jueves, enero 03, 2019

La noche y Thomas Merton*




El poeta y místico estadounidense, autor de ‘La montaña de los siete círculos’, murió en Bangkok hace cincuenta años en extrañas circunstancias

Sobre el monstruoso, y felizmente superado, siglo XX parecía no caer nunca la noche. La sucesión de acontecimientos revolucionarios, descubrimientos científicos y crímenes sin parangón no dejaba espacio a la intimidad del hombre solo, a su reflexión individual contra la masa. Es, precisamente, en ese campo abandonado por la mayoría donde Thomas Merton creyó intuir la verdad bajo el bullicio ideológico.

Merton, más tarde escritor, monje y activista social, fue, antes que nada, un desarraigado. Nacido en Prades, Francia, hijo de un pintor inglés, originario de Nueva Zelanda, y de una estadounidense, experimenta desde el principio el peso de la orfandad. La temprana muerte de sus padres y los viajes por todo el mundo ahondan en un sentimiento de permanente desconexión. Hay que tener en cuenta, claro, que el relato biográfico más completo lo compuso Merton para su libro ‘La montaña de los siete círculos’, en realidad una elegante profesión de fe redactada bajo la vigilancia de sus superiores en la Orden Cisterciense. El tono del texto es el de un río que busca su desembocadura natural; la culminación de un viaje iniciático en la aceptación del dogma católico.

Pero, antes de la fe hay muchas otras cosas. Sobre todo, el compromiso académico de Merton. El fallecimiento de su madre siendo él muy niño y el de su padre, en plena adolescencia, lo arrojan a un mundo al que se adapta a golpe de esfuerzo y lecturas, siempre contemplando el entorno como quien detecta un velo que merece la pena rasgar. Las universidades de Cambridge y Columbia le proporcionan saber y amistades. Y un escenario adecuado para encarar las tribulaciones de su alma.

Una vez que el lector anticipa el final de ‘La montaña de los siete círculos’ -título con regusto a Dante y rotundo éxito de ventas en su primera edición (1948)- reconoce rápidamente los trucos literarios de Merton; todas sus vivencias, desde la más trivial, como la extracción de una muela, hasta una operación de apendicitis, cobran significado religioso; la presencia emboscada de ese Dios que asoma desde la cotidianidad para atraer a quien se le resiste. No obstante, la nocturnidad que el autor refleja en su texto, el estilo directo, seguro en su tesis, y no del todo impostado, atrapan desde el primer momento a quienes gustan de las autobiografías.

Seguramente, el camino no fue nunca tan claro. La brevísima militancia de Merton en el Partido Comunista debió de ser algo más que la consecuencia de su errática búsqueda de una identidad. “Lo que me hizo parecer el comunismo tan plausible fue mi carencia de lógica, que no sabía distinguir entre la realidad de los ‘males’ que el comunismo intentaba vencer y la validez de su diagnosis y el remedio elegido”, explica Merton, ya ordenado monje trapense.

Existe una tensión evidente entre el Merton intelectual, profundo lector, y aquel otro rebelde e inconformista. En el libro hay pasajes que reflejan su ingenuidad, como en aquel episodio en que vende sus ejemplares de T.S. Eliot “en reacción contra lo refinado”. La brega parece concluir en 1936, con el comienzo del Merton filo-católico, en el umbral de la conversión.

Merton proclama la posibilidad de la salvación espiritual también para aquellos que, a priori, parecen más alejados de los designios divinos: la juventud cultivada de las grandes capitales. Su acercamiento al hecho religioso quiere exhibir, a la vez, una sincera lucha interna y una aproximación fundamentalmente estética e intelectual a la Iglesia. En esos días, lee ‘El espíritu de la filosofía medieval’, de Étienne Gilson, experiencia definitiva a la hora de definir su comprensión metafísica del ser humano, más allá de cualquier limitación natural.   


Deseo de Santidad   
No está solo Thomas Merton en esta aventura. Otros compañeros, como el también poeta Robert Lax -“una combinación de Hamlet y Elías”- participan junto a él en la exploración de las posibilidades espirituales en plena era tecnológica. En 1938, después de dos años de tira y afloja, Thomas Merton se bautiza en la Iglesia Católica.

El poeta reconoció más tarde la afectación de su relato; esa forma remilgada de envolverse en un cristianismo meramente ritualista, la gravedad desde la que lidia con su destino como católico. Una charla con el judío Lax, quien le siguió más tarde en su conversión, refleja el deseo de santidad de Merton. Un católico debe querer ser santo y, para serlo, simplemente hay que quererlo. La búsqueda del camino, parece decirle Lax, crea el camino.

Este primer Merton, inmediatamente posterior a su bautismo, asume todo el bagaje con el que, en teoría, debía contar un católico de pedigrí en los años treinta del siglo pasado: un anticomunismo visceral, el apoyo a la ‘cruzada’ franquista desde Nueva York, la comunión diaria… Pronto, comienza a buscar un añadido a su nueva fe; un compromiso aún más radical. La idea del monacato se hace irresistible e ingresa en 1941 en la abadía trapense de Nuestra Señora de Getsemaní, en Kentucky. Dos años después, su hermano John Paul muere combatiendo en la Segunda Guerra Mundial. Merton se queda sin familia. En 1949 es ordenado sacerdote. 

De esta forma, concluye su espectacular irrupción en el catolicismo, que se produce desde la avidez desplegada en las horas libres de la noche, cuando parece mucho más profunda la duda sobre las propias fuerzas y la fertilidad de lo aprendido. Merton relata conversaciones, acercamientos vacilantes a cualquier luz que le prometa coherencia en el trayecto. Sin embargo, lo que en un principio parecía liberación se vuelve jaula poco a poco. 

La tristeza ataca sin piedad al joven novicio en Getsemaní. El lugar no puede tener un nombre más adecuado para definir la crítica supervivencia de Merton en el monasterio. Acomplejado por sus querencias urbanitas, disconforme con un abad autoritario y alejado de sus compañeros de hábito, muy diferentes a él en orígenes y gustos, no termina de enraizarse en una orden que prosperó, en parte, gracias al impacto de su obra. Tampoco su creciente compromiso social y político, en la línea de las revueltas de los años sesenta, apuntala su popularidad entre los sectores más conservadores de la Iglesia.

La amistad con el sacerdote y escritor nicaragüense Ernesto Cardenal, de quien fue instructor en el monasterio de Kentucky, le anima a considerar otras vías: crear una fundación en América Latina u ordenarse cartujo fueron caminos posibles pero prohibidos; el poeta acabó habitando una ermita en el terreno del monasterio, apartado de la comunidad, pero siendo incapaz de abandonarla.

Carne y versiones
Por si esto fuera poco, en 1966, tras someterse a una operación quirúrgica, conoce a Meg, una enfermera que lo devuelve a la senda del amor carnal. Los titubeos son ya insoportables. Pese a la súbita ruptura con esta mujer, Merton sabe que su compromiso trapense naufraga y que debe encontrar rápidamente algo a lo que aferrarse. El nombramiento de un nuevo abad, más proclive a comprender la personalidad del poeta, facilita el permiso para que Merton viaje a Asia a impartir unas conferencias.

Después de un periplo provechoso en el que entra en contacto directo con el budismo (conoce a su admirado Dalai Lama), muere el 10 de diciembre de 1968 en Bangkok. Lo encuentran tendido en el suelo de su habitación, con una quemadura en el lado derecho del cuerpo. Todo apunta a que falleció electrocutado por un ventilador roto. Otros hablan de un infarto. Hay, incluso, teorías que denuncian un ataque de la CIA para deshacerse de otro líder progresista después de los asesinatos de Robert Kennedy y Martin Luther King.

Merton fue, sobre todo, la encarnación de un vacío, lleno de inteligencia, permeable a la sofisticación de la espiritualidad en la época menos espiritual de la historia. Su obra refleja el anhelo de la revelación; de un porqué a tanta y tan temprana soledad. Thomas Merton quiere fundirse en un absoluto de luz y sentido. En sus ‘Diálogos con el silencio’ lo expresa angustiosamente: “Son esa brecha y esa distancia, Dios mío, las que me matan”.  

* Artículo publicado el 28 de diciembre de 2018 en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés

No hay comentarios: