sábado, mayo 26, 2018

Las palabras de Pierre Victor*



Lo más interesante de Mayo del 68 ha sido siempre su resaca; la posibilidad de evocar los años fértiles, el descaro juvenil envuelto en una derrota conveniente. Y es que nada decepciona tanto al personal como una revolución lograda, convertida en gestión miserable o en causa de exilios. La aventura francesa, por el contrario, fue capaz de deshincharse a tiempo, tras apenas un mes de barricadas adolescentes. La potencia de su relato, eso sí, convirtió a Charles De Gaulle -héroe de la Segunda Guerra Mundial- en una reliquia ajena al empuje de la juventud enfebrecida. En 1968, el general ganó las elecciones, pero perdió la historia.

A partir de entonces, la memoria se mantuvo en un estado de permanente alerta, como un pozo abierto del que extraer agua y fantasmas según sople el viento. El propio Daniel Cohn-Bendit, expulsado de Francia por su participación en la revuelta, asumía alegremente en ‘El gran bazar’ (Dopesa) el papel de “vedete” entusiasta en un mundo ordenado por los medios de comunicación.

La descripción de los días de fiesta expone para siempre a sus protagonistas en un escaparate que es, a la vez, celebración y crítica. Las preguntas se suceden: “¿qué queda del espíritu del 68?” “¿Por qué fracasó?” “¿Volverán los buenos tiempos?”. Los antiguos líderes se apresuran, hoy, a colocarse en el lado lúcido del cuento, compartiendo madurez sin renunciar al vínculo sentimental.

En 1985, Cohn-Bendit -reconvertido en militante de Los Verdes- entrevistó a los principales artífices del movimiento contestatario. A los cuarenta años, quería reencontrarse con sus camaradas, saber cómo les había caído encima la edad y de qué forma se acomodaban a la administración Reagan. El texto final, publicado en español con el título ‘La revolución y nosotros, que la quisimos tanto’ (Anagrama), recorre todas las posibilidades biográficas: desde la utopía recalcitrante de Abbie Hoffman o Jean-Pierre Duteuil hasta la metamorfosis ‘yuppie’ de Jerry Rubin o Rob Stolk, atravesando la tragedia personal de aquellos militantes que se hundieron en el abismo terrorista (estremecedoras la confesiones del arrepentido Hans-Joachim Klein, aislado en la clandestinidad, y de Valerio Morucci y Adriana Farranda, encarcelados en Italia por los crímenes de las Brigadas Rojas).

Durante su lectura, da la impresión de que Cohn-Bendit trata de forzar a sus interlocutores a la asunción de la práctica democrática en contra de sus fracasadas veleidades radicales. El drama de tantas vidas desperdiciadas por el ideal obligaba a repensar los fundamentos de la insurrección. Algunos lo hicieron, otros prefirieron el aislamiento, la insistencia o el suicidio.

‘Dani el Rojo’ revisita el campo de batalla en busca de supervivientes y herramientas aprovechables, pero su mirada continúa siendo política. Por ese motivo, quizás, su trayectoria nunca ha dejado de ser vista como una claudicación ante el avance sostenido del capital.

Muy diferente, sin embargo, es el itinerario de otro de los líderes de la época: Pierre Victor, ideólogo de ‘La Gauche Prolétarienne’, grupo maoísta que tuvo su momento de efervescencia en los primeros setenta. Discípulo de Louis Althusser, tras el fin de su periplo político se convirtió en el secretario personal de Jean-Paul Sartre, quien había sido un devoto compañero de viaje del maoísmo francés.

Justicia popular
Resulta interesante medir el cambio producido en la generación del 68 a través de la publicación de las entrevistas en las que Pierre Victor intercambia pareceres con relevantes intelectuales de la época. En 1972, mantiene un debate con Michel Foucault sobre la ‘Justicia Popular’. De la conversación, publicada en el volumen ‘Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones’ (Alianza Editorial), pueden extraerse sentencias contundentes y reveladoras. Victor, profesional de la ruptura, la acepta como fenómeno histórico que justifica periodos de violencia legítima. Con la Revolución Cultural china como perturbador telón de fondo, se atreve a afirmar: “las ejecuciones del enemigo del pueblo se suceden, y estamos de acuerdo en decir que son actos de justicia popular”. De esa premisa nace toda una reflexión sobre los límites de la ley y el papel de la vanguardia proletaria que vela por la correcta aplicación de las venganzas. Se trataría, dice, de evitar que el supuesto interés socialista oculte motivaciones meramente personales.

El elemento sacrificial se asume de entrada, así como la existencia de un ámbito moral que no se corresponde con “lo burgués”. La muerte del adversario, piensa, es perfectamente aceptable en un contexto de gran transformación, pero Victor apuesta por la racionalización de la violencia, por su dosificación a través del concurso de los jefes: “en resumen, estaría contra los tribunales populares si no pensara que, para hacer la revolución es necesario un partido y, para que la revolución continúe, un aparato de Estado revolucionario”.



Así, la violencia reactiva contra la ‘dominación capitalista’ deja de ser espontánea (si es que alguna vez lo fue) para transformarse en estrategia. “Es verosímil pensar que no se liquidará a todos los empresarios, especialmente en un país como Francia en el que hay muchas pequeñas y medianas empresas, sería demasiada gente”. El asesinato político pasa a convertirse en razón de Estado desde el momento en el que el partido toma el control.  
Matar, en fin, como una fórmula adecuada para la toma del poder. Pierre Victor teme el descontrol, no la injusticia: “Engels decía que la primera forma de revuelta del proletariado contra la gran industria es la criminalidad, es decir, los obreros que mataban a los patrones”. Foucault no se deja arrebatar por la intensa proclama de su interlocutor y pasa al ataque: “Tú dices: es bajo el control del proletariado cómo la plebe entrará en el combate revolucionario. Estoy completamente de acuerdo. Pero cuando dices: Es bajo el control de la ‘ideología del proletariado’, quisiera saber qué es lo que entiendes por ideología del proletariado”. La respuesta es categórica y desesperante: “El pensamiento de Mao Tsé-tung”.

De Mao a Moisés
Antes de continuar, conviene detenerse un instante en los orígenes de Victor, vincularlos a su militancia posterior. Como una primera muestra del trasiego, cabe señalar que su verdadero nombre era Benny Lévy. Nacido en 1945 en El Cairo, pertenecía a una familia judía que, como consecuencia de la ola antisemita tras la crisis del Canal de Suez, tuvo que abandonar Egipto e instalarse en Francia. Educado en la prestigiosa École Normale Supérieure de París, su impacto en la política gala se produjo después de los acontecimientos de Mayo, en ese breve periodo en el que el maoísmo sedujo a los intelectuales y llevó a Sartre demasiado lejos.

Este maoísmo europeo que hoy nos parece de juzgado de guardia murió antes que Mao. Victor, que aceptó el cambio de nombre como prevención, recuperó sus querencias judías a través del descubrimiento de la obra de Emmanuel Lévinas. Por su influencia, reivindicó el ámbito moral, anulado siempre por las razones de partido, y aceptó la posibilidad de un encuentro con el Otro -más allá de coyunturas o cálculos sectarios- en el que no primase el derramamiento de sangre.

Poco a poco, Victor volvió a ser Lévy, iniciando un camino que lo conduciría -como se ha dicho popularmente-, ‘de Mao a Moisés’. Esta aceptación de la derrota a mediados de la década de 1970 no fue baladí. Muchos no resistieron el desengaño. Los bandazos de unos coincidieron con la terquedad de otros, atrapados en la depresión de la propuesta hundida. Los hubo también personalmente vencidos, incapaces de sostenerse en un presente cada vez más entregado al consumo. El suicidio en 1978 de Michel Recanati, antiguo trotskista, mostró una de las caras más brutales de la resaca rebelde.

La relación que Lévy había comenzado a mantener con Sartre durante los años de la militancia maoísta continuó después por otros medios. El filósofo lo contrató como secretario y emprendió con él su última y contestada aventura intelectual.

El último Sartre
Con “el pensamiento que se forma entre dos” llegó el escándalo. En 1980, Sartre, ya muy enfermo, acepta la publicación en Le Nouvel Observateur de una serie de entrevistas con Lévy donde parece renunciar a los compromisos pasados. Sus más íntimos se sorprenden, Simone de Beauvoir protesta. En su libro ‘La ceremonia del adiós’ (Edhasa), la escritora evoca los últimos años de Sartre y se ensaña con Lévy: “no se trataba en absoluto de ese pensamiento plural (…) Victor no expresaba directamente ninguna de sus opiniones: se las endosaba a Sartre”. De Beauvoir destaca la “arrogante superioridad” con la que, desde su punto de vista, Victor trata al autor de ‘La náusea’ y sostiene que éste, por su estado decadente, es incapaz de defenderse de su interlocutor. La muerte de Sartre en abril de ese mismo año frena la evolución de la polémica. Las entrevistas se reunieron posteriormente en el volumen ‘La esperanza ahora’ (Arena Libros).

El naciente judaísmo de Benny Lévy marca, desde luego, los tiempos de la conversación e introduce una crítica a la política como único elemento posible de unificación social. “La existencia judía -dice- confirma un Uno distinto al Uno político”. Esta declaración va completándose con una crítica de Sartre al funcionamiento de los partidos y a través del descubrimiento de una “dimensión de obligación”. Esto es fundamental. El filósofo continúa: “el prójimo está siempre ahí y me condiciona, mi respuesta (…) es una respuesta de carácter moral”. En este sentido, Lévy apunta la “desconfianza judía con respecto a la muchedumbre revolucionaria”, lo que sugiere una enmienda a la totalidad de su pensamiento. Y no queda ahí la cosa. Lévy remata: “la historia que Hegel ha instalado en nuestro paisaje ha querido acabar con el judío, y es el judío quien permitirá salir de esta historia que ha querido imponernos Hegel”.

Las entrevistas avanzan, en todo caso, sobre un terreno resbaladizo, vacilante, que pretende ser aún el de la radicalidad o, al menos, desarrollarse dentro de los parámetros de la izquierda. Sartre llega a proponer un movimiento que incorpore la moral judía como antídoto contra la tentación de la masacre; un pensamiento que evite la completa fractura del tejido social.

Pero Sartre muere y Lévy continúa adelante en su particular revisión. Su judaísmo va asentándose sobre la superación del enfoque político, tan de actualidad durante y después de 1968. En una entrevista con Stuart L. Charme, el escritor lo anuncia categóricamente. Merece la pena reproducir su declaración de intenciones: “el estudio del judaísmo ha implicado una gran deconstrucción de la política para mí. Utilizo el judaísmo, precisamente, como una crítica de la política. (…) Es una crítica (…) de la idea de que la política es adecuada para responder en términos del destino del hombre. Es esta pretensión, esta arrogancia de la política en todas sus visiones, ya sean las formas más elevadas del idealismo alemán o las formas más ideológicas de hoy, lo que los textos judíos me ayudan a criticar”.

La trayectoria de Benny Lévy se mueve en estas coordenadas. En 1997, emprende la aliyá junto a su familia y se instala en Israel done funda un centro especializado en la obra de Lévinas. Estudioso del Talmud, poco a poco su vida se convierte en la de un judío ortodoxo que no ve separación entre el ritual y las normas éticas que le sirven de fundamento. Lévy sigue la estela de pensadores judíos como Rosenzweig o Buber en una interpretación sobre los límites de la política para comprender y articular lo humano. El infarto que lo mató en 2003 detuvo sus proyectos en un momento en el que los monstruos renacían en Occidente.

* Artículo publicado el 25 de mayo de 2018 en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés

viernes, mayo 18, 2018

Comunicados*



La banda terrorista ETA anunció en 2011 que no mataría más. Hoy, dice que se disuelve. Sorprende la manera en la que el ser humano pretende sostenerse siempre contra la extinción. ETA dejó de matar y mantuvo su voz durante siete años, como si las palabras le fueran posibles, como si su existencia hubiera sido, en algún momento, algo más que sangre y metralla.

Los asesinos creen que el eufemismo pesa más que los cadáveres; que la mano que escribió “si no paga, se convertirá en objetivo de ETA”, que apretó el gatillo o anudó la mordaza, puede escribir hoy “el camino hacia la consecución de la paz y la libertad en Euskal Herria” o “Euskal Herria está ahora ante una nueva oportunidad para cerrar definitivamente el ciclo de conflicto y construir su futuro entre todos”.

Las palabras paz, libertad, futuro y oportunidad se destiñen en la página que firma el malvado. No hablaremos, claro, de la distinción entre víctimas necesarias y colaterales o de su “reconocimiento” del daño causado. Esto es, sencillamente, pornografía. Claro que los terroristas buscaban el daño; ese fue su oficio, su propuesta única. La producción de dolor y miedo para debilitar las instituciones y eliminar a sus rivales políticos. No lo duden, el daño lo reconocieron desde el primer momento.

Pero la proliferación de comunicados arraiga entre los partidarios de conceder a ETA el papel de actor legítimo en un proceso de paz. Lo indignante es el hecho de que la banda pueda sentirse lo suficientemente respaldada para desplegar su cinismo sobre un país dispuesto a reconocerle el derecho a renombrar los crímenes.

Y no sólo en Euskadi. La falacia de quienes se adueñan de la lucha antiterrorista y sostienen que “a ETA la derrotamos entre todos” atraviesa la geografía española envuelta en declaraciones falsamente conciliadoras. No todos lucharon contra ETA. Hubo quienes la sostuvieron y quienes la comprendieron, desde la asamblea al púlpito, apartándose, quizás, de las pistolas pero jaleando el proyecto totalitario; quienes se abrazan con Otegi, “el hombre de paz”, expresan con impunidad su xenofobia y llaman “fascistas” a los verdaderos demócratas.

* Columna publicada el 16 de mayo de 2018 en El Diario Montañés

viernes, mayo 04, 2018

Imprecisos e incorrectos*



En los días peores, vuelven los versos de Valente: “Aquí pronuncio/ la palabra que nunca/ moverá una montaña”. ¿Cómo podría la voz animar aquello que debe permanecer quieto? Poco a poco, hemos ido perdiendo la facultad de advertir el reverso encantador del mundo. Todo se acaba ahora mucho antes y apenas somos capaces de conocer lo que tenemos, de amar los objetos y las calles, como amaban nuestros padres y abuelos las cosas que envejecen.

Con este espíritu, ellos aprendían a ser precisos con las palabras. Era un tiempo de lentitud y gusto, de injusticias, claro, pero también de placeres sostenidos en el paisaje; de pájaros y árboles perfectamente conocidos porque aún importaban su vuelo y su sombra.

Valente tenía razón. Aprendemos que las palabras no mueven montañas, pero continuamos sin ceder en la voluntad que nos incita a descubrir el sentido oculto de las cosas, los nombres exactos. Como siempre, pronunciamos el amor y la queja -hoy espoleados por la velocidad de nuestra época-, pero nos falta conocer verdaderamente y, por supuesto, transmitir ese conocimiento.

Al fin y al cabo, la montaña se mueve, pero no físicamente. La palabra desplaza lo nombrado y lo comparte con otros que no pueden verlo. Los nombres contienen información y confianza. Esto es importante: sólo desde la confianza se nos permite utilizar las palabras, dárselas al prójimo. En ese proceso la montaña se mueve desde la voz que la pronuncia a la mente de quien la recibe. Ambos se creen: es la misma montaña.

Pero, ¿y si la montaña no se mueve? Alguien podría nombrarla y encontrar resistencia. “¿Una montaña? ¿No será, acaso, un animal o un espejismo?” La desconfianza propone conflicto y ruido. Esto no es algo necesariamente malo. Se trata de hallar, una vez más, el territorio de todos, la razón que proporciona un escudo más resistente al mal. Las sociedades democráticas tienen, aquí, un valor del que carecen los regímenes autoritarios. En estos últimos, la montaña se nombra aunque ya no exista o no haya existido nunca. Las palabras se desplazan en el miedo y todos asumen el poder de la mentira.

La tiranía evita la guerra mientras que la democracia corre ese riesgo. En un ambiente ideal, el debate se desarrolla con modales exquisitos. “Por favor, usted primero”. “De ningún modo, insisto en que empiece usted”. Pero rara vez el ideal es la norma. Lo habitual es el uso desvergonzado de las palabras para avivar el fuego. Cualquier discusión sirve, además, para someter al enemigo. He pensado en ello estos días, durante el terremoto mediático que sucedió a la insensible e insuficiente sentencia de ‘La Manada’. La palabra “intimidación” plantea una disputa para adultos; una controversia sobre el significado de las palabras. Pero la escena desanima: unos y otros, los imprecisos y los incorrectos, apaleándose en las redes, posicionándose en estrategias partidistas y obviando la felicidad del estudio.

* Columna publicada el 3 de mayo de 2018 en El Diario Montañés

martes, mayo 01, 2018

La llamada del ocio*




No había visto aún ‘La gran belleza’, de Paolo Sorrentino, y aproveché una emisión de sábado noche en la segunda cadena de Televisión Española para quitarme la espinita. Sinceramente, no me esperaba la intensa filosofía pesimista bajo todo ese vendaval cromático. A la película, pienso, le sobra metraje y es irregular en una trama que, en ocasiones, parece vacilar y perderse por fútiles recovecos. Pero fascina, claro, la manera en que el escritor Jep Gambardella (interpretado por un espléndido Toni Servillo) despliega su escepticismo en la noche romana, su desdén hacia cualquier tipo de justificación y autobombo. El personaje protagonista consigue atraernos porque vive contradictoriamente en el placer. El hastío que arrastra le impide tomarse demasiado en serio, presumir de su éxito y enarbolarlo. Hay algo oscuro -el pasado, la culpa- que extrae la dulzura del instante. Todavía estoy dándole vueltas.

En una de las escenas, Gambardella sestea sobre una hamaca en su magnífica terraza sobre el Coliseo. La mano izquierda sostiene un vaso con lo que parece ser whisky o coñac. El gesto del autor expresa, a un tiempo, serenidad y cansancio; un soportable aburrimiento que, sin embargo, no pone en riesgo su plan de vida.

Esa muestra de ocio sin júbilo no elimina del todo la admiración del espectador. La cinta no pretende despojar de razones al creador hedonista; no es una obra confesional o crítica. Se trata de algo mucho más sutil, quizás de la imposibilidad de habitar impunemente la alegría en una creación marcada por el tiempo y la memoria. Es decir, por la conciencia.

Mi amigo C. y yo, también frente a dos vasos llenos, hablábamos días atrás sobre la distancia que existe entre las personalidades heroicas que han contribuido a hacer habitable el mundo y la presencia cotidiana en los medios de individuos económicamente ambiciosos y culturalmente disolventes. En la conversación surgió el nombre de Ángel Sanz Briz, que salvó la vida a unos cinco mil judíos húngaros durante el Holocausto, y de muchos otros a quienes la derrota del totalitarismo ha permitido reivindicar.

El compromiso y el riesgo sólo tienen sentido, parece, apostándolo todo a una ulterior victoria de la que no podemos estar seguros. Los mecanismos de la política y los equilibrios estratégicos y comerciales pueden convertir al ídolo en paria. Pienso en la figura de Oswaldo Payá, diluida tras la recuperación de relaciones entre Estados Unidos y Cuba, o en la muerte de Liu Xiaobo, disidente y Nobel de la Paz, en esta China contemporánea que, sin respetar ni un ápice los Derechos Humanos, hoy hasta organiza los Juegos Olímpicos. También en las víctimas del terror y de las dictaduras que los planes de paz del mundo convierten en incómodos recuerdos de un pasado culpable. El Paraíso del ocio y del progreso no puede alcanzarse, dicen, sin sacrificio. Pero el sacrificio frena el arraigo de la felicidad. Así funciona la memoria.   

* Columna publicada el 19 de abril de 2018 en El Diario Montañés