martes, diciembre 29, 2020

Simón*

Casi seis meses llevamos en España con el Covid a cuestas. Eso dicen los portavoces, ojo, porque vaya usted a saber cuándo irrumpió aquí este maldito virus, que, al principio, según nuestros prestigiosos locutores, no era más que una gripe que mataba mucho menos que, por ejemplo, el machismo. El tema ha dado -y sigue dando- para mucho. Los miles de muertos, las residencias contaminadas y la parálisis institucional en pleno rebrote no parecen ser el núcleo de la cuestión en un país acostumbrado a que las voces políticas se revuelvan en debates improductivos, sin aparente relación con los problemas del respetable.

Los partidos y sus cómplices mediáticos han jugado, una vez más, la carta del despiste, aprovechando la pandemia para movilizar los recursos en iniciativas absurdas. ¿Que los sanitarios se quejan de la falta de medios? Pues se los declara héroes nacionales y se programan aplausos desde las ventanas. ¿Que arrecian las críticas? Los bulos. ¿Que se meten con el Gobierno? La ultraderecha que amenaza la sanidad pública. Y, oigan, la estrategia funciona.

Pero, ay, uno echa la mirada al otro lado y ¿qué ve? La nada de Casado, la indecisión de Ciudadanos, el delirio de Vox contra Soros y el “socialcomunismo”. Y los escraches en la casa de Pablo Iglesias e Irene Montero con ese mantra estúpido de “¿qué se siente ahora?”. Y, a medida que pasan los meses y se acepta con resignación la catástrofe económica que está por llegar, unos se tatúan la cara de Fernando Simón mientras otros lo condenan, sin reconocer que este hombre es un empleado que, como todos, deberá rendir cuentas ante sus jefes, es decir, ante nosotros, los de las mascarillas.

* Columna publicada el 02 de Septiembre de 2020 en El Diario Montañés

jueves, diciembre 10, 2020

Rey*


El escritor de columnas, aunque no lo parezca, es un ser humano como los otros, con sus flaquezas, sus filias y su búsqueda de la felicidad. El género de la columna, tan ibérico, ha estado siempre a medio camino entre el análisis riguroso del experto y la divagación más o menos pinturera. David Gistau -fallecido en el mes de febrero de este año- fue uno de los últimos grandes intérpretes de la columna, pero él no la quería lejos del periodismo, sino fiel a la actualidad. Según comentaba, había que evitar el sentarse ante la página en blanco “a ver cómo cito hoy a Schopenhauer”.

España es un lugar propicio para caer en la tentación: el columnista conoce la querencia del país por los temas superficiales y las cuestiones que se resuelven “quedando como Dios”. De ahí que, en plena expansión mundial de un virus misterioso y escurridizo, mientras los contribuyentes se preparan para un futuro de colapso económico, broten temas como los de Juan Carlos de Borbón, anterior jefe del Estado y, hoy, español por el mundo. El escritor de columnas ve asomar el asunto Corinna -la “amiga del rey”- y se activa como un braco al rastro de una perdiz. 

Y es que el espacio es limitado y la columna debe servir para transmitir breves impresiones. ¿Qué decir, a estas alturas, sobre la situación en España? Pues que la monarquía está en un brete; que este “símbolo de unidad y permanencia” decepciona en el peor momento. Y que los otros problemas son los verdaderos problemas: la desordenada vuelta al colegio, como ejemplo de la efectiva destrucción de todos los asideros públicos y privados que hacen nuestra vida soportable.

* Artículo publicado el 19 de Agosto de 2020 en El Diario Montañés

jueves, noviembre 26, 2020

Actos*



Siempre, en algún momento de la vida del creyente adulto, irrumpe la amenazante verdad sobre la naturaleza exacta de la fe: el vínculo con la divinidad no se crea desde el sentimiento o el arrebato místico, sino en el acto de la pura entrega al otro. Si el Eterno así lo dispone, el día de Navidad de este 2020, conmemoraremos el vigésimo quinto aniversario de la muerte de Emmanuel Lévinas, filósofo que escribió sobre el destino del hombre como “guardián de su hermano” y sobre la religión despojada de artefactos esotéricos.

Otra muerte ha venido a despojar al mundo estos días de uno de sus frutos benéficos: en Brasil, falleció el catalán (el español) Pedro Casaldáliga, sacerdote, obispo y poeta. Su biografía describe el itinerario de muchos jóvenes, hijos de familias católicas de gran observancia, que durante la primera posguerra española abarrotaron los seminarios con intenso apetito de misión. Fue el caso también de otros importantes teólogos de la liberación en América Latina, como Ignacio Ellacuría o Jon Sobrino. Todos ellos buscaron a Dios, quizás, en los límites del mundo; en aquellos lugares donde todos los valores se interrumpen o relajan y en los que puede uno acabar santo por la vía rápida.

Sin embargo, los jóvenes que abandonaron Europa para recorrer un camino de Evangelio se encontraron de bruces con el ser humano en su expresión desnuda. De poco valían los tinglados jerárquicos o puramente ornamentales de la religión más ritualista entre los peligros de la muerte y la pobreza. Resultaba impensable limitar la prédica a promesas de una lejana salvación espiritual. Las personas necesitan alimento, higiene, justicia. No sólo de pan vive el hombre, pero pan, que no falte. Casaldáliga y otros tantos empeñaron sus vidas y su esfuerzo en devolver la dignidad a los desposeídos del mundo, enfrentándose, por si fuera poco, a la incomprensión de Roma.

Casaldáliga supo, además, acompañar su obra cristiana, católica, de una pasión literaria que ayuda hoy a comprender al personaje. “No creo en la palabra que adultera./ Yo hago profesión de claridad”, escribía el obispo en ‘El tiempo y la espera’ (Sal Terrae, 1986), como toda una declaración de principios. No es, la suya, una poesía enmarcada en límites académicos o forzada por la pulsión vanguardista. Al contrario, en sus versos, Casaldáliga expresa la plena humanidad de un proyecto religioso. “En la oquedad de nuestro barro breve/ el mar sin nombre de Su luz no cabe”. Y concluye: “Sus manos y Sus pies de tierra llenos,/ rostro de carne y sol del Escondido,/ ¡versión de Dios en pequeñez humana!”.

Esta preferencia personal forja una nueva manera de comprender la utilidad de la fe cuando esta se aplica sobre comunidades que padecen la historia en lugar de hacerla. En ‘Sonetos neobíblicos, precisamente’ (1996) se expresa muy claramente al respecto: “no queremos ser dioses, sino otros./ Queremos ser y hacer hijos y hermanos/ sobre la tierra madre compartida,/ sin lucros y sin deudas en las manos (…) Y en los silencios de la tarde honda/ sentir Tu paso amigo por la fronda/ y el aire de Tu boca en nuestra sien”. Pocas escenas más cargadas de una esperanza escueta, adulta, en la redención del mundo como retorno a la primera experiencia del Edén.

Pedro, Pere, Casaldáliga, obispo emérito de São Fèlix d'Araguia, murió con 92 años, tras una vida de lucha por los derechos de los pueblos indígenas de la Amazonia brasileña. Padeció enfermedades, sufrió amenazas. Se equivocó algunas veces. Nunca pareció ser cínico ni engañarse en la búsqueda de alternativas a su odiado capitalismo: “Ha sido derrotado lo que llamaban el socialismo real que no dejaba de ser una dictadura estatal”.

Con toda seguridad, el Casaldáliga moribundo no se dejó arrastrar por el orgullo de haber conquistado la plenitud de la vida. Quizás, sí por cierta impaciencia, una leve alegría al atravesar el misterio hacia esa otra parte mejor, donde poder ser sin ataduras: “cuanto menos Te encuentro, más Te hallo,/ libres los dos de nombre y de medida”. Descanse en la paz que ha merecido.

* Artículo publicado el 14 de Agosto de 2020 en El Diario Montañés


viernes, octubre 09, 2020

Príncipes fugaces*



Es posible que ocurra en otras disciplinas, pero la literatura parece especialmente predispuesta a alimentar biografías ocultas, acaso dominadas por un misterio indescifrable. No son pocos los escritores que atraviesan su tiempo desde el secreto de una voz que rechazan prostituir en publicidad o en tertulias. En la obra magna y el perfil bajo destacan, claro, Rulfo, Pynchon o Rimbaud. Nuestro Claudio Rodríguez también sabía mucho de cómo la palabra puede volar alto mientras el hombre participa de la cotidianidad sin pretensiones. 

A menudo, al contrario de lo que podrían pensar creadores como Artaud sobre la necesidad de convertir la vida en un poema, la vocación literaria propone un encuentro sencillo entre el autor y la obra; un instante -más o menos duradero- capaz de alumbrar relatos y versos con fondo humano. Resulta complicado no pensar aquí, por ejemplo, en Antoine de Saint-Exupéry, autor de ‘El Principito’, cuya trayectoria parece desdibujarse en una niebla tenaz frente a la popularidad de su novela.

Y eso que Saint-Exupéry tuvo una vida llena de aventuras. Es conocida su faceta de aviador en varios continentes, así como sus viajes de periodista -también a la España de nuestra Guerra Civil- y su exilio en Estados Unidos tras la ocupación alemana de Francia. Es famosa también su muerte, su desaparición, pilotando en un vuelo de reconocimiento sobre las tropas alemanas durante la Segunda Guerra Mundial.

Que el rastro de Saint-Exupéry se perdiera de esta forma a la vez heroica y enigmática, ahonda en el misterio que destila ‘El Principito’; en ese encuentro -¿exterior o interior?- entre el aviador perdido y el niño que desprecia y cuestiona todos los supuestos valores de la civilización. De algún modo, el autor llega más hondo a la hora de relatar sus experiencias, sus accidentes y peripecias, en este cuento íntimo, sólo infantil en apariencia, que penetra en las mentes adultas como un filo inquisidor. Ya saben: “las personas mayores son incapaces de comprender algo por sí solas y es muy fastidioso para los niños darles explicaciones una y otra vez”.

* Artículo publicado el 14 de Agosto de 2020 en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés

lunes, septiembre 21, 2020

Estatuas*

 


Las movilizaciones identitarias y, en teoría, bienintencionadas que proliferan hoy en Occidente nos traen, vez tras vez, nuevas estrategias militantes que parecen extraídas de una imaginación lunática. Al fin y al cabo, la utopía es, precisamente, un eterno posponerse que nunca termina por acontecer; un simulacro, más o menos eficaz (más o menos cruel), de dogmáticos que no admiten contestación. Por eso nos las prometíamos tan felices hasta la llegada de este nuevo compromiso escandalosamente infantil. La utopía es el final del camino; el dominio sin críticos. Una locura.  

La plasmación de las utopías y distopías en la literatura y el cine parten habitualmente de un instante (explícito o a través de la elipsis) de absoluta destrucción; una catástrofe a la que pocos sobreviven con el cuerpo y la mente intactos. La civilización perece por su mala cabeza y todo cae sin que nadie lo pida.

La realidad, sin embargo, es mucho más canalla. A menudo, la destrucción se erige como una etapa necesaria en la búsqueda del paraíso. La revolución alimenta en sus defensores la idea de inminencia: todo va a pasar aquí y ahora y tú, feligrés, tienes una misión que cumplir. Así, apenas cuesta trabajo subirse a una escalera para derribar estatuas. ¿Qué importan la reflexión o la capacidad de las comunidades de elegir en paz sus referentes? La fuerza del cambio es imparable y todos deben asumir la violencia del envite, su desmesura.

¿Todos? No. Unos blanden el martillo y otros observan el formidable espectáculo. Algunos pocos, sin embargo, se muestran respetuosos con las estatuas y atan bufandas de equipos de fútbol en el cuello de piedra de los dioses. Para el caso, es lo mismo.

* Columna publicada el 5 de Agosto de 2020 en El Diario Montañés

jueves, septiembre 10, 2020

Poesía con rostro humano*


Hay una poesía que respira a este lado del paraíso. Hay una poesía que rechaza las ensoñaciones metafísicas, el susurro ocasional de las musas, para atenerse a la realidad del mundo; a su humana contundencia. El poeta, a veces, prefiere desvestir su mirada y compartir con todos la canción que le brota como un talento de misterioso origen. Las palabras pueden volverse entonces música y pasar de un lugar a otro en diferentes voces para ser dichas por gentes que desconocen al autor y que no saben de sus virtudes o miserias, sus dudas o sus amores. Ese confundirse del poema en la voz del pueblo; ese trasladarse del papel a la calle como una herramienta con muchos usos es también poesía.

En sociedades deprimidas por la inacción de sus gobernantes, o directamente victimizadas por escuadrones de asesinos, la función del poeta es distinta, sin duda, a la puramente academicista. América Latina, por ejemplo, ha representado en el siglo XX el arquetipo del territorio infeliz. Dictaduras militares y guerrilleras, narcotráfico y terrorismo, vuelos de la muerte, madres y abuelas exigiendo en las plazas la justicia que a sus vástagos les fue negada. Expolio a manos llenas y corrupción a destajo. ¿Cuál era el lugar, entonces, del poeta? ¿Qué verso podría componer a pocas calles del horror?    

Mario Benedetti cumpliría cien años el próximo 14 de septiembre. Murió hace más de diez. Parece mentira, sin embargo, que su voz se apagase hace tanto tiempo y que su biografía no alcanzara para contemplar esta época última, tan colmada de peligros. La palabra de Benedetti es hoy revivida por lectores nuevos que continúan acudiendo a su obra para encontrar el sentimiento por lo cercano. Porque el amor, quiere decirnos Benedetti, no es una esperanza sino un acto: “… si dios fuera mujer no se instalaría/ lejana en el reino de los cielos/ sino que nos aguardaría en el zaguán del infierno/ con sus brazos no cerrados/ su rosa no de plástico/ y su amor no de ángeles…”.

Amor y política

El amor o la política son fórmulas para ser humanos, y su práctica detecta la sinceridad y el embuste; el bien del mal. Benedetti plantea una separación amarga y maniquea entre “ustedes y nosotros” (título de uno de sus célebres poemas); acaso esa querencia sectaria -de la que echa mano el poeta para estimular en su continente el crecimiento de una sociedad distinta - es lo que más cabe reprocharle. ¡Ay, el dogma que ha nublado la mente y el corazón a tantos escritores!  

En una controversia pública con Mario Vargas Llosa en 1984, este achacaba a Benedetti y a otros intelectuales latinoamericanos de izquierda el haber convertido sus posiciones políticas “en un elemento fundamental del subdesarrollo” con su empeño en evitar cualquier camino distinto al puramente marxista para la liberación de sus países. Vargas Llosa acusa a Benedetti de silencio y complicidad con la dictadura castrista a lo que el uruguayo opone que el autor de ‘La fiesta del Chivo’ se inserta hoy en la trinchera contraria, obsesionado con la idea de que “Carpentier o Neruda resulten más culpables de nuestras miserias que la United Fruit o la Anaconda Copper Mining”.

La interesante trifulca literaria, de altura y elegancia en el tono imposibles hoy de reproducir en nuestro fango político patrio, expuso los límites morales de toda una generación de creadores cuya trayectoria poética estuvo trágicamente ligada al destino de sus países. Muchos muertos, no obstante, para limitar la toma de posiciones públicas a los análisis abstractos. Exiliado y, posteriormente, “desexiliado”, resulta complicado exigir mesura en un territorio donde todo esfuerzo por construir estados democráticos dignos estuvo (y está) condenado a caminar por el cadalso.

Pedazos de mundo

Mientras tanto, supo el poeta recoger los pedazos del mundo que se iba rompiendo para recomponerlos en forma de canciones y poemas. Versos suyos fueron contados y cantados por artistas como Isabel Parra o Daniel Viglietti, que aproximaron el mundo ‘benedettiano’ a los no adeptos a la poesía en papel. Los admiradores de la obra de Mario Benedetti aprovecharon siempre la voz del poeta para construirse un código ético y estético que les permitiera transitar por el siglo con cierta garantía de disfrute y amor propio. La poesía del uruguayo es acogedora y no exige del lector un bagaje previo de referencias académicas.

Benedetti propone una poesía capaz de aunar la lucha por la justicia social con la reivindicación de una felicidad posible. Lejos quedan las renuncias sacrificiales de los revolucionarios que, como Moisés, pretendían morir a las puertas de la tierra prometida sin conseguir pisarla nunca. El amor como refugio individual va más allá del compromiso: “… aspiro a que tu suerte de nuevo me rescate/ del frío y de la sombra…/ del tedio y el combate”. 

Pero es la persona en primer término, en lucha o en lugares privados, nunca una herramienta sin alma que avanza en trincheras o en selvas: “… un sencillo respeto por terceros o cuartos/ ese percance de ser buena gente...”. Para que eso suceda, dice Benedetti, es imprescindible el compromiso por el cambio hacia sociedades más justas, más igualitarias.

Evidentemente, resulta absurdo acudir a la obra de Mario Benedetti para extraer un programa de acción política. Lo suyo es otra cosa; una manera de acompañar al lector en las diversas fases de su vida. Pese a todo lo que puede separarnos de sus ideas y sus querencias -a pesar de la indignación por determinados silencios o juicios- aún puede conservarse hoy el sentido de su obra, que no es otro que el ser humano en camino hacia su dignidad: “cantamos porque el grito no es bastante/ y no es bastante el llanto ni la bronca/ cantamos porque creemos en la gente/ y porque venceremos en la derrota”.

* Artículo publicado el 24 de Julio de 2020 en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés

lunes, agosto 17, 2020

El último asalto*


Mucho le ha durado a Podemos el entusiasmo místico; demasiado. No sé si ustedes lo recordarán, pero los primeros tiempos de la formación estuvieron dirigidos por la urgencia en la toma del mando y la violencia (esta vez, menos mal, sólo retórica) contra críticos y escépticos. El mismísimo Pablo Iglesias reconocía entonces que la única opción de alcanzar el poder para una fuerza política como la suya -de fondo y formas radicales- era mantener la rabia; es decir, el mar de excepcionalidad donde faenan todos los totalitarios. La exclusión del rival político como interlocutor posible era una de las consecuencias inmediatas del experimento. La absoluta polarización del país, otra. De ahí el uso cansino de términos como “casta”, más pasados de moda ya que los pokemon. 

El partido de Iglesias y Errejón fue la herramienta diseñada para emprender una marcha breve hacia La Moncloa; un movimiento rápido con inflamada responsabilidad histórica. Eventualmente, Errejón empezó a pensar que el asalto a los cielos del que habló el líder en 2014 (citando a Marx) no iba a producirse y quiso jugar a la sensatez dentro de la trinchera. Con eso se ganó el piolet.   

Últimamente, Podemos ha ido desinflándose, azuzado por el desgaste común a todo lo malo conocido. Las cuentas, sin embargo, han permitido a Iglesias introducirse en el Gobierno de Sánchez como jefe de un tinglado que ya es casi sólo él. Los resultados en Galicia y el País Vasco, lejos de representar un alivio para sus adversarios, constituyen un peligro mayor: el dilema de Pablo Iglesias es el poder o la irrelevancia. La sangría electoral sólo puede combatirse con Twitter y promesas de revolución. Y, cuidado, que ahora manda.

* Columna publicada el 22 de Julio de 2020 en El Diario Montañés

martes, agosto 11, 2020

Barcelona sin relato*


La ciudad vive en el escritor como la palabra o la imagen. La voz y la intención son su motor y constituyen la fuerza del artista, su importancia para explicar un tiempo y un país. Barcelona y Juan Marsé compartieron hace muchos años una misma vocación de época; la voluntad de recoger la verdad de las cosas que brotaron durante la etapa final del franquismo; las geografías y personalidades vivas, sin la uniformidad que imponen siempre los que mandan.

Juan Marsé supo formular literariamente las figuras de la Barcelona charnega en constante roce con una burguesía dirigente que nunca dejó de serlo. Fueron Teresa y el ‘Pijoaparte’ o aquel amante bilingüe que quiso escalar el muro de clase a pesar del desprecio de quienes manejan la riqueza en los tiempos de necesidad. Pero todo ello fue también Marsé, en su propia biografía mestiza. Fue el novelista quien anduvo las calles del Carmelo para fijarlas luego en una obra de altura.

La Barcelona de Marsé parece especialmente lejana porque es fruto del tacto libre del creador comprometido con su entorno. La política de partido ha sustituido hoy a los grandes cronistas por ideólogos empeñados en siniestras recetas étnicas renunciando a la amplitud de cualquier comunidad plural y fértil.

Despedirse hoy de Juan Marsé es hacerlo una vez más de los miembros de aquella escuela barcelonesa, catalana, que tanto hizo por acompañar a los lectores de toda España en la senda de la civilización. Cabe evocar de nuevo su amistad con Jaime Gil de Biedma o Carlos Barral, con aquella parte libre y mediterránea de un país que se desperezaba hacia la modernidad. Quedan sus libros, como mosaico de aquello que en la novela es superior a cualquier noticia o a cualquier análisis: la realidad que sólo puede asirse desde el relato.

* Artículo publicado el 21 de Julio de 2020 en El Diario Montañés

martes, julio 21, 2020

Gondor*



La política en libertad exige una atención cotidiana en estrecha relación con los medios. Esto es la democracia: el poder y sus quehaceres no pueden abandonarse a la gestión más o menos discreta de las cosas de todos. Los representantes públicos segregan noticias y comentarios que ocupan las sobremesas y las noches de los contribuyentes, a quienes, poco a poco, les ha ido apeteciendo el espectáculo. Pan y ‘Al rojo vivo’.

Los últimos meses de confinamiento y monotema han sido, además de amenazantes para la salud, insoportables para las mentes contemporáneas, que piden dramas a estrenar y no la congelación del mundo en un punto. El despertar del personal en la “nueva normalidad” trae, por ese motivo, alegría a los lectores y recicla debates clásicos.

Tras la lucha por la supervivencia y la preocupación por el impacto del estado de alarma sobre la economía del país, el alivio nos conduce por la senda de los temas de siempre. Dos lectores de este diario nos han alertado recientemente sobre algo mucho peor que un pangolín de Wuhan o las marmotas de Bayan-Ulgii: la desaparición, en silencio, de la clase santanderina, devorada por la publicidad de sus terrazas.

Resulta tranquilizador contemplar cómo, en los tiempos del avance del totalitarismo y la precariedad crónica que condena a los jóvenes de Cantabria a un futuro de paro o huida, hay quien se abre un hueco para denunciar lo que nadie se atreve: el fin de nuestro hecho diferencial, es decir, la confusión en la nueva simpatía turística. Los lectores no han errado al dolerse por ello. ¿Cómo va a ser Santander otra cosa que un Gondor de balneario, suspirando por el retorno del rey?

* Columna publicada el 8 de Julio de 2020 en El Diario Montañés

lunes, julio 20, 2020

Salud*



Ahora que proseguimos por fin la vida a la intemperie, en esta normalidad de diseño político, caemos en la cuenta de que, durante el confinamiento, las cosas siguieron pasando; que, contra todo pronóstico, nada se detuvo a pesar del peligro invisible y los llamamientos a reconstruir el mundo desde la raíz. También en la paralización general se reproducen las malas noticias; los incidentes y el luto mantienen vivo el tiempo concedido.

Mientras los fallecimientos por el coronavirus se relegan a una intimidad de gráficas y cifras con funerales pospuestos, los famosos mueren por causas publicables; de aquellos males que se enfocan como preludios de “positividad”.  Ha sido la ceremonia del adiós para Michael Robinson, Pau Donés o Aless Lequio, víctimas del cáncer, lo que antes se llamó “larga enfermedad” y sobre el que los medios dibujan hoy el símil de batallas y guerreros, suculentos “ejemplos de vida” y campañas heroicas quimio mediante.

Tras la supuesta novedad de quien prefiere situar el cáncer frente a las cámaras y no oculto bajo siete llaves, está la frivolización del morbo y la exhibición de los comentaristas. La conversación que se genera en las redes por el optimismo de quien no quiso desfallecer frente al mal pronóstico choca con la realidad de tantos pacientes -sin fama y sin dinero- que al miedo por la dolencia suman la incertidumbre por el futuro de sus hijos, quizás prematuramente huérfanos en este mundo implacable.

Pero, destruida la cultura como medio de transmisión del saber, se nos quiere enseñar todo de nuevo; a amar y a vivir según las normas del mando único. También a morir, por supuesto, con una etiqueta en Twitter y una tabla de surf.

* Columna publicada el 24 de Junio de 2020 en El Diario Montañés

viernes, julio 03, 2020

La dimisión*



Parece mentira que, a estas alturas del drama, los partidos y los medios se animen a jugar la imposible carta de la dimisión. No deja de tener su gracia en pleno proceso de derrumbe de las instituciones; hay cierto encanto en el contemporáneo retorno a los escrúpulos y a la moral. Desde luego, solicitar la dimisión del adversario es hoy un ejercicio de arqueología, ajeno a un tiempo donde el personal malvive sin más ataduras que las de la cotidianidad.

Cuando escuchamos las palabras del representante público que pide la dimisión de un alto cargo, nos vuelven de inmediato al paladar los sabores añejos; aquellos relatos de quien prefirió irse para no comprometer sus principios. La dimisión, en España, tiene para siempre el sello de Nicolás Salmerón, quien siendo presidente, se negó en 1873 a firmar sentencias de muerte. Otro tipo humano.

Esta iniciativa higiénica significa comprender la Administración como instrumento -a la vez poderoso y vulnerable- de la libertad. Las personas pasan, la moqueta permanece. Este, y no otro, es el sentido del tinglado. En la actualidad, sin embargo, se reclama la dimisión como quien coloca trampas en un bosque. Los que la exigen parten de la idea de que nada va a cambiar. Curiosamente, la contradicción entre la realidad del partidismo y el ideal participativo embarra el paisaje con grescas que sitúan la democracia al borde del abismo.

Decididos ya a superar la etapa de la representación en beneficio de un nuevo sistema de control absoluto y digital de los contribuyentes, los estados arrastran querencias del pasado y modales de otros siglos que no tienen nada que ver con este juego en el que los fanáticos van ganando.

* Columna publicada el 10 de Junio de 2020 en El Diario Montañés

domingo, junio 07, 2020

Las ocho*



Durante esta etapa triste de confinamiento y política, he llegado a temer la llegada de las ocho de la tarde; las ocho “en sombra” de la tarde, que podría haber escrito Lorca. No pretendo exagerar mi estado de ánimo durante esos minutos previos de balcones saturados como toriles, pero tiemblo, me alejo de las ventanas y aguardo la embestida de las masas, hoy integradas por sujetos de todos los partidos, cada uno a lo suyo, cada cual con su bandera.

Lo teníamos más claro antes: eran los aplausos en la época temprana del encierro, cuando todo estaba por hacer y las calles permanecían dóciles. Admirábamos entonces el trabajo de los sanitarios -en primera línea ante el peligro y sin medios frente al mal- y la solidaridad de los voluntarios. Pero nada de esto ha sobrevivido a los dos meses de ruedas de prensa, encanallamiento parlamentario y erosión de la paciencia del personal por parte de quienes pretenden sembrar conflictos en el fango de la enfermedad y de la muerte.

Como cabría esperar tratándose de España, las protestas nunca brotan de la espontaneidad de una sociedad civil orgullosa de serlo, intelectualmente activa y comprometida con su intervención en los asuntos públicos. Al contrario, los partidos representan (de nuevo irresponsablemente) el papel de directores espirituales en retorcidas trifulcas de favela. Son las ocho y, luego, llegan las nueve con más emoción si cabe. Ya sea Hernán Cortés o Pamplona, la acción contra el Gobierno o a favor de los presos de ETA, la militancia entendida como la obediencia del feligrés convierte la política en un espectáculo penoso al que el resto de la población asiste cada vez con mayor asco y desesperanza.

* Columna publicada el 27 de Mayo de 2020 en El Diario Montañés

martes, mayo 19, 2020

Vulnerables*



No se engañen, esto no es ninguna novedad. Lo que ustedes experimentan -la fragilidad en todas las cosas, la incapacidad del presente para alumbrar un futuro apetecible- no es fruto del coronavirus. Llevamos ya mucho tiempo de esta guisa: unos, empeñados en sostener el sistema; otros, comprometidos con la revolución. La mayoría, ay, padeciendo estos años en los que se promete la Parusía a cada momento.

La historia ha dejado de tener empaque; todo se ha vuelto complejo y difuso, con la asunción de la precariedad y la total ausencia de asideros materiales y, faltaría más, espirituales. Definitivamente volados los elementos comunitarios, la querencia grupal se alivia únicamente con espectáculos y manifestaciones a favor de esto y en contra de aquello. Poca cosa para una especie, la humana, que siempre rezó y murió en compañía.

La Covid-19 no ha ayudado precisamente a quitarnos de encima una angustia sin parangón desde la Segunda Guerra Mundial. No estábamos acostumbrados a las muertes masivas, ni al tono agorero en los políticos y los medios. Hemos atravesado muchas temporadas de crispación parlamentaria y crisis económicas de muy diverso tipo (apenas habíamos descansado de la última cuando nos llegó el confinamiento), mientras la atención a los afanes del día nos impedía atender a la erosión de la libertad y la democracia.

Nuestros semejantes han ido perdiendo poco a poco la autocomplacencia de vivir en el mejor de los mundos posibles y la fe en los grandes discursos. Prolifera hoy una mezcla siniestra de cinismo y urgente espíritu reformista que alimenta los comportamientos más dogmáticos. Al mismo tiempo, desaparece la crítica entre tanta información dispar e interesada. Llegó el aburrimiento.

Por ese motivo, la primera etapa de euforia solidaria ha durado tan poco. A medida que la movilización se tornaba gestión burocrática, comenzaron las suspicacias, el malestar del encierro y los linchamientos de balcón. Y es que resulta imposible convencer al ciudadano de que hoy existe un bien mayor que justifique la renuncia. Porque ese bien mayor, dicen los partidos y los tertulianos, es la política; la sobreabundancia de portavoces proclamando las virtudes del mando. Y, claro, ahí no hay gracia ni hay duende.

Somos vulnerables, quizás más que en ningún otro siglo, porque nuestra vulnerabilidad brota de la pérdida del propósito. ¿Qué plan humano resiste a un mundo digital ocupado en combatir la pandemia? ¿Qué pueden significar la literatura, el arte o la música cuando hoy todas estas actividades militan o se venden? Quedamos, en resumen, como carne que alimentar; como cifras del paro, como enfermos sin respirador. No se preocupen por tener miedo, no se alarmen tampoco al comprobar que eso ya no importa.

* Columna publicada el 14 de Mayo de 2020 en El Diario Montañés

miércoles, mayo 06, 2020

Velo de las naciones*



En su famosa ‘Biblia del peregrino’, el jesuita Luis Alonso Schökel, importante estudioso y traductor de los textos sagrados, describe a Isaías como “el gran poeta clásico”. Para el lector agudo, esta coincidencia vocacional no puede resultar extraña: el poeta y el profeta coinciden en el uso audaz del lenguaje; en la exploración de sus límites. Que sea Dios o la nada lo que aguarde al otro lado, en realidad, poco importa.

Schökel destaca el desapasionamiento de Isaías -“apenas asoma la emoción en sus poemas”-, su rigor y concisión. Es la palabra justa la que confiere autoridad al verso, no la floritura o el adorno. Fijémonos en el capítulo 25, según la traducción del propio Schökel: “Arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones; y aniquilará la muerte para siempre. El Señor enjuagará las lágrimas de todos los rostros…”. No hay exégesis posible, dogma o teología; únicamente, esperanza.

¿En qué consiste este velo del que habla Isaías? Evidentemente, la promesa parte de la concepción incompleta del ser humano. Su caducidad biológica, el miedo al otro, el esfuerzo inútil. Todo ello se entromete como un velo que, asegura el profeta, puede ser arrancado. La confianza, en definitiva, en una humanidad dispuesta a superar las injusticias en plenitud y verdad.

En nuestro mundo, sin embargo, este velo parece tejido con un arte sofisticado que apenas deja espacio para que lo atraviese la luz. La confusión espolea al malvado. Las palabras del político y el propagandista, las noticias que no lo son, los ataques para evitar la autocrítica. Y gente aplaudiendo en los balcones mientras el poder engorda y se expande.

* Columna publicada el 29 de Abril de 2020 en El Diario Montañés

lunes, abril 27, 2020

Guerra*



Como dicen que libramos una batalla contra el enemigo invisible y que los sanitarios son nuestra heroica y precaria milicia, resulta perfectamente natural que en este panorama de constante hipérbole proliferen las citas de Churchill, incluso las apócrifas y atribuidas, que son las más jugosas.

Hay una que nos viene especialmente al pelo. Se la escuché hace muchos años al escritor argentino Marcelo Birmajer y he tratado de confirmar sin éxito su veracidad, pero poco importa. Cuenta Birmajer que, en plena Segunda Guerra Mundial, bajo la amenaza de los bombardeos alemanes, los asesores del premier británico le aconsejaron el cierre de los cines y los teatros de Londres. La respuesta, mágica (y quizás irresponsable), es Churchill en estado de gran pureza: “si cerramos los cines y los teatros, ¿para qué estamos peleando?”.

Más allá de inevitables paralelismos con nuestro confinamiento, queda la pregunta: ¿para qué peleamos? Es decir, ¿para qué sobrevivir? O, en definitiva, ¿qué pretendemos proteger? ¿Nuestras vidas en su concreción biológica? ¿Acaso la economía, Netflix y el ‘afterwork’?

Parece poca cosa en comparación con lo que perdemos. Hay otro territorio bajo el entusiasmo de las canciones y los vídeos en las redes; más allá de los balcones a las ocho de la tarde. El 42% de las muertes por coronavirus en España se han producido en residencias de ancianos. La enfermedad barre la memoria del mundo en la época menos interesada en defenderla. Tratamientos que se han negado por las edades avanzadas, soldados que penetran en las residencias como en gigantescas tumbas. Tantos seres humanos que alcanzaron la edad patriarcal tras haber superado el monstruoso siglo XX para morir y ser enterrados en soledad. ¿Para qué estamos peleando?

* Columna publicada el 15 de Abril de 2020 en El Diario Montañés

lunes, abril 13, 2020

Volver*



Cuando todo esto termine y la calle sea otra vez un espacio abierto, habrá que ir pensando en la reconstrucción de la vida con los demás. Será un momento definitivo para la humanidad toda. Sospecho que los supervivientes del virus se encontrarán, de pronto, con una responsabilidad inédita: arreglar el mundo, participar de las cosas desde su origen. Si este cáliz se apartase un día de nosotros, si el planeta volviera a girar con la gracia del buen anfitrión, deberíamos detenernos un instante, mirar a nuestro alrededor, buscar, quizás, razones nuevas. Porque, entonces, la historia se fijará en un punto.

Ya no importan la matraca partidista de las falsas emergencias ni las discusiones coyunturales de las ideologías más pedestres. Esto quedará, no les quepa duda, como han quedado otros episodios a lo largo de siglos: las pestes, las conquistas, los genocidios. Europa, todos los países, se enfrentan a un desafío que no puede ser medido con los instrumentos de siempre, sino con la destreza, ay, del forense.

Ninguna etiqueta de red social ni viejas canciones recuperadas desde los balcones de España; no hay convocatoria lúdica que calme el dolor de los enfermos en la soledad de la pandemia. El dique mediático proporciona, de nuevo, cifras y coordenadas, directos en las puertas de los hospitales con información a su vez facilitada por los altos mandos, mientras los muertos se acumulan como en una batalla sin imágenes.

Tras aquellos primeros días de entusiasmo por la movilización del personal, ha llegado el tiempo del cansancio y de las horas eternas en la humedad de la trinchera; de insultos a quienes se atreven a pisar las calles, tengan o no derecho a hacerlo. Hemos visto también a vecinos que apedrean los vehículos de ancianos contagiados o que atacan a individuos que, simplemente, van a jugarse la salud en sus puestos de trabajo. ¿Las crisis sacan lo mejor de nosotros o acaso nos adiestran para el estado salvaje? Depende.

Eso sí, cuando la ola nos pase por encima y emerjamos triunfantes -si llegase a pasar-, no podremos sentarnos en las terrazas como si tal cosa, sacar a los perros a correr por las playas, competir en la oficina por un puñado de euros. No tenemos derecho a obviar el sacrificio de aquellos que se enfrentaron al monstruo y recibieron sus cornadas cuando más oscuro estaba el laberinto. Sanitarios, militares, camioneros, trabajadores de las tiendas de alimentación, servicios de limpieza. Todos levantándose un día y otro, semanas enteras, quizás meses, para ocupar sus posiciones; para combatir el caos que se desata en una sociedad contaminada. ¡Y sin un dios que lo demande! ¡Sin promesa de salvación!

* Columna publicada el 1 de Abril de 2020 en El Diario Montañés

miércoles, marzo 25, 2020

Escalofríos*



Quién iba a pensar, hace tan sólo un par de meses, que la historia pudiese dar de pronto un giro tan acusado, tan terrible, para devolvernos a los tiempos del miedo y del uniforme. Las cosas, desde luego, no han cambiado de la noche a la mañana. La despreocupación y la distancia terminaron mucho antes.

El mundo parece recorrer hoy un camino seguro hacia la autoridad, superando por fin esa angustia de siglos por la pérdida de la fe. Una vez despojado de los templos y las vacilantes tentativas ciudadanas, el personal vaga en formación de grey por los caminos que traza la actualidad. Han sido tan numerosas las advertencias mediáticas y oficiales sobre el cambio climático o el feminismo urgente (o sobre los desahucios y la pobreza energética) que ahora resulta fácil adaptarse a un protocolo de movilización total.

La orden ya no es coger las armas y lanzarse a la trinchera, sino permanecer en casa y lavarse las manos. Un comportamiento, en definitiva, poco exigente. Curiosamente, el Covid-19 irrumpe en una época receptiva para soluciones que despierten en el contribuyente la ilusión del colectivo.

No olviden, sin embargo, que la conversión del planeta en una aldea global se traduce en la pérdida definitiva de la libertad política como fundamento del tinglado. No deja de ser irónico que este coronavirus nos llegara de China cuando, precisamente, hacia China vamos. ¿Quién podría ni siquiera toserle (nunca mejor dicho) a Xi Jinping? En fin, no pasa nada. Sus votos, señor, señora, ya no importan. Relájense en su agravado anonimato. Disfruten del mando nuevo del experto y del dato, aunque se contradigan, no me sean ustedes cafres. Y no salgan. Mucha suerte.

* Columna publicada el 18 de Marzo de 2020 en El Diario Montañés

jueves, marzo 19, 2020

Delibes y los nombres*



El centenario de Miguel Delibes, como las muertes de José Jiménez Lozano y de Ernesto Cardenal, nos alcanza en un tiempo nada propicio para las conversaciones del espíritu. Delibes cumpliría cien años en plena globalización de economías y costumbres; en un presente señalado por la extrema dependencia planetaria y por un virus vengador. No sé qué pensaría el escritor de todo este jaleo tan ajeno a su cotidianidad.

Delibes nació hace un siglo pero murió en 2010. Ya se habían instalado entonces los cimientos de este tinglado de propaganda y dólares cuya voluntad única pasa por reprogramar la humanidad en un sentido, a la vez, emprendedor y militante. Delibes, por el contrario, era la palabra que brota de la tierra compartida, del trabajo y su humildad. Y también de una preocupación por sus gentes.

Suya es, por ejemplo, la experiencia de Daniel, el Mochuelo, protagonista de ‘El camino’, novela paradigmática en la ruptura del hombre con su entorno. En esta obra temprana, el castellano de los personajes se pronuncia como antídoto contra el olvido que impone la vida urbana. Los nombres de las cosas, de los animales y de las plantas quieren permanecer en el mundo, piensa Daniel/Delibes, y reclaman su uso para no perecer en la uniformidad. Decir el nombre de las cosas, no limitar el lenguaje a lo artificial; integrarse en la naturaleza sin avidez. Esa es la receta de Delibes: la virtud de quien prefiere conservar la palabra exacta frente a tantas realidades desiguales que se dicen hoy de la misma forma.

¿Cumpliría hoy el escritor con las exigencias que la sociedad impone a cualquier personaje público? No parece. Miguel Delibes fue un católico sin exageraciones, contrario, eso sí, al aborto; amante de la naturaleza pero también, ay, cazador. Nada de pose ‘malasañera’, ni vida desordenada. Su compromiso fue con los más desfavorecidos desde la compasión, nunca desde el dogma. ¿Podría ser esto asumido por ‘las redes’ que buscan siempre ese descafeinado añadido rebelde para que un autor quepa en el molde?

A Delibes le importa la tierra castellana, que no ha sabido proporcionar a sus habitantes un hogar amable (‘Las ratas’), pero sí una impronta poderosa, definitiva. Hay nostalgia del paisaje áspero. Pero la tierra no es el simple escenario; también forja el carácter del personal.

Hay en Delibes, en su obra y en su biografía, algo que se retiene a este lado de la felicidad. Frente a las promesas del progreso permanente, el nuevo consenso social no penetra la vida en la dimensión más íntima que propone el vallisoletano. Esa fidelidad hacia lo que la cursilería reinante ha bautizado como “los de abajo” no se proyecta en una abstracción más o menos próxima a la realidad, sino en la composición de historias hondas y bellas.

La ficción hoy está proscrita y el consumidor prefiere la proliferación de datos, vídeos y réplicas; breves textos con los que colmar las redes sociales de munición partidista. Habiendo tertulias y tuiteros, los relatos se relegan como lujos innecesarios, inútiles para el arreglo del mundo. ¿Pero qué puede ofrecer la literatura en los tiempos de la conexión? Quizás, irónicamente, un encuentro mucho más cercano con aquello que importa. Lo que se cuenta en la distancia corta, el disparo del señorito al ave de Azarías y su posterior ahorcamiento en ‘Los santos inocentes’, dice más de la vida en su manifestación brutal que docenas de informativos tratando a diario el tema de la “España vaciada”.

Tolerancia
Como Jiménez Lozano, la religiosidad de Delibes estuvo muy alejada de la dogmática cerril. Su última obra, ‘El hereje’, tiende la mano al distinto, lo reivindica frente al poderoso. El suyo es un cristianismo entendido como pleno humanismo. En referencia a Jiménez Lozano, el poeta Jon Juaristi decía compartir su “escueta concepción pascaliana de Dios y de la fe”. Lo mismo podría atribuirse a Delibes. Dios, como cualquier otro concepto, cualquier otra idea -y más si hablamos de la divinidad bíblica- surge de lo pequeño y abandonado; de la tristeza y la derrota. El boato del ceremonial languidece frente al rostro que sufre.

Así, no tuvo reparos en compartir también Delibes su dolor por la pérdida. En concreto, la de su esposa, muy joven, Ángeles de Castro, a quien homenajearía en ‘Señora de rojo sobre fondo gris’. Ese no querer recuperar del todo el ánimo; el atarse al sufrimiento más inconsolable en la época del optimismo lo sitúa en ese espacio de sabia privacidad de quien no se deja arrastrar por la moda. Como el viejo Cayo que relató Delibes, al que su época quiso convencer sin conseguirlo.

* Artículo publicado el 16 de Marzo de 2020 en El Diario Montañés