viernes, marzo 25, 2016

Verdinas*



“¿Oiga? ¿Me escucha?”. “Sí, sí, dígame”. “Sí, mire, seremos cuatro a comer, llegaremos a las tres y…”. “Ah, muy bien, ¿cuántos van a ser?”. “Cuatro, le digo”. “Cuatro, vale… ¿Van a querer verdinas?”. “¿Cómo?”. “Verdinas, que si van a querer verdinas”. “Ah, pues no sé… ¿Se lo tengo que decir ahora?”. “¿Oiga?”. “Le pregunto si tengo que decirle ahora lo de las verdinas”. “Sí, yo pienso que verdinas está bien”. “No… ¿Me oye? Es que no sé si los demás van a querer verdinas… ¿Podemos decidirlo allí mismo o tienen que saberlo de antemano para que las prepa…?”. “Las verdinas yo creo que van a gustarle”.

La conversación no conduce a ninguna parte. El santanderino ruge por Calvo Sotelo, esperando que su voz llegue con claridad al restaurante. Debe de ser el teléfono o la cobertura. O la sordera. El caso es que el santanderino grita y la gente se lo queda mirando. La gente de la capital, ¡del centro! Un diálogo estéril concluye, habitualmente, en la extrañeza. Al final, uno no sabe qué parte de lo que ha dicho o de lo que ha escuchado podrá ser rescatada de las ruinas del lenguaje. Tendría que volver a llamar para hacer la reserva -no recuerda haber dejado su nombre, por ejemplo-.

Uno nunca sale indemne de las dificultades comunicativas, de la ausencia de sentido en las palabras que se pronuncian y que se reciben; la mente no está preparada para eso. Hay un sentimiento de fragilidad, de vértigo. Parece que la sangre encharca las mejillas y que el cerebro se contrae en el cráneo. Acabamos por admitir que las verdinas, al fin y al cabo, no son importantes. Curiosamente, es algo que experimentamos en muchos momentos, no se trata de una anormalidad en nuestras vidas. Sucede cada vez que encendemos el televisor o abrimos un periódico. Sus voces y sus temas llevan al contribuyente de la mano, aunque parezcan absurdos. Pensamos, ingenuamente, que el presente merece otro poso, otra consistencia, pero no somos capaces de articular un cambio.

Estamos convencidos, eso sí, del horror de esta época; de los refugiados, por ejemplo, convertidos en mercancía abandonada que nos avergüenza. También padecemos el desempleo, la falta de libertad y de cultura, la amenaza del totalitarismo. Todo eso importa, como también importan aquellos espacios que dan sentido a lo que somos: la familia alrededor de la mesa, unos cuantos amigos, un par de terrazas, algunos libros y la aspiración a una felicidad posible. Por eso, cuando ellos hablan de símbolos, los suyos, la mente se rebela porque sabemos que no son los nuestros; que su exhibición responde a otros intereses y no al bienestar que deben proporcionarnos. Hasta ahora, lo hemos observado desde lejos, permitiendo que jueguen sobre la moqueta. Quizás, va llegando la hora de decirles que no nos importan sus debates partidistas ni el cebo que proponen. Ni el lábaro.

* Columna publicada el 24 de marzo de 2016 en El Diario Montañés. 

viernes, marzo 11, 2016

Verdad*



No es la democracia el sistema adecuado para forjar una verdad única e incuestionable. Está bien que así sea, es su gran hallazgo. La democracia desactiva los dogmas y los pone a hacer cola; no se deja intimidar por las mareas inquisitoriales que amenazan con sustituir su aparente inanidad por la alegría de la carne y del espíritu. La sociedad abierta aprende a combatir al adversario a medida que este aflora, siempre bajo máscaras distintas, pero con un mismo ánimo totalizador y militante, revolucionario y burlón contra esa fantasía infantil que algunos llaman libertad. Eso sí, la presencia de instituciones democráticas no garantiza la victoria. Si su funcionamiento no se sostiene sobre una base cívica, el veneno autoritario penetra sin freno ni oposición. Ha ocurrido muchas veces.

La revolución acampa donde la democracia se detiene: siempre en el territorio de los grandes discursos y la estigmatización. Si la libertad no precede a la urna, esta se limita a ser un continente de ortodoxias en disputa. Y, para una ortodoxia, su verdad vale más que el prójimo. Así, nunca se está lo suficientemente alerta contra esa mentira que se empuña como arma revolucionaria y que pervierte todos los ámbitos sociales.

Ni siquiera la proximidad del pasado, la experiencia personal de la historia, sirve para enfrentarse a las falacias. Como esa que, últimamente, nos presenta a Arnaldo Otegi como un arquitecto de la convivencia, un guía para la “democratización”. No hace falta forzar a la memoria para recordar qué defendía y a favor de quién en los años de la pólvora y la sangre. Sabemos, por supuesto, quiénes fueron los enemigos ideológicos y las víctimas de los criminales. Lo sabemos y callamos porque no dominamos el presente. 
 
El presente lo dominan hoy quienes pretenden ligar doctrina y crítica, como si eso fuese posible sin corromper uno de los dos conceptos. Conferencias y discursos que relacionan fe y periodismo, sin rubor ni congoja. El periodismo es -debería ser- investigación, sospecha e independencia. La militancia sustituye la razón por el uniforme, la verdad por una verdad con inocentes y culpables ya decididos en la línea editorial. 

Qué diferente este vodevil de carnés partidistas y de banderas digitales a lo que sucede en ‘Spotlight’, película recientemente galardonada con el Oscar. Durante sus dos horas de metraje, el espectador contempla, emocionado, la perseverante investigación de un periódico capaz de arriesgar su papel de fuerza viva y la relación con sus lectores para mantenerse fiel a los hechos y, sobre todo, para encontrar la luz en un ambiente que ha hecho de la oscuridad una forma de articulación social. Esa constante amenaza de fractura, ese periodismo que opta por “pedirle cuentas al poder” pese a tenerlo todo en contra, como afirma orgullosamente el director de The Washington Post, Martin Baron, es el único que merece tal nombre en esta época de cínicas beligerancias y compromisos mal entendidos.

*Columna publicada el 10 de marzo de 2016 en El Diario Montañés. 

sábado, febrero 27, 2016

La mitad*



Los problemas llegan en razia feroz, como la marabunta. Bajo su amenaza, la utopía es síntoma de la debilidad de los cuerpos y de los ánimos. Brota sin mácula y juega con todo a favor; su explosión es justificada, nadie puede discutir su lógica. Pero, eso sí, la utopía no es una solución, ni siquiera se aproxima al oficio. Es otra cosa. Con su resurrección, vuelve lo colectivo, aquello que la bonanza aparta no siempre con mala conciencia. Ese “nosotros” del que se abusa y que se proclama sin medida. Ese plural que, sin embargo, es previo a todo movimiento, a toda alternativa, y que se impone sutilmente como la consecuencia de un proceso inevitable. Los rostros se desdibujan en la utopía, las voces se apagan. Y aparece el coro, capaz de asumir la representación emocional del pueblo, su querencia política. Es una ilusión, pero muy eficaz. Es también un exceso. 
  
El impacto de la utopía es incuestionable. Modifica todo lo que toca; invade la prensa, el humor, la literatura y el arte. Elimina o corrompe palabras como libertad o cultura. En su lugar, se enarbolan la lucha asamblearia, la mano invisible, las clases sociales. El pensamiento independiente se rechaza como una enfermedad infantil. La utopía no es un programa de gobierno, sino un clima que estimula a la masa al tiempo que ahoga cualquier disidencia.

El individuo la ve acercarse como un alud, sin diferenciar los copos que la forman. La utopía no soporta el análisis, las propuestas templadas. Para que su existencia pueda prolongarse, dirige su acción contra el enemigo deshumanizado. Poco puede hacer éste para salir indemne del envite. Como dice Elias Canetti, “se interpreta todo como si arrancase de una inconmovible malignidad, de una mala disposición con la masa, de una intención preconcebida de destruirla abierta o solapadamente”.


La cotidianidad es un rival prioritario; el tedio que acepta el presente. Por eso, deben invadirse todos los espacios y se cierran todas las salidas. Y uno se avergüenza de no comulgar y teme integrarse fatalmente en esa mitad de la población que le sobra a la utopía.  

*Columna publicada el 26 de febrero de 2016 en El Diario Montañés.     

viernes, febrero 12, 2016

Samsa*



Últimamente, le cuesta conciliar el sueño, no sé si a ustedes les pasa lo mismo. Quizás, se debe a la extrañeza de este clima enloquecido, al violento temporal de febrero o a las reuniones en la Carrera de San Jerónimo. El caso es que cae la noche y, de pronto, aparecen los fantasmas. Duerme poco y mal. El suyo es un sueño intranquilo, del que se despierta cada mañana convertido en Celia Villalobos o en Juan Carlos Monedero. No se da cuenta enseguida, aún tarda unos segundos en ordenar las ideas y en despegar el ojo. Pero, al encender la luz, se ve pequeño y pizpireto, o docente y con gafas. Se le llena la boca de lirismo revolucionario y de loas a “la gente” o se pone en jarras y habla de las rastas y de los piojos.

Lo lleva muy mal; su familia no lo entiende. Durante estos episodios, sus amigos prefieren no entrar en el dormitorio. Desde el otro lado de la puerta, le preguntan: “¿estás mejor?”. Y él les dice que sí, pero que “me ofende que digan que mi partido es corrupto, porque es un fiel reflejo de nuestra sociedad”, y que la corrupción “a quienes más nos jode es a nosotros, a los del Partido Popular”. Luego, grita: “¡vamos, Manolo!”. Ellos no dan crédito; muchos bajan la cabeza, otros se marchan dando un portazo. Y él se queda solo.

Cuando despierta como Monedero, el panorama es inquietante. Lo primero que hace es cubrirlo todo con retratos de Antonio Gramsci. Los amigos tratan de esquivar sus indignadas acometidas. Alguno le aconseja bajar la guardia, despejarse de tanta batalla política, pero él contesta con tono pausado: “Chávez era un tipo que desde el primer momento demostró que no iba a dejarse comprar”. Y los llama “casta y cómplices de la trama ‘pepera’”. No se enorgullece de ello.



Muchas veces, desearía negarlo todo; aclararse las mechas, quitarse las camisetas del Ejército Zapatista y salir a la calle. Quiere convencer al personal de que sigue siendo el mismo de siempre, pero ¿cómo hacerlo? Cada noche, aunque trate de pensar sin afiliarse, se produce la temida transformación. Es en vano reivindicar su independencia. Los otros, como los amigos de Job en el relato bíblico, se esfuerzan por exponerle sus pecados ideológicos. Son ellos quienes vierten tinte sobre su cabello, los que empapelan su pared con fotos del Subcomandante Marcos, oculto bajo el pasamontañas. Ellos manipulan su lengua y colocan un hueso de cerdo en su mano enjoyada.

Él no se engaña. Sabe que no es cierto. Nunca se levanta con otro rostro, con otra identidad. Se mira al espejo y nada ha cambiado. Pero cada frase, cada análisis, se convierte en carne de cañón. En su país, creen que abandonar una trinchera supone meterse en otra. Y que guardar la chaqueta de pana implica recoger la pala de pádel.

* Columna publicada el 11 de febrero de 2016 en El Diario Montañés. 

viernes, enero 29, 2016

Atticus*



El abogado Atticus Finch, sentado frente a la puerta del calabozo, hojea un libro, alumbrándose con una lámpara de pie. Lo veo desde mi butaca, en el salón de actos de la Escuela de Náutica, sede de la Filmoteca Universitaria. Observo a Atticus (a Gregory Peck) mantener la calma mientras un grupo de hombres armados -ciudadanos del pueblo de Maycomb, Alabama- se le acerca con perversas intenciones. La cosa no pinta nada bien. Finch defiende a un hombre negro, Tom Robinson, acusado de violar a una mujer blanca. La celebración del juicio es inminente y el resto del vecindario lo considera un trámite superfluo. Esa gente viene a linchar al prisionero. Atticus Finch tratará de evitar la injusticia, pero está solo y no lleva revólver.

Pese a que la historia de ‘Matar a un ruiseñor’ transcurre en Estados Unidos durante la Gran Depresión, la escena incorpora el ingrediente principal de cualquier relato del Wéstern: el protagonista está solo frente a la muchedumbre hostil y cobarde. Desde una asunción equilibrada de los defectos de la sociedad, el héroe acepta su misión, convencido de sí mismo, a pesar de los prejuicios locales. Hasta hace unos pocos años, gracias a los libros y a las películas, nos confrontábamos con figuras modélicas, acaso exageradamente honradas, que, con extraordinario empaque, ofrecían protección contra el cinismo. Eso ya se terminó.

“No bebas agua muy fría después de hacer deporte”, me decía mi madre cuando era niño. “Mira lo que le pasó a Felipe el Hermoso”. Los peligros del contraste. Veo la película de Robert Mulligan, basada en la novela de Harper Lee, mientras se desarrolla el juicio por el asesinato de la presidenta de la Diputación de León, Isabel Carrasco. Las acusadas, Montserrat González, su hija Triana Martínez y Raquel Gago, no se parecen a Tom Robinson. Visto lo visto ayer, tampoco sus abogados actúan como el ilustre Finch. Es descorazonador comprender que, a menudo, la realidad tiene poco que ver con la salvación de un inocente; apenas se trata de explicar, con mayor o menor precisión, un hecho siniestro. Palpar la verdad bajo el fango. El presente nos invita a creer que no hay ninguna diferencia entre combatir el mal y obviarlo, que la sociedad es tan compleja que resulta inútil pedirle escrúpulos. Así, Atticus podría haberse apartado de la puerta.

También la política hace su aportación al derrumbe moral de los países. Sobre todo, en esta España pública donde no abundan los Atticus Finch. “El pueblo, con sus votos, pide diálogo a los partidos”, dicen. Ojalá. Es, precisamente, lo contrario. Lo que vemos en el Congreso de los Diputados no es la representación de la sana pluralidad, sino la batalla entre fuerzas antagónicas que se fundamentan en el odio al contrincante y en el cálculo más obsceno; la proyección institucional de un país que no quiere seguir siéndolo. Y sin héroes a la vista.

*Columna publicada el 28 de enero de 2016 en El Diario Montañés. 

viernes, enero 15, 2016

Un vuelo de pájaros salvajes*



Uno lo disfruta y, modestamente, trata de entenderlo. No basta con la quietud en la butaca, la atención a lo que el artista ejecuta sobre el escenario. Hace falta algo más hondo, “la gracia del instante”, de la que hablaba Herbert von Karajan. Para sentirla, es necesario educarse en la cultura del esfuerzo más allá de la diversión extraescolar. No puede saberse, por lo tanto, qué porcentaje de la multitud que abarrotó el pasado 4 de enero el Teatro Casyc de Santander comprendió todo lo que allí vio y escuchó. La Orquesta Juvenil Ataúlfo Argenta ofreció su concierto de año nuevo a beneficio de Cáritas ante un público formado mayoritariamente por amigos y familiares, que expresó su felicidad con aplausos y cariño. Algunos bebés lloraron del susto (demasiado pequeños para un espectáculo de estas características) y hubo que sacarlos de la sala.

La música clásica exige compromisos. Desde que un niño toma un instrumento por primera vez, las responsabilidades se acumulan. Algunos abandonan muy pronto, aturdidos, quizás, por la falta de tiempo libre. No siempre apetece, imagino, producir belleza. Los espectadores nos asomamos al concierto y lo vemos ya todo en orden: los músicos perfectamente ataviados, el sonido limpio que brota cuando el director lo reclama. Pero esa es solo la consecuencia, la última estación en un trayecto largo, que implica ensayos a deshora, madrugones y muchos nervios.

El maletero del coche familiar sustituye, durante un tiempo, las toallas y la sombrilla por el violonchelo o el contrabajo. Los padres observan a sus hijos crecer y superarlos, no sólo en centímetros, sino en conocimiento. La parentela es incapaz de leer una partitura; de ella extrae el niño notas y ritmos. El orgullo es inmenso. La orquesta carece de un lugar fijo para ensayar -el Teatro Casyc le cede su espacio cuando no está ocupado- y todos los gastos corren por cuenta de los músicos y sus progenitores. Que tomen nota las instituciones, tan pródigas en cualquier cosa que no huela a cultura.



Y llega el día del concierto. El ecléctico programa incluye la ‘Cuarta Sinfonía’, de Beethoven y la ‘Suite 2000’, de Rafael Osuna, así como las emblemáticas ‘El Danubio azul’ y la ‘Marcha Radetzky’. El público participa -cuando lo indica el entusiasta director, Hugo Carrio- y comparte los momentos más festivos del evento con risas y vítores.


Son alrededor de cuarenta intérpretes, acompañados por varios coros infantiles de la región. Los espectadores hemos llegado al final, en la desembocadura de su empeño; en el preciso instante en que ese bullicio de chicos y chicas (de preadolescentes a universitarios) abandona las preocupaciones propias de su edad para convertirse en un solo cuerpo que produce música. Tan simple y tan trabajado. Fue también Karajan quien definió la orquesta como “un vuelo de pájaros salvajes”. A eso quisieron parecerse los jóvenes de la Ataúlfo Argenta el pasado 4 de enero en Santander. 

*Columna publicada el 14 de enero de 2016 en El Diario Montañés.

miércoles, enero 13, 2016

Mundo sin Bowie*



Para el escritor y sacerdote católico Pablo d’Ors, el mal constituye el gran desencuentro del ser humano con la divinidad: mientras los mortales no aceptamos el dolor y la muerte, Dios sí parece hacerlo. Bajo ese silencio monumental al que los gritos de los hombres dan sentido -según afirmaba Saramago-, acumulamos los días. Se celebran funerales, pero las tiendas siguen abiertas. Nada concluye a nuestro paso, todo continúa sin interrupción o congoja, como en una procesión donde ningún cofrade es insustituible.

Se ha muerto David Bowie y podría parecer ridículo lamentar su pérdida en estos tiempos de histeria generalizada y escarceos prebélicos, en los que el placer que proporciona la cultura es acusado del peor crimen imaginable: la frivolidad. Es más grave en España, donde todas las ortodoxias se defienden con una impactante mezcla de pasión y cinismo. Aquí, todos están de vuelta. “¿Me vas a hablar tú de Bowie?”.

Que ya no nos queda espíritu nadie puede negarlo. El cantante británico pertenecía a otra época, cuando el color y el maquillaje, los ritmos nuevos y el escándalo calculado alimentaban el negocio. ¿Qué podría hacer hoy Ziggy Stardust en plena dictadura del falso escepticismo? Bowie llevaba casi una década alejado del meollo. Salvo sus dos últimos discos -‘The Next Day, de 2013, y ‘Blackstar’, publicado el pasado 8 de enero-, poco más se supo de él. Los años de la exageración habían pasado.


El autor de ‘Absolute Beginners’ guardó silencio un poco antes del fin del mundo, es decir, del inicio de la gran crisis de las hipotecas ‘subprime’ en 2007. Quizás, haciendo mutis se libró del naufragio posterior. David Bowie ya no está en este planeta. Aquí nos quedamos los demás, con el ‘Chapo’ Guzmán, por ejemplo. O con el Estado Islámico. Esto no hay dios que lo entienda.

*Columna publicada el martes, 12 de enero en El Diario Montañés.  

sábado, enero 02, 2016

Esperanza*



Uno se pregunta por qué sucede cada mes de diciembre, cómo es posible que las ausencias en la mesa y los malos recuerdos asociados a estas fiestas no las pongan en suspenso. Hay, es indudable, un ingrediente de melancolía, un peso que, año tras año, gana terreno a la ilusión. No se trata de un estado de ánimo excepcional o minoritario. Muchos encaran la Navidad como quien soporta un resfriado con paracetamol y paciencia. Otros se refugian en la responsabilidad de elegir menú.

Durante dos semanas, las calles dejan de pertenecer al paseante. Las fachadas se iluminan y los escaparates se engalanan para el celo. Resulta interesante comprobar la distancia entre la artificial llamada a la alegría y lo que realmente importa. Es una imposición que permite a las familias acotarse a una coreografía, a un deber. Pensar recetas, escoger la ropa y los regalos; comunicarse. Quizás, está bien que así sea, que las relaciones afectivas no dependan exclusivamente de una elección o de una riña. Sentarse a la mesa y repartirse el turrón como si nunca nada ocurriese antes y después de esa fecha. El poder del rito cuando ya no puede representar nada más que el acto preciso de compartir mantel.  

Esta ya no es una fiesta cristiana, pero sigue siendo profundamente religiosa. Al celebrarse, los comensales fingen que nada ha cambiado. Las aventuras del curso, los planes muy lejos de casa, se interrumpen durante un tiempo; el suficiente para comprobar que todo sigue en su sitio, que el naufragio que trae consigo la edad adulta no ha apagado para siempre el calor del hogar, el amor de los padres o los abuelos. Que, en definitiva, quedan rescoldos que aprovechar un año más.     


Ya no existe el fervor. Nadie espera que “Jesús nazca en nuestros corazones”. Eso tranquiliza. En el siglo XXI, gozamos, por fin, de la posibilidad de mostrarnos taciturnos entre villancicos. Ni siquiera domina el consumismo, como muchos aseguran. No se trata de eso. Lo que destaca estos días es la quietud. Cada Navidad, celebramos la posibilidad de otras que han de venir. Celebramos la esperanza. 

* Columna publicada el 31 de diciembre de 2015 en El Diario Montañés.

viernes, diciembre 18, 2015

La Fuerza*



A estas alturas de la campaña, la Junta Electoral Central aún no ha advertido del riesgo de celebrar unos comicios generales en España -con la que está cayendo- menos de cuarenta y ocho después del estreno mundial de ‘El despertar de la Fuerza’, la más reciente película de ‘La Guerra de las Galaxias’. La cosa puede ser grave. En primer lugar, parece poco probable que la tensión acumulada por los seguidores más entusiastas de la saga pueda eliminarse a tiempo para hacer un uso responsable de las papeletas y los sobres de nuestros ínclitos candidatos. ¿Cómo separar el grano de la paja, cabe preguntarse, con la retina saturada de rebeldes e imperios? Por otro lado, las comparaciones son odiosas.  

‘Star Wars’ tiene salero más allá del afán recaudatorio. Desde los años setenta del siglo pasado, cada generación disfruta de su trilogía, aunque algunos espectadores son más afortunados que otros. En última instancia, todo depende del espíritu de la época. Es interesante contemplar los cambios en el ritmo y en los materiales cinematográficos en estos casi cuarenta años: lo digital ha sustituido el quehacer artesano, aportando más espectacularidad al producto, al tiempo que su halo romántico se resentía. 
  
Para los guionistas, lo más difícil (y solo conseguido a medias), ha sido siempre conciliar los argumentos. La trama sugerente y misteriosa de los episodios IV, V y VI, donde se dirimía una riña familiar en las catacumbas de un conflicto interplanetario, fue ‘aclarada’ después a toda velocidad, y no sin altas dosis de verborrea, en la precuela -¿cómo olvidar a los tristemente famosos midiclorianos?-. Pocos han hablado, por ejemplo, de la gran metamorfosis de los jedis. Los administradores de la Fuerza pasaron de integrar un celoso club de anacoretas a convertirse en una casta de arrogantes funcionarios, con poder casi ilimitado y una peligrosa incapacidad para detectar conspiraciones.

Gracias a su recorrido ecléctico, ‘La Guerra de las Galaxias’ permite ser interpretada en clave política, con una carga de profundidad que, posiblemente, escapó del plan de sus promotores. Las películas exponen, con total crudeza, los límites de la mística en la gestión del mando. Los jedis funcionan mejor al desvincularse de las instituciones; es decir, en el combate moral, exterior y marginal. El Yoda inexpresivo de la precuela -un ser malhumorado e incómodo en su papel de aguafiestas oficial de la República- se convierte en una criatura rural, excéntrica y venerable en su exilio de Dagobah.


Es necesario que el luchador por la justicia, como dice Platón que dijo Sócrates, “viva como un simple particular y no como hombre público”. Resultaría, por lo tanto, perfectamente natural que, ante este panorama nada heroico, muchos españoles ‘de bien’ que gozan, en debates y tertulias, de los discursos de la ‘Nueva Política’, optaran por apoyar a candidaturas más tradicionales (aun en sus mentiras y corruptelas) para que la Fuerza no se extinga al pisar la moqueta.    

* Columna publicada el 17 de diciembre de 2015 en El Diario Montañés.  

viernes, diciembre 11, 2015

Flores*



No podemos saber si el niño descansa sobre las rodillas de su padre o si éste simplemente lo sostiene frente al muro de flores. El pequeño no se fía, eso está claro, y observa con preocupada atención el luto parisino. La cámara de ‘Le Petit Journal’ recoge la escena. “Hay que tener cuidado, dice, porque luego toca cambiarse de casa”. Los sentimientos brotan de manera natural; el miedo inspira la huida. “¿Comprendes por qué lo han hecho?”, pregunta el periodista. “Sí, porque son muy malos”. Hay una lectura inmediata, despojada de todo cinismo y de todo cálculo, que resulta ser la más certera: los asesinos son malos. El niño no conoce -no puede conocer- el entramado partidista que conspira entre bambalinas; la efervescencia del yihadismo y las crisis identitarias en la Europa del progreso. Eso lo salva. Su mente no acepta el mal, ni lo justifica.

El vídeo tiene interés porque muestra una reacción limpia. Lo importante es que se expresa sin pudor (y sin histeria) una inquietud sin atributos tras un golpe brutal. El niño no pronuncia citas de hombres muertos ni propone marsellesas. Desde su inocencia, que es, también, lucidez, puede, sin embargo, comenzar la educación. Ahí es donde aparece el padre, como la mejor secuela posible del discurso de su hijo. “Francia es nuestro hogar, dice, no va a hacer falta cambiarnos de casa”. El hombre habla con seguridad, pero el niño es un hueso duro de roer. “Sí, pero están los malos, papá”, le contesta, como queriendo decir: “¡Que no te enteras!”.

En ese momento, el padre se manifiesta como una figura beatífica. “Hay malos en todas partes”, afirma. Conciso, pero extraordinario. El hombre no engaña ni reconforta con fórmulas sedantes. No le dice, por ejemplo: “Tranquilo, a ti no va a pasarte nada, yo te protegeré”. El mal está en todas partes. Tú, heredero querido, vas a encontrarte muchas veces con el mal y deberás medirte con él, porque la huida no es una opción. Uno puede imaginarse a este hombre, dentro de unos pocos años, aconsejando con sensatez a su prole sobre los estudios o los amores. Todo va a estar siempre bien al lado de esta persona venerable.


Pero lo mejor está por llegar. El niño no se convence y contraataca: “Tienen pistolas y pueden dispararnos”. El padre se la juega: “Ellos tienen pistolas, pero nosotros tenemos flores”. En apenas unos segundos, avistamos el núcleo del problema. ¿Qué hacer? La frase del progenitor es arriesgada, pero inevitable. El muchacho, nuevamente, duda. “Pero las flores no sirven para nada…”. Su padre lo interrumpe. “Las velas y las flores sirven para no olvidar a los que se han ido”, asegura. En esa frase se resume la cultura; la siembra de valores, frente a la lógica del sacrificio. El hombre no consuela a su hijo; hace algo mucho más útil y valiente: le enseña la civilización. 

* Columna publicada el jueves, 10 de marzo de 2015, en El Diario Montañés.

viernes, noviembre 20, 2015

El mal*



La tristeza no se parece al miedo. Una persona triste conserva su orgullo intacto, quizás inflamado por la injusticia. Quien siente miedo, sin embargo, ya está perdido, y sólo piensa en salvar los restos del naufragio o en salvarse a sí mismo mientras vuela la metralla. La tristeza, a menudo, hace avanzar, pero el miedo quiebra la unidad y desboca las carreras. El terrorismo ataca siempre dos veces; primero, destruye la carne y desparrama las vísceras. Después, espera el resultado, es decir, el comentario que brota del miedo. Frente a otros tipos de violencia, cuyos análisis habitualmente se centran en su ejecución, el terrorismo se aprovecha del arsenal retórico que pretende explicar el acontecimiento, empequeñecerlo, para que quepa en nuestras mentes europeas ya atiborradas de partidismo.

El pasado viernes, el mundo se fue a dormir dejando más de un centenar de cadáveres sobre las aceras de París. Los yihadistas se repartieron el mapa de la capital francesa para hacer el máximo daño posible. El destinatario de cualquier atentado es el espectador; a él se dirigen los criminales, aunque el hecho en sí queda fuera del mensaje. El dato que recibe el ciudadano es una cifra, la imagen de un barrio tomado por la policía y el ejército, las informaciones que van completando la noticia hasta hacerla digerible. La muerte no puede verse. La muerte es lo que sucede al otro lado del cordón policial, lo que ya ha sucedido. El periodismo es un discurso que se pronuncia siempre después, siempre tarde. No puede ser de otro modo.

Se habla, en definitiva, de un número. El comentario neutraliza la indignación y propaga el miedo, también el cinismo, pero nunca la tristeza, que es lo importante. Como un cocinero más de la receta geoestratégica -¡cómo les gusta a algunos esta palabra!-, el hablador pide calma y advierte contra el deseo de venganza. O se viste de clérigo y recuerda la coyuntura y los pecados de Occidente, es decir, de las víctimas. Y todo por no asumir la verdad: que lo de París (y lo de tantos otros lugares del planeta) es, fundamentalmente, una decisión, un gatillo que se aprieta, una bomba que se activa contra otro ser humano. Una persona que mira a los ojos de otra y escoge eliminarla.


La política internacional, la crisis de identidad de los jóvenes musulmanes europeos (como recordaba Fernando Reinares en un artículo reciente) o la guerra en Siria pueden, por supuesto, ayudarnos a comprender la naturaleza de este fenómeno, pero nunca desviarnos de la interpretación más ajustada: a saber, que el yihadismo es enemigo de todo lo que en la humanidad hay de bueno, libre y decente; de la vida, desde luego, pero también, y sobre todo, de la libertad, ese tesoro hoy despreciado que puede desvanecerse si no se cuida. Que en la mente del asesino cualquier explicación es excusa. Es el mal absoluto.     

* Columna publicada el 19 de noviembre de 2015 en El Diario Montañés.
Foto: Reuters

viernes, noviembre 06, 2015

Veneno*



No hay unanimidad en el placer, pero eso no se dice. Es un secreto, algo que permanece oculto en el espíritu humano entre la cotidianidad del rebaño y el tanatorio. De cara a la galería, sin embargo, el poder se entretiene con el espejismo de la responsabilidad, echando mano de la ciencia y sus conclusiones; en definitiva, de la culpa. El placer es íntimo y diverso, apenas un ejercicio de autonomía en la era del escaparate virtual. Hablamos de la gestión del veneno, que no es fácil, eso nadie lo discute. Saber ajustar la dosis, que diría Escohotado, ¡qué gran desafío!

Cada uno se envenena con lo que tiene más cerca; a veces, no se trata de una opción, sino de la vida que moldea las obsesiones hasta confundirlas con la personalidad. Esto no tiene que ser algo necesariamente malo. A Luis Cernuda, por ejemplo, pensar en España desde el exilio mexicano envenenaba sus sueños. El placer del recuerdo y la mortificación de la pérdida. Resulta difícil escapar de esa lógica a la vez reconfortante y autodestructiva que, no obstante, uno no puede arrancarse sin más. Quizás, ni siquiera lo desea.

La administración del peligro pertenece al ámbito de la libertad, esa palabra escurridiza que ya nadie pronuncia. La efervescencia de “lo público” y la exigencia de un mando que delimite las fronteras del mal invaden el presente, reduciendo la elección a simple inconsciencia. La Organización Mundial de la Salud ha emitido su encíclica sobre la carne procesada y ya se alzan las voces comprometidas que reclaman acción al brazo secular. ¿Cómo es posible, se preguntan, que un vecino cualquiera pueda acercarse al supermercado para comprar jamón ibérico? ¿Quién va a proteger al personal de sí mismo? ¿A qué espera el Gobierno? Ay, Mariano, lo que te faltaba...


El pecado, nos dicen, es siempre individual; la flaqueza del sujeto, que -incapaz de imponerse sobre los dictados de la pasión-, va siempre demasiado lejos para saciar sus apetitos. Al veneno que afecta a muchos no lo llaman pecado, ni siquiera error. La intoxicación colectiva tiene otro nombre mucho más vulgar: política.   

* Columna publicada el 5 de noviembre de 2015 en El Diario Montañés.

viernes, octubre 23, 2015

Fiesta*



La fiesta, según Christopher Hitchens, no concluye con la muerte. De hecho, añadía el escritor angloamericano, lo verdaderamente terrible es que la fiesta sigue, pero tú debes marcharte. Que nada se interrumpa con el desenlace personal e inevitable; no cabe imaginar algo más demoledor. Antes o después, el ser humano comprueba la escalofriante ausencia de misericordia, la promesa de destrucción que recibe todo cuerpo vivo. Serán muchos más los días sin nosotros, hay que acostumbrarse a esa ley sin excepciones. La celebración, en definitiva, se abandona aún en marcha, con la música a todo volumen y la cubitera llena.
No tenemos que esperar, sin embargo, a la propia decadencia. Uno puede padecerlo de muchas otras formas, evocando las sombras de aquel mundo que una vez fue real, los libros recién publicados y las películas apetitosas que se acabaron para siempre. El presente, ordenado y consuetudinario, esparce un puñado de tiempo sobre un territorio. Parece algo estable, desde luego, y nos habituamos a la compañía y a las cosas que hacemos sin temor a quedarnos sin combustible.
Así, cuando alguien ya no está, y sus pertenencias quedan en el armario, sobre la estantería, todo parece frío porque nada se derrumba. La naturaleza no emite queja ni arrepentimiento. Simplemente, se corta un acceso. Ni siquiera la tristeza salva a los contribuyentes. Es mucho peor para los vivos. Nos quedamos solos y asistimos a los cambios en la ciudad, en el país, cada vez más alejados de lo que fue verdad compartida.
Uno podría pensar, entonces, en alguien concreto, en una mujer, por ejemplo, con rostro y con nombre, al enterarse del fallecimiento del escritor sueco Henning Mankell y del cierre de la librería barcelonesa Negra y Criminal. Esta mujer, digamos que santanderina, era una gran admiradora del autor de ‘La falsa pista’. “Escribe muy bien y es un ciudadano comprometido”, afirmaba con entusiasmo. El inspector Wallander se convirtió en un personaje familiar. Más tarde llegó Stieg Larsson, pero ya no fue lo mismo.  
Lectora apasionada, quiso conocer la librería de Paco Camarasa. No pudo ser. La muerte comenzó a acecharla cuando más satisfacción obtenía de la cultura y más valientemente disfrutaba de las cosas. Mankell y el local barcelonés fueron dos realidades en su vida, en su presente; dos caminos hacia la felicidad, a pesar de todo. Ahora ya no existen.   

La vida supone pasar de una edad a otra, asumiendo no solo el cambio personal, sino la desaparición de ámbitos familiares en los que nos encontramos seguros y de temas de conversación que creímos y quisimos inmortales. La memoria debería ser suficiente para que arraigue la confianza o, al menos, la resignación. Es complicada esta mudanza que un día terminará para todos, pero no al mismo tiempo. Volverá a amanecer y otros insistirán en preguntarse si hay o no algo de verdad detrás de esta fiesta que abandonamos siempre demasiado pronto.   

* Columna publicada el 22 de octubre de 2015 en El Diario Montañés.

viernes, octubre 09, 2015

Francisco*



Debe de ser duro vivir en este tiempo de exhibiciones digitales sin poder aprovechar el viento favorable. Lo fundamental hoy es dar el gran salto desde una determinada tradición ideológica -más o menos sanguinaria- hacia el presente unánime y progresista, fértil en críticas al “sistema” y galgos que se adoptan. Lo han hecho todos. Se trata del famosísimo giro al centro, en el que destiñen los colores. Transversalidad y círculos morados. O naranjas. Está bien que así sea.   

Lo nuevo comparte época con instituciones que condenan cualquier propósito de cambio. Así, la Iglesia Católica, posicionada históricamente a la vera del poder mundano, defiende su aportación al patrimonio intelectual de Occidente, su estatus, sin aclarar el origen; a saber, la aclimatación política coyuntural que modificó para siempre la faz del cristianismo. Esa capacidad de la Iglesia para abrirse camino desactivó el mensaje apocalíptico del Nazareno, pero garantizó su supervivencia, que no es poco.

El Vaticano tenía cintura, en eso consistía su gracia. Sus dogmas eran permeables a las expresiones populares, mientras sus jerarcas hermanaban hábilmente la institución con dinastías y señoríos. Ese entramado controlador de haciendas y conciencias comenzó a resquebrajarse a raíz de la Ilustración. El proceso de derrumbe alcanzó, durante los últimos decenios, niveles de catástrofe. Sacerdotes, obispos y cardenales brotaban públicamente como oscuras presencias cada vez más obsesionadas con el aborto y la financiación. Perdida su influencia sobre las almas, insistían en el discurso agorero, acostumbrándose a interpretar el papel de inadaptados que reciben burlas y golpes. La homofobia y la discriminación de género se convirtieron en los nuevos estandartes católicos.

Hacía falta una política diferente, eso estaba claro. La Iglesia debía probarse un traje nuevo, la máscara de la modernidad. Para ello, bastaba con manejar las herramientas disponibles con destreza renovada, nada de profundizar en la doctrina, que eso desgasta. La figura del Papa, poderosa en la comunicación y capaz aún de llenar plazas y desviar el tráfico, resultaba indispensable. El impacto de las declaraciones del Pontífice, su querencia viajera y su potestad para zanjar cualquier discusión facilitaban las cosas. Mejor una breve entrevista en un avión que iniciar un cambio radical desde la base.


Y así llegó Francisco. Como sus predecesores, el argentino continuó repartiendo abrazos. Esta vez, sin embargo, optó por el lado misericordioso del mensaje, sin desactivar las condenas que siguen al pecado, pero sin destacarlas. Caer bien desde el principio ayuda a moderar las críticas. Por ese motivo, cuando interrumpe su prédica sobre el cambio climático y la desigualdad para tirar al monte –la expulsión del prelado Krzysztof Charamsa poco antes del inicio del Sínodo de la Familia, la reunión con Kim Davis o la reacción ante los asesinatos en la sede de Charlie Hebdo- nadie se escandaliza. La actualidad exige hoy más socialdemocracia aparente y menos explicaciones sobre la transubstanciación. La Iglesia lo sabe. Esta es su nueva alianza con el mundo.    

* Columna publicada el 8 de octubre de 2015 en El Diario Montañés.

viernes, septiembre 25, 2015

Nosotros*



La actualidad política española desmiente, día tras día, a quienes aún esperan una solución razonable a la crisis del país. Los últimos años han resultado nocivos para las instituciones, pero extraordinariamente fértiles en la acumulación de propuestas y movimientos donde reina la masa frente al tedio individual. En Cataluña, por ejemplo, la réplica independentista ha sido impactante. Un gran número de catalanes (¿miles?, ¿millones?, ¿la mayoría?) se envuelve en su bandera y desfila en perfecta formación, jaleado por su presidente autonómico. De esta forma, Artur Mas ha pasado de liderar un partido desprestigiado por los recortes y hundido en la corrupción a convertirse en un héroe del pueblo.

La política como actividad vehemente, como acción contra el enemigo; contra España. Esos catalanes -muchos, en resumen- obvian los peligros del aislamiento económico, la pérdida de representación en los organismos internacionales y la fractura interna de su población. Se trata de un grupo de personas convencidas de un sí que paraliza la mera gestión, que la arriesga. Lo primitivo funciona; así se interpreta el fenómeno.  

Ante el desafío, Madrid, ese monstruo, vacila a la hora de oponer resistencia. Acomplejado por decenios de desactivación de la idea de España, se enfrasca en un impersonal juego de cifras que pretenden ser amenazantes: llega el temido corralito, la Unión Europea y Obama no reconocen, la incompetencia se camufla bajo la ‘estelada’…

Resulta curioso comprobar cómo lo más importante queda apartado del debate público; a saber, la ilegalidad que, más allá de consecuencias económicas coyunturales, supone el desprecio a la soberanía nacional y, por supuesto, la quiebra inmediata en la convivencia entre españoles. Los movimientos nacionalistas (hoy independentistas y, como aseguran, “transversales”) enarbolan, por encima de todo, una negación: “nosotros no somos ellos”. Sus anhelos se sostienen sobre la apología de la desigualdad. Es precisamente ahí donde encaja la protesta, y donde la izquierda debería ser, ay, insobornable. Frente al pueblo unánime al que se aspira, cabe oponer la sociedad de todos; la ciudadanía en lugar de la identidad monocolor. Lo afirmó Emil Cioran: “quien dice ‘nosotros’ miente”. No es posible componer un eslogan más justo.

*Columna publicada el 24 de septiembre de 2015 en El Diario Montañés.
Foto: AFP.

miércoles, septiembre 23, 2015

Milagro



Nadie siente más que nadie y, sin embargo, cualquier amago de pausa, cualquier ejercicio de memoria, se interpreta siempre como un exceso. ¡Paremos las máquinas! ¡Preparemos los fusiles! Todo se reduce a la distancia entre el sentimiento y lo sentimental. El insulto al progreso, la ruina del país o de la propia vida dirigida hacia la productividad de la edad adulta. Uno la recuerda a veces volviendo a casa, introduciendo la llave en la cerradura. Hubo un tiempo, piensa, en el que estuvieron juntos, como si tal cosa, compartiendo espacios, angustias y mesa. Se pregunta cómo fue posible pasar por aquellos años sin celebrar el acontecimiento, sin mostrar gratitud por lo que fue, sin duda, un golpe de suerte.

Uno se maldice hoy por no haber demostrado algo más que la existencia sin atributos; como si existir pudiese tener alguna importancia frente a la gran injusticia. Aquel ruido de armarios que se abren mientras el niño merienda, la casa en perfecto estado, su despacho lleno de libros y papeles. La lluvia al otro lado como esta misma tarde. ¿Por qué no un beso más, otra mirada nueva? Hubo de todo, no se siente culpable. Y, sin embargo, en el tiempo que pasa, aún cuando ha podido ser aprovechado, la felicidad se convierte en ruina. Qué nostalgia la de esta salud saboreada de nuevo muchas décadas -ojalá- más tarde. Compartir es siempre un milagro. 

jueves, septiembre 17, 2015

Tradicional Shyamalan*

El cineasta indio regresa a la gran pantalla con ‘La visita’, una siniestra tragedia familiar revestida con el manto del suspense




El estreno mundial de ‘La visita’, reciente producción de M. Night Shyamalan, ha despertado, una vez más, las suspicacias del respetable. ¿Otra grotesca y previsible película rematada con su ya emblemática sorpresa final? Los potenciales espectadores no se deciden… Se trata de dar, como dice el ‘koan’, un paso en el vacío. ¿Habrá vuelto, por fin, el Shyamalan que reanimó a Bruce Willis? Una pregunta tan tópica como el supuesto estancamiento del cineasta.

La obra del director indio se sirve de la etiqueta del suspense y de la atmósfera de incomodidad que se aproxima al miedo, pero se detiene a tiempo. Shyamalan es consciente del espacio que ocupa en el escaparate cinematográfico y lo explota. Es su seña de identidad, su rollo. ¿Es suficiente? Con el objetivo de atraer al público, esta fórmula, extraordinariamente eficaz para condensarse en un tráiler, facilita las cosas. Uno quiere sustos y sustos recibe. También en ‘La visita’.

Una hora y media de película, apenas una decena de dialogantes en un falso documental de bajo presupuesto. El enfado brota cuando se pasa de la contención a la acción paródica. Es en ese salto donde Shyamalan siempre arriesga demasiado. El ejercicio superficial, con el que el cineasta parece reírse de su público, da lo que promete, sin control, cómodo en su explosividad. Los tópicos se suceden, con las costuras a la vista. Pero, hay más.



El espectador, epatado por el disparate, no suele advertir la doble vía de cualquier película de Shyamalan. La trama frívola apenas oculta, sin embargo, el tema principal. Lo ha hecho muchas veces. A lo largo de su carrera, se han abordado, por ejemplo, la búsqueda de la identidad y del sentido de la vida (‘El protegido’), o el uso de la mentira como garante de la vertebración social (‘El bosque’). Aquí, en ‘La visita’, se interesa por la pérdida de la comunicación y de la transmisión de valores. De esta forma, un tanto alambicada, reivindica la tradición, la exige.

En la cinta, el desconocimiento de las propias raíces provoca la incapacidad de los personajes para detectar el peligro. Lo que amenaza la vida es el amor artificial, la relación obstaculizada por una presencia tenebrosa y solo humana en apariencia. El tráiler se limita a exhibir el lado más festivo de ‘La visita’ y esconde el resto. Sería interesante preguntar a Shyamalan por esa actitud iconoclasta hacia sus propios códigos. ‘La visita’ habla de una serie de abandonos que confluyen de manera dramática. Con singular maestría, los traumas de unos y otros afloran hasta reventar en el tramo final de la película. La familia y su imposibilidad, los lazos que se desatan arriesgando la supervivencia de los individuos. Algo muy serio, a pesar de los sustos.

Para lograr que esa doble vía se dirija hacia alguna parte, más allá de los gritos y los portazos, Shyamalan echa mano de un guión consistente y de unos personajes cargados de profundidad. No puede hacerse de otro modo. La tensión que imprime a sus obras exige posponer parte de un relato, que, poco a poco, desvela toda su gravedad. En esa complicada labor, los niños protagonistas, interpretados por Olivia DeJonge y Ed Oxenbould, brillan especialmente, reprimiendo sentimientos y angustias sin exageraciones o afectación. La réplica se la dan unos solventes Deanna Dunagan y Peter McRobbie, como los siniestros abuelos.

Shyamalan aprovecha el suspense, la promesa de terror, para trazar un retrato de familia. ¿Para qué, entonces, dar tantas vueltas? Pero, quizás, ese recorrido espectacular sea, precisamente, el cine. 

* Artículo publicado en el número XVII de la Revista Dartes