jueves, octubre 31, 2019

Waco*



Murió Santos Juliá y uno lo recuerda en la Fundación Botín, hace ya muchos años, en una tarde invernal de aquellas de antes, cuando Santander se suspendía a partir del mes de septiembre. Uno era muy joven entonces y no alcanza a recuperar todo lo dicho aquella tarde desapacible, en compañía de unos pocos, pero algo sí se le quedó grabado como señal de atención o de alarma: a saber, justo antes del inicio de la Guerra Civil, Falange y el Partido Comunista - afirmaba Juliá- eran dos fuerzas alejadas de la lucha por el poder; es decir, ambas simplemente aguardaban su momento en un segundo plano respecto a las organizaciones que dominaron la política en la Segunda República.

El estallido del conflicto supuso, por tanto, que comunistas y falangistas desempeñaran a partir de ese instante un papel fundamental en el desarrollo de la represión en sus respectivas retaguardias. Y es que la sustitución de la política por el campo de batalla donde, con descaro, se permite y se jalea la exclusión (y exterminio) del prójimo, abre la veda para los totalitarios de todos los órdenes; para el espíritu sacrificial que pudre los mecanismos institucionales.

La secta en política recorre el mismo trayecto que cualquier otro fanatismo religioso; de primeras, es necesario ocultar el programa máximo del entramado bajo grandes cantidades de retórica. Recordarán ustedes, por ejemplo, aquel episodio acontecido en Waco, Texas, en 1993, donde el mensaje de consumo interno de la secta davidiana se resumía en el advenimiento de un nuevo mesías, David Koresh. La realidad, sin embargo, era distinta: un control férreo de las almas y los cuerpos de una feligresía dispuesta a morir y matar por su líder. Este, perfectamente identificado como un ser venido del cielo, prefería acostarse con las creyentes -en una exclusividad sexual de grueso trazo- y traficar con armas de fuego mientras llegaba la Parusía.

Es, precisamente, el uso y el dominio del lenguaje lo que distingue la victoria de la derrota en política y en religión. Una vez superado el primer escollo de la caricatura y extendido el cliché, es fácil seguir escalando posiciones, con la seguridad de que lo real no va a entorpecer el camino hacia la cumbre. En Cataluña, sin ir más lejos, han sido muchos años de uso incontrolado de frases como “revolución de las sonrisas” o “derecho a decidir” para nombrar un movimiento de ideología incompatible con un sistema de libertades. Y ha tenido que ser una vecina de Barcelona de nombre Paula -y hoy en la diana de los independentistas y de toda la autodenominada “izquierda transformadora”- la que reanimara en los medios la relación entre palabra y realidad pasando por encima de tertulianos y políticos. El proceso independentista, dijo Paula, busca “extranjerizar y poner una frontera donde no la había por una razón etnolingüística”. Vamos, un mecanismo de destrucción, aunque se vista de protesta.

* Columna publicada el 30 de Octubre de 2019 en El Diario Montañés

martes, octubre 29, 2019

El buen americano*



El escritor Jack Kerouac, autor de ‘En el camino’ y patrón de la Generación Beat, murió hace medio siglo, a los 47 años, víctima del abuso del alcohol

En su extensa biografía sobre Jack Kerouac, el escritor Gerald Nicosia recoge las últimas palabras del autor de ‘En el Camino’, el 20 de octubre de 1969, un día antes de su muerte: “Stella, te quiero”. Una escueta despedida, dirigida a su esposa, aunque cabe temer que a esta frase le siguieran otras menos dulces, fruto de la angustia y el dolor. Tenía 47 años.

Dice Nicosia que, minutos antes de sufrir la crisis definitiva, Kerouac se había sentado de buena mañana frente al televisor, con un cuaderno, un bolígrafo y una lata de atún. El novelista quería trazar el guión para su nuevo libro. A mano, como solía ser habitual en los últimos tiempos, una botella de whisky y otra de licor. La escena resulta interesante para los mitómanos. Kerouac reproducía en sus horas finales la imagen que más claramente lo definió durante toda su vida: la del estereotipo americano de clase media, abandonado a la rutina menos compatible, en principio, con la creatividad, y, sin embargo, poseedor de un talento único para la escritura. En resumen, algo así como un Peter Griffin ilustrado, en permanente insatisfacción con su sistema de creencias.

Kerouac, heredero de una estirpe de inmigrantes franco-canadienses, no pudo desligarse nunca de aquella primera etapa familiar, en Lowell, Massachusetts, repleta de acontecimientos luctuosos: la temprana muerte de su hermano mayor, Gérard, que supuso la pérdida de un importante asidero existencial, unida al peso de la figura materna, Gabrielle -la famosa ‘Mamêre’-, extendieron sobre él un manto lúgubre de culpabilidad. La presencia de su madre, la excesiva dependencia de su magisterio siempre tenaz e inmisericorde con sus parejas (“ella es la única mujer a la que amo”) impidieron un alejamiento total de sus orígenes.

De ahí, por ejemplo, que el budismo que el escritor comenzara a estudiar en la primera mitad de los años cincuenta del siglo pasado (tras la inspiradora lectura de la ‘Biblia Budista’ de Dwight Goddard) no lograra desanudar del todo su intenso y declarado catolicismo, fuertemente enraizado en su mala conciencia por haber escogido una vida nómada, a muchos kilómetros de aquellas almas de las que se consideraba responsable.

Compasión y Bebop
La vocación de Kerouac es, a un tiempo, la del joven y hermoso jugador de fútbol americano a quien se concede una beca para estudiar en Columbia y la del bebedor profesional que desperdicia el alba del talento artístico. Tras lesionarse en una pierna y abandonar la práctica del deporte, el autor deja también la universidad y comienza una errática vida en Nueva York, donde conoce a las personalidades que, más tarde, conformarían la llamada Generación Beat: Allen Ginsberg, William S. Burroughs y, sobre todo, Neal Cassady.

Después de una brevísima experiencia en la Marina y más de un choque con la ley, su espíritu errante se relata en la obra más célebre, ‘En el camino’, publicada en 1957 pero escrita seis años antes. En este catecismo Beat, Kerouac narra el viaje por el territorio estadounidense de dos amigos: Sal Paradise y Dean Moriarty -en realidad, pseudónimos del propio Kerouac y de Cassady, un ‘hipster’ de primera hornada, nada que ver con los contemporáneos de Malasaña-. Ambos experimentan el sueño americano de la libertad y los grandes paisajes silvestres; un itinerario iniciático más allá de la respetabilidad conservadora y profundamente conectado con la gracia aventurera que siempre ha palpitado en la nación.

Cassady funcionó, para los escritores beat, como una manifestación mesiánica de la América verdadera, más carnal y compasiva que la de las corporaciones y el consumo; aquella que no puede mostrarse en los medios, que progresa lejos de los campus y permanece en un derrotismo irónicamente vital. Cassady es el hedonista impenitente, el ladrón sin fortuna animado por un halo de beatitud infantil.

Hablamos, claro, de la América del Jazz (del Bebop con el que Charlie Parker o Dizzy Gillespie espolearon a los aficionados más rebeldes) y la del descubrimiento de otras realidades posibles y, por qué no, accesibles. Kerouac, como cronista de su generación, refleja en sus novelas la vía espiritual, la búsqueda del placer y el restablecimiento de una ingenuidad de origen que suponga la religación de los estadounidenses con sus propias vidas, la naturaleza, el sexo y la poesía. No es la suya una revuelta política (eso vendría más tarde sin apoyo por su parte), sino la intuición de que algo se estaba moviendo bajo los pies del Imperio; que el cambio era inminente.

La protesta
Los beat (que no ‘beatnik’) sembraron una nueva filosofía que, finalmente, se recogió en forma de gran protesta en los años sesenta. Kerouac, cada vez más desconectado del mundillo cultural y embarrado en la lucha contra sus demonios, renació en la nueva década como un adulto conservador, convencido de la vigencia de los valores tradicionales, acaso en una versión propia, contradictoria e inclasificable. Su forma de ver el mundo acabaría enfrentada con la nueva era de la comunión lisérgica, pero también con la querencia del budismo por el desprendimiento y el control de los deseos. Nunca rechazó Kerouac las tentaciones mundanas; la carnalidad del arraigo y el consumo de alcohol como elemento, a la vez, autodestructivo y social. Hay documentación gráfica al respecto. La biografía de Nicosia aporta fotografías privadas de Kerouac, sudoroso y desencajado, levantando orgullosamente un vaso, brindando por no se sabe qué o quién. La camisa de cuadros desabrochada, el exhibidor colmado de botellas, dan la imagen de un trabajador manual que reposa en el bar después de una larga jornada en el taller o en el bosque.

Se encontraba lejos el novelista de comprometer su destino al de aquellos animadores de clase media que poblaban las capitales de la vanguardia intelectual: Nueva York y San Francisco. Kerouac se decidió siempre por la concreción de los pequeños espacios; las comunidades indiferentes a la competición. Pero, el abandono de la trinchera no fue del todo libre. El escritor basculaba al principio entre ambas opciones; unas veces se creía el practicante budista, capaz de alcanzar la cumbre del éxito literario y, otras veces, avergonzado por su mediocridad, evitaba la compañía de camaradas que sí se habían tomado en serio el asunto oriental, como Alan Watts o Gary Snyder.

No fue la suya una bohemia cínica. Jack Kerouac dijo buscar la santidad del momento real, de la América viva. Fue, quizás, una impostura largamente estirada, pero la inmadurez de base, ese encanto que siempre funcionó en los momentos de zozobra, fue debilitándose al no querer (o no saber) reconvertirse, como se reconvirtió Ginsberg, en la figura totémica del movimiento contracultural. En 1968, durante su última aparición televisiva en el programa ‘Firing Line’ dirigido por el periodista conservador William F. Buckley Jr., el autor mantuvo un tenso (y etílico) debate sobre el movimiento ‘hippy’. Kerouac se declaró entonces un católico identificado con el “orden, la ternura y la misericordia”, al tiempo que acusaba a su interlocutor, el cantante y activista Ed Sanders, de “lanzar huevos” y de “hacerse famoso con la protesta”.

Indignado con la Nueva Izquierda y con la actitud “pro-Castro” de Ginsberg (quien, pese a todo, fue expulsado en 1965 de Cuba tras hablar abiertamente de su homosexualidad en un contexto revolucionario nada inclusivo), su itinerario intelectual le llevó a escoger un patriotismo a prueba de manifestantes y a enarbolar la bandera del capitalismo “de estilo occidental”, sin el cual, afirmó en un texto publicado póstumamente, hubiera sido imposible “hacer autostop a través de cuarenta y siete estados de esta Unión y ver la escena con mis propios ojos”.

El creador de ‘Los Vagabundos del Dharma’ o ‘Los subterráneos’, el autor que marcó las coordenadas del cambio social en Estados Unidos, fue también (las opiniones están divididas) el taciturno bebedor que, según apuntaba maliciosamente Truman Capote, no hacía literatura, sino “mecanografía”. El budista y el católico, el revolucionario y el conservador -en definitiva, todas las máscaras de Kerouac- dejaron pasar el éxito en la farándula, apostándolo todo a su refugio familiar y a su fe, que nunca dejó de ser la de un niño atemorizado.

Muerto Neal Cassady, desencantado por la crítica y la incomprensión, Kerouac se quedó solo. Seguramente, tal y como escribió en la última página de ‘En el camino’, pensaba intensamente en Cassady, “ese padre al que nunca encontramos”, recordando las horas vividas en la libertad de la carretera y en la juventud de las promesas. No obstante, Jack Kerouac, asumiendo que la suya no fue nunca una ruptura, sino un vuelo rápido para volver enseguida al nido -un paseo de simple exploración por los alrededores de su casa y de su mente- se despidió de su esposa, Stella, como lo haría cualquier hombre familiar recio y parco en palabras, a la espera de la confirmación de un destino trágico.

* Artículo publicado el 25 de Octubre de 2019 en el suplemento cultural Sotileza, de El Diario Montañés

martes, octubre 22, 2019

Boicot*



La gente sensible tiene la virtud de detectar a sus enemigos, que son, dicen, los de la humanidad toda. El universo, siempre complejo y a menudo inescrutable, necesita la depuración de los mensajes y las banderas de la gente sensible. Hoy, toca Trump. Somos muy afortunados. La conversión del magnate en un campechano del mal (¡cuánto dieron de sí los campechanos en nuestra historia reciente!) confirma lo caricaturesco de la época.

Trump es un mamífero implume que una vez ganó unas elecciones libres. Esto ya parece cosa superada, dado el desprestigio de las urnas en favor de la brocha gorda. El presidente de los EEUU pasea su descaro de un continente a otro, escogiendo los peores escenarios y las amistades menos recomendables. La campaña en su contra ha llegado a tal nivel de intensidad que, para los medios internacionales, hasta George W. Bush da ahora el perfil de gran estadista.

Pero, tranquilidad; no voy a defender al empresario. Tampoco se trata de aparecer aquí como un agente del “Bible Belt”. Pero no me digan que no es sorprendente la exclusividad, los mensajes compartidos entre los profesionales de la comunicación que deberían ser impredecibles e irreverentes, pienso, y no distintas ventanillas de un mismo edificio público.

La producción sistemática de noticias falsas, las acusaciones de espionaje y de acoso, lo de Rusia y lo de Ucrania o los aranceles constituyen una oscura lista de grandes éxitos. Por no hablar de su reciente mutis en Siria, abandonando cobardemente a los kurdos. Todo ello abordado, por supuesto, desde el gusto por el lenguaje falsamente anti-elitista. Sin embargo, en el planeta únicamente puede existir un enemigo reconocible; eso sí, con extensas ramificaciones. El sentimiento feligrés apenas digiere una actualidad que no sea, a la vez, concentración de esfuerzos y desprecios. Rechazamos a Trump por diferentes motivos -muchísimos de ellos perfectamente razonables-, pero nos dejamos atraer, en consecuencia, por el abismo moral de la razón de partido.

En resumen, Donald Trump es perverso, pero, en una huida hacia adelante, organizamos mundiales en Qatar (escuchen, por favor, al respecto a la atleta Ana Peleteiro), lavamos la cara a los teócratas iraníes y mandamases saudíes y entregamos la llave de Madrid (¡Ay, Carmena!) al represor de los estudiantes de Hong Kong, el presidente Xi Jinping -presidente, sí, no dictador, término que se reserva para el próximo exhumado-. Y la claudicación de los valores se produce, faltaría más, sin protestas que proporcionen refugio intelectual a los contribuyentes que aguardan, anonadados, bajo toneladas de confusión.

Con este panorama, son naturales las suspicacias que despierta el compromiso de quienes proponen el boicot como arma de acción política pero sólo contra los adversarios de siempre (contra Israel, por ejemplo, que ya es casi un cliché), sin atender al peso de todas las injusticias que se cometen en el mundo ante la indiferencia de sociedades que una vez dijeron defender la libertad.

* Columna publicada el 16 de Octubre de 2019 en El Diario Montañés

lunes, octubre 14, 2019

El perdón*



No sé si a ustedes les pasará lo mismo, pero, en ocasiones, uno espera que todo permanezca en un mismo lugar, sin cambios ni sorpresas. Es un sentimiento de orden y un ruego imposible. A la trepidante mediocridad, al lenguaje del espectáculo y de la corrección, podría oponérsele, así, la figura del artista alejado del progreso, en una casa con jardín, junto a un bosque cómplice, entre París y Versalles.

Peter Handke ha ganado el Nobel de Literatura y nadie sabe cómo ha sido. La obra de Handke, que cultivó durante años la imagen de ‘outsider’ y crítico de la posmodernidad, creció en influencia, desde muy temprano, con ese aroma a premio gordo y a perfil diseñado para brillar en un viaje a Suecia. La trama interrogativa, la imposible comunicación de las experiencias íntimas y su ingenua veneración por la figura del escritor como reliquia oracular no soportaron el peso de la política.

Durante las guerras en la ex Yugoslavia, el autor austriaco, nostálgico hasta la idealización de aquel país que instituyó la comunión de pueblos y creencias, quiso alzarse en contra de la unanimidad anti-Serbia en Occidente. Su querencia por el matiz, plasmada en el polémico ‘Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save, Morava y Drina, o justicia para Serbia’ (1996) no fue bien recibida por una opinión pública que ya no estaba para poemas en prosa. La cultura también había cambiado.

Entregarse a la obra de Handke en esa época de exilio interior -que ha durado hasta hace apenas dos años- reconciliaba al lector con una palabra distinta, alejada de las urgencias del periodismo y las campañas de engaños multitudinarios. Quizás, precisamente, por esa derrota del creador en su camino hacia la inmortalidad, sus libros parecían más apetitosos, custodios de una voz proscrita. Pero, hoy, el mundo ha perdonado a Peter Handke. Y Peter Handke se ha dejado perdonar.

* Artículo publicado el 11 de Octubre de 2019 en El Diario Montañés

viernes, octubre 11, 2019

A la japonesa*



Perdónenme que insista en lo abrumador del paso del tiempo. Uno alcanza determinada edad, apunta a definitivamente adulto, y los recuerdos parecen estrecharse en la memoria, como si un acontecimiento nunca distara demasiado de otro. Por ese motivo, cuando se revisita un libro querido, una noticia del periódico o un vídeo de Internet, hay que atender bien a la fecha de publicación, no vaya a ser que nuestras convicciones se hayan quedado, de pronto, obsoletas.

Sucede que el eterno presente se vuelve rápidamente crónica y material para los chismes. ¿Quién iba a decirnos en los años noventa del siglo pasado -época desenfadada y a todo color- que los inicios del nuevo mileno estarían marcados por el ataque contra las Torres Gemelas, la crisis económica y el repunte del populismo? Ha sido breve la celebración del sistema liberal y democrático después del derrumbe del totalitarismo comunista. Poco han podido descansar los agoreros, embravecidos siempre por la irrupción de nuevos dogmas.

Basta con echar un vistazo a la Red y reencontrarse con antiguas intervenciones de jóvenes entusiastas del 15M poniendo en entredicho el “Régimen del 78”, discutiendo “los mitos de la Transición” y exigiendo la sovietización del lugar mientras apuntalaban su particular politburó. ¡Qué frágil nos parecía entonces el sistema constitucional! ¡Qué prematuramente envejecidos los portavoces en el Congreso! Una flamante generación de idealistas prometía reconstruir los corruptos cimientos de la democracia en España con batucadas y tiendas de campaña.

Un rato tan largo llevábamos aquí con este percal revolucionario (y revolucionado) -amagos independentistas incluidos-, que se nos llegó a olvidar cómo eran las cosas antes. La aparente proximidad del cambio gracias a los nuevos partidos de redichos treintañeros recolocó a todo el mundo en posiciones ideológicas extremas. La conversación política se puso en valor y la farándula fue escorándose hacia el compromiso (estigmatización del rival mediante). Esto parecía molar como a los jóvenes poetas de hace unos años les molaba Bukowski mientras obviaban el feminismo.

Toda esta inflamación política era, evidentemente, inadmisible y necesariamente breve. Ningún país soporta demasiado tiempo la incertidumbre de la excepción. Suavizadas las ambiciones de los jóvenes morados y naranjas (la de los periféricos, eso sí, nunca parecen suavizarse), la clase dirigente barrunta una reedición de lo malo conocido; la concentración de las tendencias demagógicas en dos bloques sin aventureros.

Pero, ¿cómo se ha logrado desactivar el asalto al Palacio de Invierno? ¿Cómo se ha producido semejante hazaña desde el poder? Sencillamente, con el empacho. Mucha política, demasiada presencia mediática y bravuconadas. ¡Hasta golpes de estado! Y la vida en directo de jóvenes que se acercan a la crisis de los cuarenta sin haberse dedicado a ninguna otra actividad laboral o decente. Con estos ingredientes se cocina el hartazgo del respetable. Ahora, nos conducen, de nuevo, hacia las urnas. Pero, esta vez, sin la ilusión asamblearia. El bipartidismo más vulgar ha ganado su huelga a la japonesa.

* Columna publicada el 2 de Octubre de 2019 en El Diario Montañés