martes, mayo 01, 2018

La llamada del ocio*




No había visto aún ‘La gran belleza’, de Paolo Sorrentino, y aproveché una emisión de sábado noche en la segunda cadena de Televisión Española para quitarme la espinita. Sinceramente, no me esperaba la intensa filosofía pesimista bajo todo ese vendaval cromático. A la película, pienso, le sobra metraje y es irregular en una trama que, en ocasiones, parece vacilar y perderse por fútiles recovecos. Pero fascina, claro, la manera en que el escritor Jep Gambardella (interpretado por un espléndido Toni Servillo) despliega su escepticismo en la noche romana, su desdén hacia cualquier tipo de justificación y autobombo. El personaje protagonista consigue atraernos porque vive contradictoriamente en el placer. El hastío que arrastra le impide tomarse demasiado en serio, presumir de su éxito y enarbolarlo. Hay algo oscuro -el pasado, la culpa- que extrae la dulzura del instante. Todavía estoy dándole vueltas.

En una de las escenas, Gambardella sestea sobre una hamaca en su magnífica terraza sobre el Coliseo. La mano izquierda sostiene un vaso con lo que parece ser whisky o coñac. El gesto del autor expresa, a un tiempo, serenidad y cansancio; un soportable aburrimiento que, sin embargo, no pone en riesgo su plan de vida.

Esa muestra de ocio sin júbilo no elimina del todo la admiración del espectador. La cinta no pretende despojar de razones al creador hedonista; no es una obra confesional o crítica. Se trata de algo mucho más sutil, quizás de la imposibilidad de habitar impunemente la alegría en una creación marcada por el tiempo y la memoria. Es decir, por la conciencia.

Mi amigo C. y yo, también frente a dos vasos llenos, hablábamos días atrás sobre la distancia que existe entre las personalidades heroicas que han contribuido a hacer habitable el mundo y la presencia cotidiana en los medios de individuos económicamente ambiciosos y culturalmente disolventes. En la conversación surgió el nombre de Ángel Sanz Briz, que salvó la vida a unos cinco mil judíos húngaros durante el Holocausto, y de muchos otros a quienes la derrota del totalitarismo ha permitido reivindicar.

El compromiso y el riesgo sólo tienen sentido, parece, apostándolo todo a una ulterior victoria de la que no podemos estar seguros. Los mecanismos de la política y los equilibrios estratégicos y comerciales pueden convertir al ídolo en paria. Pienso en la figura de Oswaldo Payá, diluida tras la recuperación de relaciones entre Estados Unidos y Cuba, o en la muerte de Liu Xiaobo, disidente y Nobel de la Paz, en esta China contemporánea que, sin respetar ni un ápice los Derechos Humanos, hoy hasta organiza los Juegos Olímpicos. También en las víctimas del terror y de las dictaduras que los planes de paz del mundo convierten en incómodos recuerdos de un pasado culpable. El Paraíso del ocio y del progreso no puede alcanzarse, dicen, sin sacrificio. Pero el sacrificio frena el arraigo de la felicidad. Así funciona la memoria.   

* Columna publicada el 19 de abril de 2018 en El Diario Montañés  

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