viernes, diciembre 02, 2016

Callejeros*



Nos lo cuenta J. desde Roma. Domingo por la mañana, alguien ha tocado el timbre. Nuestro amigo, tras el sobresalto, se ha arrastrado hasta la puerta, en compañía de “las barras de los bares últimos de la noche”. Al otro lado, un individuo le pregunta si quiere contribuir económicamente con la publicación ‘Lotta Comunista’. J., sereno y colmado de paciencia búdica, intenta explicar que una campaña así, a esas horas precoces de un domingo cualquiera, no es, quizás, la mejor estrategia para ganar prosélitos. “No es mi intención -contesta el visitante-. No queremos convencer a nadie, sino encontrar a quienes ya están convencidos”.    

J. relata el suceso en nuestro grupo de WhatsApp. Lo leo desde la cama y me río. Poco antes de recibir su mensaje, he dado ya una primera vuelta por los diarios y las redes. Hay revuelo porque Juan Carlos Monedero acudió en Alsasua a una manifestación en favor de los detenidos por agredir a dos guardias civiles y sus parejas. No me sorprende, ya no. Cada uno elige su ámbito de solidaridad y el itinerario adecuado a sus principios. Pero, echado en la cama, remoloneando en una silenciosa mañana de domingo en Santander, me pregunto cómo es posible que no se den cuenta de que esa opción de Monedero -de la izquierda ‘transformadora’-, más allá de cualquier calificación moral, es contraproducente e interrumpe su aspiración a conquistar la mayoría electoral del país. Luego, leo el mensaje de J.

En efecto, como ya se encargó de señalar el propio Monedero, en Podemos conviven “dos almas”. Tras las últimas Generales, el partido de Iglesias rechazó esa táctica preciosa de la transversalidad. Sus portavoces pasaron de proclamar una identidad plural e inclusiva a reproducir los discursos previsibles de la izquierda de siempre: cercanía con el nacionalismo, violenta retórica de clase y condena de la institucionalidad. Con la derrota en las urnas y la irrelevancia política se produjo el cierre, la vuelta a la raíz extrema de su origen.   



Como el madrugador romano, tampoco ellos buscan convencer a nadie. El alma enfurruñada ya no quiere ser un nuevo PSOE rejuvenecido y rescatado. Todo estaba claro desde el principio. Lo explicó Iglesias en aquella célebre charla de la herriko taberna. Según el líder morado, la izquierda abertzale y ETA comprendieron bien el “lampedusiano” giro del franquismo hacia un nuevo régimen sólo democrático en apariencia. Así opinaban en Somosaguas. 


Después de un primer amago de reconstrucción del progresismo desde una estética aligerada, la tercera fuerza política del país no quiere más votos, sino más conflicto. El rumbo a seguir ya no es la socialdemocracia nórdica, sino la ebullición parlamentaria. Hoy, optan por una revolución callejera para la nueva legislatura popular. El objetivo inmediato no puede ser La Moncloa (la antipatía es un muro infranqueable) sino el mantenimiento de la excepcionalidad mediática, la erosión diaria del orden constitucional para, en última instancia, gobernar sobre sus ruinas.      

* Columna publicada el 1 de diciembre de 2016 en El Diario Montañés.
FOTO: EFE

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