viernes, mayo 04, 2018

Imprecisos e incorrectos*



En los días peores, vuelven los versos de Valente: “Aquí pronuncio/ la palabra que nunca/ moverá una montaña”. ¿Cómo podría la voz animar aquello que debe permanecer quieto? Poco a poco, hemos ido perdiendo la facultad de advertir el reverso encantador del mundo. Todo se acaba ahora mucho antes y apenas somos capaces de conocer lo que tenemos, de amar los objetos y las calles, como amaban nuestros padres y abuelos las cosas que envejecen.

Con este espíritu, ellos aprendían a ser precisos con las palabras. Era un tiempo de lentitud y gusto, de injusticias, claro, pero también de placeres sostenidos en el paisaje; de pájaros y árboles perfectamente conocidos porque aún importaban su vuelo y su sombra.

Valente tenía razón. Aprendemos que las palabras no mueven montañas, pero continuamos sin ceder en la voluntad que nos incita a descubrir el sentido oculto de las cosas, los nombres exactos. Como siempre, pronunciamos el amor y la queja -hoy espoleados por la velocidad de nuestra época-, pero nos falta conocer verdaderamente y, por supuesto, transmitir ese conocimiento.

Al fin y al cabo, la montaña se mueve, pero no físicamente. La palabra desplaza lo nombrado y lo comparte con otros que no pueden verlo. Los nombres contienen información y confianza. Esto es importante: sólo desde la confianza se nos permite utilizar las palabras, dárselas al prójimo. En ese proceso la montaña se mueve desde la voz que la pronuncia a la mente de quien la recibe. Ambos se creen: es la misma montaña.

Pero, ¿y si la montaña no se mueve? Alguien podría nombrarla y encontrar resistencia. “¿Una montaña? ¿No será, acaso, un animal o un espejismo?” La desconfianza propone conflicto y ruido. Esto no es algo necesariamente malo. Se trata de hallar, una vez más, el territorio de todos, la razón que proporciona un escudo más resistente al mal. Las sociedades democráticas tienen, aquí, un valor del que carecen los regímenes autoritarios. En estos últimos, la montaña se nombra aunque ya no exista o no haya existido nunca. Las palabras se desplazan en el miedo y todos asumen el poder de la mentira.

La tiranía evita la guerra mientras que la democracia corre ese riesgo. En un ambiente ideal, el debate se desarrolla con modales exquisitos. “Por favor, usted primero”. “De ningún modo, insisto en que empiece usted”. Pero rara vez el ideal es la norma. Lo habitual es el uso desvergonzado de las palabras para avivar el fuego. Cualquier discusión sirve, además, para someter al enemigo. He pensado en ello estos días, durante el terremoto mediático que sucedió a la insensible e insuficiente sentencia de ‘La Manada’. La palabra “intimidación” plantea una disputa para adultos; una controversia sobre el significado de las palabras. Pero la escena desanima: unos y otros, los imprecisos y los incorrectos, apaleándose en las redes, posicionándose en estrategias partidistas y obviando la felicidad del estudio.

* Columna publicada el 3 de mayo de 2018 en El Diario Montañés

martes, mayo 01, 2018

La llamada del ocio*




No había visto aún ‘La gran belleza’, de Paolo Sorrentino, y aproveché una emisión de sábado noche en la segunda cadena de Televisión Española para quitarme la espinita. Sinceramente, no me esperaba la intensa filosofía pesimista bajo todo ese vendaval cromático. A la película, pienso, le sobra metraje y es irregular en una trama que, en ocasiones, parece vacilar y perderse por fútiles recovecos. Pero fascina, claro, la manera en que el escritor Jep Gambardella (interpretado por un espléndido Toni Servillo) despliega su escepticismo en la noche romana, su desdén hacia cualquier tipo de justificación y autobombo. El personaje protagonista consigue atraernos porque vive contradictoriamente en el placer. El hastío que arrastra le impide tomarse demasiado en serio, presumir de su éxito y enarbolarlo. Hay algo oscuro -el pasado, la culpa- que extrae la dulzura del instante. Todavía estoy dándole vueltas.

En una de las escenas, Gambardella sestea sobre una hamaca en su magnífica terraza sobre el Coliseo. La mano izquierda sostiene un vaso con lo que parece ser whisky o coñac. El gesto del autor expresa, a un tiempo, serenidad y cansancio; un soportable aburrimiento que, sin embargo, no pone en riesgo su plan de vida.

Esa muestra de ocio sin júbilo no elimina del todo la admiración del espectador. La cinta no pretende despojar de razones al creador hedonista; no es una obra confesional o crítica. Se trata de algo mucho más sutil, quizás de la imposibilidad de habitar impunemente la alegría en una creación marcada por el tiempo y la memoria. Es decir, por la conciencia.

Mi amigo C. y yo, también frente a dos vasos llenos, hablábamos días atrás sobre la distancia que existe entre las personalidades heroicas que han contribuido a hacer habitable el mundo y la presencia cotidiana en los medios de individuos económicamente ambiciosos y culturalmente disolventes. En la conversación surgió el nombre de Ángel Sanz Briz, que salvó la vida a unos cinco mil judíos húngaros durante el Holocausto, y de muchos otros a quienes la derrota del totalitarismo ha permitido reivindicar.

El compromiso y el riesgo sólo tienen sentido, parece, apostándolo todo a una ulterior victoria de la que no podemos estar seguros. Los mecanismos de la política y los equilibrios estratégicos y comerciales pueden convertir al ídolo en paria. Pienso en la figura de Oswaldo Payá, diluida tras la recuperación de relaciones entre Estados Unidos y Cuba, o en la muerte de Liu Xiaobo, disidente y Nobel de la Paz, en esta China contemporánea que, sin respetar ni un ápice los Derechos Humanos, hoy hasta organiza los Juegos Olímpicos. También en las víctimas del terror y de las dictaduras que los planes de paz del mundo convierten en incómodos recuerdos de un pasado culpable. El Paraíso del ocio y del progreso no puede alcanzarse, dicen, sin sacrificio. Pero el sacrificio frena el arraigo de la felicidad. Así funciona la memoria.   

* Columna publicada el 19 de abril de 2018 en El Diario Montañés  

domingo, abril 15, 2018

Desencuadernar*



Hay en la historia una apariencia de solidez que derrota por comparación a este presente parcelario. Quizá sea cosa del formato elegante o de la encuadernación de los relatos antiguos, que duermen cosidos a la voluntad de los grandes nombres. Aquellos episodios, pensamos, tan incontestablemente trágicos que cubrieron el mundo de sangre, poseían el empaque de las cosas definitivas y de los héroes imprescindibles. Da la impresión de que sus efectos fueron inevitables, que no había forma de eludir los campos de batalla, todos los mataderos, que nos han marcado como especie. La violencia parece hoy domesticada, acaso infantil, superados, dicen, los tiempos de la gran turbación. Los portavoces obvian o inflaman el crimen con idéntico entusiasmo. Un ingrediente destaca por algún motivo y hacia allí enfocamos la mirada y nuestra indiscreción. Pero olvidamos pronto.

La memoria tiene sentido siempre que el pasado se guarde en una habitación cerrada, sin que pueda penetrar en nuestro frágil territorio. La interrupción de la secuencia histórica estimula la vanidad del espectador moderno que sólo asume el acontecimiento en su versión superficial.

El reciente asesinato de la judía francesa Mireille Knoll desencuaderna la historia y la devuelve a su condición de obra inacabada. Todo ha sucedido, como subraya el título de la exposición madrileña sobre Auschwitz, “no hace mucho, no muy lejos”. Knoll fue apuñalada por dos ladrones que gritaron “Alá es grande” mientras incineraban el cadáver. La mujer, de 85 años, había escapado de la gran redada antijudía del Velódromo de Invierno en 1942. Su experiencia de superviviente desembocó en una vida sencilla en un piso social del distrito XI de París.

Los verdugos completaron el relato de una biografía marcada por el antisemitismo. La Yihad revive hoy el espíritu de los nazis, recuperando el crimen y el prejuicio. Mireille Knoll murió por el mismo motivo que Sarah Halimi el año pasado. El ministro del Interior, Gérard Collomb, fue claro al respecto: “creyeron que por ser judía tendría dinero”.

Los ataques se suceden en Francia en un ambiente hostil a izquierda y derecha al tiempo que arraiga la idea de que Europa vuelve a ser un lugar inseguro para los judíos. La macabra ironía de una mujer que sobrevive a los nacionalsocialistas sólo para encontrar la muerte en el continente del progreso y de la integración es un aviso para navegantes. A este respecto, intelectuales como Delphine Horvilleur han querido superar la formalidad de los pésames. La rabino del Movimiento Liberal Judío ha afirmado lo siguiente: “sueño con una Francia que sabe que asesinaron a su abuela y no sólo a la mía; una nación que se levanta ante el horror y no presenta sus condolencias a una comunidad”. Únicamente desde la idea de ciudadanía podrá superarse esta época de liderazgos autoritarios y querencias sectarias. Hoy, como ayer, las amenazas contra los judíos son el síntoma de un peligro mucho mayor para todos.

* Columna publicada el 5 de abril de 2018 en El Diario Montañés

Inesperado*



El que avisa no es tránsfuga: este artículo contiene detalles del argumento de la película ‘Tres anuncios en las afueras’. Si usted, estimado lector, no quiere arruinar su visionado, no siga leyendo. Hace unos días, nos quejábamos desde estas mismas páginas del limitado recorrido argumental de la reciente triunfadora en la gala de los Oscar: a nuestro juicio, la caricaturización de las identidades y su escasa capacidad para el relato condenaban a ‘La forma del agua’, de Guillermo del Toro, a padecer aquello tan autóctono del “mucho de Boo y poco de Guarnizo”.

Temíamos, claro, el arraigo de la tendencia callejera y superficial que pretende enterrar las relaciones personales. La actual insuficiencia del arte para darle vuelo a la realidad anunciaba malos tiempos para la fantasía. También era esa la apariencia de la valiente producción de Martin McDonagh: apenas un nuevo alegato anti-Trump sobre la ‘América profunda’.

Y es que deberíamos habernos dado cuenta mucho antes del equívoco. Una de sus primeras escenas presagia sutilmente el camino de la película hacia lo hondo. En un pueblo de Missouri, la protagonista, Mildred Hayes (interpretada por la gran Frances McDormand), entra en la oficina de Red Welby (Caleb Landry Jones) con la intención de alquilar tres vallas publicitarias para denunciar la pasividad policial tras la violación y asesinato de su hija adolescente. Welby está relajado, leyendo un libro de Flannery O'Connor. No puede ser casual. La autora estadounidense, una de las más características representantes de la literatura sureña durante el siglo pasado, no renunciaba a plasmar los aspectos más perturbadores de su época. Un lector escandalizado reprochó a O'Connor su querencia por la brutalidad. Ella le respondió: “el escritor católico tiene que mostrar la intervención de la Gracia en un territorio que es propio del diablo”.

La Gracia, dicen, es la acción divina sobre la naturaleza para superar los estrechos límites del mal y de la muerte. Su irrupción a través de un elemento catalizador es el corazón, por ejemplo, del cristianismo: individuos que, tras un episodio de ruptura -en este caso, la Pasión de Cristo-, cambian su destino, interrumpiendo el normal desarrollo de su carácter.

En la película, el catalizador es Bill Willoughby (Woody Harrelson), cuya decisión -no entraremos en detalles- transforma su entorno a través de la palabra. Todo lo aprendido hasta entonces desaparece en el fino desvelamiento de la verdadera misión.

A partir de ese momento, el símbolo se adueña de la pantalla: el otrora miserable Jason Dixon (Sam Rockwell), escapando de las llamas del infierno; la placa de policía devuelta ante la cobardía del poder políticamente correcto; el zumo de naranja ofrecido desde el perdón y el encuentro final de dos personalidades irreconciliables en busca de la justicia que se les ha negado. La enseñanza, en definitiva, de la vida como cambio y recorrido, como sorpresa y valor. Y, cuidado, también como violencia inevitablemente asumida. Aquí falta Dios.

* Columna publicada el 23 de marzo de 2018 en El Diario Montañés

Contar una historia*



Guillermo del Toro remata ‘La forma del agua’ con un abrazo que es también un baile. No desvelo nada; toda la película es, en realidad, un largo y húmedo abrazo, el encuentro de dos cuerpos contra el mundo. Y también es un baile que prefiere suspender la crueldad del tiempo, como lo pretenden la oración y el poema. Pero la vida no es sólo piel y deseo, aunque soñemos a menudo con mantener los momentos queridos, la felicidad del instante que no debería perderse.
El cineasta alumbra personajes admirablemente enraizados en la pantalla. Es tal su potencia de arranque, que resulta inútil pedirles, además, el recorrido de un relato complejo. Sus especificidades raciales, sexuales o discursivas se presentan en estado de gran pureza privándolos así de la posibilidad de atravesar el muro de la constante autoafirmación. Es muy difícil que sus caracteres se vean profundamente afectados por el devenir de los acontecimientos y que incorporen matices y claroscuros. Su existencia es su declaración.
Ajenos al gusto de una sociedad rendida al consumo y al éxito, los protagonistas se desenvuelven en territorios de excepción: horarios nocturnos, trabajo enclaustrado, poca responsabilidad. Casi por accidente, van sumergiéndose en una trama oscura y misteriosa, con la Guerra Fría como deprimente telón de fondo. Su actitud proporciona el elemento moral que prácticamente brilla por su ausencia en un territorio dominado por burócratas ambiciosos y por la cruel indiferencia del poder.
Dice José Jiménez Lozano, citando a Walter Benjamin, que, quizás, “ya no hay nada memorable que contar”. Acaso derrotado por las series de televisión, el cine parece conformarse hoy con la mera reproducción de las identidades, con la fidelidad a la caricatura, sin esforzarse en el crecimiento de los individuos o en la posibilidad de un cambio.
Sorprende, eso sí, el derrumbe de la cinta una vez que el espectador queda definitivamente epatado. El relato decae en una vulgaridad mil veces vista. Cuando quieren ponerse en marcha, los personajes se encogen ante las cámaras, poco convencidos de su conversión en hombres y mujeres de combate. No hay una historia digna de tal nombre y, por lo tanto, no se produce una reflexión más allá de la constante defensa de la virtud amenazada.
Que los protagonistas no hablen aporta además otro elemento trágico: la reivindicación de los códigos privados frente a las exigencias de un discurso sacrificial. Esto los ensalza y, al mismo tiempo, los condena al silencio y a la huida; a la compartimentación que no puede traducirse ni homologarse por una sociedad incapaz de digerirlos.
Los mandamases de Hollywood aplauden. Pero, ¿no estarán resignándose así a la extinción de todo relato, a la imposibilidad de la aventura? Del Toro podría haber optado por una fábula íntima y, sin embargo, quiere contar también una historia de acción. Sus creaciones se le resisten y prefieren el baile. No sé si deberíamos deducir algo de todo esto.

* Columna publicada el 15 de marzo de 2018 en El Diario Montañés.

lunes, febrero 26, 2018

Soledad*




La soledad, dicen, es una enfermedad que brota de la moderna proliferación de cabos sueltos. Es lógico que el sacrificio se imponga sobre la moral en un presente que penaliza la contemplación; de ahí las habitaciones vacías, el silencio al final de las jornadas. Quizás, siempre haya sido así, sólo que ahora somos capaces de identificar nuestra debilidad. No existe un peligro tan potencialmente devastador como el de la soledad no elegida.

Muertos los dioses, noqueada la esperanza por las ofensivas mediáticas, las sociedades avanzan contra la cultura y contra la amistad, últimos reductos de un mundo prácticamente extinto. La soledad empaña las conquistas, enmudece la memoria y convierte al ser humano en un autómata entregado a su alimento, a su higiene y a su descanso.

Queda gente, sin embargo, que busca anudar a los hombres, devolviéndolos a un ámbito colectivo y alegre. En Galicia, por ejemplo, la orden franciscana ha habilitado su convento de Betanzos para acoger a personas solitarias y reproducir un ambiente familiar donde refugiarse de la indiferencia. Con el objetivo de reivindicar su derecho a ser, se niegan a asumir la marea de la cosificación. El individuo apreciado no en función de su productividad sino en la dignidad que trae de serie.

Hay también en la lucha contra la soledad un elemento siniestro común a todos los compromisos contemporáneos: la histeria de la mediatización; la conversión de un problema en una exigencia ineludible. El siglo XXI destaca por la desproporción de los medios en las polémicas partidistas. Todo parece indicar que un gran movimiento contra la soledad, con portadas de prensa y graves manifiestos firmados por famosos, desembocaría en una nueva ortodoxia; en otro mensaje frívolo, no expuesto al debate o al matiz.

El combate contra la soledad corre el riesgo de incidir en algo que ya existe: la imposibilidad de transitar caminos inéditos, de construir una vida al margen de dogmas y de portavoces. El abismo de la soledad se convierte en la obligación de la secta. Esa imposición supone, desde luego, un cambio sólo aparente: el ser humano debería abandonar sus deseos de bienestar económico y reconocimiento profesional para conformarse con una posición gregaria. ¿Se imaginan?

Los problemas se tratan mejor cuando no se aprovecha su planteamiento para contribuir a la eterna guerra ideológica. Sólo desde la mesura alejada de la tentación audiovisual, de la propaganda, podríamos hablar de esa responsabilidad que nos ata pese a los sueños de ruptura; de esa brega que no puede obviarse porque pasaríamos de la obligación a la derrota.

El emprendedor como figura prometeica, que se eleva contra los débiles, es sustituido en los titulares por la Secretaría de Estado contra la Soledad que la primera ministra Theresa May ha creado en Reino Unido. Donde los franciscanos gallegos ven posibilidades de mejora, los partidos contemplan un terreno donde sembrar la nueva fe. Y eso siempre es un peligro.

* Columna publicada el 23 de febrero de 2018 en El Diario Montañés

viernes, febrero 09, 2018

El dinosaurio y el doctor Grant*



Ustedes recuerdan aquella escena de Parque Jurásico: el multimillonario John Hammond ordena detener los todoterrenos; sus ojos brillan de júbilo. El doctor Alan Grant no se ha dado cuenta del súbito arrebato del anciano. Cariacontecido, apenas atiende a sus compañeros de viaje. No sabe qué demonios hace él, un paleontólogo de prestigio, en esa isla remota. De pronto, algo capta su interés. La cámara se centra en un primerísimo plano de su rostro, que transmite la solemne intensidad del momento; durante unos instantes, Grant conserva el rictus grave, como si su temple se resistiera a ceder de inmediato bajo el violento choque de lo real. Primero, avisa a su pareja, la paleobotánica Ellie Satller, que también está en Babia. Ante ellos, un imponente ejemplar de braquiosaurio, especie extinta hace ciento cincuenta millones de años, que mordisquea apaciblemente las hojas de un árbol gigantesco.

He pensado mucho últimamente en Alan Grant. El científico, como se nos presenta al inicio de la cinta, vive entre el barro y el polvo de sus excavaciones, asido a una vocación amenazada por la escasez de fondos. Todo lo que sabe de los dinosaurios lo ha ordenado en su memoria, a través de fósiles y muchas anotaciones. Grant se esfuerza en la reelaboración de un relato que el tiempo ha sepultado.

Pienso en Grant y se me ocurre que algo parecido podría estar pasándoles hoy a los historiadores que han trabajado durante los últimos años en la seguridad de la tierra firme, ya sin los cantos de sirena de los totalitarismos. Pese a la proximidad con el terrible siglo XX, creyeron habitar una época más amable. Todos los monstruos habían sido derrotados; los países prósperos apostaban por un cosmopolitismo abierto y convencido del valor de la vida humana.



Pero hoy nos dicen que las muchachas de Balthus son incompatibles con la inocencia, que ‘El origen del mundo’ de Courbet debe ocultarse y que la ‘Lolita’ de Nabokov canta, en realidad, a todos los Humbert Humbert. La ofensa de la carne descubierta, como emblemática excusa del poder y de la censura.

Hemos visto también la verdad suspendida por una revolución a la que le sobra la presunción de inocencia. Hemos comprobado el actual peso de la lealtad en linchamientos mediáticos, apenas discutidos, donde no cabe esperar valientes palabras de aliento. No quedan versos sueltos, amistades en medio de las tormentas políticas. Los historiadores se encuentran hoy con un entorno de represión rediviva, de pérdida de humanidad y de identidades inflamadas. El objeto de su estudio renace en perfecta forma porque la revolución, es decir, la guerra, es el fuego que nunca se apaga.

Recordemos el final de la escena. Habíamos dejado a Grant patidifuso, a los pies del braquiosaurio. Ahora, le fallan las piernas y tiene que sentarse. A lo lejos, más dinosaurios iluminados por el sol. Alan Grant musita: “era cierto; van en manadas”. Tal cual.

* Columna publicada el 6 de febrero de 2018 en El Diario Montañés

miércoles, febrero 07, 2018

Sí, quiero*



¿Cuántas veces ha pasado? No es extraña la anécdota que revive siempre en hogares ajenos, como si la distancia permitiera la indiscreción sobre el mantel limpio y la vajilla buena. “Era algo sabido”, se repite hoy, como si en la propagación del chisme hubiera razón y belleza. “Fue una pasión irrefrenable. ¡Cómo se miraban!”. Las frases continúan exhibiendo una doble cualidad. Por un lado, el orgullo de quien conoce el relato y lo difunde; por otro, ese resto de piedad, de melancolía, en un emisor que, quizás muy en el fondo, sabe de lo injusto del desenlace: el amor (acaso la aventura) concluyó en el tedio, forzado ante el altar para evitar el escándalo. Para nosotros, seres modernos, una boda es una fiesta, una recargada simplificación de sentimientos que se comparten en un trámite más o menos hortera. Ojo, no es una crítica. Puede apetecer porque, afortunadamente, ahora hay otros caminos.

Pico una de rabas en Santander con mis amigos G. y D. Hablamos de esto y de aquello; de la vida adulta, que ya es inevitable, y del futuro frágil que se nos propone en todos los ámbitos. Raramente estamos de acuerdo en las conclusiones, pero los debates se enmarcan en reuniones apacibles, con el vaso en la mano, como acostumbran las personas decentes.

Decimos, eso sí, que, en nuestro tiempo, hay un abismo entre la toma de conciencia de un problema y su posible solución. Temas como la igualdad entre hombres y mujeres, el medio ambiente o el desempleo pasan por un irremediable filtro mediático que los convierte en otra cosa, mucho más respetable y adecuada para la inmediatez del consumo. Podría parecer que la estrategia consiste en depurar los asuntos, borrando las dudas y los matices.

Una vez la complejidad ha sido eliminada, irrumpen la demagogia y los militantes políticos. Poco importan ya los datos o los procedimientos judiciales, la investigación científica y las pruebas. La verdad (o su sombra) apenas se intuye en el enfrentamiento entre grupos. Esta conclusión en el más obsceno sectarismo nos convence de que hemos perdido la posibilidad de encontrarnos en otros espacios. Los discursos son hoy a los problemas lo que las bodas eran al amor: traducciones obligadas, siempre incompletas, del mundo; moldes que rebosan de propaganda para la conquista del poder.

El ciudadano acaba de morir y, en su lugar, se alzan colectivos implacables y dogmáticos que estrechan los territorios de expresión públicos. El desacuerdo es, sencillamente, imposible frente a tantos portavoces enaltecidos por una causa. Pero hay algo más: la certeza de que esta agresividad anuncia un retroceso en la historia, una llamada al sacrificio de los solitarios (fíjense en Javier Marías o en Catherine Denueve). Resulta difícil encontrar argumentos que nos permitan comprender la política y la comunicación como herramientas benéficas. Como bodas elegidas para celebrar el amor y no para preservar la virtud de las ‘buenas familias’.

* Columna publicada el 25 de enero de 2018 en El Diario Montañés

viernes, enero 12, 2018

Desertores*



No ha sido cosa de un día, pero dejó de importarnos hace tiempo. Naturalmente, cuando los años comienzan a acumularse e irrumpimos en la edad del esfuerzo y la tontería la distancia se convierte en abismo. No se trata de arrojar nuestra madurez sobre aquel pasado lento, fieramente centrado en la búsqueda del encaje, pero nos cuesta desprendernos de ese otro clima que una vez fue abrigo, a menudo contradicción, pero plenitud siempre para la mirada de un niño.

Los mayores hablan de las cabalgatas, pero resulta complicado saber dónde se refugian hoy los niños; ni siquiera es posible afirmar que la infancia existe todavía  como existió para nosotros. Ahora, los encontramos también en la calle, aún alborotando mientras citan a personajes de ficción que ya no conocemos. Parecen inofensivos, mucho más dóciles que aquellos semejantes con los que compartíamos juventud y disparates.

Pero, quizás, todo sigue un curso idéntico y se mantiene el doble objetivo del cariño y la instrucción para la supervivencia; la frágil conciliación entre la moral y el triunfo que todo progenitor alimenta desde la pura voluntad, sin el alivio que proporcionaba la fe del carbonero. Pensamos que, antes, la infancia era un espacio de humanidad verdadera con el que nos identificábamos escuetamente, sin furia ni fanatismo, porque la exigencia del tiempo que pasa y destruye era aún muy débil y podíamos jugar o soñar todas las hazañas posibles. Los adultos nos devolvían al camino cada vez que uno amenazaba con perderse, pero destacaba, o eso creemos recordar, una convicción de progreso, una opción preferencial por el amor y la cultura, por los lugares familiares y las experiencias humildes como la lectura, las excursiones o las visitas a la casa de los abuelos.

El escritor israelí, recientemente fallecido, Aharon Appelfeld vinculaba la experiencia literaria, la escritura, con la conservación de la mirada infantil sobre las cosas. “En el momento en el que uno pierde al niño que lleva dentro -explicaba- acaba convertido en historiador, filósofo o antropólogo”. Hay, quizás, cierta benevolencia a la hora de relacionar la infancia con la alegría o la virtud. La crueldad y la mentira brotan en edades tempranas y todos hemos experimentado la atmósfera servil que cubre un aula de competitivos preadolescentes. Sin embargo, la frase de Appelfeld no es gratuita. La infancia nos sigue pareciendo hoy una posibilidad distinta, un territorio ajeno a las histerias de la producción y del cambio político; el deseo de un tiempo más adecuado para la fantasía, impúdicamente amenazada por la propaganda y por el dinero. Precisamente, se escribe para conservar un trato compasivo con un mundo que no lo es; en definitiva, para que los adultos que, como diría Brel, han desertado no impongan sus apetencias comerciales o políticas a todos esos niños que aún creen que el gozo es interminable y que la aventura no se agota en el refugio de su imaginación.

* Columna publicada el 12 de enero de 2018 en El Diario Montañés


jueves, enero 11, 2018

El crimen*



Ocurre de vez en cuando. Tiene algo de secreto desvelado, de exhibición inoportuna. Se manifiesta de muchas maneras, pero suele parecer sutil, casi doméstico, para que sea plácidamente digerido y resulte, a la vez, indetectable. Cuando su existencia amenaza el orden de las cosas, los tribunales se ponen en marcha con expresiones de formalidad y boato, en un ejercicio que parte siempre de una idea simple y bellísima: el crimen no ha sido cometido.

Y es que se ha avanzado, dicen, para que la existencia del mal sea imposible; esa es la debilidad y la bendición de nuestra época. ¿Cómo incluir el riesgo de un ataque? La violación, por ejemplo, o el asesinato son los hechos irreparables, la desaparición del equilibrio. Es la tragedia absoluta. Ocurre, digo, de tarde en tarde, casi como la cruel manifestación de una advertencia.

La compasión hacia las víctimas decae, sin embargo, en sociedades donde la política lo ha ocupado todo. Sin la sencilla asunción de la humanidad del prójimo, de su derecho a ser con independencia de la utilidad que demuestre para el trabajo o para su condena, nos arriesgamos a restablecer la tribu. Ya está pasando. Nada hay tan útil para cohesionar un grupo como la identidad forjada en la exclusión. Las palabras son, aquí, fundamentales. Aunque parezca revolucionario, siempre se repite la misma fórmula siniestra: una minoría que aprovecha la querencia cínica y cómoda del respetable para difundir su argumentario como el único posible. Pero no basta con un argumentario, se necesita algo más.

La identidad brota entonces como imprescindible cizaña para la toma del poder. El militante se sabe miembro de algo extraordinario que le confiere el derecho a disponer de los otros cuerpos. De aquí parten todos los fenómenos totalitarios, que nunca se sostienen gracias a una sociedad cómplice, sino como fruto de la cobarde aceptación de la mayoría.

El cobarde es el verdadero enemigo de la ley; el ser aceptado por los predicadores, sin temor al golpe fatal o al rumor. Este cínico busca su seguridad en el momento inmediatamente posterior al crimen y lo justifica, añadiendo una supuesta responsabilidad en la víctima o una lectura alternativa de lo sucedido: “llevaba minifalda”, “era un facha”, “es un montaje”. Resulta curioso comprobar hasta qué punto la justicia no influye en la idea que tenemos de nosotros mismos o en nuestra opción ideológica. La secuencia de tragedias o desengaños no mina el instinto de victoria que es algo descaradamente humano. Queremos seguir adelante, eso es todo.

El criminal permanece en el mundo y eso, para algunos, lo confirma en su razón. Pero esto no es lo más importante. Urge contrarrestar los mensajes que, poco a poco, privan a la ley de su legitimidad, que instan a la desobediencia y señalan objetivos. Si no emerge un discurso que retome la idea de la humanidad, habrá ganado la revolución; es decir, el crimen. 

* Columna publicada el 31 de diciembre de 2017 en El Diario Montañés

sábado, diciembre 23, 2017

Velas*



Son muchos los recuerdos, el recorrido es largo. El espectador se detiene un instante, observa con interés y repasa los textos. Las cifras se acumulan, los mapas facilitan la comprensión geográfica del fenómeno. Efectivamente, como apunta el título de la exposición madrileña, Auschwitz sucedió “no hace mucho, no muy lejos”.

La sala Arte Canal acoge la muestra organizada por el Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau y la compañía española Musealia. El resultado es abrumador no sólo por el contenido, sino en la escalofriante plasmación de la secuencia. El funcionamiento cínicamente burocrático, criminal en toda su extensión, de los campos de exterminio quebró la humanidad de las víctimas, reduciéndolas a una carne propicia para el gas. Pero eso ya lo hemos visto y leído muchas veces.

De ahí que el equilibrio entre la información proporcionada y el material exhibido se mantenga sin necesidad de bombardear al visitante con equipajes sin dueño o raídos trozos de tela. Hay, desde luego, una gran cantidad de objetos y se reconoce esa desnudez indiferente de la posesión abandonada. Los vídeos repartidos en varias estancias completan la solemnidad de la visita con los sobrecogedores testimonios de los supervivientes. La emoción es, entonces, inevitable.

Pero hay una tristeza sutil que acompaña al espectador, una idea incómoda, apenas verbalizada, que resume la atroz experiencia del Holocausto; a saber, todo lo contemplado, lo escuchado, lo comprendido existió realmente. Auschwitz fue la concreción en la historia de un movimiento político, de una ideología que instituyó el odio como doctrina oficial, estimulando conscientemente la querencia asesina del nacionalismo étnico. En esta ocasión, contra judíos, gitanos, homosexuales y opositores.

La exposición avanza desde la caricatura: impresionan, claro, la teoría de la “puñalada por la espalda” para justificar la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, las grotescas publicaciones antisemitas, los venenosos libros infantiles que instruían en la aversión al prójimo y los carteles a la entrada de los pueblos orgullosamente despiadados con mensajes como: “Los judíos no son bienvenidos”. Por lo visto, la contemporánea proliferación en nuestro país de personas “non gratas” tampoco es un producto original.

Lo terrible de Auschwitz continúa siendo su posibilidad y la permanente actualidad de su amenaza. El lenguaje político arrastra el estigma del mal. Resulta imposible asistir a un mitin o escuchar una declaración pública sin detectar el tono grueso y excluyente, sin percibir el ansia de dominio y la reducción de lo real a un mensaje único. La infalibilidad del líder, el poder idolatrado que demanda sacrificios en nombre de la utopía, se oponen a la búsqueda de un ámbito de error y de humanidad. Quizás, de esa divinidad bondadosa e imperfecta de la que hablaba Hans Jonas en su célebre discurso ‘El concepto de Dios después de Auschwitz’ y a la que honraron los deportados encendiendo las velas del Shabat también en los lúgubres vagones que los conducían hacia la muerte.

* Columna publicada el 15 de diciembre de 2017 en El Diario Montañés.   

jueves, diciembre 14, 2017

Tóxico*



Todas las generaciones elaboran una idea sobre la debilidad y la arrojan a la calle. Pocas herramientas hay tan útiles para establecer castas y pasión en el orden amenazado, siempre en guardia contra aquellos que deben apartarse de la ruta de los héroes. También la modernidad digital, que nos ha convencido del valor de lo prosaico, necesita erigir muros contra los pequeños, que son el verdadero peligro.

El débil sufre en la competición inacabable; el mundo depende del castigo al perdedor. La idea arraiga en el rebaño. La derrota debe ser merecida, dicen, la muerte es la salud descuidada. Así, el superviviente amanece cada día con el desafío de participar una vez más en ese equilibrio tan precario entre el amor y el sueldo.

Qué importante es entonces el discurso para inhibir a quienes dudan de un presente que deprime los bolsillos y degrada las apetencias. Un discurso pronunciado por el poderoso, dirigido a provocar la vergüenza del contribuyente. Las palabras se instalan en la ciudad como cepos que uno esquiva para no atraer la atención de la censura. Únicamente la persona firme en su almario puede acumular motivos para no rendirse.

Incluso el llanto y el recuerdo de nuestra fragilidad de criaturas se combaten con términos cargados de veneno y de intención. Piensen en la gente supuestamente “tóxica”, cuya mera presencia, aseguran los nuevos sacerdotes de la estimulación social, interrumpe nuestra escalada hacia la cima. Como una reedición siniestra del culto a los santos -que respondían al ardor de la carne con una fe inquebrantable-, se esfuerzan en diseñar respuestas sobrehumanas cuando el cuerpo desfallece.

De esta manera, sería un pecado asumir con miedo la enfermedad; uno debe aguantar estoicamente (hay que ser como Randy Pausch). Tampoco se tiene derecho a la depresión en el abandono o en el desempleo: ahí está Chris Gardner. Porque, ahora, tus lágrimas, querido sufriente, tu destino fatal de inútil incurable, no son resultado de los golpes cotidianos, sino expresiones de tu “toxicidad” en plena ascensión emprendedora. Siempre te enseñarán a despreciar al “tóxico”; nunca a dejar de serlo. Y esa es su victoria. 

* Columna publicada el 30 de noviembre de 2017 en El Diario Montañés

jueves, noviembre 30, 2017

Betania*



Murió y fuimos a la iglesia porque yo quería hablar con el cura. Venía, dijo, de un pueblo de Zamora y le agradaba la idea de honrar a un hombre tan cercano en paisaje. Se lo había preparado bien. A mi padre, creo, le habría gustado ese porte de castellano recio, la sabiduría sin florituras y su amabilidad, propia de los hombres de Dios cuando lo son sinceramente. Yo quería proponer una lectura del Evangelio: el capítulo 11 de Juan, a partir del versículo 17; es decir, Lázaro. El sacerdote aceptó. Vuelvo a agradecérselo ahora.

Es posible que en Roma aprecien este pasaje de una manera diferente porque trata -o, al menos, eso se ha creído siempre- de la exhibición del control divino sobre la carne y su caducidad. De hecho, hay que tener en cuenta que Lázaro no resucita, sino que sólo es revivido temporalmente para volver a morir algunos años después. Esta idea (que escandalizaba a Saramago) la comparte el Magisterio: Jesús resucita para la ‘Gloria’, no vuelve a ser un hombre más. Lázaro, sí.

Pero, más allá de la conclusión que, desde luego, impacta, yo prefiero su principio. Lo resumo: Jesús se dirige a Betania donde Lázaro ya ha muerto. Su hermana Marta oye que el Maestro está llegando a la aldea y corre hacia él. El encuentro es frío y seco, como una puñalada. Marta le espeta: “Si hubieras estado aquí, Señor, no habría muerto mi hermano”. Jesús contesta con aparente indiferencia: “Tu hermano resucitará”. La mujer se resigna y da la razón a su interlocutor. “Sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús vuelve a la carga: “Yo soy la resurrección y la vida…”.

El capítulo sigue, pero en las ceremonias católicas se divide en dos partes, interrumpiendo la sucesión dramática de acontecimientos. Después de Marta, es su hermana María quien acude al encuentro de Jesús y cae a sus pies. Le dice lo mismo que le había dicho antes Marta: “Si hubieras estado aquí, Señor, no habría muerto mi hermano”. Esta vez, a la mujer la acompañan muchas personas que lloran con ella. Jesús ya nada dice y también llora al ver llorar. Cuando el mensaje no sirve, actúa y revive a Lázaro.

El milagro (o el signo) es aquí secundario. En esta lectura, uno se da cuenta de hasta qué punto se acortan las distancias. La conversación tiene lugar donde la plegaria y los dogmas ya no arraigan. Se produce una contestación, se exige algo concreto (como hizo aquella mujer sirofenicia, tan bien descrita por Marcos) y todos participan del dolor, de la indignación que trae consigo la muerte, arropando a la familia, llorando junto a ella. Es la comunidad -a menudo torpemente por falta de costumbre- la que propone el abrigo frente al silencio absoluto de Dios; el puro roce del amor y la amistad que existen y se agradece.

* Columna publicada el 19 de noviembre de 2017 en El Diario Montañés. 

miércoles, noviembre 15, 2017

Los deseados*



Cuando todo esto acabe y recojamos los pedazos del país, nos preguntaremos cómo fue posible que un artilugio tan pequeño, tan ridículo en apariencia y absolutamente desprovisto de cualquier valor moral, haya podido provocar tanta destrucción. Pero a ese asombro cabrá responder entonces con la asunción -paradójica y preocupante- de que el enemigo es siempre más escandaloso. Las instituciones democráticas prefieren el trazo fino, la capacidad de desenvolverse en un ámbito plural y no inflamado por los uniformes y por la exclusión. Su triunfo no resulta sencillo en tiempos de crisis: los rivales aprovechan las grietas que la enfermedad abre para colarse en el sistema débil y pervertirlo.

El artilugio es el nacionalismo; y el nacionalismo es hoy incompatible con la sociedad abierta. Frente a la procesión cerrada de sujetos idénticos, la democracia propone algo mucho más humilde: la convivencia entre los distintos. En España, pensamos que era posible rescatar la idea de ciudadanía, negada durante los cuarenta años de la dictadura franquista, haciéndola coincidir en la periferia con fenómenos de construcción nacional, intocables por el Estado en su delirio adoctrinador y tremendamente útiles para garantizar mayorías parlamentarias a cambio de privilegios económicos y la plena independencia en la gestión de sus asuntos. De esta forma, Cataluña y el País Vasco instalaron el dogma de que la pluralidad era lo que España les debía, al tiempo que negaban cualquier desviación interna.

El fraude conocido de que allí el autogobierno escondiera la estimulación del ‘hecho diferencial’ se recibía desde Madrid con cínica indolencia. Los dirigentes españoles creyeron tener la razón del estado de derecho mientras ellos se armaban de mentiras y establecían los cimientos de una tribu impermeable. Hoy se dice que el ‘Procés’ ha destruido el catalanismo. Es posible, pero lo que está más allá de toda duda es que el movimiento se forjó en la identidad hostil hacia España. El pujolismo era, finalmente, esto.

Por ese motivo, los recientes acontecimientos quizás sirvan para acercar el foco a la realidad catalana, a su verdadero paisaje que no es, en absoluto, homogéneo y puro, sino integrado por ideas que deben convivir en su diversidad. Los grandes partidos confiaron hasta el último momento -quizás, aún confían- en el advenimiento de un caballero blanco del nacionalismo; Santi Vila, por ejemplo. El Partido Popular y el PSOE han deseado siempre tener la fiesta en paz junto a la derecha catalana del ‘seny’ y del dinero. La forma en que Puigdemont y Junqueras han profanado las instituciones convence hoy de la necesidad de aplicar el artículo 155 de la Constitución. Eso sí, la pertinaz ausencia del Estado en Cataluña dificulta enormemente el éxito de una labor profunda, por muy necesaria que esta sea. Hoy, se confía todo a los jueces y a los resultados de las elecciones autonómicas de diciembre, quizás las más importantes de la historia de España. Veremos si con eso es suficiente.

* Columna publicada el 5 de noviembre de 2017 en El Diario Montañés

jueves, octubre 26, 2017

Fantasía*



Muchas veces nos ofenden las señales de la historia porque recibimos de ellas una llamada a la quietud. Su visión nos acompaña como aquel esclavo que, en la antigua Roma, sostenía los laureles del ‘triumphator’ al tiempo que le advertía: “recuerda que sólo eres un hombre”. La historia embrida a los pueblos y a las generaciones. Hoy sabemos que la búsqueda de la pureza empapa la tierra de sangre.

Las soluciones revolucionarias parecen obvias hasta que se confrontan con el estudio. En las comunidades desarrolladas, las violencias son siempre equivalentes y las pasiones no justifican el establecimiento de categorías humanas. La civilización se forja en la sacralidad de la vida, ámbito que no debe traspasarse para alumbrar un paraíso irresistible; este es el trato.

El terrible siglo XX sirvió -o, por lo menos, eso creímos- para descartar las respuestas totalitarias a las crisis recurrentes. El mundo comprobó que el nacionalismo, la movilización de las masas, el sacrificio de chivos expiatorios y la implantación de dictaduras contribuían al hundimiento material y moral de los países.

Por razones de edad, nosotros no conocimos a los totalitarios en su entusiasmo juvenil. Los conocimos decepcionados, marcados por la derrota, sí, pero “nunca en doma”. Los crímenes cometidos en nombre de la ideología se aceptaron, en el mejor de los casos, como un error justificable, pero sus discursos estaban desactivados por la prosperidad de sociedades que parecían haber logrado el equilibrio entre libertad política y oportunidades económicas. La reactivación de los mensajes tribales aturde hoy al personal. Su éxito no era esperable en una época en la que la información y la cultura están al alcance de un clic.

La revolución no tiene nada que ver con la verdad, sino con el permiso para violarla. La revolución es una fantasía dirigida contra el otro. El revolucionario ataca el imperio de la ley desde la propaganda, igualando, por ejemplo, la legislación española con la de cualquier país autoritario (nunca la Cuba castrista, no se vayan a equivocar). Lo importante es negar su legitimidad, su crédito. La desobediencia no sería, por lo tanto, un delito, sino el honor de quien desvela una trampa. Desde esta lógica, toda respuesta del estado ante los atropellos (hoy, el independentista) constituiría una fórmula represiva a la que resulta obligado combatir.

El revolucionario no distingue la España constitucional de la franquista; no le conviene. Prefiere, por supuesto, mantener la memoria de la dictadura, su vigencia siempre actualizada desde ‘Madrid’, y celebra el desafío institucional más descarado que los ciudadanos hemos padecido durante los últimos cuarenta años: el de la periferia centrífuga. Eso sí, el revolucionario no es nacionalista (la sinceridad irrumpe donde menos se la espera). No apoya este golpe por razones sentimentales, sino desde posiciones meramente estratégicas que desgastan el derecho a cuyo sostenimiento en nada ha contribuido y que, por ese motivo, más desprecia: la libertad de la sociedad abierta.

* Columna publicada el 6 de octubre de 2017 en El Diario Montañés

viernes, septiembre 22, 2017

El relato*



En la vorágine de la era digital, aún sabemos que nosotros no iniciamos la historia, sino que nos sumamos a ella, incorporándonos, así, a la conversación de los mayores. Esta llegada nuestra produce alegría porque no irrumpimos desde el vacío. Como herederos de un país con pretensiones, pronto se nos ofrecen libros y películas, museos y aulas -acaso angustias- para trabajar las ideas con las herramientas oportunas. A veces, sin embargo, esta educación no basta y a algún neófito se le ocurre ensamblar las piezas de un modo propio, recuperando palabras o inventando un nuevo significado para el mundo.

La reflexión sobre lo que a todos concierne guarda siempre el peligro de una conclusión injusta. Hoy, los debates se espesan y da la impresión de que los conceptos son deliberadamente corrompidos para llegar a los mismos peligrosos lugares, pero desde un trayecto distinto que distrae al contribuyente. Es un fraude y se ha dicho. Pero esa firmeza en la crítica decae frente a los voceros de la beligerancia.

Algunos, pese a los insultos, rescatan los valores ilustrados, de la libertad y la igualdad, para denunciar la buena prensa de la que gozan quienes desprecian las instituciones. La causa tribal ha forjado un discurso que pretende despojar a las sociedades de su pluralidad, imponiendo símbolos y silenciando disidencias. En ciertos lugares, la oposición -ya estigmatizada- resiste. En otros, quedan tímidos rescoldos que, asumiendo la necesidad de una cobardía cotidiana, ya sólo esperan que los vencedores sean indulgentes.

El proceso catalán nos proporciona una visión concentrada de las posibilidades de derrumbe moral que trae consigo la apuesta por el nacionalismo. A estas alturas, no sorprende, pero asusta, la veloz renuncia al estado de derecho; la legitimidad que, incluso en 2017, pueden alcanzar las ideologías excluyentes. También, la rabia por la ocasión perdida de reconstruir una patria moderna (de ciudadanos libres e iguales, ya saben), tras una historia de pronunciamientos y rancias dictaduras militares.

No sabemos si España se perderá en el camino, pero la convivencia se ha roto en Cataluña. Eso sí: la asunción mediática del independentismo como un instrumento político capaz de erosionar aún más al maltrecho ‘Régimen del 78’ avergonzará al país en un futuro que es ya presente. Ojo, no deberíamos abrigar nuestras palabras con rencor o tristeza. La responsabilidad de quien escribe obliga a proclamar la esperanza, aunque lo pongan difícil.

La realidad, por ahora, va por otros caminos. La inversión ha sido equivocada, pero seguimos adelante para tener la fiesta en paz. Mientras tanto, los nacionalismos profundizan en su modelo insolidario, desoyendo a los tribunales, adoctrinando en las escuelas, diseñando una ruta de supremacismo tolerado. No existen argumentos para la independencia; únicamente la voluntad de frontera, el entusiasmo de banderas de combate para exhibir su ‘hecho diferencial’: el odio cocinado ante la indolencia de los gobiernos centrales y la complicidad de los revolucionarios. Este es el relato.

*Columna publicada el 22 de septiembre de 2017 en El Diario Montañés

viernes, septiembre 08, 2017

Fobias*



Conozco, por fin en persona, a R. en el nuevo piso santanderino de dos buenos amigos comunes. La lluvia de finales de agosto nos recoge a los cuatro en la sala de estar, rodeados de libros y con el vaso en la mano. R. es un hombre alegre que piensa y habla deprisa. Conversamos de muchas cosas; de la problemática relación entre los tres grandes monoteísmos, para empezar, asunto que domina y sobre el que ha escrito ampliamente en su celebrado primer libro. Se agradece el respeto, la plática razonable en plena efervescencia de los discursos inmediatos. Todos coincidimos en que la cosa pinta muy mal; el peligro yihadista es ya indiscutible y su desparpajo ha sorprendido a la siempre ingenua opinión pública europea.

R. ha leído mucho y ha viajado mucho. Sus experiencias le han permitido templar la sesera con frecuentes baños de realidad, alejándose, así, del cliché. Uno de los principales ingredientes de la actual amenaza, dice, es su compromiso con la destrucción de la riqueza cultural del Islam, su empeño en borrar cualquier matiz que discuta el férreo control fundamentalista. La vanguardia de la Yihad desprecia a Averroes, a Avicena o a Ibn Arabi y teme las maneras de una fe que brilló, hace algunos siglos, en Córdoba, en Damasco o en Bagdad.

La prioridad de la rabia genocida del Estado Islámico, afirma R., es tomar el poder en Arabia Saudí y en el resto de países de la zona, siguiendo el dicho de que “no hay peor cuña que la de la misma madera”. Los terroristas comparten la visión extrema del Islam que brota de Riad, pero los perturba la discordancia entre su lectura despiadada de la religión y la querencia vividora de sus gobernantes. Por ese motivo, los saudíes persisten en su hermetismo -sin estimular cambios que podrían resultarles traumáticos-, al tiempo que participan en el intento de oponer a este vendaval asesino de cuchillos y furgonetas un Islam ordenado y blanqueado (por ellos, desde luego) en Occidente.

La fórmula es astuta. El miedo a caer en la “islamofobia” previene al personal de enunciar lecturas negativas sobre el Corán o sobre la tradición religiosa que emergió tras su meteórica expansión. No se trataría ya, en definitiva, de reivindicar a Rumi o a Naguib Mahfuz frente a los terroristas, sino de contribuir a que ni siquiera sea posible expresar públicamente una opinión libre sobre el dogma sin ser severamente reprendido. A diferencia de otras fobias emblemáticas (homofobia, misoginia, todos los racismos), el término “islamófobo” estigmatiza a quienes critican un sistema de creencias. Muchos intelectuales sufren hoy siniestras campañas de desprestigio por, como dice el chiste, no ser partidarios. El riesgo más urgente: que la censura de los análisis provoque en nuestras sociedades avanzadas no el advenimiento de un Islam capaz de conectarse con la modernidad sino la aceptación sumisa de que todo vale mientras no nos maten.

* Columna publicada el 7 de septiembre de 2017 en El Diario Montañés