domingo, agosto 01, 2010

Elle Fut Repatriée Convenablement


Hay en la biografía de Arthur Rimbaud (el poeta-cliché aclamado por la juventud rebelde y con espinillas) escrita por Enid Starkie (y publicada en español por Siruela), un episodio al que no se le da la importancia que merece y al que yo, por el contrario, catalogaría como esencial para comprender la psicología del autor francés. A saber, un Rimbaud de 30 años, alejado por completo de la literatura, y dedicado a las más variopintas profesiones (entre ellas, la de traficante de armas y, quizás, también de esclavos), se encuentra en Adén (Yemen) a donde ha regresado desde Harar (ciudad etiope) “con una mujer abisinia, probablemente una esclava”, según dice Starkie (página 498), con el firme propósito de convertirla en su esposa. Para ello, decidió enviarla a la misión francesa de la zona para que recibiera una educación. No obstante, en octubre de 1885, aprovechando los preparativos para un viaje, Rimbaud decide devolverla a su país “haciéndole entrega de algún dinero”. En efecto, “Se la repatrió de manera adecuada”. Es decir, para casarse, el ex poeta decide comprar una esclava y cultivarla a su gusto. Es interesante.

Pero detengámonos un momento y aceptemos que el Rimbaud “importante” es aquel adolescente bello y feroz que deambulaba por el lado salvaje de la vida en compañía de un patético Verlaine. Recordemos que el Rimbaud inmortal es el de “Una estación en el Infierno”, el de las “Iluminaciones”; el rebelde y manirroto joven súper dotado que llevó la literatura a un enfrentamiento deicida y que se consumió inexplicablemente cuando cumplió los veinte años.

Aunque tampoco tan inexplicablemente. Las fantasías exóticas que el poeta de Charleville desgranó en sus libros; su deseo de aventuras y experiencias plasmado en sus poemas, obtuvieron la recompensa en forma de realidad: Rimbaud abandona el ejercicio literario “a la edad en la que otros empiezan” y se pone en camino, optando por dotar de verdad sus ensueños juveniles. Y viaja. Y se arriesga. Hasta aquí todo bien. Es, incluso, digno de admiración. No todos son tan valientes. Casi nadie lo es, de hecho.

Pero el destino del poeta, lejos de conducirlo en palmitas hacia el triunfo del aventurero, lo sumerge en una sucesión de experiencias fallidas, accidentes, enfermedades, asesinatos, dudosa moralidad y terrible soledad. Lo que parecía oro en la mente; esperanza de un burgués asqueado por serlo, se convierte en una pesadilla tenue, no absolutamente insoportable, pero que lo mina poco a poco y destroza los cimientos de su legendaria inteligencia. Rimbaud desaprende su vida en una catastrófica elección que, finalmente, lo lleva a añorar la existencia que pudo ser: la del triunfo incontestable, ya tan terriblemente lejos antes de cumplir los treinta.

Y compra una esclava… Leyendo las penalidades del poeta, sorprende que, en ningún momento, se le pasara por la cabeza la idea de regresar a Francia (donde sus libros comienzan a ser conocidos y reverenciados por una corte de fanáticos que desconocen al autor) para tomar las riendas de su destino literato y/o sedentariamente burgués, conocer a alguna joven de “buena familia”, de delicados modales y formar una familia con muchos niños; convertirse en el príncipe de los poetas o en un simple funcionario. Sigue siendo un salvaje e, incluso, su búsqueda de “normalidad” está jalonada de comportamientos lunáticos. Todo se convierte en algo feo cuando lo toca Rimbaud. Y él se da cuenta de ello. Y más tarde enferma y muere sin haber construido su vida tal y como la pensó de joven. Sólo quedan sus libros como testimonio refinado de un fracaso. Él, durante los años previos a su muerte, se incomoda cuando le recuerdan su pasado de “niño prodigio” de las letras. No es para menos. Rimbaud sabe lo que ha ocurrido y lo que no (que es aún más grave y doloroso). Como dijo en uno de sus poemas, una vez sentó a la belleza sobre sus rodillas y la insultó. Recogió una amarga siembra. Finalmente, no pudo sino continuar con la farsa, llevarla hasta el más penoso extremo, en la soledad profunda de quien se sabe perdido. Fue su opción. Nunca pudo deshacerse de ella. ¿Lo quiso de veras?
Dibujo de Paul Verlaine. 1872

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