sábado, julio 18, 2015

Feligresía y plasma*



“Queremos un hijo tuyo”, le gritaban las señoras al Felipe González de la pana. Eran años analógicos y toreros. La política se descubría entonces como una forma de diversión al aire libre, con profusión de himnos y banderas, como quien se despereza tras dormir demasiadas horas. El franquismo había caducado y el poder sustituía las capillas por el albero. El mitin y el bocadillo: eso fue la Transición. No es poca cosa. Fue la época del diseño de un nuevo país, sostenido por renovados cimientos democráticos. Para triunfar en la flamante batalla electoral, se exigía la presencia de los partidos en cada rincón del territorio patrio. Así, emergieron los aparatos, como la alergia en primavera.

Los cambios sociales incorporan siempre un relato mítico, que resume la efervescencia revolucionaria en un único episodio. Los franceses tienen su toma de la Bastilla. Los estadounidenses, su bostoniano motín del té. Los rusos, el asalto al Palacio de Invierno. Podría decirse que la España actual se explica por la movilización del 15M, una protesta dirigida contra el centro neurálgico del sistema político, contra el bipartidismo y el poco espacio que se deja para la participación del ciudadano. Pero, no. Eso sería engañarse. Hoy, España es Mariano Rajoy dirigiéndose a la prensa desde una pantalla de televisión. El plasma, como herramienta política, el final del contacto y del matiz.

De hecho, el 15M, las mareas ciudadanas y las grandes manifestaciones contra el Gobierno han capitulado ante un claustro de profesores. Pablo Iglesias y sus compañeros de departamento han devuelto la ilusión a muchos votantes, pero han despejado las calles. No puede negarse la influencia definitiva del audiovisual sobre las conciencias, de la tertulia sobre la ideología. Ningún político emergente puede aspirar ya al triunfo sin liberarse la de corbata y sin pisar los platós. Bastan un par de comentarios, unas cuantas emisiones para hacer zozobrar a las encuestas. Desde Albert Rivera a Alberto Garzón, los aspirantes se reparten acusaciones de favoritismo en la pequeña pantalla y aprovechan los minutos en el aire para vender el género. Los partidos dominantes, por su parte, prefieren no participar en una discusión que, en resumen, va en su contra.

Pese a su tendencia a lo simple, la nueva situación no puede provocar amargura. Al fin y al cabo, asistimos a la confirmación de los nuevos políticos, antes del reparto de su marca entre los aparatos autonómicos. Iglesias y Rivera, sin ir más lejos, han atado corto a sus respectivos círculos, limitándose cualquier actividad a un duelo mediático entre tres o cuatro individuos. Tiene todo, en definitiva, un aroma americano: la reivindicación del carisma. Pero, ay, esto es España. Y no se comprende el país sin la batalla de máximos, sin la mención del pecado.

La inédita fiesta democrática apenas alegra al personal. La ortodoxia es, ante todo, una actitud. El otro no es un adversario, sino un representante del mal. El ciudadano se convierte en feligrés, las redes sociales estallan en la descalificación. Las acusaciones de culpabilidad y la defensa del sospechoso igualan a los contendientes. La necesaria reforma política del país corre el riesgo de cristalizar, de nuevo, en una fractura social irreparable. Muchos confunden política y teología. Algo habitual en la historia de España, por otra parte. 

*Columna publicada el 12 de marzo de 2015 en El Diario Montañés. Fotografía de la agencia EFE.

Judíos*



El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, se pasea por Europa como un vendedor de chubasqueros en una plaza de toros. Podrá indignar su dramática oferta de refugio a los judíos amenazados en el continente, pero el caso es que llueve. En 2014, se registraron 851 actos antisemitas en Francia, más del doble que el año anterior. En ese ambiente crispado, 7.231 personas emigraron a Israel. Los recientes atentados de París y Copenhague elevan la inquietud a la categoría de emergencia. “El lugar de los judíos franceses es Francia”, protestó el jefe del Ejecutivo galo, Manuel Valls, tras el reciente ataque al cementerio de Sarre-Union. A estas alturas, la idea de un éxodo definitivo no parece descabellada.

La crisis, sin embargo, estimula el discurso. Los gobiernos europeos, vacunados contra el pogromo, recuperan empaque desde la serenidad del orden liberal. Para defender la sociedad abierta, piensan, no basta con apelar al cumplimiento de las leyes. Es necesario dar un paso más y recordar que las posibilidades de libre expresión emergieron de la batalla contra el totalitarismo y de la reivindicación del otro. Tan sencillo e inspirador como eso.

España, por su parte, está a otra cosa. Aquí, se mira a los judíos como las vacas al tren. El antisemitismo y los ataques contra la prensa crítica han precedido siempre a la catástrofe en la vieja Europa. En nuestro país, la libertad de palabra aún conserva parte de su prestigio, y el ‘Je suis Charlie’ impactó a los ciudadanos. Lo de los judíos, no obstante, es peliagudo. Un asunto, digamos, exótico.

Quizás, las dificultades para adaptarnos a la modernidad pasan por la inexistencia, aceptada y cotidiana, del diferente. Y, como diferente, el judío ha sido y es paradigmático. La memoria sefardí permanece en la Península como un reclamo políticamente correcto para la defensa del patrimonio cultural, pero ha dejado una huella a medio camino entre la amargura y la indiferencia. Auschwitz, directamente, no le dice nada al español, acostumbrado más bien al discurso antijudío clásico, con su profanador de hostias y su torturador de cristianos imberbes.


El compatriota medio, católico o espectador de series, se pregunta qué habrán hecho estos cafres para ser perseguidos durante tanto tiempo. Y siempre encuentra respuestas para la discriminación: que no se integran, que controlan las finanzas, que están muy cerca del poder, los bombardeos de Gaza, o la crucifixión de Jesucristo. Desde el cinismo, todo se justifica. Y seguimos a lo nuestro. A las masacres de París respondimos con sobreactuadas manifestaciones en contra de la islamofobia y quejándonos del poco caso que se le hace a Nigeria. La tradicional osadía española cerró en falso el capítulo terrorista para poder seguir hablando de la Gürtel o de la próxima revolución, que es lo que en verdad nos gusta. Mientras Europa vuelve a quedarse sin judíos, aquí se vive permanentemente a las puertas del Paraíso. O del precipicio, que viene a ser lo mismo.

*Columna publicada el 26 de febrero de 2015 en El Diario Montañés

Blanco*



El camino, como la ceguera de Saramago: un páramo blanco, interminable. La carretera desaparece bajo la nieve, el progreso se interrumpe. Madrid se aleja. El estallido del invierno da sentido a los kilómetros. Estamos aislados. O lo están ellos, depende de dónde situemos la acción que verdaderamente importa. Una espesa blancura nos separa de la capital del reino. Es, sin duda, una mala noticia. La carretera reúne y comunica, establece vínculos y promete negocios. ¿Cómo despreciarla? Y, sin embargo, resulta imposible no honrar la distancia, no acurrucarse en la costa. Madrid es hoy una gestión y una protesta. La ciudad acoge al forastero, cierto, pero se engalana para la revolución. Y para su condena.

Hay que protegerse. Ésa fue la razón del siglo XVIII: elevar al hombre, defenderlo de la discrecionalidad del poder. No resulta fácil. Las castas que se disputan la hegemonía española se baten en Madrid por ganar los corazones y por llenar las calles. Poco queda ya del discurso y del programa. Es complicado destilar lo positivo de la marea acusatoria. España adopta el mensaje de la ilusión y de la rabia. Hay pocas actitudes más peligrosas en política. La ilusión se desplaza por la península, acomete a las provincias con voluntad de gobierno. La rabia se empodera. El espacio se reduce.

Pero, uno tiene la impresión de asistir siempre a la misma batalla, con los mismos soldados inflexibles. La discusión empequeñece la vida en sociedad, la resume en trincheras. Protagonistas no faltan: Bárcenas, Tania Sánchez, Monedero, Esperanza Aguirre, Susana Díaz… El verdadero desafío consiste en asumir que el país es un duelo de partidos que se presentan como portadores de soluciones únicas. En definitiva, el peligro de la secta, de la exclusión. Madrid, fiel a su tradición, impone hoy un argumentario de enfrentamiento.

Sin embargo, es posible que seamos injustos en la crítica y que, en realidad, Madrid no sea más culpable, por ejemplo, que Cantabria. Y que a un lado y a otro de esta blancura feroz no exista nada más que la misma España de siempre, empeñada en construir guerras para no solucionarse.

*Columna publicada el 12 de febrero de 2015 en El Diario Montañés.

lunes, febrero 23, 2015

Algo





No quiero ponerme piadoso, pero, entre el terremoto de Madrid y que llueve, me he dado cuenta de lo increíblemente bajo que hemos caído en esta posmodernidad prerrevolucionaria que habitamos. Pienso, así, a bote pronto, en la clara superioridad intelectual de los antiguos, que tuvieron las agallas de creer en Dios, o, como se dice ahora, “en algo”. Desde ese estado de ánimo, alumbraron la Biblia, con su Ley, sus plagas y sus salmos. O los evangelios de las bienaventuranzas. O el Bhagavad-Gita, con las dudas de Arjuna. Incluso, el Corán de quien se refugia “en el Señor del Alba”. Textos, digamos, contundentes, gigantescos en forma y fondo. 

Nosotros, que ya somos hijos del “cuando-cumpla-18-que-elija-la-religión-que-quiera” no somos capaces de componer nada semejante. Lo único que hemos creado para defendernos del sufrimiento es la idea -a mi juicio, pueril- del carpe diem. Este latinajo constituye una filosofía de vida que se termina cuando la cena te ha sentado mal. Es decir, cuando el disfrute es el pasado. 

El lenguaje alto del profeta se sustituye hoy por la frase de Paulo Coelho o el eslogan anticapitalista. Uno de mis contactos sube a Facebook una foto con el siguiente mensaje de un tal Roberto Montes: “Si no eres capaz de ser feliz con poco, no lo serás con nada”. Otro elige la imagen doméstica: “La preocupación es como una mecedora; te mantiene ocupado pero no te lleva a ninguna parte”. Por no hablar de los avisos contra las amistades ‘tóxicas’. Y así todo. Para echarse a llorar. 

Los antiguos estaban seguros de que las coordenadas de la vida (nacimiento y muerte) formaban parte de un entramado retorcido y genial, lleno de furia divina y castigos a sangre y fuego. El sexo era Sansón, cegado por Dalila y por los filisteos. O el no me toques, de María. Nosotros hemos abusado tanto del escándalo, que ya sólo nos quedan las cincuenta sombras de un pijo, para estimular el morbo de las señoras. Yo no sé si tenemos razón, pero aburrido es un rato.       

miércoles, enero 28, 2015

Identidad





La imagen conmueve: Shula Krystal besa la frente de su padre, Israel, en la modesta sala de estar de su domicilio de Haifa. Él recibe el beso con los ojos cerrados. La escena transmite orgullo, sabiduría. Israel Krystal es el superviviente más longevo de Auschwitz. Tiene 111 años. Imposible descartar la posibilidad de que la Providencia haya decidido premiarle con algunas décadas extra por los sufrimientos prestados. El anciano, en silla de ruedas, lleva una kipá sobre su cráneo. Me pregunto si, hoy, superada ya cualquier edad razonable, siente miedo a la muerte, a esa muerte tan familiar en el infierno nazi que experimentó en Polonia. Para él, su identidad significó algo. Al menos, fue un motivo para que el mal absoluto reventara el inicio de su vida adulta. 

Desconocemos la intensidad de su compromiso con el judaísmo durante los años 40 del siglo pasado. Quizás, quiso ser un ‘judío del siglo’, atento a la moda y a las últimas novedades literarias y artísticas. Es posible que sintiera su tradición como una carga no elegida. Puede que amara a una protestante y al progreso. Lo que está claro es que otros decidieron por él y lo convirtieron en carne de holocausto. No tardará en dejar este mundo, es simple biología. Pero, no abandona su kipá. ¿Y nosotros? ¿Esta actualidad cosmopolita, que alimentamos con cinismo, cerveza y series de HBO, será suficiente para completarnos? ¿O decidirán otros?

miércoles, enero 21, 2015

Letras





A veces, le gustaría no haber leído nada, no haber creído en nada. El peligro de las palabras, su territorio tribal, hostil y minúsculo. La ciencia es otra cosa. No es intuición, y eso es un avance. El esfuerzo comienza y termina en sí misma, sin espacio para la política y la estrategia. Trabaja con la verdad, la aumenta. Sin excesos. 

Las letras, no. Uno confía en su espíritu que, según dicen, se nutre de escritura. Pero, el horizonte es prosaico. Si el trabajo dignifica, la habilidad de diseñar, calcular, construir, curar, es sin duda, superior. Lo otro es una aproximación incompleta a un malentendido. Un periódico, un libro de poemas, una novela… ¿Cómo traducir su impacto en calidad? ¿Cómo superar las camarillas y la interesada publicidad, el homenaje, el cargo cultural?

La empresa es complicada, árida, por eso el camino se llena de farsantes. Eso lo sabe todo el mundo, pero el público finge creer en el arte, como una promesa de inmortalidad. Últimamente, sin embargo, ha visto inyecciones que alivian, tratamientos que mejoran. Gente que trabaja por su cuerpo. Lo físico es incontestable. Y frío. Y humano.      

martes, enero 20, 2015

Gobiernos





El verbo primitivo: gobernar. La voluntad de mando sobre otros. Para tener éxito, el desprecio es irrenunciable. El ‘interés general’ no cabe entre iguales, entre amados. La distancia condiciona el poder, lo llena de Espíritu Santo. “Que coman pasteles”, dicen que dijo María Antonieta. No hace falta recurrir a tal exceso. Basta pensar en el latín de la corte política y religiosa. O en la realeza europea, que habla en francés, obviando la lengua de las masas, mientras sus príncipes conspiran y se enamoran. En definitiva, ¿por qué gobernar?

La secta, ésa es la cuestión. El clan que compone himnos, elabora acciones y discursos. Siempre mandan algunos. O lo pretenden. Su teología fecunda las décadas. En consecuencia, se trata de un fenómeno de sustitución. Aquí, nadie va a ir al fondo del problema. Eso hay que tenerlo claro. La política de partido no se sostiene sobre el análisis, eso sería perder el tiempo. Lo gordo es la emoción, el eslogan. Primero, la frase. El sentido ya vendrá después. La democracia que ustedes se imaginan, así, fetén, es un asunto demasiado precioso para que abunde. Si no quiere reducirse a un simulacro, necesita apoyarse en sociedades libres, adultas y maduras, con una base civil poderosa e independiente, que realmente tome las riendas del poder. En España, sin embargo, insistimos en cambiar un dogma por otro. Ahora, quieren una iglesia nueva, que controle los medios de comunicación, la justicia y el dinero. Lo novedoso y revolucionario -apartar a la política de los medios, la justicia y el dinero, repartir las posibilidades de decisión- no puede presentarse a las elecciones. Mejor dicho, no puede aspirar a ganarlas. La prensa, que tanto debe y a quien tanto deben, se encargará de dirigir los cambios de fe. Pero la fe, propiamente, sobrevivirá siempre a cualquier crisis.

Piensen en todas esas mareas de indignación ciudadana, acampadas y escraches, y en cómo han cristalizado, grismente, en un claustro. Así mueren y resucitan las democracias. Cuando la asamblea cabe en una habitación.