martes, julio 15, 2008

Vuelve, ángel



Angel, come back please. Let us smell your heavenly smell again.

John Ashbery. - "In the time of pussy willows". Chinese Whispers.


Sonó el timbre mientras Daniel, asomado a la ventana, contemplaba la piscina, llena aún, recibiendo las primeras hojas muertas del otoño. Ana yacía sobre la tumbona. Se había quedado dormida. Un vaso de plástico bailaba peligrosamente en su mano, amenazando caerse. Daniel suspiró.

- Adelante-, dijo.

Aquel hombre entró tímidamente en la casa. Se quitó el sombrero.

- Con su permiso, señor. Soy Víctor Llamas, de la inmobiliaria. Vengo a por las llaves.

Daniel no se volvió; observó al extraño por el reflejo de la ventana.

- Están en la estantería, sobre la chimenea.

La sala vacía presentaba un aspecto lúgubre, triste en su color blanco.

- Por lo que veo, señor, ya no queda nada aquí.

- Nada en absoluto.

Víctor Llamas se quedó un rato de pie con el sombrero en las manos, sin saber muy bien qué hacer.

- ¿Algo más?-, Daniel se había dado la vuelta.

- No…, claro que no.- Se puso el sombrero- Ya está todo arreglado. ¿Se va usted hoy?

- Sí.- Daniel se acercó una botella que tenía apoyada en el suelo, y cogió dos vasos de plástico- ¿Gusta?

Víctor Llamas sonrió y avanzó hacia Daniel con movimientos rápidos y nerviosos. Cogió el vaso que Daniel le ofrecía.

Los dos dieron un trago breve. Durante un rato no se dijeron nada. Daniel miraba de vez en cuando la piscina.

- Si me lo permite, señor- Llamas rompió el silencio.

- ¿Sí?

- Bueno, yo…En fin, desde que me dieron en la oficina el encargo, he estado pensando en decirle que, pese a… todo lo que ha ocurrido, yo estoy con usted. Su películas eran…,son… fantásticas.

Daniel sonrió y asintió con un leve movimiento de cabeza.

- Gracias.

Llamas pareció relajarse y se sirvió un poco más de whisky.

- ¿Sabe? Está claro que la vida no es justa. No lo es, no señor…Que después de tantos años entregándose a su oficio, le hagan pagar como lo han hecho…

Daniel apenas lo escuchaba. El vaso de Ana acababa de caerse. Ella había abierto los ojos y miraba la bebida derramada. No hizo nada: se acomodó de nuevo y volvió a dormirse.

- En fin, me voy- Víctor Llamas devolvió el vaso a Daniel.- Tengo mucho que hacer aún en el barrio.

Se puso el sombrero y llegó hasta la puerta. De repente, se detuvo y se giró.

- ¿Me permite que le cuente algo inquietante?

Daniel suspiró.

- Claro-, dijo.

- Verá- comenzó Víctor Llamas-; como usted sabrá, en verano esto se llena de gente. Turistas y tal… El caso es que me encargaron alquilar una serie de bungalows a pie de playa: los de la urbanización “La diva”, usted la conocerá, sin duda… Bueno, pues ahí estaba yo un viernes por la tarde, esperando a un tipo de la gran ciudad que iba a pasar aquí sus vacaciones. Yo debía enseñarle uno de los bungalows. Bien; a eso de las siete, llega el muchacho: un chico alto, un guaperas, vaya. Me tiende la mano. Se la estrecho. Le enseño la estancia. Le gusta. “Me lo quedo”, dice. Y me invita a tomar una copa en uno de los chiringuitos de la playa. Pedimos un par de mojitos y nos echamos en unas tumbonas, mirando el atardecer sobre el mar. Yo, por decir algo, le pregunto: “¿Su señora viene con usted?” Y el tipo contesta que ella no se encontraba muy bien, que estaba en un sanatorio recuperándose de una crisis nerviosa y que él pasaría con su hija las vacaciones aquí. Yo, por supuesto, traté de disculpar mi intromisión, pero a él no parecía importarle. Quizás era el alcohol. Seguimos hablando un buen rato de esto y de aquello. Le pregunté por su trabajo y me dijo que era escritor. “¡No joda!, dije, ¡Escritor!, ¡qué maravilla!” El sonrió tímida, pero orgullosamente. “¿Y he leído algo de usted?”, le pregunto. “Bueno, dice él, he publicado varios relatos y novelas. La última se titula “Suave es la noche”. Total, me despido de él, no sin antes apuntar los títulos de sus obras y prometiéndole leerlas con devoción. Bien; llego a casa, enciendo en ordenador y escribo en Google el primer título: “A este lado del paraíso” Y ¡toma!

- Que son de otro, ¿no?- intervino Daniel.

- Claro, ¡De Fitzgerald! ¡El muy cabrón se rió en mi cara! Al menos, eso pensé. Al día siguiente, ese hombre debía volver para firmar el contrato. Yo lo esperé en la oficina. Le veo llegar, vestido impecablemente, con ese gesto en su cara, a medio camino entre la vanidad y la tristeza. Y se sienta frente a mí. Estaba furioso pero traté de hacer como si yo también me riera de la situación. “Vaya, le digo, ¡cómo me vaciló usted ayer!?” Y ahí viene lo bueno: ¡El me mira con sorpresa y me pregunta que a qué me refiero! Le digo: “¡Coño, pues a lo de los libros! Me hizo creer que los había escrito usted y, en realidad, su autor es Fitzgerald” Y él, todo serio, insiste en que él es Francis Scott Fitzgerald, ¿usted se cree? ¡Un hombre que lleva muerto casi setenta años! Yo, para no parecer un imbécil, asiento: “Claro, claro, lo que usted diga” De pronto, él se levanta y me dice que no tiene por qué soportar que se burlen de él y de su obra de esa manera y se va. ¿Qué me dice?

Daniel se quedó pensativo un rato, moviendo parsimoniosamente el vaso, con la mirada perdida.

- Es una gran historia-, dijo por fin.

Víctor Llamas sonrió.

- Sí, ¿verdad?... En fin, me voy ya. Le dejo a solas para que acabe de recoger.

Y salió de la casa.

Daniel se levantó y dio un pequeño paseo por la casa. Visitó por última vez cada una de las habitaciones, admirando el silencio blanco en el que nadaba ese hogar en ruinas. Observó las huellas que el polvo dibujaba en los huecos donde antes estaban colgados los cuadros. Ese vacío lo angustiaba. Reprimió un grito golpeando con furia la pared. Sorprendentemente no se hizo daño. Salió al jardín.

Ana continuaba dormida y temblaba por el frío. Daniel vio la manta a su lado, pero no la cogió para taparla. Se acercó y se puso de cuclillas.

- Ana, cariño-, susurró. Ella abrió los ojos con una mirada de sorpresa, que se tornó fría de repente.- Tenemos que irnos.

Su mujer se levantó apoyándose en los brazos de la tumbona. Rechazó la ayuda de Daniel. Miró el vaso en el suelo.

- Déjalo, no importa.

Salieron a la calle. Era de noche. Daniel llegó hasta su coche, dejando a Ana en la puerta. Luego se acercó a recogerla. Detuvo el coche justo frente a ella y salió para ayudarla a entrar. Vio a Víctor al otro lado de la calle hablando con un vecino. Le hizo señas para informarle de que ya se iban. Víctor Llamas levantó la mano.

- Ten cuidado, cariño, no te golpees al entrar.

Ana se sentó delante. Se abrochó el cinturón de seguridad mientras su esposo daba la vuelta para entrar. Daniel encendió el motor. Ana lo miró. Luego apoyó su rostro en la ventanilla fría del coche.

miércoles, julio 02, 2008

La Dignidad

Al principio, el ruido de pasos. En casa, los rostros dibujando un gesto de suspicacia. Las tazas se detenían a mitad de camino, del platillo a la boca.

- ¿Qué ocurre?

Yo me encogía de hombros. Papá estaba demasiado ocupado enseñando a los chicos su colección de mariposas. Mamá dijo: “Sube a ver qué pasa”.

Mis tías asintieron, lanzándome miradas de preocupación. Al fin y al cabo, Lucas era mi amigo.

Salí de casa, pero no subí enseguida a la de Lucas. Me fumé un cigarrillo en las escaleras.

Mi amigo vivía con sus padres. Era el hijo pequeño de un matrimonio que lo tuvo demasiado mayor. Ahora, Lucas debía compaginar sus estudios con el cuidado de la casa.

Frente a la puerta no alcanzaba a oír los fuertes pasos de antes. Ahora apenas percibía un leve cuchicheo, interrumpido por un hipo de llanto.

Toqué el timbre. Los susurros cesaron. Apoyé la oreja en la puerta. Nadie abrió.

- Mamá, he llamado pero nadie contesta.

Mi madre y mis tías estaban demasiado ocupadas con sus cotilleos. Papá seguía mostrando a los chicos sus “gloriosas herramientas”: el fusil y los trofeos de caza.


*


Al día siguiente, mamá me dijo que al volver de la calle había visto salir un cadáver de la casa de Lucas, envuelto en una sabana, transportado por dos enfermeros que lo introdujeron en una ambulancia.

La portera dijo a mamá que el chico, Lucas, había aparecido muerto, con las venas abiertas, en el baño aquella mañana.


*


Dijeron que Lucas sufría de ansiedad, depresión o qué se yo. El caso es que el muy cafre se mató. Tiró por la vía de en medio. Hubo mucho movimiento unos días en casa de mis vecinos. Una semana después, era como si nada hubiese pasado.

Me encontré con la madre de Lucas un par de veces después del funeral. Traté de acercarme para mostrarle mis condolencias. Pero ella salió despavorida.

Aproximadamente, pasado un año del trágico suceso, la madre de Lucas se marchó de su casa. No nos dimos cuenta de ello enseguida, por supuesto. Papá habló un par de veces con el padre de Lucas y lo notó abandonado, ausente. Le preguntó por su mujer y él contestó con evasivas. La portera nos sacó de la duda.

- La mujer se largó, fíjese usted. La pobre no pudo soportar lo de su hijo. ¡Qué terrible, Dios mío!-, y se agarraba a la escoba. Y se mordía el labio. Yo asentía, claro, mirando al suelo.

Lucas era un fantástico cabronazo. Un perfecto artista, con esa aureola de malditismo que lo perseguía. Actuaba de un modo imprevisible, pero siempre a gusto con su personalidad especial. No me afectó mucho su muerte. Nos llevábamos bien, pero en modo alguno éramos íntimos.

Por eso me extrañó cuando una tarde de julio su padre me abordó en el portal y me invitó a subir a su casa. Lo noté nervioso y no quise contrariarlo.


*


Si he de ser sincero, me emocionó un poco ver la casa de Lucas por primera vez desde su muerte. Estaba muy cambiada, sumida en el desorden desde la marcha de su madre.

Permanecimos un rato en silencio, casi a oscuras, sentados en el salón. Las persianas estaban bajadas y sólo un resquicio permitía penetrar a los rayos de luz.

Él tomó la palabra.

- Te sorprendería la cantidad de veces que hemos hablado de ti en esta casa.

Asentí, pero me embargó un inexplicable sentimiento de culpabilidad.

- Todos te teníamos mucho aprecio por el tiempo que pasabas con Lucas. Él no solía hacer amigos….

Me sentía cada vez más incómodo.

- No sé si sabes lo difícil que era todo esto. Ser tan mayor, con un hijo como Lucas… ¿Quieres un café?

- No, gracias.

- Bien; te decía que éramos muy mayores para cuidar de Lucas. Él estaba cada vez más triste. Fue por la chica esa, tú debes conocer la historia ¿no?

Yo no tenía ni idea.

Meneó la cabeza con desaprobación.

- Mala chica, esa. Sabe Dios que fui severo con Lucas. “Supéralo hijo, hazlo por nosotros…” ¿Entiendes? Pero todo era inútil. Ver cómo tu hijo se te va…. Es horrible.

Se cubrió el rostro con las manos.

- Nosotros hicimos todo lo posible….- de pronto pareció recordar que yo estaba allí.- El día de la muerte de Lucas tú llamaste a la puerta, ¿no es así?

Como sacudido por un terremoto, reaccioné.

- Sí; llamé, pero no había nadie en casa.

- Lo sé.

- ¿Lo sabe?

- Sí, nosotros estábamos dentro. Acabábamos de hacerlo….- se puso a llorar.

- Señor, tranquilícese, por favor…Señor.

- Nosotros lo hicimos, chico. Mientras Lucas dormía lo sujeté de los hombros y su madre le cortó las muñecas.

Retrocedí hasta el pasillo.

- Era necesario. Nosotros ya no podíamos cuidar de él.

Llegue hasta la puerta.

- No iba a saber vivir sin nosotros.

Bajé corriendo a casa.


*


Encontré a papá muy ocupado, revisando su antigua colección de mariposas. Le conté lo sucedido. Él se detuvo un momento y me miró. Afuera había empezado a llover. Luego continuó como si nada.

- Ese hombre chochea.

Y clavó otra mariposa. El ruido de la risa de mamá y las tías llegó hasta nosotros. Papá sonrió.