viernes, noviembre 20, 2015

El mal*



La tristeza no se parece al miedo. Una persona triste conserva su orgullo intacto, quizás inflamado por la injusticia. Quien siente miedo, sin embargo, ya está perdido, y sólo piensa en salvar los restos del naufragio o en salvarse a sí mismo mientras vuela la metralla. La tristeza, a menudo, hace avanzar, pero el miedo quiebra la unidad y desboca las carreras. El terrorismo ataca siempre dos veces; primero, destruye la carne y desparrama las vísceras. Después, espera el resultado, es decir, el comentario que brota del miedo. Frente a otros tipos de violencia, cuyos análisis habitualmente se centran en su ejecución, el terrorismo se aprovecha del arsenal retórico que pretende explicar el acontecimiento, empequeñecerlo, para que quepa en nuestras mentes europeas ya atiborradas de partidismo.

El pasado viernes, el mundo se fue a dormir dejando más de un centenar de cadáveres sobre las aceras de París. Los yihadistas se repartieron el mapa de la capital francesa para hacer el máximo daño posible. El destinatario de cualquier atentado es el espectador; a él se dirigen los criminales, aunque el hecho en sí queda fuera del mensaje. El dato que recibe el ciudadano es una cifra, la imagen de un barrio tomado por la policía y el ejército, las informaciones que van completando la noticia hasta hacerla digerible. La muerte no puede verse. La muerte es lo que sucede al otro lado del cordón policial, lo que ya ha sucedido. El periodismo es un discurso que se pronuncia siempre después, siempre tarde. No puede ser de otro modo.

Se habla, en definitiva, de un número. El comentario neutraliza la indignación y propaga el miedo, también el cinismo, pero nunca la tristeza, que es lo importante. Como un cocinero más de la receta geoestratégica -¡cómo les gusta a algunos esta palabra!-, el hablador pide calma y advierte contra el deseo de venganza. O se viste de clérigo y recuerda la coyuntura y los pecados de Occidente, es decir, de las víctimas. Y todo por no asumir la verdad: que lo de París (y lo de tantos otros lugares del planeta) es, fundamentalmente, una decisión, un gatillo que se aprieta, una bomba que se activa contra otro ser humano. Una persona que mira a los ojos de otra y escoge eliminarla.


La política internacional, la crisis de identidad de los jóvenes musulmanes europeos (como recordaba Fernando Reinares en un artículo reciente) o la guerra en Siria pueden, por supuesto, ayudarnos a comprender la naturaleza de este fenómeno, pero nunca desviarnos de la interpretación más ajustada: a saber, que el yihadismo es enemigo de todo lo que en la humanidad hay de bueno, libre y decente; de la vida, desde luego, pero también, y sobre todo, de la libertad, ese tesoro hoy despreciado que puede desvanecerse si no se cuida. Que en la mente del asesino cualquier explicación es excusa. Es el mal absoluto.     

* Columna publicada el 19 de noviembre de 2015 en El Diario Montañés.
Foto: Reuters

viernes, noviembre 06, 2015

Veneno*



No hay unanimidad en el placer, pero eso no se dice. Es un secreto, algo que permanece oculto en el espíritu humano entre la cotidianidad del rebaño y el tanatorio. De cara a la galería, sin embargo, el poder se entretiene con el espejismo de la responsabilidad, echando mano de la ciencia y sus conclusiones; en definitiva, de la culpa. El placer es íntimo y diverso, apenas un ejercicio de autonomía en la era del escaparate virtual. Hablamos de la gestión del veneno, que no es fácil, eso nadie lo discute. Saber ajustar la dosis, que diría Escohotado, ¡qué gran desafío!

Cada uno se envenena con lo que tiene más cerca; a veces, no se trata de una opción, sino de la vida que moldea las obsesiones hasta confundirlas con la personalidad. Esto no tiene que ser algo necesariamente malo. A Luis Cernuda, por ejemplo, pensar en España desde el exilio mexicano envenenaba sus sueños. El placer del recuerdo y la mortificación de la pérdida. Resulta difícil escapar de esa lógica a la vez reconfortante y autodestructiva que, no obstante, uno no puede arrancarse sin más. Quizás, ni siquiera lo desea.

La administración del peligro pertenece al ámbito de la libertad, esa palabra escurridiza que ya nadie pronuncia. La efervescencia de “lo público” y la exigencia de un mando que delimite las fronteras del mal invaden el presente, reduciendo la elección a simple inconsciencia. La Organización Mundial de la Salud ha emitido su encíclica sobre la carne procesada y ya se alzan las voces comprometidas que reclaman acción al brazo secular. ¿Cómo es posible, se preguntan, que un vecino cualquiera pueda acercarse al supermercado para comprar jamón ibérico? ¿Quién va a proteger al personal de sí mismo? ¿A qué espera el Gobierno? Ay, Mariano, lo que te faltaba...


El pecado, nos dicen, es siempre individual; la flaqueza del sujeto, que -incapaz de imponerse sobre los dictados de la pasión-, va siempre demasiado lejos para saciar sus apetitos. Al veneno que afecta a muchos no lo llaman pecado, ni siquiera error. La intoxicación colectiva tiene otro nombre mucho más vulgar: política.   

* Columna publicada el 5 de noviembre de 2015 en El Diario Montañés.