viernes, junio 28, 2019

¿Para qué sirve Noa Pothoven?*




La crítica al sistema liberal democrático que repiten, a un lado y a otro, los portavoces de la excepción, tiene entre sus pretextos la supuesta caída del hombre contemporáneo en la soledad más desangelada; en la intemperie de un mundo sin asideros como consecuencia de la precariedad y el relativismo. Con la sociedad fragmentada, con las familias empequeñecidas y dispersas, el individuo apenas sería capaz de levantar la cabeza para encontrarse en la mirada del prójimo y propiciar así una relación más allá de las necesidades económicas o de los intereses de la mera supervivencia.

Es un cuadro desolador. Según se denuncia, las élites -esa piñata colmada de votos y conspiraciones- establecen una división de clases, a través de un lenguaje excluyente y una agenda propia. Los partidos que brotaron de la crisis rescatando viejas recetas totalitarias proponen un vuelco político que restablezca el orden reglamentado para impedir el aislamiento y, de paso, el libertinaje. Por ese motivo conviene estar alerta ante los románticos de los márgenes y los profesionales que hacen de la crítica su canción del verano. Sobre todo, cuando se interpreta, con el beneplácito de las instituciones, confiando en el entrismo como fórmula para la erosión de los consensos. Precisamente este ha sido el caso de la vergonzosa actitud de los comunicadores y militantes patrios tras el fallecimiento de Noa Pothoven, a los 17 años.

Como recordará el lector, lo primero que se supo de esta adolescente holandesa es que estaba muerta. Es una forma curiosa de iniciar una proyección mediática; supone, en definitiva, que su vida ha carecido de interés hasta su extinción. Primero, los informativos y la prensa, con la ayuda de las redes sociales, difundieron la noticia de que a la joven le habría sido aplicada la eutanasia. La finalidad consistía en recuperar -a favor o en contra- el debate de la muerte digna que, como es sabido, en España viene y va como el Guadiana.

Más tarde, nos dijeron que Pothoven efectivamente solicitó la eutanasia pero que había fallecido al dejar voluntariamente de comer y de beber, tras una depresión a la que no veía remedio, provocada por los abusos sexuales de los que fue víctima. La bronca previa entre aquellos que ven en la eutanasia la prueba del inminente Apocalipsis y sus adversarios no tenía a Pothoven como prima donna. Ella sólo era, por así decirlo, el campo de juego. 

Noa Pothoven acabó siendo, por consiguiente, una muchacha de trágica biografía y pronto olvido. Cuando su caso demostró no ser funcional para el discurso público, su memoria retornó a los límites de su hogar. Hoy es una jovencísima suicida a la que nadie pudo prestar ayuda. Su decisión de dejarse morir apela a los organismos que deberían velar por el bienestar de todos. Quizás sea este un tema más aburrido que el de la eutanasia, pero importante al fin y al cabo.   

* Columna publicada el 26 de Junio de 2019 en El Diario Montañés

martes, junio 18, 2019

Tiananmen*



No resulta fácil advertir el paso del tiempo en lugares rendidos a la quietud y a la costumbre. El espacio familiar doma las miradas, convenciéndonos de la repetición de los movimientos y de la necesaria fe en las fórmulas de siempre. Únicamente los achaques y las canas -que irrumpen como los granos últimos de un reloj de arena- despiertan la preocupación en el personal. Esto no va a ser eterno.

Más allá de las amenazas que todos sabemos, a pesar de que los territorios permanecen en su aspecto infantil, a veces el paso del tiempo nos es reconocible. Pienso en algún episodio que marca las vidas de las personas concretas; aquellas que no se mueven en la lógica del poder ni de los medios. Se trata de la posibilidad de la vejez y de la ruina, de las pérdidas y del compromiso con el prójimo.

El mundo se vuelve entonces hostil o, por el contrario -como canta la gran María Jiménez-, “más amable, más humano, menos raro”. Y se vive su realidad más conscientemente aun cuando otros prefieren inhibirse en el sueño emboscado; en la vigilancia a cierta distancia prudente. Zhou Fengsuo, uno de los líderes del movimiento que reclamó reformas democráticas en la China de 1989, declaraba recientemente que a los protagonistas de aquella ilusión frustrada “nos parece estar en un universo paralelo; una pesadilla que empezó hace treinta años”.

Y es que la vida, a fuerza de repetirse en compañías simpáticas, aperitivos y paseos, golpea en ocasiones con la potencia de la historia y reclama de los individuos una implicación para la que, en general, nunca están preparados. ¿Cómo podría estarlo Zhou Fengsuo, un joven estudiante de Físicas en el Pekín de los ochenta? ¿O un alumno del primer curso de la carrera de Historia como Wang Dan? Rebeldes impetuosos para los que las promesas en un futuro de triunfo y libertad que completara políticamente la apertura económica de la China comunista se disolvieron al mismo tiempo que su adolescencia.

Los principales cabecillas de la protesta van, poco a poco y en silencio, alcanzando una madurez que no va a proporcionarles influencia o mando. Como tampoco se lo proporcionó al premio Nobel de la Paz Liu Xiaobo, que murió hace casi ya dos años de un cáncer diagnosticado demasiado tarde en una cárcel de su país, y cuyo nombre es hoy tabú.

Es en la cobardía de Occidente, cómplice del empuje económico de la China contemporánea, donde se manifiesta el tiempo en toda su crudeza y su traición. En las conciencias de nuestra juventud, amarrada a eslóganes prefabricados, no hay espacio para el reconocimiento a quienes pelean por la libertad, contra la represión de su estado y el compadreo de las democracias de festival. Al menos, cada diez, veinte o treinta años, emerge el ejemplo de Tiananmen; de las esperanzas y las derrotas de Tiananmen. Para nuestra vergüenza.

* Columna publicada el 12 de Junio de 2019 en El Diario Montañés

martes, junio 04, 2019

Culpable*



En un comercio que desaparece palpita una crisis y una decisión; el escaparate vacío, el cartel que anuncia el cierre o el alquiler del local desnudo. Parece que nadie se preocupa del éxito de una tienda que sobrevive a los vaivenes de la economía o a las apetencias temporales de la moda y la estupidez. Hay algo de fría continuidad en el bullicio de la gente que entra para preguntar precios y luego sale satisfecha con el trato. Y también hay compañía.

El peatón que no ha entrado, que no tiene curiosidad por el producto en venta, sufre, sin embargo, cuando el establecimiento que siempre ha estado ahí, de repente, lo abandona. El vecindario no es sólo el personal que saluda con un leve movimiento cervical, sino territorios familiares, rótulos que envejecen con el observador que busca una repetición en las cosas que ama o, al menos, que le importan.

Cualquier cambio, por lo tanto, despierta en el contribuyente una sensación de vértigo y de culpabilidad. ¿Por qué no atravesé nunca esa puerta? ¿Qué extraña desidia me llevó, un día tras otro, a obviar el atractivo de sus vitrinas? Muchos han sido los negocios que se han despedido en silencio, como una amistad que no se cuida.

En una búsqueda rápida por las redes me informo de que la tienda de enmarcaciones Cristmol, de la santanderina calle Cádiz, cerró el pasado mes de febrero. Y yo, claro, sin enterarme, en Babia. Desconozco los motivos de la decisión, no quiero aventurarme. Quizás, se tratase de un retiro o del agotamiento de la ilusión cotidiana. Pero es, simplemente, la muerte del propietario y la muda en los destinos de las generaciones que lo heredan. No obstante, como las personas que expiran sin haberse bebido el vino bueno, uno siente haber desperdiciado la oportunidad de explorar un espacio distinto, ajeno a la voluptuosidad de los cebos digitales. Pero yo no me las quiero dar de fino o de indignado. Tuve la opción de comprar un cuadro -alguno del gran Pedro Sobrado, por ejemplo- o de curiosear entre las obras, pero no lo hice.

* Columna publicada el 29 de Mayo de 2019 en El Diario Montañés