martes, diciembre 23, 2008

Nieve

- Está dormida.

La madre entró primero. Le seguía el padre. Miraron a la pareja. Luisa, con el camisón del hospital, sentada sobre el regazo de Pedro. Él la balanceaba suavemente.

- Está dormida- repitió.

Los padres se acercaron y echaron un ojo. Dos enfermeras habían entrado discretamente tras ellos y observaban las máquinas. Una le susurró algo a la otra, que salió de la habitación.

- Será mejor que no la despertéis.

La madre le tocó el brazo a su hija. Un mechón de pelo negro le ocultaba el rostro.

- Pedro…

- Vas a despertarla.

Un médico estaba quieto en el umbral de la puerta. Tocó al padre para que lo dejase entrar. El padre se apartó y dejó hueco. El doctor consultó el monitor. Miró a la pareja. Luisa seguía acurrucada, hecha un ovillo contra el pecho de Pedro. Carraspeó. La madre de Luisa se volvió a mirarlo. Pedro acercó su mejilla a la de Luisa. El médico bajó la cabeza. Las dos enfermeras y un celador se colocaron frente a Pedro. No opuso resistencia cuando le tocaron las manos para apartárselas.


*

Pedro llamó a la puerta del taller. El padre de Luisa no había hablado mucho desde la muerte de su hija. Llevaba puesto el mono de trabajo y arreglaba una silla. El invierno había llegado con la nieve y, al abrir la puerta, Pedro trajo consigo un suspiro de viento helado.

- Pasa, no te quedes ahí.

El taller estaba desordenado. Las herramientas poblaban el suelo sucio y, sobre la mesa, junto a la silla, descansaban botellas vacías y bocadillos a medio comer.

- Me hizo llamar.

El padre de Luisa no contestó enseguida. Mantuvo su concentración en la silla durante unos segundos. Luego miró a Pedro como si no comprendiese. Se secó el sudor y señaló al armario que estaba justo tras él.

- Ahí hay algo para ti.

Pedro se dirigió al armario y lo abrió. El padre de Luisa no había vuelto al trabajo. Esperaba a que Pedro lo tuviera en las manos.

- ¿Esto?

- Eso es.

Pedro llevaba un cuaderno naranja en la mano. Un simple cuaderno de anillas con menos hojas de las que debería tener.

- ¿Qué es?

El padre de Luisa chasqueó la lengua.

- ¿Dices que querías a mi hija, y no sabes qué es?

Pedro se encogió de hombros.

El padre meneó la cabeza y luego volvió a mirar a Pedro, que había abierto el cuaderno.

- Poco antes de que llegaras al pueblo, me pidió que te diera esto si… Bueno, ya sabes.

Pedro asintió.

- Gracias.

- No hay de que.

Los dos hombres se quedaron unos instantes en silencio. Apenas si se oían ruidos del exterior del taller. La gente se había quedado en casa por la nieve. Estaba anocheciendo.

- Creo que me iré ya- dijo Pedro, por fin.

- Claro. No tienes que irte a la pensión. Puedes dormir en casa, si quieres.

- No, tengo todas mis cosas allí. Además, mi autobús sale mañana temprano.

- Como quieras.

Pedro estrechó la mano del padre de Luisa y se dirigió a la salida.

- Creo que no le hiciste bien a mi hija.

Pedro se detuvo y giró la cabeza. El padre de Luisa se había apartado de la mesa de trabajo y lo miraba fijamente.

- ¿No me has oído?

Pedro soltó el picaporte que ya tenía en la mano y se dio la vuelta.

- Lo he oído, señor.

- Parece mentira que tuvieses la desfachatez de venir aquí, después de todo.

El padre de Luisa avanzó hacia él. Pedro lo esperó, dispuesto a dejarse pegar un par de puñetazos antes de responder. Pero el anciano se paró a dos metros de él.

- Era mi única hija, pedazo de mierda.

Pedro asintió.

- Hubiera dado todo por ti. Y, en cierta medida, lo hizo. ¡Dios!

Pedro notaba cómo iba subiéndole el calor a la cara.

- No eres más que un muerto de hambre. Con todo eso del cine, te creerás muy importante, ¿no es cierto? Un artista. Querías un trofeo, ¿verdad? Una muesca más. Y si había sufrimiento, mejor que mejor.

- No es eso, señor…

- Calla la puta boca.

El viejo dio un par de vueltas por el taller. Pedro pensó que buscaba algo para arrojarle. Se estremeció.

- Tú no tienes ni idea, chaval. Dices que la amabas. Que hubieras dado tu vida por ella. No me jodas, hombre. ¿Crees que me tragué tu última escena en el hospital? Llegaste dos días antes, por el amor de Dios. Pero ¿quién estuvo los dos meses anteriores?

Pedro no daba crédito.

- Vine en cuanto me enteré.

- ¡Y una leche! ¿En cuanto te enteraste de qué? ¿De que estaba enferma? Eso ya lo sabías. Después de lo del bebé y…

Se calló a tiempo. Pedro le había mirado enfurecido.

- Ya basta.

- Pedro, yo…No quise…

- Déjelo. Gracias por el cuaderno.

Pedro salió del taller. El tiempo había empeorado. Lo que antes era una leve brisa, se había convertido en un vendaval. Tardó casi media hora en recorrer una distancia de doscientos metros. Llevaba el cuaderno bajo el brazo, tratando de evitar que se lo mojase. Llegó tiritando a la pensión.
La señora Mínguez, la dueña de la pensión, le preparó un chocolate caliente y le sentó en una mesa junto a la chimenea. Pedro abrió el cuaderno. Junto a la mesa, un hombre de mediana edad que leía el periódico, se había puesto a observarlo. Pedro sabía que el diálogo era inevitable.

- Disculpe, señor. Usted debe de ser Pedro Arce, el famoso director de cine.

- Sí, así es.

- Coño, ¿qué le trae por estos lares?

- He venido a ver a mi mujer.

- No le ha ido muy bien, por lo que veo.

- ¿Cómo dice?

- No, como le veo aquí solo…

- No, no me ha ido nada bien.

- Vaya, pues lo siento. ¿Le apetece una copa? Tengo una botellita de orujo en mi habitación. Si gusta… Por cierto, me llamo Ramón.

- Encantado. Venga, vamos a tomar un poco de ese orujo.

La habitación de Ramón estaba llena de pilas de periódicos viejos. Pedro recorrió con la mirada cada hueco. Era un lugar sórdido.

Ramón cogió dos tazas y las puso encima de una de las pilas. Acercó dos sillas. Abrió la botella.

- Dígame vale cuando lo vea.

- Vale.

Pedro y Ramón tomaron su orujo en estricto silencio. El alcohol le calentó mucho más que el chocolate. Sintió cómo le bajaba por el esófago.

- Bueno, ¿verdad?

- Ya lo creo.

Ramón miró detenidamente a Pedro.

- Le noto preocupado, amigo. ¿Quiere contarme algo?

Pedro se sirvió un poco más de orujo y negó con la cabeza.

- Mal de amores ¿eh?

- Eso es.

- Bah, no se apure. Las mujeres son complicadas; y no se mueven en las mismas coordenadas que nosotros. Recapacitará, ya lo verá.

Pedro rodeó la taza con las manos.


*


El conductor del autobús abrió los maleteros a ambos lados del vehículo.

- Para Madrid, a la derecha. Para Valencia, a la izquierda.

Pedro dejó su equipaje y se echó la mano al bolsillo de atrás del pantalón para sacar el billete. El conductor le miró y sonrió.

Pedro se acomodó en su asiento. Le había tocado ventanilla. Unos niños jugaban junto al autobús. Les hizo una mueca, pero ellos no se dieron cuenta.

- En marcha- dijo el conductor.

El autobús iba casi vacío.

- En marcha- repitió Pedro.

El cuaderno bailó sobre sus rodillas con la primera curva.

domingo, diciembre 21, 2008

Sea Grapes- Derek Walcott

That sail which leans on light,
Tired of islands
A schooner beating up the Caribbean

For home, could be Odysseus,
Home bound on the Aegean;
That father and husband’s

Longing, under gnarled sour grapes, is
like the adulterer hearing Nausicaa’s name
In every gull’s outcry.

This brings nobody peace. The ancient war
Between obsession and responsibility
Will never finish and has been the same

For the sea wanderer or the one on shore
Now wriggling on his sandals to walk home,
Since Try sighed its last flame,

And the blind giant’s boulder heaved the trough
From whose groundswell the great hexameters come
To the conclusions of exhausted surf.

The classics can console. But not enough.

*

Aquella vela, fatigada de islas,
Que descansa sobre la luz,
Una goleta batiendo el caribe,

Podría ser Ulises
Camino de casa en el Egeo,
Ese padre y marido

Anhelante, bajo las uvas nudosas y amargas,
Es como el adúltero que oye el nombre de Nausicaa,
En cada graznido de gaviota.

Esto no da la paz a nadie. La antigua guerra
Entre obsesión y responsabilidad
Jamás acabará y siempre a sido la misma

Para el navegante y para el que permanece en tierra
Caminando en sus sandalias hacia casa,
Ahora que Troya hace ya tiempo que apagó sul última llama

Y el peñasco del gigante ciego partió el seno de las olas
Desde cuyo mar de fondo llegan los grandes hexámetros
A las conclusiones de una espuma exhausta.

Los clásicos consuelan. Pero no lo suficiente.

(Versión en español por J.C LLop)


viernes, diciembre 19, 2008

Límites

I

Ese camino que se intuye
anclado en la tierra,
dispuesto cómodamente entre dos vallas,
expuesto a la piedra y al hombre que se arrastra,
sin explicación pero inamovible,
perfectamente nítido, sin embargo,
desde la carretera,
nutrido de constantes
y figuras dispuestas, como deben estarlo.

Sombras de hombres, pero no siluetas,
apenas trazos de una presencia familiar
que distingue espacios y limita
nombres, y los crea en la seguridad del deber.

Los caballos quietos sobre la nieve,
abriendo hueco para el pasto,
helado por más que lo respiren.

II

Tierra seca pero invernal,
no firme, su hendidura
apenas llena de memoria
y de juego.

El hombre,
que irrumpe desconociendo su labor,
el destino,
todos los pozos yermos
y la nieve ausente.

Tiempo que pesa hoy
como piedra,
en forma de frío
anunciador, agorero,
de un desenlace cotidiano.

miércoles, diciembre 17, 2008

Normal

- ¿Me quieres?

- ¡Hombreee!

- Pero, a ver, ¿cuánto me quieres?

- Te quiero un montonazo.

- ¿Y para qué me quieres? ¿Para acostarte conmigo?

- Sí, te quiero para acostarme contigo.

- ¿Sólo para acostarte conmigo?

- No.

- No, ¿qué?

- Que no te quiero sólo para eso.

- Y ¿para qué, entonces?

- Para muchas cosas.

- Habla.

- Pues, mira, te quiero para acostarme contigo, para pasear contigo. Para pedir el café con leche que tanto te gusta. Te quiero para ponerte el termómetro cuando tengas gripe; para hacer tus fotocopias; para pasar a ordenador tus trabajos; para ir al cine contigo y tragarme películas chinas; para reír contigo; para ponerme nervioso delante de tu padre. Para arreglar los grifos, las bombillas. Para abrir el capó del coche y echarle un ojo si se te estropea; para cogerte de la mano cuando des a luz. Para acabarme tu comida si no tienes más hambre; para donarte un riñón si se da el caso; para pagar tus deudas; para tomarte la lección cuando estés preparándote oposiciones. ¿Te vale así?

- …

- ¿No dices nada?

- No sé qué decir.

- ¿Para eso preguntas?

- Ya…

- ¿Qué?

- Nada. Creo que te he perdido por el camino.

viernes, diciembre 05, 2008

Primer Contacto*

Maldita sea. Siempre me tiene que pasar en los momentos más inoportunos. Mira que se lo dije. “Cuida de que no me pase a plena luz del día, ante los ojos de todos”. Un patán, vamos.
Tengo que concentrarme en pensar una solución. Gracias al cielo, he cerrado las salidas mediante telequinesis. Nadie podrá abandonar el edificio. El destino ha querido que me ocurra en el bar de la azotea. Así todo será más fácil.
Aún no es el momento de darme a conocer. Por lo tanto, y lamentablemente, mi primer contacto con los humanos será éste. No puedo dejar que se vayan tras verme levitar. Los muy inocentes salieron pitando. Ahora estarán aporreando las puertas de cristal. A ver si consigo bajar de aquí… Ya está. Ahora viene lo peor. Qué oficio tan desagradable.



* Finalista del Primer Concurso de Microrrelatos de la Asociación Cultural Calle del Sol (Santander).

Fotografía: "Razonamiento espacial". Autor: Rafael Margallo Toral

martes, noviembre 25, 2008

Los Datos Verdaderos Del Mundo

No existe nada más que tu temperatura
resumiendo los datos verdaderos del mundo.
Juan Antonio González Iglesias.

Soledad no se lo explica. Alza la cabeza y contempla el cielo limpio, despejado de nubes y coronado por el fuerte sol del mediodía. Soledad no comprende. Los golpes del trabajo del albañil, que cierra el nicho recién ocupado por su hermana Elvira, la sacan de su ensimismamiento. El ruido de los golpes se confunde con el rezo del sacerdote. Soledad, desde su sitio, observa a su cuñado que parece hoy más pequeño y más débil. Se moja los labios secos de sed y de tristeza, y se frota las manos enguantadas en luto.

El sacerdote da la bendición y concluye la ceremonia. Los asistentes al sepelio permanecen quietos aún, sin mostrar prisa o impaciencia. Poco a poco, van acercándose a Luis y le dan el pésame. Soledad también se acerca. Lo toma del brazo.

- Hoy te vienes a casa.
- Bueno.
- No te puedes quedar solo.
- No.

Los gritos de unos chiquillos que juegan en un campo cercano quiebra el silencio respetuoso del cementerio. Cuando abandonan el lugar, el albañil aún no ha terminado.

En casa de Soledad, el almuerzo es triste. No le ha dado tiempo a comprar nada. La agonía de su hermana y su posterior fallecimiento la han tenido ocupada durante semanas. Abre unas latas de sardinas y espárragos, que no van a comerse. Pasan la tarde casi sin hablar. A las siete deciden dar un paseo.

Anochece lentamente sobre la ciudad. Las aceras van tomando un tono ocre. Las ramas de los árboles se mecen más violentamente. Los dos cuñados avanzan cogidos del brazo, sorteando a la multitud que abarrota el centro. De vez en cuando, se encuentran con algún conocido que los para y les ofrece sus condolencias. Luis se espabila poco a poco del letargo en el que se ha sumido desde la muerte de su mujer. Tiene frío y estrecha su cuerpo con el de Soledad. Ella le sonríe.

- ¿Quieres un café?
- Bueno.

Se sientan en una terraza y piden. No tardan mucho en servirles. El camarero observa las ropas de luto de la pareja, y dibuja una mueca que trata de ser condescendiente. Luis coge la taza con las dos manos y la deja ahí unos instantes sin llevársela a la boca. Soledad bebe un sorbo de su té.

- ¿Mejor?
- No.

Luis quiere volver a su casa. A Soledad no le parece una buena idea, pero acaba por ceder.

- Al menos déjame acompañarte.
- Ven.

Agarrados del brazo, se dirigen a la casa de Luis. Ya es noche cerrada en la ciudad veraniega. Se cruzan con grupos de jóvenes, que no reparan en su tristeza.

Luis introduce la llave en la ranura, pero no abre enseguida. Apoya su cabeza en la puerta. Soledad le pone la mano sobre el hombro.

Nada más abrir, llega desde el interior de la casa un fuerte olor a cerrado. Soledad corre al dormitorio.

- Quédate en el salón. Voy a ventilar.

Soledad entra en la habitación donde, tan sólo dos días antes, ha muerto su hermana. Es una habitación pequeña, ocupada por dos camas sencillas, separadas por una mesilla de noche. El desorden es el mismo que dejaran cuarenta y ocho horas atrás. Las sábanas revueltas, la persiana bajada, dan a la estancia un aspecto como de batalla perdida. Hay un olor familiar y reciente que a punto está de hacerle flaquear. Se arma de valor y sube la persiana y abre la ventana. No llega aire suave de la calle. Irrumpe una oleada de calor. Soledad cambia las sábanas de la cama de su hermana Elvira.

Luis llega sólo unos minutos después. Soledad lo mira. La oscuridad de la habitación es interrumpida por las luces del edificio de enfrente.

- Quiero dormir. Voy a acostarme.

Soledad le mira compasiva y cariñosamente.

- Me quedaré un ratito en el salón y luego me iré a casa.

Luis asiente. Soledad le deja solo.


*


Soledad se ha quedado dormida en el salón. El calor de junio ha empapado su blusa negra y se la ha pegado al cuerpo. Se incorpora y mira hacia los lados, desorientada. Se dirige al dormitorio.

Luis respira profundamente. Soledad se queda a los pies de la cama, observándolo. Poco a poco, y sin dejar de mirar a su cuñado, la mujer se desata los botones de la blusa. Se la quita y también el sujetador. Hace lo mismo con la falda y las medias. Echa una mirada a la mesilla de noche, donde descansan un vaso de agua y una tableta de somníferos. Soledad no lo piensa y se mete en la cama. Acostada sobre su lado izquierdo, siente el aliento de Luis sobre su rostro. Poco a poco, vuelve a dormirse.

Un rayo de sol ha asomado por entre las rendijas de la persiana. Soledad se despierta. Luis sigue dormido. Lentamente, la mujer se levanta y abre el armario. Coge una de las batas de Elvira y se la pone. Respira el perfume de su hermana que empapa aún la prenda. Se marcha al salón tras recoger su ropa del suelo.

Soledad mira por la ventana. Un grupo de niños ha salido casi con el sol a repartir juegos y risas por las calles todavía desiertas.

Unos minutos más tarde oye a Luis que camina por el pasillo y la llama.

- ¡Soledad!
- Aquí, Luis, aquí.

Los dos se encuentran a medio camino. Luis parece nervioso, desencajado. Se acerca. Soledad retrocede. Una mirada distinta se ha dibujado en el rostro del viudo.

- ¡Elvira!

Luis agarra a su cuñada por el cinturón de la bata. Ella intenta zafarse. El nudo se desata.

El cuerpo de Soledad asoma bajo la bata de su mujer muerta. Luis toma a Soledad de la cintura. Acaricia su vientre y sus senos. Arrodillado, la besa alrededor del ombligo. Luego se detiene y se incorpora. Las miradas de los cuñados se cruzan en un instante que parece deshacerlos. Finalmente, Luis se aleja y se sienta en una silla del salón. Soledad, confusa, vuelve a anudarse el cinturón y va reunirse con él.

Los rayos del sol atraviesan impúdicamente el cristal. Soledad, de cuclillas frente a su cuñado, le toma de la mano. La luz del nuevo día ilumina la piel de la mujer. Luis sonríe.

- Ya es tarde… Elvira…

La mujer asiente y sonríe también. Se tapa el escote con su mano libre.

sábado, noviembre 08, 2008

Las Mujeres En Invierno

El viejo seguía en sus trece. Se levantaba a ratos la venda y echaba un ojo, y volvía a taparla rezongando. Unas veces decía “Ya estoy bien”; pero luego se quedaba quieto, como previendo un latigazo del dolor y no decía nada. O cambiaba de tema y me decía:

- Dios conoce cada tábano.

Y yo asentía para no contrariarlo, para que estuviese distraído. El viejo Damián sudaba, y eso era que la fiebre lo estaba sacudiendo. En ocasiones parecía encontrarse mejor y me aceptaba algún cigarrillo. Y seguía con lo del tábano.

- Claro, chico, cada tábano, cada hormiga incluso. Dios procura alimento a los animales y a los hombres. Él no hace distingos.

Yo miraba por la ventana, con el fusil en la mano, tratando de escudriñar la noche, de forzar la vista para acostumbrarla a vigilar a todas horas. Sólo era cuestión de tiempo.

Damián, a veces, se ponía lastimero y fingía resignarse:

- Chico, aún estás a tiempo. Mira que este viejo ha visto ya muchos abriles.

Calle, hombre, calle, le decía yo, y seguía a lo mío. Cuando me parecía buen momento, salía de la casa y buscaba leche y comida en el pueblo abandonado.


*


La verdad es que yo nunca había hecho por acercarme al viejo Damián. Lo veía a veces salir de su casa o de la escuela, abrigado con su vieja trenca (que ahora nos servía de manta para la noche) y entrar en el bar de Gelo, el padre de Clara.

- Que ya sé yo lo que tú te traes con Clara, bandido- me decía Damián-. Todos hemos tenido quince años.

Yo, cuando ya tuve más confianza, le interrogaba.

- Damián, ¿y el amor?

- El amor existe, chico, claro. Por encima de todas las cosas.

Y me tranquilizaba.

*

El tiro le había dado a Damián en el muslo derecho. Al principio, lo que parecía una herida superficial se volvió peligrosa y febril con el paso de los días. Damián hablaba en sueños y repetía palabras sin ninguna coherencia: “lagartija, Sara, honor, sombras…”, y yo lo despertaba, y él, tras situarse, me tocaba en el hombro.

- Va bien, chaval, va bien.

Y me pedía un cigarro o que le cantara alguna canción bonita. Y yo le decía: “Vale, pero un rato sólo”.

Una vez me habló Damián de los sueños. Dijo que había que seguir los sueños; asirlos por las solapas, como cuando uno se encuentra con un deudor holgazán. Dijo que eso era ser hombre. Yo le decía que sí, que se tapase no fuera a empeorar su estado una mala brisa.

- Yo lo que quiero es ser artista, don Damián.

Y él abría mucho los ojos y decía “¿Sí?”, con admiración; o me lo parecía a mí, que me quedaba luego muy sonrojado y sin hablar. Y él, con la mano, buscaba a tientas y me estrechaba el brazo como animándome.

Cuando carraspeaba, yo ya sabía que el viejo quería decirme algo.

- Al final somos como las palomas, chico. Si miras una bandada volar buscando un buen tejado en el que refugiarse, a veces un par de ellas se distraen y se alejan y juguetean entre los árboles, muy expuestas al gavilán. Pero siempre vuelven, chico. Siempre acaban donde deben.

Yo me quedaba pensando, porque había que pensar en lo que decía Damián, que era un sabio y yo le miraba la pierna infectada, y me daba cuenta de que éste era el último viaje de Damián. Y él también lo sabía. Cuando nos íbamos a dormir, yo rezaba por nosotros y lloraba al final.


*

Damián era el maestro del pueblo y los chicos lo respetaban mucho. Le decían “su merced”, porque lo habían leído en algún sitio, y les parecía muy educado y culto tratar de esta guisa a un hombre sabio. Damián siempre me decía que no había que hacer nada para caer en gracia, que uno “caía o no caía”; y que preocuparse por cosas así no tenía sentido ninguno, y que sólo era complicarse sin necesidad.

Yo le dije que me pasaba eso con Clarita: que ella me ponía ojitos y yo me ponía rojo porque los amigos me tomaban el pelo y decían “Joé con la Clara, ¿eh?”; y yo, claro, les seguía el chiste, que eso debe hacer un chico si no quiere pasar por la vida solo y amargado. Damián me miraba entonces con un leve gesto de decepción, pero luego sonreía y santas pascuas.

También hablaba Damián de sus hijas, Carmen y Lola, que las quería mucho, y lamentaba no volverlas a ver. Yo, claro, le decía que no dijese eso, que aún había esperanza si los militares llegaban pronto; que siempre hay médicos junto a los soldados, y que traerían medicinas. Que sólo había que tener paciencia. Pero el movía la mano como diciendo “olvidémoslo”, y me contaba:

- Las chicas son una bendición, muchacho. Los niños son más trastos y uno no puede evitar hacer comparaciones. Y observarlas desde lejos, a las mujeres. Eso no tiene precio, chaval. Sobre todo, en invierno. No hay nada más bonito que las mujeres en invierno, envueltas en abrigos largos y guantes negros, y con botas negras también; y con las mejillas y la nariz coloradas por el frío.

*

Pasaron los días, y Damián estaba peor. Ya no comía, y yo, a ratos, le daba de beber de la petaca; que casi no quedaba güisqui, pero lo aguaba un poco cada vez y así aguantaba. Apenas hablábamos los últimos días. Damián sólo repetía cosas que ya me había dicho, pero yo no le decía nada. Me gustaba oírlo hablar, y así nos olvidábamos del hedor de la gangrena.

Una tarde, Damián comenzó a respirar con dificultad. A la noche, un par de sacudidas, y después, nada. Encendí una vela y me quedé observando a Damián enfriarse poco a poco hasta que se hubo consumido.

Luego cogí el fusil y salí de la casa. El viento hacía rugir las maderas y movía las puertas mal cerradas. Me alejé y, tras observar que no había moros en la costa, corrí en una dirección que me pareció la buena. Porque decía Damián que a veces no hay que pensar mucho, sobre todo cuando no hay opciones. Y yo aquella vez sí que hablé, le dije: “Ande, Damián, eso es de locos”. Pero no mentía el viejo.

jueves, octubre 09, 2008

Otoño

Belén bajó el último escalón del autobús en la estación de Avenida de América. Buscó con la mirada. Vio a Pedro. Sonrió y saludó con la mano. Pedro se acercó. Belén dio la vuelta al autobús para recoger su maleta. Pedro fue detrás. Una vez rescatado su equipaje, se fundieron en un largo beso. Belén lo detuvo:

- Vale, despacio. Tenemos tiempo.

Pedro cogió la maleta de Belén, y ambos se dirigieron a la salida.

- El viaje ¿bien?

- Muy bien, sí.

Belén miraba a Pedro cuando éste no la miraba. Parecía mayor, más preocupado. No le dio importancia. Belén dijo que necesitaba ir al servicio después de un viaje tan largo.

- ¿Esperamos hasta llegar a casa o prefieres hacerlo aquí?

- No, esperamos.

Y continuaron la marcha a través de los estrechos pasillos de la estación. Subieron las escaleras mecánicas. Pedro tenía el coche aparcado muy cerca.

Pedro volvió a besarla. Belén hizo un esfuerzo por no parecer desagradable.

- Venga, pesado, arranca.

La casa de Pedro estaba sumida en una oscuridad total. A Belén le sorprendió su incapacidad para orientarse. Resopló.

- Si estás muy cansada, podemos quedarnos aquí esta noche.

- No, no. Salimos. Además, ya has reservado.

Pedro notó un leve tono de reproche en su voz. No le dio importancia.

Belén tenía veintiocho años. Era rubia, con ojos verdes. Era bonita y simpática.

*

Pedro pidió una ensalada de pollo. Belén, una hamburguesa completa. Sonrió a Pedro.

- Eres un remilgado.

- Todo eso se te va a poner en las caderas.

Belén hizo como que le clavaba el tenedor. Pedro se rió.

- ¿Hablaste con tus padres?

Belén bajó la mirada.

- Mis padres te adoran, ya lo sabes. No ponen pegas.

Pedro masticó satisfecho el último trozo de pollo.

- Tenemos que avisar a mucha gente aún.

Belén asintió. Pedro recibió una llamada de teléfono.

- Es del trabajo. Tengo que cogerlo.

Se levantó de la mesa y salió a la calle.

Pedro tenía treinta años. Pelirrojo, pero sin cursilería. Un buen hombre.

Estuvo hablando diez minutos. Mientras hablaba, miró por la ventana al interior del restaurante. Belén estaba jugueteando con su tenedor. Casi no atendió al asunto profesional. Se concentró en Belén, en el balanceo del cubierto sobre sus dedos, en la luz del local concentrada sobre ella. Miró durante un rato. Luego, colgó el teléfono. Sin que Belén se diese cuenta, se alejó poco a poco del restaurante.

Pedro anduvo media hora. Bajó Gran Vía desde Callao y desembocó en el Círculo de Bellas Artes. Siguió caminando. Un hombre se le acercó por detrás y le golpeó. Pedro quiso incorporarse aturdido y recibió un puñetazo en la cara. Al volver en sí, estaba tumbado en el suelo, con el rostro ensangrentado. Se concentró una multitud a su alrededor. “No se mueva, espere que lleguen los de la ambulancia”. Pedro no quiso quedarse. Se levantó.

La noche había caído sobre Madrid. Pedro caminó hasta un parque cercano. Se lavó en una fuente. Miró la copa de los árboles mecerse como sombras. El calor de septiembre, envuelto en una brisa leve, le espabiló un poco. Obviamente, no encontró su móvil ni su cartera cuando se echó la mano al bolsillo.

Regresó andando a casa. Belén no estaba allí. Se duchó y desinfectó sus heridas con alcohol. Se puso el pijama y se preparó un té. Encendió el televisor.

Al cabo de un rato, oyó pararse el ascensor en el rellano. Luego, el sonido de unas llaves. Belén entró en la sala de estar y permaneció de pie unos segundos. No dijo nada. Se apoyó en el regazo de Pedro. Se durmieron. Primero ella.

martes, octubre 07, 2008

Dos Dimensiones

1) Tanta ceremonia del té y tanto haiku y llega un inglés con pasaporte español (mezcla explosiva) y se despelota. Claro, un país dado a las buenas costumbres como es Japón no está acostumbrado a una actividad ajena a todo ceremonial. Por eso, la acción de la policía parecía vacilante, como temerosa e inquieta ante semejante espectáculo. Un hombre grueso, feliz, dando rienda suelta a sus instintos, chapoteando relajadamente y, de vez en cuando (tampoco era cuestión de cansarse) realizando unos largos que ni el mismísimo Phelps. Las imágenes muestran a los agentes del orden rodeando al sujeto como si se tratase de un alien, con cuidado de no desatar su furia. Sale armado con una piedra y todos reculan asustados. La parodia ha llegado a Japón. O, más bien, Japón ha topado de bruces con ella. Seguramente han sido muchos los que han hecho locuras en suelo imperial, pero nunca hasta hoy se había mostrado este “choque de culturas”.

2) Atención a la historia que me cuenta J. Un tipo que conoce se encontró con un pájaro al que se le había clavado una pluma en la garganta mientras preparaba su nido. Según este individuo, no hizo nada por aliviar al ave de su aflicción ya que para ello “necesitaba que el pájaro se lo pidiera”. ¿Cómo iba el pájaro a pedirle a un hombre algo semejante? Ni idea (yo creo que aquel lumbreras tampoco lo sabía). Supongo que el narrador buscaba un impacto metafísico, basado en la idea de que los humanos no debemos intervenir con prepotencia en la naturaleza. Gran error. Como parte de la misma, el hombre, quiera o no, participa y sus decisiones racionales la afectan de igual modo. Por lo tanto, no quitarle la pluma rebelde al pájaro nos convierte en otra especie, no en hombres y mujeres sensibles. Justamente, en lo contrario. Pero lo que más me irrita de esta historia es la permanente insistencia que tenemos los hombres por tratar de encontrar en la naturaleza los mismos códigos que nos gobiernan: la personalización del animal. De ahí películas como el Rey León, Bambi o el infumable Babe. ¡Los animales no hablan, leches!, y si le quitas a un tigre el cepo de la garra seguramente te atacará con ella. ¿Y? Y punto.

martes, septiembre 30, 2008

Es Que La Lluvia Es Noche

No es que atardezca,

es que la lluvia es noche:

otoño en la ventana.

Sogui (traducción de Antonio Cabezas).

Pensar los huecos del mundo como algo debido u objeto del amor que a todos nos define. Rescatar la mirada de la impaciencia que la ocupa con malos y silenciosos modos. Escapar del velo cegador (ése que cambia la luz a las formas, que repite con insistencia un mismo dolor acumulado).

El instante es inocente. Debe metérsenos en la mollera, comprenderlo del todo. Y el espacio es, pese a nosotros, mudo y no adolece de caprichos, ni es estratega de ataques, ni tiene las manos ensangrentadas. Porque la dieta que seguimos, nuestra forma de respirar no tranquiliza a las hojas de los árboles. El infantil dominio que ejercemos sobre la cafetera, los libros colocados de una determinada forma, el beso que desea darse, la fruta y su sabor sobre la lengua. Todo lo que atamos, queda atado dentro.

Un sofá confortable no existe. Es el cuerpo el que se adapta. Todo lo bueno y lo malo, este aire articulando los pulmones, este sol ardiente de vitaminas…¿no es una señal? Somos un producto de la tierra. Sólo en ella hacemos posible “ser nosotros”.

Apenas se repite y se comprende, vuelve la nube a hablarnos, a dibujarse en extrañas figuras. Vuelve a reiniciarse el ciclo.

Y ese aguante pétreo. Cerrar los ojos a lo que pasa. Imponiendo la voluntad.


En vano, en vano, en vano.

jueves, septiembre 25, 2008

La Creación

El judío (gordo y calvo) hizo su aparición. Recorrió la cafetería con la mirada, sacó un pañuelo del bolsillo de la chaqueta y secó el sudor concentrado en su frente. Resopló al encontrar a Julio.

- Pensé que no estabas- dijo- Esta gente ya me estaba mirando…

- No empieces.

- Es la verdad. ¿No te has fijado en cómo murmuran?

- Imaginaciones tuyas- Julio sorbía el té tranquilamente.

Los dos hombres sacaron sus libretas y se prepararon.

- ¿Qué quieres exactamente?

- Una explicación.

- No merece la pena.

- Claro que sí.

Julio observó a su interlocutor retorcerse en la silla.

- ¿De qué te serviría un conocimiento tan profundo? ¿Acaso pretendes bucear en esto, aun a costa de traicionar todo lo que te define?

El judío palideció y agachó la cabeza. Julio no perdió la compostura.

- Dime, ¿quieres seguir adelante?

- Sí…- murmuró el judío.

- Ahora no puedes echarte atrás- Julio sonrió. Se sentía a gusto.


*

David se apartó cuando aquellas dos mujeres judías se le acercaron. Eran amigas de su familia. Comenzaron a interrogarlo. David mantuvo durante toda la conversación una mirada inteligente, feliz, inspirando aquel aire, por vez primera suyo, sin la vergüenza de no ser digno. Mientras respondía con amabilidad a las preguntas de las dos mujeres, David pensaba en su próxima acción. Por supuesto, debía tomar las riendas del descubrimiento que acababa de hacer. No bastaba con oírlo y verlo. Debía también dominarlo, sacar de la tierra le fórmula individual que lo salvase. Salvarse;… tenía gracia. Es difícil huir de la costumbre, aún cuando se pisa el buen camino.


*

- Sara, algo va a cambiar.

Su esposa no parecía intuir nada nuevo. Eso le preocupó.

- ¿De qué se trata?- dijo sin mirarle.

- Mañana mismo me apunto al gimnasio. Voy a cuidarme. Se acabaron las ofensas.

Sara levantó la cabeza y lo miró detenidamente.

- ¿Y ese cambio?

- No es un cambio, querida; es el mundo ¿Lo comprendes? Nunca hasta hoy había visto su belleza. Lo sagrado de una piedra, lo divino de un árbol, silencioso en su quietud. Querida, yo…

- Creo que estás borracho.

- Borracho, sí; pero borracho de vida.

- Hoy hemos quedado con el rabino.

- No iré, nena. Nunca más. No me encerrarán más en su celda de odio a la tierra, al mar.

- Idólatra.

- ¡Sí! A mucha honra.


*

Se levantó al día siguiente con un venenoso dolor de cabeza. Estaba cansado. Sara dormía. Se acercó a la ventana. Tras el cristal divisó a un grupo de jóvenes jugando con una manguera. El verano era caluroso. Los observó durante un rato. La felicidad, la risa. ¿La risa de la ignorancia? No era capaz de censurar esa actitud. Seguramente eran monoteístas aún. Resultaba difícil asegurarlo. Quizás no creían en nada. Se volvió.

- Sara, te he fallado.

Su mujer se desperezó.

- ¿Qué?

- Os he fallado a todos.

viernes, septiembre 12, 2008

Escoge

Isaac se quitó las gafas y me miró fijamente.

- Las cosas están claras -dijo-. Si no te marchas, te mueres.

Asentí, pero dibujé una sonrisa burlona. Isaac no compartía mi buen humor.

- ¿No entiendes lo que te he dicho? Tus pulmones están muy dañados. El aire de la ciudad ya no te va bien. No tienes quince años. Coge a Clara y marchaos a la playa.

A mis sesenta años, no recordaba haber estado enfermo ni un solo día. Una vida marcada por el tabaco no augura un final feliz.

- De acuerdo- dije. Isaac me conocía desde niños. Sabía de mi absoluta falta de fuerza de voluntad. Salí de la consulta.

Clara, de veinticinco años, mi secretaria (y amante ocasional) no lo dudó:

- Si Isaac te dice que nos vayamos, nos vamos.

Y fin del asunto. Dos días después, Clara conducía (conmigo de copiloto) rumbo a la costa. Mi editor se había portado muy comprensivamente. Me dejó las llaves de su casita a pie de playa.

Los días transcurrían apaciblemente. No echaba de menos el tabaco. Aún no. Nuestra rutina era sencilla. Solíamos levantarnos a las seis y media. Preparábamos unos sándwiches y los metíamos en una cesta muy cursi que Clara se había traído de la ciudad. Nuestro aspecto no podía ser más elocuente. Yo, camisa de flores, bañador y sandalias. Cubría mi cabeza con un pomposo sombrero blanco. Clara, sin embargo, mostraba su discreción llevando un sencillo vestido de verano. Pasábamos el día en la playa, y luego cenábamos con un buen vino en alguna de las terrazas del pueblo. No se podía pedir más.

Una mañana, estaba yo bañándome en la mar solitaria de primera hora. Clara decidió no acompañarme. Se quedó en la orilla tomando fotografías del amanecer. Me sentía bien. De vez en cuando, Clara me saludaba, y yo contestaba a su saludo. Me sumergía, buceaba un rato y volvía a emerger. Hacía la plancha, nadaba unos metros. Clara estaba concentrada en hacer una foto a un grupo de gaviotas que se había posado sobre las rocas. Yo la dejaba hacer. Pasar la vida junto a un viejo no era lo más divertido que podía ocurrírseme. Volví a sumergirme.

Cuando asomé la cabeza, vi a Clara rodeada de tres chavales. Estaban lejos, y no podía saber qué le decían. Pero por los gestos de ella deduje que nada agradable. De pronto, uno de ellos la abrazó por detrás. Ella se zafó. Otro le tocó el trasero. Ella le soltó una bofetada. Se marcharon riendo. Yo esperé un rato y salí del agua.

Llegué donde estaba Clara. Ella me miró con ojos furiosos.

- ¿Estabas esperando a que me violaran para intervenir?

- ¿No crees que exageras?


- Vete a la mierda.

Volvimos a casa sin dirigirnos la palabra. Clara entró directamente en el baño. Oí cómo abría el grifo de la ducha.

En dos semanas teníamos que estar en Estambul para la presentación de mi novela. Mi editor estaba entusiasmado con la idea de abrir el mercado a Oriente. A mí me traía sin cuidado, pero yo no soy un escritor bohemio y alocado. Soy un profesional y obedezco.

Clara tardó diez minutos. Salió del baño totalmente desnuda y con la toalla en la mano.

Yo, por decir algo, le digo:

- Ten cuidado. ¡Qué van a decir los ayatolás cuando estemos en Turquía si ven tu gusto por la desnudez!

- Que se jodan y, además, no hay ayatolás en Turquía.

- ¿Ah, no?, ¿Y qué hay?

- No lo sé. Pero ayatolás, no.

Seguía enfadada. Traté de disculparme por mi falta de caballerosidad. No haberla defendido era imperdonable, pero, sinceramente, no veía que fuese necesario. Eran unos mocosos inofensivos.

Clara volvió a mandarme a la mierda. Se puso los vaqueros y una camiseta de tirantes. Se sentó a leer. No uno de mis libros. Literatura de verdad, como decía ella.

Aquella noche habíamos quedado con Manuel Costa, el pintor, que vivía también en el pueblo. Había reservado en el Costa de oro. Un sitio de moda. Pero se acercaba la hora y no veía a Clara animada.

De pronto me miró y gritó:

- ¡Qué tarde es!

Y corrió hacia el dormitorio.

Salió con dos vestidos. Uno verde y otro azul.

- Escoge-, dijo.

- No lo sé. Estás muy guapa con los dos.

- Corta el rollo y escoge.

- El verde.


La noche se presentaba bien. Clara volvía a hablarme, y Manuel era un tipo estupendo. Vino acompañado de su encantadora esposa Jane, norteamericana, pero que hablaba nuestro idioma perfectamente. Fue una velada marcada por el tema de conversación de moda aquellos días: la posibilidad de una guerra en Europa. Dos botellas de vino más tarde, estábamos sentados en una terraza, viendo a los jóvenes pasar, rumbo a la discoteca. Alguien soltó un “¡quién tuviera dieciocho años!” y todos asentimos sinceramente.

Clara y yo nos volvimos a casa a eso de las tres de la mañana. Había sido un día largo.

- Estabas espectacular con tu vestido-, le digo- Manuel se moría de envidia al verme con un monumento como tú.

- Sí, claro.

Al menos se reía. Yo estaba algo achispado.

- ¿Cuándo vas a casarte conmigo, Clara?

Volvió a reír.

- ¿Casarme yo contigo? No, guapo, no seré “la viuda del escritor”.

Clara se descalzó y bailó muy animadamente, tarareando una canción de moda.

La besé. Luego en casa me entró la tos.

sábado, agosto 09, 2008

Política

- China mola mazo…Que sí, hombre, que sí, que mola mazo, hacedme caso. Es el gran gigante dormido. ¡Veréis cuando despierte! Pero qué maravilla de cultura milenaria. Así cualquiera….Y qué organización. ¡Parecen hormiguitas! ¿Os habéis fijado en…?

- Oiga usted, ¿y los disidentes?

- ¿Los disi…qué? No diga barbaridades. No mezcle cosas. Efectivamente, es un asunto que tienen que abordar los propios chinos. No tenemos autoridad moral para decirles…

- Pero es que se tortura…

- Escúcheme….

-… se fusila…

- Yo le digo que esto tendrá consecuencias positivas para el progreso de china. Ya verá. La cosa es abrirnos. Los derechos humanos son la asignatura pendiente china es cierto, pero…

- ¿Y pueden pasar de curso con esa asignatura pendiente?

- Mire, nos hace perder el tiempo. Hay ahora multitud de jóvenes dinámicos en Europa y Estados Unidos aprendiendo el Mandarín para responder a la demanda del mercado. ¿Quiere usted detener este avance? Ahora con los Juegos Olímpicos tienen la oportunidad de darse cuenta…

- ¿Y no será más bien que les estamos legitimando?

- Claro que no. Ellos saben perfectamente que condenaremos cualquier violación de los Derechos Humanos y seremos enérgicos en…

- Como con el Tíbet…

- El Tíbet, el Tíbet… ¿Y aquí los vascos y los catalanes?

- No compare.

- Todos tenemos ropa sucia en casa.

- Algunos tienen ropa podrida en casa.


*

Coda: Es curioso leer estos días la prensa. Abundan los artículos elogiosos con China. Los lacayos del poder, del sistema, no escatiman en adjetivos. ¿Llegará el día en que algún atleta se plante y devuelva la medalla o se niegue a competir por un asunto político? “No se metan en política, hagan como yo”, que decía Franco y parece ser ésta la consigna. “No mezclen política y deporte”. Serán cínicos…Que sigan corriendo, jugando con pelotitas, practicando artes marciales ante el delirio de la afición. Muy cerca de allí hay gente sufriendo por “meterse en política”. Es que algunos no aprenden, ¿verdad?

martes, julio 15, 2008

Vuelve, ángel



Angel, come back please. Let us smell your heavenly smell again.

John Ashbery. - "In the time of pussy willows". Chinese Whispers.


Sonó el timbre mientras Daniel, asomado a la ventana, contemplaba la piscina, llena aún, recibiendo las primeras hojas muertas del otoño. Ana yacía sobre la tumbona. Se había quedado dormida. Un vaso de plástico bailaba peligrosamente en su mano, amenazando caerse. Daniel suspiró.

- Adelante-, dijo.

Aquel hombre entró tímidamente en la casa. Se quitó el sombrero.

- Con su permiso, señor. Soy Víctor Llamas, de la inmobiliaria. Vengo a por las llaves.

Daniel no se volvió; observó al extraño por el reflejo de la ventana.

- Están en la estantería, sobre la chimenea.

La sala vacía presentaba un aspecto lúgubre, triste en su color blanco.

- Por lo que veo, señor, ya no queda nada aquí.

- Nada en absoluto.

Víctor Llamas se quedó un rato de pie con el sombrero en las manos, sin saber muy bien qué hacer.

- ¿Algo más?-, Daniel se había dado la vuelta.

- No…, claro que no.- Se puso el sombrero- Ya está todo arreglado. ¿Se va usted hoy?

- Sí.- Daniel se acercó una botella que tenía apoyada en el suelo, y cogió dos vasos de plástico- ¿Gusta?

Víctor Llamas sonrió y avanzó hacia Daniel con movimientos rápidos y nerviosos. Cogió el vaso que Daniel le ofrecía.

Los dos dieron un trago breve. Durante un rato no se dijeron nada. Daniel miraba de vez en cuando la piscina.

- Si me lo permite, señor- Llamas rompió el silencio.

- ¿Sí?

- Bueno, yo…En fin, desde que me dieron en la oficina el encargo, he estado pensando en decirle que, pese a… todo lo que ha ocurrido, yo estoy con usted. Su películas eran…,son… fantásticas.

Daniel sonrió y asintió con un leve movimiento de cabeza.

- Gracias.

Llamas pareció relajarse y se sirvió un poco más de whisky.

- ¿Sabe? Está claro que la vida no es justa. No lo es, no señor…Que después de tantos años entregándose a su oficio, le hagan pagar como lo han hecho…

Daniel apenas lo escuchaba. El vaso de Ana acababa de caerse. Ella había abierto los ojos y miraba la bebida derramada. No hizo nada: se acomodó de nuevo y volvió a dormirse.

- En fin, me voy- Víctor Llamas devolvió el vaso a Daniel.- Tengo mucho que hacer aún en el barrio.

Se puso el sombrero y llegó hasta la puerta. De repente, se detuvo y se giró.

- ¿Me permite que le cuente algo inquietante?

Daniel suspiró.

- Claro-, dijo.

- Verá- comenzó Víctor Llamas-; como usted sabrá, en verano esto se llena de gente. Turistas y tal… El caso es que me encargaron alquilar una serie de bungalows a pie de playa: los de la urbanización “La diva”, usted la conocerá, sin duda… Bueno, pues ahí estaba yo un viernes por la tarde, esperando a un tipo de la gran ciudad que iba a pasar aquí sus vacaciones. Yo debía enseñarle uno de los bungalows. Bien; a eso de las siete, llega el muchacho: un chico alto, un guaperas, vaya. Me tiende la mano. Se la estrecho. Le enseño la estancia. Le gusta. “Me lo quedo”, dice. Y me invita a tomar una copa en uno de los chiringuitos de la playa. Pedimos un par de mojitos y nos echamos en unas tumbonas, mirando el atardecer sobre el mar. Yo, por decir algo, le pregunto: “¿Su señora viene con usted?” Y el tipo contesta que ella no se encontraba muy bien, que estaba en un sanatorio recuperándose de una crisis nerviosa y que él pasaría con su hija las vacaciones aquí. Yo, por supuesto, traté de disculpar mi intromisión, pero a él no parecía importarle. Quizás era el alcohol. Seguimos hablando un buen rato de esto y de aquello. Le pregunté por su trabajo y me dijo que era escritor. “¡No joda!, dije, ¡Escritor!, ¡qué maravilla!” El sonrió tímida, pero orgullosamente. “¿Y he leído algo de usted?”, le pregunto. “Bueno, dice él, he publicado varios relatos y novelas. La última se titula “Suave es la noche”. Total, me despido de él, no sin antes apuntar los títulos de sus obras y prometiéndole leerlas con devoción. Bien; llego a casa, enciendo en ordenador y escribo en Google el primer título: “A este lado del paraíso” Y ¡toma!

- Que son de otro, ¿no?- intervino Daniel.

- Claro, ¡De Fitzgerald! ¡El muy cabrón se rió en mi cara! Al menos, eso pensé. Al día siguiente, ese hombre debía volver para firmar el contrato. Yo lo esperé en la oficina. Le veo llegar, vestido impecablemente, con ese gesto en su cara, a medio camino entre la vanidad y la tristeza. Y se sienta frente a mí. Estaba furioso pero traté de hacer como si yo también me riera de la situación. “Vaya, le digo, ¡cómo me vaciló usted ayer!?” Y ahí viene lo bueno: ¡El me mira con sorpresa y me pregunta que a qué me refiero! Le digo: “¡Coño, pues a lo de los libros! Me hizo creer que los había escrito usted y, en realidad, su autor es Fitzgerald” Y él, todo serio, insiste en que él es Francis Scott Fitzgerald, ¿usted se cree? ¡Un hombre que lleva muerto casi setenta años! Yo, para no parecer un imbécil, asiento: “Claro, claro, lo que usted diga” De pronto, él se levanta y me dice que no tiene por qué soportar que se burlen de él y de su obra de esa manera y se va. ¿Qué me dice?

Daniel se quedó pensativo un rato, moviendo parsimoniosamente el vaso, con la mirada perdida.

- Es una gran historia-, dijo por fin.

Víctor Llamas sonrió.

- Sí, ¿verdad?... En fin, me voy ya. Le dejo a solas para que acabe de recoger.

Y salió de la casa.

Daniel se levantó y dio un pequeño paseo por la casa. Visitó por última vez cada una de las habitaciones, admirando el silencio blanco en el que nadaba ese hogar en ruinas. Observó las huellas que el polvo dibujaba en los huecos donde antes estaban colgados los cuadros. Ese vacío lo angustiaba. Reprimió un grito golpeando con furia la pared. Sorprendentemente no se hizo daño. Salió al jardín.

Ana continuaba dormida y temblaba por el frío. Daniel vio la manta a su lado, pero no la cogió para taparla. Se acercó y se puso de cuclillas.

- Ana, cariño-, susurró. Ella abrió los ojos con una mirada de sorpresa, que se tornó fría de repente.- Tenemos que irnos.

Su mujer se levantó apoyándose en los brazos de la tumbona. Rechazó la ayuda de Daniel. Miró el vaso en el suelo.

- Déjalo, no importa.

Salieron a la calle. Era de noche. Daniel llegó hasta su coche, dejando a Ana en la puerta. Luego se acercó a recogerla. Detuvo el coche justo frente a ella y salió para ayudarla a entrar. Vio a Víctor al otro lado de la calle hablando con un vecino. Le hizo señas para informarle de que ya se iban. Víctor Llamas levantó la mano.

- Ten cuidado, cariño, no te golpees al entrar.

Ana se sentó delante. Se abrochó el cinturón de seguridad mientras su esposo daba la vuelta para entrar. Daniel encendió el motor. Ana lo miró. Luego apoyó su rostro en la ventanilla fría del coche.

miércoles, julio 02, 2008

La Dignidad

Al principio, el ruido de pasos. En casa, los rostros dibujando un gesto de suspicacia. Las tazas se detenían a mitad de camino, del platillo a la boca.

- ¿Qué ocurre?

Yo me encogía de hombros. Papá estaba demasiado ocupado enseñando a los chicos su colección de mariposas. Mamá dijo: “Sube a ver qué pasa”.

Mis tías asintieron, lanzándome miradas de preocupación. Al fin y al cabo, Lucas era mi amigo.

Salí de casa, pero no subí enseguida a la de Lucas. Me fumé un cigarrillo en las escaleras.

Mi amigo vivía con sus padres. Era el hijo pequeño de un matrimonio que lo tuvo demasiado mayor. Ahora, Lucas debía compaginar sus estudios con el cuidado de la casa.

Frente a la puerta no alcanzaba a oír los fuertes pasos de antes. Ahora apenas percibía un leve cuchicheo, interrumpido por un hipo de llanto.

Toqué el timbre. Los susurros cesaron. Apoyé la oreja en la puerta. Nadie abrió.

- Mamá, he llamado pero nadie contesta.

Mi madre y mis tías estaban demasiado ocupadas con sus cotilleos. Papá seguía mostrando a los chicos sus “gloriosas herramientas”: el fusil y los trofeos de caza.


*


Al día siguiente, mamá me dijo que al volver de la calle había visto salir un cadáver de la casa de Lucas, envuelto en una sabana, transportado por dos enfermeros que lo introdujeron en una ambulancia.

La portera dijo a mamá que el chico, Lucas, había aparecido muerto, con las venas abiertas, en el baño aquella mañana.


*


Dijeron que Lucas sufría de ansiedad, depresión o qué se yo. El caso es que el muy cafre se mató. Tiró por la vía de en medio. Hubo mucho movimiento unos días en casa de mis vecinos. Una semana después, era como si nada hubiese pasado.

Me encontré con la madre de Lucas un par de veces después del funeral. Traté de acercarme para mostrarle mis condolencias. Pero ella salió despavorida.

Aproximadamente, pasado un año del trágico suceso, la madre de Lucas se marchó de su casa. No nos dimos cuenta de ello enseguida, por supuesto. Papá habló un par de veces con el padre de Lucas y lo notó abandonado, ausente. Le preguntó por su mujer y él contestó con evasivas. La portera nos sacó de la duda.

- La mujer se largó, fíjese usted. La pobre no pudo soportar lo de su hijo. ¡Qué terrible, Dios mío!-, y se agarraba a la escoba. Y se mordía el labio. Yo asentía, claro, mirando al suelo.

Lucas era un fantástico cabronazo. Un perfecto artista, con esa aureola de malditismo que lo perseguía. Actuaba de un modo imprevisible, pero siempre a gusto con su personalidad especial. No me afectó mucho su muerte. Nos llevábamos bien, pero en modo alguno éramos íntimos.

Por eso me extrañó cuando una tarde de julio su padre me abordó en el portal y me invitó a subir a su casa. Lo noté nervioso y no quise contrariarlo.


*


Si he de ser sincero, me emocionó un poco ver la casa de Lucas por primera vez desde su muerte. Estaba muy cambiada, sumida en el desorden desde la marcha de su madre.

Permanecimos un rato en silencio, casi a oscuras, sentados en el salón. Las persianas estaban bajadas y sólo un resquicio permitía penetrar a los rayos de luz.

Él tomó la palabra.

- Te sorprendería la cantidad de veces que hemos hablado de ti en esta casa.

Asentí, pero me embargó un inexplicable sentimiento de culpabilidad.

- Todos te teníamos mucho aprecio por el tiempo que pasabas con Lucas. Él no solía hacer amigos….

Me sentía cada vez más incómodo.

- No sé si sabes lo difícil que era todo esto. Ser tan mayor, con un hijo como Lucas… ¿Quieres un café?

- No, gracias.

- Bien; te decía que éramos muy mayores para cuidar de Lucas. Él estaba cada vez más triste. Fue por la chica esa, tú debes conocer la historia ¿no?

Yo no tenía ni idea.

Meneó la cabeza con desaprobación.

- Mala chica, esa. Sabe Dios que fui severo con Lucas. “Supéralo hijo, hazlo por nosotros…” ¿Entiendes? Pero todo era inútil. Ver cómo tu hijo se te va…. Es horrible.

Se cubrió el rostro con las manos.

- Nosotros hicimos todo lo posible….- de pronto pareció recordar que yo estaba allí.- El día de la muerte de Lucas tú llamaste a la puerta, ¿no es así?

Como sacudido por un terremoto, reaccioné.

- Sí; llamé, pero no había nadie en casa.

- Lo sé.

- ¿Lo sabe?

- Sí, nosotros estábamos dentro. Acabábamos de hacerlo….- se puso a llorar.

- Señor, tranquilícese, por favor…Señor.

- Nosotros lo hicimos, chico. Mientras Lucas dormía lo sujeté de los hombros y su madre le cortó las muñecas.

Retrocedí hasta el pasillo.

- Era necesario. Nosotros ya no podíamos cuidar de él.

Llegue hasta la puerta.

- No iba a saber vivir sin nosotros.

Bajé corriendo a casa.


*


Encontré a papá muy ocupado, revisando su antigua colección de mariposas. Le conté lo sucedido. Él se detuvo un momento y me miró. Afuera había empezado a llover. Luego continuó como si nada.

- Ese hombre chochea.

Y clavó otra mariposa. El ruido de la risa de mamá y las tías llegó hasta nosotros. Papá sonrió.

lunes, junio 30, 2008

Otra Filosofía

El local, atestado, era un rugido permanente. Las mesas ocupadas y la gente esperando su turno para sentarse. El humo y el ruido de cristal de botella chocando contra los vasos. Las mujeres sonrientes, los muchachos, a su modo, felices de encontrar ese cómodo lugar de vino y comida en abundancia. El sudor de un calor confortable.

Y, en un momento, al subir las escaleras hacia los servicios, dos hombres, pitillo en la boca, las manos en los bolsillos, miraban al suelo con nerviosismo. Casi susurrándose, pero alcancé a escucharlo:

- Podrías empezar por dejar de acostarte con mi mujer.

El puñetazo, que me parecía inevitable, nunca llegó. Incluso me pareció que uno de los dos se reía, con una de esas risas que mueren en un leve golpe de tos.

Regresé a mi mesa tras cumplir con la naturaleza. Observé que los dos hombres compartían, con un grupo amplio, jarras de cerveza. No intuí gestos de enfado.

Luego ella me susurró algo relacionado con el mar, un barco de vela y su casa de la playa. Y ya no presté atención a aquellos dos.

Hoy he vuelto a pensar en ello cuando me he despertado y el desayuno no estaba listo y las sábanas seguían limpias.

jueves, junio 26, 2008

El Fascismo

Estábamos ella y yo haciendo lo que se supone que se hace en estos casos: protegidos de la vista de los curiosos, emboscados tras un matorral lo suficientemente alto, pasábamos las horas muertas inspeccionándonos detenidamente. Nos zambullíamos en la tarde, sin darnos cuenta. La felicidad era algo parecido a aquello. El parque, en explosión primaveral, y una brisa cálida para romper el recuerdo del invierno. Aún ahora, casi diez años después, los momentos agradables vencen a la melancolía en mi memoria.
El caso es que ella y yo, aprovechando un descanso en la oficina, bajamos al parque y nos dedicamos a lo nuestro, sin hacer caso de nadie. Y en eso estábamos cuando apareció el muchacho.
Apareció de pronto, seguido por un grupo de agentes de policía que, sin embargo, no lo vieron refugiarse tras nuestro matorral. El chico, de unos veinte años, nos hizo señales, suplicando que mantuviésemos la boca cerrada. Pero ella, casi inmediatamente, saltó fuera del matorral, y comenzó a llamar a los policías. La muy traidora. Y ahí que se llevaron al pobre chico esposado.

*

La guerra estalló unos meses más tarde. El joven era uno de los muchos conspiradores que atestaban la ciudad. Lo que comenzó siendo casi una travesura de unos cuantos chiflados, acabó por convertirse en una cruenta guerra civil. Como a otros muchos de los detenidos en los albores del conflicto, el chico al que ella delató fue fusilado tras un juicio rápido.
Gracias a Dios, el gobierno pudo restablecer el orden y en un año la guerra había terminado. Pero el asunto que quiero tratar es el de mi último encuentro con ella, un par de semanas después de concluido el conflicto. Recuerdo que quedamos en la cafetería del Hotel Plaza que, por ser el hotel destinado a la prensa extranjera, fue respetado en los bombardeos. Acudí temprano a la cita. Las calles presentaban un aspecto patético, roídas por las bombas. Muchos ciudadanos trataban de recuperar sus pertenencias de las ruinas y algunos niños (evidentemente huérfanos) eran recogidos por los servicios sociales.
Ella me esperaba leyendo el periódico. Me senté a su lado.

- Mucho tiempo-, le dije.

- Sí, mucho tiempo.

Ahora se la relacionaba con uno de los mandamases del gobierno, un tipo ruin, un lacayo del Presidente.

Aún me sobrecogía estar a su lado. Me miró a los ojos.

- ¿Cómo te va la vida?

La tarde cayó sobre nosotros sin darnos cuenta. Conversamos de esto y de aquello, recordando nuestros buenos momentos.
Se hacía tarde. Ella dijo que debía marcharse, que la esperaban en el teatro. No pude resistirlo más.

- ¿Por qué delataste a ese pobre chico?


Ella sonrió y bajó la cabeza. Recogió su bolso y me dio un beso en la mejilla. Estuvo unos segundos en silencio, observándome.

- Porque era un conspirador-, dijo finalmente.

Se marchó. Yo no me fui enseguida. Permanecí aún un buen rato sentado, jugueteando con un mondadientes, pensando en ella y en la ciudad en ruinas. ¿Cuál será la próxima sorpresa? Salí a la calle. Anochecía. El problema era yo, por supuesto. Anduve las calles semidesiertas, sólo ocupadas por grupos de voluntarios que limpiaban la ciudad de escombros. Lo había estado pensando mucho tiempo, pero algo dentro de mí rechazaba toda posibilidad de hacerlo. Aquella noche, sin embargo, con la luna proyectándose sobre el río, apoyado yo en el puente, tomé la decisión: me inscribiría en el Partido.
Pero antes debía colaborar. Me acerqué a un grupo de voluntarios y me uní en su labor. Nos pasábamos grandes bloques de piedra en cadena. Me sentía mejor. La sirena de un coche de la policía sonó a lo lejos. Tuve que hacer un esfuerzo y no gritar.

jueves, junio 05, 2008

Jerusalén

E. se abrochó su chaqueta negra sobre la camisa negra. Luego, se calzó sus zapatos negros. Miró al espejo. Sin apartar la vista, recogió el peine y domesticó su rebelde cabello, peinándolo hacia atrás. Su figura presentaba un aire adusto, respetable. Sonrió. Esta vez ya no había vuelta de hoja. Tomó su caja. Descolgó el teléfono y salió de la casa.

Cruzó un par de calles, con la caja bajo el brazo, sin mirar a nadie. Lo había dispuesto todo con cuidadosa frialdad. El sol del mediodía parecía vengarse de su determinación; pero E., orgulloso, mantenía firme el paso, cuidando de que no tropezar con algún conocido.

“Sobre todo, mantener la mirada en el suelo”, se decía, sudando cada vez más. “Es fundamental llegar antes que ella”. El parque ya se veía a lo lejos.

De pronto, sintió una mano posarse sobre su hombro. Se giró. M., el poeta, el literato, lo miraba burlón tras unas modernas gafas de sol.

“Pero, hombre de Dios, ¿qué haces de esta guisa?”

Los dos hombres se sentaron en una terraza. M. se quedó mudo cuando E. le hubo contado sus planes. “Es una locura”, acertó a decir.

“Ya sabes, me he esforzado en crearme una gran melancolía”.

“Y lo has conseguido”, añadió M. “No era necesario”.

“Es verdad”.

Se estrecharon la mano. M. se quedó observando cómo se marchaba su amigo, calle arriba, cargado con su caja. Un hombre de tanto talento. ¿Cómo era posible? Le llamaron al teléfono móvil, y ya no volvió a pensar en ello.

E. se estaba cansando. La interrupción de M. le había hecho perder demasiado tiempo. Entró corriendo en el parque. Ella ya lo esperaba sentada.

“Lo siento, Julia”.

“Sí, creo que lo sientes”.

“Es verdad”.

“Que sí”.

“Tú ya sabes que yo no tengo uso”.

“Ya lo sé”.

E. intentó tocarla. Ella se apartó. Los dos se quedaron en silencio. E. jugueteó unos instantes con su caja. Julia lo miraba de reojo.

La oscuridad rescató el frío al atardecer. E. y Julia seguían sentados, uno al lado del otro, sin más ocupación que ver pasar a la gente.

“Se está haciendo tarde, y tengo frío. Me voy a casa”, dijo Julia, levantándose. Besó a E. en la mejilla y se marchó.

E. aún permaneció un rato sin moverse. Cuando se sintió preparado, tomó su caja y saló del parque.

Era noche cerrada cuando llegó a la Plaza. Los turistas se agolpaban para subir a la torre y no reparaban en él. E. se apartó un poco para admirar la construcción. La modernidad de la torre chocaba con su evidente frialdad. Nadie parecía darse cuenta. Desde arriba, se podía disfrutar de las vistas más impresionantes. E. no había subido nunca. Tampoco le importaba.

Unos niños le sacaron de su ensimismamiento con sus gritos. E. les lanzó una mirada de odio y se agachó para abrir su caja. Sacó de ella un sombrero negro y se lo puso. Su aspecto de predicador o pistolero asustó a los niños, que huyeron despavoridos. E. pensó entonces en Julia y en M. Y en todos los mundos posibles que se han perdido para siempre desde que tomó su decisión.

El griterío iba en aumento. Con parsimonia, E. se abrió paso entre la multitud. Colocó la caja bajo la torre. Y se subió encima. Su ya alta estatura resaltó aún mucho más. Pudo ver los alrededores, plagados de visitantes, turistas y comerciantes de toda condición. Respiró hondo. No debía confiarse. La astucia de sus demonios trataría de empujarle a desistir, a volver a casa con el rabo entre las piernas. No lo conseguirían. Tanto tiempo banal alimentado de una esperanza sin objetivo. No quería llorar. Ahora se sentía más vivo que nunca. Cerró los ojos y los volvió a abrir enseguida. Algunas personas habían ya reparado en él y esperaban alguna acción por su parte. Había llegado el momento. Tomó aire.

“¡La guerra!, ¡LA GUERRA!”, exclamó.

Nadie lo oyó desde lo alto de la torre. Los de abajo le tomaron por un loco.

jueves, abril 17, 2008

Bodhisattva



- El viento sur tumba al frío y a la lluvia, reemplazando su dominio de marzo. Abril, esta vez, se abre como en nueva promesa, acaso permanente, mientras contemplo los alrededores de la choza. Un paisaje limpio, angustiado por ese silencio demoledor de ilusiones, pacífico pero férreo. Doblo las rodillas, me siento en paz y acaricio a mis perros o, simplemente, leo y fumo en pipa. Ahora podría jurar que esa quietud de los días de viento va a acompañarme siempre. Pero sabemos del frío de mañana, del granizo, de la leña necesaria y abundante para el invierno. Incluso estamos preparados para alguna sorpresa de verano en forma de tormenta. Y lo fundamental es no perder la posición, respirar, sonreír ante la indiferencia de este mundo, devolviéndole el silencio. Y pensar en todos los hombres y mujeres, de todos los tiempos, que han dado, con su presencia, consuelo. Y orar por ellos. Los que iluminan una habitación, los que animan una fiesta. Yo no pierdo la sonrisa. Me la impongo cada día frente a este cielo de nubes rotas por el sol. Y pienso en X. Y lo acompaño en su viaje por la vida. Y en la vuelta al mundo de Z. Y en toda la ilusión que creamos entre las dos casualidades que nos justifican.

sábado, abril 12, 2008

El Tren

A falta de más cálida compañía y apaciguado por las horas nocturnas. Así debía ser. Sin más extremos que la palabra escrita, leída lentamente, críticamente. Es Mishima y es Lucrecio. Uno con sus paranoias tradicionales, con un regusto por la estética de morir: jóvenes samurais, bellamente derrotados, se abren el vientre con sus espadas tras un apropiado ritual. El romano, sin embargo, nos llama a analizar el mundo sin la capa religiosa. Los dos han muerto. Se trata, como siempre, como en todas las épocas pretéritas, de elegir entre el ideal y lo real; entre la vida como medio y como fin. No me conmueve la descripción del japonés. Lucrecio nos presenta la temática aguafiestas ya conocida: el materialismo. El alma es mortal. Adiós muy buenas. No por ser cierto debería consolarnos. No es su intención. Con eso está todo dicho.
Mientras leo, con la radio como fondo, apenas audibles los murmullos de tertulianos y “expertos”, que no son nadie comparado con los clásicos. ¿Se trata de idiotizar? Pues sí. Paso las páginas de Mishima. El joven Isao visita al teniente Hori, con la esperanza de que éste le dé la oportunidad de morir con honor, con una meta: el golpe de estado. Yo suelo entregarme mucho a lo que leo, pero a esto se le ven los pliegues: ¿es Mishima un fascista? Eso parece, pero creo que un análisis de ese tipo sería incompleto. Mishima quiere morir. ¿Hasta qué punto el ideal samurai del japonés es una excusa? No lo sé. Por supuesto su talento está presente en cada página, con ese ritmo y ese halo tenebroso que lo inspira tras lo evidente de la trama.
Hablan en la radio (levanto la cabeza de la página) de la composición del nuevo gobierno de Zapatero. Pienso en el tren, del que hablaba el otro día Juan Manuel de Prada elogiosamente, como su medio de transporte preferido. Agustín García Calvo comparte con él esa pasión. Los dos son de Zamora. ¿Coincidencia? Hay importantes cambios en el ejecutivo. La edición de “La naturaleza de las cosas” de Lucrecio corre a cargo de García Calvo. Su introducción nos explica de qué va el tema: un seguimiento de la filosofía epicúrea. Posiblemente, como ya he dicho antes, el hombre repita una y otra vez su dilema más importante: ¿Mito o Logos?, quizás vulgarmente reconvertido más tarde en ¿Cristianismo o Paganismo?
El pensamiento de García Calvo le lleva a imaginar un mundo sin automóviles. El tren mantiene el anonimato (esto lo digo yo, no él) y es más limpio y más humilde y se confunde bien con el paisaje, sin profanarlo.
Las dos de la mañana. Se acabó por esta noche. Dejo a Lucrecio en el suelo, sobre Mishima y apago la luz. La radio, no. Sigue sonando y oigo un programa de cine en el que se elogia a Heston, recientemente fallecido. Luego seguirán con los ministros, digo.

miércoles, marzo 12, 2008

Tú Matarás A La Serpiente

- No había carceleros, dices. Conseguiste escapar con determinación y hasta con parsimonia. Lo recuerdo bien. Pasaste de la aventura al progreso. No te culpo. Imagino una tierra sin ti. Definitivamente hay mucho dolor en tu descanso, pero también alivio. Has mandado a tus ejércitos a refrescarse a mi casa. La bondad que te manifiestan me enternece. Yo no puedo tanto.

No alcanzo la infelicidad industrial. Todo es nuevo, poderosamente genuino. Y de ahí el escalofrío o la risa floja. La casa a oscuras, la curva iluminada por la tenue luz y su creación de sombras que amenazan. La mirada siempre placentera (o perversa)…

O perversa.

Pero voy poco a poco. Investigo la razón de mi inocencia. Trato de enterrar mi nombre bajo tu paz, bajo tu plan. Siempre el plan escrito. Te han convertido en imagen. ¿Dónde queda ahora tu fe, tu Palabra? Becerro dorado, limpia tu espíritu. ¿Estoy siendo injusto?

Dímelo. ¿Lo estoy siendo?

Hay una obligación mayor que el amor al prójimo.

Esa obligación no es razonable.

Pero salva.

¿Y si no salva? ¿Quién conoce tu rostro y no muere?

Si abandono a los cerdos y vuelvo a tu casa y no queda nadie

y es el final pero un buen final, que es lo correcto.

Dime, ¿qué, entonces? ¿Qué, más allá del bien y su elección?

jueves, febrero 14, 2008

Todo Este Silencio

- Sinceramente, no sé qué se traía mi padre con “La Negra”. Recuerdo bien nuestros paseos, siempre al atardecer. Papá le decía a mamá: “cojo al chico y nos vamos”, y ahí que nos montábamos en la vieja ranchera y enfilábamos hacia el barrio negro. Nunca supe lo que se cocía, ¿me entiende?; era todo como un gran secreto del que no se hacía mención. Nos bajábamos del coche, y yo me sentaba en aquel porche descuidado mientras mi padre y esa anciana negra conversaban durante horas. Luego, simplemente, cuando el cielo comenzaba a oscurecerse, papá se levantaba, estrechaba la mano de nuestra misteriosa anfitriona y me llamaba para irnos. Todo este asunto comenzó a parecerme extraño al hacerme mayor; de niño, no me preocupaba: sólo era otro sitio donde jugar. Un día, sin mayor explicación, dejamos de ir. Nunca se habló de “La Negra” en casa. A veces, cuando llegaba la tarde, le preguntaba a papá: “¿Hoy no vamos a ver a la señora?” Y él y mamá se miraban y no decían nada. Poco antes de irme a la universidad, me senté en el salón junto a mi padre y le pregunté directamente sobre nuestras extrañas visitas. ¿Quién era esa mujer?

- ¿Y qué le contestó?

- Nada. Se acomodó en su sofá y sonrió. “No es asunto tuyo”, dijo. Y a otra cosa.

- Pues sí que es extraño…¿No intentó ir usted mismo a la casa de la mujer?

- Sí; durante unas vacaciones de verano seguí el camino que recorríamos mi padre y yo. Llegué hasta una casa deshabitada, medio derruida. No había casas alrededor. Anduve un buen rato buscando a alguien que pudiera conocer a esa mujer. Pero nadie parecía interesado en contestar a las preguntas de un blanco desconocido.

- ¿No volvió a interrogar a sus padres?

- Mi madre había muerto años antes y mi padre se dedicó a viajar por el mundo tras vender nuestra casa. No tengo noticias de él, salvo un par de postales por Navidad. La conclusión que saco es que mis padres, quizás, eran consumidores de algún tipo de droga que les suministraba “La Negra”, y mi padre iba allí a aprovisionarse. Pero no sé. No recuerdo que la mujer le entregara nada y estoy casi convencido de que volvíamos a casa con las manos vacías. Por lo tanto, asunto zanjado.

- Vaya…La verdad es que es jodido.

- Y tanto.

- Esa historia le deja a uno inquieto.

- Sí.

- ¿Me deja invitarle a otra cerveza?... ¡Mike, dos más!

Se hacía tarde. La luz de la calle iba decayendo. Rayos rojos de atardecer atravesaban las ventanas del bar de Mike. Los dos hombres mantuvieron un silencio reflexivo, mientras miraban sus copas vacías. Mike sirvió dos cervezas.

- ¿Sabe?, creo que ese es el tipo de historias que pueden dejarle incompleto a uno; que, al final, se agarran ahí dentro y no se van. Sobre todo la falta de explicación, ¿sabe usted? Que sea prácticamente imposible sacar nada en claro.

- Sí. Eso es.

- Joder…

Terminaron sus cervezas y se levantaron. Ya era de noche cuando salieron del bar. Hacía calor. No se pusieron las cazadoras. Anduvieron en dirección oeste.

- La muerte de mamá cambió a papá. Creo que la huida de mi padre, su interminable vuelta al mundo, se debe a que nunca fue capaz de encontrar una razón para tanto dolor.

- De alguna manera, su duda sobre “La Negra” es comparable…

- Sí. Necesito conocer cada detalle de la vida de mis padres, cada muesca de cotidianidad que han dejado. “La Negra” es la pieza perdida.

- Apenas sabemos nada.

- Ni sabemos ni podemos conocer. Queda el silencio de lo que no se explica; lo que queda suspendido en el tiempo como un muro en la memoria.

Se despiden. Mientras se aleja, Bob va pensando en “La Negra”. Recuerda sus pendientes estrafalarios, su vestido azul, la forma que tenía de saludar a su padre a gritos desde la casa. El secreto familiar, que puede no ser más que una anécdota sin importancia, un episodio sin gracia, idealizado por su enigma.

Comienza a refrescar. Piensa en recoger a Sara: saldrá de la biblioteca en un par de horas. Pueden ir a cenar o al cine. Sara…La quiere o eso cree. Se casarán el año que viene. Quiere invitar a papá, pero antes tendrá que localizarlo… Enciende un pitillo. Eso está mejor.

viernes, enero 25, 2008

Aaron Shabtai (Israel, 1939)

Otro poema reseñable de Shabtai es "La Política":

Para Tanya Reinhart


Tus brazos que beso donde se encuentran con el pecho,

tus piernas blancas que echan ramas como lianas, con el amuleto del sexo

la vasta llanura de tu vientre, tus ojos, tus labios y tu cuello—

son la benevolencia, la hermandad, la vibrante revelación de la verdad;

son la justicia, la igualdad, la libertad de querer y pensar;

son la donación de la oportunidad, el trabajo que es amor.

Cuando levantas tus rodillas avergüenzan la tiranía, la vulgaridad y el odio;

son la rectitud y la sinceridad, el orgullo que no rebaja nada;

son lo comunitario revelado en lo personal —el deseo de compartir;

son la revuelta contra toda la idiotez, contra toda la ignorancia y la mojigatería

son el placer de dar, de obtener, de tener suficiente;

son la belleza que no puede comprarse con dinero, sino sólo con alegría;

son lo que se opone a la opresión, a la ocupación, a la explotación

[—son la dicha de la moral;

son la afinidad, la fe, la devoción que no contiene temor;

la disponibilidad de las necesidades básicas, de la educación, del

[reconocimiento de la dignidad mutua;

Son el derecho a la huelga, al ocio, a protestar, a oponerse.

Todo lo que es bueno y digno de la humanidad está aquí para verlo y tocarlo,

y ésta, ésta es mi política —de miembros suaves— echada en la cama frente a mí.

jueves, enero 24, 2008

Utopía

- C., de vuelta de Cuba, me dice que allí la gente es: “muy culta pero sin ambiciones”.

Qué idea maravillosa: ser culto y sin ambiciones.

sábado, enero 12, 2008

Actriz

- A veces- dije-, cuando deseo que algo ocurra (o que no ocurra), cierro los ojos fuerte y rezo; rezo con todas mis fuerzas.

- ¿Te funciona?

- Algunas veces.

Mike iba de aquí para allá, sin parar, ordenando la casa mientras yo me bebía el whisky.

- Lo hice sobre todo en la universidad, en los exámenes. Rogaba para que no cayera algún tema jodido. Ahora lo utilizo para evitar que me entren ganas de ir al baño cuando estoy en el cine.

Mike soltó un ruido que yo interpreté como un conato de risa. Seguía a lo suyo.

- Joder, Mike, siéntate un poco… Venga, descansa y cuéntame lo de la actriz.

Al parecer, el sinvergüenza de mi amigo había conocido a una actriz en una discoteca un par de semanas antes. Prometió contármelo todo cuando Beth y yo volviésemos del viaje de novios. Qué granuja el Mike.

- Hay poco que contar -se sentó enfrente de mí- Había bebido mucho, ¿entiendes? Ya todo me parecía de puta madre. Y entonces la vi. No suelo ir mucho al cine, pero la reconocí inmediatamente. Salía en esa de Linklater… Bueno, el caso es que me acerqué a ella, y nada, el tonteo típico. Mentí y aseguré no conocerla.

Esto último le hizo relajarse un poco y soltó una carcajada.

- Bien por ti, Mike- dije.

Sin embargo, pronto el rostro de Mike adoptó el gesto preocupado y ansioso de unos minutos antes.

- ¿Va todo bien?

- Sí, perfectamente-dijo; pero no cambió su expresión.

Miré mi reloj. Beth iba a llamarme pronto. Debía recoger unos pantalones del tinte y luego pasaría por casa de su madre.

- Y nada, le invité a una copa y estuvimos hablando. Una cosa llevó a la otra…

- Lo dices como si no fuera nada. Muchos se pondrían en tu pellejo.

- Ya.

¿Por qué Beth no llamaba? Se estaba haciendo tarde. Miré el reloj de nuevo. Luego miré el reloj de pared de Mike.

- ¿Has vuelto a verla?

Mike negó con la cabeza.

Conocí a Mike en la universidad. Fuimos muy amigos. Uña y carne, por así decir. Fue el padrino de mi boda.

Estuvimos mucho tiempo sentados, el uno frente al otro, sin decir nada. Mike se sirvió una copa, pero no bebió. Se quedó mirando el vaso.

- ¿Beth y tú habéis pensado en tener hijos?

Su pregunta me cogió desprevenido. Me revolví inquieto en la silla.

- Bueno, sí…En principio, sí; pero tampoco creas que hemos hablado mucho del tema.

Volvió a quedarse callado. De pronto, habló:

- ¿Sabes?, es curioso, pero aún me siento un hijo. Quiero decir que yo no me vería capaz de traer a un niño al mundo. Todavía me creo en la necesidad de conservar el rol de “hijo-de-mis-padres”, ¿entiendes?.

Asentí.

- Sí, a mí me pasa un poco lo mismo. De todas formas no creo que Beth tenga mucho interés en ser madre.

Pero ¿dónde coño estaba Beth? Llamé a su móvil. Apagado o fuera de cobertura.

- Mike, tío, pensé que me contarías más de la actriz.

Se estaba haciendo de noche. Mike encendió la luz. Comencé a preocuparme.

- La actriz…-comenzó.

- Mierda, ¿y si le ha pasado algo a Beth?

- A Beth no le ha pasado nada. Tranquilízate. Acábate el whisky.

- ¿Cómo coño lo sabes? Podría haber tenido problemas con el coche o…

- Bebe- Mike sostenía su vaso, observándolo sin beber.- La actriz me salió rana. A la mañana siguiente me desperté, y ya se había ido.

- Joder.

- Sí.

Volvió a levantarse. Cruzó rápidamente la casa y desapareció por el pasillo.

En unos minutos estaba de vuelta. Parecía preocupado y no se esforzó en disimularlo.

- Jim, tenemos que hablar.

Me alarmó el tono de su voz. ¿Dónde estaría Beth? Miré el móvil.

- Beth no va a llamarte, Jim.

Me lo quedé mirando. Parecía mucho más alto, ahí de pie, frente a mí.

- ¿Qué coño dices? Claro que va a llamarme. Dijo que lo haría.

- No, Jim.

¿Qué hacía este tipo diciéndome estas cosas? ¿Por qué no se había ido con la actriz de los cojones?

- Beth no va a volver, Jim.

Pensé en la actriz, sola en la barra y me imaginé a Mike bailando a pocos metros. Sentí nauseas. Miré a Mike.

- Beth y yo nos queremos, Jim.

Dejé el vaso sobre la mesa.

lunes, enero 07, 2008

La Existencia Del Mundo

Pienso en María algunas veces. No tan a menudo como debiera, pero eso no me convierte en un hijo de puta. Simplemente estoy aquí y ahora. No sería soportable otro problema más, otro peso en la conciencia. Además, han pasado ya cinco años; no puedo estar colgado de este tema toda la vida.
De todas formas, no es lo mismo tener treinta que treinta y cinco años. Es una diferencia abismal. Yo lo sé, pero a menudo, actúo como obviando ese dato. Me creo aún mis propias mentiras. Es posible que, ni si quiera en este momento, sea consciente de la pérdida.
Hoy he llegado tarde al trabajo. Me entretuve en el bar de Simon, hablando con los muchachos. Son buena gente. Como pago, el jefe me ha obligado a quedarme hasta tarde ordenando y limpiando. No se lo echo en cara. Anda y que le jodan. Que les jodan a todos.
Sé que la gente piensa que soy un hombre solitario y taciturno. Lo soy ahora. Antes no. ¡Vive Dios que no!. Han sido las circunstancias, claro.
Cuando pienso en María no lloro. No merece la pena. Sería una representación, nada serio. Apenas gasto tiempo en fijar su imagen de hace años, en recordar la última vez que nos vimos. Es un recuerdo triste, homicida. Pocos días antes, María estaba exultante, con aquel vestido azul de flores y su pelo rubio recogido en una coleta. Nunca estuvo tan hermosa. Y luego, en pocas horas, en aquella clínica siniestra, su belleza se difuminó por los azulejos hasta desaparecer. ¿Era posible que una orden mía impusiera realidad sobre su cuerpo? ¿quién era yo? Un fantoche que robó su amor, un cerdo inconsciente de sus limitaciones.
Yo era Marlon Brando. No digo que me pareciera a él o que tuviéramos una misma predisposición al éxito. Yo era Brando. Había visto en el cine de verano “La ley del silencio”. No tuve dudas. Ése era mi camino. Mantuve mi ilusión en secreto, sin compartirla con nadie. Ni siquiera María se percató. Yo, como un plan maestro, llevé mi vida con total normalidad, sin dejar espacio para la sospecha. Me casé con María. Compré una casa. Adopté la imagen del perfecto obrero, hijo de obreros. Esperaba, como espera el rapaz a la presa, cuidándome de no ser descubierto. Pero, poco a poco, el tiempo se fue echando encima. Dejé la fábrica. No puedo decir que fuera una decisión valiente. Más bien una absurda huida hacia delante. Siendo Brando no podía temer una conspiración del mundo contra mí. Siempre aguardé una solución repentina que ordenara mi vida y fijara mi papel en esta historia. Sabía lo que tenía que hacer. Volví a casa aquella noche del 8 de mayo de 1965. María estaba especialmente risueña. No me percaté de nada durante la cena. Después, hicimos el amor. Me quedé un rato tumbado en la cama mientras María iba a la cocina a por un vaso de agua. Pensé en decírselo: “María, te dejo, me voy a Nueva York para ser Brando, para cumplir con mi destino”. No lo hice. Vacilé. María llegó y lo soltó de golpe: “Estoy embarazada”. No reaccioné enseguida, sino que continué sobre la cama, con un cigarro en la mano. No la miré. “No dices nada”. Mis palabras salieron solas: “Aborta; yo me voy”. María se lanzó sobre mí y comenzó a golpearme. Agarré sus manos y la aparté. “Me voy mañana, María, lo tengo decidido. Voy a Nueva York. Seré actor. No creo que quieras seguirme en esta aventura. Puedes tener el niño, claro, pero eso sólo te traería complicaciones. No hace falta que convirtamos esto en una gran putada para los dos”.
Del resto de la conversación no recuerdo casi nada. María me insultó, por supuesto. Me acusó de cínico, de haberme aprovechado de ella sabiendo que la iba a dejar, de no quererla, de convertir su vida en algo horrible. Yo traté de tranquilizarla: le dije que me ocuparía de todo. “Hay un especialista en Lancaster, puede hacerlo casi gratis y sus resultados son siempre satisfactorios”. Convencí a María de que podría empezar una nueva vida. Nadie tendría por qué enterarse. Conocería a algún muchacho que la querría de verdad, un buen esposo y padre. “¿Lo has entendido?”. María asintió con la cabeza.

Nueva York de noche es una gran tumba. Las calles parecen acoger al vagabundo, estrecharlo contra sí, consolando en el fracaso, asegurando el silencioso descanso de los triunfadores. Los edificios muestran una amenazadora presencia. Voy caminando lentamente. Son las tres de la madrugada. Mañana entro temprano a trabajar. Nada se mueve excepto algunos merodeadores que aguardan. Estoy muy cansado. Pienso en María, tumbada en una cama después de que aquel especialista hiciera su trabajo. No me habló ni una sola vez. Fui a llevarle flores. Las dejé junto a su cama. Me despedí.

Hace ya cinco años. Ahora subo las escaleras de mi portal, llego a la puerta de mi estudio. La luz no funciona. Tengo que llamar para que la arreglen. Yo sabía pescar. Quizás, de haberme quedado con María, habría enseñado al niño o la niña a pescar en el río. Imagino a María preparando pastel de manzana y a algún chiquillo nervioso correr a abrazarla: “¡mamá, tengo un pez!”. No queda leche en la casa. Tomaré un poco de vino. Un hogar. Río. Bromas del destino, una vida como otra. Ni siquiera pierdo mucho tiempo en esto. Cuando tengo ganas de llorar, me muerdo el labio hasta hacerme daño.