miércoles, noviembre 15, 2017

Los deseados*



Cuando todo esto acabe y recojamos los pedazos del país, nos preguntaremos cómo fue posible que un artilugio tan pequeño, tan ridículo en apariencia y absolutamente desprovisto de cualquier valor moral, haya podido provocar tanta destrucción. Pero a ese asombro cabrá responder entonces con la asunción -paradójica y preocupante- de que el enemigo es siempre más escandaloso. Las instituciones democráticas prefieren el trazo fino, la capacidad de desenvolverse en un ámbito plural y no inflamado por los uniformes y por la exclusión. Su triunfo no resulta sencillo en tiempos de crisis: los rivales aprovechan las grietas que la enfermedad abre para colarse en el sistema débil y pervertirlo.

El artilugio es el nacionalismo; y el nacionalismo es hoy incompatible con la sociedad abierta. Frente a la procesión cerrada de sujetos idénticos, la democracia propone algo mucho más humilde: la convivencia entre los distintos. En España, pensamos que era posible rescatar la idea de ciudadanía, negada durante los cuarenta años de la dictadura franquista, haciéndola coincidir en la periferia con fenómenos de construcción nacional, intocables por el Estado en su delirio adoctrinador y tremendamente útiles para garantizar mayorías parlamentarias a cambio de privilegios económicos y la plena independencia en la gestión de sus asuntos. De esta forma, Cataluña y el País Vasco instalaron el dogma de que la pluralidad era lo que España les debía, al tiempo que negaban cualquier desviación interna.

El fraude conocido de que allí el autogobierno escondiera la estimulación del ‘hecho diferencial’ se recibía desde Madrid con cínica indolencia. Los dirigentes españoles creyeron tener la razón del estado de derecho mientras ellos se armaban de mentiras y establecían los cimientos de una tribu impermeable. Hoy se dice que el ‘Procés’ ha destruido el catalanismo. Es posible, pero lo que está más allá de toda duda es que el movimiento se forjó en la identidad hostil hacia España. El pujolismo era, finalmente, esto.

Por ese motivo, los recientes acontecimientos quizás sirvan para acercar el foco a la realidad catalana, a su verdadero paisaje que no es, en absoluto, homogéneo y puro, sino integrado por ideas que deben convivir en su diversidad. Los grandes partidos confiaron hasta el último momento -quizás, aún confían- en el advenimiento de un caballero blanco del nacionalismo; Santi Vila, por ejemplo. El Partido Popular y el PSOE han deseado siempre tener la fiesta en paz junto a la derecha catalana del ‘seny’ y del dinero. La forma en que Puigdemont y Junqueras han profanado las instituciones convence hoy de la necesidad de aplicar el artículo 155 de la Constitución. Eso sí, la pertinaz ausencia del Estado en Cataluña dificulta enormemente el éxito de una labor profunda, por muy necesaria que esta sea. Hoy, se confía todo a los jueces y a los resultados de las elecciones autonómicas de diciembre, quizás las más importantes de la historia de España. Veremos si con eso es suficiente.

* Columna publicada el 5 de noviembre de 2017 en El Diario Montañés

jueves, octubre 26, 2017

Fantasía*



Muchas veces nos ofenden las señales de la historia porque recibimos de ellas una llamada a la quietud. Su visión nos acompaña como aquel esclavo que, en la antigua Roma, sostenía los laureles del ‘triumphator’ al tiempo que le advertía: “recuerda que sólo eres un hombre”. La historia embrida a los pueblos y a las generaciones. Hoy sabemos que la búsqueda de la pureza empapa la tierra de sangre.

Las soluciones revolucionarias parecen obvias hasta que se confrontan con el estudio. En las comunidades desarrolladas, las violencias son siempre equivalentes y las pasiones no justifican el establecimiento de categorías humanas. La civilización se forja en la sacralidad de la vida, ámbito que no debe traspasarse para alumbrar un paraíso irresistible; este es el trato.

El terrible siglo XX sirvió -o, por lo menos, eso creímos- para descartar las respuestas totalitarias a las crisis recurrentes. El mundo comprobó que el nacionalismo, la movilización de las masas, el sacrificio de chivos expiatorios y la implantación de dictaduras contribuían al hundimiento material y moral de los países.

Por razones de edad, nosotros no conocimos a los totalitarios en su entusiasmo juvenil. Los conocimos decepcionados, marcados por la derrota, sí, pero “nunca en doma”. Los crímenes cometidos en nombre de la ideología se aceptaron, en el mejor de los casos, como un error justificable, pero sus discursos estaban desactivados por la prosperidad de sociedades que parecían haber logrado el equilibrio entre libertad política y oportunidades económicas. La reactivación de los mensajes tribales aturde hoy al personal. Su éxito no era esperable en una época en la que la información y la cultura están al alcance de un clic.

La revolución no tiene nada que ver con la verdad, sino con el permiso para violarla. La revolución es una fantasía dirigida contra el otro. El revolucionario ataca el imperio de la ley desde la propaganda, igualando, por ejemplo, la legislación española con la de cualquier país autoritario (nunca la Cuba castrista, no se vayan a equivocar). Lo importante es negar su legitimidad, su crédito. La desobediencia no sería, por lo tanto, un delito, sino el honor de quien desvela una trampa. Desde esta lógica, toda respuesta del estado ante los atropellos (hoy, el independentista) constituiría una fórmula represiva a la que resulta obligado combatir.

El revolucionario no distingue la España constitucional de la franquista; no le conviene. Prefiere, por supuesto, mantener la memoria de la dictadura, su vigencia siempre actualizada desde ‘Madrid’, y celebra el desafío institucional más descarado que los ciudadanos hemos padecido durante los últimos cuarenta años: el de la periferia centrífuga. Eso sí, el revolucionario no es nacionalista (la sinceridad irrumpe donde menos se la espera). No apoya este golpe por razones sentimentales, sino desde posiciones meramente estratégicas que desgastan el derecho a cuyo sostenimiento en nada ha contribuido y que, por ese motivo, más desprecia: la libertad de la sociedad abierta.

* Columna publicada el 6 de octubre de 2017 en El Diario Montañés

viernes, septiembre 22, 2017

El relato*



En la vorágine de la era digital, aún sabemos que nosotros no iniciamos la historia, sino que nos sumamos a ella, incorporándonos, así, a la conversación de los mayores. Esta llegada nuestra produce alegría porque no irrumpimos desde el vacío. Como herederos de un país con pretensiones, pronto se nos ofrecen libros y películas, museos y aulas -acaso angustias- para trabajar las ideas con las herramientas oportunas. A veces, sin embargo, esta educación no basta y a algún neófito se le ocurre ensamblar las piezas de un modo propio, recuperando palabras o inventando un nuevo significado para el mundo.

La reflexión sobre lo que a todos concierne guarda siempre el peligro de una conclusión injusta. Hoy, los debates se espesan y da la impresión de que los conceptos son deliberadamente corrompidos para llegar a los mismos peligrosos lugares, pero desde un trayecto distinto que distrae al contribuyente. Es un fraude y se ha dicho. Pero esa firmeza en la crítica decae frente a los voceros de la beligerancia.

Algunos, pese a los insultos, rescatan los valores ilustrados, de la libertad y la igualdad, para denunciar la buena prensa de la que gozan quienes desprecian las instituciones. La causa tribal ha forjado un discurso que pretende despojar a las sociedades de su pluralidad, imponiendo símbolos y silenciando disidencias. En ciertos lugares, la oposición -ya estigmatizada- resiste. En otros, quedan tímidos rescoldos que, asumiendo la necesidad de una cobardía cotidiana, ya sólo esperan que los vencedores sean indulgentes.

El proceso catalán nos proporciona una visión concentrada de las posibilidades de derrumbe moral que trae consigo la apuesta por el nacionalismo. A estas alturas, no sorprende, pero asusta, la veloz renuncia al estado de derecho; la legitimidad que, incluso en 2017, pueden alcanzar las ideologías excluyentes. También, la rabia por la ocasión perdida de reconstruir una patria moderna (de ciudadanos libres e iguales, ya saben), tras una historia de pronunciamientos y rancias dictaduras militares.

No sabemos si España se perderá en el camino, pero la convivencia se ha roto en Cataluña. Eso sí: la asunción mediática del independentismo como un instrumento político capaz de erosionar aún más al maltrecho ‘Régimen del 78’ avergonzará al país en un futuro que es ya presente. Ojo, no deberíamos abrigar nuestras palabras con rencor o tristeza. La responsabilidad de quien escribe obliga a proclamar la esperanza, aunque lo pongan difícil.

La realidad, por ahora, va por otros caminos. La inversión ha sido equivocada, pero seguimos adelante para tener la fiesta en paz. Mientras tanto, los nacionalismos profundizan en su modelo insolidario, desoyendo a los tribunales, adoctrinando en las escuelas, diseñando una ruta de supremacismo tolerado. No existen argumentos para la independencia; únicamente la voluntad de frontera, el entusiasmo de banderas de combate para exhibir su ‘hecho diferencial’: el odio cocinado ante la indolencia de los gobiernos centrales y la complicidad de los revolucionarios. Este es el relato.

*Columna publicada el 22 de septiembre de 2017 en El Diario Montañés

viernes, septiembre 08, 2017

Fobias*



Conozco, por fin en persona, a R. en el nuevo piso santanderino de dos buenos amigos comunes. La lluvia de finales de agosto nos recoge a los cuatro en la sala de estar, rodeados de libros y con el vaso en la mano. R. es un hombre alegre que piensa y habla deprisa. Conversamos de muchas cosas; de la problemática relación entre los tres grandes monoteísmos, para empezar, asunto que domina y sobre el que ha escrito ampliamente en su celebrado primer libro. Se agradece el respeto, la plática razonable en plena efervescencia de los discursos inmediatos. Todos coincidimos en que la cosa pinta muy mal; el peligro yihadista es ya indiscutible y su desparpajo ha sorprendido a la siempre ingenua opinión pública europea.

R. ha leído mucho y ha viajado mucho. Sus experiencias le han permitido templar la sesera con frecuentes baños de realidad, alejándose, así, del cliché. Uno de los principales ingredientes de la actual amenaza, dice, es su compromiso con la destrucción de la riqueza cultural del Islam, su empeño en borrar cualquier matiz que discuta el férreo control fundamentalista. La vanguardia de la Yihad desprecia a Averroes, a Avicena o a Ibn Arabi y teme las maneras de una fe que brilló, hace algunos siglos, en Córdoba, en Damasco o en Bagdad.

La prioridad de la rabia genocida del Estado Islámico, afirma R., es tomar el poder en Arabia Saudí y en el resto de países de la zona, siguiendo el dicho de que “no hay peor cuña que la de la misma madera”. Los terroristas comparten la visión extrema del Islam que brota de Riad, pero los perturba la discordancia entre su lectura despiadada de la religión y la querencia vividora de sus gobernantes. Por ese motivo, los saudíes persisten en su hermetismo -sin estimular cambios que podrían resultarles traumáticos-, al tiempo que participan en el intento de oponer a este vendaval asesino de cuchillos y furgonetas un Islam ordenado y blanqueado (por ellos, desde luego) en Occidente.

La fórmula es astuta. El miedo a caer en la “islamofobia” previene al personal de enunciar lecturas negativas sobre el Corán o sobre la tradición religiosa que emergió tras su meteórica expansión. No se trataría ya, en definitiva, de reivindicar a Rumi o a Naguib Mahfuz frente a los terroristas, sino de contribuir a que ni siquiera sea posible expresar públicamente una opinión libre sobre el dogma sin ser severamente reprendido. A diferencia de otras fobias emblemáticas (homofobia, misoginia, todos los racismos), el término “islamófobo” estigmatiza a quienes critican un sistema de creencias. Muchos intelectuales sufren hoy siniestras campañas de desprestigio por, como dice el chiste, no ser partidarios. El riesgo más urgente: que la censura de los análisis provoque en nuestras sociedades avanzadas no el advenimiento de un Islam capaz de conectarse con la modernidad sino la aceptación sumisa de que todo vale mientras no nos maten.

* Columna publicada el 7 de septiembre de 2017 en El Diario Montañés

jueves, agosto 31, 2017

Nuestra obligación*



Dicen que la imagen de Emmanuel Macron sufre en Francia lo que un muñeco prematuramente despreciado por algún niño caprichoso. Según una encuesta de Le Journal du Dimanche, la popularidad del presidente se desplomó diez puntos durante el pasado mes de julio; una caída temprana pero, quizás, inevitable si se atiende al perfil del mandatario, a su improbable concreción en líder histórico.

Lo vemos a nuestro alrededor, alimentándose de la actualidad y de redes que favorecen el intercambio escueto y parcial de los saberes del mundo. Lo experimentamos en cada incendio ideológico que amenaza con  devorar las frágiles estructuras institucionales. Hay que decirlo, en definitiva, con humildad: para alcanzar un éxito sostenido en el tiempo, la política necesita ser potencialmente asesina. La mitología que arrastran los credos fuertes promete siempre un nuevo comienzo, sin la cizaña que enturbia la claridad del paisaje. Pueden ser los judíos, los negros, los inmigrantes o cualquier paseante distraído. No hace falta que el objetivo sea de un color determinado; lo importante es que exista una diana a la que dirigir la flecha de la Revolución.

Por ese motivo, peligra el futuro de Macron como figura mesiánica, encargada de recomponer el prestigio de un sistema que, no lo olvidemos, ha alumbrado el periodo más fecundo de Occidente en desarrollo social y económico. El impulsor de En Marche! no enarbola nada sólido, más que la posibilidad de un centro de nuevo cuño, cosido a la tradición igualitaria de su país. La fragilidad de su candidatura, exitosa en gran parte por constituir una alternativa al Frente Nacional, crea, no obstante, desconfianza. ¿Cómo competir en fervor y en riesgo con las hordas de Charlottesville y de la Yihad? ¿Qué oponer a los fanáticos de todas las tribus cuando tu gestión pasa, precisamente, por desactivar las pasiones de la guerra civil y por ejercer la legitimidad democrática frente a las sectas armadas?

La aspiración humana a la utopía esconde la semilla de la violencia y de la apropiación del otro. Cuando esa aspiración se proyecta a través de la actividad del grupo, y no se amansa con la moral, a menudo acontecen los desastres. Paradigmáticos, en este sentido, son los atentados en Cataluña, prácticamente calcados a otros que hemos visto antes: la misma incredulidad al principio, idénticos cuerpos tendidos sobre las aceras… Los mismos discursos planos, ya impersonales por la victoria del lenguaje político sobre otras voces posibles.

El Paraíso, la raza superior, la nación uniformada. La capacidad de atracción de los fenómenos resplandecientes, de  las ideologías de brocha gorda, deja sin palabras a aquellos que se conforman con una sociedad de individuos imperfectos y moderadamente optimistas. El espacio que ocupan las propuestas genocidas causa pavor entre el personal desmovilizado y bien sujeto por los moralistas del tuit. Ya no basta con la sorpresa de los no comulgantes. Maite Pagaza ha escrito: "hoy lloramos, pero nuestra obligación es derrotarlos".

* Columna publicada el 30 de agosto de 2017 en El Diario Montañés

viernes, agosto 18, 2017

La muerte del rico*



Han ingresado a Ángel Nieto, de 70 años, en una clínica de Ibiza y los medios informan a través de sus ediciones digitales: “Ángel Nieto, grave tras sufrir un accidente con un quad”. El impacto de la noticia se propaga en un país donde ya no interesan el respeto ni las condolencias. La posibilidad de la opinión es irreprimible. A las muestras de afecto de muchos lectores hay que añadir los impúdicos juicios de valor de los más politizados. La muerte pesa menos que ‘El Cambio’; en eso creen.

Existe algo diabólico, una suerte de atracción fatal que posee al militante cuando se sienta frente al teclado de su ordenador o se conecta con su teléfono móvil. Esa atracción es un síntoma del deber; la responsabilidad de participar en el hecho revolucionario con la macabra alegría de quien prefiere la trinchera. Alguno se sorprende de que pueda darse importancia “al accidente de un rico”; otro le dice “franquista”. Son ideas -por llamarlas de alguna manera- maceradas en la intimidad del malvado que sólo espera la venia de su época para vomitarlas. Ángel Nieto falleció ocho días más tarde. 

La muerte exige recogimiento, la comunión de los seres queridos que lloran a la persona despojada ya de todo atributo terrenal. Es, en definitiva, un encuentro con el Absoluto más allá de convicciones religiosas. Quien lo profana con insultos o con mensajes demagógicos participa de la pérdida de lo humano como referencia y plenitud. Hoy ya sólo gobiernan los ejércitos; por ese motivo, vale la pena insistir en las advertencias contra aquellos que pretenden reducir la realidad a su batalla, hostigando a los rivales como quien ataca un tumor. Una de esas advertencias sigue siendo la Soah.

Está previsto que, a finales de año, se inaugure en Madrid la exposición ‘Auschwitz: No hace mucho. No muy lejos’, coproducida por el Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau y la compañía española Musealia. En ella se mostrarán más de quinientos objetos relacionados con el campo de exterminio para acercar al público español la trágica magnitud del Holocausto.

Este tipo de eventos nos reconcilia con la especie. Por lo menos, pensamos, sigue habiendo personas comprometidas con la enseñanza de la Historia. También padecemos, sin embargo, la normalización del duelo. Pese a los bienintencionados, la memoria no ha servido para vacunar al planeta contra toda tentación autoritaria, ni contra el peligro de las masas activadas por las apelaciones tribales. Ni siquiera contra el antisemitismo, camuflado hoy bajo otras banderas y otros uniformes. La derrota nazi convierte Auschwitz en un relato concluido, sin atender al virus que sobrevivió a 1945.  

Lo advierte el escritor argentino Santiago Kovadloff: “El antisemitismo es un intento de que la interpretación del hecho judío sea monopolio de quienes lo detestan”. Vale extender esta afirmación a cualquier “enemigo del pueblo”. La lucha es siempre por la existencia, para que ninguna perspectiva anule todas las demás.

* Columna publicada el 12 de agosto de 2017 en El Diario Montañés

lunes, julio 31, 2017

Los buenos*



Una lectura suspicaz de la Biblia puede llevarnos a la siguiente conclusión: para cumplir su plan, Dios necesita hacer virguerías, mientras que al Diablo le basta con que las cosas sean. Las sagradas escrituras remarcan esa distancia terrible entre el Creador, todopoderoso y siempre espectacular, y la creación débil, fácilmente propensa a la catástrofe. Es verdad que, a medida que el texto avanza, uno asiste al desnudamiento de la divinidad; a su conversión en una inmensa fuente de moral contra todas las amenazas del mundo.

Resulta, incluso, emocionante caer en la cuenta de ese cambio. El tipo duro desvela sus verdaderas motivaciones: la reivindicación de lo pequeño, de lo hundido por la injusticia. Pero participa cada vez menos. La denuncia releva a la ejecución; el susurro sustituye a las plagas de Egipto.

Lo que no cambia, sin embargo, es la clave dialógica de la Biblia. Es indiscutible que existe un hilo que vincula, más allá de la fe, a todos sus redactores; a saber, la preocupación por el mal y por el dolor, angustias irresistibles para las almas nobles. A Dios se le pide, se le reza y se le exige misericordia, como Abraham en Sodoma (“¿en verdad destruirás al justo junto con el impío?”). La posibilidad de la queja pasa por la previa asunción de la cercanía de Dios, de su intimidad y, por supuesto, de su libertad. En este sentido, Karl Rahner destacaba al Dios de Israel que “realiza elecciones y establece diferencias, está cerca o lejos según su voluntad”. Frente a la cruel naturaleza, se espera una intervención. Pero, hasta entonces, ¿dónde están los buenos?

La semana pasada, supimos de la detención de Ángel María Villar. Antes, hemos sabido de otras detenciones. La lista de presuntos corruptos, de investigados y condenados en España, crece cada día y rebosa en la retina de cualquier espectador sensible. ¿De dónde sale toda esta gente? ¿Cómo es posible construir una vida cualquiera -siempre limitada en tiempo y en salud- sobre los cimientos del saqueo, de la ramplonería que, antes de mostrarse como estrategia del mal, participa en la actualidad como paradigma del éxito?

Cada detención televisada nos confirma en la sospecha de que, en realidad, nadie rechaza el delito, ni deja de aprovecharse dado el caso. Parece que esta interminable procesión criminal forma parte de una secuencia lógica de episodios de fama que concluyen necesariamente con alguna visita a los juzgados. Los buenos, aquí, son escasos e inservibles.

Vale la pena insistir: ¿dónde están los buenos? Sin duda, si queda alguno, estará escondido, apabullado por la competición, acomplejado por la moda y las alabanzas a la supervivencia en un mundo de asumida infelicidad. También la Biblia dice, ojo, que sólo Dios es bueno; es decir, que las multitudes que abarrotan, por ejemplo, los parques acuáticos no merecerían más que tierra y olvido, pero yo creo que tampoco es para ponerse así.

* Columna publicada el 28 de julio de 2017 en El Diario Montañés

martes, julio 18, 2017

El permiso*




El tiempo heroico es, en realidad, el tiempo de los verdugos. Nadie ha sido capaz de arrebatar una vida o de romper un escaparate sin disponer del conveniente permiso. La violencia se activa siempre desde un espacio discreto y seguro, como un dique que alguien retirase, dejando el cauce libre para la riada. No hay, por tanto, como dicen, un “clima de ira” o un “cambio de paradigma” que justifiquen la demolición de todas las certezas. La llama se aviva artificial e incansablemente. Es necesario que el malestar se perpetúe; no se puede desfallecer tras el diagnóstico.  

El siglo XX fue escenario de la ebullición política de las masas, dirigidas en todo momento por siniestras capillas firmemente ideologizadas. Se trató entonces, como ahora, de mostrar el señuelo de la “espontaneidad”, bajo el que se esconde el cálculo más cínico y controlador. La pretendida clase intelectual de Occidente suele caer una y otra vez en el engaño revolucionario, como en aquel idilio de la burguesía parisina de los años sesenta con la Revolución Cultural china. Los jóvenes guardias rojos, lejos de expresar su compromiso con la transformación social, despejaron el camino a Mao en su batalla por el control del Partido Comunista. Una tragedia, disfrazada de ingenua aventura. Hoy, una vez pasado el peligro, parece una chiquillada. No lo fue.     

No hubo, en efecto, nada romántico en el plan del ‘Gran Timonel’; sólo el encantamiento sobre un país dominado por un símbolo irresistible. Este engaño esconde una estrategia conocida y cultivada por cualquier vanguardia golpista. Más que la solución de un problema importa el enquistamiento, su potencialidad para provocar un estallido. Tampoco corresponde el arraigo de valores como la libertad; se prefiere, por el contrario, el alistamiento, la comprensión del individuo como miembro de un grupo beligerante.   

En este sentido, resulta revelador observar los movimientos de los convencidos, permanentemente en guardia en la plaza pública contra todas las desviaciones. Cuando la sociedad asume este estado de cosas, a los herejes se les pone cara de mártires. Ni siquiera un palmarés más o menos progresista garantiza la inmunidad del disidente. Ya pasaron los años de la polémica cómoda y del intercambio de cartas al director. El prestigio del escritor y del intelectual se discute y se arroja a un pozo hondo. Saben que la ridiculización pública es mucho más útil que cualquier debate sereno. Y mucho más fácil: destruir una reputación mancha menos que eliminar a una persona.   


Conviene, sin embargo, no deprimirse. No existe la inevitabilidad que pretenden los profetas del Pueblo. Las estampidas se agotan pronto tras el primer susto. Lo que viene después no es la indignación o la “atmósfera de cambio” que justifica cualquier sacrificio en nombre de la ‘Causa’, sino una orden directa y escueta. Como la orden que le dieron a Txapote de descerrajar dos disparos en la nuca a Miguel Ángel Blanco hace veinte años.

* Columna publicada el 13 de julio de 2017 en El Diario Montañés.

viernes, julio 07, 2017

Lecturas*



Como ahora vivimos todos juntos y apenas nos separa el hormigón, uno puede abandonar el lugar terrible y, al rato, atravesar otras calles repletas de felicidad y de terrazas. Esa premura en el cambio de paisaje convence de la pequeñez o de la riqueza de los otros como prueba de nuestra insignificancia. Nada cabe concluir de la propia experiencia porque, en la tortura del ser anónimo, nada de lo sufrido importa. Nada heroico resplandece del dolor, sólo un recorrido grave que no puede ser contado para no asustar.

El malestar de la juventud en una ciudad cualquiera, la vida del aspirante a profesional mediocre -el buen lector venido a menos-, aturdido por las exigencias de alimento y promoción, raspan la piel y las posibilidades. Se ha renunciado a demasiadas cosas, pero nunca a la inteligencia.

Porque no se trata del número de lecturas, sino de la pérdida del prójimo como garantía de un planeta sin dogmas. La sustitución de la solidaridad por un sinnúmero de tribus cosidas al odio representa la amenaza más atroz porque no es nueva. La querencia sectaria brota, imaginamos, del fracaso de una institucionalidad que no ha sabido ofrecer nada apetitoso en lugar de la nación, esa vieja trampa.

El respeto es el único valor operativo y defendible en una sociedad abierta. Cuando se produce la involución moral y las hordas reclaman el interés propio (cualquiera que este sea), el desprecio del anciano intelectual no sirve y el sacrificio se propone sin réplicas. Lo hemos vivido antes.  

Los jóvenes que se asoman por primera vez a la política sufren de una histeria sin certezas. Frente al cruel silencio del Estado, buscan voces con versos nuevos, seductores, en la era digital. La guerrilla del teclado y la facilidad con la que se activa la propaganda contra los valores universales reducen el peso de la vida humana. Hoy, mueren toreros, políticos o transeúntes e, inmediatamente, individuos instruidos y calculadores se colocan la máscara del mal y escupen rencor sobre el cadáver. Porque la persona ya no importa, sino la adscripción a una tribu enemiga.  

En el campo embarrado los totalitarios siempre marcan algún gol. Sortean la condición electoral en el desprestigio del orden democrático para ir sembrando diferencias y sustituyendo la ciudadanía por la militancia. Estos nuevos ogros creen tener derecho a la destrucción. Para sus líderes, la batalla consiste en la burla, no en el intercambio de argumentos. Escuchar al adversario esconde, piensan, una peligrosa debilidad. Ya no es posible atender a las razones del interlocutor; primero, se busca la trinchera de donde emerge la voz para sacar el trapo blanco o disparar.             

El cambio social llegará de aquellos que proponen una nueva mitología, pero sólo se confía en quien no tendrá reparos en hundir el puñal. De ahí que hayamos sido testigos, durante los últimos años, de la conversión de los cursis en implacables comisarios políticos.

* Columna publicada el 30 de junio de 2017 en El Diario Montañés

viernes, junio 16, 2017

El escritor*



Se muere el escritor y a uno le entran ganas de asomarse al mundo como él lo hacía, soltando el peso del oficio corriente y español. Ese alejarse del grupo en la asunción de la vía profética, crítica hacia su cultura, obliga, quizás, al riesgo. Cuando la vida se convierte en misión podrían deshacerse los lazos.

El escritor son muchos escritores que han abrazado la distancia como un ámbito imprescindible de su trayectoria. El exilio interior y el destierro forjan una raza especial de artistas. Pienso en Goytisolo, pero también en Jiménez Lozano, Bowles o en el Jünger emboscado. Marrakech, Tánger o Wilflingen, al igual que Alcazarén, son espacios donde el escritor completa su obra mezclándose al tiempo con la vida más exacta.

De esta manera, llegan el paseo por el mercado y los paisajes humildes y no del todo invadidos por la modernidad. El bullicio y el silencio establecen un equilibrio a menudo precario pero siempre posible, donde el escritor trabaja sin el lastre de la polémica y de la portavocía gobernante u opositora.

Pero el escritor se ve igualmente tentado por el viejo heroísmo. La excepcionalidad de su profesión actúa como canto de sirena que lo arrastra hacia la calle. El asesinato en Londres de Ignacio Echeverría demuestra, sin embargo, que ya no puede confiarse todo al perfil sacrificial del intelectual comprometido. Esta cómoda perspectiva tranquiliza al ciudadano medio, que asiste admirado a la lucha de los otros. La muerte del español refleja la aparición de un nuevo tipo de héroe que nace de un nuevo tipo de guerra.  

Pareciera que la violencia no existe en el sueño de la placidez acumulativa, del buen puesto de trabajo, de una casa en las afueras con un perro y algún niño. Pero la humanidad resiste a la ausencia de mitos. Ya nadie piensa en héroes pero lo decimos porque nos recuerda alguna película, acaso la afición infantil por las novelas de aventuras. Echeverría se parece a un héroe pero sin la intención de la gloria; simplemente, buscaba la solución a un problema. Al titular, exageramos los motivos y las convicciones. La realidad es mucho más tosca, más generosa y más bella.  

Convertirse en un ser humano (en un valiente ser humano) no exige de grandes palabras o de complejas fórmulas espirituales. No cabe mayor desafío que la normalidad de las cosas en su despliegue cotidiano, en la sensatez de conocer las propias fuerzas. Echeverría patinaba, era abogado y tenía amigos. Era católico. Las identidades, pese a lo que a diario tratan de vendernos, no se  excluyen. La personalidad es siempre amplitud.   

Frente a las atalayas del desprecio, sólo en el contacto íntimo con la responsabilidad podemos defendernos de la muerte, evitar su dominio. El asesinato de Ignacio Echeverría se empapó de actualidad, pero su decisión es heroica porque es sencilla; es el puro hacer que nos justifica en la existencia.

* Columna publicada el 15 de junio de 2017 en El Diario Montañés

lunes, junio 12, 2017

Grietas



Tal vez, bastaría con deslizarse como una serpiente astuta entre las grietas del tiempo, aprovechando el fruto que brota de cada experiencia. Habría, así, algo de lo que enorgullecerse; un pequeño oasis de satisfacción en la sutil avalancha. La agilidad del cuerpo acostumbrado al relieve de los días, sin temor a un mal paso porque los malos pasos, precisamente, serían alimento y conquista.    

lunes, junio 05, 2017

Un buen futuro*



Trabajaron la ilusión de vivir sin tribu; el espejismo de la desnudez. Crecieron en el silencio, improvisando ceremonias y uniformes como último reciclaje. Los poetas que sucumbieron a la tentación de la pose extemporánea se rindieron luego al dogma más vulgar. Valía la pena, quizás, asumir el discurso que emergía cotidianamente de todas las publicaciones y de todas las pantallas. La vida se llenaba de exigencias cada vez más amargas: un sueldo minúsculo, una familia precaria. Era el planeta fragmentado, cosido aún a los restos de la vieja sabiduría.

Insistieron en la intemperie, pero no había alternativa, ni modelos; únicamente el cinismo que sustituyó a la Ilustración -desafiada una y mil veces por los enemigos del burgués-. ¿Quién iba a decirles que la felicidad por la victoria de la democracia alumbraría esta época donde ya nadie confía en poder salvar los muebles?  

El silencio no es para todo el mundo. Se posa en exclusiva sobre aquellos que no pueden pagarse una nueva fe o carecen de un talento incontestable. Han sido demasiados los días de desprecio metódico hacia la cultura; muy alta la apuesta por los instintos del liderazgo rentable. Pero del silencio no nace la quietud, sino el orgullo y una irresponsable conciencia de fragilidad. El “no dejan alternativa” actúa como elemento justificador de todos los crímenes. El mantra se balbucea en las tertulias o se proclama en las manifestaciones. La propia decisión también desaparece como medida del bien. Ya no responden ante nadie.

El humor muere pronto y la esperanza dura lo que la salud. El hogar no puede servir de protección frente a una calle que es ya campo de batalla que se expande en cada territorio íntimo. Pero la oportunidad brota del peligro. Así, Julián Carrón comparte con Hannah Arendt la idea de que los problemas “nos hacen volver al desafío de las preguntas”.  El  teólogo afirma que “una crisis es una ocasión para establecer lugares donde escucharnos”.

Apagar el silencio, ¡qué provocación! Quizás, podrían empezar con susurros, tallando un futuro posible, menos trepidante, donde cupieran todos; donde poder conocer, por fin, a todos, como a Stephen Jones y Chris Parker, los dos sin techo que atendieron a las víctimas del atentado de Manchester inmediatamente después de la explosión.

La sociedad es implacable. Por eso, cada vez resulta más difícil convencer al personal de que el esfuerzo merece la pena. La incertidumbre, decían, es el precio que pagamos por la lectura sin trabas, pero el saldo se agota en cada mentira, en cada malversación. También la multitud oculta a sus monstruos. Reino Unido, sacudido por el mal; Francia, acostumbrada al derramamiento de sangre. El mundo entero, bajo amenaza. Desde el  fatalismo occidental, nos entregamos a la seguridad de la cerca. Porque la militancia no es el resultado de la asunción de un sistema de valores, sino, precisamente, el fin de toda realidad y de toda conciencia.

* Columna publicada el 1 de junio de 2017

domingo, mayo 21, 2017

Lo de Aznar*



Qué bonito es el comer con gente. Uno propone, otro acepta. Luego, la visita al mercado, la elección del menú y una copita de vino. La presencia de los demás en la casa propia insinúa el ámbito de lo privado. Una parte de la intimidad se expone para compartir lo importante. Las comidas de negocios incomodan, precisamente, porque la belleza de la botella terminada entre varios y los platos que se vacían -“queda un poco más en la cocina”- se devalúan entre cálculos e intereses.

Ocurre lo mismo con la proyección mediática de la gastronomía. El programa de Bertín Osborne, por ejemplo, pretende conciliar los formatos favoritos del espectador: la exhibición de pericia entre fogones y la cháchara. Los comensales muestran fotografías de la niñez y, sobre ese lecho de confianza, vierten sutilmente un relato de autobombo que no va dirigido a su interlocutor, sino al público. En este juego de máscaras sobreactuó, hace más de un mes, José María Aznar. El expresidente rechazó, eso sí, la conversación banal. No se trataba en absoluto de la faceta doméstica del jubilado que evoca viejas batallas. Era, otra vez, el emperador.

La derecha se ha manejado siempre con dificultad en los territorios de la comunicación y de la utopía. Por eso, uno se escandaliza cuando sus representantes creen encontrar el espacio donde dar sentido a la movilización. Quizás, todo se sostenga sobre aquella frase del marqués de Tamarón: “En España no hay conservadores; hay gente de derechas, pero conservadores, no”. Mucho más que una simple ‘boutade’. 

En efecto, las filas del Partido Popular las engrosan, dicen, democristianos, liberales, nacionalistas y arribistas desertores del mercado de trabajo. Es la gran familia centrípeta donde nadie se atreve a completar su verdadero programa: el dique frente a la revolución. El PP ofrece al votante una vaga idea de estabilidad. España es su único eslogan de mitin, con el que, por supuesto, especula cada vez que pacta con los periféricos.

A José María Aznar le ocurre lo que al abstemio que acepta un cubalibre en una boda. Durante su mandato, estimuló la opción de un patriotismo de raíz constitucional -cabe recordar a los hoy olvidados concejales que, durante los años duros de ETA, defendieron heroicamente junto a los socialistas la libertad en el País Vasco-, insistió en la querencia católica y mantuvo una resistencia férrea a desligarse del pasado franquista. En resumen, un monstruo de Frankenstein demasiado frágil.

El rencor mide la derrota de un político. Aznar pretendió algo imposible: llenar -desde el poder- el vacío intelectual y mediático de la derecha con lo primero que encontró a mano. Fracasó. Hoy, sólo queda la queja. El partido enarbola, de nuevo, la nada y recibe los ataques de todas las ortodoxias. Gana elecciones por descarte, pero los efectos secundarios son terribles: una estructura opaca, sin discurso defendible, con los atributos del clasismo de siempre. Y la corrupción.

* Columna publicada el 19 de mayo de 2017 en El Diario Montañés.

martes, mayo 09, 2017

Los uniformes*



La vida no se reduce a la escena de una persona que camina lentamente junto a otra por los pasillos de un hospital. No se reduce a ello, aunque uno tiende a pensarlo. El sentimiento brota en forma de esfera: al principio, la pareja avanza sin obstáculos; ambos con idéntica fuerza, felizmente confiados en la salud y en el futuro. De pronto, un año cualquiera, uno de los dos se quiebra y el mundo alcanza entonces un tamaño ajustado, compatible con la naturaleza y su caducidad. El error es, precisamente, asumir el dolor como un destino irremediable. El fatalismo convertido en arma contra el enemigo; el nacimiento de una opresión. Resulta obligado reconocer que un dolor propio no es el de todos. Nuestro peor día puede ser el mejor de la vida de alguien. Nuestra analítica coincide, en resumen, con una boda. Hablamos, ojo, de la sabiduría más cara.  

No lo sabemos con seguridad pero dicen que, antes, el planeta era un lugar más pequeño, colmado de ritos que proporcionaban orden y consuelo. La vida y sus amenazas coexistían en una placidez de miedos callados; de introspección y fiestas de guardar. El tiempo, hoy, sin embargo, aparece como un abismo profundo, un  espejo siniestro donde se solapan las imágenes de la realidad con todas las esperanzas posibles. El fracaso no se explica ya con la blasfemia que aleja al individuo de la fe y del grupo, sino con la inadaptación a los cambios económicos y laborales.

La soledad se hace insoportable. Uno se lamenta como quien pierde un tren de madrugada, cuando apenas queda nadie en los andenes. No se trata de confundir la senda del triunfo, sino de verse desbordado por la responsabilidad de pagar las facturas. Echamos de menos, quizás, un itinerario más lento y musical en compañía de otros, pero también despreciamos a esos otros que cantan los himnos y les basta. Se reivindica al pueblo pero se rechaza la sociedad concreta por conservadora, por rancia o por ignorante.  

El individualismo intenso y fatal produce -en las mentes entusiastas- una experiencia de la vida urbana que, en los últimos años, no se sacia con la posibilidad del asfalto. Del desarraigo cosmopolita nacen fórmulas colectivas que pretenden ser revolucionarias o tradicionales, pero se entregan a la violencia inmediata y a la misma arrogante intolerancia de siempre. El adanismo convierte cualquier ideología en una herramienta frágil en el largo plazo pero tremendamente eficaz en el presente inflamado.


La “desinstitucionalización, especialmente de la familia”, como señala el antropólogo francés David Le Breton, alumbra monstruos en forma de drogas, alcohol y uniformes. De la autodestrucción al Daesh, todo nacería del mismo malestar anónimo. Los partidos alimentan las promesas de la secta. Por eso, la política es siempre agresión y conflicto entre porcentajes. La gran tragedia contemporánea: apuntalar el desencanto con la utopía, sin educar a la vez contra los totalitarismos.  

* Columna publicada el 5 de mayo de 2017 en El Diario Montañés.

jueves, abril 20, 2017

El espectáculo*



Tampoco Giovanni Mongiano pudo resistirse. Este intérprete lombardo es, al fin y al cabo, un hombre de su tiempo, forjado como nosotros en la misma fragua de lecturas y expectativas. La idea debió de alimentarse en su tierno corazón de artista. Porque el artista, debe de pensar Mongiano, es algo mucho más importante que una taquilla que se abre y un auditorio que tose. Según cuentan, poco antes de ejecutar su monólogo ‘Improvisaciones de un actor que lee’, se asomó a la sala del Teatro del Popolo de Gallarate y se topó con un silencio inesperado: no había acudido ni un solo espectador. Podemos intentar medir el peso del vacío en el espíritu del hombre, ya preparado para la representación; la tristeza de quien vuelve al camerino para deshacerlo todo y apagar las luces. No lo hizo. En un “acto de amor” -como él lo califica-, decidió interpretar la obra completa. “El espectáculo se hace igualmente”, dijo.       

Hay en su gesto mucho de resistencia, de orgullo. Frente a la apatía general, el creador, ajeno a las modas, cultiva con mimo su parcela. Los medios italianos se han apresurado a destacar la fuerza simbólica de la decisión de Mongiano; la protesta, casi apocalíptica, contra la muerte de la cultura. El arte se vale a sí mismo. La palabra escrita y la voz que le da vida cumplirían su cometido, aun sin receptor. Es una convicción poderosa y rebelde, pero también peligrosa.     

“No importa cuánta gente hay en la sala: se trata del respeto por el teatro y el público”. En esta frase del actor se cuela la palabra “público”, como un concepto indeterminable, no como la suma total de individuos que se reúnen para disfrutar de una función. La diferencia es enorme. El espectador compra su entrada, se acomoda en su localidad, hace ruido, ríe o se ofende. El público, por el contrario, es un coro perfecto.

En esta época de fragilidad y miedos, las actividades humanas intentan persistir frente a las amenazas de revolución. La cultura, al igual que otros ámbitos del mercado laboral, padece la inestabilidad producida por los constantes cambios en las apetencias sociales. El teatro, por ejemplo, o el cine parecen estar siempre al borde de la extinción. Los militantes reclaman soluciones audaces, el poder se lava las manos y los creadores se enrocan en una defensa sin concesiones de su arte. La distancia con el público -con el realmente existente- crece o disminuye en un paseo sin fin por la cuerda floja.

La llamada ‘clase política’, sin embargo, no sufre estos vaivenes. A salvo en su placidez presupuestaria, el espectáculo se propone a cualquier hora. El gigantesco reparto reproduce batallas antiguas con sus discursos y debates imposibles. Los partidos prometen paraísos o catástrofes, mientras los tertulianos aportan un eco aparentemente riguroso. Los espectadores se van, pero a ellos no les importan los espectadores, sino “el público”.        

* Columna publicada el 19 de abril de 2017 en El Diario Montañés

viernes, abril 07, 2017

Animales extraordinarios*



Dice el escritor mallorquín José Carlos Llop que en los diarios de la Segunda Guerra Mundial de Ernst Jünger el lector asiste a “la conversión del caballero Lanzarote en el mago Merlín”. El compromiso definitivo del autor alemán con el análisis entomológico del mundo -acusado, a menudo, de gélido e inmisericorde- confirma, en efecto, la disolución de su juvenil y polémico espíritu belicista en una quietud serenamente crítica ante las cosas, ajena al fragor de todas las revoluciones. Jünger murió en 1998 a los 102 años, aupado a la categoría de “testigo del siglo XX” por las principales figuras de la cultura y la política. A su retiro en Wilflingen, acudieron en dócil peregrinación los más importantes mandatarios europeos de la época, desde François Mitterrand a Felipe González. El venerable intelectual los recibía a todos sin genuflexiones, como Merlín en el bosque.  

Ernst Jünger formó parte de las tropas alemanas en la Francia ocupada. El diario de ese periodo (1939-1943) se publicó posteriormente en el primer volumen de sus ‘Radiaciones’. Siguiendo la estela de Llop, parece evidente que el distanciamiento de Jünger ante el conflicto y la convicción de encontrarse cerca del ocaso de la cultura occidental inhiben al escritor en un universo propio, poblado de referencias oníricas y literarias, desde el cual mantenerse fiel a su pensamiento pero sin emprender el camino de la militancia activa.  

Así, en su anotación del 29 de septiembre de 1942, Jünger destaca el papel de la propaganda como germen de un nuevo tipo humano que desdeña los valores y los sustituye por “las leyes de la técnica mecánica”. No será el “hombre moral”, añade el autor, el encargado de desactivar este artefacto ideológico, sino alguien igualmente nocivo que habrá “aprendido la lección”. Cualquier esperanza en la justicia es un puro espejismo. “Las cosas zoológicas -concluye Jünger- se producen, antes por el contrario, en el plano zoológico y las cosas demoniacas, en el demoniaco; es decir, el pulpo gigante atrapa al tiburón y Belcebú al Diablo”.           

Estos seres extraordinarios a los que se refería Jünger superan hoy las barreras de la jaula donde los había encerrado la historia y ya sólo encuentran resistencia entre sus iguales. Cuando la memoria no descubre razones en el hábito de la moderación, todo se vuelve presente frágil e inflamable. Asusta darse cuenta de la inutilidad del estado de derecho para oponerse a las voces estimuladas por el cálculo del odio. De la izquierda populista a la ‘Alt Right’ más descarada -es decir, de Maduro a Trump-, existe la posibilidad de la victoria para todos aquellos que abusan hoy de Gramsci (y de la hegemonía) como de una droga intensa y útil para la conquista del poder. La falta de escrúpulos de los aspirantes contrasta con la parálisis de las fuerzas tradicionales que, simplemente, despejan la escena y se sumergen en un mar de eufemismos y de control presupuestario.

*Columna publicada el 6 de abril de 2017 en El Diario Montañés.

martes, marzo 28, 2017

La pelea*



Si, después de morir, abrimos los ojos y nos encontramos en alguna otra parte, sanos y a salvo bajo una luz cálida, buscaremos, primero, los rostros más queridos. No existirá la prisa, ni se reclamarán discursos sobre el origen del universo, la justicia prometida y el significado del dolor. Querremos saber dónde están todos ellos, en qué hueco del jardín disfrutan de esta nueva oportunidad interminable. Eso será lo urgente: la felicidad del reencuentro.

La fiesta de la resurrección deberá ser divertida y desordenada, colmada de abrazos y botellas. Todo indica que Dios, ese huraño burócrata, apenas saldrá de la oficina. A Él le competerá, quizás, pagar las facturas y mantener aseado el territorio de la salvación, pero conocerle no nos quitará el sueño. Tampoco Él nos observará con demasiada curiosidad. Lanzará, eso sí, alguna mirada tímida al respetable mientras se aleja con su maletín a punto de reventar.

Todos sabemos que lo mejor de nosotros mismos está reservado para nuestros semejantes; que no hay más amor que el dirigido a un rostro capaz de recibirlo, ni más justicia que la reivindicación del prójimo. Con eso debería bastar. Se trata, en definitiva, de cultivar lo aprendido en este planeta que hoy habitamos, sometido al mal y al placer.

La historia nos ha enseñado que los milagros, si existen, apenas se distinguen de la fuerza de voluntad o de la suerte. Son un primer contacto, una llama minúscula que alimentamos en la guerra sin cuartel contra los monstruos. No hay signo más audaz y más rotundo de la posibilidad de la esperanza que la decisión de un ser humano. La del veinteañero Pablo Ráez, sin ir más lejos, recientemente fallecido. Pese al lugar común, el joven malagueño no luchó contra la leucemia; eso es imposible. Otros fueron los luchadores: su equipo médico, por ejemplo, y la quimioterapia. Ráez hizo otra cosa igualmente admirable: peleó por la vida y dio utilidad al escaso tiempo que le quedaba desde la fe del activista. Parece lo mismo, pero no lo es.

La célebre cita de Sartre: “lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros”. No se puede decir mejor. Por supuesto, a nadie se le exige un comportamiento heroico ante la adversidad. Pablo Ráez no quiso ser un héroe. Su humilde empeño consistió en construir espacios de alegría, transcendiendo los límites de una enfermedad cruel. Él mismo lo explicó en uno de sus últimos vídeos: “¿Qué mayor satisfacción que ayudar a los demás?”. Nosotros, que no lo conocimos en persona, pudimos disfrutar del lado más optimista de Ráez y aplaudir su lúcida campaña para aumentar las donaciones de médula ósea. Su familia, sin embargo, estuvo con él hasta el final, acompañándolo en su dolor. Ninguna buena empresa aplaca los males propios. Él lo sabía. En realidad, todo el mundo lo sabe.

* Columna publicada el 23 de marzo de 2017 en El Diario Montañés