viernes, febrero 09, 2018

El dinosaurio y el doctor Grant*



Ustedes recuerdan aquella escena de Parque Jurásico: el multimillonario John Hammond ordena detener los todoterrenos; sus ojos brillan de júbilo. El doctor Alan Grant no se ha dado cuenta del súbito arrebato del anciano. Cariacontecido, apenas atiende a sus compañeros de viaje. No sabe qué demonios hace él, un paleontólogo de prestigio, en esa isla remota. De pronto, algo capta su interés. La cámara se centra en un primerísimo plano de su rostro, que transmite la solemne intensidad del momento; durante unos instantes, Grant conserva el rictus grave, como si su temple se resistiera a ceder de inmediato bajo el violento choque de lo real. Primero, avisa a su pareja, la paleobotánica Ellie Satller, que también está en Babia. Ante ellos, un imponente ejemplar de braquiosaurio, especie extinta hace ciento cincuenta millones de años, que mordisquea apaciblemente las hojas de un árbol gigantesco.

He pensado mucho últimamente en Alan Grant. El científico, como se nos presenta al inicio de la cinta, vive entre el barro y el polvo de sus excavaciones, asido a una vocación amenazada por la escasez de fondos. Todo lo que sabe de los dinosaurios lo ha ordenado en su memoria, a través de fósiles y muchas anotaciones. Grant se esfuerza en la reelaboración de un relato que el tiempo ha sepultado.

Pienso en Grant y se me ocurre que algo parecido podría estar pasándoles hoy a los historiadores que han trabajado durante los últimos años en la seguridad de la tierra firme, ya sin los cantos de sirena de los totalitarismos. Pese a la proximidad con el terrible siglo XX, creyeron habitar una época más amable. Todos los monstruos habían sido derrotados; los países prósperos apostaban por un cosmopolitismo abierto y convencido del valor de la vida humana.



Pero hoy nos dicen que las muchachas de Balthus son incompatibles con la inocencia, que ‘El origen del mundo’ de Courbet debe ocultarse y que la ‘Lolita’ de Nabokov canta, en realidad, a todos los Humbert Humbert. La ofensa de la carne descubierta, como emblemática excusa del poder y de la censura.

Hemos visto también la verdad suspendida por una revolución a la que le sobra la presunción de inocencia. Hemos comprobado el actual peso de la lealtad en linchamientos mediáticos, apenas discutidos, donde no cabe esperar valientes palabras de aliento. No quedan versos sueltos, amistades en medio de las tormentas políticas. Los historiadores se encuentran hoy con un entorno de represión rediviva, de pérdida de humanidad y de identidades inflamadas. El objeto de su estudio renace en perfecta forma porque la revolución, es decir, la guerra, es el fuego que nunca se apaga.

Recordemos el final de la escena. Habíamos dejado a Grant patidifuso, a los pies del braquiosaurio. Ahora, le fallan las piernas y tiene que sentarse. A lo lejos, más dinosaurios iluminados por el sol. Alan Grant musita: “era cierto; van en manadas”. Tal cual.

* Columna publicada el 6 de febrero de 2018 en El Diario Montañés

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