martes, abril 22, 2014

Daniel y el futuro





Lo diré dogmáticamente: el futuro cercano que presenta ‘Her’, la última película de Spike Jonze, es el más creíble que he contemplado en una pantalla de cine. Durante sus dos horas de metraje, lo acepto todo, desde la evolución del ‘gafapastismo’, en la austera propuesta de Joaquin Phoenix, al modus vivendi que diseñamos: la soledad del individuo, únicamente paliada por torpes promesas de ocio y tecnología. Considerando que el argumento de la cinta expone la mejor de las vidas posibles, imagínense lo que puede ser de este mundo en unos pocos años. 

Siendo, como es, una obra excelente, no es, sin embargo, el de Jonze un descubrimiento. Muchas películas de ciencia ficción abordan el futuro desde la perspectiva del hombre solo, envuelto por una cotidianidad claustrofóbica. Piensen en ‘Blade Runner’, ‘2001…’, o ‘Hijos de los hombres’. Como para echarse a temblar. Pero, ‘Her’ no explora los asuntos teóricamente más amenazadores para la supervivencia de nuestra especie. En su previsión no cabe, por ejemplo, la moralina sobre el cambio climático, la pobreza o la discriminación sexual. Es un escenario liberal, en el que se da una vuelta de tuerca a la marginación del ser humano, provocada por una sociedad que ha eliminado cualquier posibilidad de proyecto colectivo. 

Mucho habría que decir sobre la despersonalización que se nos presenta. Desde el empleo del protagonista (escribe cartas de amor por encargo) al asunto central: el sentimiento y sus límites. O, más bien, cómo las mujeres y los hombres, por muy sumidos que estén en el aislamiento, utilizan su instinto para establecer lazos sentimentales donde sólo parece haber frialdad y abandono. 



Pero no me interesa hablar de eso ahora. O no directamente, al menos. Habrá otros que lo hagan con mayor conocimiento de causa. Lo interesante, para mí, es reconocer el trayecto que nos lleva a ese futuro, aparentemente tan alejado de la educación teórica que recibimos desde la infancia. Como treintañero, mi caso no es diferente al de otros individuos de mi generación: en España somos hijos de aquéllos que vivieron su juventud bajo una dictadura. A escala occidental, son los herederos del 68, de París a Berkeley, de México a Praga. Nuestros padres alcanzaron una culta madurez y nos regalaron pinceladas de educación progresista, con cierto aroma nostálgico a la revolución que no pudo ser. Pienso, a menudo, en el cambio que ellos no tuvieron en cuenta. Ocurre siempre, pero, en nuestro país, ha sido un salto mayúsculo, casi mortal. La época concluye en egoísmo y naciones, a pesar de sus cuidados. Si el mundo de Spike Jonze nos parece impersonal, ¿esperaremos a la muerte en Crimea?

Reflexiono sobre todos estos asuntos y me llega la noticia, el susurro, de la jubilación del eurodiputado por Los Verdes Daniel Cohn-Bendit, a los 69 años. Entre guerras y crisis, en mitad de la enésima resurrección de los nacionalismos europeos, el que fuera ‘Dany el rojo’, uno de los principales portavoces del ‘Mayo francés’, se aleja sin hacer ruido, como si el futuro no le prometiera un espacio libre para su palabra.

Soy consciente de las suspicacias que despiertan aún los antiguos líderes de la protesta estudiantil. Cohn-Bendit ha sido demasiadas cosas en una sola vida. Anarquista, primero, izquierdista (‘gauchista’), después. Revolucionario, en un principio, y demócrata ecologista, al final. Cómodo en su piel de animal político, renunció al adoquín y abrazó el escaño, justo cuando las barricadas comenzaban a ser más leyenda que opción. Otros fueron más radicales en su cambio de máscara. Si no, que se lo pregunten a Glucksmann. 

En mi adolescencia, la lectura de ‘El gran bazar’ y ‘La revolución y nosotros, que la quisimos tanto’, dos libros casi antagónicos, luminosamente escritos por Cohn-Bendit, fueron mis primeros, y más divertidos, contactos con el hecho político. Ambos son textos optimistas, que tratan de convencer de la posibilidad del cambio. Pero ‘El gran bazar’, publicado en 1975, contiene aún los ingredientes radicales. Más allá de las páginas de la polémica -se le acusó mediáticamente de pederastia por su relación con los niños del jardín de infancia izquierdista que dirigía, algo que se me antoja desmesurado-, el autor expone su pensamiento, igualmente crítico con el capitalismo y el comunismo soviético. Habla de ‘su’ mes de mayo, hace la autocrítica por su papel de vedette durante la revuelta y narra su viaje a Israel y Alemania, una vez expulsado de Francia.

Casi diez años después, reconvertido en compañero de viaje de Los Verdes, entrevista a varios líderes estudiantiles de los 60 para un programa de televisión, experiencia de la que nacerá el segundo libro. El panorama es desolador. Desde melancólicos como Abbie Hoffman o Jean-Pierre Duteuil, a los liberales renacidos, Jerry Rubin o Rob Stolk, todos muestran la derrota encajada por un sistema demasiado fuerte que no se tambaleó por las banderas rojas, ni por la reivindicación de Mao en el corazón de Europa. Las conversaciones con terroristas arrepentidos como Hans-Joachim Klein, aportan mayor tristeza, si cabe, a un relato del que únicamente Joschka Fischer parece salir indemne. Cohn-Bendit y él reflexionan sobre los límites de la lucha callejera y reclaman un espacio entre la clase política. Ésa es su conclusión. Han pasado casi treinta años más. 

Finalmente asumidos por el sistema, los antiguos revolucionarios envejecieron sin victorias. Sus últimas fuerzas las utilizó ‘Dany el rojo’ para pedir más Europa y más democracia. “Hay que ir hacia una Europa federal. Necesitamos más Europa, una Europa que sepa afrontar los cambios de la globalización y construiremos esa Europa en los próximos años”, dijo. 

Cohn-Bendit no será Moisés. No conducirá al pueblo europeo a las puertas de la tierra prometida de la libertad y los derechos humanos. Cada vez menos gente está dispuesta a defender aquello que dio sentido a la apuesta comunitaria. Parece un tiempo de cálculo, antes del saqueo final. Entre la frialdad de ‘Her’ y el cinismo de ‘Juego de tronos’, el ideal político se aleja sin un portazo, como Daniel Cohn-Bendit.

lunes, abril 14, 2014

La dama y el niño felipista





El niño felipista cree saber por dónde van los tiros. La dama, sin embargo, ha vivido ya muchas primaveras y no se contagia del entusiasmo general. Ni de la pasión envuelta en un manto de melancolía. Sabe que la historia, al igual que los hombres, tiene arrugas e imperfecciones. Su rostro no es liso como dicen, tiene lagunas inexplicables y una tendencia al desastre que hace torcer el gesto al camarada más optimista. Por ese motivo, cuando la dama y el niño felipista se encuentran cada 14 de abril se produce entre ellos un silencio incómodo. A ella no parece importarle: su biografía esta ya redactada con trazos gruesos e irrebatibles. Él busca analizarla, tantos años después de su caída, conocer su pasado sin el mito. Suelen encontrarse en los bares y ella lo espera en la puerta, cigarro en mano, con esa mirada inexpresiva, casi cínica, que no lo desmoraliza. La dama consume las preguntas del niño al mismo tiempo que la nicotina. “Ahora, todos ellos me quieren mucho, pero ninguno hizo nada por salvarme del desastre. Querían cambiarme, ¿entiendes?, darme un apellido, cada uno el suyo, y violar mi juventud con cadenas de terror y utopías”.

El niño felipista la escucha con interés, pero con distancia. Pese a la evidente atracción, hay un abismo. Él recuerda los años felices, de la mano de sus padres, camino del mitin socialista (ya socialdemócrata y monárquico) y la tenue propuesta sin fusiles. La solución tibia del franquismo, que era orgullo de la izquierda, o lo parecía entonces. Cuando lo márgenes eran territorios inofensivos y Felipe podía con todo. Él murmura y ella no puede escucharlo. Sigue fumando la dama, centrada en la incomprensión que padece. Y el niño se esfuerza por quererla y, de hecho, lo consigue: su belleza es, quizás, la única respuesta válida a este erial que nos mantiene pequeños e ignorantes. 

Quiere decírselo y trata de tomar su mano, pero ella la retira. “No seas como ellos, niño felipista, no pretendas seducirme con tus palabras huecas. Si me amas, no ames otra cosa”. El rubor enrojece sus mejillas y el niño felipista, lleno de ideales forzados, debe aceptarlo y baja la cabeza.    
    
La dama no quiere herir sus sentimientos y lo abraza. “Tranquilo, llegará otra dama, más joven y atrevida. Más bella también y la querrás de verdad, sin forzar el calendario. Será única y libre”. El niño felipista asiente y se queda más tranquilo. Dice adiós con un beso y emprende el camino de vuelta.

Otro 14 de abril que se apaga.

domingo, abril 06, 2014

Andares





Ellos te lo cuentan como la vida de un santo. Tienen todo el derecho a hacerlo. Interrumpen su caminar lento, de otra edad, y te observan con indulgencia mientras los niños os adelantan entre risas y juegos. No han participado de la revolución, ni transformado su mundo. Han logrado conservar, eso sí, una forma de vida, una actitud. Y eso no es tan habitual. Las décadas transcurrieron apaciblemente en la ciudad burguesa y lo anodino se convirtió en norma. A ese movimiento se le llama reconciliación. La política como aperitivo, como paraguas y chismorreo. Se trata, en resumen, de no ir nunca demasiado lejos. Ni siquiera físicamente: el paseo se interrumpe pronto. La gestión frente a la libertad. Ésta frente a la convivencia. 

La Transición es un relato que rescata al ‘nosotros’ de la memoria parcial de la juventud. El recurso de la solemnidad y la cordura plural contra la amenaza reaccionaria. No se niega. Incluso los más voraces enemigos del llamado ‘Régimen del 78’ aceptan momentos de gloria (no se atreven a decir heroicos) en el periplo. Fue una conversación, sí, pero hubo algo más. Ya lo dijo Norman Mailer de los Kennedy: “Se les quiere porque fueron un poco mejores de lo que deberían haber sido”. Como a Adolfo Suárez, que fue derrotado y su trayectoria última se vincula a la de los parias sin tribu. Y eso tiene siempre mucho éxito. Su origen indiscutiblemente franquista es el último dique que lo separa del panteón. Pero ni siquiera eso enmudece el canto general hacia quien abrió puertas que no parecían indispensables.

Suárez es, hoy, la Transición; una fotografía de niñez en la que un país parece más saludable y feliz. Como todo relato moral, es también un mito. Y un mito es inspiración, sin duda, pero, al tiempo, límite, freno que paraliza la decisión y el acto. Durante el siglo XX -sobre todo, a partir de la victoria de Franco en la Guerra Civil-, España se ha sentido como esos niños a los que unos pocos centímetros de menos les dejan sin poder montarse en la atracción más peligrosa y divertida. Lo tienen cerca, la geografía les es propicia. Pero están lejos de las piruetas y la emoción. Al país le faltaron De Gaulle y las barricadas, Marcuse y Berkeley. No celebró Woodstock. No detuvo a nazis. Su identidad se forja en una charla que se sigue de lejos, con el deseo de que tu huelga, tu manifestación y tu cárcel hayan servido de inspiración para el cambio, y que la inercia del continente no haya sido la única causa.

Y ese papel, secundario pero amable, es el que se discute hoy, el que se alimenta o se niega, amparándose siempre en el orden que no debe perderse. En la ciudad burguesa, donde se camina lento por no romper, por no ejercer la libertad sin su permiso.

martes, marzo 11, 2014

Horas



Hoy ha llegado a mis manos un pequeño bloc de notas en el que mi madre esbozó la estructura de un cuento. Se trata de una historia familiar, cuyo argumento está lleno de espacios conocidos y de expresiones y temas propios de su forma de entender el mundo. Según mis cálculos, comenzó a redactarlo en 2007, un año antes de enfermar. Apenas son unas pocas páginas, escritas a mano, en las que las escenas cotidianas se entremezclan con la literatura, su gran pasión. Los versos de Antonio Machado -“Españolito que vienes / al mundo te guarde Dios. / Una de las dos Españas / ha de helarte el corazón”- comparten tinta con episodios domésticos y personajes que evocan la presencia amable y cercana de mis abuelos. El relato se interrumpe pronto. Quizás ella no quedó satisfecha. Es posible también que otros asuntos, más graves y urgentes, reclamaran su atención, y que, más tarde, la enfermedad acelerara su abandono. Yo no he sabido de su existencia hasta hoy.

Hay fechas que encierran una inquietante simbología. El destino, ¿quién sabe?, ha querido que hoy, precisamente hoy, encontrarse ese relato inconcluso, escrito por mi madre en un pequeño bloc de notas de color negro. Este 11 de marzo, ella habría cumplido 63 años. Cuando cumplió los 53, un grupo terrorista hizo estallar diez bombas en cuatro trenes de la red de Cercanías de Madrid. Hubo 191 muertos y más de 1.800 heridos.

En aquel tiempo, yo estudiaba en la capital de España. No atravesaba la mejor época de mi vida, estaba medio peleado con mis padres y un día antes del atentado me había pasado por la agencia de Renfe en la calle Reina Victoria para cancelar mi billete de tren a Santander (que salía desde Chamartín). No quería ir a casa y había renunciado a votar en las elecciones del día 14. Iba a quedarme en Madrid y no había nada más que hablar. Tenía 21 años.

Al día siguiente, 11 de marzo de 2004, sonó el teléfono en el piso que compartía con tres amigos. Era temprano y el sonido del timbre me despertó. Una voz femenina preguntó inmediatamente por uno de mis compañeros. Era su madre. La mujer había escuchado algo de una explosión en la estación de Atocha y estaba preocupada. Mi compañero había dormido, creo, en el piso de su novia. Le dije que no estaba, que seguramente había salido ya para la facultad. Tras colgar, me dirigí al salón y encendí la TV. Hablaban de una bomba y de un indeterminado número de muertos. “Qué hijos de puta los de ETA”, pensé. Y me acosté de nuevo. Al despertar, unas cuantas horas después, aquello era ya el Apocalipsis.   

Merece la pena hablar de esas pocas horas de duelo que siguieron al ataque terrorista, un paréntesis de tiempo, en el que el dolor era nuestro y se demostraba en nuestras calles, en nuestras casas. En el piso comenzó poco a poco un desfile de amigos que no daban crédito a lo que había pasado. Recuerdo que no me quité el pijama hasta bien entrada la jornada, sin poder despegar los ojos de la pantalla, que proyectaba sin cesar las imágenes de los vagones destrozados y las víctimas ensangrentadas sobre las vías.

Por la tarde se convocó una concentración de repulsa en la Puerta del Sol. Mis amigos y yo salimos de casa y cogimos el autobús. El trayecto fue un cortejo fúnebre. Nunca, hasta ese momento, había experimentado el silencio en su profunda dimensión de respeto y tristeza. Nadie abrió la boca. La gente vivió ese momento con serena indignación, con la certeza de estar compartiendo algo más que un acontecimiento que sólo les sucede a los otros.

El discurso no se había posado aún sobre España. El Gobierno no había comenzado a envolverse en la apresurada tesis etarra (que yo creí en un principio. No era extraño: prácticamente era la única que mataba en los últimos 30 años y apenas unas semanas antes se había interceptado un cargamento de explosivos con los que la banda terrorista planeaba llevar a cabo un gran atentado con motivo de las elecciones generales). Tampoco la izquierda había descubierto que la autoría islamista podría minar la credibilidad del candidato Rajoy. O quizás es que no estábamos para escuchar nada. No había Twitter entonces. Se podía vivir sin noticias de última hora. Bastaban los casi 200 muertos. Era más que suficiente en aquellos momentos.

Pienso a menudo en esas horas en las que el cálculo político no existía. Pienso en la gente de Madrid en silencio, en el equipo de bomberos, médicos y sanitarios, en los psicólogos, en los policías y en la gente de Barcelona (esa ciudad a la que hoy han convencido de que es extranjera), que donaba sangre para los heridos en Atocha. Pero España es un país, y como país, necesitaba, al parecer, de un discurso público, una interpretación elaborada por las élites políticas y sus plataformas mediáticas. El testigo lo recogió pronto el Estado. Y la calle perdió toda su fuerza, toda su importancia.

No es el fuerte de esta nación su política. Como bien se ha encargado de recordar hoy Arcadi Espada, diez años después son pocos los españoles capaces de nombrar a uno solo de los autores del atentado más terrible de la historia de su país. En la conciencia de los ciudadanos, ya politizada por los días posteriores a la masacre, el asesino es Aznar o Rubalcaba. Esto es lo que digerimos del 11 de marzo.

No quiero entrar en este tema, ni exculpar a los españoles de su responsabilidad en la desunión partidista. Los juegos de seducción sólo alcanzan el éxito cuando encuentran un receptor dispuesto al romance. Y en España siempre estamos preparados para batirnos en la guerra civil que nos proponen cada día. Pero quiero recordar aquí esos breves momentos madrileños, españoles, en los que los vivos honraron la memoria de los muertos y lloraron por su futuro arrebatado de golpe.

Las 191 víctimas no sólo perdieron la vida aquella mañana de marzo, sino que, al morir, introdujeron su nombre en la maquinaria del discurso público. Ese espacio sin intimidad ni experiencia, donde todo suena a hueco, a impostura. A manipulación. Sus apellidos son hoy pronunciados sin un sentido veraz de cercanía por políticos y opinadores que nunca los trataron, ni supieron jamás de su existencia. Una tragedia añadida: una memoria maquillada.

Diez años después, voy a cumplir 32 años. Mi madre falleció en 2010 y también ella es ahora un nombre del pasado, que permanece en la quietud de la memoria de quienes la quisimos. En su caso, no fue una bomba, sino el cáncer. Al parecer, ya soy un hombre y acabo de encontrar un bloc de notas con un cuento escrito por ella. Ahora quiero terminarlo.

viernes, marzo 07, 2014

Weimar



Ahora hay revolucionarios. De adolescente, los echaba de menos. Leía, desde una plácida y temprana rebeldía de joven acomodado, el ‘Gran Bazar’, de Cohn Bendit y veía ‘Tierra y libertad’, de Loach, con admiración y melancolía. No era posible, en plena era Aznar, reproducir el 68. Mi generación estaba a otras cosas. Éramos jóvenes y teníamos salud. Y futuro. Hoy, como ya no hay futuro, dicen, ha vuelto la revolución.

Eso sí, su retorno no se ha producido al estilo ‘Novecento’. Ya no hay pasión. La resurrección del ideal, que se ha llevado a cabo sin asaltos al Palacio de Invierno, recupera, increíblemente, términos como “lucha de clases”, “nacionalización” o “hegemonía”, pero sin limitarse a la propaganda. Eso ya no cuela entre el cínico auditorio de la Red. Es el tono lo que eleva una propuesta desde la marginalidad hasta el dominio cultural. Lo saben bien los revolucionarios contemporáneos. Twitter es una plataforma inmejorable para llevar cualquier alternativa política a buen puerto. Se trata de difundir un discurso para que se confunda con la normalidad, con la verdad. Parece fácil y, de hecho, lo es. La excepción económica y social por la que transita España favorece este tipo de atajos. Cabe reconocer que este país nunca ha sido vanguardia de libertad, aun cuando de su tradición surge el término liberal. Su historia es un relato de ortodoxias que se enfrentan. El cainismo, ya saben, que siempre es propicio para la ruptura.

La revolución está hoy en todas partes. Es algo lo suficientemente sutil como para que la gente goce, aún, del espejismo de la elección. Pero ya ha desactivado muchas cosas. Y en unos pocos meses. Su primer cometido ha sido deslegitimar al rival ideológico. Hoy, mientras avanzamos en la segunda década del siglo XXI, la derecha es Blesa, los curas, los toreros y la Guardia Civil. Como siempre sucede, la acusación crea identidad. Somos aquello que nos dicen.

Los acontecimientos revolucionarios no son una guillotina que cae, sino una fina lluvia que empapa el discurso. Es curioso escuchar hoy en Santander (¡en Santander!) a personas tradicionalmente alineadas con las corrientes más conservadoras despotricar de Rajoy y el capitalismo. Llaman la atención sus paredes empapeladas con carteles libertarios, comunistas o nazis (un grupo ha convocado últimamente varios actos en la capital cántabra). Las ideas liberales, democráticas y hasta socialdemócratas se han devaluado y cualquier referencia al estado de derecho se relaciona con oscuros intereses de los “mercados”.  

Toda lucha se inscribe en un fenómeno más amplio de cuestionamiento del sistema, desde un mismo tipo de lenguaje público. Los militantes de los partidos de izquierda; las feministas, los altermundistas, como Esther Vivas; los miembros de la PAH (Colau y Mayoral), y los profesores de universidad (Monedero o Pablo Iglesias) reproducen fórmulas idénticas: “Estado español”, “todos y todas”, “empoderamiento”…

Y, sin embargo, su victoria, su prestigio discursivo no se refleja en la toma del poder, ni en la asunción del dogma por la mayor parte de la población. Lo que no comprenden es que su influencia es mediática y moral. No sustituyen a Rajoy, sino a Rouco. Es la nueva Iglesia, con un mensaje renovado de orden. Pero el español asume siempre mejor al gobernante que al profeta, y el catecismo (el de ahora y el de antes) se observa de aquella manera. Como buenos católicos, se espera que la ciudadanía trague con el paquete entero. Nada de discusión caso por caso, ni “interpretación personal” de la nueva Buena Nueva. Un maniqueísmo tan pobre como efectivo. De eso vive la esperanza revolucionaria.  

El discurso habita otros espacios. Y no es la política la que alimenta a la vida, sino al contrario. Las ideologías que reivindican la nación, la raza, la clase social, frente al individuo y la sociedad abierta, que prometen un desenlace heroico y una salida a la crisis desde el totalitarismo, no necesitan gobernar para imponerse. El peligro, por lo tanto, es relativo. Pero pasan los años y siempre causa sorpresa contemplar el fácil arraigo que tiene en España la exageración.

jueves, febrero 27, 2014

La confianza



Mucho se ha escrito y pontificado estos días sobre la ‘Operación Palace’ que urdieron el pasado domingo en la Sexta el equipo de Salvados, con Jordi Évole al mando, y un grupo de políticos y periodistas españoles de diferentes lealtades ideológicas. El programa, que expuso en forma de falso documental los sucesos del 23 de febrero de 1981 -presentándolos como un montaje en el que los partidos, los servicios secretos y la Corona estaban implicados- cayó como una bomba sobre los espectadores, que se debatían entre el “ya lo decía yo” y el “no puede ser”, mientras la farsa se desplegaba ante sus ojos con precisión y gusto por el detalle.

Más allá de consideraciones formales, el programa exige una reflexión moral y no meramente técnica. Si se analiza la calidad del producto en su epidermis, puede hablarse de un correcto montaje, un más que aceptable guión y, ciertamente, una interpretación brillante de los ‘actores’. En este sentido, nada que objetar. Pero no se trata de esto.

Como les sucede a los toreros con el valor, la habilidad audiovisual se les supone a los trabajadores de un canal televisivo. La duda, acaso el reparo, se proyecta hacia otro lado: el fondo del asunto, su finalidad, si la tiene. Para justificar el engaño, se ha echado mano de ejemplos clásicos, como la versión radiofónica que Orson Welles preparó en 1938 de ‘La guerra de los mundos’ y que tanto revuelo causó entre la audiencia, hasta el punto de que muchos estadounidenses creyeron ser víctimas de una invasión extraterrestre. Otros apuntan a otro caso más cercano: la Operación Luna, programa emitido en 2002 por el canal Arte, en el que se afirmaba que el hombre no llegó a la luna en 1969, contando con los testimonios de importantes figuras de la época como Henry Kissinger. De esta forma, se vincula el programa de Évole con la pura creatividad. No habría, por lo tanto, que darle mayor importancia.

Sin embargo, hay razones para ser un poco más exigentes en la reflexión. Para empezar, cabe referirse al continente: Salvados, en principio, no emite películas de ficción. Al contrario, su fama se la ha ganado a golpe de realidad, con documentales centrados en esclarecer casos de corrupción, en profundizar sobre la privatización de los servicios públicos y en la exigencia de más transparencia a nuestros representantes. Su acción militante trasciende el puro entretenimiento con una labor de clara vocación ciudadana.

De ahí la decepción. Évole y su equipo no solamente se han permitido una elaborada frivolidad, sino que lo han hecho aprovechándose de la confianza que cada semana le presta su público. Sin aviso de por medio, Salvados ha actuado como cualquier otro domingo, pero mintiendo. A sabiendas, ha retorcido su prestigio informativo -ganado justamente- para convertirlo en una broma, un chascarrillo. Y lo que es peor, con moraleja final. Ese mensaje último, que se escuda en la imposibilidad de acceder a la documentación pública que recoge el golpe de estado, encierra toda una visión del oficio desde las élites. Los participantes, políticos y periodistas, vienen a decir: “¿Veis qué fácilmente se os engaña?”, desde el tan habitual tono de superioridad con el que enfrentan diariamente su relación con los ciudadanos.  

Esto es lo más grave: la distancia que separa al discurso falsamente ideológico del sistema (todos los ‘actores’ forman o han formado parte de la organización institucional española, al menos, desde la muerte de Franco) con el resto de la población. Se esfuerzan en demostrar, como antes lo hacían exclusivamente los curas, lo equivocados que estamos, lo ignorantes que somos, lo pecaminoso de nuestra indiferente actitud. Para ello, utilizan un castigo: el engaño. Porque todo el programa del 23F se proyecta en ese instante final en el que se desvela la mentira. Sólo importa esa dura colleja mediática.

Otras críticas que puedan dirigirse al programa no tienen, en mi opinión, tanto empaque. Hay quien ha visto en ‘Operación Palace’ una falta de respeto al pueblo español, que sufrió tanto aquella larga noche. Eso es más dudoso. Al fin y al cabo, el humor se hace siempre sobre lo que importa. Lo peor es la confianza entre espectador y emisor, que da sentido al periodismo, y que quedó erosionada tras el programa. Uno sabe que Venezuela y Ucrania existen porque hay profesionales que transmiten la información y tienen credibilidad para dar sentido a los acontecimientos. La ruptura de este vínculo marca el tiempo que nos ha tocado vivir. En esta segunda década del siglo XXI, cuando la verdad está más en entredicho que nunca, la confianza, que es, sobre todo, respeto, no puede devaluarse de este modo.  
     
Eso sí, se supone que el alto índice de audiencia del que gozó la cadena durante la emisión del falso documental le proporcionaría pingües beneficios. No entremos en ello.

Como último apunte, señalar el oportunismo de coger el tren de la conspiración (aunque sea en forma de farsa) en un momento de grave crisis del sistema, en el que tanto la monarquía como los principales partidos del país, así como los medios de comunicación, se reparten el desprecio general de los opinadores mediáticos. En este sentido, entristece ver cómo algunos periodistas se sumaban a los elogios a Évole, tras la coz propinada por éste a la materia prima de su oficio: la verdad. “¡Cuántas veces nos habrán contado algo sin avisar al final de que todo era mentira!”, se decía en Twitter.


Para tranquilidad de España, cabe poner el acento en el hecho de que los usuarios de las redes sociales, en plena efervescencia del terremoto Palace, en ningún momento cayeron en la desesperación. El tono vanidoso-cínico permaneció intacto. Nunca hay peligro de revolución si queda espacio para una frase perfecta.   

domingo, febrero 23, 2014

Pili


Cumplirá 83 años el próximo mes de marzo. Y aún se mueve con agilidad por la casa. Prepara una sopa de crema, albóndigas con patatas fritas y flan casero, que os están esperando cuando tocáis el timbre a las dos en punto. Su sabor te devuelve al lugar de tu infancia. La textura de la sopa y el suave sabor a perejil de las albóndigas activan tu memoria. Y te ves muy pequeño, rodeado de tus abuelos, de mamá y papá y de tu tía, en tu primer hogar, donde pudiste aprender la calma y el abrigo.
Visitar su casa es huir de la edad propia, de la testadura tendencia a confiar en el mundo y sus progresos. Las horas junto a ella son tiempo de buena comida y café alrededor de una mesa humilde y cercana. Te sientas a su lado, y sus relatos le dan sentido a las cosas. Ella habla de esa parte de tu familia que te queda ya demasiado lejos. Hombres y mujeres de ojos claros, cuyas existencias, ahora conocidas para ti, desvelan, por fin, el secreto de tu aspecto.
El reloj hace una pausa. No sabes si han pasado dos o tres horas. Sus gestos, la forma de mover sus manos trabajadoras -han sido muchos, demasiados, los años de actividad­-, su memoria extraordinaria que le permite viajar al pasado y recordar nombres y fechas con prodigiosa exactitud... No importa nada más que su palabra, siempre bondadosa, mientras se disfruta de la sobremesa. Te habla de mamá y de sus visitas a los jardines de Pereda siendo niña, de las travesuras de tus tíos y del fusil y el tambor que llevaba tu tío mayor para jugar con sus amigos en un Santander que ya no existe.
Con ella viven no sólo recuerdos, sino una forma diferente de ver el mundo. Ese relato que no exige, que no demanda, pero que en su realidad desnuda se hace irrebatible. Con el mismo tono te ofrece pinceladas de su infancia, durante los años 30 y 40 del siglo pasado, en el seno de una familia de vencidos de la Guerra Civil. Y te habla de su tía, una mujer fuerte que ha enterrado a su hija y cuyo marido ha huido a Francia tras la derrota. Te habla de cómo esta mujer se niega en prisión a que los carceleros le rapen la cabeza y la unten con aceite de ricino para hacer perdurable el castigo, la venganza. Llena de furia se sube a una tapia y exclama: “A ver quién tiene huevos de cortarme el pelo”. Nadie se atrevió.
Escuchándola se descubre el significado de palabras que hoy parecen huecas, como ‘hambre’ o ‘necesidad’. Se recuerda acostándose cada noche con un vacío grave y doloroso en el estómago porque no había comida en casa. Evoca los tiempos en que ella sólo tenía un par de alpargatas -“había que tener cuidado para que no se rompieran y asomaran los dedos”- y unas albarcas y su padre un par de calzoncillos. Piensa en su hermana que, a falta de madre, tuvo que ponerse a cocinar con 11 años para toda la familia; en los días de fortuna en los que había patatas cocidas para mezclar con la leche, o pan con mantequilla, que hurtaba su vecina de la fábrica donde trabajaba. “Me parece mentira que hoy pueda calentar las cosas en el microondas, o tener una cafetera”, dice.

No ha parado de trabajar ni un solo día desde los 15 años, que marchó a Barcelona para servir en una casa. Muchos lugares y experiencias, pobreza y amistad. Una vida descrita con rigor y cariño por las cosas. Con gratitud por ellas. No llevamos la misma sangre, pero Pilar, Pili, es quien conserva los años perdidos de mi familia, de la nuestra, que es también la suya.