lunes, diciembre 22, 2014

Conservadores






La primera vez que me topé con un conservador fue en 1999 en Lancaster, Pennsylvania. Me refiero a que conocí a alguien orgulloso de serlo, que se definía a sí mismo como tal y que, en definitiva, respetaba los valores familiares de la ‘mayoría moral’ estadounidense. Imagino que en España habría también conservadores por aquella época -primera legislatura Aznar-, pero creo recordar que el PP aún transitaba el delirio de los ‘centro-reformistas’, con un presidente que hablaba catalán en la intimidad y leía a Azaña. El conservadurismo, o, para ser más exactos, la derecha patria representaba ya un tabú político, capaz de ganar elecciones pero inútil para oponer ideas y valores a la izquierda mediática dominante. 

El orgulloso en cuestión era el padre de familia del hogar donde me hospedaba en verano para aprender inglés. Su esposa y él abordaban con total desparpajo en mi presencia todo tipo de asuntos espinosos. Un día me dijeron que el pastor de su iglesia les había animado a utilizar métodos anticonceptivos tras el nacimiento de su quinto hijo. De lo contrario, me aseguraron sonrientes, habrían seguido echando el resto en la procreación a la espera de la Segunda Venida. 

Yo pasaba largas horas en la cocina, charlando con la mujer de esto y de aquello, mientras el marido afrontaba interminables turnos en el trabajo. Como manda el estereotipo, se trataba de una gran señora extrovertida y simpática. Debí de caerle bien, porque, en cierta ocasión, me dijo que, pese a ser yo católico, podría salvarme si era buena gente. A veces, pelábamos maíz en el porche, o le ayudaba a preparar la comida. Era un hogar humilde, basado en principios intensamente religiosos. Creo que me consideraban una especie de indígena de un país extraño, pero con posibilidades de conversión.

En aquellos años, yo me las daba de sabelotodo ‘comecuras’ y visceral antiamericano, por lo que escuchaba a mis anfitriones con cierta condescendencia. Su forma de vida me parecía cómicamente desfasada. Eran, me parece, presbiterianos. Los domingos me llevaban a la iglesia, que no era como la española (media hora y para casa). Allí uno podía pasarse toda la mañana, en la ‘Sunday school’, una especie de catequesis en la que hablaban del diablo y de los peligros del satanismo. Nada de “Jesús es tu colega”, tan habitual en la educación católica posterior al Vaticano II. Allí la cosa iba en serio. 

Uno de sus compañeros feligreses que, a diferencia de ellos, tenía claro que España era un país “cercano a Portugal”, me relató, una tarde, su conversión a esa rama del protestantismo, tras abandonar la Iglesia Católica. Su testimonio, imagino, quisieron utilizarlo para demostrarme que ancha es América. El tipo, muy serio, confesó que uno los motivos para su tránsito religioso fue el descubrimiento de que los presbiterianos creían en el sexo “también por diversión”, y no únicamente para poblar la tierra de creyentes. 

Me sorprendió mucho su discurso. Yo venía de un país donde sólo había católicos, excatólicos, y católicos a su manera. En España, uno podía encontrarse gente del Opus, o de la Teología de la Liberación. Creyentes que veían a Jesús como un cruzado matamoros o como al Che Guevara. En realidad, se justificaba todo: el uso del preservativo, el matrimonio homosexual, el aborto, el Alzamiento Nacional… sin prestar demasiada atención al magisterio de la Iglesia. En Pennsylvania, por el contrario, las cosas se tomaban con responsabilidad. Al menos, había ofertas. Uno podía ser cuáquero, amish, luterano… Los conflictos religiosos se encaraban con rigor, sin caer en la soberbia del que ignora la pluralidad del mundo. 

Esta mañana, asistí en el autobús a una conversación entre dos hombres que hablaban del bautismo. Uno de ellos decía, muy serio, que no se puede recibir ese sacramento de cualquier manera, por lo que era imprescindible que el creyente llegase a él con pleno conocimiento de su significado. “Así lo dice la Biblia”, aseguró. Es interesante escuchar diálogos de este tipo en una sociedad tan secularizada como la española, en la que el debate religioso no tiene ninguna operatividad pública más allá del folclore. Por supuesto, su discurso no era católico. Pese a no serlo yo tampoco, me sentí incómodo. La falta de costumbre, pensé, o, quizás, algún rastro de mi educación teresiana que me lleva inconscientemente a rechazar propuestas protestantes. 

Lo que me tranquilizó después fue la idea de que, en realidad, mi malestar se debe, más bien, al proselitismo activo de la religión, no tanto a su filosofía o valor moral. Esa pretensión de liderazgo espiritual, que lleva, en este caso a los cristianos, a considerarse la élite del mundo; a creer que conocen a Dios mejor que los demás. No lo sé… Es posible que esté tratando de justificarme porque yo también soy víctima de esta sociedad uniforme que padecemos, donde no hay protestantes, ni judíos, ni musulmanes, ni budistas, ni conservadores, ni nada. Donde todo el mundo está indignado y, a la vez, enamorado de la socialdemocracia. Donde uno bebe ginebra y ve series como ‘Juego de tronos’ o ‘Breaking Bad’, tras compartir en Facebook el último vídeo canalla de Wyoming. En la que, en resumen, el Otro no existe más como espejismo amenazante que nos hará caer si le abrimos paso. Ese miedo a la libertad, esa ortodoxia, que aún avanza bajo palio.

domingo, diciembre 21, 2014

Caballos




Una plaza santanderina, cercana a mi casa, se ha engalanado para recibir la nueva acometida navideña. Como ahora somos modernos y cosmopolitas, preferimos Manhattan al pesebre, una pista de patinaje sobre hielo a la presencia familiar de la castañera. Para nuestras benditas autoridades, somos protagonistas de una ‘sitcom’ yanqui. Ya no hay panderetas ni zambombas. En su lugar, los altavoces escupen villancicos en inglés, entonados por algún crooner sofisticado. Todo es limpieza y luminosidad. Vaya, como si Tom Hanks fuera a declararse a Meg Ryan en cualquier momento. 

Sin embargo, sucede que la perfección es fría e impersonal. A un lado de la plaza, se ha dispuesto un carrusel, donde los más pequeños dan vueltas en enormes caballos de latón. Los padres los animan y fotografían desde la barrera, pero los niños no ríen ni emiten ningún gesto de felicidad. Simplemente, están ahí, dando vueltas, a horcajadas sobre un amago de animal que no respira. Reconozco que esto es peliagudo -sobre todo, tras la muerte de un asno en Córdoba a manos de un anormal-, pero creo que en el equilibrio está la razón. Vivimos bajo una constante efervescencia pública donde cualquier asunto se nos presenta como reflejo de algo mucho más profundo. Es decir, la lucha de este país por alcanzar la modernidad. Pero, en mi opinión, el tema interesante es otro: decidir qué tipo de relación deben mantener los seres humanos con los animales. Hay respuestas válidas e indiscutibles. No pueden tolerarse ni el maltrato ni los espectáculos crueles. Cierto. Lo que no tengo tan claro es que nuestro único vínculo con los animales deba ser su mera observación lejana, como si entre nosotros no pudiera existir contacto más allá de la admiración desde la vitrina. Como si cualquier contacto, desde la monta al ordeño, fuera, en definitiva, agresión. Quizás, esa humanidad respetuosa, a la que se aspira, esté dejándose jirones de realidad en el camino, por ese afán suyo por alcanzar una limpieza moral exagerada. He pensando en ello cuando he visto a esos niños, serios y aburridos, que jamás conocerán algo distinto del asfalto, dando vueltas sobre caballos de mentira.                       

miércoles, diciembre 10, 2014

Familia






La ausencia es un espacio, no pretendo ser original. Una cama vacía, un cubierto sin aprovecharse. El número que no se marca en el teléfono. El hueco en el sofá. Los libros… Las ganas que quedan, como ese brazo amputado que, sin embargo, escuece. Se ha dicho muchas veces. Que, a partir de ahora, reconozcamos que la vida consiste en asumir ausencias, en avanzar a golpes y tristezas, con ambición y sensatez. Y con alegría, que todo cabe. Despedir, y despedirnos, de las promesas. Recibir, mortificarnos. Beber de los días como de un pecho generoso. Dirigirnos, dulcemente, hacia la destrucción. Amar y comprender que no todos van a poder verlo. Que hay círculos definitivamente cerrados. Amar, amar. Y la memoria.     

Poderes





Hace aproximadamente un mes, me alojé en un siniestro hostal de Madrid. No entraré en detalles, pero, entre sus espeluznantes amenazas, destacaba la maldición de no poder sintonizar más que Teledeporte y el Canal 24 horas en el televisor. Para hacer sueño, opté, desolado, por el segundo. Ponían ‘La noche en 24 horas’, un aburrido programa, en el que individuos como Alfonso Rojo, Carmen Morodo, Graciano Palomo o Esther Jaén campan a sus anchas, ‘analizando’ la actualidad sin entrar en profundidades, como buenos tertulianos todoterreno. El presentador, Sergio Martín, es un muchacho menudo, con gafas y con un corte de pelo modernete, que le despoja de un aspecto gris de contable y lo sumerge en la parrilla coloreada y cosmopolita que nos ha tocado en suerte. El programa no aporta nada y, en realidad, no pinta nada. Dudo que alguien lo vea, pero de todo hay en la viña del Eterno. Sucede, sin embargo, que la gente lo ha conocido, a causa de una entrevista que allí le hicieron a Pablo Iglesias. Yo no la he visto. Únicamente, he sabido de la pregunta sobre la “enhorabuena” por la excarcelación de presos de ETA. De todas las razones para eliminar ‘La noche en 24 horas’, la menos defendible me parece la que esgrimen los ofendidos por la actitud del presentador hacia el líder de Podemos. Motivos de calidad y enfoque periodístico hay de sobra. Echar mano de preguntas que no nos gustan o que nos parecen impertinentes es peligroso. Esa nueva censura, supuestamente ciudadana y rebelde, tan perversa y totalitaria, al menos, como la que se achaca, justamente, al poder. A todo poder, por cierto.