domingo, junio 07, 2020

Las ocho*



Durante esta etapa triste de confinamiento y política, he llegado a temer la llegada de las ocho de la tarde; las ocho “en sombra” de la tarde, que podría haber escrito Lorca. No pretendo exagerar mi estado de ánimo durante esos minutos previos de balcones saturados como toriles, pero tiemblo, me alejo de las ventanas y aguardo la embestida de las masas, hoy integradas por sujetos de todos los partidos, cada uno a lo suyo, cada cual con su bandera.

Lo teníamos más claro antes: eran los aplausos en la época temprana del encierro, cuando todo estaba por hacer y las calles permanecían dóciles. Admirábamos entonces el trabajo de los sanitarios -en primera línea ante el peligro y sin medios frente al mal- y la solidaridad de los voluntarios. Pero nada de esto ha sobrevivido a los dos meses de ruedas de prensa, encanallamiento parlamentario y erosión de la paciencia del personal por parte de quienes pretenden sembrar conflictos en el fango de la enfermedad y de la muerte.

Como cabría esperar tratándose de España, las protestas nunca brotan de la espontaneidad de una sociedad civil orgullosa de serlo, intelectualmente activa y comprometida con su intervención en los asuntos públicos. Al contrario, los partidos representan (de nuevo irresponsablemente) el papel de directores espirituales en retorcidas trifulcas de favela. Son las ocho y, luego, llegan las nueve con más emoción si cabe. Ya sea Hernán Cortés o Pamplona, la acción contra el Gobierno o a favor de los presos de ETA, la militancia entendida como la obediencia del feligrés convierte la política en un espectáculo penoso al que el resto de la población asiste cada vez con mayor asco y desesperanza.

* Columna publicada el 27 de Mayo de 2020 en El Diario Montañés