viernes, abril 08, 2016

Fotografías*



La vida adulta es una reflexión sobre la vida adulta. Uno cumple años y no cruza ningún Rubicón; en realidad, nada se conquista. La edad supone la derrota de la salud perfecta, verle las orejas al lobo de la enfermedad y de la muerte. Poco a poco, el tiempo va proporcionando material a los recuerdos. Inmersos en la treintena, por ejemplo, ya podemos tejer episodios completos de hace cinco, diez o quince años. Antes, solo éramos capaces de capturar fragmentos y olores de la infancia. Es posible que, por aquel entonces, necesitáramos simplemente la referencia del hogar, los besos de la madre, alguna merienda en casa de los abuelos. Y, por otro lado, el temor al vacío de la calle, a la violencia de la competición. Eso se nos quedaba grabado como un aviso sobre el orden del mundo.
   
Solo a través de la memoria llegamos a conocer el miedo. El terrorismo hiere a las sociedades con memoria, las que aún tienen algo que perder. Reconocer el aspecto real de la amenaza no está al alcance de cualquiera. En nuestra decepcionante Europa, el terror es imposible. Aquí se vive la política como razón última del presente; la urgencia de los temas, las réplicas y los matices. Del terrorismo no vemos ni la muerte, apenas alcanzamos a distinguir los escombros, alguna patrulla y los gestos de sorpresa de las víctimas más afortunadas. Como esa joven de la fotografía tomada por Ketevan Kardava en el aeropuerto de Bruselas: la mujer, cubierta de polvo, mira a la cámara con serena incredulidad. Se llama Nidhi Chaphekar y es de nacionalidad india. Podría ser cualquiera.  

Es, precisamente, esa masa anónima, despojada de sentimientos privados, la que muere en una muerte siempre demasiado corta, rápidamente sujeta a las coordenadas y estrategias ideológicas. Recuerden Madrid. Si el terrorismo no existe, tampoco existe la muerte, ni el duelo. En el mejor de los casos, leemos algún reportaje sobre las “vidas truncadas por la sinrazón” -a ella le gustaba montar a caballo y el cine francés; a él, viajar y el alpinismo-. Y, por supuesto, vemos sus retratos de aquella época en la que todos estaban sanos como lo estamos nosotros ahora; cuando eran felices y sostenían el futuro como un tesoro invulnerable.  

No faltan, desde luego, los que culpan a los asesinados de su cruel destino, los que miden cínicamente el dolor en kilómetros. Es el discurso de homilía, del material en el que se forjan las ruedas de prensa y los argumentarios. “No alterarán nuestro modo de vida”, dicen cariacontecidos, porque no saben decir más y temen convertir la realidad en lenguaje. Temen asumir la amenaza y enfrentarla. Porque ya no les queda memoria y solo conservan las fotografías recientes; imágenes que ni siquiera capturan el mundo por completo, apenas un pedazo -siempre el más confortable-, para que el espectáculo se perpetúe sin que brote la decisión.

* Columna publicada el 7 de abril de 2016 en El Diario Montañés. 
Fotografía: REUTERS/KETEVAN KARDAVA

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