domingo, julio 31, 2016

Números*



Un instante, no hace falta nada más, ningún otro adorno. Caer con la primera ráfaga es la bendición. En definitiva, no verlos, inmediatamente después, recargando sus fusiles, apuntando de nuevo, avanzando por la habitación inflamada de pánico. No experimentar el sufrimiento, ni contemplar la sangre propia. Puede ocurrir en cualquier parte; cualquiera puede ser el objetivo. Nada personal, ningún odio extraordinario que no se haya mostrado antes con igual sinrazón y banal sentido del deber. El ser humano, transformado en carne para destruir, en cifras que entregar a la prensa -setenta, suben a ochenta, casi cien…-. Una relación que se impone, el mal que invade los territorios sin cámaras, donde el dogma no penetra. Es un centro comercial, pero también un aeropuerto, una sala de fiestas, un restaurante o el vagón de un tren. Es la vida, nuestra vida.

La muerte es fácil. Bastan el interés y un cuchillo o un camión a velocidad moderada. No es plan, sino acción. Tampoco es un militante instruido, ni una organización estratega. La muerte brota también (y sobre todo) de espíritus trastornados, inadaptados e ignorantes. Hoy, nuestros representantes se tranquilizan al comprobar que la locura del asesino de Múnich no se apellidaba Islam. Tras el atentado de Niza, el ministro del Interior del Gobierno de España, Jorge Fernández Díaz, mantuvo el nivel 4 de alerta antiterrorista en el país. Palabras y números. Dicen que hay técnicos que saben lo que pasa. Pero, ¿cómo prever que una persona alquile un camión y decida, con leves movimientos de pies y manos, convertir el vehículo en un arma? ¿Es posible anticiparse al hecho de que un individuo solitario active su bomba casera al ver próxima la vida de otros?

Los verdugos buscan el número contundente. Su terrorismo es popular. Atacan allí donde vivimos; en esos lugares amables donde nos olvidamos del dolor. Por eso, los políticos y los tertulianos pronuncian discursos de supuesta altura analítica o se aferran a los márgenes del acontecimiento. En las redes sociales, sin ir más lejos, los extremistas echan mano de la ideología del asesino para arrojársela al rival. Otros, más prudentes, advierten contra la ‘islamofobia’ y la extrema derecha que engorda después de cada atentado. Nadie habla de los muertos. Sólo de las cifras para componer los titulares.     

Quizás, valga la pena preguntarse si esta reacción superficial no es, al fin y al cabo, una protesta más contra la muerte; contra nuestra muerte. Que alguien pueda disparar sin conocernos, en un entorno de diversión o de trabajo. ¿Cómo puede suceder? Hablar del crimen es fijarse, primero, en las personas que ya no existen, para, después, comprender la fragilidad de las cosas. El terrorismo desplaza la verdad desde los despachos partidistas y los estudios de televisión a la habitación vacía del joven que no volvió del concierto. Con cada disparo, se desdibuja la institución y crece el monstruo. Habrá muchos más.

* Columna publicada el 28 de julio de 2016 en El Diario Montañés.

viernes, julio 15, 2016

París*



El joven voló a París, que estaba demasiado alto. No era suyo todavía. Como en un preludio de eternidad, París respiraba sin angustia, seguro de disponer aún de otras muchas primaveras. Hace casi veinte años, y hace cincuenta o cien, la ciudad se entregaba al viajero como garantía de buena literatura y excesos políticos; de bohemia también y de mucho amor elegante. Ya estaba todo forjado entonces, el joven no participó en su construcción ni en su defensa. La civilización podría haberse derrumbado sin traumas; París seguiría siendo París. Eso sí, a sus quince años buscaba la tumba de Jim Morrison en el cementerio de Père-Lachaise, se perdía en el Barrio Latino o avanzaba por las Tullerías camino del museo de la Orangerie, atento de no romper nada, de no comprometer, con su torpeza adolescente, la santidad del lugar; la santidad laica, se entiende.

París es el monumento, pero también el secreto. Las grandes avenidas y las plazas revolucionarias cubren la tranquilidad de otros espacios sin multitudes. Pienso ahora en el solitario Cioran, desesperándose en los Jardines de Luxemburgo y también en la preferencia de Vila Matas por la escueta e inquietante plaza de Furstenberg. En plena juventud, el viaje a París es siempre una experiencia que se disfruta en pantalón corto y camisetas de propaganda; con crepes, botellines de agua y mucho tiempo de espera en las colas de los museos. De esta guisa, uno se atreve a imaginar lo que sintieron los artistas o los altos funcionarios y promete volver pronto, no olvidar esa porción de tiempo que ha de inspirar su vida adulta.

Cuando el joven visitó París, Elie Wiesel, Imre Kertész y Jorge Semprún estaban vivos. Era el tiempo de la civilización; al menos, de sus últimos ecos. La pesadilla del siglo XX exigía compromiso, libertad y precauciones. Los testimonios de las víctimas del totalitarismo acompañaban a Occidente en su reconstrucción, recordando que los monstruos nunca mueren, que permanecen agazapados en siniestras madrigueras, esperando un oportuno olvido o una pasión de la que aprovecharse. 



Wiesel ha sido el último en desaparecer. Las voces de los campos de exterminio se apagan discretamente en un tiempo que ya no les pertenece, en una sociedad envuelta de nuevo en la desconfianza y acosada por peligrosas tentaciones. Envejecer, morir, nada tienen de extraordinario; es pura biología, pero ¿qué decir de una memoria transformada en celuloide o apenas recluida en libros de texto y actos de homenaje?

Hace casi veinte años, París representaba la esperanza construida. La ciudad se erigía como el símbolo, perpetuado en piedra, de la parte mejor del mundo; aquella que opone belleza al mal, cultura a la barbarie, enarbolando banderas aceptables. Veinte años después, el viajero -que ya no es ningún joven- ha heredado París. Y deberá defender sus plazas, reivindicar su legado, reproducir algo (aunque sea una mínima parte) del orgullo europeo. Pero no sabe cómo.

*Columna publicada el 14 de julio de 2016 en El Diario Montañés. 

viernes, julio 01, 2016

Inanidad*



Las preguntas que verdaderamente dañan al ser humano son rotundas, pero escasas; tenemos esa suerte. “¿Hay un dios salvador?”, “¿la vida tiene sentido?”, “¿por qué perdemos a tanta gente amada?”. Con estas tres rocas sobre los hombros, aún podemos sobrellevar los días, cumplir con nuestras responsabilidades y aproximarnos sin vacilar al precipicio de la vejez y de la muerte. De algún modo, confiamos en que brote la respuesta de su mera formulación. Algunos maestros espirituales afirman incluso que “si existe la sed, existe el agua”. ¿Quién puede estar seguro?

Sin embargo, cabe la cruel posibilidad de que todo sea humo, ilusión, espejismo. Nuestros amagos de verdad, nuestros balbuceos, son siempre previos a las preguntas. Necesitamos que haya una razón para el sufrimiento, para las derrotas. Es descorazonador, aunque puede resultar fácil de entender porque la carne es débil y el miedo acecha.

El pasado lunes, en plena resaca electoral, las redes sociales rebosaron de preguntas y lamentos. “¿Cómo es posible -escribían los decepcionados- que el pueblo español haya votado a la corrupción?”. También esta vez, la respuesta nació antes y con fuerza. Algunos (los más bravos) se ahorraron los interrogantes y hablaron directamente del carácter “fascista”, “analfabeto” y “casposo” del país. La autocrítica de los vencidos brilló por su ausencia y primó el ya emblemático “España no nos merece”.

Si la sociedad española votó a la corrupción, efectivamente no valdría la pena ni salir del portal. Los criminales y sus cómplices camparían a sus anchas, exigiendo mordidas y derechos de pernada; no habría antídoto eficaz porque el derrumbe ético sería de tal magnitud que sólo una revolución (supuestamente la de los perdedores) asearía las calles y ventilaría las moquetas. Pero, ojo, si, por el contrario, se trata de una elección coyuntural de los votantes, quizás nos estamos equivocando de pregunta.

Propongamos otra: ¿por qué la sociedad española ha decidido votar al PP a pesar de la corrupción? Como verán, es parecida, pero no idéntica a la anterior. Esta nueva pregunta abre perspectivas, crea posibilidades. En definitiva, rescata el asunto de las garras de la estigmatización y de la condena moral. Así, los españoles ya no serían demonios miserables, sino personas que han elegido una opción entre otras.

Una respuesta posible sería la siguiente: el Partido Popular ha logrado conservar su espacio en el centro del tablero; el mismo espacio al que antes aspiraba el PSOE, confundido hoy entre mareas y círculos que le disputan el voto de la izquierda ‘indignada’. Pese a los casos de corrupción, los desahucios, la austeridad y la inexistencia de un contenido ideológico reconocible, el PP está a salvo en ese lugar escueto del “sentido común”. Sin ilusión ni voluntad de grandes victorias, Rajoy y compañía han convencido al personal de que el PP es la última línea de defensa contra la fragmentación del país y la irrupción del populismo. Con esa bendita inanidad les basta.

*Columna publicada el 30 de junio de 2016 en El Diario Montañés.

jueves, junio 23, 2016

Casa



Le pregunté a José Jiménez Lozano sobre la ruptura del mundo. Me contestó: “Ahora vivimos, en muy amplia medida, en una especie de casa o mundo, diseñado por Hegel -con el perdón del señor Hegel-, que nunca podrá ser nuestra patria como decía Martin Buber. No hemos construido nosotros esta casa, no hemos trabajado sus tierras, se nos ha diseñado en cartón lleno de colorido como las aldeas de Potemkin, pero no podemos decir que estas megápolis o aldeas  son de cartón, porque quienes habitamos en esos territorios diseñados ya hemos sido diseñados también para aceptar lo que nos digan, como teniendo una exclusiva naturaleza política. La antigua vida humana de cada cual ya no cuenta: ni Dios, ni padres, ni patria, ni resquicio alguno de afecto ni privacidad, así que resultamos un poco o un mucho los hombres vacíos de los que habla Eliot en uno de sus poemas”.

¿Cuándo ha sido este nuestro hogar? ¿Cómo no vernos finalmente defraudados, traicionados, por una decisión que brota o que se impone? No hemos sido pueblo, eso es todo; esa es la bendición y la condena. ¿Nos servirá el orgullo de la resistencia cuando estemos absoluta e irremediablemente solos, muy lejos del paisaje de la infancia y de los padres? Hoy, nos damos cuenta de que vivimos en las sombras de los otros. Hemos esquivado sus pasiones, sus eucaristías, creyendo erigir edificios propios. Rechazamos sus proclamas, acumulamos libros. En vano. No comprendimos su poder.

Ni siquiera ha sido nuestro hogar, por fin los sabemos. Ellos, por supuesto, no son nuestra familia. En realidad, nada perdemos, salvo la posibilidad de un espacio en el que podríamos haber sido libres.              

viernes, junio 17, 2016

Piscinas*



El niño que se lo piensa en el trampolín, que mira hacia abajo con gesto intranquilo, no sólo teme el salto y el hundimiento. En toda acción, hay un espacio que se recorre, una ciencia incorporada. Al niño también le asusta flotar. Es lógico; sobre el trampolín, uno conserva su ignorancia y las promesas de aprendizaje. Hay que tener en cuenta que las promesas no son el aprendizaje, únicamente su posibilidad. Esos segundos previos al salto no son el salto. Esperar más de lo debido ataría definitivamente al niño a la quietud, alejándolo de la piscina. Nadie quiere eso.

Hace unas semanas, en el programa ‘Fort Apache’ -presentado por el líder de Podemos, Pablo Iglesias, en el canal iraní HispanTV-, se habló de la exitosa serie ‘Breaking Bad’ como metáfora del ‘sueño americano’ y su reverso tenebroso. Los tertulianos, casi todos pertenecientes al ámbito de la izquierda ‘transformadora’, se apresuraron a tratar la serie como una representación del capitalismo; un sistema económico hostil que empuja al protagonista a la miseria y, consecuentemente, a la delincuencia. Recordemos el argumento: a Walter White (interpretado brillantemente por Bryan Cranston), un gris profesor de química pluriempleado que apenas llega a fin de mes, le diagnostican un cáncer. Incapaz de asumir el coste del tratamiento y angustiado por la posibilidad de dejar a su familia en la ruina, se lanza frenéticamente a la fabricación y venta de droga de gran calidad. La serie relata la transformación personal de White, su envilecimiento. Lo que se presenta como un sacrificio moral, concluye en la plena identificación del profesor con su negocio. El sumiso White se convierte en el malvado Heisenberg.   

En el coloquio, se destacó, con sorna, el carácter emprendedor de Walter White, como si su figura reflejara la verdad íntima del mercado; el mal deshumanizador y consustancial a la empresa privada (al “proyecto estadounidense de clase media blanca”). Este análisis partidista obvia el tema central de ‘Breaking Bad’: la cobardía. White es, fundamentalmente, un pusilánime; alguien que aguarda paralizado en el trampolín, mirando a la piscina desde lo alto. El profesor no participa de la vida, refugiado en una zona de confort que lo protege del riesgo. En su biografía, descubrimos planes que no llevó a cabo, oportunidades que dejó pasar. Walter White es un individuo brillante que prefirió el tiempo sin aventura. Su conversión en un peligroso narcotraficante lo devuelve a la tierra, a la alegría de producir a través del conocimiento. “El trabajo creativo”, que reivindica, por ejemplo, Noam Chomsky.

White alcanza esa meta de “realización personal” transformándose en Heisenberg, que es él mismo, pero felizmente completo -como le confiesa a su esposa en uno de los últimos capítulos-. Heisenberg siempre estuvo en Walter White, esa es la cruda lección final de la serie: la inevitabilidad del salto a la piscina, abandonando el consuelo del trampolín, la fantasía de lo que podría haber sido.

* Columna publicada el 16 de junio de 2016 en El Diario Montañés. 

domingo, junio 05, 2016

Partido de vuelta



Lo he contado alguna vez: mi primer contacto con una persona conservadora tuvo lugar en la ciudad estadounidense de Fredericksburg (Virginia) en 1998. Recuerdo el momento exacto en el que la señora Norman, mientras preparaba cualquier cosa en la cocina, me dijo: “en esta familia somos conservadores”. Quedé sorprendido y admirado por la sinceridad, por el aplomo. Yo venía de un país tomado por socialdemócratas y centrorreformistas -con un presidente del Gobierno, no precisamente de izquierdas, que decía leer a Manuel Azaña-, donde el consenso ideológico y el lenguaje eufemístico convertían cualquier mención a la derecha en un insulto. Así pasábamos la adolescencia. Eran los felices noventa.

Aprendí entonces que la convivencia entre personas diferentes, matizadas ideológicamente por su capacidad electiva, es perfectamente posible, al menos, en Estados Unidos. Un año más tarde, en Lancaster (Pennsylvania), un hombre me relató su paso del catolicismo a una rama protestante porque creía en el sexo “sólo para pasarlo bien”. Esas molestias que se toman al otro lado del Atlántico, esa disposición a la ruptura que concilia su forma de vida con determinados principios políticos o religiosos, no las he visto nunca en mi país. Aquí, uno se declara católico “a su modo”, tranquilamente, sin pisar un templo, sin asumir los dogmas. Se llega al pecado, pero nunca al abandono. Uno nace y muere ocupando el mismo espacio espiritual... Y político.

En España, rara vez se topa uno con votantes del Partido Popular. Es extraño, teniendo en cuenta su condición de fuerza política electoralmente dominante. El discurso hegemónico es de izquierdas y todos, a ambos lados, compiten por erigirse en los representantes más puros del sentir ciudadano. Al PP, esa aparente impostura sólo puede costarle caro en momentos de plena excepción institucional. Mientras el viento sopla favorable, enarbola su teórica pericia en la gestión del dinero. Cuando pintan bastos, sin embargo, la cosa cambia y la corrupción tolerada por los votantes -o el discurso gris, apenas coloreado por tenues referencias a la unidad nacional (mientras pacta con los nacionalistas)- se vuelve veneno. A la derecha, al menos en España (donde, recordemos, el discurso político es único, como únicas son la tribu y la religión, y múltiples las máscaras), le exigen que tire de valores y principios y ahí ya no puede. Y, como no puede, sus votantes callan.  

En realidad, en pocos lugares existe un orgullo liberal o conservador (hasta a la Thatcher le enseñaron la puerta de salida sus propios compañeros 'tories'). La razón es sencilla: la política es el terreno exclusivo de la izquierda. El sentido último de la actividad partidista, que se resume en la operatividad del estado, descansa en un discurso de apropiación de bienes privados para su posterior distribución. Punto. Desde esa perspectiva, desde esa cosmovisión, la existencia de un ente coercitivo que administra la desigualdad para paliarla es la razón de ser de tanto diputado y tanto concejal. Si no, ¿de qué?

Tras la muerte de Franco, se propició la construcción de un orden “social y democrático de derecho”, dirigido por un turno semejante al europeo occidental: con una fuerza demócrata-cristiana y otra socialdemócrata -unos con el rosario en la mano y otros, con el puño en alto-. La derecha, ahí, se contentó con la mera existencia: alguna posibilidad de gobierno, la misa y una economía más o menos abierta. "Lo de los valores, para ellos, que de eso viven", pensaron… erróneamente.

El Partido Popular nunca ha entrado realmente en el debate político porque asume su perfil quintacolumnista, la gestión indecisa de lo público. Cuando la cosa va bien, el insulto de “facha” se recibe con superioridad. Pero, ay, cuando la crisis golpea fuerte, la derecha se encoge. Si les pasa hasta a los socialistas, que no pueden competir con las fuerzas emergentes, mucho más elocuentes y eficaces en su uso de la demagogia. La experiencia de gobierno, aquí, los condena.

Albert Rivera padece también de este vértigo atroz al estigma. “Sois el filial del PP”, le dicen. Y Rivera tartamudea, trata de agarrar algo que se parezca a una idea, a un principio como los que maneja Iglesias con astuta brillantez. Quiere darle la vuelta a la tortilla y se pierde en Venezuela, se enreda con Otegi. ¿Por qué, si afirma tener razones, no las defiende con más seguridad? Porque no lo cree. Lo dice, quizás lo piense, pero no lo cree, porque Rivera y la derecha (también la izquierda sin cafeína, si queda alguna tras la marea morada) no encuentran un santoral, un mito fundador que los explique más allá del “sentido común”.

Iglesias gana siempre porque promete poner al estado en plenitud, porque anuncia la política que conducirá al bienestar por el camino más corto: el reparto. Podemos recoge la ideología constitucional y la lleva a la máxima velocidad. Rivera balbucea algo sobre la sociedad civil, sobre la necesidad de eliminar duplicidades y de abrir mercados y eso no llega al personal porque es un asunto mucho más complejo, alejado de la raíz del estado español (y de la cultura del país), que no alude a los bolsillos, a la cesta de la compra de mañana mismo.

Como dicen algunos, el triunfo ideológico del liberalismo es siempre paradójico, nunca directo. Y aquí, en un país de discurso único a favor del estado, en el que el mercado sólo se menciona para recordar que debe ser “corregido”, votar al original, al más seguro en esa opción total, es perfectamente lógico. “En esta familia somos conservadores”, me dijeron en EEUU. “En este país somos estatistas”, podríamos responderles. Rivera aspira a serlo, como Sánchez (¡incluso como Mariano!). Pero sólo se lo cree Iglesias; sólo lo es Iglesias. Eso sí, sin entrar en detalles, no vayan a darse cuenta.               

sábado, junio 04, 2016

Despertar*



Los que confiamos en un gesto de última misericordia no podemos vestir la esperanza con adornos inverosímiles. Hay que rebajar las expectativas, adecuarlas a este universo sutil que, también sutilmente, habrá de apagarse. No será traumático; de hecho, nuestra generación ya lo ha probado todo en dosis homeopáticas: las películas de Hollywood proporcionan ensayos que, precisamente por su abuso de los efectos especiales, han vacunado al personal contra un desenlace apocalíptico. La vida eterna, si llega, se desplegará de un modo familiar, basado en la recuperación de ámbitos perdidos, de aromas que ya apenas ocupan lugar en la memoria. Todo será reivindicado. Todo nos será devuelto.

El poeta checo Vladimír Holan fue capaz de verlo y de escribirlo. Su poema ‘Resurrección’ -en la versión castellana de Clara Janés- anticipa este aliento: “¿Que después de esta vida tengamos que despertarnos un día/ aquí/ al estruendo terrible de trompetas y clarines?/ Perdona, Dios, pero me consuelo/ pensando que el principio de nuestra resurrección,/ la de todos los difuntos,/ la anunciará el simple canto de un gallo...”.

No se producirá una gran explosión, no asistiremos a un último sacrificio. Será un despertar confortable, inesperado; a eso sí vale la pena encomendarse. Holan recoge ese “susurro de brisa suave” -en el que el profeta Elías reconoció al Señor- y nos devuelve lo pequeño como la parte mejor del mundo. Quizás esto sea suficiente. Debería serlo.

Existe, nadie lo duda, una aspiración de vuelo alto, la reivindicación de conquista personal. Holan desviste esa esperanza, la pone a descansar en el hogar más temprano. La segunda estrofa lo remata: “Entonces nos quedaremos aún tendidos un momento…/ La primera en levantarse/ será mamá… La oiremos/ encender silenciosamente el fuego,/ poner silenciosamente el agua sobre el fogón/ y coger con sigilo del armario el molinillo de café./ Estaremos de nuevo en casa”.

Nada puede añadirse a esta confianza escueta, en absoluto sostenida sobre dogmas o vulgares exhibiciones de poder. Volver a casa. Qué poco trabajo cuesta pronunciar esas palabras, conectar la garganta con el espíritu. El poema de Holan señala, quizás, el camino más amado: no el de la justicia (la victoria final del débil), sino el de la madre recuperada, la familia reconstruida. Es la fórmula tribal que, precisamente por serlo, nos ata siempre a ese amor sin perspectivas y sin exigencias. El poeta checo se consolaba pensando en volver a ver a su madre en la misma casa de siempre, con todas sus cosas cerca. Holan confortaba su corazón anhelando un reencuentro imposible con la infancia. La naturaleza, la realidad, nos avisa del delirio. No puede decirse nada más; es inútil proclamar certezas.

La reunión con todos los que murieron antes. Personas y animales, ojo. Imaginen ese definitivo despertar, escuchando también sus pasos tímidos; observando cómo se aproxima y olisquea la mano que se le tiende. Y alegrándose de verlo feliz, moviendo el rabo, como antes.

* Columna publicada el 3 de junio de 2016 en El Diario Montañés. 

viernes, mayo 20, 2016

Tribus*



Los movimientos de la familia eran siempre los mismos: bajar al garaje, subirse al coche y encender la radio. Al principio, los tres escuchaban canales de música o algún debate político. Más adelante, una vieja cinta de casete. La tarde de los viernes se reservaba para este ejercicio de repetición; el padre conduce por El Sardinero y enfila su última parte, la Avenida Manuel García Lago, mientras la familia contempla el baile parsimonioso del mar, la escueta violencia de las olas. “Vamos a dar la vuelta a Corocotta”, pedía el niño, para estirar, con una última ceremonia, aquellos instantes sin reflexión y sin exigencias; aquel tiempo de abrigo, lejos del colegio y de los otros.

El niño se refería al ‘Monumento al Cántabro’, de Ruiz Lloreda, pero decía “Corocotta”, porque su madre ya le había hablado del orgulloso jefe tribal que reclamó personalmente a Augusto la recompensa que el emperador romano había ofrecido por su cabeza. La familia daba un rodeo a la rotonda para que el niño admirase la escultura del guerrero vestido con la piel de un oso pardo. Los viernes terminaban entonces con el trina de manzana y la pulguita de jamón con tomate en el restaurante La Bodega de la calle Joaquín Costa. Gobernaba, seguramente, Felipe.

La despreocupación vuela más bajo que la felicidad, pero se mide mejor. Casi todos la experimentan en la infancia, o en la juventud, cuando pagan otros. La familia aprovechaba el automóvil para alcanzar la serenidad que proporciona el rito. Tan sencillo como eso. La pretensión de domar los días, de aislarse ante la violencia del mundo, funciona durante un momento. Despreocuparse bajo el techo familiar únicamente pospone el desenlace: la arriesgada vida adulta. Todo es falso, pero, a la vez, extraordinariamente útil para no limitar la memoria a la simple biología.
  
Al asumir esta tendencia tan humana a cercar la vida, resulta imposible responder cínicamente a las recientes declaraciones de Anna Gabriel, diputada de la CUP en el parlamento catalán, sobre la educación de “la tribu”. Es un tema interesante que merece una reflexión. Las palabras de Gabriel hacen descender el dilema clásico entre colectivismo e individualismo a realidades concretas, y eso se agradece. Es decir, ¿hasta qué punto la parcelación favorece la pluralidad social?

La modernidad ha convertido a los seres humanos “en meras naturalezas políticas”, según afirma Jiménez Lozano. El respeto al prójimo, la capacidad de asumir las diferencias del otro (sus ritos) y, directamente, la libertad, se arriesgan en cada intento de homogeneizar al contribuyente. Pero, a la vez, la sociedad abierta brinda a todos, también a Anna Gabriel (¡hasta a Felisuco!), la posibilidad de explorar sistemas de vida propios. El pluralismo permite la coexistencia de todas esas fórmulas con las que ensayan las diferentes tribus. Yo quiero a gente como Anna Gabriel y Félix Álvarez en mi país, pero, por favor, que no crucen la cerca.

* Columna publicada el 19 de mayo de 2016 en El Diario Montañés

viernes, mayo 06, 2016

Negocios*



La legislatura más corta de la democracia nos ha traído la peor noticia posible: España no se vende. Es un drama, una catástrofe sin parangón. Que, a estas alturas, al país le resulte tan difícil beneficiarse de su lidia y muerte provoca inquietud entre los contribuyentes mejor intencionados. Los españoles conviven con la amenaza de revolución y de destrucción estatal al igual que los pueblos precolombinos convivían con el oro: los conquistadores se lo quedaban a cambio de espejos y cubertería barata. Esa fatalidad permanente la asume el español como parte del paisaje; algo incómodo en ocasiones, pero perfectamente natural. Así ha sido siempre.

Sin embargo, no es de recibo que esta obscena exposición del cainismo patrio se desarrolle sin que nadie pase la cesta. Falta arranque y espíritu emprendedor, eso es todo. Alguien debería comenzar a cobrar entrada. Ustedes imaginen a ese francés, a ese británico, con la boca abierta, sin dar crédito a la sucesión de episodios ridículos, de demagogia y discursos incendiarios. Fíjense en el ídolo en forma de urna, alrededor del cual los españoles se engañan, creyendo optar por la sensatez y el diálogo frente al rodillo de la mayoría absoluta, cuando, en realidad, lo hacen por la guerra civil. Cualquiera podría llegar a la conclusión de que el pacto y la batalla contra “la casta” son ingredientes para cocinar recetas distintas, pero aquí la responsabilidad es siempre de otra gente.

España ha sido un ensayo general de todas las carnicerías. La mecha se enciende antes en esta vulnerable piel de toro, quizás por la incompatibilidad de sus habitantes, por una diversidad mal entendida a la que nunca le ha bastado la convivencia. Es triste y, a la vez, interesante; el futuro del planeta puede parecerse mucho al derrumbe institucional español. Piensen en la corrupción de los partidos, en los conflictos económicos y laborales, en la reivindicación del nacionalismo como base de la organización política. Todos ellos, síntomas mucho más visibles en España, pero presentes, de un modo u otro, en esta Europa castigada por la indolencia y domada por la burocracia. Bien, hablemos de negocios.

* Columna publicada el 5 de mayo de 2016 en El Diario Montañés.

viernes, abril 22, 2016

Pesadillas



La rotunda y colorida presencia de Alberto Chicote irrumpe en el restaurante. Los ánimos se encogen. Es temprano y el local, aún vacío, recibe al enfurruñado chef como el defensa central recibía a Ronaldo Nazário en las noches europeas. Hay respeto y hay miedo. Desconfianza, también, pero maquillada por la nerviosa cortesía del camarero. “¿Qué va a ser?”. Chicote se lo piensa; hojea con parsimonia la carta, siempre demasiado larga. “Traiga los callos, por favor -dice-. Pero, antes, el revuelto de ajetes. Y la tarta de queso”. El negocio está en crisis. Poco queda ya de aquel esfuerzo primero, de la imaginación puesta al servicio de la clientela. Hoy, el personal se aburre. Y, sobre todo, el propietario. Chicote es su última esperanza, pero, a la vez, su último desafío.

El careo es inevitable. El restaurante cuenta con un jefe de cocina, ruinoso también, que no va a dejarse intimidar. Chicote cuestiona sus habilidades y él se defiende. La bancarrota está próxima, ha tenido que venir la televisión para frenar el desastre, pero el cocinero ofrece resistencia, inflamado de orgullo herido. De este duelo inicial brota la solución o se consuma el hundimiento. En una sociedad mesiánica, como la española, cualquier mente entusiasta podría pensar que el local representa al país; su quiebra, a la de la Nación (imperial, en otro tiempo), humillada por la incompetencia. El jefe de cocina, por supuesto, sería Rajoy -o Rodríguez Zapatero, tanto da-, dispuesto a preparar, una y otra vez, los mismos platos fallidos. Así las cosas, Chicote encarnaría la nueva política -con chaqueta naranja o morada, según el origen de la encuesta-, rebosante de generosidad constructiva. Me gustaría creerlo.

En realidad, aunque el restaurante es España (su derrumbe resulta incomparable), tras el jefe de cocina no adivinamos a un político en concreto, sino a todos, incluso a quienes pretenden tomar el testigo y reformular el maridaje. Los ingredientes son los mismos: cálculo electoral, ambigüedad y pasión por el poder. Pasan las generaciones y las legislaturas, pero la receta permanece. Lo reconoce Íñigo Errejón: la cúpula de Podemos, de la que él forma parte, tuvo que controlar los procesos de expansión territorial de su partido para evitar sorpresas. Cantabria es un ejemplo. También Ciudadanos ha pasado del “todos sois bienvenidos” a blandir el expediente disciplinario. Porque, aunque los proyectos nacen en Madrid o en Barcelona, hay que reclutar en Castro Urdiales.


Si estuviésemos hechos de otra pasta, podríamos afirmar que Chicote somos nosotros, o que deberíamos serlo. Es decir, miembros de una sociedad dispuesta a ejercer la crítica frente a quienes privatizan y acaparan el poder (los que imponen sus símbolos y sus obsesiones para reducir el mundo a un relato). Individuos que se niegan a preguntarle al primero que ven en la cocina lo que le preguntaban a aquel rabino galileo: “¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?”.  

viernes, abril 08, 2016

Fotografías*



La vida adulta es una reflexión sobre la vida adulta. Uno cumple años y no cruza ningún Rubicón; en realidad, nada se conquista. La edad supone la derrota de la salud perfecta, verle las orejas al lobo de la enfermedad y de la muerte. Poco a poco, el tiempo va proporcionando material a los recuerdos. Inmersos en la treintena, por ejemplo, ya podemos tejer episodios completos de hace cinco, diez o quince años. Antes, solo éramos capaces de capturar fragmentos y olores de la infancia. Es posible que, por aquel entonces, necesitáramos simplemente la referencia del hogar, los besos de la madre, alguna merienda en casa de los abuelos. Y, por otro lado, el temor al vacío de la calle, a la violencia de la competición. Eso se nos quedaba grabado como un aviso sobre el orden del mundo.
   
Solo a través de la memoria llegamos a conocer el miedo. El terrorismo hiere a las sociedades con memoria, las que aún tienen algo que perder. Reconocer el aspecto real de la amenaza no está al alcance de cualquiera. En nuestra decepcionante Europa, el terror es imposible. Aquí se vive la política como razón última del presente; la urgencia de los temas, las réplicas y los matices. Del terrorismo no vemos ni la muerte, apenas alcanzamos a distinguir los escombros, alguna patrulla y los gestos de sorpresa de las víctimas más afortunadas. Como esa joven de la fotografía tomada por Ketevan Kardava en el aeropuerto de Bruselas: la mujer, cubierta de polvo, mira a la cámara con serena incredulidad. Se llama Nidhi Chaphekar y es de nacionalidad india. Podría ser cualquiera.  

Es, precisamente, esa masa anónima, despojada de sentimientos privados, la que muere en una muerte siempre demasiado corta, rápidamente sujeta a las coordenadas y estrategias ideológicas. Recuerden Madrid. Si el terrorismo no existe, tampoco existe la muerte, ni el duelo. En el mejor de los casos, leemos algún reportaje sobre las “vidas truncadas por la sinrazón” -a ella le gustaba montar a caballo y el cine francés; a él, viajar y el alpinismo-. Y, por supuesto, vemos sus retratos de aquella época en la que todos estaban sanos como lo estamos nosotros ahora; cuando eran felices y sostenían el futuro como un tesoro invulnerable.  

No faltan, desde luego, los que culpan a los asesinados de su cruel destino, los que miden cínicamente el dolor en kilómetros. Es el discurso de homilía, del material en el que se forjan las ruedas de prensa y los argumentarios. “No alterarán nuestro modo de vida”, dicen cariacontecidos, porque no saben decir más y temen convertir la realidad en lenguaje. Temen asumir la amenaza y enfrentarla. Porque ya no les queda memoria y solo conservan las fotografías recientes; imágenes que ni siquiera capturan el mundo por completo, apenas un pedazo -siempre el más confortable-, para que el espectáculo se perpetúe sin que brote la decisión.

* Columna publicada el 7 de abril de 2016 en El Diario Montañés. 
Fotografía: REUTERS/KETEVAN KARDAVA

viernes, marzo 25, 2016

Verdinas*



“¿Oiga? ¿Me escucha?”. “Sí, sí, dígame”. “Sí, mire, seremos cuatro a comer, llegaremos a las tres y…”. “Ah, muy bien, ¿cuántos van a ser?”. “Cuatro, le digo”. “Cuatro, vale… ¿Van a querer verdinas?”. “¿Cómo?”. “Verdinas, que si van a querer verdinas”. “Ah, pues no sé… ¿Se lo tengo que decir ahora?”. “¿Oiga?”. “Le pregunto si tengo que decirle ahora lo de las verdinas”. “Sí, yo pienso que verdinas está bien”. “No… ¿Me oye? Es que no sé si los demás van a querer verdinas… ¿Podemos decidirlo allí mismo o tienen que saberlo de antemano para que las prepa…?”. “Las verdinas yo creo que van a gustarle”.

La conversación no conduce a ninguna parte. El santanderino ruge por Calvo Sotelo, esperando que su voz llegue con claridad al restaurante. Debe de ser el teléfono o la cobertura. O la sordera. El caso es que el santanderino grita y la gente se lo queda mirando. La gente de la capital, ¡del centro! Un diálogo estéril concluye, habitualmente, en la extrañeza. Al final, uno no sabe qué parte de lo que ha dicho o de lo que ha escuchado podrá ser rescatada de las ruinas del lenguaje. Tendría que volver a llamar para hacer la reserva -no recuerda haber dejado su nombre, por ejemplo-.

Uno nunca sale indemne de las dificultades comunicativas, de la ausencia de sentido en las palabras que se pronuncian y que se reciben; la mente no está preparada para eso. Hay un sentimiento de fragilidad, de vértigo. Parece que la sangre encharca las mejillas y que el cerebro se contrae en el cráneo. Acabamos por admitir que las verdinas, al fin y al cabo, no son importantes. Curiosamente, es algo que experimentamos en muchos momentos, no se trata de una anormalidad en nuestras vidas. Sucede cada vez que encendemos el televisor o abrimos un periódico. Sus voces y sus temas llevan al contribuyente de la mano, aunque parezcan absurdos. Pensamos, ingenuamente, que el presente merece otro poso, otra consistencia, pero no somos capaces de articular un cambio.

Estamos convencidos, eso sí, del horror de esta época; de los refugiados, por ejemplo, convertidos en mercancía abandonada que nos avergüenza. También padecemos el desempleo, la falta de libertad y de cultura, la amenaza del totalitarismo. Todo eso importa, como también importan aquellos espacios que dan sentido a lo que somos: la familia alrededor de la mesa, unos cuantos amigos, un par de terrazas, algunos libros y la aspiración a una felicidad posible. Por eso, cuando ellos hablan de símbolos, los suyos, la mente se rebela porque sabemos que no son los nuestros; que su exhibición responde a otros intereses y no al bienestar que deben proporcionarnos. Hasta ahora, lo hemos observado desde lejos, permitiendo que jueguen sobre la moqueta. Quizás, va llegando la hora de decirles que no nos importan sus debates partidistas ni el cebo que proponen. Ni el lábaro.

* Columna publicada el 24 de marzo de 2016 en El Diario Montañés. 

viernes, marzo 11, 2016

Verdad*



No es la democracia el sistema adecuado para forjar una verdad única e incuestionable. Está bien que así sea, es su gran hallazgo. La democracia desactiva los dogmas y los pone a hacer cola; no se deja intimidar por las mareas inquisitoriales que amenazan con sustituir su aparente inanidad por la alegría de la carne y del espíritu. La sociedad abierta aprende a combatir al adversario a medida que este aflora, siempre bajo máscaras distintas, pero con un mismo ánimo totalizador y militante, revolucionario y burlón contra esa fantasía infantil que algunos llaman libertad. Eso sí, la presencia de instituciones democráticas no garantiza la victoria. Si su funcionamiento no se sostiene sobre una base cívica, el veneno autoritario penetra sin freno ni oposición. Ha ocurrido muchas veces.

La revolución acampa donde la democracia se detiene: siempre en el territorio de los grandes discursos y la estigmatización. Si la libertad no precede a la urna, esta se limita a ser un continente de ortodoxias en disputa. Y, para una ortodoxia, su verdad vale más que el prójimo. Así, nunca se está lo suficientemente alerta contra esa mentira que se empuña como arma revolucionaria y que pervierte todos los ámbitos sociales.

Ni siquiera la proximidad del pasado, la experiencia personal de la historia, sirve para enfrentarse a las falacias. Como esa que, últimamente, nos presenta a Arnaldo Otegi como un arquitecto de la convivencia, un guía para la “democratización”. No hace falta forzar a la memoria para recordar qué defendía y a favor de quién en los años de la pólvora y la sangre. Sabemos, por supuesto, quiénes fueron los enemigos ideológicos y las víctimas de los criminales. Lo sabemos y callamos porque no dominamos el presente. 
 
El presente lo dominan hoy quienes pretenden ligar doctrina y crítica, como si eso fuese posible sin corromper uno de los dos conceptos. Conferencias y discursos que relacionan fe y periodismo, sin rubor ni congoja. El periodismo es -debería ser- investigación, sospecha e independencia. La militancia sustituye la razón por el uniforme, la verdad por una verdad con inocentes y culpables ya decididos en la línea editorial. 

Qué diferente este vodevil de carnés partidistas y de banderas digitales a lo que sucede en ‘Spotlight’, película recientemente galardonada con el Oscar. Durante sus dos horas de metraje, el espectador contempla, emocionado, la perseverante investigación de un periódico capaz de arriesgar su papel de fuerza viva y la relación con sus lectores para mantenerse fiel a los hechos y, sobre todo, para encontrar la luz en un ambiente que ha hecho de la oscuridad una forma de articulación social. Esa constante amenaza de fractura, ese periodismo que opta por “pedirle cuentas al poder” pese a tenerlo todo en contra, como afirma orgullosamente el director de The Washington Post, Martin Baron, es el único que merece tal nombre en esta época de cínicas beligerancias y compromisos mal entendidos.

*Columna publicada el 10 de marzo de 2016 en El Diario Montañés. 

sábado, febrero 27, 2016

La mitad*



Los problemas llegan en razia feroz, como la marabunta. Bajo su amenaza, la utopía es síntoma de la debilidad de los cuerpos y de los ánimos. Brota sin mácula y juega con todo a favor; su explosión es justificada, nadie puede discutir su lógica. Pero, eso sí, la utopía no es una solución, ni siquiera se aproxima al oficio. Es otra cosa. Con su resurrección, vuelve lo colectivo, aquello que la bonanza aparta no siempre con mala conciencia. Ese “nosotros” del que se abusa y que se proclama sin medida. Ese plural que, sin embargo, es previo a todo movimiento, a toda alternativa, y que se impone sutilmente como la consecuencia de un proceso inevitable. Los rostros se desdibujan en la utopía, las voces se apagan. Y aparece el coro, capaz de asumir la representación emocional del pueblo, su querencia política. Es una ilusión, pero muy eficaz. Es también un exceso. 
  
El impacto de la utopía es incuestionable. Modifica todo lo que toca; invade la prensa, el humor, la literatura y el arte. Elimina o corrompe palabras como libertad o cultura. En su lugar, se enarbolan la lucha asamblearia, la mano invisible, las clases sociales. El pensamiento independiente se rechaza como una enfermedad infantil. La utopía no es un programa de gobierno, sino un clima que estimula a la masa al tiempo que ahoga cualquier disidencia.

El individuo la ve acercarse como un alud, sin diferenciar los copos que la forman. La utopía no soporta el análisis, las propuestas templadas. Para que su existencia pueda prolongarse, dirige su acción contra el enemigo deshumanizado. Poco puede hacer éste para salir indemne del envite. Como dice Elias Canetti, “se interpreta todo como si arrancase de una inconmovible malignidad, de una mala disposición con la masa, de una intención preconcebida de destruirla abierta o solapadamente”.


La cotidianidad es un rival prioritario; el tedio que acepta el presente. Por eso, deben invadirse todos los espacios y se cierran todas las salidas. Y uno se avergüenza de no comulgar y teme integrarse fatalmente en esa mitad de la población que le sobra a la utopía.  

*Columna publicada el 26 de febrero de 2016 en El Diario Montañés.     

viernes, febrero 12, 2016

Samsa*



Últimamente, le cuesta conciliar el sueño, no sé si a ustedes les pasa lo mismo. Quizás, se debe a la extrañeza de este clima enloquecido, al violento temporal de febrero o a las reuniones en la Carrera de San Jerónimo. El caso es que cae la noche y, de pronto, aparecen los fantasmas. Duerme poco y mal. El suyo es un sueño intranquilo, del que se despierta cada mañana convertido en Celia Villalobos o en Juan Carlos Monedero. No se da cuenta enseguida, aún tarda unos segundos en ordenar las ideas y en despegar el ojo. Pero, al encender la luz, se ve pequeño y pizpireto, o docente y con gafas. Se le llena la boca de lirismo revolucionario y de loas a “la gente” o se pone en jarras y habla de las rastas y de los piojos.

Lo lleva muy mal; su familia no lo entiende. Durante estos episodios, sus amigos prefieren no entrar en el dormitorio. Desde el otro lado de la puerta, le preguntan: “¿estás mejor?”. Y él les dice que sí, pero que “me ofende que digan que mi partido es corrupto, porque es un fiel reflejo de nuestra sociedad”, y que la corrupción “a quienes más nos jode es a nosotros, a los del Partido Popular”. Luego, grita: “¡vamos, Manolo!”. Ellos no dan crédito; muchos bajan la cabeza, otros se marchan dando un portazo. Y él se queda solo.

Cuando despierta como Monedero, el panorama es inquietante. Lo primero que hace es cubrirlo todo con retratos de Antonio Gramsci. Los amigos tratan de esquivar sus indignadas acometidas. Alguno le aconseja bajar la guardia, despejarse de tanta batalla política, pero él contesta con tono pausado: “Chávez era un tipo que desde el primer momento demostró que no iba a dejarse comprar”. Y los llama “casta y cómplices de la trama ‘pepera’”. No se enorgullece de ello.



Muchas veces, desearía negarlo todo; aclararse las mechas, quitarse las camisetas del Ejército Zapatista y salir a la calle. Quiere convencer al personal de que sigue siendo el mismo de siempre, pero ¿cómo hacerlo? Cada noche, aunque trate de pensar sin afiliarse, se produce la temida transformación. Es en vano reivindicar su independencia. Los otros, como los amigos de Job en el relato bíblico, se esfuerzan por exponerle sus pecados ideológicos. Son ellos quienes vierten tinte sobre su cabello, los que empapelan su pared con fotos del Subcomandante Marcos, oculto bajo el pasamontañas. Ellos manipulan su lengua y colocan un hueso de cerdo en su mano enjoyada.

Él no se engaña. Sabe que no es cierto. Nunca se levanta con otro rostro, con otra identidad. Se mira al espejo y nada ha cambiado. Pero cada frase, cada análisis, se convierte en carne de cañón. En su país, creen que abandonar una trinchera supone meterse en otra. Y que guardar la chaqueta de pana implica recoger la pala de pádel.

* Columna publicada el 11 de febrero de 2016 en El Diario Montañés. 

viernes, enero 29, 2016

Atticus*



El abogado Atticus Finch, sentado frente a la puerta del calabozo, hojea un libro, alumbrándose con una lámpara de pie. Lo veo desde mi butaca, en el salón de actos de la Escuela de Náutica, sede de la Filmoteca Universitaria. Observo a Atticus (a Gregory Peck) mantener la calma mientras un grupo de hombres armados -ciudadanos del pueblo de Maycomb, Alabama- se le acerca con perversas intenciones. La cosa no pinta nada bien. Finch defiende a un hombre negro, Tom Robinson, acusado de violar a una mujer blanca. La celebración del juicio es inminente y el resto del vecindario lo considera un trámite superfluo. Esa gente viene a linchar al prisionero. Atticus Finch tratará de evitar la injusticia, pero está solo y no lleva revólver.

Pese a que la historia de ‘Matar a un ruiseñor’ transcurre en Estados Unidos durante la Gran Depresión, la escena incorpora el ingrediente principal de cualquier relato del Wéstern: el protagonista está solo frente a la muchedumbre hostil y cobarde. Desde una asunción equilibrada de los defectos de la sociedad, el héroe acepta su misión, convencido de sí mismo, a pesar de los prejuicios locales. Hasta hace unos pocos años, gracias a los libros y a las películas, nos confrontábamos con figuras modélicas, acaso exageradamente honradas, que, con extraordinario empaque, ofrecían protección contra el cinismo. Eso ya se terminó.

“No bebas agua muy fría después de hacer deporte”, me decía mi madre cuando era niño. “Mira lo que le pasó a Felipe el Hermoso”. Los peligros del contraste. Veo la película de Robert Mulligan, basada en la novela de Harper Lee, mientras se desarrolla el juicio por el asesinato de la presidenta de la Diputación de León, Isabel Carrasco. Las acusadas, Montserrat González, su hija Triana Martínez y Raquel Gago, no se parecen a Tom Robinson. Visto lo visto ayer, tampoco sus abogados actúan como el ilustre Finch. Es descorazonador comprender que, a menudo, la realidad tiene poco que ver con la salvación de un inocente; apenas se trata de explicar, con mayor o menor precisión, un hecho siniestro. Palpar la verdad bajo el fango. El presente nos invita a creer que no hay ninguna diferencia entre combatir el mal y obviarlo, que la sociedad es tan compleja que resulta inútil pedirle escrúpulos. Así, Atticus podría haberse apartado de la puerta.

También la política hace su aportación al derrumbe moral de los países. Sobre todo, en esta España pública donde no abundan los Atticus Finch. “El pueblo, con sus votos, pide diálogo a los partidos”, dicen. Ojalá. Es, precisamente, lo contrario. Lo que vemos en el Congreso de los Diputados no es la representación de la sana pluralidad, sino la batalla entre fuerzas antagónicas que se fundamentan en el odio al contrincante y en el cálculo más obsceno; la proyección institucional de un país que no quiere seguir siéndolo. Y sin héroes a la vista.

*Columna publicada el 28 de enero de 2016 en El Diario Montañés.