domingo, febrero 23, 2014

Pili


Cumplirá 83 años el próximo mes de marzo. Y aún se mueve con agilidad por la casa. Prepara una sopa de crema, albóndigas con patatas fritas y flan casero, que os están esperando cuando tocáis el timbre a las dos en punto. Su sabor te devuelve al lugar de tu infancia. La textura de la sopa y el suave sabor a perejil de las albóndigas activan tu memoria. Y te ves muy pequeño, rodeado de tus abuelos, de mamá y papá y de tu tía, en tu primer hogar, donde pudiste aprender la calma y el abrigo.
Visitar su casa es huir de la edad propia, de la testadura tendencia a confiar en el mundo y sus progresos. Las horas junto a ella son tiempo de buena comida y café alrededor de una mesa humilde y cercana. Te sientas a su lado, y sus relatos le dan sentido a las cosas. Ella habla de esa parte de tu familia que te queda ya demasiado lejos. Hombres y mujeres de ojos claros, cuyas existencias, ahora conocidas para ti, desvelan, por fin, el secreto de tu aspecto.
El reloj hace una pausa. No sabes si han pasado dos o tres horas. Sus gestos, la forma de mover sus manos trabajadoras -han sido muchos, demasiados, los años de actividad­-, su memoria extraordinaria que le permite viajar al pasado y recordar nombres y fechas con prodigiosa exactitud... No importa nada más que su palabra, siempre bondadosa, mientras se disfruta de la sobremesa. Te habla de mamá y de sus visitas a los jardines de Pereda siendo niña, de las travesuras de tus tíos y del fusil y el tambor que llevaba tu tío mayor para jugar con sus amigos en un Santander que ya no existe.
Con ella viven no sólo recuerdos, sino una forma diferente de ver el mundo. Ese relato que no exige, que no demanda, pero que en su realidad desnuda se hace irrebatible. Con el mismo tono te ofrece pinceladas de su infancia, durante los años 30 y 40 del siglo pasado, en el seno de una familia de vencidos de la Guerra Civil. Y te habla de su tía, una mujer fuerte que ha enterrado a su hija y cuyo marido ha huido a Francia tras la derrota. Te habla de cómo esta mujer se niega en prisión a que los carceleros le rapen la cabeza y la unten con aceite de ricino para hacer perdurable el castigo, la venganza. Llena de furia se sube a una tapia y exclama: “A ver quién tiene huevos de cortarme el pelo”. Nadie se atrevió.
Escuchándola se descubre el significado de palabras que hoy parecen huecas, como ‘hambre’ o ‘necesidad’. Se recuerda acostándose cada noche con un vacío grave y doloroso en el estómago porque no había comida en casa. Evoca los tiempos en que ella sólo tenía un par de alpargatas -“había que tener cuidado para que no se rompieran y asomaran los dedos”- y unas albarcas y su padre un par de calzoncillos. Piensa en su hermana que, a falta de madre, tuvo que ponerse a cocinar con 11 años para toda la familia; en los días de fortuna en los que había patatas cocidas para mezclar con la leche, o pan con mantequilla, que hurtaba su vecina de la fábrica donde trabajaba. “Me parece mentira que hoy pueda calentar las cosas en el microondas, o tener una cafetera”, dice.

No ha parado de trabajar ni un solo día desde los 15 años, que marchó a Barcelona para servir en una casa. Muchos lugares y experiencias, pobreza y amistad. Una vida descrita con rigor y cariño por las cosas. Con gratitud por ellas. No llevamos la misma sangre, pero Pilar, Pili, es quien conserva los años perdidos de mi familia, de la nuestra, que es también la suya. 

jueves, enero 16, 2014

La cabeza en Nueva York*


 
 
Nunca se siente uno tan solo como cuando la actividad se suspende y cae la noche del último día libre. La víspera del retorno al cuartel, sin más horizonte que la tediosa rutina laboral que emerge con la semana. Cualquiera podría mostrar entonces cierta inquietud ante la promesa incumplida y el desconocimiento de los años y su manera de sucederse, con algo de sentimiento, pero apagado, a la espera de tiempos mejores.

Que nosotros sepamos o no el desenlace, que seamos capaces de construirlo, obviando los ingredientes que sostienen el plato y lo hacen comestible pese a la fortaleza cotidiana. Esa cama que permanece en su sitio, esa nevera repleta de posibilidades. La vejez, lenta y cautelosa, pero inmisericorde.

En algún lugar han quedado la ilusión y la esperanza individual. La biblioteca de suculentos volúmenes, toda la vida por delante. Ese rigor medieval que prueba la eternidad con horario recio. Hoy, a las siete en punto de la tarde, ya oscuro el cielo del norte, apenas violado por luces huérfanas y algún ladrido, la habitación vuelve a tejer un espejismo de vida perfectamente inútil, centrada en construirse a pasos lentos.

Hemos superado la treintena. Pero está fresco el recuerdo juvenil de intensa creación y fantasías estadounidenses. El apartamento en Manhattan. Sus grandes ventanales desde los que admirar un soleado Central Park, contenedor del éxito en pantalón corto. Las paredes decoradas con cuadros de amigos artistas. Un vaso de vino tinto y el ordenador a un lado, con la última novela lista para el repaso final.

Otros instintos, quizás el mismo, nos convencen de la beatitud de una casa llena de niños, un amplio jardín donde corretea un pastor alemán. Un buen trabajo lejos de la España decadente.

Lou Reed también ha muerto y, con él, parte de ese imaginario que moldeó nuestros sueños con siluetas de mujeres bonitas, coches rápidos y libertad para no dar explicaciones. Cuando lo real no había irrumpido aún con su rostro de muerte y, lo que es peor, con su carácter de fría insustancialidad. Cuando todavía no nos habían convencido de que éramos un número que trabaja o no trabaja, que goza o no del derecho a la sanidad pública o al transporte. Que respira al ritmo de la mediocridad.

Hoy vemos morir a los que conocimos con 20 años. Jóvenes y dispuestos a dar la batalla al padre, constructores de todas las modas, probadores de todas las delicias. ¿Para qué? Para no volver a la fábrica, ésa que creímos apartada definitivamente de nuestro camino, cuando hilamos, más o menos ingeniosamente, un par de versos tontos.

Pero esa realidad no es únicamente decepción. Existe la fortuna de probar el amor de verdad, de sentirse a gusto en cualquier parte si la compañía merece la pena. De integrarse en la realidad diaria, forzándose a dejar la celda y a escudriñar el teletipo como una nueva sagrada literatura. Ese pacto que hacemos con la vida y que nos vuelve sabios.     

Y hablamos de caminar por las calles húmedas de principios de otoño en una ciudad burguesa. Ese equilibrio apenas mancillado por alguna decisión municipal que decide levantar andamios y decorar fachadas. ¿Y cómo pudimos desear el estallido de una revolución que destrozase la serenidad de la presentación de un libro a las ocho de la tarde, o la cita alrededor de un par de cañas?

Que la droga no signifique nada, pero que las fronteras lo sean todo en tu vocación de permanencia. Que sostengas un clavo ardiendo y no pienses nunca en la muerte. Tú, precisamente tú, que ya lo has visto muchas veces, sabes que el fracaso es una posibilidad real. Más grave, incluso: la indiferencia de la tierra que no espera a nadie.    

Tus problemas sentimentales, tu ambición, ya no importan. No va a existir un público hambriento de tus obras. La actualidad es material, rocosa y aburrida. La protagonizan muchos hombres a golpe de minutos en el telediario, de tuits reivindicativos, de artículos de opinión o fotos progresistas en Facebook.

¿Y dónde quedas tú entre tanto líder? Vacío y solo, con algún poema en tu cuaderno, mientras vuelves de comprar el pan, sorteando viejas en la acera.

Vas para mayor. Cualquier éxito que alcances no será recibido como fruto de un niño prodigio. Las cosas van muy en serio ahora. Ha pasado ya tiempo y debería dolerte el día de hoy como le duele a todo el mundo. Tú, que desprecias tanto la comunicación que la profanas una y otra vez. Mañana mismo volverás a hacerlo. Y llenarás páginas con oficio, sin perplejidad.

Todo se reduce a un juego que no existe y del que salimos derrotados. Hemos caído a tiempo en la cuenta. Mejor no tentar al Eterno con un deseo inútil. Entre párrafo y párrafo, has ido comprendiendo que las voces que se marchan no vuelven. Ya estás más viejo y más solo y estas noticias que te hablan de huelgas, de mareas de colores, de funcionarios, no te sirven. Tú, que únicamente confías en la plegaria de una niña que abraza a su tío loco en Ordet, y le pide que salve a su madre. “Pequeña, tú no sabes lo que es tener a una madre en el cielo”, le responde. Ella la prefiere respirando. Y tú lo comprendes. Y te alegras de comprenderlo de ese modo, aunque no tenga la menor importancia, porque todo el mundo lo sabe.

Pero aquí nadie te habla de eso, ¿verdad? Prefieren esa incesante preocupación por la ley y el alquiler. Y el poder sin atributos. Sospechas que el exilio interior guarda un extraño parecido con el colaboracionismo más servil. Eso lo sueltas de vez en cuando en alguna reunión familiar o al salir del cine. Ahora que no esperamos gran cosa del tiempo que nos queda, pensamos que la vida pudo ser de otro modo. Acaso Nueva York, hoy ya sólo en la cabeza, como Ítaca de todas tus guerras. En este mes de la segunda década del siglo XXI, dirección a Bangladesh.
 
* Artículo publicado en el tercer número de la revista D' Artes.

                                                                                                                

 

viernes, noviembre 29, 2013

«Cuando en la vida te pasa una cosa mala, te suceden tres buenas»*

Albert Espinosa - Escritor y cineasta.

:: PABLO SÁNCHEZ

SANTANDER. Cuando, siendo un adolescente, Albert Espinosa (Barcelona, 1973) enfermó de cáncer, los médicos le dieron pocas esperanzas de sobrevivir. Hoy, 26 años después, con la salud plenamente recobrada, se ha convertido en un artista polivalente, capaz de componer una obra, a la vez, profunda y optimista. Ningún medio escapa a la curiosidad de este catalán que acaba de entrar en la cuarentena y que comprende la vida como una celebración. Espinosa explora el cine, la televisión y la literatura con igual éxito. Esta tarde, a partir de las 19.00 horas, firmará ejemplares de su última novela, "Brújulas que buscan sonrisas perdidas" (Grijalbo), en la librería Estvdio de la calle Burgos.
-¿La sociedad de hoy necesita brújulas más que nunca?
-Yo creo que nos hacen falta muchas cosas en estos momentos. El libro va sobre esa necesidad de que existan brújulas que nos ayuden a encontrar sentimientos que no se expresaron o acontecimientos que no se produjeron. Todo lo que quizás no dimos y acabamos perdiendo. La primera línea del libro dice: «Para vivir hay que vivir, no deberíamos olvidarlo». Ésa es la sensación.
-Su obra apuesta, desde diferentes ángulos, por interpretar los problemas como una oportunidad de cambio.
-Sí, yo intento coger a los personajes en el peor momento de sus vidas y dejarlos en el mejor. Al final, con la ayuda de esos desconocidos, de esas perlas que forman parte de la cotidianidad, se acaban encontrando con un final positivo. Son libros de aventuras, de ternura, con la voluntad de encontrar un camino.
-Esta última novela se sitúa entre las más vendidas, recientemente ha ganado el Premio Ondas a la mejor ficción televisiva por la serie "Pulseras rojas"... No para.
-(Risas) Sí, se apunta a muchas cosas. Además, Spielberg va a hacer la versión estadounidense de la serie para la Fox, en Italia van a hacer la suya... Y el Ondas fue algo increíble. No lo esperábamos. Los libros se han traducido a 30 idiomas... Estoy muy feliz, la verdad. Yo siempre digo que cuando en la vida te pasa una cosa mala, te suceden tres buenas.
-¿Ha tenido oportunidad de hablar con Steven Spielberg?
-Sí, charlamos una vez por teléfono. Me comentó que le había encantado "Pulseras rojas". Que había reído y llorado, y que tenía ganas de llevarlo a los hogares americanos. Son cosas que te pasan una vez en la vida: tener la oportunidad de hablar con uno de los grandes. Es genial.
-Hace justo diez años, irrumpió en el cine con el guión de "Planta 4ª", con la que cambió la perspectiva sobre el cáncer infantil.
-Sí, se basa mucho en mi vida de pequeño, cuando perdí una pierna, un pulmón y parte del hígado por el cáncer. Luego intenté relacionarlo con lo que yo viví en el hospital. Fue lo primero que hice en cine y tuve la suerte de contar en la dirección con Antonio Mercero, que entendió la ternura del guión. Tratamos de trasladar al cine y a la televisión una historia con un punto realista, sin crear una ficción que se alejase de la realidad. Lo más bonito de esta película, o de "Pulseras rojas", es que han aumentado un 40% las visitas a los niños que están en los hospitales, porque la gente ya no los ve sólo como niños con cáncer.
-Usted enfermó a los 14 años. ¿Cómo afronta un adolescente ese diagnóstico terrible?
-Te cambia mucho, pero en positivo. En el hospital, aprendes que cualquier pérdida puede ser una ganancia. A partir de entonces, nos dimos cuenta de que lo triste no es morir, sino no vivir intensamente.
-Su próximo proyecto será la serie "Lucas", que aborda el tema de las enfermedades mentales. Parece que siempre busca argumentos extremos.
-Me gustan los temas de los que normalmente no se hacen series. Lo bonito de "Pulseras rojas" es cómo ha ayudado a tanta gente, padezca o no cáncer. Que se vea que es una enfermedad que existe. La sociedad no quiere a sus locos y los tiene un poco escondidos. Yo he tenido la suerte de conocer a mucha gente en esa situación, cuando estaba en el hospital, y siempre tuve la sensación de que no está bien reflejada en la ficción. Es una serie de aventuras muy potente, un cruce entre "El silencio de los corderos" y "Alguien voló sobre el nido del cuco".
-De hecho, va a ingresar en un sanatorio mental.
-Sí, con el actor protagonista. Lo haremos en Galicia. Tengo la sensación de que habremos aprendido mucho y puede ser un plus muy interesante.
-Además de escritor y cineasta, estudió ingeniería. ¿Qué le queda por hacer a Albert Espinosa?
-Muchas cosas. Con "Lucas" volveré a la dirección. De aquí a tres meses, iré a Los Ángeles a ver el rodaje del capítulo piloto de "Pulseras rojas". Ya sólo por eso, merece la pena.

* Entrevista publicada en El Diario Montañés, el lunes, 25 de noviembre de 2013.

miércoles, agosto 21, 2013

«Hay que buscar nuevas fórmulas para seguir hablando de los temas de siempre»



Eduardo Mendoza - Escritor

El novelista barcelonés insiste en la necesidad de que el escritor «refleje en su obra el pensamiento y los sentimientos de su época»   

Santander. La reflexión sobre el hecho literario, a cargo de un novelista que advierte de los cambios en las estructuras narrativas y en la educación cultural de la sociedad que van a producirse en las próximas décadas. Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) ha impartido en la UIMP el curso ‘Los libros que hay que leer’, dentro del ciclo ‘El autor y su obra’. Entregado a la rutina de su oficio –escribe siempre «a mano, con pluma estilográfica»–, valora la libertad del autor, en un mundo en el que vivir de la escritura será cada vez más difícil, y propone un sistema de ayudas a la creación como forma de conservar el patrimonio intelectual.  

–Tengo entendido que no se siente muy cómodo en las entrevistas. 

–No me gustan porque prefiero estar tranquilo antes de estar hablando con alguien que no conozco. Y, además, siempre me hacen las mismas preguntas. Pero eso es inevitable.

–Da la impresión de que hay temas que se repiten sin cesar en los medios y, por consiguiente, en las entrevistas: la crisis, los problemas identitarios, la corrupción... 

–El arte de la entrevista es algo muy complicado. Buenos entrevistadores hay tan pocos como buenos futbolistas. Hay cracks y los demás son unos ‘mataos’. Es muy difícil, porque exigiría dedicar unos meses a preparar la entrevista, conocer muy bien a la persona... Como es imposible, y cada día hay que entrevistar a alguien, es natural que se recurra a los tópicos, en lo que está en la mente de todos.

–Muchos creen que el escritor tiene una relación especial con la verdad.

–Sí, parece que el escritor y en general cualquier persona pública, deben ser referentes morales. Por eso, cuando se descubre, por ejemplo, que un futbolista ha ido a un burdel, se produce un gran escándalo, cuando es perfectamente normal que siendo jóvenes y con dinero se pasen la vida en los burdeles. Que una figura pública deba dar ejemplo es una tontería muy grande. El escritor lo que debe hacer es escribir bien. Hay grandes autores que han sido personas estupendas y otros que fueron grandes canallas. No tiene nada que ver. Se espera que el escritor no sólo se pronuncie sobre todos los temas, sino que sus opiniones sean buenas, a favor de los pobres, oprimidos y las causas justas. El cariño de la gente a los escritores parece que supone una obligación de bondad que no existe.

–Theodor Adorno afirmó que después de Auschwitz era imposible escribir poesía. ¿La literatura se verá influida por la actual coyuntura económica y social?

–Yo creo que el escritor debe reflejar su realidad. Puede hacerlo abordando los temas más punteros o la guerra de Troya. Lo importante es que hable de nuestro mundo, que contribuya al debate en todas sus dimensiones. Política, pero también personal, moral, etcétera. Incluso en sus manifestaciones menos artísticas. Por ejemplo, ‘Cincuenta sombras de Grey’ es basura literaria pero refleja un momento muy especial de la mujer, que escribe y lee un tipo de obra del que antes simulaba estar alejada. Aunque no hable de lo que pasó en el último Consejo de Ministros, el escritor ha de exponer los sentimientos y el pensamiento de su época. En eso sí debe estar comprometido.

–Usted ha alertado de la metamorfosis que va a experimentar la novela en los próximos años. ¿Será un cambio de forma o de fondo?

–Precisamente, para conservar el fondo habrá que cambiar la forma. Lo que se atribuye a Lampedusa, aunque es mucho más antiguo, de que algo tiene que cambiar para que todo siga igual, es lo que debe pasar con la novela. Si seguimos escribiendo una y otra vez lo mismo, al final se perderá todo el sentido. Precisamente para seguir hablando de los temas de siempre hay que buscar nuevas formas. Creo que está pasando. Hay una novela de entretenimiento que está muy bien y ojalá dure, pero la novela importante está en plena fase de evolución, como lo están todos los medios. Por ejemplo, el cine. Ahora están cerrando salas porque el lenguaje ha cambiado y las únicas películas que aguantan son las grandes producciones con muchos efectos especiales. Todo lo demás funciona por otras vías, como la televisión o Internet.

–Ahora a la gente le cuesta más creerse la ficción. En las nuevas series de televisión, por ejemplo, los personajes ya no se dividen entre buenos y malos con tanta facilidad. Es todo más complicado. 

–Es muy curioso: la televisión es muy joven y el cine, medio joven. La literatura es antiquísima y actúa como persona madura, ya un poco decadente. El cine empieza a hacerse mayor y se le notan los achaques. Es ahora cuando la televisión parece que está dando un poco de sí. Cuando reponen las  series antiguas –como ‘Bonanza’ o ‘Perry Mason’– uno se queda sorprendido de lo infantiles que llegan a ser, porque el medio era también infantil. Los espectadores aceptábamos en televisión lo que no hubiéramos tolerado en literatura. Lo veíamos como quien asiste a la función escolar de los niños. Luego ha seguido evolucionando y ahora hay unas series y programas magníficos.

–¿El escritor debe mirar al mundo con una cierta distancia?    

–Sí. Hay muchos tipos de autores, pero creo que el escritor es muy distinto del periodista, aunque muchas veces se solapan los dos oficios. El periodista debe fijarse mucho en la realidad, pero el escritor ha de pasar un poco de ella, porque está contando una ‘metarrealidad’, hechos que, cuanto más falsos sean, mejor van a funcionar. Utilizo continuamente el humor para recordar al lector que lo que está leyendo no debe interpretarlo en clave de crónica. Hay una tendencia a creérselo todo y de vez en cuando hay que decir: «no quieras analizarlo». Eso se consigue rompiendo el discurso realista con disparates, tonterías y exageraciones, para conservar esta forma de contar la realidad. Pasados muchos años, yo creo que una novela como ‘El misterio de la cripta embrujada’, escrita en los primeros años de la Transición, relata algo que la prensa no cuenta y las dos fórmulas (la periodística y la narrativa) son complementarias. Era necesario saber qué decía el político, pero también este otro ámbito, unido a los dibujos de Mariscal o Nazario, el Víbora y todas aquellas cosas disparatadas. El escritor ha de hacer eso.

–¿Cómo se gestó el curso ‘Los libros que hay que leer’?

–Yo ya había impartido un curso en la UIMP hace unos años. Más cómodo, porque tenía un número pequeño de alumnos y era más dialogado que discursivo. Aquel seminario sobre mi obra fue muy útil para mí porque hice balance sobre mi literatura. En esta ocasión me ha interesado hablar de mis conclusiones sobre la literatura como escritor. Es un trayecto enriquecedor por libros muy diferentes, desde la Biblia a Sherlock Holmes; de Pío Baroja a Kafka... Quería compartir estas conclusiones y oírmelas a mí mismo. Un curso de tantas horas no se puede improvisar y lo he traído todo muy elaborado. Me ha servido para releer y me ha generado algún que otro problema de conciencia al dejar fuera obras muy importantes.

–¿Se siente cómodo en el contacto con los lectores?

–Sí, en la justa dosis. No el baño de multitudes. Como dije antes, no me gustan las entrevistas en general, pero sí el contacto con entrevistadores cualificados. Igual me pasa con los lectores. Es la única forma de ver cómo se leen mis libros. Los he escrito, pero no conozco el resultado que  obtendrá el lector. Las preguntas del entrevistador me resultan siempre más interesantes que las respuestas y me pasa lo mismo con las cuestiones que me hacen los que leen mis novelas. Un curso como éste me resulta muy cansado pero, de vez en cuando, me gustan las relaciones que se establecen. Me hace reflexionar. Si no, uno acaba encerrado en su torre de marfil.

–Usted le da más importancia a potenciar la creación que a los planes para el fomento de la lectura. ¿Qué teclas deberían tocarse en la sociedad para incidir en este aspecto?

–Por una parte, la educación debería ser mucho más estricta y enseñar la literatura como algo verdaderamente importante. No fomentar la lectura, sino decir que la literatura, como la filosofía o el arte, es un patrimonio, una forma de comunicarse y también una muy notable fuente de ingresos. Por otro lado, la ayuda y el fomento deberían ser a la creación. Bien están los clubes de lectura, pero no creo que el dinero público deba ir allí. Hay que apoyar  al que quiere ser escritor de verdad.


–¿Cómo hacerlo?

–El mecenazgo puede cambiar la vida de una persona porque permite, por ejemplo, dejar de repartir pizzas durante tres meses y dedicarse a terminar una novela. No es cuestión de subvencionar porque acabaría por convertirse en un sistema como el soviético. Hablo de hacer un viaje o un curso. A mí me cayó una triste beca para ir a Londres un año y eso me permitió entrar en contacto con la literatura y lengua inglesas. Por ahí sí se pueden hacer la cosas. Y es muy poco dinero.

–Además, existe la tendencia a valorar que la gente lea, en lugar de  preguntarse qué lee.

–Sí, hay un concepto de que lo importante es que lean. Eso no me convence. Lo importante es leer bien. No hay peligro de extinción del lector. Los libros se venden bien en cantidades nunca imaginadas a lo largo de la Historia. Un escritor mediocre puede vender 20.000 ejemplares. Balzac, Dickens y Flaubert vendían 1.500 y creían estar en la gloria. Las librerías están llenas y las editoriales son empresas cada vez más importantes. 

–¿Está trabajando en un nuevo libro?

–No, ahora me encuentro en una etapa intermedia. Siempre hago cosas, pero no estoy metido en la redacción de una novela. Hay una etapa de abono y siembra y luego otra en la que se cuida a la planta. Yo aún estoy en la fase del abono. 

* * *

«Doy las gracias cada día por poder vivir de la literatura»

 –Uno de los aspectos que más valora de su oficio es la libertad.

–Yo la valoro muchísimo. Cada día, lo primero que hago al levantarme es dar las gracias a Dios de poder vivir de la literatura. Yo he pillado una época privilegiada. Cuando empecé a escribir, ningún autor español podía ganarse la vida con su obra, como sucedía, por ejemplo, con los estadounidenses y británicos. Debía tenerse un oficio al margen de la literatura. Nosotros hemos vivido holgadamente y algunos se han hecho ricos, gracias al Boom latinoamericano, que reivindicó a los escritores en español. Es posible que este periodo esté comenzando a descender. No sé en qué medida las descargas de Internet acabarán con la posibilidad de vivir de la escritura como hasta ahora. Yo pillé la etapa de las vacas gordas.

–¿Cuándo fue consciente de su vocación?

–Siempre, desde mi infancia. Incluso antes de saber lo que era un escritor, yo quería escribir. No me lo planteaba en términos de publicar novela, sino en imitar los cuentos que leía de pequeño. Todos los niños pasan por esta etapa y yo me quedé ahí anclado (risas). Pero nunca pensé que fuera a ser un oficio. Lo hacía a escondidas, incluso, porque en esa época ser escritor no era una cosa bien vista. La sociedad estaba militarizada. No digamos, ser poeta, que era el colmo de la cursilería. Ahora es distinto, los jóvenes hasta se apuntan a talleres literarios. La cosa se ha liberado. Pero nunca pensé en ser un escritor profesional. Yo estaba muy contento con mi trabajo, pero llegó Hacienda y me obligó a cotizar como escritor.

–¿Le gusta más escribir o leer?

–Nunca contesto a preguntas en las que se me obliga a tomar decisiones dramáticas. Pero es verdad que los escritores comenzamos imitando lo que leemos y buscando nuestra personalidad. Siempre nos queda el placer de la lectura. Somos lectores apasionados, a veces críticos... A mí me cuesta cada vez más leer novela.

–Le ve las costuras.

–Sí, ya me interesa menos lo que me están contando. Para eso ya tengo mis propias historias y mi imaginación. Pero, sin embargo, me gusta mucho leer cosas que yo no hago: la poesía, los clásicos... También novedades. No soy un fanático de la lectura. A veces prefiero escuchar música o ir al teatro. Pero sí, he sido un gran lector y la palabra escrita ha tenido siempre para mí la máxima importancia.

Fotofrafía: Alberto Aja.

Entrevista publicada el lunes, 19 de agosto de 2013, en las páginas del suplemento de la UIMP de EL DIARIO MONTAÑÉS.




viernes, agosto 09, 2013

¿De quién hablamos cuando hablamos de Carver?



Se cumple un cuarto de siglo de la muerte del poeta y narrador estadounidense, uno de los más destacados representantes del ‘realismo sucio’ y eficaz retratista de la sociedad de su país

Un vendedor de libros, de nombre Les, aprovecha una breve escala aérea en Sacramento para compartir unas horas de charla con su padre. De inmediato, sin una previa explicación, y obviando la descripción que justifique el relato, el bagaje íntimo de la familia se despliega de manera contenida pero inmisericorde en una conversación llena de sobrentendidos, centrada en desvelar un episodio particularmente bochornoso de un hogar fracturado. En resumen, un acercamiento entre dos hombres que, quizás por primera vez, se ven en la necesidad de contarse algo, de verbalizar su relación, atravesando la socialmente aceptada frontera de lo masculino. Apenas nueve páginas, perfectamente fieles a la teoría del iceberg, de Ernest Hemingway: sólo poner por escrito lo imprescindible, permitiendo que la sucesión de acontecimientos y diálogos baste para que el lector se haga una composición de lugar tanto de lo evidente, como de lo traumáticamente sumergido.

El relato, de título ‘Bolsas’, es una de las diecisiete piezas que componen el libro ‘De qué hablamos cuando hablamos de amor’ del autor estadounidense Raymond Carver, de cuya muerte se cumplen este mes 25 años. Un cuento arquetípico que combina todos los ingredientes que hicieron célebre a este padre del ‘realismo sucio’ –subgénero que enlaza con la obra de autores de la talla de Fante, Cheever o Bukowski–, uno de los más importantes y mediáticamente potentes escritores en lengua inglesa en las últimas décadas del siglo XX.

Su obra, breve y concisa, se integra fielmente en la tradición literaria de su país, a través de la exposición de la vida cotidiana de la clase media, trabajadores, parejas, matrimonios que se descomponen y familias marcadas por un acontecimiento cruel e inesperado. Carver propone una prosa más allá del sentimentalismo o la piedad, sin rastro del llamado ‘Sueño Americano’. Sus personajes huyen de la caricaturización en páginas regadas con alcohol y sueños perdidos en una cotidianidad alienada, donde la ilusión y la esperanza brillan por su ausencia. Todo bajo una sensación de amenaza, como si el relato fuera una simple introducción que prepara al lector para asumir el desastre.

Nacido en Clatskanie, Oregón, en 1938 y criado en el estado de Washington, la biografía del escritor se nutre de vivencias que más tarde utilizaría para componer sus libros. Su padre, permanentemente endeudado, ejerció los oficios más variopintos –fue recolector de manzanas, así como trabajador en un aserradero– y sufrió pronto los envites del alcoholismo. El mismo día en que un Raymond Carver de 16 años asistía al nacimiento de su primer hijo, su padre estaba en la quinta planta del mismo hospital recibiendo un tratamiento de electrochoques para combatir su adicción.

La infancia del escritor transcurrió de manera fugaz y pronto se vio obligado a ganarse la vida, también como su progenitor, en los trabajos más diversos (vendedor, limpiador de hospital, camarero...). Es entonces cuando comienza a escribir. Las obligaciones laborales le impiden afrontar voluminosos proyectos literarios y se especializa en la brevedad de cuentos y poemas.
 
Renacimiento
Su caída en el alcohol, sin embargo, marca el inicio de su etapa más oscura, pese a que nunca interrumpió del todo su labor creativa. El 2 de junio de 1977 toca fondo y, abandonado por su mujer y sus hijos, decide dejar la bebida. Ese mismo año conoce a la poeta Tess Gallagher, que se convertiría en su segunda esposa. Con ella compartiría sus extraordinariamente productivos diez últimos años.

Otra figura decisiva en su carrera fue el editor Gordon Lish, quien le ayudó a pulir su estilo literario y le animó a publicar sus primeros libros. Es la época en la que aparece lo mejor de su obra: los volúmenes de relatos ‘Ponte en mi lugar’ (1974), ‘¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?’ (1976), ‘¿De qué hablamos cuando hablamos de amor’ (1981), ‘Catedral’ (1983), ‘Tres rosas amarillas’ (1988) y ‘Si me necesitas, llámame’ (2001, póstumo); además de varios libros de poemas.

Su impacto en la cultura norteamericana trasciende lo meramente literario. En 1993, cinco años después de su muerte, el director de cine Robert Altman rueda la cinta ‘Vidas cruzadas’, basada en los relatos del autor.
 
El adiós
A finales de los años ochenta, Carver se ha convertido, por fin, en un exitoso autor, respetado por la crítica y sostenido por un público creciente. Sus imitadores se cuentan por miles y goza de una sólida reputación literaria. Fumador empedernido desde su juventud, en 1987 se le diagnostica un tipo especialmente letal de cáncer de pulmón. El 2 de agosto del año siguiente, su vida se extingue en Port Angeles, Washington. Tenía 50 años.

Desde entonces, la altura de su valor literario se confunde con la irrupción de inéditos y la propagación de polémicas entre sus herederos. Diez años después de su muerte, Tess Gallagher y Gordon Lish se enzarzaron en una agria disputa, donde ambos reclamaron ser coautores de lo éxitos del difunto. Más recientemente, en 2007, las dos mujeres de su vida publicaron sendos libros sobre su convivencia con él. Quizás todo esto resulte inevitable en un autor especializado en desentrañar lo más oscuro de la intimidad, en los traumas que pueden evidenciarse con una mirada o un breve diálogo. En esa destrucción lenta del día a día con un vaso en la mano, mientras el atardecer se posa sin que nadie se dé cuenta.

Artículo aparecido el viernes 9 de agosto en el suplemento cultural Sotileza, de El Diario Montañés. Ilustración de Álvaro Sánchez.

viernes, agosto 02, 2013

Diseccionar a Buñuel*


París, 6 de junio de 1929. Cine Estudio de las Ursulines. Lo más granado de la intelectualidad francesa asiste, expectante, al estreno de la primera película de un joven español llamado Luis Buñuel. La cinta, de título ‘Un chien andalou’ (Un perro andaluz), despliega una breve sucesión de imágenes oníricas, tercamente alejadas de la narración ortodoxa. Consciente del rechazo que puede generarse entre la audiencia, el realizador se embosca tras la pantalla con los bolsillos llenos de piedras. Su idea: lanzárselas al público en cuanto comiencen los abucheos. No tendrá que hacerlo. La película es un éxito. La vanguardia cultural de La Ciudad de la Luz adopta con entusiasmo a un nuevo creador. El exigente André Breton, sumo pontífice del movimiento surrealista, da el visto bueno al desgarro del ojo por la cuchilla, imagen arquetípica del cine.
El aragonés había concebido el proyecto junto a su amigo Salvador Dalí, antiguo compañero de juergas en la madrileña Residencia de Estudiantes. Gracias a la producción de su madre, quien colaboró con 25.000 pesetas, ambos creadores dieron forma al relato elaborado al alimón en la casa del pintor catalán en Figueras.
Fue este ambiente de cine y amistad acaso el último periodo de placidez del que disfrutó Luis Buñuel. Su nombre y su obra se convertirían, a partir de entonces, en sinónimo de escándalo. Dos de los grandes temas de su producción, la sexualidad reprimida y la opresiva presencia de la religión católica en la España de su tiempo, generarían una violenta contestación por parte de los sectores más conservadores de la burguesía, otro de sus enemigos íntimos.
Una obra, en definitiva, tan alejada de los convencionalismos que causa, al mismo tiempo, controversia y malentendidos. Uno de sus mejores amigos de juventud, Federico García Lorca, se toma eso del ‘perro andaluz’ como un ataque velado contra su persona. Tardarían años en reconciliarse.
«Adoro los pasadizos secretos, las bibliotecas que se abren al silencio, las escaleras que desaparecen en las profundidades, las cajas fuertes disimuladas», admite el propio Buñuel en su libro de memorias, ‘Mi último suspiro’, publicado apenas un año antes de su desaparición, hace ahora tres décadas. No resulta extraño. Su cinematografía indaga en lo escondido, muestra el lado oscuro, reprimido, sin una previa reformulación teórica. Lo irracional como dominante. Eso lo aprendió de los surrealistas, maravillados por la revolución freudiana de principios del siglo XX.
En sus declaraciones públicas, el cineasta se esfuerza por apartarse de la etiqueta intelectual que pretenden endosarle. Primogénito de una acomodada familia aragonesa, su biografía se funde con la de otros jóvenes de la cantera intelectual de la España de los años veinte.
La amistad, forjada con vino y verbenas, a través de lecturas, conciertos, cuadros y versos. Su memoria está poblada de nombres de altura: Alberti, Bergamín, Dalí, Lorca, Cernuda..., conforman la intimidad de un Buñuel que nunca tuvo intención de comparárseles. Sin un temprano talento literario o plástico, sus años de formación son los de un degustador de arte y libros,                integrado en los círculos intelectuales de la capital.
Más tarde, Francia le proporciona una nueva patria cultural. Allí se familiariza con el oficio de hacer cine, colaborando con directores de la talla de Jean Epstein. Es en París donde penetra en el surrealismo y descubre una nueva forma de expresión creativa, a través de la cámara.
Su trayectoria es mucho más que un itinerario fílmico. Supone una lucha innegociable por la libertad. Apegado, como él mismo reconoce, a sus rutinas, no desdeña, sin embargo, ningún viaje o aventura, que lo aleje de la sordidez doméstica de una España a la que le cuesta seguir el ritmo europeo. La II República tampoco lo entiende. Su tercera película, ‘Las Hurdes, tierra sin pan’ es censurada en 1933. Buñuel vuelve a Francia y, después de la Guerra Civil, emprende el camino a los Estados Unidos y, por último, a México.
Para el crítico Ángel Fernández Santos, los tres primeros filmes del aragonés «abrieron al cine los horizontes ilimitados de la imaginación suelta, desamarrada de códigos, en plena posesión de sí misma».  
A partir de entonces, Buñuel refina su propuesta, adaptándose a escenarios tan diversos como México o Francia. En 1961 vuelve a España para rodar ‘Viridiana’, cinta que se alza con la Palma de Oro en Cannes, pero que sufre, una vez más, el mordisco de la censura. Ya es entonces Luis Buñuel una leyenda viva del cine. El 1973, conquista el Óscar a la mejor película de habla no inglesa con ‘El discreto encanto de la burguesía’. Pero hace mucho tiempo que el director de Calanda huye de los focos de la publicidad.
Reverenciado por sus actores, trabaja con los intérpretes más importantes de su época. Catherine Deneuve, Jeanne Moreau, Silvia Pinal, Ángela Molina, Fernando Rey, Francisco Rabal y Carole Bouquet, entre otros,  se ponen a sus órdenes, maravillados por el revolucionario concepto artístico del realizador.
Para la posteridad, la pierna de ‘Tristana’, el zurcido de ‘Ese oscuro objeto del deseo’ o la cajita de ‘Belle de Jour’. Muchos espectadores interrogaron a Buñuel sobre el contenido de esta última. Con su habitual sorna, el realizador contesta al más puro estilo surrealista. «En la caja hay lo que ustedes quieran». Toda una declaración de intenciones.   

*Artículo aparecido en el suplemento cultural Sotileza, de EL DIARIO MONTAÑÉS, el viernes, 2 de agosto, de 2013.


miércoles, julio 31, 2013

Hoy comemos gazpacho

 

Paseo por mi ciudad bajo el sol. Camino, mientras pienso en comprar un libro y en la feria de arte contemporáneo que he visto el día anterior. Puedo permitírmelo. El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos. Esquivo turistas en pantalón corto y peleo contra la parte de mí que intenta convencerme de que nada merece respeto. Voy ganando. Reflexiono. Nada me impide establecer una conexión entre creación y verdad. El arte puede salvarnos. Negar la muerte. Esconder el mal. Ese tipo de cosas.

He llegado demasiado tarde a la librería y me la encuentro cerrada. No importa. Hace sol. En mi ciudad, la irrupción del sol es un acontecimiento esperado que nunca decepciona. Hay muchos turistas, perdidos, mapa en mano. Intento pasar a su lado de la manera más rápida posible. Pienso en una cerveza fría o en un refresco sin gas. Aún no sudo, pero no tardaré.

Pienso, con alegría, que negar el arte, su valor, es el retorno a las plantaciones de algodón. Rancho y un lecho de paja, como paga suficiente de aquí a la tumba. Me gusta el argumento. Es otro modo de posar la mirada. Comprender desde una perspectiva diferente. Emocionarse, indagar, sentir asco. Todo vale. Todo es bueno. Hace sol y trato de aprovechar mi último día libre. Hoy me siento orgulloso.

Soy joven todavía. Pienso en ello desde tierra firme, sin sentirme amenazado por la realidad, cruda e inmisericorde, de la tierra. La libertad fue, primero, abandonar el campo para, a continuación, luchar contra la fábrica. Esperar, en definitiva, que tus hijos tengan mejor suerte. Hoy ya se ha matado a Dios y se sobrevive con ciertas dosis de cinismo y una presencia moralista y cursi en las redes sociales. Un amanecer decepcionante, si quieren. No es éste el asunto.

En esa cosmovisión tiene cabida el arte, que es, sobre todo, un juego alimentado con tinta de periódico. Todo lo que no sirve es bien recibido. El deporte, la opinión y las ruedas de prensa de cualquier subsecretario. Siempre la promesa contra nosotros.

El arte sirve para alejar al pobre. Eso lo sabe todo el mundo. Una sensibilidad que nace del discurso y se desarrolla y cumple años al abrigo del banquero. No es poca cosa. Luego, esos albores del siglo XX, que alumbraron al artista solo, convencido de tener algo que decir. Como todos nosotros.

Pero, de pronto, una pareja de ancianos llega con su hija en silla de ruedas. Algún tipo de parálisis cerebral. Me cruzo con ellos justo en el momento en que la mujer se inclina y susurra a la niña: “hoy tenemos gazpacho”. Suena a fiesta. Quizás es su plato favorito o, simplemente, algo bueno. Me pregunto qué tipo de discurso, de creación, de performance, de poema, de obra de arte, puede superar a un gesto cotidiano, de quien promete un futuro próximo de alimento y frescura. Creímos que el arte era fuego, un violento terremoto o una herramienta para el cambio político y social. Hoy es una página más del día a día, acaso más cruel, por cuanto supone jugar a la sofisticación, a la revuelta, desde una sala.

Nuestra época se caracteriza por el cierre de las puertas. El arte no existe. O es repetición, o un grito que no llegan a su destinatario. No puede competir. Nunca ha sido más que propaganda. No se eleva hasta el amor y juega al deicidio.  

Estamos muy lejos de casa. He caminado demasiado rato. Ahora siento sed. El sol continúa furioso en las alturas. Me reconforta pensar que puedo estar, de nuevo, equivocado.
 
 
 

jueves, julio 25, 2013

El Silencio

Es un día, como otro cualquiera, para pensar la muerte. Lejos de aparecerse como un motivo para la cháchara y la exhibición sentimental, exige silencio y campanas, recomposición de las seguridades. De pronto, golpea como una ventana mal cerrada en plena corriente.

Casi ochenta personas murieron ayer en Santiago de Compostela.

También se fue un amigo al que no veía desde hace algún tiempo. Sus cosas permanecen en el mundo, como una mueca contra el consuelo.

Su número en mi teléfono, su ropa en la casa. Su olor, probablemente, en todas partes.

No hablaré de la tristeza, no hay nada que decir. La muerte establece las coordenadas que infantilizan cualquier decisión y cualquier acto. Convierte una escena frívola en densa eternidad. La promesa, en un vacío. Todo esto ya se ha dicho antes.

Antes, digo, cuando la fe imponía silencio y campanas. Y vestidos negros. Y velas que encender junto a un lecho ordenado. Esa intensidad de la tierra que reclama su parte, la impertinencia de la metáfora, que siempre se queda corta. Entonces había amarras.

La juventud, que hace de la tumba un sueño. ¿Qué decir?

La muerte se exhibe mientras una pareja se besa en una terraza o los niños juegan en un parque. Nada se le resiste y el arte no funciona.

Nadie puede aprender del silencio. Esa paradoja que nos define. 

Y lo más cruel. Todo está donde debe. “Dentro la vida y la muerte/ la nieve cae incesantemente” (Santôka). 

 

martes, marzo 12, 2013

"El viaje me enseñó que los límites están en uno mismo"*

 
 
Diego Ballesteros - Ciclista
 
El deportista aragonés, en silla de ruedas tras ser atropellado en Estados Unidos en 2010, presentó su libro "12.822 km. De España a China en Bicicleta", en la Librería Gil de Santander
 
 
Pablo Sánchez
 


SANTANDER. Siempre que alguien pronuncia un discurso sobre la capacidad del ser humano para encarar las adversidades y superar los peligros que lo acechan, corre el riesgo de quedarse corto. Tales palabras parecen insuficientes, por ejemplo, para relatar la determinación del ciclista Diego Ballesteros (Barbastro, Huesca, 1974) por explorar los límites de sus fuerzas y volver para contarlo. En 2008, el aragonés decidió hermanar la Expo de Zaragoza con los Juegos de Pekín, recorriendo en bicicleta (y en solitario) los 12.822 kilómetros que separan las dos ciudades. El 23 de agosto, a las 16.00 horas entró en la capital china, colmado de emoción por el trabajo bien hecho y de alegría por las experiencias acumuladas. Dos años después, su vida cambió para siempre, tras sufrir un atropello en Estados Unidos, durante la celebración de la Race Across America. Una lesión medular irreversible le impedirá volver a caminar. Tras muchos meses de angustia, Ballesteros volvió a enfundarse el maillot para lanzarse de nuevo a la carretera, esta vez, sobre una handbike (bicicleta propulsada con las manos) con la que ya ha sido capaz de cubrir la distancia entre Madrid y Londres: 1.800 kilómetros, en 25 días. La fórmula para su recuperación cuenta con dos ingredientes fundamentales: su familia y la escritura del libro: "12.822 km. De España a China". Este sábado presentó el volumen en la Librería Gil de Santander, junto con un documental sobre su aventura asiática. Diego Ballesteros, de 38 años, ya piensa en los próximos retos. Hoy, busca la felicidad enarbolando su lema: "querer es poder".

-¿Qué aprendió durante su largo viaje a China?

-Siempre digo que es un viaje que me enseñó a darme cuenta de que los límites están en uno mismo. Utilizo la frase que lo resume: "querer es poder". Superé muchas dificultades que fortalecieron mi personalidad, algo que también me ayudó después del accidente. Fue una aventura y un aprendizaje sobre mí mismo y sobre los demás; un reto solitario, personal, de 100 días, en los que me comprometía a partir del recinto de la Expo de Zaragoza y llegar hasta Pekín, antes de la clausura olímpica. El libro "12.822 km. De España a China en Bicicleta" es muy fácil de leer y transmite valores.

-Habría momentos de mucha soledad, de cansancio y de pensar: «¿Cómo me he metido en este lío?»...

-Hubo muchos episodios de pasarlo mal, de valorar si realmente valía la pena todo el esfuerzo que estaba haciendo... Pero cuando estás en el desierto o en Irán piensas: «Bueno, para atrás no puedo ir». Siempre hay que caminar hacia adelante.

-Destaca en su documental y en su libro el trato humano y el contacto con diferentes culturas. Cuando atravesó los territorios de la antigua Yugolsavia, ¿le impactó observar todavía las huellas de la guerra...

-En los Balcanes percibí ciertas muestras de rencor entre serbios y croatas. Aún se ven arañazos de la guerra en las casas, metralla... A día de hoy, hay mucha gente desaparecida en los dos bandos. Mi viaje coincidió con la proclamación de la independencia de Kosovo, reconocida por varios estados. Los serbios tenían un sentimiento algo derrotista por todos esos episodios.

-Camino a Pekín visita otros países donde se le ve muy integrado con la población local.

-La comunicación era lo más complicado. Por ejemplo, en Irán, donde la gente es muy hospitalaria y los vecinos venían a ofrecerte lo poco que tenían, encontrar a personas que supieran inglés no era fácil. Así que, cuando veía a alguien que lo hablaba, le pedía que me apuntara en un papel las palabras importantes: izquierda a derecha, los números, los alimentos, etc. También utilizaba mucho los gestos.

-Y luego llegaron experiencias impresionantes, como atravesar los desiertos de Gobi y Taklamakan...

-Sí, claro. Hubo momentos muy duros en la aventura, como cuando atravieso el Pamir, con pasos de montaña de más de 3.600 metros, donde las condiciones meteorológicas son muy adversas y había horas de mucha soledad. Pensaba: «Si me pasa cualquier cosa, o pincho...». Lo pasas mal. Y, sobre todo, cuando atravieso el desierto de Taklamakan (que, traducido, significa "Si entras, no saldrás"), son jornadas muy largas de pedaleo. Se me hacía de noche y veía a los escorpiones acudir al calor de la carretera... Pasas un poco de miedo, pero lo vas venciendo.

-Cuando apenas le quedaban unas pocas de jornadas para llegar a Pekín, sufre una avería que casi le deja a las puertas de concluir su gesta. En ese momento, la colaboración de la población local china fue fundamental.

-Pensé que el viaje había terminado cuando se me rompió el eje de mi rueda trasera. Pero unos chicos chinos fueron en busca de uno de repuesto y lo encontraron. Además, tuvieron que tornearlo para poder acoplarlo a la bicicleta. Yo pensé que me iban a cobrar el oro y el moro, porque estuvieron cerca de tres horas buscando la pieza, pero no sólo no me cobraron nada, sino que me invitaron a comer. Yo siempre digo que el mundo exterior es menos agresivo de lo que la gente cree.

-Y luego, por fin, Pekín, la meta. ¿Cómo fue esa entrada?

-El vello estaba erizado. Sentí una enorme emoción al recordar todo el trayecto vivido. Y también un cierto alivio al pensar: «Por fin, mañana no me toca pedalear» (risas). Perdí cerca de 10 kilos de peso y llegué agotado, muy débil, pero con una gran satisfacción por terminar en la fecha prevista.

-Después llegó el accidente en Estados Unidos, durante la Race Across America -un automovilista despistado lo arrolló a 100 km/h, sentándole de por vida en una silla de ruedas-. ¿Qué siente hoy, cuando recuerda la aventura china?

-Cuando veo esas imágenes siento cierta añoranza, pero trato de evitar los pensamientos tristes. Las cosas suceden porque sí y no hay vuelta atrás. A raíz de mi accidente tuve que empezar a convivir con una silla de ruedas. Es difícil de digerir. Pero trato de llevar una vida lo más activa posible. En ese sentido, el deporte ha sido fundamental. No quiero renunciar a las cosas que quiero.

-Dentro de esa determinación por seguir adelante en el deporte, descubrió la handbike (una bicicleta propulsada con las manos). ¿Cómo fue ese primer contacto?

-La primera vez que oí hablar de la handbike fue en el hospital donde estaba ingresado, el Instituto Guttman de Badalona, pero durante ese periodo mi mente no estaba preparada aún para asumir que no iba a volver a caminar. Y cuando volví a casa un día decidí probar una handbike y me encantó.

-¿Cómo fue la experiencia, a nivel personal, en el Instituto Guttman?

-Un periodo de ingreso tan largo es siempre muy duro. Te enseñan a volver a aprender a realizar las actividades cotidianas: comer, ducharte, ir al baño... En esa época estaba un poco enfadado con el mundo. Pero llega un momento en el que quieres salir de allí y retomar tu vida. En el hospital, que es un entorno muy duro, te das cuenta de que hay gente que está peor que tú, con lesiones en la cabeza y que no saben ni quiénes son. Te enseña mucho.

-Siempre que habla de su recuperación, señala un doble apoyo: el calor de su familia y la escritura del libro. ¿Han sido los dos pilares que le han sostenido todo este tiempo?

-Sin duda. Cuando yo estoy mal, mi familia está mal. Si me pongo triste, mi madre se pone el doble de triste que yo. Decidí estar bien, porque las personas que te quieren son las que más sufren. Mi entorno, por otro lado, no me ha fallado. Sigo con mi pareja de hace años y mis padres están bien. Eso me ayuda muchísimo. En el hospital conseguí escribir el libro y fue un extra de motivación. Tuve que renunciar a mi puesto de trabajo como profesor en un instituto y me volqué en el libro y su distribución. Mi mente se ha mantenido ocupada.

-También ha tenido mucho apoyo del mundo del ciclismo: Indurain, Pedro Delgado, o el equipo Movistar han estado muy pendientes de usted.

-Que los mejores ciclistas españoles de todos los tiempos se hayan volcado conmigo es una muestra de su grandeza. A Miguel Indurain le dije que no sólo es grande por lo alto que es y los títulos que ha ganado, sino por el enorme corazón que tiene.

-Poco tiempo después, decide emprender otra aventura, esta vez de Madrid a Londres. 1.800 kilómetros en 25 días sobre una handbike.

-Ambas experiencias fueron un salto al vacío. El trayecto a Pekín fue más duro psicológicamente, porque tuve que pedalear solo durante muchos días. El de Londres, en cambio, lo fue físicamente. Acabé con una enorme sobrecarga en los brazos, pero llevaba un equipo de apoyo, que para mí fue fundamental para el éxito de la aventura.

-¿Cómo se plantea el futuro Diego Ballesteros? ¿Sueña con participar en unos Juegos Paralímpicos?

-Me encantaría representar a mi país en unos Juegos. Lo que ocurre es que apenas ha pasado un año y medio desde que dejé el hospital. Hay mucha gente que lleva más tiempo con discapacidad y está tremendamente fuerte... Yo lo voy a intentar.

-¿Tiene ya en mente algún objetivo concreto?

-Sí. Participar en el Campeonato de España, acudir a alguna prueba internacional de handbike y una aventura por el África negra.
 
Pie foto: Diego Ballesteros, el sábado en Santander. :: Daniel Pedriza
 
*Entrevista publicada el lunes, 11 de marzo, en EL DIARIO MONTAÑÉS.

sábado, febrero 23, 2013

Centenario


La ciudad se ha despertado hoy casi blanca, bajo una leve promesa de nieve y una certeza aguda, furiosa, de frío europeo. Las amenazas en la ciudad, si hemos de ser sinceros, raramente se concretan en lo peor. A menudo, los avatares de la vida se suceden despacio, de forma casi imperceptible, a través de una pulcritud que podríamos calificar de burocrática. Por eso los copos (escasos y tímidos) caían lentos, como obligados, durante unos pocos segundos antes de que todo volviera al orden natural de las cosas. De esta forma ha amanecido la ciudad en la mañana del centenario; en la jornada en que su equipo de fútbol cumple 100 años.

La calle rápidamente se hace eco de un evento que coincide con un choque liguero. Dos pájaros de un tiro. Algunos ciudadanos se pasean pletóricos por la efeméride, vistiendo orgullosos los colores de su club. Hay niños con balones, ataviados con el equipaje oficial, que corretean calle arriba y calle abajo. Otros se contentan con protegerse de las bajas temperaturas con el gorro y la bufanda que, acompañados de un suplemento especial, dan hoy con el periódico más importante de la ciudad. Lo más interesante es escribir de una pasión cuando ya no se siente, cuando los ingredientes que la hacían posible ya no existen. Hoy puede ser un día apropiado para hacer frente a un sentimiento, más que darlo por supuesto.
 
El fútbol no es un todo que pueda analizarse en términos objetivos. La lógica, la abstracción no sirven para deshacer los nudos de la polémica que habitualmente lo atenazan. El fútbol es otra cosa, eso lo sabe todo el mundo. Algo que entronca directamente con la educación del niño, con su vivencia familiar y formativa. Habrá otras experiencias al respecto. No importa: todas valen lo mismo.

En este deporte, como en todo, lo peor es el mimetismo, el comportamiento gregario, violento y vulgar. El insulto, la provocación, expuestas en un ámbito dominado por la picaresca empresarial, el cinismo de quien pretende hacer caja con la explotación de un sentimiento. La indignidad, como dicen, instalada en la poltrona del poder.

Pero eso es sólo ruido. Frente a la avalancha crispada y cotidiana, provocada por los conflictos de intereses, emerge la verdad indiscutida, imprescindible, del hobby. Así dicho, suena a poco, pero la imagen es poderosa: es el niño de la mano del padre, aproximándose al estadio, tras dejar el coche aparcado muy lejos. Un paseo de nervios e ilusión antes de un partido. Es salir muy pronto de casa para evitar el atasco, escuchando por la radio el carrusel de goles. Una cuestión de aromas y sabores, que golpean los sentidos del niño al atravesar el umbral que da acceso al campo. Esa mezcla de pipas, puros, café duro y mucho frío. Llegar a la localidad reservada, justo cuando los jugadores saltan al césped para ejercitarse.

El encuentro, muchas veces, es lo de menos. Pesan más los gestos de los vecinos de localidad, los cánticos. Incluso la posibilidad de disfrutar con la calidad de algún futbolista rival. No hay rabia, ni odio. Son dos horas de deporte. Ciento veinte minutos de rito dominical, con la amenaza de una nueva semana escolar a la vuelta de la esquina. Tú y tu padre, mano a mano, cultivando una afición común. No puede pedirse más.

Y salir un poco antes del estadio -si el partido está decidido- para evitar la aglomeración en la vuelta a casa. Un regreso al hogar, donde se besa a la madre, que pregunta cómo ha ido la cosa, y desde el que se telefonea al abuelo, futbolero veterano. A él se le hace una crónica exacta de lo acontecido. La primera crónica de muchas que han de venir.

Son los diez, once, o doce años, marcados por el deporte. Muchas temporadas de Primera y Segunda. Pasa el tiempo y el rito desaparece y llegan otras ocupaciones. Y es la madre, entonces, quien recoge el testigo del equipo, transistor en mano, apostada cada fin de semana en el sofá para escuchar las retransmisiones. Los lunes, las tertulias. No se perdía una. Ella, una mujer lectora, amante de las bellas artes, presa de la pasión por un equipo de fútbol. No es extraño, pese a lo que puedan pensar los talibanes de una u otra orilla.

Más tarde, la UEFA, la Copa del Rey, el delantero de Burundi silenciando una catedral. Buenos años. Gran recuerdo. La madre ya no está. Se la llevó una enfermedad cruel y habitual, cuando aún era demasiado joven. Su transistor no ha vuelto a encenderse.

Esta reflexión no busca moraleja, ni pretende fijar un dogma. Al contrario, sus motivaciones son mucho más humildes. Nada más que rescatar la idea de la normalidad, ese fin al que todos aspiramos, frente a lo que hoy domina: el grito, el insulto, la mafia sin clase. Como el profeta Elías -perdónenme la referencia bíblica- quien, asustado por la anunciada visita de Dios, creyó reconocerlo en el fuego y el trueno, para, finalmente, encontrárselo convertido en una suave brisa.

Reivindico, aquí, la suave brisa, aún cuando soy consciente de su imposibilidad. El club que hoy celebra su centenario ya no existe. Porque mi equipo era otro, y jugaba hace casi veinte años, alineando rusos y nigerianos; pasando de golear al todopoderoso Dream Team a bregarse en los infiernos de Segunda. Un bloque con aroma a puro, a frutos secos, a café negro y fortísimo de puchero. Una pasión familiar, forjada en el hogar y en la calle.

Otros niños corren hoy por las avenidas de la ciudad y se cruzan con alguien que los comprende a la perfección. El fútbol no es eso que dicen: no es la pasión de un pueblo, su brazo armado en una era sin batallas, el orgullo patrio condensando en once muchachos. Todo lo que importa crece despacio y es necesario cuidarlo. Mucho más el fútbol, que cuenta con enemigos poderosos que tratan de apropiárselo una y otra vez. La ciudad celebra hoy un centenario. Extinguida la pasión, conservamos la memoria, a menudo azuzada por imágenes de gloria y derrota, condimentada por el recuerdo del frío y las pipas, los refrescos y la merienda del invierno escolar. La fotografía de una madre junto al transistor y un abuelo esperando tu llamada.

domingo, julio 08, 2012

La Vida a los Treinta



Los treinta años son una edad difícil. Uno abandona los hábitos de la veintena que consisten, valga la generalización, en dejar las cosas para después. Menos los deportistas, que padecen las urgencias del físico, el resto del orbe vive los veinte como un regalo, un paréntesis, antes de afrontar la escalada de ese gran pico que es la vida adulta. Luego se terminan los veintinueve y uno experimenta un cierto hartazgo del movimiento, mientras evoca lo que puede contar por derecho. Los ídolos de la cancha también, y con más razón, ven los treinta como un guardia de tráfico con la mano levantada al final de una recta que siempre se hace demasiado corta. Es el final del camino. En el tenis, tradicionalmente, los cambios de monarca se han producido incluso antes. Cómo no recordar al sueco Borg, quien hincó las rodillas, con apenas 25 años, ante un voraz y brillante McEnroe. O el propio 'bad boy' neoyorquino, cediendo la corona, con la misma edad, a un Iván Lendl en plena madurez. Por eso Roger Federer, en el circuito, empezaba a ser más leyenda que competidor. Algo así vivió el australiano Rod Laver, cuyo final de carrera coincidió con su económica apuesta por los torneos de exhibición, donde podía destapar el tarro de las esencias sin demasiado sufrimiento. Desde su victoria en Australia, en 2010 -su último Grand Slam hasta el reconquistado ayer en Londres- Roger parecía haberse apartado a un segundo plano de respetable senectud, ante lo que ya aparecía como el nuevo clásico de este deporte: el duelo de superpotencias entre Rafael Nadal y Novak Djokovic. Sin embargo, no se le puede achacar al suizo que no avisara de sus intenciones en este 2012. Sus cuatro victorias del año (Róterdam, Dubái, Indian Wells y Madrid) auguraban que a Federer se le había vuelto a abrir el apetito. Pero llegó París y Djokovic le doblegó en tres sets. Para colmo, en Halle, un casi jubilado Tommy Haas le arrebató el dominio de la hierba alemana, con Wimbledon a las puertas. “Demasiado viejo”. “Ya lo ha dado todo”. “Sólo queda disfrutar de pinceladas de su arte”, decían. Y era verdad. La altura de los vuelos del serbio y el manacorí no parecían dejar espacio para una segunda parte suiza sobre la cima de la ATP. Se anhelaba una redición de la final de Roland Garros y todo apuntaba a que Federer había puesto, definitivamente, el cerrojo a sus vitrinas. Ayer volvió. Lo hizo empuñando el completísimo juego que durante una década lo encumbró entre los más grandes de su deporte: esa combinación letal de seda y contundencia; de plasticidad y mortífero clasicismo. Ya es, de nuevo, el número uno del mundo. El próximo 8 de agosto cumple 31 años. Los veinteañeros pueden hoy rendirle pleitesía. 


Foto: REUTERS/Toby Melville

martes, junio 12, 2012

Agua



Para A. P., que sorteó al ganado...

Yo para el agua soy muy moro. Cualquier paisaje se dignifica, se hace vida y razón con el agua. Lo demás es desierto. Lo recordé hace un par de semanas en el parque natural de la Sierra de Cebollera en La Rioja, donde una breve ruta de bosque -que parte de la ermita de Lomos de Orios- desemboca en una escueta cascada, la primera de una serie, que centra todo el sentido del camino. El agua es lo que importa. Es la causa del florecer de la civilización y la razón del descanso que proporciona su sola contemplación desde las riberas. Sólo cabe la guerra por el agua. No hay una disculpa de mayor potencia para coger las armas y rebanar enemigos. El Islam, esa religión de hombres de dunas, comprende muy bien lo que significa el agua y su escasez. Por eso el paraíso que promete su libro sagrado está bañado por ríos que fluyen incansablemente y bañan un jardín colmado de delicias. El Corán expone crudamente, entre otras imágenes a menudo cruentas, la sed del hombre; una sed incrustada en nuestro cerebro como una programación para la santidad. Es difícil no ser santo aprovechando la primavera en un bosque, junto al río. Yo soy muy moro para el agua. Debe de ser un reflejo en mis genes de la presencia de 700 años de los árabes en la Península. Supone nostalgia del Edén, no cabe duda. Y es, a la vez, quietud y movimiento. La imagen y lo imposible de fijar un instante, que siempre es nuevo, pero conserva el empaque de lo eterno... sin alcanzarlo.

Manteniendo firme la mirada en el agua parece imposible que pueda suceder cualquier cosa, y que la gente decida matarse o firmar una hipoteca, o cocinar, o cruzar la calle... Debería bastar por sí mismo el instante crudo del agua fluyendo y renovando su presencia -siempre distinta y siempre la misma- entre las rocas, camino del mar o de cualquier otra parte. Pero hay presente también para nosotros. Y hay futuro y pesan los años que ya no vuelven. Y uno ha amado, y ha cometido errores. Y ya tiene edad para echar de menos, que es lo que llamamos vida adulta. Y todo eso le quita luz a los sentidos: un recuerdo familiar, el sabor de una fruta...

Se abandona el lugar y la mirada vuelve a asuntos profanos, o acaso familiares, tan pronto como la cascada y el río van sumándose al pasado reciente. Nos preguntamos si el agua puede decidir una resurrección. Quizás creemos que su existencia niega la muerte y el dolor aquí, en el mundo. Luego darse cuenta de que nada es posible, ninguna ruptura o negación, sobre la tierra.

miércoles, mayo 09, 2012

Siglo XX


Ernesto Cardenal posee la mirada del que añora tiempos mejores, o una razón que le estuvieran quitando. A sus 87 años, el poeta ya sólo puede aguardar buenas nuevas -en este mundo y en el otro-, enfundado en su barba de combatiente, su boina de Guevara y la voz suave de cura. Amarrado a la fe y a sus referencias, evoca a los viejos maestros, y habla de Dios y de marxismo. Aquel nicaragüense cosmopolita que decidió ingresar un día en la Trapa, siguiendo a Thomas Merton, para olvidarse del amor cómodo y burgués de su tierra. Cardenal es la pluma, el fusil y el ministerio. Es el Evangelio elaborado, reescrito para darle razón a una Nicaragua alzada en armas contra Somoza. Y es Marilyn Monroe, y la Generación Beat, desde la opción por los pobres y la Iglesia, que es tanto como pretender abarcarlo todo. El poeta digirió el copioso siglo XX sin guardarse nada. Hincó las rodillas, severamente reprendido por Wojtyla, y estrechó la mano a Philip Lamantia, poeta católico y fumador de marihuana, que un día quiso ser bautizado por el escritor. Tuvo tiempo para eso y más. Trató a Jomeini, a Fidel, a Edén Pastora y a Carlos Martínez Rivas. Nunca dejó de ser un señorito de Managua, que acudía los domingos a la misa de doce de la catedral (“la misa de moda”) y leía versos regados de licor en compañía de guitarras y señoritas en la noche caribeña. Soñó mucho y escribió mucho y él dice que no ha evolucionado nada, que sigue como a los quince años. Poco importa. No es un literato, sino otra cosa. Es puro siglo XX, con la ingenuidad que dan tantos años de derrota. Para muestra, sus memorias en tres tomos llenos de un cristianismo con aroma a pólvora y juventud martirizada. Hoy la poesía ha vuelto la mirada a Ernesto Cardenal, pero eso es quedarse corto.
http://www.youtube.com/watch?v=U7BdZUwm47s

lunes, diciembre 27, 2010

Si Te Gusta Lo Que Ves


Tú no eres un caballero, eso le dije. No lo eres. Ni siquiera un hombre adulto, tal y como yo lo entiendo. No tuve ningún reparo. Le miré a los ojos, porque con estas cosas no conviene vacilar, ¿entiendes? Se lo solté sin más. Me miró como si no comprendiese nada de lo que le estaba diciendo, como si mis palabras no tuviesen fuerza. Una cosa extraña. Y me hizo gritar, que es lo que mas odio. Grité para que me oyera y para que las palabras le alcanzasen. Le dije: Yo soy como tú, sólo otra figura egoísta. Creo que fue un buen golpe. Porque nos colocó a los dos en el mismo fango. Así podríamos pelear. Hundidos los dos, ¿me sigues? Ahí, a ostia limpia. Sin pudor. Sin paños calientes o envidia. Contestó otra cosa. Me cambió de tema o me engañó. No sabría precisarlo. Estaba desando acabarme el té. Forcé a beberlo aún caliente. Me quemé la lengua. Todavía siento un cosquilleo en la punta. Se me llenaron los ojos de lágrimas, lo que dio más dramatismo, si cabe, a la escena. Yo sabía perfectamente que, si algunos de los dos se levantaba, habría pelea. Él hizo un ademán en algún momento. No reaccioné. Prefería no ser yo quien llevara la carga del primer golpe. Nunca llegó. No había mujeres cerca. No habría tenido importancia. Tú me conoces bien, amigo. Tú sí que sabes lo que es la vida. Y, como habrás supuesto, la discusión murió antes de empezar. Se disolvió y ninguno hizo el menor esfuerzo de seguir con la comedia.

miércoles, diciembre 01, 2010

Nunca Fue Extraño


Las calles parecían sostenidas por tu ausencia. O por tu permiso. Apenas era una sombra, un testimonio ni siquiera muy claro de lo que pueden traer los años. Ya comenzaba a vagar por entre los establecimientos y las conversaciones como una muestra del hombre que se aleja. No podemos decir que fuera primavera.

No lo supieron enseguida. No pensaron nada. Ya no podían con su fe de niños ¿Quién sabe ya de planes y recuerdos? Fue una noche entre las figuras que empañaban un muro. Nadie puede recordarlo. Algo que se tiraba a la basura porque hace daño.

La soledad de un bar que está cerrando. El ruido del agua y el jabón. Quizás hubo miedo, pero nunca fue extraño.

Son tan distintos que resulta imposible distinguirlos. No se duda de la fuerza del invierno. Y se tienen lejos o cerca. Y es cálido como una manta. Y es ligero y viajan casi sin quererlo.

jueves, noviembre 11, 2010

Carlos Edmundo de Ory, D.E.P


Este blog le debe el nombre:
"Aquel que nunca tuvo locura curandera
Todo enfermo de raíces rostro inmenso
Cetro de ruiseñor en su cetrino rictus
Con tu memoria a cuestas recorro tanto canto
De grito miserere rey criatural que no
Tuvo otro trono que su trino triste
Cabeza peñascosa alma de panes
Mi hermoso hermano con ojos de mina
Mi solo cristo y mi gemelo lobo
Sosia de tu garganta afeitada y no olvido
Tu faz naturalista de tremendo extrañor
Como una catedral de hueso natural".
Poema:´"César Vallejo".
Autor: Carlos Edmundo de Ory.

lunes, septiembre 13, 2010

Algo Escrito


El niño se pregunta
si acaso ella no le habrá dejado
algo escrito en alguna parte:
una carta, papeles, indicaciones…
Comenta algo a alguien,
que lo mira entre inquisitivo
y tierno. Ya nada de eso importa,
dice,
es sólo algo más de metal para la fragua.
El niño lo sabe y mira los espacios
del hogar anónimo
y los vacía para conservar
lo eterno, como si eso sirviera
para esclarecerse.

viernes, agosto 20, 2010

Esfinge


Usted me había prometido las cosas de mi padre. No se entretenga. No me explique nada. Abra los armarios. Reconozca que mi paciencia ha sido ejemplar. Yo sólo tengo recuerdos de películas por ver, de capítulos otoñales. Las horas impregnadas de cómodas secuencias ¿Va a esperar una confirmación? ¿No se da cuenta de que cualquier variación dará al traste con todo? Como en un desierto en el que aparecen niños que buscan juegos y encuentran reptiles. Y nadie sabe quién los ha traído, a quién pertenecen. Déjelas ahí, sobre la cama. Escuche, no se trata de algo personal. No voy contra usted. Pero dispongo de tiempo suficiente, creo, y prefiero pensarlo todo, rumiarlo despacio, aunque sé que eso no va a llevarnos a ninguna parte. Quizás es mejor que se mantenga a distancia y me observe mientras hago malabarismos y juegos de manos. Prometo no molestar demasiado, pero exijo que escuche mis quejas, mis lamentos alguna que otra vez. Y deberá convencerme de los cambios de presidentes y del tiempo raudo que se nos escapa. Yo fingiré aceptar su condición de sabio. Asentiré muy serio a sus proclamas. La fidelidad juega su papel también aquí y ahora. Será usted mi dueño y señor ¿Lo ha comprendido? Y yo no haré nada por agradarle.

domingo, agosto 15, 2010

Me Hablaban De Zombies

No tardé en darme cuenta. Eso, al fin y al cabo, puede ser considerado como una ventaja. Es decir, no escudarse en las coordenadas propias y ser capaz, al menos, de reconocer. Lo he sido (creo que lo he sido). Y aprecio, y me doy cuenta de los silbidos, la tranquilidad que brinda la esperanza. Las carreras endiabladamente nerviosas de los niños, las regañinas de sus padres desde un equilibrio maduro y responsable. Las familias que aún pueden acomodarse y crecer y servir de apoyo. Es un salón amplio, en un centro comercial. Inmediatamente, se contemplan escenas repetidas, como extraídas de un molde cultural que no necesita renovarse porque sigue funcionando sin atascos. Carros de la compra, niños entretenidos con algún juguete regalado a tiempo para callarlos. Los altavoces escupiendo música. Pueden inventarse cientos de historias rocambolescas, llenas de fantasía y crueldad. Pero, ¡sería tan evidente nuestro desprecio a lo real, nuestra ceguera! Prefiero, hoy, la fotografía al retrato en este tema: la posibilidad de contentarse con la aceptación de una imagen o representación que parece extraña ante nuestra visión encenizada por el sarcasmo. Ya es en sí bastante truculenta la costumbre como para poblarla de miedos ridículos, de personajes inventados. Cuando, al contrario, es en lo sano y liso donde aparecen los monstruos; en lo más sereno y limpio, en adecuada respuesta hacia el mundo.

domingo, agosto 08, 2010

El Sacrificio


Resume José Ramón Busto Saiz, jesuita y profesor universitario de exégesis del Antiguo y Nuevo Testamento en su librito de introducción a la Cristología, la “teoría” teológica de San Anselmo sobre la Redención, formulada en el siglo XI:

“Según esta explicación de S. Anselmo, que expongo de una manera rápida, el pecado del hombre causa una ofensa infinita a Dios. Puesto que el hombre es un ser finito y limitado, no puede reparar una ofensa infinita, porque las ofensas se miden por la categoría del ofendido. Es preciso un ser que sea infinito para satisfacer el honor ofendido de Dios, con lo cual Dios tiene que encarnarse, a fin de constituir ese ser infinito que repare la ofensa infinita hecha. Y tiene que encarnarse, porque, al haber sido cometida la ofensa por el hombre, tiene que ser reparada también por el hombre. Jesús muere y merece con su muerte la reconciliación de Dios, porque repara esa ofensa infinita, toda vez que la muerte de Jesús es un sacrificio que tiene un valor infinito por ser la muerte de un ser infinito. Así nos salva Jesús”.

Frente a esta lectura de la muerte del Nazareno, Busto Saiz opone una teología moderna (la suya), mucho más acorde con los ánimos de nuestros contemporáneos, según la cual, Jesús aparece en la historia como un luchador por la Justicia y la Libertad de los oprimidos y al que los Poderes de este mundo (Roma y el Templo de Jerusalén) no pueden digerir, por lo que deciden eliminarlo. La Redención se concreta, pues, en la respuesta finalmente adecuada de la Creación hacia su Señor. Dios ha vencido porque su Amor ha sido más grande que el miedo, la opresión y la muerte.

Si bien, en mi opinión, el estudio del Nuevo Testamento deja entrever lo confuso de su tratamiento de este tema (si el de Jesús es un Sacrificio Redentor, lo es involuntariamente, puesto que los que lo sacrifican ignoran que se trata de un sacrificio), me interesa mucho más actualmente la teología de San Anselmo a este respecto. Porque, efectivamente, si leemos con atención los evangelios, es indudable que Jesús insiste en que su Sangre sirve para borrar el Pecado del Mundo (idea mucho más crudamente expuesta en las cartas de San Pablo). Y pienso que la formulación de los textos del NT buscan deliberadamente introducir esta tesis en las mentes de los primeros creyentes: El sacrificio de Jesús por sí mismo limpia el pecado. A continuación, Dios apuesta por el caído y lo resucita. Pero el “hecho en sí”, la muerte del Nazareno, redime. Esto resulta incómodo para los más progresistas dentro del cuerpo teológico de la Iglesia Católica. No me extraña. Es muy duro pensar que la divinidad necesita la sangre de un inocente para eliminar culpas.

Hace un tiempo, intercambiando opiniones (un tanto violentamente) con un cristiano no adscrito a ninguna iglesia en concreto (y que ahora, tristemente, ya no está entre nosotros), descubrí una interpretación novedosa: Para él, no es que Dios necesitara la muerte de un inocente para redimir Su Creación, sino que era el ser humano quien, para destruir el sentimiento de culpa debía creer que la Sangre de Jesucristo era “suficiente” para limpiar su conciencia. Era un fenómeno psíquico inevitable.

Me dejó sorprendido esta lectura. No estoy seguro de compartirla en lo que se refiere a la interpretación de la fe cristiana, pero me parece muy perspicaz en lo que tiene de exposición desnuda del comportamiento de la mente humana.

Si mi difunto interlocutor tenía razón, el cristianismo es la única cura para el mundo neurótico en el que habitamos y los evangelios serían el reflejo más agudo del carácter del hombre. Un ser que, en consecuencia, es capaz de ser feliz pensando que otra persona (en este caso, “El Gran Otro”) ha pagado por sus culpas.

Yo no soy psiquiatra, ni psicólogo y, por lo tanto, no estoy capacitado para analizar esto detalladamente. Me faltan herramientas conceptuales con las que trabajar este embrollo. Diré, de todas formas, que tal y como yo lo veo (basta, pienso, observar alrededor) el sacrificio o, al menos, un conato de sacrificio (una idea falsa sobre él) está al orden del día en nuestras sociedades. ¿Cuánta gente cree realmente renunciar a algo por alguien? El sacrificio en este caso es un auténtico asesino de dudas. Situándose en el artificial dilema de: “Fulanito me importa pero me importa más Menganito y saco a pasear el hacha sacrificial y me libro de Fulanito”, es decir, dando el aspecto de crudeza a una elección se disipan muchas nieblas emocionales y se puede empezar a funcionar con la alegría que da el haber renunciado a algo: es un salto al vacío que ha justificado.

No existe el sacrificio. Es un señuelo que esconde la nada moral, la cobardía de no saber enfrentar una realidad incómoda: verse incapaz del amor y de la entrega sin que, por algún lado, aparezca el dolor como ingrediente indispensable del potaje sentimental. Y es curioso porque el sacrificio no es tal, pero se busca y, una vez encontrada su idea falsa, se niega y se culpabiliza al sacrificado (“él/ella se lo buscó”). ¿Es posible que nuestra felicidad dependa de una destrucción ajena; una destrucción no sólo física sino de todo lo que una vez lo rodeó y significó algo y que ahora derruimos hasta en la memoria?

¿Y si esto es lo que somos?