viernes, noviembre 29, 2013

«Cuando en la vida te pasa una cosa mala, te suceden tres buenas»*

Albert Espinosa - Escritor y cineasta.

:: PABLO SÁNCHEZ

SANTANDER. Cuando, siendo un adolescente, Albert Espinosa (Barcelona, 1973) enfermó de cáncer, los médicos le dieron pocas esperanzas de sobrevivir. Hoy, 26 años después, con la salud plenamente recobrada, se ha convertido en un artista polivalente, capaz de componer una obra, a la vez, profunda y optimista. Ningún medio escapa a la curiosidad de este catalán que acaba de entrar en la cuarentena y que comprende la vida como una celebración. Espinosa explora el cine, la televisión y la literatura con igual éxito. Esta tarde, a partir de las 19.00 horas, firmará ejemplares de su última novela, "Brújulas que buscan sonrisas perdidas" (Grijalbo), en la librería Estvdio de la calle Burgos.
-¿La sociedad de hoy necesita brújulas más que nunca?
-Yo creo que nos hacen falta muchas cosas en estos momentos. El libro va sobre esa necesidad de que existan brújulas que nos ayuden a encontrar sentimientos que no se expresaron o acontecimientos que no se produjeron. Todo lo que quizás no dimos y acabamos perdiendo. La primera línea del libro dice: «Para vivir hay que vivir, no deberíamos olvidarlo». Ésa es la sensación.
-Su obra apuesta, desde diferentes ángulos, por interpretar los problemas como una oportunidad de cambio.
-Sí, yo intento coger a los personajes en el peor momento de sus vidas y dejarlos en el mejor. Al final, con la ayuda de esos desconocidos, de esas perlas que forman parte de la cotidianidad, se acaban encontrando con un final positivo. Son libros de aventuras, de ternura, con la voluntad de encontrar un camino.
-Esta última novela se sitúa entre las más vendidas, recientemente ha ganado el Premio Ondas a la mejor ficción televisiva por la serie "Pulseras rojas"... No para.
-(Risas) Sí, se apunta a muchas cosas. Además, Spielberg va a hacer la versión estadounidense de la serie para la Fox, en Italia van a hacer la suya... Y el Ondas fue algo increíble. No lo esperábamos. Los libros se han traducido a 30 idiomas... Estoy muy feliz, la verdad. Yo siempre digo que cuando en la vida te pasa una cosa mala, te suceden tres buenas.
-¿Ha tenido oportunidad de hablar con Steven Spielberg?
-Sí, charlamos una vez por teléfono. Me comentó que le había encantado "Pulseras rojas". Que había reído y llorado, y que tenía ganas de llevarlo a los hogares americanos. Son cosas que te pasan una vez en la vida: tener la oportunidad de hablar con uno de los grandes. Es genial.
-Hace justo diez años, irrumpió en el cine con el guión de "Planta 4ª", con la que cambió la perspectiva sobre el cáncer infantil.
-Sí, se basa mucho en mi vida de pequeño, cuando perdí una pierna, un pulmón y parte del hígado por el cáncer. Luego intenté relacionarlo con lo que yo viví en el hospital. Fue lo primero que hice en cine y tuve la suerte de contar en la dirección con Antonio Mercero, que entendió la ternura del guión. Tratamos de trasladar al cine y a la televisión una historia con un punto realista, sin crear una ficción que se alejase de la realidad. Lo más bonito de esta película, o de "Pulseras rojas", es que han aumentado un 40% las visitas a los niños que están en los hospitales, porque la gente ya no los ve sólo como niños con cáncer.
-Usted enfermó a los 14 años. ¿Cómo afronta un adolescente ese diagnóstico terrible?
-Te cambia mucho, pero en positivo. En el hospital, aprendes que cualquier pérdida puede ser una ganancia. A partir de entonces, nos dimos cuenta de que lo triste no es morir, sino no vivir intensamente.
-Su próximo proyecto será la serie "Lucas", que aborda el tema de las enfermedades mentales. Parece que siempre busca argumentos extremos.
-Me gustan los temas de los que normalmente no se hacen series. Lo bonito de "Pulseras rojas" es cómo ha ayudado a tanta gente, padezca o no cáncer. Que se vea que es una enfermedad que existe. La sociedad no quiere a sus locos y los tiene un poco escondidos. Yo he tenido la suerte de conocer a mucha gente en esa situación, cuando estaba en el hospital, y siempre tuve la sensación de que no está bien reflejada en la ficción. Es una serie de aventuras muy potente, un cruce entre "El silencio de los corderos" y "Alguien voló sobre el nido del cuco".
-De hecho, va a ingresar en un sanatorio mental.
-Sí, con el actor protagonista. Lo haremos en Galicia. Tengo la sensación de que habremos aprendido mucho y puede ser un plus muy interesante.
-Además de escritor y cineasta, estudió ingeniería. ¿Qué le queda por hacer a Albert Espinosa?
-Muchas cosas. Con "Lucas" volveré a la dirección. De aquí a tres meses, iré a Los Ángeles a ver el rodaje del capítulo piloto de "Pulseras rojas". Ya sólo por eso, merece la pena.

* Entrevista publicada en El Diario Montañés, el lunes, 25 de noviembre de 2013.

miércoles, agosto 21, 2013

«Hay que buscar nuevas fórmulas para seguir hablando de los temas de siempre»



Eduardo Mendoza - Escritor

El novelista barcelonés insiste en la necesidad de que el escritor «refleje en su obra el pensamiento y los sentimientos de su época»   

Santander. La reflexión sobre el hecho literario, a cargo de un novelista que advierte de los cambios en las estructuras narrativas y en la educación cultural de la sociedad que van a producirse en las próximas décadas. Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) ha impartido en la UIMP el curso ‘Los libros que hay que leer’, dentro del ciclo ‘El autor y su obra’. Entregado a la rutina de su oficio –escribe siempre «a mano, con pluma estilográfica»–, valora la libertad del autor, en un mundo en el que vivir de la escritura será cada vez más difícil, y propone un sistema de ayudas a la creación como forma de conservar el patrimonio intelectual.  

–Tengo entendido que no se siente muy cómodo en las entrevistas. 

–No me gustan porque prefiero estar tranquilo antes de estar hablando con alguien que no conozco. Y, además, siempre me hacen las mismas preguntas. Pero eso es inevitable.

–Da la impresión de que hay temas que se repiten sin cesar en los medios y, por consiguiente, en las entrevistas: la crisis, los problemas identitarios, la corrupción... 

–El arte de la entrevista es algo muy complicado. Buenos entrevistadores hay tan pocos como buenos futbolistas. Hay cracks y los demás son unos ‘mataos’. Es muy difícil, porque exigiría dedicar unos meses a preparar la entrevista, conocer muy bien a la persona... Como es imposible, y cada día hay que entrevistar a alguien, es natural que se recurra a los tópicos, en lo que está en la mente de todos.

–Muchos creen que el escritor tiene una relación especial con la verdad.

–Sí, parece que el escritor y en general cualquier persona pública, deben ser referentes morales. Por eso, cuando se descubre, por ejemplo, que un futbolista ha ido a un burdel, se produce un gran escándalo, cuando es perfectamente normal que siendo jóvenes y con dinero se pasen la vida en los burdeles. Que una figura pública deba dar ejemplo es una tontería muy grande. El escritor lo que debe hacer es escribir bien. Hay grandes autores que han sido personas estupendas y otros que fueron grandes canallas. No tiene nada que ver. Se espera que el escritor no sólo se pronuncie sobre todos los temas, sino que sus opiniones sean buenas, a favor de los pobres, oprimidos y las causas justas. El cariño de la gente a los escritores parece que supone una obligación de bondad que no existe.

–Theodor Adorno afirmó que después de Auschwitz era imposible escribir poesía. ¿La literatura se verá influida por la actual coyuntura económica y social?

–Yo creo que el escritor debe reflejar su realidad. Puede hacerlo abordando los temas más punteros o la guerra de Troya. Lo importante es que hable de nuestro mundo, que contribuya al debate en todas sus dimensiones. Política, pero también personal, moral, etcétera. Incluso en sus manifestaciones menos artísticas. Por ejemplo, ‘Cincuenta sombras de Grey’ es basura literaria pero refleja un momento muy especial de la mujer, que escribe y lee un tipo de obra del que antes simulaba estar alejada. Aunque no hable de lo que pasó en el último Consejo de Ministros, el escritor ha de exponer los sentimientos y el pensamiento de su época. En eso sí debe estar comprometido.

–Usted ha alertado de la metamorfosis que va a experimentar la novela en los próximos años. ¿Será un cambio de forma o de fondo?

–Precisamente, para conservar el fondo habrá que cambiar la forma. Lo que se atribuye a Lampedusa, aunque es mucho más antiguo, de que algo tiene que cambiar para que todo siga igual, es lo que debe pasar con la novela. Si seguimos escribiendo una y otra vez lo mismo, al final se perderá todo el sentido. Precisamente para seguir hablando de los temas de siempre hay que buscar nuevas formas. Creo que está pasando. Hay una novela de entretenimiento que está muy bien y ojalá dure, pero la novela importante está en plena fase de evolución, como lo están todos los medios. Por ejemplo, el cine. Ahora están cerrando salas porque el lenguaje ha cambiado y las únicas películas que aguantan son las grandes producciones con muchos efectos especiales. Todo lo demás funciona por otras vías, como la televisión o Internet.

–Ahora a la gente le cuesta más creerse la ficción. En las nuevas series de televisión, por ejemplo, los personajes ya no se dividen entre buenos y malos con tanta facilidad. Es todo más complicado. 

–Es muy curioso: la televisión es muy joven y el cine, medio joven. La literatura es antiquísima y actúa como persona madura, ya un poco decadente. El cine empieza a hacerse mayor y se le notan los achaques. Es ahora cuando la televisión parece que está dando un poco de sí. Cuando reponen las  series antiguas –como ‘Bonanza’ o ‘Perry Mason’– uno se queda sorprendido de lo infantiles que llegan a ser, porque el medio era también infantil. Los espectadores aceptábamos en televisión lo que no hubiéramos tolerado en literatura. Lo veíamos como quien asiste a la función escolar de los niños. Luego ha seguido evolucionando y ahora hay unas series y programas magníficos.

–¿El escritor debe mirar al mundo con una cierta distancia?    

–Sí. Hay muchos tipos de autores, pero creo que el escritor es muy distinto del periodista, aunque muchas veces se solapan los dos oficios. El periodista debe fijarse mucho en la realidad, pero el escritor ha de pasar un poco de ella, porque está contando una ‘metarrealidad’, hechos que, cuanto más falsos sean, mejor van a funcionar. Utilizo continuamente el humor para recordar al lector que lo que está leyendo no debe interpretarlo en clave de crónica. Hay una tendencia a creérselo todo y de vez en cuando hay que decir: «no quieras analizarlo». Eso se consigue rompiendo el discurso realista con disparates, tonterías y exageraciones, para conservar esta forma de contar la realidad. Pasados muchos años, yo creo que una novela como ‘El misterio de la cripta embrujada’, escrita en los primeros años de la Transición, relata algo que la prensa no cuenta y las dos fórmulas (la periodística y la narrativa) son complementarias. Era necesario saber qué decía el político, pero también este otro ámbito, unido a los dibujos de Mariscal o Nazario, el Víbora y todas aquellas cosas disparatadas. El escritor ha de hacer eso.

–¿Cómo se gestó el curso ‘Los libros que hay que leer’?

–Yo ya había impartido un curso en la UIMP hace unos años. Más cómodo, porque tenía un número pequeño de alumnos y era más dialogado que discursivo. Aquel seminario sobre mi obra fue muy útil para mí porque hice balance sobre mi literatura. En esta ocasión me ha interesado hablar de mis conclusiones sobre la literatura como escritor. Es un trayecto enriquecedor por libros muy diferentes, desde la Biblia a Sherlock Holmes; de Pío Baroja a Kafka... Quería compartir estas conclusiones y oírmelas a mí mismo. Un curso de tantas horas no se puede improvisar y lo he traído todo muy elaborado. Me ha servido para releer y me ha generado algún que otro problema de conciencia al dejar fuera obras muy importantes.

–¿Se siente cómodo en el contacto con los lectores?

–Sí, en la justa dosis. No el baño de multitudes. Como dije antes, no me gustan las entrevistas en general, pero sí el contacto con entrevistadores cualificados. Igual me pasa con los lectores. Es la única forma de ver cómo se leen mis libros. Los he escrito, pero no conozco el resultado que  obtendrá el lector. Las preguntas del entrevistador me resultan siempre más interesantes que las respuestas y me pasa lo mismo con las cuestiones que me hacen los que leen mis novelas. Un curso como éste me resulta muy cansado pero, de vez en cuando, me gustan las relaciones que se establecen. Me hace reflexionar. Si no, uno acaba encerrado en su torre de marfil.

–Usted le da más importancia a potenciar la creación que a los planes para el fomento de la lectura. ¿Qué teclas deberían tocarse en la sociedad para incidir en este aspecto?

–Por una parte, la educación debería ser mucho más estricta y enseñar la literatura como algo verdaderamente importante. No fomentar la lectura, sino decir que la literatura, como la filosofía o el arte, es un patrimonio, una forma de comunicarse y también una muy notable fuente de ingresos. Por otro lado, la ayuda y el fomento deberían ser a la creación. Bien están los clubes de lectura, pero no creo que el dinero público deba ir allí. Hay que apoyar  al que quiere ser escritor de verdad.


–¿Cómo hacerlo?

–El mecenazgo puede cambiar la vida de una persona porque permite, por ejemplo, dejar de repartir pizzas durante tres meses y dedicarse a terminar una novela. No es cuestión de subvencionar porque acabaría por convertirse en un sistema como el soviético. Hablo de hacer un viaje o un curso. A mí me cayó una triste beca para ir a Londres un año y eso me permitió entrar en contacto con la literatura y lengua inglesas. Por ahí sí se pueden hacer la cosas. Y es muy poco dinero.

–Además, existe la tendencia a valorar que la gente lea, en lugar de  preguntarse qué lee.

–Sí, hay un concepto de que lo importante es que lean. Eso no me convence. Lo importante es leer bien. No hay peligro de extinción del lector. Los libros se venden bien en cantidades nunca imaginadas a lo largo de la Historia. Un escritor mediocre puede vender 20.000 ejemplares. Balzac, Dickens y Flaubert vendían 1.500 y creían estar en la gloria. Las librerías están llenas y las editoriales son empresas cada vez más importantes. 

–¿Está trabajando en un nuevo libro?

–No, ahora me encuentro en una etapa intermedia. Siempre hago cosas, pero no estoy metido en la redacción de una novela. Hay una etapa de abono y siembra y luego otra en la que se cuida a la planta. Yo aún estoy en la fase del abono. 

* * *

«Doy las gracias cada día por poder vivir de la literatura»

 –Uno de los aspectos que más valora de su oficio es la libertad.

–Yo la valoro muchísimo. Cada día, lo primero que hago al levantarme es dar las gracias a Dios de poder vivir de la literatura. Yo he pillado una época privilegiada. Cuando empecé a escribir, ningún autor español podía ganarse la vida con su obra, como sucedía, por ejemplo, con los estadounidenses y británicos. Debía tenerse un oficio al margen de la literatura. Nosotros hemos vivido holgadamente y algunos se han hecho ricos, gracias al Boom latinoamericano, que reivindicó a los escritores en español. Es posible que este periodo esté comenzando a descender. No sé en qué medida las descargas de Internet acabarán con la posibilidad de vivir de la escritura como hasta ahora. Yo pillé la etapa de las vacas gordas.

–¿Cuándo fue consciente de su vocación?

–Siempre, desde mi infancia. Incluso antes de saber lo que era un escritor, yo quería escribir. No me lo planteaba en términos de publicar novela, sino en imitar los cuentos que leía de pequeño. Todos los niños pasan por esta etapa y yo me quedé ahí anclado (risas). Pero nunca pensé que fuera a ser un oficio. Lo hacía a escondidas, incluso, porque en esa época ser escritor no era una cosa bien vista. La sociedad estaba militarizada. No digamos, ser poeta, que era el colmo de la cursilería. Ahora es distinto, los jóvenes hasta se apuntan a talleres literarios. La cosa se ha liberado. Pero nunca pensé en ser un escritor profesional. Yo estaba muy contento con mi trabajo, pero llegó Hacienda y me obligó a cotizar como escritor.

–¿Le gusta más escribir o leer?

–Nunca contesto a preguntas en las que se me obliga a tomar decisiones dramáticas. Pero es verdad que los escritores comenzamos imitando lo que leemos y buscando nuestra personalidad. Siempre nos queda el placer de la lectura. Somos lectores apasionados, a veces críticos... A mí me cuesta cada vez más leer novela.

–Le ve las costuras.

–Sí, ya me interesa menos lo que me están contando. Para eso ya tengo mis propias historias y mi imaginación. Pero, sin embargo, me gusta mucho leer cosas que yo no hago: la poesía, los clásicos... También novedades. No soy un fanático de la lectura. A veces prefiero escuchar música o ir al teatro. Pero sí, he sido un gran lector y la palabra escrita ha tenido siempre para mí la máxima importancia.

Fotofrafía: Alberto Aja.

Entrevista publicada el lunes, 19 de agosto de 2013, en las páginas del suplemento de la UIMP de EL DIARIO MONTAÑÉS.




viernes, agosto 09, 2013

¿De quién hablamos cuando hablamos de Carver?



Se cumple un cuarto de siglo de la muerte del poeta y narrador estadounidense, uno de los más destacados representantes del ‘realismo sucio’ y eficaz retratista de la sociedad de su país

Un vendedor de libros, de nombre Les, aprovecha una breve escala aérea en Sacramento para compartir unas horas de charla con su padre. De inmediato, sin una previa explicación, y obviando la descripción que justifique el relato, el bagaje íntimo de la familia se despliega de manera contenida pero inmisericorde en una conversación llena de sobrentendidos, centrada en desvelar un episodio particularmente bochornoso de un hogar fracturado. En resumen, un acercamiento entre dos hombres que, quizás por primera vez, se ven en la necesidad de contarse algo, de verbalizar su relación, atravesando la socialmente aceptada frontera de lo masculino. Apenas nueve páginas, perfectamente fieles a la teoría del iceberg, de Ernest Hemingway: sólo poner por escrito lo imprescindible, permitiendo que la sucesión de acontecimientos y diálogos baste para que el lector se haga una composición de lugar tanto de lo evidente, como de lo traumáticamente sumergido.

El relato, de título ‘Bolsas’, es una de las diecisiete piezas que componen el libro ‘De qué hablamos cuando hablamos de amor’ del autor estadounidense Raymond Carver, de cuya muerte se cumplen este mes 25 años. Un cuento arquetípico que combina todos los ingredientes que hicieron célebre a este padre del ‘realismo sucio’ –subgénero que enlaza con la obra de autores de la talla de Fante, Cheever o Bukowski–, uno de los más importantes y mediáticamente potentes escritores en lengua inglesa en las últimas décadas del siglo XX.

Su obra, breve y concisa, se integra fielmente en la tradición literaria de su país, a través de la exposición de la vida cotidiana de la clase media, trabajadores, parejas, matrimonios que se descomponen y familias marcadas por un acontecimiento cruel e inesperado. Carver propone una prosa más allá del sentimentalismo o la piedad, sin rastro del llamado ‘Sueño Americano’. Sus personajes huyen de la caricaturización en páginas regadas con alcohol y sueños perdidos en una cotidianidad alienada, donde la ilusión y la esperanza brillan por su ausencia. Todo bajo una sensación de amenaza, como si el relato fuera una simple introducción que prepara al lector para asumir el desastre.

Nacido en Clatskanie, Oregón, en 1938 y criado en el estado de Washington, la biografía del escritor se nutre de vivencias que más tarde utilizaría para componer sus libros. Su padre, permanentemente endeudado, ejerció los oficios más variopintos –fue recolector de manzanas, así como trabajador en un aserradero– y sufrió pronto los envites del alcoholismo. El mismo día en que un Raymond Carver de 16 años asistía al nacimiento de su primer hijo, su padre estaba en la quinta planta del mismo hospital recibiendo un tratamiento de electrochoques para combatir su adicción.

La infancia del escritor transcurrió de manera fugaz y pronto se vio obligado a ganarse la vida, también como su progenitor, en los trabajos más diversos (vendedor, limpiador de hospital, camarero...). Es entonces cuando comienza a escribir. Las obligaciones laborales le impiden afrontar voluminosos proyectos literarios y se especializa en la brevedad de cuentos y poemas.
 
Renacimiento
Su caída en el alcohol, sin embargo, marca el inicio de su etapa más oscura, pese a que nunca interrumpió del todo su labor creativa. El 2 de junio de 1977 toca fondo y, abandonado por su mujer y sus hijos, decide dejar la bebida. Ese mismo año conoce a la poeta Tess Gallagher, que se convertiría en su segunda esposa. Con ella compartiría sus extraordinariamente productivos diez últimos años.

Otra figura decisiva en su carrera fue el editor Gordon Lish, quien le ayudó a pulir su estilo literario y le animó a publicar sus primeros libros. Es la época en la que aparece lo mejor de su obra: los volúmenes de relatos ‘Ponte en mi lugar’ (1974), ‘¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?’ (1976), ‘¿De qué hablamos cuando hablamos de amor’ (1981), ‘Catedral’ (1983), ‘Tres rosas amarillas’ (1988) y ‘Si me necesitas, llámame’ (2001, póstumo); además de varios libros de poemas.

Su impacto en la cultura norteamericana trasciende lo meramente literario. En 1993, cinco años después de su muerte, el director de cine Robert Altman rueda la cinta ‘Vidas cruzadas’, basada en los relatos del autor.
 
El adiós
A finales de los años ochenta, Carver se ha convertido, por fin, en un exitoso autor, respetado por la crítica y sostenido por un público creciente. Sus imitadores se cuentan por miles y goza de una sólida reputación literaria. Fumador empedernido desde su juventud, en 1987 se le diagnostica un tipo especialmente letal de cáncer de pulmón. El 2 de agosto del año siguiente, su vida se extingue en Port Angeles, Washington. Tenía 50 años.

Desde entonces, la altura de su valor literario se confunde con la irrupción de inéditos y la propagación de polémicas entre sus herederos. Diez años después de su muerte, Tess Gallagher y Gordon Lish se enzarzaron en una agria disputa, donde ambos reclamaron ser coautores de lo éxitos del difunto. Más recientemente, en 2007, las dos mujeres de su vida publicaron sendos libros sobre su convivencia con él. Quizás todo esto resulte inevitable en un autor especializado en desentrañar lo más oscuro de la intimidad, en los traumas que pueden evidenciarse con una mirada o un breve diálogo. En esa destrucción lenta del día a día con un vaso en la mano, mientras el atardecer se posa sin que nadie se dé cuenta.

Artículo aparecido el viernes 9 de agosto en el suplemento cultural Sotileza, de El Diario Montañés. Ilustración de Álvaro Sánchez.

viernes, agosto 02, 2013

Diseccionar a Buñuel*


París, 6 de junio de 1929. Cine Estudio de las Ursulines. Lo más granado de la intelectualidad francesa asiste, expectante, al estreno de la primera película de un joven español llamado Luis Buñuel. La cinta, de título ‘Un chien andalou’ (Un perro andaluz), despliega una breve sucesión de imágenes oníricas, tercamente alejadas de la narración ortodoxa. Consciente del rechazo que puede generarse entre la audiencia, el realizador se embosca tras la pantalla con los bolsillos llenos de piedras. Su idea: lanzárselas al público en cuanto comiencen los abucheos. No tendrá que hacerlo. La película es un éxito. La vanguardia cultural de La Ciudad de la Luz adopta con entusiasmo a un nuevo creador. El exigente André Breton, sumo pontífice del movimiento surrealista, da el visto bueno al desgarro del ojo por la cuchilla, imagen arquetípica del cine.
El aragonés había concebido el proyecto junto a su amigo Salvador Dalí, antiguo compañero de juergas en la madrileña Residencia de Estudiantes. Gracias a la producción de su madre, quien colaboró con 25.000 pesetas, ambos creadores dieron forma al relato elaborado al alimón en la casa del pintor catalán en Figueras.
Fue este ambiente de cine y amistad acaso el último periodo de placidez del que disfrutó Luis Buñuel. Su nombre y su obra se convertirían, a partir de entonces, en sinónimo de escándalo. Dos de los grandes temas de su producción, la sexualidad reprimida y la opresiva presencia de la religión católica en la España de su tiempo, generarían una violenta contestación por parte de los sectores más conservadores de la burguesía, otro de sus enemigos íntimos.
Una obra, en definitiva, tan alejada de los convencionalismos que causa, al mismo tiempo, controversia y malentendidos. Uno de sus mejores amigos de juventud, Federico García Lorca, se toma eso del ‘perro andaluz’ como un ataque velado contra su persona. Tardarían años en reconciliarse.
«Adoro los pasadizos secretos, las bibliotecas que se abren al silencio, las escaleras que desaparecen en las profundidades, las cajas fuertes disimuladas», admite el propio Buñuel en su libro de memorias, ‘Mi último suspiro’, publicado apenas un año antes de su desaparición, hace ahora tres décadas. No resulta extraño. Su cinematografía indaga en lo escondido, muestra el lado oscuro, reprimido, sin una previa reformulación teórica. Lo irracional como dominante. Eso lo aprendió de los surrealistas, maravillados por la revolución freudiana de principios del siglo XX.
En sus declaraciones públicas, el cineasta se esfuerza por apartarse de la etiqueta intelectual que pretenden endosarle. Primogénito de una acomodada familia aragonesa, su biografía se funde con la de otros jóvenes de la cantera intelectual de la España de los años veinte.
La amistad, forjada con vino y verbenas, a través de lecturas, conciertos, cuadros y versos. Su memoria está poblada de nombres de altura: Alberti, Bergamín, Dalí, Lorca, Cernuda..., conforman la intimidad de un Buñuel que nunca tuvo intención de comparárseles. Sin un temprano talento literario o plástico, sus años de formación son los de un degustador de arte y libros,                integrado en los círculos intelectuales de la capital.
Más tarde, Francia le proporciona una nueva patria cultural. Allí se familiariza con el oficio de hacer cine, colaborando con directores de la talla de Jean Epstein. Es en París donde penetra en el surrealismo y descubre una nueva forma de expresión creativa, a través de la cámara.
Su trayectoria es mucho más que un itinerario fílmico. Supone una lucha innegociable por la libertad. Apegado, como él mismo reconoce, a sus rutinas, no desdeña, sin embargo, ningún viaje o aventura, que lo aleje de la sordidez doméstica de una España a la que le cuesta seguir el ritmo europeo. La II República tampoco lo entiende. Su tercera película, ‘Las Hurdes, tierra sin pan’ es censurada en 1933. Buñuel vuelve a Francia y, después de la Guerra Civil, emprende el camino a los Estados Unidos y, por último, a México.
Para el crítico Ángel Fernández Santos, los tres primeros filmes del aragonés «abrieron al cine los horizontes ilimitados de la imaginación suelta, desamarrada de códigos, en plena posesión de sí misma».  
A partir de entonces, Buñuel refina su propuesta, adaptándose a escenarios tan diversos como México o Francia. En 1961 vuelve a España para rodar ‘Viridiana’, cinta que se alza con la Palma de Oro en Cannes, pero que sufre, una vez más, el mordisco de la censura. Ya es entonces Luis Buñuel una leyenda viva del cine. El 1973, conquista el Óscar a la mejor película de habla no inglesa con ‘El discreto encanto de la burguesía’. Pero hace mucho tiempo que el director de Calanda huye de los focos de la publicidad.
Reverenciado por sus actores, trabaja con los intérpretes más importantes de su época. Catherine Deneuve, Jeanne Moreau, Silvia Pinal, Ángela Molina, Fernando Rey, Francisco Rabal y Carole Bouquet, entre otros,  se ponen a sus órdenes, maravillados por el revolucionario concepto artístico del realizador.
Para la posteridad, la pierna de ‘Tristana’, el zurcido de ‘Ese oscuro objeto del deseo’ o la cajita de ‘Belle de Jour’. Muchos espectadores interrogaron a Buñuel sobre el contenido de esta última. Con su habitual sorna, el realizador contesta al más puro estilo surrealista. «En la caja hay lo que ustedes quieran». Toda una declaración de intenciones.   

*Artículo aparecido en el suplemento cultural Sotileza, de EL DIARIO MONTAÑÉS, el viernes, 2 de agosto, de 2013.


miércoles, julio 31, 2013

Hoy comemos gazpacho

 

Paseo por mi ciudad bajo el sol. Camino, mientras pienso en comprar un libro y en la feria de arte contemporáneo que he visto el día anterior. Puedo permitírmelo. El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos. Esquivo turistas en pantalón corto y peleo contra la parte de mí que intenta convencerme de que nada merece respeto. Voy ganando. Reflexiono. Nada me impide establecer una conexión entre creación y verdad. El arte puede salvarnos. Negar la muerte. Esconder el mal. Ese tipo de cosas.

He llegado demasiado tarde a la librería y me la encuentro cerrada. No importa. Hace sol. En mi ciudad, la irrupción del sol es un acontecimiento esperado que nunca decepciona. Hay muchos turistas, perdidos, mapa en mano. Intento pasar a su lado de la manera más rápida posible. Pienso en una cerveza fría o en un refresco sin gas. Aún no sudo, pero no tardaré.

Pienso, con alegría, que negar el arte, su valor, es el retorno a las plantaciones de algodón. Rancho y un lecho de paja, como paga suficiente de aquí a la tumba. Me gusta el argumento. Es otro modo de posar la mirada. Comprender desde una perspectiva diferente. Emocionarse, indagar, sentir asco. Todo vale. Todo es bueno. Hace sol y trato de aprovechar mi último día libre. Hoy me siento orgulloso.

Soy joven todavía. Pienso en ello desde tierra firme, sin sentirme amenazado por la realidad, cruda e inmisericorde, de la tierra. La libertad fue, primero, abandonar el campo para, a continuación, luchar contra la fábrica. Esperar, en definitiva, que tus hijos tengan mejor suerte. Hoy ya se ha matado a Dios y se sobrevive con ciertas dosis de cinismo y una presencia moralista y cursi en las redes sociales. Un amanecer decepcionante, si quieren. No es éste el asunto.

En esa cosmovisión tiene cabida el arte, que es, sobre todo, un juego alimentado con tinta de periódico. Todo lo que no sirve es bien recibido. El deporte, la opinión y las ruedas de prensa de cualquier subsecretario. Siempre la promesa contra nosotros.

El arte sirve para alejar al pobre. Eso lo sabe todo el mundo. Una sensibilidad que nace del discurso y se desarrolla y cumple años al abrigo del banquero. No es poca cosa. Luego, esos albores del siglo XX, que alumbraron al artista solo, convencido de tener algo que decir. Como todos nosotros.

Pero, de pronto, una pareja de ancianos llega con su hija en silla de ruedas. Algún tipo de parálisis cerebral. Me cruzo con ellos justo en el momento en que la mujer se inclina y susurra a la niña: “hoy tenemos gazpacho”. Suena a fiesta. Quizás es su plato favorito o, simplemente, algo bueno. Me pregunto qué tipo de discurso, de creación, de performance, de poema, de obra de arte, puede superar a un gesto cotidiano, de quien promete un futuro próximo de alimento y frescura. Creímos que el arte era fuego, un violento terremoto o una herramienta para el cambio político y social. Hoy es una página más del día a día, acaso más cruel, por cuanto supone jugar a la sofisticación, a la revuelta, desde una sala.

Nuestra época se caracteriza por el cierre de las puertas. El arte no existe. O es repetición, o un grito que no llegan a su destinatario. No puede competir. Nunca ha sido más que propaganda. No se eleva hasta el amor y juega al deicidio.  

Estamos muy lejos de casa. He caminado demasiado rato. Ahora siento sed. El sol continúa furioso en las alturas. Me reconforta pensar que puedo estar, de nuevo, equivocado.
 
 
 

jueves, julio 25, 2013

El Silencio

Es un día, como otro cualquiera, para pensar la muerte. Lejos de aparecerse como un motivo para la cháchara y la exhibición sentimental, exige silencio y campanas, recomposición de las seguridades. De pronto, golpea como una ventana mal cerrada en plena corriente.

Casi ochenta personas murieron ayer en Santiago de Compostela.

También se fue un amigo al que no veía desde hace algún tiempo. Sus cosas permanecen en el mundo, como una mueca contra el consuelo.

Su número en mi teléfono, su ropa en la casa. Su olor, probablemente, en todas partes.

No hablaré de la tristeza, no hay nada que decir. La muerte establece las coordenadas que infantilizan cualquier decisión y cualquier acto. Convierte una escena frívola en densa eternidad. La promesa, en un vacío. Todo esto ya se ha dicho antes.

Antes, digo, cuando la fe imponía silencio y campanas. Y vestidos negros. Y velas que encender junto a un lecho ordenado. Esa intensidad de la tierra que reclama su parte, la impertinencia de la metáfora, que siempre se queda corta. Entonces había amarras.

La juventud, que hace de la tumba un sueño. ¿Qué decir?

La muerte se exhibe mientras una pareja se besa en una terraza o los niños juegan en un parque. Nada se le resiste y el arte no funciona.

Nadie puede aprender del silencio. Esa paradoja que nos define. 

Y lo más cruel. Todo está donde debe. “Dentro la vida y la muerte/ la nieve cae incesantemente” (Santôka). 

 

martes, marzo 12, 2013

"El viaje me enseñó que los límites están en uno mismo"*

 
 
Diego Ballesteros - Ciclista
 
El deportista aragonés, en silla de ruedas tras ser atropellado en Estados Unidos en 2010, presentó su libro "12.822 km. De España a China en Bicicleta", en la Librería Gil de Santander
 
 
Pablo Sánchez
 


SANTANDER. Siempre que alguien pronuncia un discurso sobre la capacidad del ser humano para encarar las adversidades y superar los peligros que lo acechan, corre el riesgo de quedarse corto. Tales palabras parecen insuficientes, por ejemplo, para relatar la determinación del ciclista Diego Ballesteros (Barbastro, Huesca, 1974) por explorar los límites de sus fuerzas y volver para contarlo. En 2008, el aragonés decidió hermanar la Expo de Zaragoza con los Juegos de Pekín, recorriendo en bicicleta (y en solitario) los 12.822 kilómetros que separan las dos ciudades. El 23 de agosto, a las 16.00 horas entró en la capital china, colmado de emoción por el trabajo bien hecho y de alegría por las experiencias acumuladas. Dos años después, su vida cambió para siempre, tras sufrir un atropello en Estados Unidos, durante la celebración de la Race Across America. Una lesión medular irreversible le impedirá volver a caminar. Tras muchos meses de angustia, Ballesteros volvió a enfundarse el maillot para lanzarse de nuevo a la carretera, esta vez, sobre una handbike (bicicleta propulsada con las manos) con la que ya ha sido capaz de cubrir la distancia entre Madrid y Londres: 1.800 kilómetros, en 25 días. La fórmula para su recuperación cuenta con dos ingredientes fundamentales: su familia y la escritura del libro: "12.822 km. De España a China". Este sábado presentó el volumen en la Librería Gil de Santander, junto con un documental sobre su aventura asiática. Diego Ballesteros, de 38 años, ya piensa en los próximos retos. Hoy, busca la felicidad enarbolando su lema: "querer es poder".

-¿Qué aprendió durante su largo viaje a China?

-Siempre digo que es un viaje que me enseñó a darme cuenta de que los límites están en uno mismo. Utilizo la frase que lo resume: "querer es poder". Superé muchas dificultades que fortalecieron mi personalidad, algo que también me ayudó después del accidente. Fue una aventura y un aprendizaje sobre mí mismo y sobre los demás; un reto solitario, personal, de 100 días, en los que me comprometía a partir del recinto de la Expo de Zaragoza y llegar hasta Pekín, antes de la clausura olímpica. El libro "12.822 km. De España a China en Bicicleta" es muy fácil de leer y transmite valores.

-Habría momentos de mucha soledad, de cansancio y de pensar: «¿Cómo me he metido en este lío?»...

-Hubo muchos episodios de pasarlo mal, de valorar si realmente valía la pena todo el esfuerzo que estaba haciendo... Pero cuando estás en el desierto o en Irán piensas: «Bueno, para atrás no puedo ir». Siempre hay que caminar hacia adelante.

-Destaca en su documental y en su libro el trato humano y el contacto con diferentes culturas. Cuando atravesó los territorios de la antigua Yugolsavia, ¿le impactó observar todavía las huellas de la guerra...

-En los Balcanes percibí ciertas muestras de rencor entre serbios y croatas. Aún se ven arañazos de la guerra en las casas, metralla... A día de hoy, hay mucha gente desaparecida en los dos bandos. Mi viaje coincidió con la proclamación de la independencia de Kosovo, reconocida por varios estados. Los serbios tenían un sentimiento algo derrotista por todos esos episodios.

-Camino a Pekín visita otros países donde se le ve muy integrado con la población local.

-La comunicación era lo más complicado. Por ejemplo, en Irán, donde la gente es muy hospitalaria y los vecinos venían a ofrecerte lo poco que tenían, encontrar a personas que supieran inglés no era fácil. Así que, cuando veía a alguien que lo hablaba, le pedía que me apuntara en un papel las palabras importantes: izquierda a derecha, los números, los alimentos, etc. También utilizaba mucho los gestos.

-Y luego llegaron experiencias impresionantes, como atravesar los desiertos de Gobi y Taklamakan...

-Sí, claro. Hubo momentos muy duros en la aventura, como cuando atravieso el Pamir, con pasos de montaña de más de 3.600 metros, donde las condiciones meteorológicas son muy adversas y había horas de mucha soledad. Pensaba: «Si me pasa cualquier cosa, o pincho...». Lo pasas mal. Y, sobre todo, cuando atravieso el desierto de Taklamakan (que, traducido, significa "Si entras, no saldrás"), son jornadas muy largas de pedaleo. Se me hacía de noche y veía a los escorpiones acudir al calor de la carretera... Pasas un poco de miedo, pero lo vas venciendo.

-Cuando apenas le quedaban unas pocas de jornadas para llegar a Pekín, sufre una avería que casi le deja a las puertas de concluir su gesta. En ese momento, la colaboración de la población local china fue fundamental.

-Pensé que el viaje había terminado cuando se me rompió el eje de mi rueda trasera. Pero unos chicos chinos fueron en busca de uno de repuesto y lo encontraron. Además, tuvieron que tornearlo para poder acoplarlo a la bicicleta. Yo pensé que me iban a cobrar el oro y el moro, porque estuvieron cerca de tres horas buscando la pieza, pero no sólo no me cobraron nada, sino que me invitaron a comer. Yo siempre digo que el mundo exterior es menos agresivo de lo que la gente cree.

-Y luego, por fin, Pekín, la meta. ¿Cómo fue esa entrada?

-El vello estaba erizado. Sentí una enorme emoción al recordar todo el trayecto vivido. Y también un cierto alivio al pensar: «Por fin, mañana no me toca pedalear» (risas). Perdí cerca de 10 kilos de peso y llegué agotado, muy débil, pero con una gran satisfacción por terminar en la fecha prevista.

-Después llegó el accidente en Estados Unidos, durante la Race Across America -un automovilista despistado lo arrolló a 100 km/h, sentándole de por vida en una silla de ruedas-. ¿Qué siente hoy, cuando recuerda la aventura china?

-Cuando veo esas imágenes siento cierta añoranza, pero trato de evitar los pensamientos tristes. Las cosas suceden porque sí y no hay vuelta atrás. A raíz de mi accidente tuve que empezar a convivir con una silla de ruedas. Es difícil de digerir. Pero trato de llevar una vida lo más activa posible. En ese sentido, el deporte ha sido fundamental. No quiero renunciar a las cosas que quiero.

-Dentro de esa determinación por seguir adelante en el deporte, descubrió la handbike (una bicicleta propulsada con las manos). ¿Cómo fue ese primer contacto?

-La primera vez que oí hablar de la handbike fue en el hospital donde estaba ingresado, el Instituto Guttman de Badalona, pero durante ese periodo mi mente no estaba preparada aún para asumir que no iba a volver a caminar. Y cuando volví a casa un día decidí probar una handbike y me encantó.

-¿Cómo fue la experiencia, a nivel personal, en el Instituto Guttman?

-Un periodo de ingreso tan largo es siempre muy duro. Te enseñan a volver a aprender a realizar las actividades cotidianas: comer, ducharte, ir al baño... En esa época estaba un poco enfadado con el mundo. Pero llega un momento en el que quieres salir de allí y retomar tu vida. En el hospital, que es un entorno muy duro, te das cuenta de que hay gente que está peor que tú, con lesiones en la cabeza y que no saben ni quiénes son. Te enseña mucho.

-Siempre que habla de su recuperación, señala un doble apoyo: el calor de su familia y la escritura del libro. ¿Han sido los dos pilares que le han sostenido todo este tiempo?

-Sin duda. Cuando yo estoy mal, mi familia está mal. Si me pongo triste, mi madre se pone el doble de triste que yo. Decidí estar bien, porque las personas que te quieren son las que más sufren. Mi entorno, por otro lado, no me ha fallado. Sigo con mi pareja de hace años y mis padres están bien. Eso me ayuda muchísimo. En el hospital conseguí escribir el libro y fue un extra de motivación. Tuve que renunciar a mi puesto de trabajo como profesor en un instituto y me volqué en el libro y su distribución. Mi mente se ha mantenido ocupada.

-También ha tenido mucho apoyo del mundo del ciclismo: Indurain, Pedro Delgado, o el equipo Movistar han estado muy pendientes de usted.

-Que los mejores ciclistas españoles de todos los tiempos se hayan volcado conmigo es una muestra de su grandeza. A Miguel Indurain le dije que no sólo es grande por lo alto que es y los títulos que ha ganado, sino por el enorme corazón que tiene.

-Poco tiempo después, decide emprender otra aventura, esta vez de Madrid a Londres. 1.800 kilómetros en 25 días sobre una handbike.

-Ambas experiencias fueron un salto al vacío. El trayecto a Pekín fue más duro psicológicamente, porque tuve que pedalear solo durante muchos días. El de Londres, en cambio, lo fue físicamente. Acabé con una enorme sobrecarga en los brazos, pero llevaba un equipo de apoyo, que para mí fue fundamental para el éxito de la aventura.

-¿Cómo se plantea el futuro Diego Ballesteros? ¿Sueña con participar en unos Juegos Paralímpicos?

-Me encantaría representar a mi país en unos Juegos. Lo que ocurre es que apenas ha pasado un año y medio desde que dejé el hospital. Hay mucha gente que lleva más tiempo con discapacidad y está tremendamente fuerte... Yo lo voy a intentar.

-¿Tiene ya en mente algún objetivo concreto?

-Sí. Participar en el Campeonato de España, acudir a alguna prueba internacional de handbike y una aventura por el África negra.
 
Pie foto: Diego Ballesteros, el sábado en Santander. :: Daniel Pedriza
 
*Entrevista publicada el lunes, 11 de marzo, en EL DIARIO MONTAÑÉS.

sábado, febrero 23, 2013

Centenario


La ciudad se ha despertado hoy casi blanca, bajo una leve promesa de nieve y una certeza aguda, furiosa, de frío europeo. Las amenazas en la ciudad, si hemos de ser sinceros, raramente se concretan en lo peor. A menudo, los avatares de la vida se suceden despacio, de forma casi imperceptible, a través de una pulcritud que podríamos calificar de burocrática. Por eso los copos (escasos y tímidos) caían lentos, como obligados, durante unos pocos segundos antes de que todo volviera al orden natural de las cosas. De esta forma ha amanecido la ciudad en la mañana del centenario; en la jornada en que su equipo de fútbol cumple 100 años.

La calle rápidamente se hace eco de un evento que coincide con un choque liguero. Dos pájaros de un tiro. Algunos ciudadanos se pasean pletóricos por la efeméride, vistiendo orgullosos los colores de su club. Hay niños con balones, ataviados con el equipaje oficial, que corretean calle arriba y calle abajo. Otros se contentan con protegerse de las bajas temperaturas con el gorro y la bufanda que, acompañados de un suplemento especial, dan hoy con el periódico más importante de la ciudad. Lo más interesante es escribir de una pasión cuando ya no se siente, cuando los ingredientes que la hacían posible ya no existen. Hoy puede ser un día apropiado para hacer frente a un sentimiento, más que darlo por supuesto.
 
El fútbol no es un todo que pueda analizarse en términos objetivos. La lógica, la abstracción no sirven para deshacer los nudos de la polémica que habitualmente lo atenazan. El fútbol es otra cosa, eso lo sabe todo el mundo. Algo que entronca directamente con la educación del niño, con su vivencia familiar y formativa. Habrá otras experiencias al respecto. No importa: todas valen lo mismo.

En este deporte, como en todo, lo peor es el mimetismo, el comportamiento gregario, violento y vulgar. El insulto, la provocación, expuestas en un ámbito dominado por la picaresca empresarial, el cinismo de quien pretende hacer caja con la explotación de un sentimiento. La indignidad, como dicen, instalada en la poltrona del poder.

Pero eso es sólo ruido. Frente a la avalancha crispada y cotidiana, provocada por los conflictos de intereses, emerge la verdad indiscutida, imprescindible, del hobby. Así dicho, suena a poco, pero la imagen es poderosa: es el niño de la mano del padre, aproximándose al estadio, tras dejar el coche aparcado muy lejos. Un paseo de nervios e ilusión antes de un partido. Es salir muy pronto de casa para evitar el atasco, escuchando por la radio el carrusel de goles. Una cuestión de aromas y sabores, que golpean los sentidos del niño al atravesar el umbral que da acceso al campo. Esa mezcla de pipas, puros, café duro y mucho frío. Llegar a la localidad reservada, justo cuando los jugadores saltan al césped para ejercitarse.

El encuentro, muchas veces, es lo de menos. Pesan más los gestos de los vecinos de localidad, los cánticos. Incluso la posibilidad de disfrutar con la calidad de algún futbolista rival. No hay rabia, ni odio. Son dos horas de deporte. Ciento veinte minutos de rito dominical, con la amenaza de una nueva semana escolar a la vuelta de la esquina. Tú y tu padre, mano a mano, cultivando una afición común. No puede pedirse más.

Y salir un poco antes del estadio -si el partido está decidido- para evitar la aglomeración en la vuelta a casa. Un regreso al hogar, donde se besa a la madre, que pregunta cómo ha ido la cosa, y desde el que se telefonea al abuelo, futbolero veterano. A él se le hace una crónica exacta de lo acontecido. La primera crónica de muchas que han de venir.

Son los diez, once, o doce años, marcados por el deporte. Muchas temporadas de Primera y Segunda. Pasa el tiempo y el rito desaparece y llegan otras ocupaciones. Y es la madre, entonces, quien recoge el testigo del equipo, transistor en mano, apostada cada fin de semana en el sofá para escuchar las retransmisiones. Los lunes, las tertulias. No se perdía una. Ella, una mujer lectora, amante de las bellas artes, presa de la pasión por un equipo de fútbol. No es extraño, pese a lo que puedan pensar los talibanes de una u otra orilla.

Más tarde, la UEFA, la Copa del Rey, el delantero de Burundi silenciando una catedral. Buenos años. Gran recuerdo. La madre ya no está. Se la llevó una enfermedad cruel y habitual, cuando aún era demasiado joven. Su transistor no ha vuelto a encenderse.

Esta reflexión no busca moraleja, ni pretende fijar un dogma. Al contrario, sus motivaciones son mucho más humildes. Nada más que rescatar la idea de la normalidad, ese fin al que todos aspiramos, frente a lo que hoy domina: el grito, el insulto, la mafia sin clase. Como el profeta Elías -perdónenme la referencia bíblica- quien, asustado por la anunciada visita de Dios, creyó reconocerlo en el fuego y el trueno, para, finalmente, encontrárselo convertido en una suave brisa.

Reivindico, aquí, la suave brisa, aún cuando soy consciente de su imposibilidad. El club que hoy celebra su centenario ya no existe. Porque mi equipo era otro, y jugaba hace casi veinte años, alineando rusos y nigerianos; pasando de golear al todopoderoso Dream Team a bregarse en los infiernos de Segunda. Un bloque con aroma a puro, a frutos secos, a café negro y fortísimo de puchero. Una pasión familiar, forjada en el hogar y en la calle.

Otros niños corren hoy por las avenidas de la ciudad y se cruzan con alguien que los comprende a la perfección. El fútbol no es eso que dicen: no es la pasión de un pueblo, su brazo armado en una era sin batallas, el orgullo patrio condensando en once muchachos. Todo lo que importa crece despacio y es necesario cuidarlo. Mucho más el fútbol, que cuenta con enemigos poderosos que tratan de apropiárselo una y otra vez. La ciudad celebra hoy un centenario. Extinguida la pasión, conservamos la memoria, a menudo azuzada por imágenes de gloria y derrota, condimentada por el recuerdo del frío y las pipas, los refrescos y la merienda del invierno escolar. La fotografía de una madre junto al transistor y un abuelo esperando tu llamada.