viernes, septiembre 09, 2016

Refugio*



"Siempre pensé que, cuando me hiciera viejo, Dios irrumpiría en mi vida de algún modo. Y no lo ha hecho". Ed Tom Bell (Tommy Lee Jones), veterano sheriff de Texas, carga con su estrella en una época que le es hostil. Comienza la década de los ochenta y su tierra alberga horrores nuevos, amenazas que Bell, a punto de jubilarse, ya no reconoce. Lo escribió Cormac McCarthy en 2005 y los hermanos Coen lo llevaron al cine dos años después. ‘No es país para viejos’, dijeron. Exactamente eso. Bell añora tiempos más seguros, la felicidad de pisar en firme, de disponer de herramientas que descifren el mundo; la confianza en el futuro domado.     

El sheriff no exagera en su agonía ni forcejea con el destino. Silenciosamente, se aproxima al ocaso de su carrera y sólo se permite algún que otro lamento antes del mutis. Bajo una primera capa de resignación, hay miedo seco, intransferible. Bell sufre cerca del abismo, teme ese final inevitable. Llega desvalido y sin asideros.   

El pasado fin de semana, la religiosa Isabel Solà fue asesinada en Puerto Príncipe. Unos desconocidos abrieron fuego contra el coche que conducía, supuestamente con el robo como único móvil del crimen. Solà residía en Haití desde 2009. Tenía 51 años. Llevaba más de treinta ocupándose de los que menos tienen.  

A estas alturas, resulta imposible rescatar la fe para elevarla a ingrediente principal de la receta. Es perfectamente lógico: siglos de crueldad e intolerancia y numerosos descubrimientos que nos permiten avanzar. Como Ed Tom Bell, el hombre contemporáneo también muestra esa decepción por la existencia sin relato.


Pero Isabel Solà compuso un relato propio, lo encarnó. No fue, la suya, una apuesta convencional: encontró al ser humano en el sufrimiento y trató de paliar su dolor. Nunca sabremos si fue Dios el que irrumpió en la vida de Solà o si ocurrió al revés. No sería ninguna novedad; al fin y al cabo, la tradición religiosa describe el empequeñecimiento del Eterno, que pasa del trono al hombre, de la libertad a la pérdida. Finalmente, del Sinaí a Auschwitz. Quizás, su vida y su muerte confirman que sólo puede nombrarse a Dios a través del gesto hacia el Otro, sin la memoria simple que ata pero no espolea. Convertirse en refugio para el prójimo; amar al pobre, sí, pero luchar contra la pobreza.  

La última escena de la película: Bell, ya jubilado, se sienta a la mesa del desayuno con gesto intranquilo. Habla con su mujer, le cuenta un sueño que ha tenido. En él aparecía su difunto padre. Iban los dos a caballo, atravesando un desfiladero. Bell se quedaba atrás, viendo cómo su padre se adelantaba en el camino. "Yo sabía que él iba a seguir y a encender una hoguera en medio de aquella oscuridad y de aquel frío. Sabía que, cuando yo llegara, él estaría allí. Y me desperté". 

*Columna publicada el 8 de septiembre de 2016 en El Diario Montañés

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