sábado, octubre 20, 2018

Jacques Brel: cuarenta años de ternura*



El cantante belga murió el 9 de octubre de 1978 tras publicar ‘Les Marquises’, su legado artístico y moral



“Me largo, eso es todo”. En 1966, Jacques Brel anunció su retirada de los escenarios. No dio ninguna explicación. Un año más tarde, el 16 de mayo de 1967, tras cumplir sus compromisos profesionales, cerró la gira de despedida con un concierto en el Casino de Roubaix, en el norte de Francia, cerca de la frontera belga. Fue la última vez. Muchos han querido descifrar desde entonces el misterioso mutis del cantante; algunos -es el caso de su amigo Georges Brassens-, destacando el agotamiento de Brel como preludio de la enfermedad que acabaría derrotándolo. Otros, más perspicaces, interpretan su decisión como un acto de ruptura. Es muy posible que la seguridad de haber alcanzado el pleno dominio de sus facultades artísticas lo convenciera para no acomodarse en una fama plácida.

Ya había dado muestras Brel de su talento para rebelarse contra cualquier espejismo de respetabilidad. Así, en 1953, después de tres años de matrimonio con Thérese Michelsen, ‘Miche’, siendo padre de dos hijas (la tercera nacería en 1958) y bien colocado en la empresa familiar, abandona Bruselas y se traslada a París. Atrás quedan la vida medida y la inercia del deber. La celosa y, a menudo, cruel defensa de su libertad lo devuelve a la intemperie en 1967; pero esta vez ya no supone un riesgo. Los derechos sobre su obra le proporcionan pingües beneficios. Es el sueño del rentista.

Tras algunos años probando fortuna como actor de cine y teatro musical (‘El hombre de La Mancha’), las cosas acaban torciéndose. En 1973, rueda su segunda película como director, ‘Far West’, que será un fracaso. Pésimamente recibida en Cannes, de su banda sonora emerge, sin embargo, una de las perlas del cancionero breliano, ‘L’enfance’, que reivindica la niñez como ámbito de la imaginación irreductible: “… los adultos son desertores,/ todos los burgueses son indios”. En su biografía del cantante, publicada en 1987, José Luis Atienza Merino recoge unas declaraciones de Brel al respecto: “Pienso que hay cantidad de hombres de mi edad que tienen una auténtica falta de infancia que compensan, en general, con el éxito o con las mujeres. Pero creo que ya no juegan a los ‘cowboys’ ni a los indios y eso se echa en falta”.

La decepción se hace patente. Su obra discográfica parece definitivamente concluida y sus pinitos en la interpretación no terminan de dar fruto. Por otra parte, ‘Miche’ y sus hijas se han convertido en perfectas desconocidas. En plena madurez, otra mujer ha llegado, mientras tanto, a su vida: la actriz guadalupeña Maddly Bamy. Ella será, a partir de 1971, la última pareja del cantante.

Paraísos
Sueltas las amarras familiares y profesionales, sin proyectos a la vista, Jacques Brel quiere catar la vida del aventurero. En compañía de Maddly y, al principio, de su hija France, embarca en julio de 1974 en el ‘Askoy II’, un velero con el que pretende dar la vuelta al mundo. Poco dura, sin embargo, la brega en el océano. Al atracar en Canarias, experimenta los primeros síntomas del cáncer de pulmón.

En esos días, escribe una intensa carta a su esposa ausente. Hay frases que no tienen desperdicio: “Es cierto que, aun estando demasiado enfermo, me queda toda una salud que no me autoriza a vivir como burgués” (…) “Estimo tener derecho a perecer en el mar antes que sucumbir en el salón”. Después de este ejercicio de verborrea adolescente ya está todo dicho. Es la hora, parece, de morir.

Siguiendo las huellas de Paul Gauguin, Brel y Maddly escogen el Pacífico como su último destino, instalándose en Atuona, isla de Hiva Oa (Las Marquesas).  Allí, el cantautor se ajusta al ritmo insular, asumiendo conscientemente su quietud paradisiaca. Pero la rutina no enmudece al artista. Resulta inverosímil creer que Brel, tan sensible a las cosas sutiles, no vaya a exprimir todas sus recientes experiencias. Han sido demasiadas las aventuras y los sinsabores de los últimos años; demasiado sugerente también el paisaje de Las Marquesas, que se erige frente a él como un dios benefactor. Con la guitarra como único acompañamiento, Brel da a luz una veintena de canciones y decide volver a París para vestirlas. Será su primer disco en diez años; el decimotercero y último de su carrera.



Su regreso a la capital francesa, en el verano de 1977, intenta ser discreto. Se hospeda, con nombre falso, en un hotel cercano al Arco del Triunfo y el 5 de septiembre comienza, en secreto, las sesiones de grabación. Mucho se ha escrito sobre la atmósfera enlutada de aquellos días de trabajo, los últimos de Brel que, tras varias visitas al quirófano, ya sólo conserva un pulmón y, además, irradiado. Los músicos, presa de la emoción, son conscientes del frágil estado del artista, pero él trata de quitarle hierro al asunto: “¿Alguien ha visto un pulmón?”. El 1 de octubre de 1977, tras concluir la última canción de su carrera -‘Les Marquises’, que da título al álbum-, Jacques Brel se retira.

La despedida
Lo que transcurre a continuación es, simplemente, su último año. De vuelta a la isla polinesia -mientras en Francia el disco llega a lo más alto de las listas-, Brel sólo disfruta unos meses de salud sostenida. A principios de 1978, el cáncer ataca de nuevo y sucede lo inevitable: pruebas médicas, visitas al hospital, discusiones contra los fotógrafos que acechan… Hasta su muerte, en París, el 9 de octubre de 1978, después de pedir una Coca Cola y dirigir a sus acompañantes un irónico “no os abandonaré”. Sus restos reposan en Atuona. Se han cumplido cuarenta años.



Sin duda, fue su última obra la que, como un resumen de excelencia contenida, da cuenta del carácter de Brel. El belga quiso resumir como mejor supo -a través de la música- todo lo aprendido en sus 48 años de inconformismo. Este disco, de apenas una hora de duración, recoge eternas obsesiones: el odio anti-burgués, el compromiso con los desfavorecidos (‘Jaurès’); con los ancianos (‘Vieillir’); contra sus compatriotas flamencos (“nazis durante las guerras y católicos entre ellas”); o en favor del hombre común frente a ideas inverosímiles de la divinidad (‘Le Bon Dieu’).

Pero también incide en las escenas cotidianas del amor (‘Orly’) y en la amistad, que celebra en ‘Voir un ami pleurer’ -y, sobre todo, en ‘Jojo’, su amoroso canto al camarada perdido-. El Jacques Brel áspero de las entrevistas e, incluso, del hogar, envuelve su palabra con la ternura que encontró en Las Marquesas y en su gente. Así cierra su obra, saboreando cada verso en esta última canción a la que apenas llega por la fatiga y que sólo pudo grabar una vez antes de irse para siempre: “Hablan de la muerte como tú hablas de un fruto./ Miran el mar como tú miras un pozo. (…) El corazón es viajero, el porvenir pertenece al azar…”.

* Artículo publicado el 19 de Octubre de 2018 en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés

jueves, octubre 18, 2018

Esa cara de susto*



Como dicen que Franco vuelve a Madrid, todo adquiere de nuevo un sabor a caudillaje, a mando en plaza. Es lo habitual cuando se nombra al dictador en determinados ambientes político-mediáticos; alguien dice Franco y el cerebro compone lúgubres imágenes de aquella España de la posguerra y de sus cunetas convertidas en osarios.

Pero hay también un Franco débil, crepuscular. Nos lo muestra Victoria Prego en su célebre y celebratoria serie de 1995 sobre la Transición. En los primeros capítulos, el general aparece transfigurado en una presencia trémula que, con sus crueles balbuceos, ya sólo constituye una molestia para los tecnócratas. Prego escoge la fecha del asesinato de Carrero Blanco, el 20 de diciembre de 1973, para fijar cronológicamente el principio del fin. Es un lugar común vincular la desaparición del santoñés con el nacimiento de un periodo dirigido por las corrientes más aperturistas del régimen. En este punto, debemos fiarnos de la narradora, que sugiere avances apenas perceptibles, supuestamente heroicos, de franquistas y opositores constructivos. Si uno se atiene al relato oficial, la Transición se consolidó a medio camino entre el hito que proclaman sus partidarios y el fango que denuncian los críticos -esa idea según la cual la derecha, al ver que se apagaban las luces del franquismo, pidió un vaso de plástico para apurar su copa con otra música de fondo-.

Sin embargo, algo ocurrió entonces que ha marcado la evolución de la derecha española en estos últimos cuarenta años: a Carlos Arias Navarro se le puso, de pronto, una cara de susto que ya no logró borrarse. Primero, como continuador de Carrero, aunque con torpes movimientos liberalizadores -nunca se recuperó del “gironazo”-, y, después, como máximo responsable de los destinos del país en el momento de la muerte de Franco y en el primer Gobierno del reinado de Juan Carlos, el pobre Arias no supo armarse de valor para interpretar el espíritu de la época y acusó su incapacidad para desligarse de las querencias genuinamente autoritarias. Pese a que han sido otros los elevados a los altares (los Fraga, Suárez o Fernández-Miranda), es Arias Navarro el arquetipo de la derecha española; irremediablemente desideologizada, vacilante y sujetada por el franquismo.

La derecha lo ha intentado todo: desde la camisa azul y la democracia cristiana, hasta la conclusión neoconservadora que tampoco ha enamorado al personal. Pero jamás ha dejado de añorar el territorio del orgullo. De ahí que sus compromisos parezcan siempre camuflaje de ocasión, disfraces de última hora. Hoy, por ejemplo, pone su fe en Vox, la flamante versión ibérica (con permiso de Torra) del nacionalismo identitario. Vox ha logrado que la derecha diga “sí, esto es lo que echábamos en falta” y que se le borre por ahora la cara de susto de Arias Navarro, situándose en una peligrosa estrategia que amenaza con seducir a los sectores más combativos de la oposición a Sánchez. No aprenden.

* Columna publicada el 17 de Octubre de 2018 en El Diario Montañés

jueves, octubre 11, 2018

La desmesura*



Un país se mide por el peso de su historia. No conviene equivocarse; la historia es lo contrario de la ideología e implica, para empezar, un acogerse a referentes posibles, existentes en un tiempo y sobre un mismo territorio. Imaginamos que la ciudadanía no es, al fin y al cabo, una comunión con pan de ayer. Pero, a menudo, encontramos consuelo a los sinsabores del presente en las huellas de un pasado que nos parece más noble, más lúcido.

Para un español, resulta extraño el interés de otros occidentales por sus respectivas fuentes. Sobre todo, cuando este interés no se concreta en una apelación hagiográfica, pero tampoco en un ataque despiadado contra sus cimientos. Vale la pena recordar aquí los versos de Eliot, aún hoy de plena actualidad: “si ha de ser derribado el Templo/ primero tenemos que edificar el Templo”.

Los estadounidenses, por ejemplo, celebran la memoria de su fundación sin renunciar a un acercamiento profundo a su raíz. Una serie de televisión como ‘John Adams’ (HBO, 2008) es posible únicamente en una comunidad pletórica de confianza sobre su historia. La sociedad abierta evita la reproducción de unanimidades, sin dejarse llevar por la desmesura. John Adams’ narra los años decisivos; desde los primeros conflictos del continente con la metrópoli hasta la muerte del que fuera segundo presidente del país. Llama la atención la fuerza del enfoque humano frente a las tendencias sobrenaturales. Los protagonistas en la construcción de Estados Unidos son retratados en la absoluta plenitud, sin artificios ni infalibilidad.

Es posible que el aplomo americano ante el análisis de su revolucionario santoral se deba, precisamente, al hecho de que los ‘padres fundadores’ han estado presentes en todo momento, inspirando a los políticos o siendo señalados a causa de sus excesos. Hoy, gracias a esa transparencia, conocemos las tribulaciones de Adams, las correrías de Jefferson con su esclava Sally Hemings o los vicios de Franklin en las cortes europeas.

La serie de HBO muestra algo tranquilizador: la realidad del poder como mar donde van a morir todos los principios. El camino de la independencia no confluye en una imparable marea rebelde que avanza al son de la libertad, sino en tediosas negociaciones entre los representantes de las colonias donde afloran las artes menos presentables. Y nos tranquiliza, pienso, porque convence al personal de la inevitable caída de la política en la mentira o la traición, sin que eso elimine por completo la posibilidad de la grandeza.

El progresivo vaciamiento del espacio público por parte de las mentes más brillantes se explica en el ocaso de la historia como instrumento vertebrador y en la propagación de militancias mucho más religiosas que cívicas. La gestión de lo público ya no atrae a los mejores, perfectamente cómodos en las multinacionales y en el anonimato doméstico para defenderse de la nueva Inquisición y eludir la sumisión mafiosa, que es la madre del cordero.

* Columna publicada el 3 de Octubre de 2018 en El Diario Montañés

viernes, septiembre 21, 2018

Señoras y señores*



Ustedes recordarán, sin duda, cómo eran las cosas antes. No hablo del pasado remoto y analógico, sino de los primeros tiempos del absolutismo digital; cuando las redes sociales, aún sin desvelar su naturaleza tóxica, irrumpieron en nuestras vidas como inofensivos divertimentos. Evoco la etapa de aquel temprano postureo; de la indiscreción o las canciones. Sospechábamos, claro, que tras la engañosa gratuidad había truco. Con cada clic, estimulábamos el tráfico de la información y abríamos, un poco más, las puertas del almario. Pero, ¿era aquella exposición pública un peligro del que protegerse renunciando a la gran charla? Simplemente, no lo veíamos de ese modo.

En los albores de Facebook, abundaron las páginas y los grupos dedicados a las simpáticas vivencias de las señoras mayores. Fue el último homenaje -desde el tópico pero no desde el estigma- por parte de aquellos jóvenes (¿se dice ‘millennials’?) destinados a las más altas cotas; a la revolución. Hagan memoria: “Señoras que siguen los consejos de Saber Vivir y ahora son inmortales”, “Señoras que confunden el LSD con el ADSL” o, la tajante, “Señoras que se cuelan en la cola del súper”. Todo eso se terminó con el 15M y su mensaje infantil autoindulgente. Según el nuevo discurso tribal, los adultos no merecían miramientos al haber estafado a la “generación mejor preparada de la historia”.

De ahí también, por supuesto, la flamante estética de los partidos del siglo XXI. Ya sin el empaque de la experiencia, los políticos explotan hoy su faceta moderna y transgresora, más o menos aseada en función del electorado a enamorar. Las parsimoniosas tertulias de Balbín, con aquellos apellidos inolvidables con regusto a cátedra -Tierno Galván, García Trevijano o Fernández de la Mora-, son sustituidas por debates de metralleta y escaso fuste.

No es extraño que el sectarismo acote el campo de batalla. Lidiar con la historia exige honradez intelectual y profundidad en el estudio. Resulta mucho más útil maquillar el pasado en portadas de periódicos, elaborando eslóganes que sirvan para la guerra mediática de hoy, olvidando los matices en lo realmente sucedido.

Tampoco sorprende, en este sentido, el desprecio de Podemos -especialmente, del ínclito Juan Carlos Monedero- al vídeo celebratorio de los cuarenta años de Constitución proyectado hace unos días en el Congreso de los Diputados. En él, como sabrán, dos ciudadanos centenarios, José Mir y Germán Visús, que lucharon, cada uno en un bando, en la batalla del Ebro de 1938, mantienen una conversación civilizada. La película sitúa el acontecimiento al nivel adecuado: el dolor de los españoles, víctimas del estallido de la violencia política; obligados a matar y a morir en plena juventud. Monedero se apresuró a llamar nazi a Visús. No sabríamos decir qué resulta más ofensivo; si el insulto o la estrategia que esconde: el rechazo a las muestras de reconciliación y orgullo de un país que, mal que bien, ha querido contar con todos para reconstruirse.

* Columna publicada el 19 de septiembre de 2018 en El Diario Montañés

miércoles, septiembre 12, 2018

El vacío*



Dos Franciscos, el Papa y Franco, están en el punto de mira. Uno de ellos, para su fortuna, ya ha muerto. El otro arrastra consigo la decadencia de la Iglesia Católica; aquella institución monumental que dominó la vida y sus tribulaciones, y que hoy, sin embargo, languidece en la humillación mediática de la pederastia y el sectarismo. No comparo itinerarios; Roma, en palabras de Jiménez Lozano, defendió una vez “el honor de la belleza y la humanidad en este mundo”, pero Franco fue simplemente un dictador que impuso su mando de cuartel a todo un país durante cuarenta años.

Resulta interesante observar cómo se prepara hoy el ser humano para el vaciamiento de las cosas que siempre estuvieron colmadas de significados a favor y en contra. De la misma manera que uno percibe lo descontextualizado de un cuadro de temática bíblica en un museo -la ausencia del ámbito espiritual o el intento de la cultura contemporánea por destacar únicamente el aspecto formal de la obra artística-, se puede intuir la oquedad en edificios e instituciones que ya cumplieron su función histórica. Cabe preguntarse si la tumba de Franco, por ejemplo, será siempre la tumba de Franco, aunque se vacíe de restos biológicos y se tapien o derriben sus aledaños.

No es tan sencillo, claro. Piensen en las leyes contra el tabaquismo: la prohibición de fumar en lugares públicos fue la consecuencia lógica en una sociedad en la que el cigarrillo había perdido su papel en el rito de paso a la vida adulta. Del mismo modo, Franco puede salir del nicho porque ya no es el mismo que entró en él (el caudillo “por la gracia de Dios”) sino lo que queda del pequeño tirano que, todavía hoy, obsesiona a las élites. La política sobre el franquismo gestiona el vacío que ha dejado; la reconstrucción ideológica de lo que significa hoy para los españoles.

Si cada generación tiene el derecho a elegir sus símbolos y a rendir tributo a las figuras que han participado de su forma de entender la realidad, urge la elaboración de un relato histórico veraz y riguroso, no sujeto a las necesidades coyunturales de los gobiernos de turno, que denuncie, por supuesto, la violencia de los totalitarismos de distinto signo (todos ellos, hoy, felizmente superados por la historia) que regaron de sangre las tierras de España durante los años treinta del siglo pasado. Es decir, que se reivindique como víctimas de las tropas liberticidas a Antonio Machado, a Federico García Lorca y a Miguel Hernández, tanto como a Pedro Muñoz Seca, José Robles Pazos o Pedro Poveda.

Es posible que en unos años contemplemos El Vaticano o el Valle de los Caídos como contemplamos ahora el Coliseo y Pompeya: rescatándolos con la mente de sus ruinas, imaginando su vitalidad de antaño; el fervor que erigió sus muros. Disfrutando, en definitiva, del vacío que hemos heredado.

* Columna publicada el 5 de septiembre de 2018 en El Diario Montañés

jueves, agosto 30, 2018

Leer en la playa*



No sabemos cómo empieza, pero, de pronto, nos vemos sacudidos por las urgencias del verano; la toalla enorme, el bañador florido, quién sabe si crema suficiente para soportar tantas horas de sol. No hay placidez vacacional que no se conquiste con el mismo esfuerzo de siempre, con las astucias de una especie condenada a la carrera. La playa obliga a una reflexión mínima, no vale la pena extenderse en el análisis: somos muchos y preferimos un espacio propio, aunque su dominio nos exija permanecer en guardia. Como una nación acomplejada, pasamos de la protección celosa de los límites a una expansión ciegamente imperial -tumbonas y sombrillas-. No inventamos nada, ni siquiera semidesnudos.

La arena tiene sus reglas y no suele llegar la sangre a la orilla. El personal mantiene las hostilidades dentro de lo razonable e, incluso, el vecino, que hace un momento trataba de ganar espacio a nuestra costa, ahora nos pide que vigilemos sus cosas mientras va a bañarse. Y lo hacemos, claro, gustosamente. No voy a engañarlos: yo me quejo mucho antes de pisar la playa. Peleo contra la pereza, no paro de rezongar y, cuando supero mi propia resistencia, me enfundo gorra y gafas, agarro mi silla plegable, la sombrilla de tamaño medio y sufro los avatares del transporte urbano. Hay mucho contacto durante el verano, mucho roce indiscriminado. La playa es, quizás, el último reducto de la piel como instrumento de ocio. La playa y, por supuesto, el Erasmus.

Con el tiempo, he ido cogiendo gusto a la secuencia de baño y bocadillo que tantas pasiones levanta entre la multitud local o foránea. Y a la lectura en la sombra cálida del verano. Estos días, ha tocado ‘Jersualén, ida y vuelta’, crónica del viaje de Saul Bellow en 1976. Lo leo y quedo decepcionado. Yo pensaba enfrentarme a la visión personal de un intelectual judío diaspórico en su contacto con Israel y me encuentro con una recopilación de opiniones variadas sobre la eterna crisis de Oriente Próximo. El libro pierde la capacidad de atracción en el momento en que los personajes principales -autor incluido- ya están muertos. Los Rabin, Hussein de Jordania o Breznev, junto al eterno Kissinger, representan el drama de aquel tiempo que, por desgracia, y eso es lo espeluznante, no dista mucho de este. Han caído imperios, se han modificado los mapas, pero allí todo permanece en un mismo bucle mediático.

Leer en la playa supone avanzar lentamente por el texto, a menudo dejándose distraer por el paisaje o la modorra de esta época del año. Una frase o un párrafo golpean al lector que digiere despacio, con el mar por delante. También conforta observar la capacidad humana para adaptarse a las exigencias de cada estación. Ahora, nos bañamos en el mar; más tarde, volveremos fielmente a los despachos. Esta rutina de perfil bajo nos ennoblece mucho más que una guerra civil.

* Columna publicada el 22 de agosto de 2018 en El Diario Montañés

sábado, agosto 18, 2018

Pucho y Pablo*



Todos los fanáticos de Vetusta Morla se parecen; sus detractores lo son cada uno a su modo. No soy ningún especialista en la materia, pero la apuesta de los madrileños por triunfar sobre las barreras más opacas del ‘indie’ me parece, en principio, digna de elogio. La fórmula, sin embargo, no convence a todo el mundo. Algunos reprochan la querencia de la banda por las palabras de tahúr que, afirman sus críticos, parecen decir pero no dicen, escogiéndose unas cuantas, las más coloridas, para provocar el entusiasmo del respetable, la entrega desaforada en el estribillo. Hay muchos ejemplos. La letra de ‘Valiente’, por mencionar uno, donde la incoherencia del mensaje y la solemne impostura del cantante, Pucho, desembocan en dos versos insólitos: “Porque ser valiente/ no sólo es cuestión de suerte”. ¿Qué quiere decir eso? Lo que ustedes quieran.

La discusión es, quizás, innecesaria. Las letras de las canciones no han sido nunca relatos de absoluta coherencia. En los festivales contemporáneos, es más importante su conversión en himnos que la posibilidad del análisis. Se trata de establecer, supongo, un vínculo que funcione sobre el escenario y que ayude a expresar una identidad. Con Vetusta Morla, la digestión no es fácil. Lean otros de los versos del grupo: “Quién lo vio/ bailar como un lazo en un ventilador./ Quién iba a decir que sin carbón/ no hay reyes magos” (‘Los días raros’). Tampoco aquí seguimos bien la pretenciosa sucesión de imágenes, muy bella, pero inverosímil.

Y es que pienso en Pucho y me viene la imagen de Pablo Casado. También los políticos con vocación de gobierno parten de la existencia de una música de fondo que no debe concretarse y que sirve, en realidad, para establecer las coordenadas de la actitud. Como Pucho, Casado tenía el deber de mantener ese fondo de inconcreción, pero quiso ir más allá. Esto en la derecha es peligrosísimo, mucho más que en la izquierda. En España, el PP dice representar a un amplio porcentaje de la población identificado con principios ‘liberal-conservadores’. Casado ha venido -o eso cree él- a quitarse los complejos, recuperando el orgullo del carné, los valores del partido, etc.

Parece mentira que la derecha no sepa aún que su única posibilidad de éxito electoral ha pasado siempre por la vía gris de la gestión económica y por una sola palabra: España. ¿Qué más quiere añadir Casado? ¿El elogio de la heterosexualidad? ¿La religión en las escuelas? ¿La negativa a la eutanasia? Pero, hombre, si eso es pólvora en mal estado, quejas de mazmorra. ¿Cómo defender un discurso contra la inmigración ilegal o el aborto en un contexto como el actual? La derecha cree que su problema es la comunicación; en esa ingenuidad palpita su deseo de mando. Pero el problema es la voz que se escoge para destacar de la música de fondo, como hacen Pucho y compañía, pero sin que desentone.

* Columna publicada el 10 de agosto de 2018 en El Diario Montañés

jueves, julio 26, 2018

El verano populista*



A mí no me gusta volar, pero vuelo. Esto me convierte, creo, en un personaje gris. Mis experiencias aeronáuticas comienzan siempre con un no muy acusado temor a la catástrofe y terminan con el alivio del viaje plácido y el aterrizaje sin contratiempos. El mundo moderno pretende enseñarnos que la gestión del miedo exige una decisión contundente que no comprometa el brillo de la identidad. Sujetarse con fuerza al asiento (o al vecino) durante el despegue sería una actitud ridícula e irracional, pero decidir no pisar un aeropuerto es un rasgo pintoresco del carácter.  Mi amigo Paco, hombre sabio, suele decir que la genialidad divide a los seres humanos en dos grandes grupos: los donjuanes y los castos. Es decir, que la persona brillante necesita de la exageración en cualquiera de sus formas y que de nada sirve la esperanza del mediocre antes de entrar en el Malaspina.

Quienes preferimos el escenario prosaico nos forzamos -y nos esforzamos- por superar la fobia a la cotidianidad. Por eso, volamos o vamos al Lupa, avanzando del modo más torero posible por este valle de lágrimas y ventanillas. Es justo reconocerlo: esto no satisface a todo el mundo. Los hay que abusan del lenguaje adolescente hasta acabar envenenados por él. Pienso en Patricia Aguilar, la joven alicantina embaucada por un estafador pseudo-espiritual que, locura a locura, la incluyó en su siniestro harén en la selva peruana. Recientemente, han transcendido algunas de las publicaciones de Aguilar en las redes sociales que dan una idea de su personalidad impresionable; de ese sello presuntamente místico que, sin embargo, rompe los lazos con la sociedad y con los otros.

La aceptación de la realidad tiene que ver con el aprendizaje, tedioso y agotador, de que vale la pena partir de una rutina antes que emprender la huida hacia ninguna parte. Con la huida, uno se alivia poniendo el marcador a cero. Es un espejismo. La cotidianidad, sin embargo, supone un riesgo mayor. Nosotros, el común de los mortales, nos enfrentamos a diario al peligro del desequilibrio. La llegada del verano agudiza, además, el rol de consumidores desamparados, confundidos entre otros muchos. Las compañías ‘low cost’ son expertas en recordarnos nuestra condición de rebaño con equipaje de mano. Yo, sin ir más lejos, tuve que asumir la semana pasada el papel de intérprete de los pasajeros olvidados por easyJet en el aeropuerto londinense de Stansted. Durante mi labor, aprendí, para empezar, que, en situaciones de crisis, el discurso radical es extraordinariamente útil; que debe evitarse la división de clase y, sobre todo, que la solución se alcanza más fácilmente después de un par de gritos. También hay populismo ‘low cost’. Pero, como no existe buena acción sin castigo, la vuelta a Santander trajo consigo la intoxicación de casi todo mi grupo de amigos en las casetas. Eso sí que es, como decía Belmonte, “olvidarse del cuerpo”.

* Columna publicada el 26 de Julio de 2018 en El Diario Montañés

jueves, julio 12, 2018

La escasez*



Termino la primera temporada de ‘The Handmaid's Tale’ el mismo día de la muerte de Claude Lanzmann. Una fecha, por lo tanto, para el recuerdo. Aunque es inevitable indagar en los contenidos, tratando de detectar similitudes, no pretendo tender puentes, ojo, entre el testimonio de los supervivientes del Holocausto -registrado por el director francés en su monumental ‘Shoah’- y lo que no deja de ser una entretenida obra de ficción. Pero, ambos, Lanzmann, desde la memoria, y Margaret Atwood (autora del relato y coproductora de la serie para HBO), desde la imaginación, logran transmitir el peso del mal, la atmósfera pringosa que se genera alrededor de los desgraciados que no disfrutan de los privilegios del poder.

Resulta interesante reflexionar sobre el tiempo acotado que se les impone a un drama o a un documental, obligando a sus artífices a destacar el lado pinturero del totalitarismo; los episodios más sanguinarios y heroicos. Es un recurso eficaz que limita, no obstante, la comprensión del fenómeno. ‘The Handmaid's Tale’, quizás, precisamente, por haberse estrenado durante la gran burbuja de las series, profundiza en el itinerario de una ideología cruel, incorporando componentes casi inéditos que son fundamentales en una producción sobre conflictos políticos. A saber, la represión parsimoniosa envuelta en palabrería y en eufemismos, la evolución de los poderosos desde la militancia marginal hasta la victoria incontestable o el equilibrio entre la propia convicción a contracorriente y la hipocresía de los opresores.

Desde luego, el elemento epatante de ‘The Handmaid's Tale’ es la destrucción de la humanidad de las mujeres; la pérdida absoluta de su libertad, en un futuro cercano, y su conversión en esclavas paridoras a tiempo completo. Sin embargo, bajo este patriarcado escandaloso descubrimos un asunto apenas mencionado por los medios de comunicación y por los críticos: la escasez. La implantación de un régimen fanático religioso (gobernado en buena parte por oportunistas) se lleva a cabo como consecuencia de una fortísima crisis climática y de fertilidad. Para combatirla, brotan los dogmas sacrificiales que reclaman la gestión comunal de los bienes limitados; como ya no nacen niños y son pocas las mujeres capaces de dar a luz, se las nacionaliza.

Cualquier discurso inflamado funciona en la escasez hasta el punto de activar los odios durmientes. La sociedad es permeable a los programas que confirman los prejuicios y proponen el control (o el aniquilamiento) de los vulnerables. En la serie, tanto los hombres como las mujeres sufren la infertilidad, pero ellos salen ganando en el reparto. El padecimiento de unos cuantos y el mando de los peores son, dicen, perfectamente asumibles en un contexto de necesidad generalizada. Por eso, cuando las aguas se retiran, uno se encuentra con la verdad desnuda y decepcionante: todo era un cuento. Como lo han sido siempre los movimientos políticos que pasan del exilio al amiguismo; de la acampada a los consejos televisivos o del poder al censo menguante.

* Columna publicada el 10 de julio de 2018 en El Diario Montañés

sábado, julio 07, 2018

Los chicos*



Toda ideología guarda celosamente su programa máximo. Es un ejercicio de discreción, palabras que se protegen como antídotos. El veneno, por supuesto, es el crimen de estado, en todas sus variantes militares y económicas. No sé cómo contarán ahora la fábula, pero en el antiguo libro del afiliado del Partido Socialista, ya con Felipe González a los mandos, se establecía como horizonte la “conquista del poder por la clase trabajadora”. Así, sin paños calientes y sin visos de contradicción. Los defensores de la democracia liberal, por su parte, han preferido siempre una utopía de vuelo bajo, embridada y prosaica. La fórmula atrae únicamente a los más sensatos; a aquellos que no se han dejado seducir por las alhajas del sector privado y creen aún en la sociedad como cuerpo existente y, por lo tanto, necesitado de razón y de ley.

La quimera liberal -en su versión menos delirante- despliega visiones a retazos, actitudes y modos más que argumentarios. Se trata, en resumen, de la vida justa y sin amenazas, respetuosa con la separación de poderes y orgullosa de haber aparcado los dramas ideológicos. La comunidad, mejorada por la libertad y la cultura, alcanza por fin su mayoría de edad, rechaza los mesianismos y convive en un escenario muy semejante al de una pequeña ciudad de provincias donde los señores se saludan por la calle quitándose el sombrero.

La gestión, y no el discurso extremista, se convierte en la vía más fértil. Si la cosa funciona, es decir, si la economía no da problemas y el dinero viene y va en grácil danza, la despolitización del personal se celebra como una apendicectomía en la casa del doliente. En el mercado, dicen sus apóstoles, confluyen todas las esperanzas, todas las posibilidades del ser humano. La fe, el terruño, la raza o la clase claudican frente a la vida buena del crecimiento y el progreso. ¿No son encantadores?

Nunca, ni siquiera en sus momentos más sublimes e igualitarios, la opción de la democracia representativa y de la economía de mercado ha logrado desactivar completamente las preferencias revolucionarias. Mientras algunos disfrutaban de aquel “fin de la historia” anunciado por Fukuyama mirándose en el próspero espejo californiano, otros resistían en los cuarteles de invierno, descubriendo atajos para la ruptura. ¡Qué arrogancia la de dar por enterrado el compromiso del inquisidor!

Hablamos de la debilidad institucional y de sus supuestos defensores, así como del desprestigio de los símbolos constitucionales, izado insulto a insulto por los enemigos del estado. El panorama es desolador pero irrebatible: los totalitarios dominan la escena y espolean a sus feligreses, convertidos en orgullosos comisarios políticos. Las redes se inundan así de proclamas en favor de “los chicos de Alsasua” -una forma macabra de referirse a los agresores que evoca cine y bicicletas-, mientras se insinúan linchamientos contra ‘La Manada’. Cualquier matiz aquí, ojo, es fascismo. Sí, utilizan la palabra fascista, precisamente ellos.

Columna publicada el 27 de junio de 2018 en El Diario Montañés

jueves, junio 14, 2018

Fines*



Me gusta pensar que el destino de España se decide en los momentos de soledad de Mariano Rajoy, en una habitación en penumbra y con el puro humeante, como si la ya legendaria quietud del expresidente guardase estrategias y recetas audaces. Uno ha podido creer que la derrota parlamentaria del Partido Popular forma parte de un plan a largo plazo, dirigido a apuntillar la aparentemente débil ‘alternativa Sánchez’. Desde esta lógica, el pasado 1 de junio, Rajoy habría preferido una concreción de las amenazas independentistas y populistas, una infección de las instituciones, para demostrar que el peligro era real y no sólo un relato políticamente útil. Como en la canción ‘Shadowplay’, de Joy Division, a partir de ahora, el PP permitiría a Iglesias, Rufián, Puigdemont y Matute utilizar al Gobierno socialista “para sus propios fines”.

Desde luego, es esta una lectura a posteriori que reinterpreta la pasividad del Partido Popular en clave astuta. La derecha española, acorralada por la corrupción y avisada por el temido ‘sorpasso’ naranja, evitaría, así, la cita electoral embarrando aún más el terreno, colocando a los supremacistas en posiciones de influencia sobre un PSOE grogui. Se trataría, en definitiva, de esconder su incapacidad, dotando la historia de elementos creíbles, como acostumbran a hacer los mejores guionistas. Piensen, por ejemplo, en ‘La guerra de las galaxias’, donde, después de la victoria rebelde, necesitábamos el contraataque del Imperio, la reacción ganadora del mal, para que aquello no pareciese Montecarlo.

Pero Rajoy, ¡ay!, olvidaba lo más importante: que en este juego participan dos. La cintura del Partido Socialista siempre ha sido más flexible -algo que no es necesariamente un elogio-. Pedro Sánchez, consciente de sus paupérrimas expectativas electorales, de su escasa presencia en el debate público, optó por lo más arriesgado: tomar el mando de inmediato, sin apuntalar previamente un programa atractivo. El triunfo de la moción de censura con los votos de las malas compañías no condujo al secretario general de los socialistas a un estado catatónico, como hubiese querido Rajoy, sino a La Moncloa. Sánchez necesitaba reivindicar su existencia y lo ha hecho con una apuesta a todo o nada. Una vez en el poder, ambiciona gobernar atrayendo la atención por su labor gestora, rodeándose de un equipo seductor y mediático, acaso un poco frívolo, al que pretende sostener lo máximo posible. Algunos lo han llamado “escaparate”, mientras otros dicen que podría haber sido el gobierno de Ciudadanos.

Por ahora, en la superficie, Sánchez triunfa. El súbito envejecimiento de Rivera e Iglesias, sorprendidos con el pie cambiado, y la pasión de la prensa partidaria hacia los nuevos ministros, proporciona al PSOE una primera línea de ilusión capaz de disimular, por el momento, la devolución de los favores a independentistas y radicales, las reformas constitucionales y esa promesa de diálogo tan elegante como hueca. Pero, eso sí, esta línea no quiere ser revolucionaria, sino más bien presentable. Veremos.

* Columna publicada el 13 de junio de 2018 en El Diario Montañés

sábado, junio 09, 2018

Comer y avanzar*



En su editorial del pasado viernes, el diario El País tildó a Mariano Rajoy y a sus camaradas de “Gobierno zombi”. Acierta el periódico, pero sólo parcialmente. Los aficionados a las películas del género sabemos que los zombis carecen del romanticismo y el donaire de otras criaturas fantásticas. Sus historias, por lo general, no desarrollan la humanidad del monstruo, la búsqueda del bien o el corazón bajo la bestia. Esto, que es lo que atrapa en los relatos de vampiros -en obras paradigmáticas como Drácula-, supone un límite insalvable en la evolución dramática de los muertos vivientes. Los zombis comen y avanzan; ese es su rollo. El caminar azaroso, la faz descompuesta y el paisano que teme encontrárselos tras cada puerta que abre.

A menudo, los zombis ni siquiera son capaces de correr, lo que supone un extra de ineptitud. La sustancia del argumento radica en la organización de quienes han resistido sobre un mundo arrasado, sus tragedias personales, sus amores. Los zombis quedan muy pronto relegados a un papel menor, como atrezo y carne de frontera.

Lo interesante de la política española es que todos los partidos son, a la vez, zombis y supervivientes. Cada fuerza ideológica advierte en sus adversarios la sordidez del monstruo voraz y deshumanizado, el peligro que se extiende, implacable, contra la convivencia. Las encuestas no ofrecen esperanza; la inseguridad de los líderes, que pasan rápidamente de las posibilidades de victoria a la insignificancia electoral, les hace preferir el lío a la propuesta, la efervescencia de la crisis a la negociación. Curiosamente, temen el mordisco de sus compañeros de foro, pero mucho más el desprecio de los votantes que, esos sí, pueden destruir su mundo.

La impresentable corrupción en el Partido Popular y la insultante respuesta a cada acusación y cada sentencia provocan que su juego de equilibrios pueda hacerle pasar del mando a la nada. En Génova, comienzan a temer la extinción en un relevo naranja que hoy parece tener mando en plaza. Rivera, eso sí, necesita jugársela todo a la carta electoral, dada la escasa cimentación de su proyecto. Sánchez e Iglesias, por su parte deben tomar La Moncloa con urgencia ante las malas previsiones.

Los partidos padecen su particular amenaza apocalíptica en forma de urnas o de inverosímiles mayorías parlamentarias. Todos dicen poseer el antídoto, es decir, la fórmula de la “dignidad democrática”, y pretenden defender el estado frente al latrocinio, los nacionalistas, Twitter y el Ibex.

Los ciudadanos asisten con perplejidad al espectáculo de constante sobreactuación; escuchan las proclamas y siguen a duras penas el relato de esta democracia que proporciona golpes de estado, supremacistas huidos a Bélgica, bonitas casas en las afueras, títulos falsificados y mucho dinero. Unos y otros tratan de convencer al votante español para que ocupe un puesto en la guerra contra el fin del bienestar. La política zombi es, en resumen, una simple cuestión de hambre.

* Columna publicada el 30 de mayo de 2018 en El Diario Montañés

sábado, mayo 26, 2018

Las palabras de Pierre Victor*



Lo más interesante de Mayo del 68 ha sido siempre su resaca; la posibilidad de evocar los años fértiles, el descaro juvenil envuelto en una derrota conveniente. Y es que nada decepciona tanto al personal como una revolución lograda, convertida en gestión miserable o en causa de exilios. La aventura francesa, por el contrario, fue capaz de deshincharse a tiempo, tras apenas un mes de barricadas adolescentes. La potencia de su relato, eso sí, convirtió a Charles De Gaulle -héroe de la Segunda Guerra Mundial- en una reliquia ajena al empuje de la juventud enfebrecida. En 1968, el general ganó las elecciones, pero perdió la historia.

A partir de entonces, la memoria se mantuvo en un estado de permanente alerta, como un pozo abierto del que extraer agua y fantasmas según sople el viento. El propio Daniel Cohn-Bendit, expulsado de Francia por su participación en la revuelta, asumía alegremente en ‘El gran bazar’ (Dopesa) el papel de “vedete” entusiasta en un mundo ordenado por los medios de comunicación.

La descripción de los días de fiesta expone para siempre a sus protagonistas en un escaparate que es, a la vez, celebración y crítica. Las preguntas se suceden: “¿qué queda del espíritu del 68?” “¿Por qué fracasó?” “¿Volverán los buenos tiempos?”. Los antiguos líderes se apresuran, hoy, a colocarse en el lado lúcido del cuento, compartiendo madurez sin renunciar al vínculo sentimental.

En 1985, Cohn-Bendit -reconvertido en militante de Los Verdes- entrevistó a los principales artífices del movimiento contestatario. A los cuarenta años, quería reencontrarse con sus camaradas, saber cómo les había caído encima la edad y de qué forma se acomodaban a la administración Reagan. El texto final, publicado en español con el título ‘La revolución y nosotros, que la quisimos tanto’ (Anagrama), recorre todas las posibilidades biográficas: desde la utopía recalcitrante de Abbie Hoffman o Jean-Pierre Duteuil hasta la metamorfosis ‘yuppie’ de Jerry Rubin o Rob Stolk, atravesando la tragedia personal de aquellos militantes que se hundieron en el abismo terrorista (estremecedoras la confesiones del arrepentido Hans-Joachim Klein, aislado en la clandestinidad, y de Valerio Morucci y Adriana Farranda, encarcelados en Italia por los crímenes de las Brigadas Rojas).

Durante su lectura, da la impresión de que Cohn-Bendit trata de forzar a sus interlocutores a la asunción de la práctica democrática en contra de sus fracasadas veleidades radicales. El drama de tantas vidas desperdiciadas por el ideal obligaba a repensar los fundamentos de la insurrección. Algunos lo hicieron, otros prefirieron el aislamiento, la insistencia o el suicidio.

‘Dani el Rojo’ revisita el campo de batalla en busca de supervivientes y herramientas aprovechables, pero su mirada continúa siendo política. Por ese motivo, quizás, su trayectoria nunca ha dejado de ser vista como una claudicación ante el avance sostenido del capital.

Muy diferente, sin embargo, es el itinerario de otro de los líderes de la época: Pierre Victor, ideólogo de ‘La Gauche Prolétarienne’, grupo maoísta que tuvo su momento de efervescencia en los primeros setenta. Discípulo de Louis Althusser, tras el fin de su periplo político se convirtió en el secretario personal de Jean-Paul Sartre, quien había sido un devoto compañero de viaje del maoísmo francés.

Justicia popular
Resulta interesante medir el cambio producido en la generación del 68 a través de la publicación de las entrevistas en las que Pierre Victor intercambia pareceres con relevantes intelectuales de la época. En 1972, mantiene un debate con Michel Foucault sobre la ‘Justicia Popular’. De la conversación, publicada en el volumen ‘Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones’ (Alianza Editorial), pueden extraerse sentencias contundentes y reveladoras. Victor, profesional de la ruptura, la acepta como fenómeno histórico que justifica periodos de violencia legítima. Con la Revolución Cultural china como perturbador telón de fondo, se atreve a afirmar: “las ejecuciones del enemigo del pueblo se suceden, y estamos de acuerdo en decir que son actos de justicia popular”. De esa premisa nace toda una reflexión sobre los límites de la ley y el papel de la vanguardia proletaria que vela por la correcta aplicación de las venganzas. Se trataría, dice, de evitar que el supuesto interés socialista oculte motivaciones meramente personales.

El elemento sacrificial se asume de entrada, así como la existencia de un ámbito moral que no se corresponde con “lo burgués”. La muerte del adversario, piensa, es perfectamente aceptable en un contexto de gran transformación, pero Victor apuesta por la racionalización de la violencia, por su dosificación a través del concurso de los jefes: “en resumen, estaría contra los tribunales populares si no pensara que, para hacer la revolución es necesario un partido y, para que la revolución continúe, un aparato de Estado revolucionario”.



Así, la violencia reactiva contra la ‘dominación capitalista’ deja de ser espontánea (si es que alguna vez lo fue) para transformarse en estrategia. “Es verosímil pensar que no se liquidará a todos los empresarios, especialmente en un país como Francia en el que hay muchas pequeñas y medianas empresas, sería demasiada gente”. El asesinato político pasa a convertirse en razón de Estado desde el momento en el que el partido toma el control.  
Matar, en fin, como una fórmula adecuada para la toma del poder. Pierre Victor teme el descontrol, no la injusticia: “Engels decía que la primera forma de revuelta del proletariado contra la gran industria es la criminalidad, es decir, los obreros que mataban a los patrones”. Foucault no se deja arrebatar por la intensa proclama de su interlocutor y pasa al ataque: “Tú dices: es bajo el control del proletariado cómo la plebe entrará en el combate revolucionario. Estoy completamente de acuerdo. Pero cuando dices: Es bajo el control de la ‘ideología del proletariado’, quisiera saber qué es lo que entiendes por ideología del proletariado”. La respuesta es categórica y desesperante: “El pensamiento de Mao Tsé-tung”.

De Mao a Moisés
Antes de continuar, conviene detenerse un instante en los orígenes de Victor, vincularlos a su militancia posterior. Como una primera muestra del trasiego, cabe señalar que su verdadero nombre era Benny Lévy. Nacido en 1945 en El Cairo, pertenecía a una familia judía que, como consecuencia de la ola antisemita tras la crisis del Canal de Suez, tuvo que abandonar Egipto e instalarse en Francia. Educado en la prestigiosa École Normale Supérieure de París, su impacto en la política gala se produjo después de los acontecimientos de Mayo, en ese breve periodo en el que el maoísmo sedujo a los intelectuales y llevó a Sartre demasiado lejos.

Este maoísmo europeo que hoy nos parece de juzgado de guardia murió antes que Mao. Victor, que aceptó el cambio de nombre como prevención, recuperó sus querencias judías a través del descubrimiento de la obra de Emmanuel Lévinas. Por su influencia, reivindicó el ámbito moral, anulado siempre por las razones de partido, y aceptó la posibilidad de un encuentro con el Otro -más allá de coyunturas o cálculos sectarios- en el que no primase el derramamiento de sangre.

Poco a poco, Victor volvió a ser Lévy, iniciando un camino que lo conduciría -como se ha dicho popularmente-, ‘de Mao a Moisés’. Esta aceptación de la derrota a mediados de la década de 1970 no fue baladí. Muchos no resistieron el desengaño. Los bandazos de unos coincidieron con la terquedad de otros, atrapados en la depresión de la propuesta hundida. Los hubo también personalmente vencidos, incapaces de sostenerse en un presente cada vez más entregado al consumo. El suicidio en 1978 de Michel Recanati, antiguo trotskista, mostró una de las caras más brutales de la resaca rebelde.

La relación que Lévy había comenzado a mantener con Sartre durante los años de la militancia maoísta continuó después por otros medios. El filósofo lo contrató como secretario y emprendió con él su última y contestada aventura intelectual.

El último Sartre
Con “el pensamiento que se forma entre dos” llegó el escándalo. En 1980, Sartre, ya muy enfermo, acepta la publicación en Le Nouvel Observateur de una serie de entrevistas con Lévy donde parece renunciar a los compromisos pasados. Sus más íntimos se sorprenden, Simone de Beauvoir protesta. En su libro ‘La ceremonia del adiós’ (Edhasa), la escritora evoca los últimos años de Sartre y se ensaña con Lévy: “no se trataba en absoluto de ese pensamiento plural (…) Victor no expresaba directamente ninguna de sus opiniones: se las endosaba a Sartre”. De Beauvoir destaca la “arrogante superioridad” con la que, desde su punto de vista, Victor trata al autor de ‘La náusea’ y sostiene que éste, por su estado decadente, es incapaz de defenderse de su interlocutor. La muerte de Sartre en abril de ese mismo año frena la evolución de la polémica. Las entrevistas se reunieron posteriormente en el volumen ‘La esperanza ahora’ (Arena Libros).

El naciente judaísmo de Benny Lévy marca, desde luego, los tiempos de la conversación e introduce una crítica a la política como único elemento posible de unificación social. “La existencia judía -dice- confirma un Uno distinto al Uno político”. Esta declaración va completándose con una crítica de Sartre al funcionamiento de los partidos y a través del descubrimiento de una “dimensión de obligación”. Esto es fundamental. El filósofo continúa: “el prójimo está siempre ahí y me condiciona, mi respuesta (…) es una respuesta de carácter moral”. En este sentido, Lévy apunta la “desconfianza judía con respecto a la muchedumbre revolucionaria”, lo que sugiere una enmienda a la totalidad de su pensamiento. Y no queda ahí la cosa. Lévy remata: “la historia que Hegel ha instalado en nuestro paisaje ha querido acabar con el judío, y es el judío quien permitirá salir de esta historia que ha querido imponernos Hegel”.

Las entrevistas avanzan, en todo caso, sobre un terreno resbaladizo, vacilante, que pretende ser aún el de la radicalidad o, al menos, desarrollarse dentro de los parámetros de la izquierda. Sartre llega a proponer un movimiento que incorpore la moral judía como antídoto contra la tentación de la masacre; un pensamiento que evite la completa fractura del tejido social.

Pero Sartre muere y Lévy continúa adelante en su particular revisión. Su judaísmo va asentándose sobre la superación del enfoque político, tan de actualidad durante y después de 1968. En una entrevista con Stuart L. Charme, el escritor lo anuncia categóricamente. Merece la pena reproducir su declaración de intenciones: “el estudio del judaísmo ha implicado una gran deconstrucción de la política para mí. Utilizo el judaísmo, precisamente, como una crítica de la política. (…) Es una crítica (…) de la idea de que la política es adecuada para responder en términos del destino del hombre. Es esta pretensión, esta arrogancia de la política en todas sus visiones, ya sean las formas más elevadas del idealismo alemán o las formas más ideológicas de hoy, lo que los textos judíos me ayudan a criticar”.

La trayectoria de Benny Lévy se mueve en estas coordenadas. En 1997, emprende la aliyá junto a su familia y se instala en Israel done funda un centro especializado en la obra de Lévinas. Estudioso del Talmud, poco a poco su vida se convierte en la de un judío ortodoxo que no ve separación entre el ritual y las normas éticas que le sirven de fundamento. Lévy sigue la estela de pensadores judíos como Rosenzweig o Buber en una interpretación sobre los límites de la política para comprender y articular lo humano. El infarto que lo mató en 2003 detuvo sus proyectos en un momento en el que los monstruos renacían en Occidente.

* Artículo publicado el 25 de mayo de 2018 en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés