domingo, abril 06, 2014

Andares





Ellos te lo cuentan como la vida de un santo. Tienen todo el derecho a hacerlo. Interrumpen su caminar lento, de otra edad, y te observan con indulgencia mientras los niños os adelantan entre risas y juegos. No han participado de la revolución, ni transformado su mundo. Han logrado conservar, eso sí, una forma de vida, una actitud. Y eso no es tan habitual. Las décadas transcurrieron apaciblemente en la ciudad burguesa y lo anodino se convirtió en norma. A ese movimiento se le llama reconciliación. La política como aperitivo, como paraguas y chismorreo. Se trata, en resumen, de no ir nunca demasiado lejos. Ni siquiera físicamente: el paseo se interrumpe pronto. La gestión frente a la libertad. Ésta frente a la convivencia. 

La Transición es un relato que rescata al ‘nosotros’ de la memoria parcial de la juventud. El recurso de la solemnidad y la cordura plural contra la amenaza reaccionaria. No se niega. Incluso los más voraces enemigos del llamado ‘Régimen del 78’ aceptan momentos de gloria (no se atreven a decir heroicos) en el periplo. Fue una conversación, sí, pero hubo algo más. Ya lo dijo Norman Mailer de los Kennedy: “Se les quiere porque fueron un poco mejores de lo que deberían haber sido”. Como a Adolfo Suárez, que fue derrotado y su trayectoria última se vincula a la de los parias sin tribu. Y eso tiene siempre mucho éxito. Su origen indiscutiblemente franquista es el último dique que lo separa del panteón. Pero ni siquiera eso enmudece el canto general hacia quien abrió puertas que no parecían indispensables.

Suárez es, hoy, la Transición; una fotografía de niñez en la que un país parece más saludable y feliz. Como todo relato moral, es también un mito. Y un mito es inspiración, sin duda, pero, al tiempo, límite, freno que paraliza la decisión y el acto. Durante el siglo XX -sobre todo, a partir de la victoria de Franco en la Guerra Civil-, España se ha sentido como esos niños a los que unos pocos centímetros de menos les dejan sin poder montarse en la atracción más peligrosa y divertida. Lo tienen cerca, la geografía les es propicia. Pero están lejos de las piruetas y la emoción. Al país le faltaron De Gaulle y las barricadas, Marcuse y Berkeley. No celebró Woodstock. No detuvo a nazis. Su identidad se forja en una charla que se sigue de lejos, con el deseo de que tu huelga, tu manifestación y tu cárcel hayan servido de inspiración para el cambio, y que la inercia del continente no haya sido la única causa.

Y ese papel, secundario pero amable, es el que se discute hoy, el que se alimenta o se niega, amparándose siempre en el orden que no debe perderse. En la ciudad burguesa, donde se camina lento por no romper, por no ejercer la libertad sin su permiso.

martes, marzo 11, 2014

Horas



Hoy ha llegado a mis manos un pequeño bloc de notas en el que mi madre esbozó la estructura de un cuento. Se trata de una historia familiar, cuyo argumento está lleno de espacios conocidos y de expresiones y temas propios de su forma de entender el mundo. Según mis cálculos, comenzó a redactarlo en 2007, un año antes de enfermar. Apenas son unas pocas páginas, escritas a mano, en las que las escenas cotidianas se entremezclan con la literatura, su gran pasión. Los versos de Antonio Machado -“Españolito que vienes / al mundo te guarde Dios. / Una de las dos Españas / ha de helarte el corazón”- comparten tinta con episodios domésticos y personajes que evocan la presencia amable y cercana de mis abuelos. El relato se interrumpe pronto. Quizás ella no quedó satisfecha. Es posible también que otros asuntos, más graves y urgentes, reclamaran su atención, y que, más tarde, la enfermedad acelerara su abandono. Yo no he sabido de su existencia hasta hoy.

Hay fechas que encierran una inquietante simbología. El destino, ¿quién sabe?, ha querido que hoy, precisamente hoy, encontrarse ese relato inconcluso, escrito por mi madre en un pequeño bloc de notas de color negro. Este 11 de marzo, ella habría cumplido 63 años. Cuando cumplió los 53, un grupo terrorista hizo estallar diez bombas en cuatro trenes de la red de Cercanías de Madrid. Hubo 191 muertos y más de 1.800 heridos.

En aquel tiempo, yo estudiaba en la capital de España. No atravesaba la mejor época de mi vida, estaba medio peleado con mis padres y un día antes del atentado me había pasado por la agencia de Renfe en la calle Reina Victoria para cancelar mi billete de tren a Santander (que salía desde Chamartín). No quería ir a casa y había renunciado a votar en las elecciones del día 14. Iba a quedarme en Madrid y no había nada más que hablar. Tenía 21 años.

Al día siguiente, 11 de marzo de 2004, sonó el teléfono en el piso que compartía con tres amigos. Era temprano y el sonido del timbre me despertó. Una voz femenina preguntó inmediatamente por uno de mis compañeros. Era su madre. La mujer había escuchado algo de una explosión en la estación de Atocha y estaba preocupada. Mi compañero había dormido, creo, en el piso de su novia. Le dije que no estaba, que seguramente había salido ya para la facultad. Tras colgar, me dirigí al salón y encendí la TV. Hablaban de una bomba y de un indeterminado número de muertos. “Qué hijos de puta los de ETA”, pensé. Y me acosté de nuevo. Al despertar, unas cuantas horas después, aquello era ya el Apocalipsis.   

Merece la pena hablar de esas pocas horas de duelo que siguieron al ataque terrorista, un paréntesis de tiempo, en el que el dolor era nuestro y se demostraba en nuestras calles, en nuestras casas. En el piso comenzó poco a poco un desfile de amigos que no daban crédito a lo que había pasado. Recuerdo que no me quité el pijama hasta bien entrada la jornada, sin poder despegar los ojos de la pantalla, que proyectaba sin cesar las imágenes de los vagones destrozados y las víctimas ensangrentadas sobre las vías.

Por la tarde se convocó una concentración de repulsa en la Puerta del Sol. Mis amigos y yo salimos de casa y cogimos el autobús. El trayecto fue un cortejo fúnebre. Nunca, hasta ese momento, había experimentado el silencio en su profunda dimensión de respeto y tristeza. Nadie abrió la boca. La gente vivió ese momento con serena indignación, con la certeza de estar compartiendo algo más que un acontecimiento que sólo les sucede a los otros.

El discurso no se había posado aún sobre España. El Gobierno no había comenzado a envolverse en la apresurada tesis etarra (que yo creí en un principio. No era extraño: prácticamente era la única que mataba en los últimos 30 años y apenas unas semanas antes se había interceptado un cargamento de explosivos con los que la banda terrorista planeaba llevar a cabo un gran atentado con motivo de las elecciones generales). Tampoco la izquierda había descubierto que la autoría islamista podría minar la credibilidad del candidato Rajoy. O quizás es que no estábamos para escuchar nada. No había Twitter entonces. Se podía vivir sin noticias de última hora. Bastaban los casi 200 muertos. Era más que suficiente en aquellos momentos.

Pienso a menudo en esas horas en las que el cálculo político no existía. Pienso en la gente de Madrid en silencio, en el equipo de bomberos, médicos y sanitarios, en los psicólogos, en los policías y en la gente de Barcelona (esa ciudad a la que hoy han convencido de que es extranjera), que donaba sangre para los heridos en Atocha. Pero España es un país, y como país, necesitaba, al parecer, de un discurso público, una interpretación elaborada por las élites políticas y sus plataformas mediáticas. El testigo lo recogió pronto el Estado. Y la calle perdió toda su fuerza, toda su importancia.

No es el fuerte de esta nación su política. Como bien se ha encargado de recordar hoy Arcadi Espada, diez años después son pocos los españoles capaces de nombrar a uno solo de los autores del atentado más terrible de la historia de su país. En la conciencia de los ciudadanos, ya politizada por los días posteriores a la masacre, el asesino es Aznar o Rubalcaba. Esto es lo que digerimos del 11 de marzo.

No quiero entrar en este tema, ni exculpar a los españoles de su responsabilidad en la desunión partidista. Los juegos de seducción sólo alcanzan el éxito cuando encuentran un receptor dispuesto al romance. Y en España siempre estamos preparados para batirnos en la guerra civil que nos proponen cada día. Pero quiero recordar aquí esos breves momentos madrileños, españoles, en los que los vivos honraron la memoria de los muertos y lloraron por su futuro arrebatado de golpe.

Las 191 víctimas no sólo perdieron la vida aquella mañana de marzo, sino que, al morir, introdujeron su nombre en la maquinaria del discurso público. Ese espacio sin intimidad ni experiencia, donde todo suena a hueco, a impostura. A manipulación. Sus apellidos son hoy pronunciados sin un sentido veraz de cercanía por políticos y opinadores que nunca los trataron, ni supieron jamás de su existencia. Una tragedia añadida: una memoria maquillada.

Diez años después, voy a cumplir 32 años. Mi madre falleció en 2010 y también ella es ahora un nombre del pasado, que permanece en la quietud de la memoria de quienes la quisimos. En su caso, no fue una bomba, sino el cáncer. Al parecer, ya soy un hombre y acabo de encontrar un bloc de notas con un cuento escrito por ella. Ahora quiero terminarlo.

viernes, marzo 07, 2014

Weimar



Ahora hay revolucionarios. De adolescente, los echaba de menos. Leía, desde una plácida y temprana rebeldía de joven acomodado, el ‘Gran Bazar’, de Cohn Bendit y veía ‘Tierra y libertad’, de Loach, con admiración y melancolía. No era posible, en plena era Aznar, reproducir el 68. Mi generación estaba a otras cosas. Éramos jóvenes y teníamos salud. Y futuro. Hoy, como ya no hay futuro, dicen, ha vuelto la revolución.

Eso sí, su retorno no se ha producido al estilo ‘Novecento’. Ya no hay pasión. La resurrección del ideal, que se ha llevado a cabo sin asaltos al Palacio de Invierno, recupera, increíblemente, términos como “lucha de clases”, “nacionalización” o “hegemonía”, pero sin limitarse a la propaganda. Eso ya no cuela entre el cínico auditorio de la Red. Es el tono lo que eleva una propuesta desde la marginalidad hasta el dominio cultural. Lo saben bien los revolucionarios contemporáneos. Twitter es una plataforma inmejorable para llevar cualquier alternativa política a buen puerto. Se trata de difundir un discurso para que se confunda con la normalidad, con la verdad. Parece fácil y, de hecho, lo es. La excepción económica y social por la que transita España favorece este tipo de atajos. Cabe reconocer que este país nunca ha sido vanguardia de libertad, aun cuando de su tradición surge el término liberal. Su historia es un relato de ortodoxias que se enfrentan. El cainismo, ya saben, que siempre es propicio para la ruptura.

La revolución está hoy en todas partes. Es algo lo suficientemente sutil como para que la gente goce, aún, del espejismo de la elección. Pero ya ha desactivado muchas cosas. Y en unos pocos meses. Su primer cometido ha sido deslegitimar al rival ideológico. Hoy, mientras avanzamos en la segunda década del siglo XXI, la derecha es Blesa, los curas, los toreros y la Guardia Civil. Como siempre sucede, la acusación crea identidad. Somos aquello que nos dicen.

Los acontecimientos revolucionarios no son una guillotina que cae, sino una fina lluvia que empapa el discurso. Es curioso escuchar hoy en Santander (¡en Santander!) a personas tradicionalmente alineadas con las corrientes más conservadoras despotricar de Rajoy y el capitalismo. Llaman la atención sus paredes empapeladas con carteles libertarios, comunistas o nazis (un grupo ha convocado últimamente varios actos en la capital cántabra). Las ideas liberales, democráticas y hasta socialdemócratas se han devaluado y cualquier referencia al estado de derecho se relaciona con oscuros intereses de los “mercados”.  

Toda lucha se inscribe en un fenómeno más amplio de cuestionamiento del sistema, desde un mismo tipo de lenguaje público. Los militantes de los partidos de izquierda; las feministas, los altermundistas, como Esther Vivas; los miembros de la PAH (Colau y Mayoral), y los profesores de universidad (Monedero o Pablo Iglesias) reproducen fórmulas idénticas: “Estado español”, “todos y todas”, “empoderamiento”…

Y, sin embargo, su victoria, su prestigio discursivo no se refleja en la toma del poder, ni en la asunción del dogma por la mayor parte de la población. Lo que no comprenden es que su influencia es mediática y moral. No sustituyen a Rajoy, sino a Rouco. Es la nueva Iglesia, con un mensaje renovado de orden. Pero el español asume siempre mejor al gobernante que al profeta, y el catecismo (el de ahora y el de antes) se observa de aquella manera. Como buenos católicos, se espera que la ciudadanía trague con el paquete entero. Nada de discusión caso por caso, ni “interpretación personal” de la nueva Buena Nueva. Un maniqueísmo tan pobre como efectivo. De eso vive la esperanza revolucionaria.  

El discurso habita otros espacios. Y no es la política la que alimenta a la vida, sino al contrario. Las ideologías que reivindican la nación, la raza, la clase social, frente al individuo y la sociedad abierta, que prometen un desenlace heroico y una salida a la crisis desde el totalitarismo, no necesitan gobernar para imponerse. El peligro, por lo tanto, es relativo. Pero pasan los años y siempre causa sorpresa contemplar el fácil arraigo que tiene en España la exageración.

jueves, febrero 27, 2014

La confianza



Mucho se ha escrito y pontificado estos días sobre la ‘Operación Palace’ que urdieron el pasado domingo en la Sexta el equipo de Salvados, con Jordi Évole al mando, y un grupo de políticos y periodistas españoles de diferentes lealtades ideológicas. El programa, que expuso en forma de falso documental los sucesos del 23 de febrero de 1981 -presentándolos como un montaje en el que los partidos, los servicios secretos y la Corona estaban implicados- cayó como una bomba sobre los espectadores, que se debatían entre el “ya lo decía yo” y el “no puede ser”, mientras la farsa se desplegaba ante sus ojos con precisión y gusto por el detalle.

Más allá de consideraciones formales, el programa exige una reflexión moral y no meramente técnica. Si se analiza la calidad del producto en su epidermis, puede hablarse de un correcto montaje, un más que aceptable guión y, ciertamente, una interpretación brillante de los ‘actores’. En este sentido, nada que objetar. Pero no se trata de esto.

Como les sucede a los toreros con el valor, la habilidad audiovisual se les supone a los trabajadores de un canal televisivo. La duda, acaso el reparo, se proyecta hacia otro lado: el fondo del asunto, su finalidad, si la tiene. Para justificar el engaño, se ha echado mano de ejemplos clásicos, como la versión radiofónica que Orson Welles preparó en 1938 de ‘La guerra de los mundos’ y que tanto revuelo causó entre la audiencia, hasta el punto de que muchos estadounidenses creyeron ser víctimas de una invasión extraterrestre. Otros apuntan a otro caso más cercano: la Operación Luna, programa emitido en 2002 por el canal Arte, en el que se afirmaba que el hombre no llegó a la luna en 1969, contando con los testimonios de importantes figuras de la época como Henry Kissinger. De esta forma, se vincula el programa de Évole con la pura creatividad. No habría, por lo tanto, que darle mayor importancia.

Sin embargo, hay razones para ser un poco más exigentes en la reflexión. Para empezar, cabe referirse al continente: Salvados, en principio, no emite películas de ficción. Al contrario, su fama se la ha ganado a golpe de realidad, con documentales centrados en esclarecer casos de corrupción, en profundizar sobre la privatización de los servicios públicos y en la exigencia de más transparencia a nuestros representantes. Su acción militante trasciende el puro entretenimiento con una labor de clara vocación ciudadana.

De ahí la decepción. Évole y su equipo no solamente se han permitido una elaborada frivolidad, sino que lo han hecho aprovechándose de la confianza que cada semana le presta su público. Sin aviso de por medio, Salvados ha actuado como cualquier otro domingo, pero mintiendo. A sabiendas, ha retorcido su prestigio informativo -ganado justamente- para convertirlo en una broma, un chascarrillo. Y lo que es peor, con moraleja final. Ese mensaje último, que se escuda en la imposibilidad de acceder a la documentación pública que recoge el golpe de estado, encierra toda una visión del oficio desde las élites. Los participantes, políticos y periodistas, vienen a decir: “¿Veis qué fácilmente se os engaña?”, desde el tan habitual tono de superioridad con el que enfrentan diariamente su relación con los ciudadanos.  

Esto es lo más grave: la distancia que separa al discurso falsamente ideológico del sistema (todos los ‘actores’ forman o han formado parte de la organización institucional española, al menos, desde la muerte de Franco) con el resto de la población. Se esfuerzan en demostrar, como antes lo hacían exclusivamente los curas, lo equivocados que estamos, lo ignorantes que somos, lo pecaminoso de nuestra indiferente actitud. Para ello, utilizan un castigo: el engaño. Porque todo el programa del 23F se proyecta en ese instante final en el que se desvela la mentira. Sólo importa esa dura colleja mediática.

Otras críticas que puedan dirigirse al programa no tienen, en mi opinión, tanto empaque. Hay quien ha visto en ‘Operación Palace’ una falta de respeto al pueblo español, que sufrió tanto aquella larga noche. Eso es más dudoso. Al fin y al cabo, el humor se hace siempre sobre lo que importa. Lo peor es la confianza entre espectador y emisor, que da sentido al periodismo, y que quedó erosionada tras el programa. Uno sabe que Venezuela y Ucrania existen porque hay profesionales que transmiten la información y tienen credibilidad para dar sentido a los acontecimientos. La ruptura de este vínculo marca el tiempo que nos ha tocado vivir. En esta segunda década del siglo XXI, cuando la verdad está más en entredicho que nunca, la confianza, que es, sobre todo, respeto, no puede devaluarse de este modo.  
     
Eso sí, se supone que el alto índice de audiencia del que gozó la cadena durante la emisión del falso documental le proporcionaría pingües beneficios. No entremos en ello.

Como último apunte, señalar el oportunismo de coger el tren de la conspiración (aunque sea en forma de farsa) en un momento de grave crisis del sistema, en el que tanto la monarquía como los principales partidos del país, así como los medios de comunicación, se reparten el desprecio general de los opinadores mediáticos. En este sentido, entristece ver cómo algunos periodistas se sumaban a los elogios a Évole, tras la coz propinada por éste a la materia prima de su oficio: la verdad. “¡Cuántas veces nos habrán contado algo sin avisar al final de que todo era mentira!”, se decía en Twitter.


Para tranquilidad de España, cabe poner el acento en el hecho de que los usuarios de las redes sociales, en plena efervescencia del terremoto Palace, en ningún momento cayeron en la desesperación. El tono vanidoso-cínico permaneció intacto. Nunca hay peligro de revolución si queda espacio para una frase perfecta.   

domingo, febrero 23, 2014

Pili


Cumplirá 83 años el próximo mes de marzo. Y aún se mueve con agilidad por la casa. Prepara una sopa de crema, albóndigas con patatas fritas y flan casero, que os están esperando cuando tocáis el timbre a las dos en punto. Su sabor te devuelve al lugar de tu infancia. La textura de la sopa y el suave sabor a perejil de las albóndigas activan tu memoria. Y te ves muy pequeño, rodeado de tus abuelos, de mamá y papá y de tu tía, en tu primer hogar, donde pudiste aprender la calma y el abrigo.
Visitar su casa es huir de la edad propia, de la testadura tendencia a confiar en el mundo y sus progresos. Las horas junto a ella son tiempo de buena comida y café alrededor de una mesa humilde y cercana. Te sientas a su lado, y sus relatos le dan sentido a las cosas. Ella habla de esa parte de tu familia que te queda ya demasiado lejos. Hombres y mujeres de ojos claros, cuyas existencias, ahora conocidas para ti, desvelan, por fin, el secreto de tu aspecto.
El reloj hace una pausa. No sabes si han pasado dos o tres horas. Sus gestos, la forma de mover sus manos trabajadoras -han sido muchos, demasiados, los años de actividad­-, su memoria extraordinaria que le permite viajar al pasado y recordar nombres y fechas con prodigiosa exactitud... No importa nada más que su palabra, siempre bondadosa, mientras se disfruta de la sobremesa. Te habla de mamá y de sus visitas a los jardines de Pereda siendo niña, de las travesuras de tus tíos y del fusil y el tambor que llevaba tu tío mayor para jugar con sus amigos en un Santander que ya no existe.
Con ella viven no sólo recuerdos, sino una forma diferente de ver el mundo. Ese relato que no exige, que no demanda, pero que en su realidad desnuda se hace irrebatible. Con el mismo tono te ofrece pinceladas de su infancia, durante los años 30 y 40 del siglo pasado, en el seno de una familia de vencidos de la Guerra Civil. Y te habla de su tía, una mujer fuerte que ha enterrado a su hija y cuyo marido ha huido a Francia tras la derrota. Te habla de cómo esta mujer se niega en prisión a que los carceleros le rapen la cabeza y la unten con aceite de ricino para hacer perdurable el castigo, la venganza. Llena de furia se sube a una tapia y exclama: “A ver quién tiene huevos de cortarme el pelo”. Nadie se atrevió.
Escuchándola se descubre el significado de palabras que hoy parecen huecas, como ‘hambre’ o ‘necesidad’. Se recuerda acostándose cada noche con un vacío grave y doloroso en el estómago porque no había comida en casa. Evoca los tiempos en que ella sólo tenía un par de alpargatas -“había que tener cuidado para que no se rompieran y asomaran los dedos”- y unas albarcas y su padre un par de calzoncillos. Piensa en su hermana que, a falta de madre, tuvo que ponerse a cocinar con 11 años para toda la familia; en los días de fortuna en los que había patatas cocidas para mezclar con la leche, o pan con mantequilla, que hurtaba su vecina de la fábrica donde trabajaba. “Me parece mentira que hoy pueda calentar las cosas en el microondas, o tener una cafetera”, dice.

No ha parado de trabajar ni un solo día desde los 15 años, que marchó a Barcelona para servir en una casa. Muchos lugares y experiencias, pobreza y amistad. Una vida descrita con rigor y cariño por las cosas. Con gratitud por ellas. No llevamos la misma sangre, pero Pilar, Pili, es quien conserva los años perdidos de mi familia, de la nuestra, que es también la suya. 

jueves, enero 16, 2014

La cabeza en Nueva York*


 
 
Nunca se siente uno tan solo como cuando la actividad se suspende y cae la noche del último día libre. La víspera del retorno al cuartel, sin más horizonte que la tediosa rutina laboral que emerge con la semana. Cualquiera podría mostrar entonces cierta inquietud ante la promesa incumplida y el desconocimiento de los años y su manera de sucederse, con algo de sentimiento, pero apagado, a la espera de tiempos mejores.

Que nosotros sepamos o no el desenlace, que seamos capaces de construirlo, obviando los ingredientes que sostienen el plato y lo hacen comestible pese a la fortaleza cotidiana. Esa cama que permanece en su sitio, esa nevera repleta de posibilidades. La vejez, lenta y cautelosa, pero inmisericorde.

En algún lugar han quedado la ilusión y la esperanza individual. La biblioteca de suculentos volúmenes, toda la vida por delante. Ese rigor medieval que prueba la eternidad con horario recio. Hoy, a las siete en punto de la tarde, ya oscuro el cielo del norte, apenas violado por luces huérfanas y algún ladrido, la habitación vuelve a tejer un espejismo de vida perfectamente inútil, centrada en construirse a pasos lentos.

Hemos superado la treintena. Pero está fresco el recuerdo juvenil de intensa creación y fantasías estadounidenses. El apartamento en Manhattan. Sus grandes ventanales desde los que admirar un soleado Central Park, contenedor del éxito en pantalón corto. Las paredes decoradas con cuadros de amigos artistas. Un vaso de vino tinto y el ordenador a un lado, con la última novela lista para el repaso final.

Otros instintos, quizás el mismo, nos convencen de la beatitud de una casa llena de niños, un amplio jardín donde corretea un pastor alemán. Un buen trabajo lejos de la España decadente.

Lou Reed también ha muerto y, con él, parte de ese imaginario que moldeó nuestros sueños con siluetas de mujeres bonitas, coches rápidos y libertad para no dar explicaciones. Cuando lo real no había irrumpido aún con su rostro de muerte y, lo que es peor, con su carácter de fría insustancialidad. Cuando todavía no nos habían convencido de que éramos un número que trabaja o no trabaja, que goza o no del derecho a la sanidad pública o al transporte. Que respira al ritmo de la mediocridad.

Hoy vemos morir a los que conocimos con 20 años. Jóvenes y dispuestos a dar la batalla al padre, constructores de todas las modas, probadores de todas las delicias. ¿Para qué? Para no volver a la fábrica, ésa que creímos apartada definitivamente de nuestro camino, cuando hilamos, más o menos ingeniosamente, un par de versos tontos.

Pero esa realidad no es únicamente decepción. Existe la fortuna de probar el amor de verdad, de sentirse a gusto en cualquier parte si la compañía merece la pena. De integrarse en la realidad diaria, forzándose a dejar la celda y a escudriñar el teletipo como una nueva sagrada literatura. Ese pacto que hacemos con la vida y que nos vuelve sabios.     

Y hablamos de caminar por las calles húmedas de principios de otoño en una ciudad burguesa. Ese equilibrio apenas mancillado por alguna decisión municipal que decide levantar andamios y decorar fachadas. ¿Y cómo pudimos desear el estallido de una revolución que destrozase la serenidad de la presentación de un libro a las ocho de la tarde, o la cita alrededor de un par de cañas?

Que la droga no signifique nada, pero que las fronteras lo sean todo en tu vocación de permanencia. Que sostengas un clavo ardiendo y no pienses nunca en la muerte. Tú, precisamente tú, que ya lo has visto muchas veces, sabes que el fracaso es una posibilidad real. Más grave, incluso: la indiferencia de la tierra que no espera a nadie.    

Tus problemas sentimentales, tu ambición, ya no importan. No va a existir un público hambriento de tus obras. La actualidad es material, rocosa y aburrida. La protagonizan muchos hombres a golpe de minutos en el telediario, de tuits reivindicativos, de artículos de opinión o fotos progresistas en Facebook.

¿Y dónde quedas tú entre tanto líder? Vacío y solo, con algún poema en tu cuaderno, mientras vuelves de comprar el pan, sorteando viejas en la acera.

Vas para mayor. Cualquier éxito que alcances no será recibido como fruto de un niño prodigio. Las cosas van muy en serio ahora. Ha pasado ya tiempo y debería dolerte el día de hoy como le duele a todo el mundo. Tú, que desprecias tanto la comunicación que la profanas una y otra vez. Mañana mismo volverás a hacerlo. Y llenarás páginas con oficio, sin perplejidad.

Todo se reduce a un juego que no existe y del que salimos derrotados. Hemos caído a tiempo en la cuenta. Mejor no tentar al Eterno con un deseo inútil. Entre párrafo y párrafo, has ido comprendiendo que las voces que se marchan no vuelven. Ya estás más viejo y más solo y estas noticias que te hablan de huelgas, de mareas de colores, de funcionarios, no te sirven. Tú, que únicamente confías en la plegaria de una niña que abraza a su tío loco en Ordet, y le pide que salve a su madre. “Pequeña, tú no sabes lo que es tener a una madre en el cielo”, le responde. Ella la prefiere respirando. Y tú lo comprendes. Y te alegras de comprenderlo de ese modo, aunque no tenga la menor importancia, porque todo el mundo lo sabe.

Pero aquí nadie te habla de eso, ¿verdad? Prefieren esa incesante preocupación por la ley y el alquiler. Y el poder sin atributos. Sospechas que el exilio interior guarda un extraño parecido con el colaboracionismo más servil. Eso lo sueltas de vez en cuando en alguna reunión familiar o al salir del cine. Ahora que no esperamos gran cosa del tiempo que nos queda, pensamos que la vida pudo ser de otro modo. Acaso Nueva York, hoy ya sólo en la cabeza, como Ítaca de todas tus guerras. En este mes de la segunda década del siglo XXI, dirección a Bangladesh.
 
* Artículo publicado en el tercer número de la revista D' Artes.

                                                                                                                

 

viernes, noviembre 29, 2013

«Cuando en la vida te pasa una cosa mala, te suceden tres buenas»*

Albert Espinosa - Escritor y cineasta.

:: PABLO SÁNCHEZ

SANTANDER. Cuando, siendo un adolescente, Albert Espinosa (Barcelona, 1973) enfermó de cáncer, los médicos le dieron pocas esperanzas de sobrevivir. Hoy, 26 años después, con la salud plenamente recobrada, se ha convertido en un artista polivalente, capaz de componer una obra, a la vez, profunda y optimista. Ningún medio escapa a la curiosidad de este catalán que acaba de entrar en la cuarentena y que comprende la vida como una celebración. Espinosa explora el cine, la televisión y la literatura con igual éxito. Esta tarde, a partir de las 19.00 horas, firmará ejemplares de su última novela, "Brújulas que buscan sonrisas perdidas" (Grijalbo), en la librería Estvdio de la calle Burgos.
-¿La sociedad de hoy necesita brújulas más que nunca?
-Yo creo que nos hacen falta muchas cosas en estos momentos. El libro va sobre esa necesidad de que existan brújulas que nos ayuden a encontrar sentimientos que no se expresaron o acontecimientos que no se produjeron. Todo lo que quizás no dimos y acabamos perdiendo. La primera línea del libro dice: «Para vivir hay que vivir, no deberíamos olvidarlo». Ésa es la sensación.
-Su obra apuesta, desde diferentes ángulos, por interpretar los problemas como una oportunidad de cambio.
-Sí, yo intento coger a los personajes en el peor momento de sus vidas y dejarlos en el mejor. Al final, con la ayuda de esos desconocidos, de esas perlas que forman parte de la cotidianidad, se acaban encontrando con un final positivo. Son libros de aventuras, de ternura, con la voluntad de encontrar un camino.
-Esta última novela se sitúa entre las más vendidas, recientemente ha ganado el Premio Ondas a la mejor ficción televisiva por la serie "Pulseras rojas"... No para.
-(Risas) Sí, se apunta a muchas cosas. Además, Spielberg va a hacer la versión estadounidense de la serie para la Fox, en Italia van a hacer la suya... Y el Ondas fue algo increíble. No lo esperábamos. Los libros se han traducido a 30 idiomas... Estoy muy feliz, la verdad. Yo siempre digo que cuando en la vida te pasa una cosa mala, te suceden tres buenas.
-¿Ha tenido oportunidad de hablar con Steven Spielberg?
-Sí, charlamos una vez por teléfono. Me comentó que le había encantado "Pulseras rojas". Que había reído y llorado, y que tenía ganas de llevarlo a los hogares americanos. Son cosas que te pasan una vez en la vida: tener la oportunidad de hablar con uno de los grandes. Es genial.
-Hace justo diez años, irrumpió en el cine con el guión de "Planta 4ª", con la que cambió la perspectiva sobre el cáncer infantil.
-Sí, se basa mucho en mi vida de pequeño, cuando perdí una pierna, un pulmón y parte del hígado por el cáncer. Luego intenté relacionarlo con lo que yo viví en el hospital. Fue lo primero que hice en cine y tuve la suerte de contar en la dirección con Antonio Mercero, que entendió la ternura del guión. Tratamos de trasladar al cine y a la televisión una historia con un punto realista, sin crear una ficción que se alejase de la realidad. Lo más bonito de esta película, o de "Pulseras rojas", es que han aumentado un 40% las visitas a los niños que están en los hospitales, porque la gente ya no los ve sólo como niños con cáncer.
-Usted enfermó a los 14 años. ¿Cómo afronta un adolescente ese diagnóstico terrible?
-Te cambia mucho, pero en positivo. En el hospital, aprendes que cualquier pérdida puede ser una ganancia. A partir de entonces, nos dimos cuenta de que lo triste no es morir, sino no vivir intensamente.
-Su próximo proyecto será la serie "Lucas", que aborda el tema de las enfermedades mentales. Parece que siempre busca argumentos extremos.
-Me gustan los temas de los que normalmente no se hacen series. Lo bonito de "Pulseras rojas" es cómo ha ayudado a tanta gente, padezca o no cáncer. Que se vea que es una enfermedad que existe. La sociedad no quiere a sus locos y los tiene un poco escondidos. Yo he tenido la suerte de conocer a mucha gente en esa situación, cuando estaba en el hospital, y siempre tuve la sensación de que no está bien reflejada en la ficción. Es una serie de aventuras muy potente, un cruce entre "El silencio de los corderos" y "Alguien voló sobre el nido del cuco".
-De hecho, va a ingresar en un sanatorio mental.
-Sí, con el actor protagonista. Lo haremos en Galicia. Tengo la sensación de que habremos aprendido mucho y puede ser un plus muy interesante.
-Además de escritor y cineasta, estudió ingeniería. ¿Qué le queda por hacer a Albert Espinosa?
-Muchas cosas. Con "Lucas" volveré a la dirección. De aquí a tres meses, iré a Los Ángeles a ver el rodaje del capítulo piloto de "Pulseras rojas". Ya sólo por eso, merece la pena.

* Entrevista publicada en El Diario Montañés, el lunes, 25 de noviembre de 2013.

miércoles, agosto 21, 2013

«Hay que buscar nuevas fórmulas para seguir hablando de los temas de siempre»



Eduardo Mendoza - Escritor

El novelista barcelonés insiste en la necesidad de que el escritor «refleje en su obra el pensamiento y los sentimientos de su época»   

Santander. La reflexión sobre el hecho literario, a cargo de un novelista que advierte de los cambios en las estructuras narrativas y en la educación cultural de la sociedad que van a producirse en las próximas décadas. Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) ha impartido en la UIMP el curso ‘Los libros que hay que leer’, dentro del ciclo ‘El autor y su obra’. Entregado a la rutina de su oficio –escribe siempre «a mano, con pluma estilográfica»–, valora la libertad del autor, en un mundo en el que vivir de la escritura será cada vez más difícil, y propone un sistema de ayudas a la creación como forma de conservar el patrimonio intelectual.  

–Tengo entendido que no se siente muy cómodo en las entrevistas. 

–No me gustan porque prefiero estar tranquilo antes de estar hablando con alguien que no conozco. Y, además, siempre me hacen las mismas preguntas. Pero eso es inevitable.

–Da la impresión de que hay temas que se repiten sin cesar en los medios y, por consiguiente, en las entrevistas: la crisis, los problemas identitarios, la corrupción... 

–El arte de la entrevista es algo muy complicado. Buenos entrevistadores hay tan pocos como buenos futbolistas. Hay cracks y los demás son unos ‘mataos’. Es muy difícil, porque exigiría dedicar unos meses a preparar la entrevista, conocer muy bien a la persona... Como es imposible, y cada día hay que entrevistar a alguien, es natural que se recurra a los tópicos, en lo que está en la mente de todos.

–Muchos creen que el escritor tiene una relación especial con la verdad.

–Sí, parece que el escritor y en general cualquier persona pública, deben ser referentes morales. Por eso, cuando se descubre, por ejemplo, que un futbolista ha ido a un burdel, se produce un gran escándalo, cuando es perfectamente normal que siendo jóvenes y con dinero se pasen la vida en los burdeles. Que una figura pública deba dar ejemplo es una tontería muy grande. El escritor lo que debe hacer es escribir bien. Hay grandes autores que han sido personas estupendas y otros que fueron grandes canallas. No tiene nada que ver. Se espera que el escritor no sólo se pronuncie sobre todos los temas, sino que sus opiniones sean buenas, a favor de los pobres, oprimidos y las causas justas. El cariño de la gente a los escritores parece que supone una obligación de bondad que no existe.

–Theodor Adorno afirmó que después de Auschwitz era imposible escribir poesía. ¿La literatura se verá influida por la actual coyuntura económica y social?

–Yo creo que el escritor debe reflejar su realidad. Puede hacerlo abordando los temas más punteros o la guerra de Troya. Lo importante es que hable de nuestro mundo, que contribuya al debate en todas sus dimensiones. Política, pero también personal, moral, etcétera. Incluso en sus manifestaciones menos artísticas. Por ejemplo, ‘Cincuenta sombras de Grey’ es basura literaria pero refleja un momento muy especial de la mujer, que escribe y lee un tipo de obra del que antes simulaba estar alejada. Aunque no hable de lo que pasó en el último Consejo de Ministros, el escritor ha de exponer los sentimientos y el pensamiento de su época. En eso sí debe estar comprometido.

–Usted ha alertado de la metamorfosis que va a experimentar la novela en los próximos años. ¿Será un cambio de forma o de fondo?

–Precisamente, para conservar el fondo habrá que cambiar la forma. Lo que se atribuye a Lampedusa, aunque es mucho más antiguo, de que algo tiene que cambiar para que todo siga igual, es lo que debe pasar con la novela. Si seguimos escribiendo una y otra vez lo mismo, al final se perderá todo el sentido. Precisamente para seguir hablando de los temas de siempre hay que buscar nuevas formas. Creo que está pasando. Hay una novela de entretenimiento que está muy bien y ojalá dure, pero la novela importante está en plena fase de evolución, como lo están todos los medios. Por ejemplo, el cine. Ahora están cerrando salas porque el lenguaje ha cambiado y las únicas películas que aguantan son las grandes producciones con muchos efectos especiales. Todo lo demás funciona por otras vías, como la televisión o Internet.

–Ahora a la gente le cuesta más creerse la ficción. En las nuevas series de televisión, por ejemplo, los personajes ya no se dividen entre buenos y malos con tanta facilidad. Es todo más complicado. 

–Es muy curioso: la televisión es muy joven y el cine, medio joven. La literatura es antiquísima y actúa como persona madura, ya un poco decadente. El cine empieza a hacerse mayor y se le notan los achaques. Es ahora cuando la televisión parece que está dando un poco de sí. Cuando reponen las  series antiguas –como ‘Bonanza’ o ‘Perry Mason’– uno se queda sorprendido de lo infantiles que llegan a ser, porque el medio era también infantil. Los espectadores aceptábamos en televisión lo que no hubiéramos tolerado en literatura. Lo veíamos como quien asiste a la función escolar de los niños. Luego ha seguido evolucionando y ahora hay unas series y programas magníficos.

–¿El escritor debe mirar al mundo con una cierta distancia?    

–Sí. Hay muchos tipos de autores, pero creo que el escritor es muy distinto del periodista, aunque muchas veces se solapan los dos oficios. El periodista debe fijarse mucho en la realidad, pero el escritor ha de pasar un poco de ella, porque está contando una ‘metarrealidad’, hechos que, cuanto más falsos sean, mejor van a funcionar. Utilizo continuamente el humor para recordar al lector que lo que está leyendo no debe interpretarlo en clave de crónica. Hay una tendencia a creérselo todo y de vez en cuando hay que decir: «no quieras analizarlo». Eso se consigue rompiendo el discurso realista con disparates, tonterías y exageraciones, para conservar esta forma de contar la realidad. Pasados muchos años, yo creo que una novela como ‘El misterio de la cripta embrujada’, escrita en los primeros años de la Transición, relata algo que la prensa no cuenta y las dos fórmulas (la periodística y la narrativa) son complementarias. Era necesario saber qué decía el político, pero también este otro ámbito, unido a los dibujos de Mariscal o Nazario, el Víbora y todas aquellas cosas disparatadas. El escritor ha de hacer eso.

–¿Cómo se gestó el curso ‘Los libros que hay que leer’?

–Yo ya había impartido un curso en la UIMP hace unos años. Más cómodo, porque tenía un número pequeño de alumnos y era más dialogado que discursivo. Aquel seminario sobre mi obra fue muy útil para mí porque hice balance sobre mi literatura. En esta ocasión me ha interesado hablar de mis conclusiones sobre la literatura como escritor. Es un trayecto enriquecedor por libros muy diferentes, desde la Biblia a Sherlock Holmes; de Pío Baroja a Kafka... Quería compartir estas conclusiones y oírmelas a mí mismo. Un curso de tantas horas no se puede improvisar y lo he traído todo muy elaborado. Me ha servido para releer y me ha generado algún que otro problema de conciencia al dejar fuera obras muy importantes.

–¿Se siente cómodo en el contacto con los lectores?

–Sí, en la justa dosis. No el baño de multitudes. Como dije antes, no me gustan las entrevistas en general, pero sí el contacto con entrevistadores cualificados. Igual me pasa con los lectores. Es la única forma de ver cómo se leen mis libros. Los he escrito, pero no conozco el resultado que  obtendrá el lector. Las preguntas del entrevistador me resultan siempre más interesantes que las respuestas y me pasa lo mismo con las cuestiones que me hacen los que leen mis novelas. Un curso como éste me resulta muy cansado pero, de vez en cuando, me gustan las relaciones que se establecen. Me hace reflexionar. Si no, uno acaba encerrado en su torre de marfil.

–Usted le da más importancia a potenciar la creación que a los planes para el fomento de la lectura. ¿Qué teclas deberían tocarse en la sociedad para incidir en este aspecto?

–Por una parte, la educación debería ser mucho más estricta y enseñar la literatura como algo verdaderamente importante. No fomentar la lectura, sino decir que la literatura, como la filosofía o el arte, es un patrimonio, una forma de comunicarse y también una muy notable fuente de ingresos. Por otro lado, la ayuda y el fomento deberían ser a la creación. Bien están los clubes de lectura, pero no creo que el dinero público deba ir allí. Hay que apoyar  al que quiere ser escritor de verdad.


–¿Cómo hacerlo?

–El mecenazgo puede cambiar la vida de una persona porque permite, por ejemplo, dejar de repartir pizzas durante tres meses y dedicarse a terminar una novela. No es cuestión de subvencionar porque acabaría por convertirse en un sistema como el soviético. Hablo de hacer un viaje o un curso. A mí me cayó una triste beca para ir a Londres un año y eso me permitió entrar en contacto con la literatura y lengua inglesas. Por ahí sí se pueden hacer la cosas. Y es muy poco dinero.

–Además, existe la tendencia a valorar que la gente lea, en lugar de  preguntarse qué lee.

–Sí, hay un concepto de que lo importante es que lean. Eso no me convence. Lo importante es leer bien. No hay peligro de extinción del lector. Los libros se venden bien en cantidades nunca imaginadas a lo largo de la Historia. Un escritor mediocre puede vender 20.000 ejemplares. Balzac, Dickens y Flaubert vendían 1.500 y creían estar en la gloria. Las librerías están llenas y las editoriales son empresas cada vez más importantes. 

–¿Está trabajando en un nuevo libro?

–No, ahora me encuentro en una etapa intermedia. Siempre hago cosas, pero no estoy metido en la redacción de una novela. Hay una etapa de abono y siembra y luego otra en la que se cuida a la planta. Yo aún estoy en la fase del abono. 

* * *

«Doy las gracias cada día por poder vivir de la literatura»

 –Uno de los aspectos que más valora de su oficio es la libertad.

–Yo la valoro muchísimo. Cada día, lo primero que hago al levantarme es dar las gracias a Dios de poder vivir de la literatura. Yo he pillado una época privilegiada. Cuando empecé a escribir, ningún autor español podía ganarse la vida con su obra, como sucedía, por ejemplo, con los estadounidenses y británicos. Debía tenerse un oficio al margen de la literatura. Nosotros hemos vivido holgadamente y algunos se han hecho ricos, gracias al Boom latinoamericano, que reivindicó a los escritores en español. Es posible que este periodo esté comenzando a descender. No sé en qué medida las descargas de Internet acabarán con la posibilidad de vivir de la escritura como hasta ahora. Yo pillé la etapa de las vacas gordas.

–¿Cuándo fue consciente de su vocación?

–Siempre, desde mi infancia. Incluso antes de saber lo que era un escritor, yo quería escribir. No me lo planteaba en términos de publicar novela, sino en imitar los cuentos que leía de pequeño. Todos los niños pasan por esta etapa y yo me quedé ahí anclado (risas). Pero nunca pensé que fuera a ser un oficio. Lo hacía a escondidas, incluso, porque en esa época ser escritor no era una cosa bien vista. La sociedad estaba militarizada. No digamos, ser poeta, que era el colmo de la cursilería. Ahora es distinto, los jóvenes hasta se apuntan a talleres literarios. La cosa se ha liberado. Pero nunca pensé en ser un escritor profesional. Yo estaba muy contento con mi trabajo, pero llegó Hacienda y me obligó a cotizar como escritor.

–¿Le gusta más escribir o leer?

–Nunca contesto a preguntas en las que se me obliga a tomar decisiones dramáticas. Pero es verdad que los escritores comenzamos imitando lo que leemos y buscando nuestra personalidad. Siempre nos queda el placer de la lectura. Somos lectores apasionados, a veces críticos... A mí me cuesta cada vez más leer novela.

–Le ve las costuras.

–Sí, ya me interesa menos lo que me están contando. Para eso ya tengo mis propias historias y mi imaginación. Pero, sin embargo, me gusta mucho leer cosas que yo no hago: la poesía, los clásicos... También novedades. No soy un fanático de la lectura. A veces prefiero escuchar música o ir al teatro. Pero sí, he sido un gran lector y la palabra escrita ha tenido siempre para mí la máxima importancia.

Fotofrafía: Alberto Aja.

Entrevista publicada el lunes, 19 de agosto de 2013, en las páginas del suplemento de la UIMP de EL DIARIO MONTAÑÉS.




viernes, agosto 09, 2013

¿De quién hablamos cuando hablamos de Carver?



Se cumple un cuarto de siglo de la muerte del poeta y narrador estadounidense, uno de los más destacados representantes del ‘realismo sucio’ y eficaz retratista de la sociedad de su país

Un vendedor de libros, de nombre Les, aprovecha una breve escala aérea en Sacramento para compartir unas horas de charla con su padre. De inmediato, sin una previa explicación, y obviando la descripción que justifique el relato, el bagaje íntimo de la familia se despliega de manera contenida pero inmisericorde en una conversación llena de sobrentendidos, centrada en desvelar un episodio particularmente bochornoso de un hogar fracturado. En resumen, un acercamiento entre dos hombres que, quizás por primera vez, se ven en la necesidad de contarse algo, de verbalizar su relación, atravesando la socialmente aceptada frontera de lo masculino. Apenas nueve páginas, perfectamente fieles a la teoría del iceberg, de Ernest Hemingway: sólo poner por escrito lo imprescindible, permitiendo que la sucesión de acontecimientos y diálogos baste para que el lector se haga una composición de lugar tanto de lo evidente, como de lo traumáticamente sumergido.

El relato, de título ‘Bolsas’, es una de las diecisiete piezas que componen el libro ‘De qué hablamos cuando hablamos de amor’ del autor estadounidense Raymond Carver, de cuya muerte se cumplen este mes 25 años. Un cuento arquetípico que combina todos los ingredientes que hicieron célebre a este padre del ‘realismo sucio’ –subgénero que enlaza con la obra de autores de la talla de Fante, Cheever o Bukowski–, uno de los más importantes y mediáticamente potentes escritores en lengua inglesa en las últimas décadas del siglo XX.

Su obra, breve y concisa, se integra fielmente en la tradición literaria de su país, a través de la exposición de la vida cotidiana de la clase media, trabajadores, parejas, matrimonios que se descomponen y familias marcadas por un acontecimiento cruel e inesperado. Carver propone una prosa más allá del sentimentalismo o la piedad, sin rastro del llamado ‘Sueño Americano’. Sus personajes huyen de la caricaturización en páginas regadas con alcohol y sueños perdidos en una cotidianidad alienada, donde la ilusión y la esperanza brillan por su ausencia. Todo bajo una sensación de amenaza, como si el relato fuera una simple introducción que prepara al lector para asumir el desastre.

Nacido en Clatskanie, Oregón, en 1938 y criado en el estado de Washington, la biografía del escritor se nutre de vivencias que más tarde utilizaría para componer sus libros. Su padre, permanentemente endeudado, ejerció los oficios más variopintos –fue recolector de manzanas, así como trabajador en un aserradero– y sufrió pronto los envites del alcoholismo. El mismo día en que un Raymond Carver de 16 años asistía al nacimiento de su primer hijo, su padre estaba en la quinta planta del mismo hospital recibiendo un tratamiento de electrochoques para combatir su adicción.

La infancia del escritor transcurrió de manera fugaz y pronto se vio obligado a ganarse la vida, también como su progenitor, en los trabajos más diversos (vendedor, limpiador de hospital, camarero...). Es entonces cuando comienza a escribir. Las obligaciones laborales le impiden afrontar voluminosos proyectos literarios y se especializa en la brevedad de cuentos y poemas.
 
Renacimiento
Su caída en el alcohol, sin embargo, marca el inicio de su etapa más oscura, pese a que nunca interrumpió del todo su labor creativa. El 2 de junio de 1977 toca fondo y, abandonado por su mujer y sus hijos, decide dejar la bebida. Ese mismo año conoce a la poeta Tess Gallagher, que se convertiría en su segunda esposa. Con ella compartiría sus extraordinariamente productivos diez últimos años.

Otra figura decisiva en su carrera fue el editor Gordon Lish, quien le ayudó a pulir su estilo literario y le animó a publicar sus primeros libros. Es la época en la que aparece lo mejor de su obra: los volúmenes de relatos ‘Ponte en mi lugar’ (1974), ‘¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?’ (1976), ‘¿De qué hablamos cuando hablamos de amor’ (1981), ‘Catedral’ (1983), ‘Tres rosas amarillas’ (1988) y ‘Si me necesitas, llámame’ (2001, póstumo); además de varios libros de poemas.

Su impacto en la cultura norteamericana trasciende lo meramente literario. En 1993, cinco años después de su muerte, el director de cine Robert Altman rueda la cinta ‘Vidas cruzadas’, basada en los relatos del autor.
 
El adiós
A finales de los años ochenta, Carver se ha convertido, por fin, en un exitoso autor, respetado por la crítica y sostenido por un público creciente. Sus imitadores se cuentan por miles y goza de una sólida reputación literaria. Fumador empedernido desde su juventud, en 1987 se le diagnostica un tipo especialmente letal de cáncer de pulmón. El 2 de agosto del año siguiente, su vida se extingue en Port Angeles, Washington. Tenía 50 años.

Desde entonces, la altura de su valor literario se confunde con la irrupción de inéditos y la propagación de polémicas entre sus herederos. Diez años después de su muerte, Tess Gallagher y Gordon Lish se enzarzaron en una agria disputa, donde ambos reclamaron ser coautores de lo éxitos del difunto. Más recientemente, en 2007, las dos mujeres de su vida publicaron sendos libros sobre su convivencia con él. Quizás todo esto resulte inevitable en un autor especializado en desentrañar lo más oscuro de la intimidad, en los traumas que pueden evidenciarse con una mirada o un breve diálogo. En esa destrucción lenta del día a día con un vaso en la mano, mientras el atardecer se posa sin que nadie se dé cuenta.

Artículo aparecido el viernes 9 de agosto en el suplemento cultural Sotileza, de El Diario Montañés. Ilustración de Álvaro Sánchez.

viernes, agosto 02, 2013

Diseccionar a Buñuel*


París, 6 de junio de 1929. Cine Estudio de las Ursulines. Lo más granado de la intelectualidad francesa asiste, expectante, al estreno de la primera película de un joven español llamado Luis Buñuel. La cinta, de título ‘Un chien andalou’ (Un perro andaluz), despliega una breve sucesión de imágenes oníricas, tercamente alejadas de la narración ortodoxa. Consciente del rechazo que puede generarse entre la audiencia, el realizador se embosca tras la pantalla con los bolsillos llenos de piedras. Su idea: lanzárselas al público en cuanto comiencen los abucheos. No tendrá que hacerlo. La película es un éxito. La vanguardia cultural de La Ciudad de la Luz adopta con entusiasmo a un nuevo creador. El exigente André Breton, sumo pontífice del movimiento surrealista, da el visto bueno al desgarro del ojo por la cuchilla, imagen arquetípica del cine.
El aragonés había concebido el proyecto junto a su amigo Salvador Dalí, antiguo compañero de juergas en la madrileña Residencia de Estudiantes. Gracias a la producción de su madre, quien colaboró con 25.000 pesetas, ambos creadores dieron forma al relato elaborado al alimón en la casa del pintor catalán en Figueras.
Fue este ambiente de cine y amistad acaso el último periodo de placidez del que disfrutó Luis Buñuel. Su nombre y su obra se convertirían, a partir de entonces, en sinónimo de escándalo. Dos de los grandes temas de su producción, la sexualidad reprimida y la opresiva presencia de la religión católica en la España de su tiempo, generarían una violenta contestación por parte de los sectores más conservadores de la burguesía, otro de sus enemigos íntimos.
Una obra, en definitiva, tan alejada de los convencionalismos que causa, al mismo tiempo, controversia y malentendidos. Uno de sus mejores amigos de juventud, Federico García Lorca, se toma eso del ‘perro andaluz’ como un ataque velado contra su persona. Tardarían años en reconciliarse.
«Adoro los pasadizos secretos, las bibliotecas que se abren al silencio, las escaleras que desaparecen en las profundidades, las cajas fuertes disimuladas», admite el propio Buñuel en su libro de memorias, ‘Mi último suspiro’, publicado apenas un año antes de su desaparición, hace ahora tres décadas. No resulta extraño. Su cinematografía indaga en lo escondido, muestra el lado oscuro, reprimido, sin una previa reformulación teórica. Lo irracional como dominante. Eso lo aprendió de los surrealistas, maravillados por la revolución freudiana de principios del siglo XX.
En sus declaraciones públicas, el cineasta se esfuerza por apartarse de la etiqueta intelectual que pretenden endosarle. Primogénito de una acomodada familia aragonesa, su biografía se funde con la de otros jóvenes de la cantera intelectual de la España de los años veinte.
La amistad, forjada con vino y verbenas, a través de lecturas, conciertos, cuadros y versos. Su memoria está poblada de nombres de altura: Alberti, Bergamín, Dalí, Lorca, Cernuda..., conforman la intimidad de un Buñuel que nunca tuvo intención de comparárseles. Sin un temprano talento literario o plástico, sus años de formación son los de un degustador de arte y libros,                integrado en los círculos intelectuales de la capital.
Más tarde, Francia le proporciona una nueva patria cultural. Allí se familiariza con el oficio de hacer cine, colaborando con directores de la talla de Jean Epstein. Es en París donde penetra en el surrealismo y descubre una nueva forma de expresión creativa, a través de la cámara.
Su trayectoria es mucho más que un itinerario fílmico. Supone una lucha innegociable por la libertad. Apegado, como él mismo reconoce, a sus rutinas, no desdeña, sin embargo, ningún viaje o aventura, que lo aleje de la sordidez doméstica de una España a la que le cuesta seguir el ritmo europeo. La II República tampoco lo entiende. Su tercera película, ‘Las Hurdes, tierra sin pan’ es censurada en 1933. Buñuel vuelve a Francia y, después de la Guerra Civil, emprende el camino a los Estados Unidos y, por último, a México.
Para el crítico Ángel Fernández Santos, los tres primeros filmes del aragonés «abrieron al cine los horizontes ilimitados de la imaginación suelta, desamarrada de códigos, en plena posesión de sí misma».  
A partir de entonces, Buñuel refina su propuesta, adaptándose a escenarios tan diversos como México o Francia. En 1961 vuelve a España para rodar ‘Viridiana’, cinta que se alza con la Palma de Oro en Cannes, pero que sufre, una vez más, el mordisco de la censura. Ya es entonces Luis Buñuel una leyenda viva del cine. El 1973, conquista el Óscar a la mejor película de habla no inglesa con ‘El discreto encanto de la burguesía’. Pero hace mucho tiempo que el director de Calanda huye de los focos de la publicidad.
Reverenciado por sus actores, trabaja con los intérpretes más importantes de su época. Catherine Deneuve, Jeanne Moreau, Silvia Pinal, Ángela Molina, Fernando Rey, Francisco Rabal y Carole Bouquet, entre otros,  se ponen a sus órdenes, maravillados por el revolucionario concepto artístico del realizador.
Para la posteridad, la pierna de ‘Tristana’, el zurcido de ‘Ese oscuro objeto del deseo’ o la cajita de ‘Belle de Jour’. Muchos espectadores interrogaron a Buñuel sobre el contenido de esta última. Con su habitual sorna, el realizador contesta al más puro estilo surrealista. «En la caja hay lo que ustedes quieran». Toda una declaración de intenciones.   

*Artículo aparecido en el suplemento cultural Sotileza, de EL DIARIO MONTAÑÉS, el viernes, 2 de agosto, de 2013.


miércoles, julio 31, 2013

Hoy comemos gazpacho

 

Paseo por mi ciudad bajo el sol. Camino, mientras pienso en comprar un libro y en la feria de arte contemporáneo que he visto el día anterior. Puedo permitírmelo. El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos. Esquivo turistas en pantalón corto y peleo contra la parte de mí que intenta convencerme de que nada merece respeto. Voy ganando. Reflexiono. Nada me impide establecer una conexión entre creación y verdad. El arte puede salvarnos. Negar la muerte. Esconder el mal. Ese tipo de cosas.

He llegado demasiado tarde a la librería y me la encuentro cerrada. No importa. Hace sol. En mi ciudad, la irrupción del sol es un acontecimiento esperado que nunca decepciona. Hay muchos turistas, perdidos, mapa en mano. Intento pasar a su lado de la manera más rápida posible. Pienso en una cerveza fría o en un refresco sin gas. Aún no sudo, pero no tardaré.

Pienso, con alegría, que negar el arte, su valor, es el retorno a las plantaciones de algodón. Rancho y un lecho de paja, como paga suficiente de aquí a la tumba. Me gusta el argumento. Es otro modo de posar la mirada. Comprender desde una perspectiva diferente. Emocionarse, indagar, sentir asco. Todo vale. Todo es bueno. Hace sol y trato de aprovechar mi último día libre. Hoy me siento orgulloso.

Soy joven todavía. Pienso en ello desde tierra firme, sin sentirme amenazado por la realidad, cruda e inmisericorde, de la tierra. La libertad fue, primero, abandonar el campo para, a continuación, luchar contra la fábrica. Esperar, en definitiva, que tus hijos tengan mejor suerte. Hoy ya se ha matado a Dios y se sobrevive con ciertas dosis de cinismo y una presencia moralista y cursi en las redes sociales. Un amanecer decepcionante, si quieren. No es éste el asunto.

En esa cosmovisión tiene cabida el arte, que es, sobre todo, un juego alimentado con tinta de periódico. Todo lo que no sirve es bien recibido. El deporte, la opinión y las ruedas de prensa de cualquier subsecretario. Siempre la promesa contra nosotros.

El arte sirve para alejar al pobre. Eso lo sabe todo el mundo. Una sensibilidad que nace del discurso y se desarrolla y cumple años al abrigo del banquero. No es poca cosa. Luego, esos albores del siglo XX, que alumbraron al artista solo, convencido de tener algo que decir. Como todos nosotros.

Pero, de pronto, una pareja de ancianos llega con su hija en silla de ruedas. Algún tipo de parálisis cerebral. Me cruzo con ellos justo en el momento en que la mujer se inclina y susurra a la niña: “hoy tenemos gazpacho”. Suena a fiesta. Quizás es su plato favorito o, simplemente, algo bueno. Me pregunto qué tipo de discurso, de creación, de performance, de poema, de obra de arte, puede superar a un gesto cotidiano, de quien promete un futuro próximo de alimento y frescura. Creímos que el arte era fuego, un violento terremoto o una herramienta para el cambio político y social. Hoy es una página más del día a día, acaso más cruel, por cuanto supone jugar a la sofisticación, a la revuelta, desde una sala.

Nuestra época se caracteriza por el cierre de las puertas. El arte no existe. O es repetición, o un grito que no llegan a su destinatario. No puede competir. Nunca ha sido más que propaganda. No se eleva hasta el amor y juega al deicidio.  

Estamos muy lejos de casa. He caminado demasiado rato. Ahora siento sed. El sol continúa furioso en las alturas. Me reconforta pensar que puedo estar, de nuevo, equivocado.
 
 
 

jueves, julio 25, 2013

El Silencio

Es un día, como otro cualquiera, para pensar la muerte. Lejos de aparecerse como un motivo para la cháchara y la exhibición sentimental, exige silencio y campanas, recomposición de las seguridades. De pronto, golpea como una ventana mal cerrada en plena corriente.

Casi ochenta personas murieron ayer en Santiago de Compostela.

También se fue un amigo al que no veía desde hace algún tiempo. Sus cosas permanecen en el mundo, como una mueca contra el consuelo.

Su número en mi teléfono, su ropa en la casa. Su olor, probablemente, en todas partes.

No hablaré de la tristeza, no hay nada que decir. La muerte establece las coordenadas que infantilizan cualquier decisión y cualquier acto. Convierte una escena frívola en densa eternidad. La promesa, en un vacío. Todo esto ya se ha dicho antes.

Antes, digo, cuando la fe imponía silencio y campanas. Y vestidos negros. Y velas que encender junto a un lecho ordenado. Esa intensidad de la tierra que reclama su parte, la impertinencia de la metáfora, que siempre se queda corta. Entonces había amarras.

La juventud, que hace de la tumba un sueño. ¿Qué decir?

La muerte se exhibe mientras una pareja se besa en una terraza o los niños juegan en un parque. Nada se le resiste y el arte no funciona.

Nadie puede aprender del silencio. Esa paradoja que nos define. 

Y lo más cruel. Todo está donde debe. “Dentro la vida y la muerte/ la nieve cae incesantemente” (Santôka).