viernes, octubre 11, 2019

A la japonesa*



Perdónenme que insista en lo abrumador del paso del tiempo. Uno alcanza determinada edad, apunta a definitivamente adulto, y los recuerdos parecen estrecharse en la memoria, como si un acontecimiento nunca distara demasiado de otro. Por ese motivo, cuando se revisita un libro querido, una noticia del periódico o un vídeo de Internet, hay que atender bien a la fecha de publicación, no vaya a ser que nuestras convicciones se hayan quedado, de pronto, obsoletas.

Sucede que el eterno presente se vuelve rápidamente crónica y material para los chismes. ¿Quién iba a decirnos en los años noventa del siglo pasado -época desenfadada y a todo color- que los inicios del nuevo mileno estarían marcados por el ataque contra las Torres Gemelas, la crisis económica y el repunte del populismo? Ha sido breve la celebración del sistema liberal y democrático después del derrumbe del totalitarismo comunista. Poco han podido descansar los agoreros, embravecidos siempre por la irrupción de nuevos dogmas.

Basta con echar un vistazo a la Red y reencontrarse con antiguas intervenciones de jóvenes entusiastas del 15M poniendo en entredicho el “Régimen del 78”, discutiendo “los mitos de la Transición” y exigiendo la sovietización del lugar mientras apuntalaban su particular politburó. ¡Qué frágil nos parecía entonces el sistema constitucional! ¡Qué prematuramente envejecidos los portavoces en el Congreso! Una flamante generación de idealistas prometía reconstruir los corruptos cimientos de la democracia en España con batucadas y tiendas de campaña.

Un rato tan largo llevábamos aquí con este percal revolucionario (y revolucionado) -amagos independentistas incluidos-, que se nos llegó a olvidar cómo eran las cosas antes. La aparente proximidad del cambio gracias a los nuevos partidos de redichos treintañeros recolocó a todo el mundo en posiciones ideológicas extremas. La conversación política se puso en valor y la farándula fue escorándose hacia el compromiso (estigmatización del rival mediante). Esto parecía molar como a los jóvenes poetas de hace unos años les molaba Bukowski mientras obviaban el feminismo.

Toda esta inflamación política era, evidentemente, inadmisible y necesariamente breve. Ningún país soporta demasiado tiempo la incertidumbre de la excepción. Suavizadas las ambiciones de los jóvenes morados y naranjas (la de los periféricos, eso sí, nunca parecen suavizarse), la clase dirigente barrunta una reedición de lo malo conocido; la concentración de las tendencias demagógicas en dos bloques sin aventureros.

Pero, ¿cómo se ha logrado desactivar el asalto al Palacio de Invierno? ¿Cómo se ha producido semejante hazaña desde el poder? Sencillamente, con el empacho. Mucha política, demasiada presencia mediática y bravuconadas. ¡Hasta golpes de estado! Y la vida en directo de jóvenes que se acercan a la crisis de los cuarenta sin haberse dedicado a ninguna otra actividad laboral o decente. Con estos ingredientes se cocina el hartazgo del respetable. Ahora, nos conducen, de nuevo, hacia las urnas. Pero, esta vez, sin la ilusión asamblearia. El bipartidismo más vulgar ha ganado su huelga a la japonesa.

* Columna publicada el 2 de Octubre de 2019 en El Diario Montañés

miércoles, septiembre 25, 2019

Perros*



Quienes gozamos de la compañía de los perros en las ciudades (inteligentes o no) de esta España en funciones hacemos auténticas piruetas para esquivar la sutil (y, en ocasiones, no tan sutil) censura de aquellos que aún ven la proximidad canina como la manifestación de una plaga veterotestamentaria.

Históricamente, claro, se ha dado en el país una relación conflictiva con los animales, violenta incluso, reflejo de muchos siglos de exigente vida rural y de una intensísima querencia por los espectáculos veraces. Resulta complicado podar tanta memoria con un voluntarismo moderno. Sobre todo, en un asunto que atrae aguafiestas y disgustos en estado de gran pureza. Con las mascotas ocurre como con todo lo demás; sus problemas reales se confunden bajo toneladas de demagógicas ‘boutades’. Cualquier persona ajena al lenguaje periodístico sabe de la terrible situación de los abandonos, la crueldad y el maltrato. Sin embargo, algunos se ponen “incorrectos” (¡cuántas barbaridades se cometen en su nombre!) y señalan la supuesta tiranía de los perros en parques y jardines como la principal amenaza para la Constitución.

Hay una incomodidad no disimulada, un enfrentamiento frío (en el mejor de los casos), entre quienes paseamos a nuestros perros y quienes abiertamente los rechazan. Nadie es tan peligroso como aquel que se cree en el derecho de afear a otro su conducta. El perro es visto aún, aquí y ahora, como un intruso en la utopía urbana, una especie invasora que ensucia las calles y atemoriza al personal.

Por ese motivo, no es extraño que políticas como la del Ayuntamiento de Zamora, que cobrará un “impuesto perruno” de nueve euros anuales, sean recibidas con júbilo por los no partidarios. Más que las explicaciones de los responsables del consistorio -que utilizarán ese dinero, dicen, para acondicionar zonas de esparcimiento canino, distribuir bolsas y crear un censo de mascotas-, les importa lo que esta medida tiene de diferencial: los propietarios de perros tendrán que pagar por la mera existencia de su “capricho”.

Pero, ay, ojalá Zamora y sus tribulaciones. En el balneario santanderino, incluso las supuestas soluciones ocultan una exclusión. ¿Puede decirse, por ejemplo, que el terreno entre las avenidas Severiano Ballesteros y Reina Victoria -donde no hay fuente ni vallas que impidan caídas al vacío y donde algunos seres humanos deciden defecar junto a los árboles o arrojar sus gastados profilácticos- es, realmente, un lugar acondicionado para los perros?

La consideración del animal como un añadido molesto, como un apéndice indeseado, tiñe la convivencia de prejuicios y sentimientos de culpa. Por un lado, quienes tenemos perros conocemos muy bien nuestras obligaciones y, en general, tratamos de cumplirlas. Por otro, los opositores insisten en mantenerlos en una clandestinidad que se refleja diariamente en enfrentamientos y comentarios por lo bajini. Oigan, pero si se trata de cobrar una “yizia” perruna para que pongan una fuente y una valla en condiciones, yo encantado, ¿eh? Venga, ¿cuánto se debe?

* Columna publicada el 18 de Septiembre de 2019 en El Diario Montañés

lunes, septiembre 09, 2019

La plegaria de Marcos-Ricardo Barnatán*



El evento se apagaba y uno del público aprovechó para preguntar sobre el nombre de Dios. “¿Cómo puede el poeta referirse a la divinidad si esta, según la tradición judía, no debe ser nombrada?”. Marcos-Ricardo Barnatán, que presentaba en la santanderina librería Gil las nuevas ediciones de sus poemarios ‘El libro de David Jerusalem y otros poemas’ y ‘Arcana Mayor’ -ambos publicados por Ars Poetica- zanjó la cuestión con una respuesta audaz: la poesía tiene siempre la obligación de encontrar los nombres adecuados para todas las cosas, a pesar de la imposición dogmática. En todo caso, añadió, lo prohibido en el judaísmo es el nombre propio de Dios, no las alusiones aproximativas en oraciones y comentarios.

Fue aquello una suerte de poética bajo demanda. El autor establecía así las coordenadas de su obra. El poeta y el profeta utilizan idénticos mimbres aunque sus objetivos difieran. El profeta recuerda al pueblo la verdad olvidada de los orígenes (del Bereshit a la Justicia); el poeta, en cambio, se acerca a la Palabra y se aleja de ella, bregándose con los símbolos y descargando todo el peso de su significado. La literatura de Marcos-Ricardo Barnatán no rechaza las escrituras ni la tradición, pero reivindica su plena libertad creadora. Lo explica bien en la nota que cierra ‘Arcana Mayor’: las citas bíblicas y cabalísticas “son la sustentación natural del pensamiento, nunca una vana apoyatura estética”.

La responsabilidad se hace presente. En un caso, se trata de construir el libro de David Jerusalem, poeta arquetípico creado por Borges para su cuento ‘Deutsches Requiem’. En esta obra incluida en ‘El Aleph’, Borges narra el encuentro de Jerusalem y su torturador nazi, centrándose en la vocación de esta ideología criminal por sepultar la piedad entre los hombres. David Jerusalem, se apunta en el relato, escribió un libro que incluiría los poemas: ‘Rosencrantz habla con el Ángel’ y ‘Tse Yang, pintor de tigres’, que Barnatán compone con ánimo militante: la realidad merece la existencia del libro de Jerusalem. Su voz llora a los poetas asesinados por el totalitarismo.

En ‘Arcana Mayor’, por su parte, las palabras y los nombres, brotan de la violencia del mundo. Hay un hambre de significado; una necesidad de que los sentidos capten la concreción de los otros y de un universo a menudo misterioso y hostil. De ahí su decisión de sumergirse en el Tarot, perspicaz instrumento simbólico. Nada de la creación le es ajeno a Barnatán, que retoma las voces de sus antepasados y las hace propias. Quizás, ya sin un dios que sustente el tablero y sin la confianza en alguna salvación.

En la mesa de la librería, Elda Lavín y Mario Crespo acompañaron al poeta con inteligentes comentarios. Para centrar el tiro, Crespo destacó acertadamente una frase de Barnatán que explica su querencia por lo sagrado: “No realizo la plegaria, pero sé que existe y eso, para Dios, es suficiente”.

* Columna publicada el 4 de Septiembre de 2019 en El Diario Montañés

jueves, agosto 29, 2019

Cajas*




Hay en el recoger mucho de utilidad y de compromiso. Uno descubre el territorio de la infancia y, por ejemplo, se reencuentra con los antiguos tesoros que hoy, ya muy lejanos, dan un poco de vergüenza. Es razonable que las apetencias cambien con aquello que llaman madurez. La persona que hoy monta cajas, las llena y las cierra es muy distinta, aunque conserva cicatrices que la vinculan con el hogar primero.

No basta con ordenar lo perdido ni con vaciar las estanterías. Es un ejercicio rutinario: la repetición de los movimientos suaviza el choque emocional. La carta que no recordábamos, el recorte de periódico que una vez nos pareció valioso, el libro favorito. Todo ello emerge de algún abismo sobre el que la edad había colocado una pesada losa.

Como vivimos un tiempo sin historia, donde todas las causas han quedado pendientes, nos parece mentira que las cosas que hoy permanecían en un silencio sin uso tuvieran, en algún momento, vigor y solera. Y, como las vemos todas juntas y a un mismo tiempo, nos entra un Stendhal de manual, acompasado con la más natural de las melancolías.

El mes de agosto, con su quietud y un sol casi en despedida, resulta propicio para las mudanzas y los reciclajes, pero uno nunca sale impune de este drama, a no ser que se entregue al sacrificio que exige; a ese espacio de encuentro con lo que una vez estuvo vivo para poder reanimarlo en un lugar distinto, quizás muy lejos de casa.

El ritual sirve para mantener la vida en marcha, sin que pesen el tiempo y el dolor. Abrir una caja cualquiera, introducir aquello que ha estado inmóvil en un hueco del mundo, comprobar la solidez de la forma, el color casi gastado, el interés que aún despierta su existencia en nosotros. Y, una vez cerrada la última, en el preciso instante en el que la juventud queda perfectamente clausurada, llega el momento de continuar el camino, que no deja de ser una metáfora convencional que, sin embargo, sirve para reflejar el compromiso con el futuro de todos los hombres.

* Columna publicada el 21 de Agosto de 2019 en El Diario Montañés

Carmen Jodra Davó*



En 1981, durante una célebre conversación con Philippe Nemo, el filósofo Emmanuel Lévinas declaró que la Biblia “es el Libro de los Libros donde se dicen las cosas primeras, las que debían ser dichas para que la vida humana tuviera un sentido”. Lévinas añadía al respecto que esta escritura temprana abrió un espacio para la concentración de pensadores y comentaristas; en definitiva, para la presencia de los intérpretes en la configuración de la transcendencia.

Mucho se parecen, en este aspecto, los profetas y los poetas. También estos últimos participan de un juego originario. El pulso de la música que compone imágenes; el misterio desvelado a través de la forma. Decir lo que no se puede decir, como afirmaba José Hierro. Es tanta la intensidad posible en un poema, es su intención tan ajena al lenguaje de la publicidad y el partidismo, que resulta tentador relacionar al poeta con la figura oracular. Y ese talento exige de una misión a la altura.

Por ese motivo, me cuesta tanto comprender el reciente fallecimiento de la poeta madrileña Carmen Jodra Davó, a los 38 años. El cáncer, cuentan, se la llevó en apenas unos meses. Yo no la conocí. La conocieron algunos amigos que hoy me transmiten sus sentimientos de devastación. Jodra fue una excelente poeta antes de cumplir los veinte años. Irrumpió con fuerza en el panorama literario ganando en 1999 el premio Hiperión con ‘Las moras agraces’, una bellísima colección de poemas de corte clásico (en los tiempos de la deformación más moderna).

Ella respondió a la invitación del éxito con la indiferencia de quien busca la madriguera para no perderse. Aún publicó otro libro, ‘Rincones sucios’, en 2004. Después, el silencio. Me pregunto si la poeta esperó algo más del mundo; si con su mutis quiso cultivar otra forma de felicidad posible. Dicen que estaba orgullosísima de su profesión de bibliotecaria. Lo cierto es que sus palabras debieron ser dichas para que todo esto tuviera un sentido. Pero la muerte parece preferir siempre a los solitarios, a quienes rechazan la exhibición. Qué rara e inoportuna es siempre la muerte, ¿verdad?

* Columna publicada el 7 de Agosto de 2019 en El Diario Montañés

lunes, agosto 05, 2019

La cima*



Como ya hemos perdido todos los asideros y las herramientas que permiten medir moralmente el mundo, ahora nos encontramos arrojados a la intemperie, en una época la mar de interesante. Fíjense en el personal que casi todos los días se desayuna con noticias de progreso a tutiplén -la invención de una prótesis ligera, el último teléfono inteligente-, al tiempo que se advierte sobre inminentes apocalipsis totalitarios y climáticos. Parece que caminamos hoy por una fina línea desde la que podríamos precipitarnos bien en plena era mesiánica, bien en la definitiva catástrofe. Está la cosa en un ay.

Son tantos los mensajes rotundos, que a uno le cuesta mantenerse optimista de cara a un futuro que presumen deshumanizado y tóxico. ¿Cómo apreciar el presente en sus justos términos, como un punto en la historia, precisamente ahora que han congelado el tiempo? ¿Cómo rescatar los libros mejores, las enseñanzas de un pasado que, al fin y al cabo, fue racista, esclavista y patriarcal?

La indiferencia hacia los orígenes impide un análisis sensato del presente. Así las cosas, somos incapaces de identificar lo bueno y lo bello; lo excelente enfrentado a lo vulgar. Pienso, por ejemplo, en las más recientes citas tenísticas, donde Novak Djokovic, Roger Federer y Rafael Nadal han mantenido su dominio frente a las nuevas hornadas de jugadores que no saben cómo relevarlos pese a su hambre y juventud.

Nos empeñamos en explicar las cosas como si todo fuese natural, perfectamente razonable. Pero, en realidad, lo del tenis y su triunvirato treintañero escapa a toda previsión. Técnica, afinamiento físico y voluntad se han alineado, de algún modo, contra los límites del deporte; contra el muro que otros campeones -en otros tiempos- no pudieron derribar. Quizás, todo responda a un enunciado muy simple: han llegado a la cima. Es decir, que aquí se acaba la presente historia. Ya no se puede elevar más el nivel, correr más rápido, golpear a la bola con más clase.

La confusión, sazonada con las urgencias mediáticas, infecta todos los órdenes de la vida. Un trabajador no cualificado vive más y mejor que Alejandro Magno y, sin embargo, la precariedad y la ausencia de causas se combaten con llamadas al entusiasmo. Resulta impensable extraer de esto una posibilidad para la cohesión y para que el conocimiento empape las mentes de todo el mundo.

En este momento, claro, no podemos precisar si las hazañas tenísticas son insuperables; como tampoco sabemos, por ejemplo, si las críticas al turismo de masas están justificadas. Parece mentira, dicen, que el viaje haya evolucionado desde Aníbal y sus elefantes hasta el ‘balconing’; desde Marco Polo hasta su hoy abarrotada Venecia. Es posible que el progreso no sea más que el desencantamiento de la actividad humana, con el que se proscribe cualquier experiencia más allá de la simple acumulación. Como si cima y engaño no pudieran distinguirse al margen de la maldita actualidad.

* Columna publicada el 24 de Julio de 2019 en El Diario Montañés

lunes, julio 22, 2019

Correas*



Es evidente que el pesimismo es uno de los rostros de la pereza. Lo sabe la derecha autóctona, que se duele de su mal fario enredada en un conflicto familiar interminable. Tantos años después, aún le cuesta liberarse del sambenito franquista y de la cínica identificación nacional de España con la más rancia barbarie. Las ideas, claro está, nunca han sido su fuerte. Sin embargo, la derecha encontraba en una gestión sin pasiones los motivos para la resistencia. Los mejores entre los suyos creían saber que los agravios públicos contra la comunidad política (ligados al auge de los nacionalismos periféricos) nunca empaparían del todo al personal.

Pensaba la derecha que bajo la gruesa capa propagandística y el bombardeo ideológico sobrevivía aún la España antigua, el resultado de una convivencia de muchísimos siglos. Esto, obviamente, en el mejor de los casos; en aquellos sectores de la derecha más comprometidos con ciertos valores sin riesgo de caducidad inminente. Otros persiguieron el cargo o prefirieron el latrocinio. Hay gente para todo.

La batalla, en definitiva, no se ha dado nunca a pecho descubierto. Ha habido miedo, sí, pero, sobre todo, comodidad en las urnas que, mal que bien, parecían confirmar que una cosa son las extravagancias de la “élite” y otra, la verdad de un país que no acababa de nacer.

Largos años transcurrieron de esta guisa hasta llegar al momento decisivo: el golpe en Cataluña y la protesta de miles de personas que veían cómo les escamoteaban el país desde la mentira y la movilización total de los bajos instintos. La derecha vio ahí la posibilidad de dotar de contenido explícito lo que hasta entonces había enarbolado discretamente. Y en esto llegó Vox.

El partido de Abascal, inflamado por la reacción, dice querer acabar con los complejos de los españoles “que madrugan”. ¿Esto significa, acaso, la irrupción de un refrescante constitucionalismo? En absoluto. Vox no propone la España abierta. Al contrario, aprovecha la simbología del estado democrático para colocar el género; las causas más estrambóticas. Es verdad que, electoralmente, no ha sido para tanto; apenas veinticuatro diputados, muy lejos de la carga de la caballería ligera que barruntaba su dirección.

El daño viene, como siempre, de las correas: el nacionalismo de Vox ata más corto y mucho más dolorosamente que el de los periféricos, quienes, pese a un historial reciente que combina golpes de estado y tiros en la nuca, mantienen su prestigio mediático. De ahí que Pedro Sánchez se frote las manos en Navarra, dejándose llevar por radicales y esencialistas de diversa índole -los que, por ejemplo, acosaron recientemente al alcalde de Pamplona, Enrique Maya, en plena celebración de San Fermín-, mientras se extiende la idea de que la creciente polarización de la sociedad española responde a una “alerta antifascista” y no al hundimiento continuado de todos los puentes (de la fe en la convivencia) como preludio de otra guerra civil.

* Columna publicada el 10 de Julio de 2019 en El Diario Montañés

viernes, junio 28, 2019

¿Para qué sirve Noa Pothoven?*




La crítica al sistema liberal democrático que repiten, a un lado y a otro, los portavoces de la excepción, tiene entre sus pretextos la supuesta caída del hombre contemporáneo en la soledad más desangelada; en la intemperie de un mundo sin asideros como consecuencia de la precariedad y el relativismo. Con la sociedad fragmentada, con las familias empequeñecidas y dispersas, el individuo apenas sería capaz de levantar la cabeza para encontrarse en la mirada del prójimo y propiciar así una relación más allá de las necesidades económicas o de los intereses de la mera supervivencia.

Es un cuadro desolador. Según se denuncia, las élites -esa piñata colmada de votos y conspiraciones- establecen una división de clases, a través de un lenguaje excluyente y una agenda propia. Los partidos que brotaron de la crisis rescatando viejas recetas totalitarias proponen un vuelco político que restablezca el orden reglamentado para impedir el aislamiento y, de paso, el libertinaje. Por ese motivo conviene estar alerta ante los románticos de los márgenes y los profesionales que hacen de la crítica su canción del verano. Sobre todo, cuando se interpreta, con el beneplácito de las instituciones, confiando en el entrismo como fórmula para la erosión de los consensos. Precisamente este ha sido el caso de la vergonzosa actitud de los comunicadores y militantes patrios tras el fallecimiento de Noa Pothoven, a los 17 años.

Como recordará el lector, lo primero que se supo de esta adolescente holandesa es que estaba muerta. Es una forma curiosa de iniciar una proyección mediática; supone, en definitiva, que su vida ha carecido de interés hasta su extinción. Primero, los informativos y la prensa, con la ayuda de las redes sociales, difundieron la noticia de que a la joven le habría sido aplicada la eutanasia. La finalidad consistía en recuperar -a favor o en contra- el debate de la muerte digna que, como es sabido, en España viene y va como el Guadiana.

Más tarde, nos dijeron que Pothoven efectivamente solicitó la eutanasia pero que había fallecido al dejar voluntariamente de comer y de beber, tras una depresión a la que no veía remedio, provocada por los abusos sexuales de los que fue víctima. La bronca previa entre aquellos que ven en la eutanasia la prueba del inminente Apocalipsis y sus adversarios no tenía a Pothoven como prima donna. Ella sólo era, por así decirlo, el campo de juego. 

Noa Pothoven acabó siendo, por consiguiente, una muchacha de trágica biografía y pronto olvido. Cuando su caso demostró no ser funcional para el discurso público, su memoria retornó a los límites de su hogar. Hoy es una jovencísima suicida a la que nadie pudo prestar ayuda. Su decisión de dejarse morir apela a los organismos que deberían velar por el bienestar de todos. Quizás sea este un tema más aburrido que el de la eutanasia, pero importante al fin y al cabo.   

* Columna publicada el 26 de Junio de 2019 en El Diario Montañés

martes, junio 18, 2019

Tiananmen*



No resulta fácil advertir el paso del tiempo en lugares rendidos a la quietud y a la costumbre. El espacio familiar doma las miradas, convenciéndonos de la repetición de los movimientos y de la necesaria fe en las fórmulas de siempre. Únicamente los achaques y las canas -que irrumpen como los granos últimos de un reloj de arena- despiertan la preocupación en el personal. Esto no va a ser eterno.

Más allá de las amenazas que todos sabemos, a pesar de que los territorios permanecen en su aspecto infantil, a veces el paso del tiempo nos es reconocible. Pienso en algún episodio que marca las vidas de las personas concretas; aquellas que no se mueven en la lógica del poder ni de los medios. Se trata de la posibilidad de la vejez y de la ruina, de las pérdidas y del compromiso con el prójimo.

El mundo se vuelve entonces hostil o, por el contrario -como canta la gran María Jiménez-, “más amable, más humano, menos raro”. Y se vive su realidad más conscientemente aun cuando otros prefieren inhibirse en el sueño emboscado; en la vigilancia a cierta distancia prudente. Zhou Fengsuo, uno de los líderes del movimiento que reclamó reformas democráticas en la China de 1989, declaraba recientemente que a los protagonistas de aquella ilusión frustrada “nos parece estar en un universo paralelo; una pesadilla que empezó hace treinta años”.

Y es que la vida, a fuerza de repetirse en compañías simpáticas, aperitivos y paseos, golpea en ocasiones con la potencia de la historia y reclama de los individuos una implicación para la que, en general, nunca están preparados. ¿Cómo podría estarlo Zhou Fengsuo, un joven estudiante de Físicas en el Pekín de los ochenta? ¿O un alumno del primer curso de la carrera de Historia como Wang Dan? Rebeldes impetuosos para los que las promesas en un futuro de triunfo y libertad que completara políticamente la apertura económica de la China comunista se disolvieron al mismo tiempo que su adolescencia.

Los principales cabecillas de la protesta van, poco a poco y en silencio, alcanzando una madurez que no va a proporcionarles influencia o mando. Como tampoco se lo proporcionó al premio Nobel de la Paz Liu Xiaobo, que murió hace casi ya dos años de un cáncer diagnosticado demasiado tarde en una cárcel de su país, y cuyo nombre es hoy tabú.

Es en la cobardía de Occidente, cómplice del empuje económico de la China contemporánea, donde se manifiesta el tiempo en toda su crudeza y su traición. En las conciencias de nuestra juventud, amarrada a eslóganes prefabricados, no hay espacio para el reconocimiento a quienes pelean por la libertad, contra la represión de su estado y el compadreo de las democracias de festival. Al menos, cada diez, veinte o treinta años, emerge el ejemplo de Tiananmen; de las esperanzas y las derrotas de Tiananmen. Para nuestra vergüenza.

* Columna publicada el 12 de Junio de 2019 en El Diario Montañés

martes, junio 04, 2019

Culpable*



En un comercio que desaparece palpita una crisis y una decisión; el escaparate vacío, el cartel que anuncia el cierre o el alquiler del local desnudo. Parece que nadie se preocupa del éxito de una tienda que sobrevive a los vaivenes de la economía o a las apetencias temporales de la moda y la estupidez. Hay algo de fría continuidad en el bullicio de la gente que entra para preguntar precios y luego sale satisfecha con el trato. Y también hay compañía.

El peatón que no ha entrado, que no tiene curiosidad por el producto en venta, sufre, sin embargo, cuando el establecimiento que siempre ha estado ahí, de repente, lo abandona. El vecindario no es sólo el personal que saluda con un leve movimiento cervical, sino territorios familiares, rótulos que envejecen con el observador que busca una repetición en las cosas que ama o, al menos, que le importan.

Cualquier cambio, por lo tanto, despierta en el contribuyente una sensación de vértigo y de culpabilidad. ¿Por qué no atravesé nunca esa puerta? ¿Qué extraña desidia me llevó, un día tras otro, a obviar el atractivo de sus vitrinas? Muchos han sido los negocios que se han despedido en silencio, como una amistad que no se cuida.

En una búsqueda rápida por las redes me informo de que la tienda de enmarcaciones Cristmol, de la santanderina calle Cádiz, cerró el pasado mes de febrero. Y yo, claro, sin enterarme, en Babia. Desconozco los motivos de la decisión, no quiero aventurarme. Quizás, se tratase de un retiro o del agotamiento de la ilusión cotidiana. Pero es, simplemente, la muerte del propietario y la muda en los destinos de las generaciones que lo heredan. No obstante, como las personas que expiran sin haberse bebido el vino bueno, uno siente haber desperdiciado la oportunidad de explorar un espacio distinto, ajeno a la voluptuosidad de los cebos digitales. Pero yo no me las quiero dar de fino o de indignado. Tuve la opción de comprar un cuadro -alguno del gran Pedro Sobrado, por ejemplo- o de curiosear entre las obras, pero no lo hice.

* Columna publicada el 29 de Mayo de 2019 en El Diario Montañés

miércoles, mayo 29, 2019

El que manda*



Hoy en España hay uno que manda. Eso es tranquilizador. Al país le hacía falta un asidero sólido, un navegante confiado. El PSOE de Sánchez avanza con la graciosa inercia de las victorias. Los compañeros del líder -algunos de ellos, antiguos rivales- aprovechan la estela ganadora y apuntalan su brillo en las provincias y en Europa. Es bueno comenzar teniendo claro quién manda hoy en España.

La victoria de uno, cuando se da así, rotunda, envejece rápidamente a los demás, aunque a algunos, cierto es, más que a otros. Podemos confirma dramáticamente que la buena salud socialdemócrata convierte siempre a los radicales en excéntricos que sobran por su cargante moralina. A Iglesias, claro, le costará asumir una responsabilidad que, tomada en serio, lo conduciría de vuelta al aula.

¿Y Rivera? Ciudadanos sigue celebrando los arañazos que le propina a Casado, con la ilusión de ser un recambio para el PP. Enmarañados ambos en la trampa de Vox, cegados por la ambición de las matemáticas en Madrid, carecen del empaque de los partidos de Estado y de la seguridad de las candidaturas ganadoras.

Pero Ciudadanos aún puede salvarse de la impresentable política de bloques, en la que uno gana o pierde por una pizca -y que parte España por la mitad-, escapando de la identificación con Abascal. Quizás, la pérdida de peso de Iglesias abra un espacio de entendimiento entre socialistas y naranjas, arriesgándose estos últimos a la enésima pérdida de credibilidad. No sé yo si está la cosa para martirios.

Cantabria, por su parte, es la excepción, con Navarra, y resiste la alegría socialista. Zuloaga mantiene al partido en resultados impropios de su marca electoral. Revilla ha obtenido, al fin, la victoria. Quince diputados que completará con el PSOE, suponemos, por aquello de estar en comunión con el que manda.

* Columna publicada el 28 de Mayo de 2019 en El Diario Montañés

viernes, mayo 17, 2019

Contemporáneos*



Del “hay que ser absolutamente moderno”, de Rimbaud, a la más reciente expresión de ruptura con el tiempo y con los otros, pronunciada por el paleontólogo Juan Luis Arsuaga: “seamos contemporáneos, vivamos conscientemente nuestro momento”. El hombre, como gran verdugo de culturas y de dioses. El peligro se desvela, quizás, en la violencia previa al desastre, con el espejismo de solución o de muerte.

Existe hoy, en efecto, una tentación de novedad que disuelve los lazos de la historia. Hablamos, sin escrúpulos, de la sociedad del emprendimiento, el “Gobierno de los Autónomos”, que diría el Ícaro naranja, y los esclavos del IVA trimestral. Ninguna excepción se conserva, ni espacios sagrados o para la congoja. Las llamas en Notre Dame no han devuelto la cordura a la generación de los ‘like’. Nadie parece asumir que la pérdida de la catedral habría supuesto la confirmación de nuestra desventaja en la línea del tiempo.

Pero, ¿acaso puede medirse la calidad por un recuerdo? ¿No es el arraigo en el presente, por el contrario, lo que eleva al sujeto o lo entierra? Así lo han entendido los forjadores del discurso mediático-político. Un oscuro experto en lenguas muertas, por ejemplo, pesa menos que un Rubius o un Risto. Las palabras que emite cualquier cocinero circunstancial en la televisión recorren más cerebros que todos los poemas de Eliot.

Pensamos que esto no puede ser casual, aunque, de hecho, lo sea. El mal no necesita de estrategias para desplegarse. Le basta con el orgullo en la ignorancia y con la búsqueda individual del éxito inmediato. Todo es más fácil de esta forma; la publicidad partidista y empresarial se desenvuelve más ligera en un territorio sin diques o precauciones espirituales. El universo nace en este preciso instante; somos, dicen, la primera hornada de seres humanos conscientes de su dignidad. Miramos, por lo tanto, la historia sin atención, como quien se topa con una huella desconocida en el camino. Ni siquiera nos detenemos a considerar el origen o el destino de su dueño. Es en el recorrido, no sólo en el ahora, donde habitan los hombres. Y, hoy, estorban.

*Columna publicada el 15 de Mayo de 2019 en El Diario Montañés

lunes, mayo 13, 2019

Dulce*



Dicen que empieza con un hormigueo, con algún síntoma traidor en la placidez de los días repetidos. Nadie se lo espera; irrumpe para disolver la seguridad en el futuro o en las promesas del esfuerzo. Todo cambia con un diagnóstico terrible. La blancura de la bata del doctor, el jardín que se adivina tras los cristales, ajeno a cualquier turbación. Uno sale del hospital y camina los lugares que ya no le son propios. Otros parecen ser ahora los destinados al disfrute de las cosas. No cabe un miedo mayor, una ruptura más dolorosa.

La enfermedad, cuando es incurable, establece una distancia con los demás. El paciente, incluso con la compañía más leal, transita en perfecta soledad las etapas de su adiós. Pasa, tristemente, de la autonomía a la dependencia; de la vida adulta en plenitud a la pérdida paulatina del dominio de su cuerpo y sus funciones. En este estado de cosas, es razonable buscar un instante de absoluta libertad. Ser capaz de elegir una última vez.

Debe de ser difícil asumir un futuro que no vendrá. Aceptar que el destino no proporcionará alegría o una mejor salud. No volver a ver París, no conocer al próximo inquilino de La Moncloa o el aspecto de la crisis que ya se adivina. Perderse las nuevas series, los libros que nos quedan por leer. El incendio en Notre Dame, o los tuits de Trump y el salto de la Pantoja. El presente ata en corto a los vivos.

La muerte de María José Carrasco actualiza en España el debate sobre la eutanasia. Nunca ha sido un asunto de sencillo planteamiento porque se trata, en definitiva, de legalizar el homicidio y eso siempre asusta, como decía el otro, aquí y en la China Popular. Todos los portavoces parecen estar de acuerdo en que la llamada muerte dulce exige hilar extremadamente fino para evitar malentendidos y abusos, pero pocos se atreven a meterle mano.

Saltó la noticia -mediatizada y polémica- del suicidio asistido de Carrasco y, de repente, nos alcanzó la campaña electoral. No se me ocurre un momento peor para plantear un problema en este país frágil donde las propuestas pronto se vuelven veneno. Pero el defenderse de los programas ventajistas no nos exime de tomar postura. Quizás, esta época de excepción digital nos está ofreciendo demasiados cambios trepidantes, negadores de cualquier tradición y moral organizada. No quedan asideros lo suficientemente sólidos para convencernos de lo adecuado de una intuición. Queremos, simplemente, negar al sufrimiento su papel preferencial en el sentido de nuestra existencia. La muerte es un peso hondo, el silencio sobre el dolor del otro; un adelanto de lo que nos espera. La modernidad condena al ser humano a cambiar el bienestar por la delgadez, el camisón, los tubos y el entumecimiento. Y su hogar, por una clínica. ¿Hay algún pecado en la opción, consciente y serena, de la despedida?

* Columna publicada el 1 de Mayo de 2019 en El Diario Montañés

lunes, mayo 06, 2019

Decepción de la trinchera*



El 75,76% de la población española con derecho a voto aprovechó ayer el solete primaveral para colmar las urnas en las Generales. Poca broma con esta cifra rotunda que suena a movilización de época, a compromiso inédito. Ha costado lo suyo, pero los españoles parecen bailar por fin al son que les marcan los políticos y los medios. Tras muchos años de constante atención televisiva, de efervescencia casi bélica que ha privado al respetable de cualquier otro referente vital y cultural, nos hemos empapado de los dogmas militantes.

Desde el optimismo más infundado, uno podría esperar que la sociedad civil rechazara el clima de furiosa polarización que se ha alimentado desde todas las plataformas y todos los micrófonos. Pero no ha sido así. En el fondo, es comprensible: no en vano, el espectador patrio ha podido personarse en un juego de tronos que incluye -según las sentencias de unos y de otros-  mafia, comunistas, fascistas, golpistas, cobardes, bolivarianos y nostálgicos del pequeño caudillo. ¿Cómo negarse a participar con un voto en el poderoso drama español?

Ha ganado la izquierda o, para ser más precisos, la posibilidad de una salida a la crisis política desde la peligrosa connivencia de la socialdemocracia con fenómenos extremistas y tribales. Una salida que, además, excluye a la derecha, a la mitad del país, de cualquier influencia en el futuro del estado. Tenemos que agradecer a Albert Rivera y a Pablo Casado su apuesta por la brocha gorda, por el discurso sin altura ni programa. La pretendida suma del Partido Popular y Ciudadanos -con el apoyo más o menos directo de la ultraderecha nacionalista de Vox- no sólo era improbable, sino que volaba todos los puentes del entendimiento constitucionalista.

Con una nefasta campaña que, incluso, aupó a Pablo Iglesias como el gran sensato, el hambre de mando de Rivera y Casado agotó la paciencia de los contribuyentes que prefieren siempre las opciones de la moderación; lo malo conocido. Allí teníamos a los dos jóvenes del centro-derecha, voraces y confiados, peleándose por encontrar la descalificación más precisa del socialismo realmente existente, mientras Santiago Abascal, desde los márgenes de la razón, dibujaba las coordenadas del debate. Les quedaba el traje, sin duda, demasiado grande.

Ancho es ahora el territorio del PSOE. Con 123 diputados, Pedro Sánchez puede emprender su proyecto sin la amenaza de un próximo descalabro en forma de moción de censura. El presidente, parco en palabras y en talento, supo aguantar su débil posición ante la ofensiva conservadora. Con una participación gris en los debates, el candidato socialista recibió como un regalo el cordón sanitario del ambicioso Rivera. Todo ese centro progresista, templado y razonable que parecía partidario del abrigo naranja, prefirió la gran casa de Ferraz. ¿Qué decir ahora? Quizás, dar las gracias a Albert, a Pablo y a Santiago. Y enseñarles, amablemente, la puerta.

* Columna publicada el 29 de Abril de 2019 en El Diario Montañés

viernes, abril 26, 2019

Machos y susurros*




La primera imagen en el estudio: los candidatos, cariacontecidos, detrás de los atriles, reciben las últimas instrucciones de su equipo de asesores. Un debate no es una conversación, sino un combate, a cara de perro, con insólitas armas dialécticas y cosméticas. Sánchez, que es el único de los cuatro que ya pisa moqueta, desaprovechó la oportunidad de situarse por encima de la gresca, repitiendo “las derechas”, tantas veces como le fue posible, sin ganar ningún cuerpo a cuerpo. Voló a escasa altura. Tampoco Rivera ha recuperado brillo y ya sólo confía en que el barullo alumbre una mayoría naranja. Iglesias optó por una exhibición de inteligente mesura, para ofrecerse como el lado bueno de un PSOE veleta, sin apartarse de su plan: blandir un ejemplar de la Constitución. Fue el más torero. Casado, correcto como una tortilla francesa, no quiso reclamar para sí el título de jefe de la oposición; no hirió, pero tampoco fue herido. El debate de propuestas duró exactamente media hora. Después, la violenta plasmación de la falta de talento. Se odian, se temen, pero el futuro pasa por ellos. ¿No les parece desolador?
23 de Abril.

* *
Definitivamente, conocerlos no es amarlos. Qué desagradable el debate decisivo; qué bronco y qué triste. Dos horas más de televisión con esta gente -cuatro horas en dos días consecutivos-  no hay cuerpo que lo aguante. El contribuyente teme imaginárselos a puerta cerrada, sin Vallés ni Pastor acortando las riendas. Sánchez prefirió, una vez más, el refugio de las tablas, desde donde, reiteradamente, llamó mentirosos a sus rivales. No estuvo bien el presidente, lento y pálido en un escenario que no le beneficia. Mentira y derecha son dos palabras que en boca del candidato socialista quieren funcionar como el ajo contra los vampiros. No ganó, pero tampoco perdió por incapacidad de los contrincantes. Rivera y Casado tuvieron incluso algún momento de confrontación. Fue gracioso porque en la pelea parecen inexpertos; dos jóvenes de club deportivo disputándose el barco de papá. Y eso es lo que se echó en falta: alguien adulto, la dignidad de los cargos en democracia. Iglesias, que ya no confía en mandar en solitario, ha abandonado su estrategia revolucionaria para abrazar el discurso tranquilo frente a los machos alfa que se enzarzan por La Moncloa. Ahora prefiere domar a Sánchez y para ello susurra.
24 de Abril.

* Comentarios a los debates electorales del 22 y 23 de Abril de 2019. Publicados en El Diario Montañés.

viernes, abril 05, 2019

Un poco mejor*



El 8 de junio de 1968, dos días después del crimen, el cadáver de Robert Kennedy fue conducido en ferrocarril desde la catedral neoyorquina de San Patricio hasta el cementerio de Arlington, cerca de Washington DC. En un vagón, junto al ataúd, el fotógrafo Paul Fusco contemplaba el duelo de un país al que se le escapaba otro pedazo de esperanza. Y disparó con su cámara para perpetuar a los estadounidenses de todas las razas, credos y dineros que formaron junto a la vía, a lo largo del trayecto, perfectamente firmes y dignamente derrotados, saludando en silencio al paso del tren. La perspectiva de un cambio político profundo en los coloridos sesenta parecía borrarse con la desaparición de otro Kennedy. Así lo despedía el pueblo. Muchas gracias, Bobby, pero contigo tampoco ha sido posible.

“La gente los amaba porque fueron un poco mejores de lo que deberían haber sido”, afirmaba el escritor Norman Mailer, cronista de aquel último viaje, reflexionando sobre el atractivo del clan. Un poco mejores, tampoco mucho, pienso. Como sucede con todos los mitos, las promesas son más jugosas cuando las vidas se interrumpen demasiado pronto. Las figuras mesiánicas, sacrificio incluido, alegran los relatos y engordan las canciones, pero son también peligrosas en su unanimidad. Porque la unanimidad es siempre una mentira.

Sin embargo, la renuncia a la ilusión partidista, en beneficio de la gestión gris de la realidad, apenas atrae adeptos en una época dolorosamente marcada por la inmediatez de la imagen y el tuit. Todos quieren jugar la carta de la pasión televisada. Por lo tanto, ante este fenómeno cabría preguntarse si acaso no estamos equivocados quienes preferimos algo más sólido y más adulto. Quizás no se trate, en definitiva, de despreciar las querencias pop de la política, sino de dotar de contenido este entramado mitinero.

Y es que uno mira a su alrededor y ve a los Sánchez, Casado, Rivera, Iglesias y Abascal -por reducir el escaparate a cinco productos- y no puede confiar en el origen divino del poder. Los candidatos no son mejores de lo que deberían haber sido. Cabe la posibilidad, incluso, de que sean peores o más defectuosos.

En la política hay, no obstante, un elemento de dignificación que sólo se obtiene con el ejercicio del cargo: el empaque del trilero reconvertido en útil representante institucional. En España tuvimos a alguien “mejor de lo que debería haber sido”: Adolfo Suárez. Su destino de joven oportunista en el Movimiento Nacional supo quebrarlo, por lo menos, con el liderazgo democrático durante la transición. Su hijo, impertinente legatario de su memoria, nos sale ahora con lo del neandertal. Por lo tanto, nada garantiza que los jóvenes sucesores o los delfines de los partidos hereden lo mejor de su parentela. La gracia política, si tal cosa existe, se demostraría en los riesgos que se asumen, en el compromiso con la sociedad del individuo honrado.

* Columna publicada el 3 de Abril de 2019 en El Diario Montañés