martes, octubre 29, 2019

El buen americano*



El escritor Jack Kerouac, autor de ‘En el camino’ y patrón de la Generación Beat, murió hace medio siglo, a los 47 años, víctima del abuso del alcohol

En su extensa biografía sobre Jack Kerouac, el escritor Gerald Nicosia recoge las últimas palabras del autor de ‘En el Camino’, el 20 de octubre de 1969, un día antes de su muerte: “Stella, te quiero”. Una escueta despedida, dirigida a su esposa, aunque cabe temer que a esta frase le siguieran otras menos dulces, fruto de la angustia y el dolor. Tenía 47 años.

Dice Nicosia que, minutos antes de sufrir la crisis definitiva, Kerouac se había sentado de buena mañana frente al televisor, con un cuaderno, un bolígrafo y una lata de atún. El novelista quería trazar el guión para su nuevo libro. A mano, como solía ser habitual en los últimos tiempos, una botella de whisky y otra de licor. La escena resulta interesante para los mitómanos. Kerouac reproducía en sus horas finales la imagen que más claramente lo definió durante toda su vida: la del estereotipo americano de clase media, abandonado a la rutina menos compatible, en principio, con la creatividad, y, sin embargo, poseedor de un talento único para la escritura. En resumen, algo así como un Peter Griffin ilustrado, en permanente insatisfacción con su sistema de creencias.

Kerouac, heredero de una estirpe de inmigrantes franco-canadienses, no pudo desligarse nunca de aquella primera etapa familiar, en Lowell, Massachusetts, repleta de acontecimientos luctuosos: la temprana muerte de su hermano mayor, Gérard, que supuso la pérdida de un importante asidero existencial, unida al peso de la figura materna, Gabrielle -la famosa ‘Mamêre’-, extendieron sobre él un manto lúgubre de culpabilidad. La presencia de su madre, la excesiva dependencia de su magisterio siempre tenaz e inmisericorde con sus parejas (“ella es la única mujer a la que amo”) impidieron un alejamiento total de sus orígenes.

De ahí, por ejemplo, que el budismo que el escritor comenzara a estudiar en la primera mitad de los años cincuenta del siglo pasado (tras la inspiradora lectura de la ‘Biblia Budista’ de Dwight Goddard) no lograra desanudar del todo su intenso y declarado catolicismo, fuertemente enraizado en su mala conciencia por haber escogido una vida nómada, a muchos kilómetros de aquellas almas de las que se consideraba responsable.

Compasión y Bebop
La vocación de Kerouac es, a un tiempo, la del joven y hermoso jugador de fútbol americano a quien se concede una beca para estudiar en Columbia y la del bebedor profesional que desperdicia el alba del talento artístico. Tras lesionarse en una pierna y abandonar la práctica del deporte, el autor deja también la universidad y comienza una errática vida en Nueva York, donde conoce a las personalidades que, más tarde, conformarían la llamada Generación Beat: Allen Ginsberg, William S. Burroughs y, sobre todo, Neal Cassady.

Después de una brevísima experiencia en la Marina y más de un choque con la ley, su espíritu errante se relata en la obra más célebre, ‘En el camino’, publicada en 1957 pero escrita seis años antes. En este catecismo Beat, Kerouac narra el viaje por el territorio estadounidense de dos amigos: Sal Paradise y Dean Moriarty -en realidad, pseudónimos del propio Kerouac y de Cassady, un ‘hipster’ de primera hornada, nada que ver con los contemporáneos de Malasaña-. Ambos experimentan el sueño americano de la libertad y los grandes paisajes silvestres; un itinerario iniciático más allá de la respetabilidad conservadora y profundamente conectado con la gracia aventurera que siempre ha palpitado en la nación.

Cassady funcionó, para los escritores beat, como una manifestación mesiánica de la América verdadera, más carnal y compasiva que la de las corporaciones y el consumo; aquella que no puede mostrarse en los medios, que progresa lejos de los campus y permanece en un derrotismo irónicamente vital. Cassady es el hedonista impenitente, el ladrón sin fortuna animado por un halo de beatitud infantil.

Hablamos, claro, de la América del Jazz (del Bebop con el que Charlie Parker o Dizzy Gillespie espolearon a los aficionados más rebeldes) y la del descubrimiento de otras realidades posibles y, por qué no, accesibles. Kerouac, como cronista de su generación, refleja en sus novelas la vía espiritual, la búsqueda del placer y el restablecimiento de una ingenuidad de origen que suponga la religación de los estadounidenses con sus propias vidas, la naturaleza, el sexo y la poesía. No es la suya una revuelta política (eso vendría más tarde sin apoyo por su parte), sino la intuición de que algo se estaba moviendo bajo los pies del Imperio; que el cambio era inminente.

La protesta
Los beat (que no ‘beatnik’) sembraron una nueva filosofía que, finalmente, se recogió en forma de gran protesta en los años sesenta. Kerouac, cada vez más desconectado del mundillo cultural y embarrado en la lucha contra sus demonios, renació en la nueva década como un adulto conservador, convencido de la vigencia de los valores tradicionales, acaso en una versión propia, contradictoria e inclasificable. Su forma de ver el mundo acabaría enfrentada con la nueva era de la comunión lisérgica, pero también con la querencia del budismo por el desprendimiento y el control de los deseos. Nunca rechazó Kerouac las tentaciones mundanas; la carnalidad del arraigo y el consumo de alcohol como elemento, a la vez, autodestructivo y social. Hay documentación gráfica al respecto. La biografía de Nicosia aporta fotografías privadas de Kerouac, sudoroso y desencajado, levantando orgullosamente un vaso, brindando por no se sabe qué o quién. La camisa de cuadros desabrochada, el exhibidor colmado de botellas, dan la imagen de un trabajador manual que reposa en el bar después de una larga jornada en el taller o en el bosque.

Se encontraba lejos el novelista de comprometer su destino al de aquellos animadores de clase media que poblaban las capitales de la vanguardia intelectual: Nueva York y San Francisco. Kerouac se decidió siempre por la concreción de los pequeños espacios; las comunidades indiferentes a la competición. Pero, el abandono de la trinchera no fue del todo libre. El escritor basculaba al principio entre ambas opciones; unas veces se creía el practicante budista, capaz de alcanzar la cumbre del éxito literario y, otras veces, avergonzado por su mediocridad, evitaba la compañía de camaradas que sí se habían tomado en serio el asunto oriental, como Alan Watts o Gary Snyder.

No fue la suya una bohemia cínica. Jack Kerouac dijo buscar la santidad del momento real, de la América viva. Fue, quizás, una impostura largamente estirada, pero la inmadurez de base, ese encanto que siempre funcionó en los momentos de zozobra, fue debilitándose al no querer (o no saber) reconvertirse, como se reconvirtió Ginsberg, en la figura totémica del movimiento contracultural. En 1968, durante su última aparición televisiva en el programa ‘Firing Line’ dirigido por el periodista conservador William F. Buckley Jr., el autor mantuvo un tenso (y etílico) debate sobre el movimiento ‘hippy’. Kerouac se declaró entonces un católico identificado con el “orden, la ternura y la misericordia”, al tiempo que acusaba a su interlocutor, el cantante y activista Ed Sanders, de “lanzar huevos” y de “hacerse famoso con la protesta”.

Indignado con la Nueva Izquierda y con la actitud “pro-Castro” de Ginsberg (quien, pese a todo, fue expulsado en 1965 de Cuba tras hablar abiertamente de su homosexualidad en un contexto revolucionario nada inclusivo), su itinerario intelectual le llevó a escoger un patriotismo a prueba de manifestantes y a enarbolar la bandera del capitalismo “de estilo occidental”, sin el cual, afirmó en un texto publicado póstumamente, hubiera sido imposible “hacer autostop a través de cuarenta y siete estados de esta Unión y ver la escena con mis propios ojos”.

El creador de ‘Los Vagabundos del Dharma’ o ‘Los subterráneos’, el autor que marcó las coordenadas del cambio social en Estados Unidos, fue también (las opiniones están divididas) el taciturno bebedor que, según apuntaba maliciosamente Truman Capote, no hacía literatura, sino “mecanografía”. El budista y el católico, el revolucionario y el conservador -en definitiva, todas las máscaras de Kerouac- dejaron pasar el éxito en la farándula, apostándolo todo a su refugio familiar y a su fe, que nunca dejó de ser la de un niño atemorizado.

Muerto Neal Cassady, desencantado por la crítica y la incomprensión, Kerouac se quedó solo. Seguramente, tal y como escribió en la última página de ‘En el camino’, pensaba intensamente en Cassady, “ese padre al que nunca encontramos”, recordando las horas vividas en la libertad de la carretera y en la juventud de las promesas. No obstante, Jack Kerouac, asumiendo que la suya no fue nunca una ruptura, sino un vuelo rápido para volver enseguida al nido -un paseo de simple exploración por los alrededores de su casa y de su mente- se despidió de su esposa, Stella, como lo haría cualquier hombre familiar recio y parco en palabras, a la espera de la confirmación de un destino trágico.

* Artículo publicado el 25 de Octubre de 2019 en el suplemento cultural Sotileza, de El Diario Montañés

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