jueves, agosto 29, 2019

Carmen Jodra Davó*



En 1981, durante una célebre conversación con Philippe Nemo, el filósofo Emmanuel Lévinas declaró que la Biblia “es el Libro de los Libros donde se dicen las cosas primeras, las que debían ser dichas para que la vida humana tuviera un sentido”. Lévinas añadía al respecto que esta escritura temprana abrió un espacio para la concentración de pensadores y comentaristas; en definitiva, para la presencia de los intérpretes en la configuración de la transcendencia.

Mucho se parecen, en este aspecto, los profetas y los poetas. También estos últimos participan de un juego originario. El pulso de la música que compone imágenes; el misterio desvelado a través de la forma. Decir lo que no se puede decir, como afirmaba José Hierro. Es tanta la intensidad posible en un poema, es su intención tan ajena al lenguaje de la publicidad y el partidismo, que resulta tentador relacionar al poeta con la figura oracular. Y ese talento exige de una misión a la altura.

Por ese motivo, me cuesta tanto comprender el reciente fallecimiento de la poeta madrileña Carmen Jodra Davó, a los 38 años. El cáncer, cuentan, se la llevó en apenas unos meses. Yo no la conocí. La conocieron algunos amigos que hoy me transmiten sus sentimientos de devastación. Jodra fue una excelente poeta antes de cumplir los veinte años. Irrumpió con fuerza en el panorama literario ganando en 1999 el premio Hiperión con ‘Las moras agraces’, una bellísima colección de poemas de corte clásico (en los tiempos de la deformación más moderna).

Ella respondió a la invitación del éxito con la indiferencia de quien busca la madriguera para no perderse. Aún publicó otro libro, ‘Rincones sucios’, en 2004. Después, el silencio. Me pregunto si la poeta esperó algo más del mundo; si con su mutis quiso cultivar otra forma de felicidad posible. Dicen que estaba orgullosísima de su profesión de bibliotecaria. Lo cierto es que sus palabras debieron ser dichas para que todo esto tuviera un sentido. Pero la muerte parece preferir siempre a los solitarios, a quienes rechazan la exhibición. Qué rara e inoportuna es siempre la muerte, ¿verdad?

* Columna publicada el 7 de Agosto de 2019 en El Diario Montañés

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