martes, octubre 22, 2019

Boicot*



La gente sensible tiene la virtud de detectar a sus enemigos, que son, dicen, los de la humanidad toda. El universo, siempre complejo y a menudo inescrutable, necesita la depuración de los mensajes y las banderas de la gente sensible. Hoy, toca Trump. Somos muy afortunados. La conversión del magnate en un campechano del mal (¡cuánto dieron de sí los campechanos en nuestra historia reciente!) confirma lo caricaturesco de la época.

Trump es un mamífero implume que una vez ganó unas elecciones libres. Esto ya parece cosa superada, dado el desprestigio de las urnas en favor de la brocha gorda. El presidente de los EEUU pasea su descaro de un continente a otro, escogiendo los peores escenarios y las amistades menos recomendables. La campaña en su contra ha llegado a tal nivel de intensidad que, para los medios internacionales, hasta George W. Bush da ahora el perfil de gran estadista.

Pero, tranquilidad; no voy a defender al empresario. Tampoco se trata de aparecer aquí como un agente del “Bible Belt”. Pero no me digan que no es sorprendente la exclusividad, los mensajes compartidos entre los profesionales de la comunicación que deberían ser impredecibles e irreverentes, pienso, y no distintas ventanillas de un mismo edificio público.

La producción sistemática de noticias falsas, las acusaciones de espionaje y de acoso, lo de Rusia y lo de Ucrania o los aranceles constituyen una oscura lista de grandes éxitos. Por no hablar de su reciente mutis en Siria, abandonando cobardemente a los kurdos. Todo ello abordado, por supuesto, desde el gusto por el lenguaje falsamente anti-elitista. Sin embargo, en el planeta únicamente puede existir un enemigo reconocible; eso sí, con extensas ramificaciones. El sentimiento feligrés apenas digiere una actualidad que no sea, a la vez, concentración de esfuerzos y desprecios. Rechazamos a Trump por diferentes motivos -muchísimos de ellos perfectamente razonables-, pero nos dejamos atraer, en consecuencia, por el abismo moral de la razón de partido.

En resumen, Donald Trump es perverso, pero, en una huida hacia adelante, organizamos mundiales en Qatar (escuchen, por favor, al respecto a la atleta Ana Peleteiro), lavamos la cara a los teócratas iraníes y mandamases saudíes y entregamos la llave de Madrid (¡Ay, Carmena!) al represor de los estudiantes de Hong Kong, el presidente Xi Jinping -presidente, sí, no dictador, término que se reserva para el próximo exhumado-. Y la claudicación de los valores se produce, faltaría más, sin protestas que proporcionen refugio intelectual a los contribuyentes que aguardan, anonadados, bajo toneladas de confusión.

Con este panorama, son naturales las suspicacias que despierta el compromiso de quienes proponen el boicot como arma de acción política pero sólo contra los adversarios de siempre (contra Israel, por ejemplo, que ya es casi un cliché), sin atender al peso de todas las injusticias que se cometen en el mundo ante la indiferencia de sociedades que una vez dijeron defender la libertad.

* Columna publicada el 16 de Octubre de 2019 en El Diario Montañés

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