y desboca las carreras. El terrorismo ataca siempre dos veces; primero, destruye la carne y desparrama las vísceras. Después, espera el resultado, es decir, el comentario que brota del miedo. Frente a otros tipos de violencia, cuyos análisis habitualmente se centran en su ejecución, el terrorismo se aprovecha del arsenal retórico que pretende explicar el acontecimiento, empequeñecerlo, para que quepa en nuestras mentes europeas ya atiborradas de partidismo.

El pasado viernes, el mundo se fue a dormir dejando más de un centenar de cadáveres sobre las aceras de París. Los yihadistas se repartieron el mapa de la capital francesa para hacer el máximo daño posible. El destinatario de cualquier atentado es el espectador; a él se dirigen los criminales, aunque el hecho en sí queda fuera del mensaje. El dato que recibe el ciudadano es una cifra, la imagen de un barrio tomado por la policía y el ejército, las informaciones que van completando la noticia hasta hacerla digerible. La muerte no puede verse. La muerte es lo que sucede al otro lado del cordón policial, lo que ya ha sucedido. El periodismo es un discurso que se pronuncia siempre después, siempre tarde. No puede ser de otro modo.

Se habla, en definitiva, de un número. El comentario neutraliza la indignación y propaga el miedo, también el cinismo, pero nunca la tristeza, que es lo importante. Como un cocinero más de la receta geoestratégica -¡cómo les gusta a algunos esta palabra!-, el hablador pide calma y advierte contra el deseo de venganza. O se viste de clérigo y recuerda la coyuntura y los pecados de Occidente, es decir, de las víctimas. Y todo por no asumir la verdad: que lo de París (y lo de tantos otros lugares del planeta) es, fundamentalmente, una decisión, un gatillo que se aprieta, una bomba que se activa contra otro ser humano. Una persona que mira a los ojos de otra y escoge eliminarla.


La política internacional, la crisis de identidad de los jóvenes musulmanes europeos (como recordaba Fernando Reinares en un artículo reciente) o la guerra en Siria pueden, por supuesto, ayudarnos a comprender la naturaleza de este fenómeno, pero nunca desviarnos de la interpretación más ajustada: a saber, que el yihadismo es enemigo de todo lo que en la humanidad hay de bueno, libre y decente; de la vida, desde luego, pero también, y sobre todo, de la libertad, ese tesoro hoy despreciado que puede desvanecerse si no se cuida. Que en la mente del asesino cualquier explicación es excusa. Es el mal absoluto.     

* Columna publicada el 19 de noviembre de 2015 en El Diario Montañés.
Foto: Reuters

viernes, noviembre 06, 2015

Veneno*



No hay unanimidad en el placer, pero eso no se dice. Es un secreto, algo que permanece oculto en el espíritu humano entre la cotidianidad del rebaño y el tanatorio. De cara a la galería, sin embargo, el poder se entretiene con el espejismo de la responsabilidad, echando mano de la ciencia y sus conclusiones; en definitiva, de la culpa. El placer es íntimo y diverso, apenas un ejercicio de autonomía en la era del escaparate virtual. Hablamos de la gestión del veneno, que no es fácil, eso nadie lo discute. Saber ajustar la dosis, que diría Escohotado, ¡qué gran desafío!

Cada uno se envenena con lo que tiene más cerca; a veces, no se trata de una opción, sino de la vida que moldea las obsesiones hasta confundirlas con la personalidad. Esto no tiene que ser algo necesariamente malo. A Luis Cernuda, por ejemplo, pensar en España desde el exilio mexicano envenenaba sus sueños. El placer del recuerdo y la mortificación de la pérdida. Resulta difícil escapar de esa lógica a la vez reconfortante y autodestructiva que, no obstante, uno no puede arrancarse sin más. Quizás, ni siquiera lo desea.

La administración del peligro pertenece al ámbito de la libertad, esa palabra escurridiza que ya nadie pronuncia. La efervescencia de “lo público” y la exigencia de un mando que delimite las fronteras del mal invaden el presente, reduciendo la elección a simple inconsciencia. La Organización Mundial de la Salud ha emitido su encíclica sobre la carne procesada y ya se alzan las voces comprometidas que reclaman acción al brazo secular. ¿Cómo es posible, se preguntan, que un vecino cualquiera pueda acercarse al supermercado para comprar jamón ibérico? ¿Quién va a proteger al personal de sí mismo? ¿A qué espera el Gobierno? Ay, Mariano, lo que te faltaba...


El pecado, nos dicen, es siempre individual; la flaqueza del sujeto, que -incapaz de imponerse sobre los dictados de la pasión-, va siempre demasiado lejos para saciar sus apetitos. Al veneno que afecta a muchos no lo llaman pecado, ni siquiera error. La intoxicación colectiva tiene otro nombre mucho más vulgar: política.   

* Columna publicada el 5 de noviembre de 2015 en El Diario Montañés.

viernes, octubre 23, 2015

Fiesta*



La fiesta, según Christopher Hitchens, no concluye con la muerte. De hecho, añadía el escritor angloamericano, lo verdaderamente terrible es que la fiesta sigue, pero tú debes marcharte. Que nada se interrumpa con el desenlace personal e inevitable; no cabe imaginar algo más demoledor. Antes o después, el ser humano comprueba la escalofriante ausencia de misericordia, la promesa de destrucción que recibe todo cuerpo vivo. Serán muchos más los días sin nosotros, hay que acostumbrarse a esa ley sin excepciones. La celebración, en definitiva, se abandona aún en marcha, con la música a todo volumen y la cubitera llena.
No tenemos que esperar, sin embargo, a la propia decadencia. Uno puede padecerlo de muchas otras formas, evocando las sombras de aquel mundo que una vez fue real, los libros recién publicados y las películas apetitosas que se acabaron para siempre. El presente, ordenado y consuetudinario, esparce un puñado de tiempo sobre un territorio. Parece algo estable, desde luego, y nos habituamos a la compañía y a las cosas que hacemos sin temor a quedarnos sin combustible.
Así, cuando alguien ya no está, y sus pertenencias quedan en el armario, sobre la estantería, todo parece frío porque nada se derrumba. La naturaleza no emite queja ni arrepentimiento. Simplemente, se corta un acceso. Ni siquiera la tristeza salva a los contribuyentes. Es mucho peor para los vivos. Nos quedamos solos y asistimos a los cambios en la ciudad, en el país, cada vez más alejados de lo que fue verdad compartida.
Uno podría pensar, entonces, en alguien concreto, en una mujer, por ejemplo, con rostro y con nombre, al enterarse del fallecimiento del escritor sueco Henning Mankell y del cierre de la librería barcelonesa Negra y Criminal. Esta mujer, digamos que santanderina, era una gran admiradora del autor de ‘La falsa pista’. “Escribe muy bien y es un ciudadano comprometido”, afirmaba con entusiasmo. El inspector Wallander se convirtió en un personaje familiar. Más tarde llegó Stieg Larsson, pero ya no fue lo mismo.  
Lectora apasionada, quiso conocer la librería de Paco Camarasa. No pudo ser. La muerte comenzó a acecharla cuando más satisfacción obtenía de la cultura y más valientemente disfrutaba de las cosas. Mankell y el local barcelonés fueron dos realidades en su vida, en su presente; dos caminos hacia la felicidad, a pesar de todo. Ahora ya no existen.   

La vida supone pasar de una edad a otra, asumiendo no solo el cambio personal, sino la desaparición de ámbitos familiares en los que nos encontramos seguros y de temas de conversación que creímos y quisimos inmortales. La memoria debería ser suficiente para que arraigue la confianza o, al menos, la resignación. Es complicada esta mudanza que un día terminará para todos, pero no al mismo tiempo. Volverá a amanecer y otros insistirán en preguntarse si hay o no algo de verdad detrás de esta fiesta que abandonamos siempre demasiado pronto.   

* Columna publicada el 22 de octubre de 2015 en El Diario Montañés.

viernes, octubre 09, 2015

Francisco*



Debe de ser duro vivir en este tiempo de exhibiciones digitales sin poder aprovechar el viento favorable. Lo fundamental hoy es dar el gran salto desde una determinada tradición ideológica -más o menos sanguinaria- hacia el presente unánime y progresista, fértil en críticas al “sistema” y galgos que se adoptan. Lo han hecho todos. Se trata del famosísimo giro al centro, en el que destiñen los colores. Transversalidad y círculos morados. O naranjas. Está bien que así sea.   

Lo nuevo comparte época con instituciones que condenan cualquier propósito de cambio. Así, la Iglesia Católica, posicionada históricamente a la vera del poder mundano, defiende su aportación al patrimonio intelectual de Occidente, su estatus, sin aclarar el origen; a saber, la aclimatación política coyuntural que modificó para siempre la faz del cristianismo. Esa capacidad de la Iglesia para abrirse camino desactivó el mensaje apocalíptico del Nazareno, pero garantizó su supervivencia, que no es poco.

El Vaticano tenía cintura, en eso consistía su gracia. Sus dogmas eran permeables a las expresiones populares, mientras sus jerarcas hermanaban hábilmente la institución con dinastías y señoríos. Ese entramado controlador de haciendas y conciencias comenzó a resquebrajarse a raíz de la Ilustración. El proceso de derrumbe alcanzó, durante los últimos decenios, niveles de catástrofe. Sacerdotes, obispos y cardenales brotaban públicamente como oscuras presencias cada vez más obsesionadas con el aborto y la financiación. Perdida su influencia sobre las almas, insistían en el discurso agorero, acostumbrándose a interpretar el papel de inadaptados que reciben burlas y golpes. La homofobia y la discriminación de género se convirtieron en los nuevos estandartes católicos.

Hacía falta una política diferente, eso estaba claro. La Iglesia debía probarse un traje nuevo, la máscara de la modernidad. Para ello, bastaba con manejar las herramientas disponibles con destreza renovada, nada de profundizar en la doctrina, que eso desgasta. La figura del Papa, poderosa en la comunicación y capaz aún de llenar plazas y desviar el tráfico, resultaba indispensable. El impacto de las declaraciones del Pontífice, su querencia viajera y su potestad para zanjar cualquier discusión facilitaban las cosas. Mejor una breve entrevista en un avión que iniciar un cambio radical desde la base.


Y así llegó Francisco. Como sus predecesores, el argentino continuó repartiendo abrazos. Esta vez, sin embargo, optó por el lado misericordioso del mensaje, sin desactivar las condenas que siguen al pecado, pero sin destacarlas. Caer bien desde el principio ayuda a moderar las críticas. Por ese motivo, cuando interrumpe su prédica sobre el cambio climático y la desigualdad para tirar al monte –la expulsión del prelado Krzysztof Charamsa poco antes del inicio del Sínodo de la Familia, la reunión con Kim Davis o la reacción ante los asesinatos en la sede de Charlie Hebdo- nadie se escandaliza. La actualidad exige hoy más socialdemocracia aparente y menos explicaciones sobre la transubstanciación. La Iglesia lo sabe. Esta es su nueva alianza con el mundo.    

* Columna publicada el 8 de octubre de 2015 en El Diario Montañés.

viernes, septiembre 25, 2015

Nosotros*



La actualidad política española desmiente, día tras día, a quienes aún esperan una solución razonable a la crisis del país. Los últimos años han resultado nocivos para las instituciones, pero extraordinariamente fértiles en la acumulación de propuestas y movimientos donde reina la masa frente al tedio individual. En Cataluña, por ejemplo, la réplica independentista ha sido impactante. Un gran número de catalanes (¿miles?, ¿millones?, ¿la mayoría?) se envuelve en su bandera y desfila en perfecta formación, jaleado por su presidente autonómico. De esta forma, Artur Mas ha pasado de liderar un partido desprestigiado por los recortes y hundido en la corrupción a convertirse en un héroe del pueblo.

La política como actividad vehemente, como acción contra el enemigo; contra España. Esos catalanes -muchos, en resumen- obvian los peligros del aislamiento económico, la pérdida de representación en los organismos internacionales y la fractura interna de su población. Se trata de un grupo de personas convencidas de un sí que paraliza la mera gestión, que la arriesga. Lo primitivo funciona; así se interpreta el fenómeno.  

Ante el desafío, Madrid, ese monstruo, vacila a la hora de oponer resistencia. Acomplejado por decenios de desactivación de la idea de España, se enfrasca en un impersonal juego de cifras que pretenden ser amenazantes: llega el temido corralito, la Unión Europea y Obama no reconocen, la incompetencia se camufla bajo la ‘estelada’…

Resulta curioso comprobar cómo lo más importante queda apartado del debate público; a saber, la ilegalidad que, más allá de consecuencias económicas coyunturales, supone el desprecio a la soberanía nacional y, por supuesto, la quiebra inmediata en la convivencia entre españoles. Los movimientos nacionalistas (hoy independentistas y, como aseguran, “transversales”) enarbolan, por encima de todo, una negación: “nosotros no somos ellos”. Sus anhelos se sostienen sobre la apología de la desigualdad. Es precisamente ahí donde encaja la protesta, y donde la izquierda debería ser, ay, insobornable. Frente al pueblo unánime al que se aspira, cabe oponer la sociedad de todos; la ciudadanía en lugar de la identidad monocolor. Lo afirmó Emil Cioran: “quien dice ‘nosotros’ miente”. No es posible componer un eslogan más justo.

*Columna publicada el 24 de septiembre de 2015 en El Diario Montañés.
Foto: AFP.

miércoles, septiembre 23, 2015

Milagro



Nadie siente más que nadie y, sin embargo, cualquier amago de pausa, cualquier ejercicio de memoria, se interpreta siempre como un exceso. ¡Paremos las máquinas! ¡Preparemos los fusiles! Todo se reduce a la distancia entre el sentimiento y lo sentimental. El insulto al progreso, la ruina del país o de la propia vida dirigida hacia la productividad de la edad adulta. Uno la recuerda a veces volviendo a casa, introduciendo la llave en la cerradura. Hubo un tiempo, piensa, en el que estuvieron juntos, como si tal cosa, compartiendo espacios, angustias y mesa. Se pregunta cómo fue posible pasar por aquellos años sin celebrar el acontecimiento, sin mostrar gratitud por lo que fue, sin duda, un golpe de suerte.

Uno se maldice hoy por no haber demostrado algo más que la existencia sin atributos; como si existir pudiese tener alguna importancia frente a la gran injusticia. Aquel ruido de armarios que se abren mientras el niño merienda, la casa en perfecto estado, su despacho lleno de libros y papeles. La lluvia al otro lado como esta misma tarde. ¿Por qué no un beso más, otra mirada nueva? Hubo de todo, no se siente culpable. Y, sin embargo, en el tiempo que pasa, aún cuando ha podido ser aprovechado, la felicidad se convierte en ruina. Qué nostalgia la de esta salud saboreada de nuevo muchas décadas -ojalá- más tarde. Compartir es siempre un milagro. 

jueves, septiembre 17, 2015

Tradicional Shyamalan*

El cineasta indio regresa a la gran pantalla con ‘La visita’, una siniestra tragedia familiar revestida con el manto del suspense




El estreno mundial de ‘La visita’, reciente producción de M. Night Shyamalan, ha despertado, una vez más, las suspicacias del respetable. ¿Otra grotesca y previsible película rematada con su ya emblemática sorpresa final? Los potenciales espectadores no se deciden… Se trata de dar, como dice el ‘koan’, un paso en el vacío. ¿Habrá vuelto, por fin, el Shyamalan que reanimó a Bruce Willis? Una pregunta tan tópica como el supuesto estancamiento del cineasta.

La obra del director indio se sirve de la etiqueta del suspense y de la atmósfera de incomodidad que se aproxima al miedo, pero se detiene a tiempo. Shyamalan es consciente del espacio que ocupa en el escaparate cinematográfico y lo explota. Es su seña de identidad, su rollo. ¿Es suficiente? Con el objetivo de atraer al público, esta fórmula, extraordinariamente eficaz para condensarse en un tráiler, facilita las cosas. Uno quiere sustos y sustos recibe. También en ‘La visita’.

Una hora y media de película, apenas una decena de dialogantes en un falso documental de bajo presupuesto. El enfado brota cuando se pasa de la contención a la acción paródica. Es en ese salto donde Shyamalan siempre arriesga demasiado. El ejercicio superficial, con el que el cineasta parece reírse de su público, da lo que promete, sin control, cómodo en su explosividad. Los tópicos se suceden, con las costuras a la vista. Pero, hay más.



El espectador, epatado por el disparate, no suele advertir la doble vía de cualquier película de Shyamalan. La trama frívola apenas oculta, sin embargo, el tema principal. Lo ha hecho muchas veces. A lo largo de su carrera, se han abordado, por ejemplo, la búsqueda de la identidad y del sentido de la vida (‘El protegido’), o el uso de la mentira como garante de la vertebración social (‘El bosque’). Aquí, en ‘La visita’, se interesa por la pérdida de la comunicación y de la transmisión de valores. De esta forma, un tanto alambicada, reivindica la tradición, la exige.

En la cinta, el desconocimiento de las propias raíces provoca la incapacidad de los personajes para detectar el peligro. Lo que amenaza la vida es el amor artificial, la relación obstaculizada por una presencia tenebrosa y solo humana en apariencia. El tráiler se limita a exhibir el lado más festivo de ‘La visita’ y esconde el resto. Sería interesante preguntar a Shyamalan por esa actitud iconoclasta hacia sus propios códigos. ‘La visita’ habla de una serie de abandonos que confluyen de manera dramática. Con singular maestría, los traumas de unos y otros afloran hasta reventar en el tramo final de la película. La familia y su imposibilidad, los lazos que se desatan arriesgando la supervivencia de los individuos. Algo muy serio, a pesar de los sustos.

Para lograr que esa doble vía se dirija hacia alguna parte, más allá de los gritos y los portazos, Shyamalan echa mano de un guión consistente y de unos personajes cargados de profundidad. No puede hacerse de otro modo. La tensión que imprime a sus obras exige posponer parte de un relato, que, poco a poco, desvela toda su gravedad. En esa complicada labor, los niños protagonistas, interpretados por Olivia DeJonge y Ed Oxenbould, brillan especialmente, reprimiendo sentimientos y angustias sin exageraciones o afectación. La réplica se la dan unos solventes Deanna Dunagan y Peter McRobbie, como los siniestros abuelos.

Shyamalan aprovecha el suspense, la promesa de terror, para trazar un retrato de familia. ¿Para qué, entonces, dar tantas vueltas? Pero, quizás, ese recorrido espectacular sea, precisamente, el cine. 

* Artículo publicado en el número XVII de la Revista Dartes

viernes, septiembre 11, 2015

Pasos*



A Oliver Sacks le dijeron que su cáncer no tenía remedio y el neurólogo y escritor británico se despidió del personal con una emotiva carta en The New York Times. Sacks esperaba la muerte como quien espera el crepúsculo o la cuenta en una terraza a punto de echar el cierre. Esa entereza sin filigranas debe de ser exclusiva de personalidades brillantes, que confían en su éxito y en su capacidad de comprensión. No había en la carta ni un ápice de súplica o rebeldía, tampoco de esperanza en algún Dios benefactor; de su escritura brotó, únicamente, el agradecimiento por haber tenido la oportunidad de existir útil y conscientemente sobre este planeta.

Hablamos, quizás, de la manera más digna en la que el ser humano occidental del siglo XXI puede enfrentarse a su desaparición. Así morirán, con suerte, nuestros hijos, “ya sin fe y sin nadie”, como sostiene el verso de Claudio Rodríguez. Eso querrá decir que sus necesidades habrán sido cubiertas, y que la vida para ellos se parecerá a una travesía plácida y sin marejadas.

La ciudad de Santander, sobre todo en los primeros días de septiembre, cuando se vacía de turistas, es un terreno propicio para que esta perspectiva arraigue. Sus habitantes penetran sin queja en el otoño, serenos ante la llegada de la lluvia y de los fríos. Algunos se enfundan el chándal y corren, recuperando con el nuevo curso los propósitos de buena salud. La capital en temporada baja acoge el esfuerzo de los pasos que no se dan por capricho. Vuelve el trabajo o su búsqueda sobre el asfalto húmedo del norte. 




Que el peligro quede lejos proporciona seguridad al europeo, también al santanderino. Mientras sucede el cambio de estación, al este, al sur, miles de seres humanos escapan del Apocalipsis. Se trata de un movimiento habitual en muchos territorios, pero hoy toca Siria. Los espacios del dolor y la alegría quedan cada vez más cerca y Occidente calla, encogido en su debilidad. La gente se deja la vida en las playas. Morir como Oliver Sacks no está al alcance de todo el mundo. 

* Columna publicada el jueves, 10 de septiembre de 2015, en El Diario Montañés. 

jueves, agosto 27, 2015

Periferia



Se presentó Matisyahu en Castellón para allanar los senderos y despejar todas nuestras dudas. No estábamos seguros, vacilábamos a la hora de establecer un diagnóstico del mal que nos aqueja, pero ya podemos respirar tranquilos. Bastó con pronunciar el nombre del cantante estadounidense -judío, para más señas, como no se han cansado de repetir los medios de comunicación- para espolear los bajos instintos patrios. En realidad, el asunto es menos espectacular de lo que parece: en España, hace falta muy poco para convertir al militante en comisario político. Apenas un par de frases ingeniosas, alguna que otra intervención descocada en las redes sociales, y ya se cocina solo el plato inquisitorial. Si el enemigo íntimo toma el camino contrario, ¿qué más se puede pedir? Una buena patada a Rajoy en la entrepierna de un artista reggae.
Las comunidades judías se escandalizaron, y con razón, por el desvergonzado antisemitismo de ciertos discursos políticos. Desde el anónimo más incontinente a diputados como Alberto Garzón, el desprecio por la verdad fue manifiesto: frases descontextualizadas, chapuceros análisis de las canciones y demonización del autor. Lo urgente era demostrar que Matisyahu despide dosis de sionismo y de maldad en estado de gran pureza. El matiz, como suele suceder a este lado de los Pirineos, chupó banquillo.
En definitiva, España volvió a exhibir su idiosincrasia. En ninguna otra parte se puede dar rienda suelta a los prejuicios contra los judíos con tal desenvoltura. Es, quizás, otra de las consecuencias de nuestro tradicional aislamiento. No obstante, la estrategia populista de imposición ideológica fue incapaz de sostenerse frente a la internacionalización del caso Matisyahu. Es decir, la homilía políticamente aceptada chocó contra adversarios que no acostumbran a callar frente al atropello. Algunos deberían tomar nota si quieren evitar próximas frustraciones.
Lo interesante de este asunto tan desagradable no es, sin embargo, el antisemitismo, ni siquiera la política israelí, como han venido sosteniendo los inductores del boicot. Cualquier debate que se plantea en este país, por exótico que pueda parecer, debe ser comprendido como un episodio más en el gran drama cainita español. Toda discusión es rápidamente interpretada en clave nacional. Por ese motivo, siempre resulta difícil hallar espacios para el diálogo.
Afortunadamente, como estado de la periferia, sin influencia en el ámbito internacional, España tampoco puede contagiar sus complejos al vecino. Los países de nuestro entorno nos dejan hacer, como a niños que incordian mientras los mayores toman el vermú. Nadie interviene a no ser que alguno introduzca los dedos en un enchufe. El antisemitismo es, en fin, ese enchufe, irresponsablemente manipulado por quienes se presentan como custodios de la verdad.
Matisyahu cantó en Benicàssim, desafiando a la rediviva Inquisición que reclama certificados de pureza ideológica para ejercer un oficio. Otros habrían decidido quedarse en casa para ahorrarse el mal trago. Él, sin embargo, cantó para responder a la intimidación, al abuso. No guardó silencio como nuestros intelectuales. 

viernes, agosto 14, 2015

Belleza*



La amistad se despereza en verano e invade las terrazas. La temperatura es propicia, los ánimos reclaman aire libre, cañas y conversación. Algunos, quizás, prefieren tinto con gaseosa o un albariño que refresque las ideas y suelte las lenguas; acaso, una de rabas para no beber con el estómago vacío. Todo es posible. Sobre la mesa poco iluminada -lo dice mejor Gil de Biedma: “con la botella/ medio vacía, los ceniceros sucios,/ y después de agotado el tema de la vida”-, los amigos posan su verdad íntima de muchos años. Nadie puede penetrar en ese espacio en el que, poco a poco, asoma la madrugada. El placer compartido, el lenguaje propio que no se deja arrebatar por las consignas o los discursos. Las interrupciones, las carcajadas que rematan una anécdota. Estamos todos juntos, que también evocaba el poeta barcelonés en otro de sus versos. Lo estamos y nos basta.
Uno piensa en ello sentado en una butaca de la sala Argenta del Palacio de Festivales de Santander, mientras la Orquesta Sinfónica de Castilla y León interpreta el tema principal de la banda sonora de la película ‘La vida es bella’, compuesta por Nicola Piovani. Sorprende comprobar cómo los cambios sociales y políticos afectan a la opinión generalizada sobre una obra de arte. En el momento de su estreno -año 1997-, todo fueron elogios hacia Roberto Benigni y su peculiar versión del Holocausto. Ya saben: un hombre trata de convencer a su hijo de que la espantosa experiencia que ambos viven como prisioneros en un campo de exterminio nazi es, en realidad, un concurso.
Los ‘felices noventa’ propiciaron estas aproximaciones optimistas a la catástrofe. Occidente, liberado de la Guerra Fría, no tenía ganas de sufrir. No era tiempo de crisis económica y el yihadismo no había golpeado aún en el corazón de Europa y de Estados Unidos. Hoy, todo ha cambiado. Para empezar, ‘La vida es bella’ se recuerda con desdén. Lo políticamente correcto rechaza la “frivolidad” con la que Benigni retrata la Segunda Guerra Mundial. El humor parte ya de la ideología. Es siniestro, no cabe duda, pero eficaz.

Lo interesante, sin embargo, de ‘La vida es bella’ es su reivindicación del lenguaje privado frente al avance inmisericorde del totalitarismo. Los protagonistas se comunican sin asumir el rol que les imponen sus represores. Ese es el hallazgo, la virtud extraordinaria de la cinta. Quizás, valga la pena rescatar hoy esa actitud, recuperar los espacios donde la ortodoxia aún no penetra y combatir el pensamiento único. Un almuerzo, una cena o un paseo, sin que quepan expresiones como “empoderamiento”, “soberanía”, “derecho a decidir”, “reestructuración de la deuda”, “bolivarianos”… La mesura y el respeto; la confianza de sentarse juntos contra la lógica artificial del mitin y el eslogan; es decir, del conflicto. La felicidad que brota en verano, en buena compañía, sentados a la mesa. Para disfrutar de la belleza que ellos desconocen. 

*Columna publicada el 13 de agosto de 2015 en EL DIARIO MONTAÑÉS. 

domingo, agosto 09, 2015

Sacrificio*



Los hay que sobran, que sobramos. Se demuestra en el descaro del poder y en la apatía que provoca la insurrección de las mareas. Todo es hoy repetitivo y cínico, esto lo sabe todo el mundo. O, quizás, se trate de una simple cuestión de perspectiva. Los años sesenta tuvieron su brillo porque los frutos de la protesta fueron más estéticos que políticos. Al fin y al cabo, la placidez de las clases medias es la que alumbra el bienestar. La grandeza o el carisma, igualmente, brotan del entusiasmo. Y no hay entusiasmo en la urgencia de quien se reconoce prescindible. Daniel Cohn-Bendit, Jerry Rubin o los Provos holandeses, por ejemplo, bombardearon con flores a los futuros ejecutivos de la revolución conservadora, seguros en su red de becas y pisos de bajo alquiler. ¿Para quién hablan hoy los portavoces de la ‘Nueva Política’? Por no haber, no hay ya ni un Dylan oportuno o un Lennon encamado por la paz. Eso sí, aparecen los ‘hombres y mujeres de la cultura’ firmando manifiestos por la unidad popular y encabezando marchas. La realidad anestesia.  

La Europa de la precariedad enarbola banderas de otros tiempos, se enreda en estrategias que poco pueden hacer contra la expansión del dinero y la firmeza productiva de Asia. Nada está hecho ya para nosotros. Nos damos cuenta y caemos en la desesperación de una juventud que no se siente protagonista de la historia, ni siquiera partícipe. La padece; eso ya es bastante.

El joven mira a los lados con ansiedad. ¿Dónde colgar el sombrero? Sobre su cabeza, el planeta Kepler-452b, recientemente descubierto por la NASA, mayor en tamaño y en edad, pero similar a las características de nuestra vieja amiga la Tierra. A sus pies, la flamante explanada de Gamazo, con sus cuarenta tumbonas, sesenta y tres árboles y más de mil plantas. Un espacio limpio y elegante, con ese toque ordenado y confortable, abierto, de las nuevas formas de descanso occidental. Parece el patio de un ‘spa’ o la terraza de un restaurante de comida mínima. Los vecinos pueden disfrutarlo, como disfrutan de los nuevos Jardines de Pereda. Pero no nacen para ellos, sino para saciar un prurito de sofisticación o la histeria de algunos por situar a Santander en determinados mapas. El paseo es admiración y no descanso. Como en un museo o como en Palmira antes de la Yihad.   


No somos capaces de asumir el cambio. Hay una protesta, un grito que pretende rescatar al ser humano de su extinción familiar, ociosa (¡bendito ocio!) y colaborativa. Más que la revuelta, se busca el sacrificio: el gran tabú de nuestra cultura, la desaparición de quien molesta y estorba en el camino hacia el Edén. Son los aficionados a los toros, los votantes, los homosexuales, los madridistas, los curas, los directores de cine, los indignados, los solitarios… Resistir a esa llamada es nuestra última opción de humanidad.

*Columna publicada el 29 de julio de 2015 en EL DIARIO MONTAÑÉS.