martes, marzo 28, 2017

La pelea*



Si, después de morir, abrimos los ojos y nos encontramos en alguna otra parte, sanos y a salvo bajo una luz cálida, buscaremos, primero, los rostros más queridos. No existirá la prisa, ni se reclamarán discursos sobre el origen del universo, la justicia prometida y el significado del dolor. Querremos saber dónde están todos ellos, en qué hueco del jardín disfrutan de esta nueva oportunidad interminable. Eso será lo urgente: la felicidad del reencuentro.

La fiesta de la resurrección deberá ser divertida y desordenada, colmada de abrazos y botellas. Todo indica que Dios, ese huraño burócrata, apenas saldrá de la oficina. A Él le competerá, quizás, pagar las facturas y mantener aseado el territorio de la salvación, pero conocerle no nos quitará el sueño. Tampoco Él nos observará con demasiada curiosidad. Lanzará, eso sí, alguna mirada tímida al respetable mientras se aleja con su maletín a punto de reventar.

Todos sabemos que lo mejor de nosotros mismos está reservado para nuestros semejantes; que no hay más amor que el dirigido a un rostro capaz de recibirlo, ni más justicia que la reivindicación del prójimo. Con eso debería bastar. Se trata, en definitiva, de cultivar lo aprendido en este planeta que hoy habitamos, sometido al mal y al placer.

La historia nos ha enseñado que los milagros, si existen, apenas se distinguen de la fuerza de voluntad o de la suerte. Son un primer contacto, una llama minúscula que alimentamos en la guerra sin cuartel contra los monstruos. No hay signo más audaz y más rotundo de la posibilidad de la esperanza que la decisión de un ser humano. La del veinteañero Pablo Ráez, sin ir más lejos, recientemente fallecido. Pese al lugar común, el joven malagueño no luchó contra la leucemia; eso es imposible. Otros fueron los luchadores: su equipo médico, por ejemplo, y la quimioterapia. Ráez hizo otra cosa igualmente admirable: peleó por la vida y dio utilidad al escaso tiempo que le quedaba desde la fe del activista. Parece lo mismo, pero no lo es.

La célebre cita de Sartre: “lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros”. No se puede decir mejor. Por supuesto, a nadie se le exige un comportamiento heroico ante la adversidad. Pablo Ráez no quiso ser un héroe. Su humilde empeño consistió en construir espacios de alegría, transcendiendo los límites de una enfermedad cruel. Él mismo lo explicó en uno de sus últimos vídeos: “¿Qué mayor satisfacción que ayudar a los demás?”. Nosotros, que no lo conocimos en persona, pudimos disfrutar del lado más optimista de Ráez y aplaudir su lúcida campaña para aumentar las donaciones de médula ósea. Su familia, sin embargo, estuvo con él hasta el final, acompañándolo en su dolor. Ninguna buena empresa aplaca los males propios. Él lo sabía. En realidad, todo el mundo lo sabe.

* Columna publicada el 23 de marzo de 2017 en El Diario Montañés

viernes, marzo 10, 2017

El autobús*



Uno quisiera encontrárselos por la calle o en el supermercado, acercarse educadamente a ellos mientras hacen sus gestiones místicas y presentarse. Los interrogaría entonces sobre ese dios suyo tan feroz que valora la superficie de las cosas y prefiere lo genital a la comprensión de sus criaturas. A uno le gustaría aprovechar el paquidérmico paso de ese autobús célebre para subirse a él, recoger trípticos o facilitar un número de teléfono. Tendría ganas también de preguntar a los hijos de los activistas si disfrutan todos de una heterosexualidad plácida o si alguno se siente acomplejado, quizás, por unos padres tan seguros del correcto diseño del mundo que no encuentran razones para el amor.  

No se trata de engañar a nadie. Es posible que la visión del autobús ofenda y provoque en el personal una rabia incontenible o muchas ganas de reír por semejante alarde de ignorancia pagada. Pero muchos queremos ese vehículo en la carretera; necesitamos ver la sordidez naranja avanzando lentamente por Jesús de Monasterio, como ofrenda pública a nuestra diversión y a nuestra libertad.       

La sociedad abierta propone una confrontación cotidiana con los demás. Y los demás son, también, sus opiniones, sus errores, su rabia. La emancipación implica el progreso lento y posible; los valores compartidos pero, antes, discutidos. Las garantías de expresión, por supuesto, no son infinitas. Tienen un límite insalvable: el Código Penal. Las democracias modernas han aprendido a encajar los ataques, permitiendo que se combatan sus principales conquistas civiles. Esta debilidad las llena, sin embargo, de sentido. Es necesario que la voluntad de censura recorra un trayecto tortuoso, precisamente para evitar las decisiones arbitrarias del poder.

Cuando se echa mano de las leyes para combatir un discurso, se priva a la ciudadanía de su derecho a discutirlo e, incluso, a ridiculizarlo. Un mensaje lleva consigo el riesgo de su refutación. La palabra libre puede negarse; la sometida a juicio, no. Como los neonazis, que esconden su verdadera naturaleza en la protesta contra la prohibición de libros negacionistas -al igual que las organizaciones que exigen el acercamiento a Euskadi de los presos de ETA, sustituyendo la apología del terrorismo por una reivindicación penitenciaria-, también los responsables de Hazte Oír pretenden transmitir, bajo una aparente perogrullada, la idea de que la transexualidad amenaza el orden moral.

No obstante, en ninguno de estos casos merece la pena enfangarse en la tentación prohibicionista porque ellos maquillan muy bien sus intenciones. Se puede hablar de muchas otras cosas: la transformación de Hazte Oír en una asociación “de utilidad pública”, sus vínculos políticos con la extrema derecha, etc. Pero jugar la carta del deito de odio supone elevar la ofensa a la máxima categoría, de manera que unos encierran el autobús en la cochera, al tiempo que otros impiden cualquier utilización no piadosa del fenómeno religioso. Las condenas reducen la libertad de todos, pero eso no importa en un país convertido en campo de batalla.

* Columna publicada el 9 de marzo de 2017 en El Diario Montañés.