lunes, junio 30, 2008

Otra Filosofía

El local, atestado, era un rugido permanente. Las mesas ocupadas y la gente esperando su turno para sentarse. El humo y el ruido de cristal de botella chocando contra los vasos. Las mujeres sonrientes, los muchachos, a su modo, felices de encontrar ese cómodo lugar de vino y comida en abundancia. El sudor de un calor confortable.

Y, en un momento, al subir las escaleras hacia los servicios, dos hombres, pitillo en la boca, las manos en los bolsillos, miraban al suelo con nerviosismo. Casi susurrándose, pero alcancé a escucharlo:

- Podrías empezar por dejar de acostarte con mi mujer.

El puñetazo, que me parecía inevitable, nunca llegó. Incluso me pareció que uno de los dos se reía, con una de esas risas que mueren en un leve golpe de tos.

Regresé a mi mesa tras cumplir con la naturaleza. Observé que los dos hombres compartían, con un grupo amplio, jarras de cerveza. No intuí gestos de enfado.

Luego ella me susurró algo relacionado con el mar, un barco de vela y su casa de la playa. Y ya no presté atención a aquellos dos.

Hoy he vuelto a pensar en ello cuando me he despertado y el desayuno no estaba listo y las sábanas seguían limpias.

jueves, junio 26, 2008

El Fascismo

Estábamos ella y yo haciendo lo que se supone que se hace en estos casos: protegidos de la vista de los curiosos, emboscados tras un matorral lo suficientemente alto, pasábamos las horas muertas inspeccionándonos detenidamente. Nos zambullíamos en la tarde, sin darnos cuenta. La felicidad era algo parecido a aquello. El parque, en explosión primaveral, y una brisa cálida para romper el recuerdo del invierno. Aún ahora, casi diez años después, los momentos agradables vencen a la melancolía en mi memoria.
El caso es que ella y yo, aprovechando un descanso en la oficina, bajamos al parque y nos dedicamos a lo nuestro, sin hacer caso de nadie. Y en eso estábamos cuando apareció el muchacho.
Apareció de pronto, seguido por un grupo de agentes de policía que, sin embargo, no lo vieron refugiarse tras nuestro matorral. El chico, de unos veinte años, nos hizo señales, suplicando que mantuviésemos la boca cerrada. Pero ella, casi inmediatamente, saltó fuera del matorral, y comenzó a llamar a los policías. La muy traidora. Y ahí que se llevaron al pobre chico esposado.

*

La guerra estalló unos meses más tarde. El joven era uno de los muchos conspiradores que atestaban la ciudad. Lo que comenzó siendo casi una travesura de unos cuantos chiflados, acabó por convertirse en una cruenta guerra civil. Como a otros muchos de los detenidos en los albores del conflicto, el chico al que ella delató fue fusilado tras un juicio rápido.
Gracias a Dios, el gobierno pudo restablecer el orden y en un año la guerra había terminado. Pero el asunto que quiero tratar es el de mi último encuentro con ella, un par de semanas después de concluido el conflicto. Recuerdo que quedamos en la cafetería del Hotel Plaza que, por ser el hotel destinado a la prensa extranjera, fue respetado en los bombardeos. Acudí temprano a la cita. Las calles presentaban un aspecto patético, roídas por las bombas. Muchos ciudadanos trataban de recuperar sus pertenencias de las ruinas y algunos niños (evidentemente huérfanos) eran recogidos por los servicios sociales.
Ella me esperaba leyendo el periódico. Me senté a su lado.

- Mucho tiempo-, le dije.

- Sí, mucho tiempo.

Ahora se la relacionaba con uno de los mandamases del gobierno, un tipo ruin, un lacayo del Presidente.

Aún me sobrecogía estar a su lado. Me miró a los ojos.

- ¿Cómo te va la vida?

La tarde cayó sobre nosotros sin darnos cuenta. Conversamos de esto y de aquello, recordando nuestros buenos momentos.
Se hacía tarde. Ella dijo que debía marcharse, que la esperaban en el teatro. No pude resistirlo más.

- ¿Por qué delataste a ese pobre chico?


Ella sonrió y bajó la cabeza. Recogió su bolso y me dio un beso en la mejilla. Estuvo unos segundos en silencio, observándome.

- Porque era un conspirador-, dijo finalmente.

Se marchó. Yo no me fui enseguida. Permanecí aún un buen rato sentado, jugueteando con un mondadientes, pensando en ella y en la ciudad en ruinas. ¿Cuál será la próxima sorpresa? Salí a la calle. Anochecía. El problema era yo, por supuesto. Anduve las calles semidesiertas, sólo ocupadas por grupos de voluntarios que limpiaban la ciudad de escombros. Lo había estado pensando mucho tiempo, pero algo dentro de mí rechazaba toda posibilidad de hacerlo. Aquella noche, sin embargo, con la luna proyectándose sobre el río, apoyado yo en el puente, tomé la decisión: me inscribiría en el Partido.
Pero antes debía colaborar. Me acerqué a un grupo de voluntarios y me uní en su labor. Nos pasábamos grandes bloques de piedra en cadena. Me sentía mejor. La sirena de un coche de la policía sonó a lo lejos. Tuve que hacer un esfuerzo y no gritar.

jueves, junio 05, 2008

Jerusalén

E. se abrochó su chaqueta negra sobre la camisa negra. Luego, se calzó sus zapatos negros. Miró al espejo. Sin apartar la vista, recogió el peine y domesticó su rebelde cabello, peinándolo hacia atrás. Su figura presentaba un aire adusto, respetable. Sonrió. Esta vez ya no había vuelta de hoja. Tomó su caja. Descolgó el teléfono y salió de la casa.

Cruzó un par de calles, con la caja bajo el brazo, sin mirar a nadie. Lo había dispuesto todo con cuidadosa frialdad. El sol del mediodía parecía vengarse de su determinación; pero E., orgulloso, mantenía firme el paso, cuidando de que no tropezar con algún conocido.

“Sobre todo, mantener la mirada en el suelo”, se decía, sudando cada vez más. “Es fundamental llegar antes que ella”. El parque ya se veía a lo lejos.

De pronto, sintió una mano posarse sobre su hombro. Se giró. M., el poeta, el literato, lo miraba burlón tras unas modernas gafas de sol.

“Pero, hombre de Dios, ¿qué haces de esta guisa?”

Los dos hombres se sentaron en una terraza. M. se quedó mudo cuando E. le hubo contado sus planes. “Es una locura”, acertó a decir.

“Ya sabes, me he esforzado en crearme una gran melancolía”.

“Y lo has conseguido”, añadió M. “No era necesario”.

“Es verdad”.

Se estrecharon la mano. M. se quedó observando cómo se marchaba su amigo, calle arriba, cargado con su caja. Un hombre de tanto talento. ¿Cómo era posible? Le llamaron al teléfono móvil, y ya no volvió a pensar en ello.

E. se estaba cansando. La interrupción de M. le había hecho perder demasiado tiempo. Entró corriendo en el parque. Ella ya lo esperaba sentada.

“Lo siento, Julia”.

“Sí, creo que lo sientes”.

“Es verdad”.

“Que sí”.

“Tú ya sabes que yo no tengo uso”.

“Ya lo sé”.

E. intentó tocarla. Ella se apartó. Los dos se quedaron en silencio. E. jugueteó unos instantes con su caja. Julia lo miraba de reojo.

La oscuridad rescató el frío al atardecer. E. y Julia seguían sentados, uno al lado del otro, sin más ocupación que ver pasar a la gente.

“Se está haciendo tarde, y tengo frío. Me voy a casa”, dijo Julia, levantándose. Besó a E. en la mejilla y se marchó.

E. aún permaneció un rato sin moverse. Cuando se sintió preparado, tomó su caja y saló del parque.

Era noche cerrada cuando llegó a la Plaza. Los turistas se agolpaban para subir a la torre y no reparaban en él. E. se apartó un poco para admirar la construcción. La modernidad de la torre chocaba con su evidente frialdad. Nadie parecía darse cuenta. Desde arriba, se podía disfrutar de las vistas más impresionantes. E. no había subido nunca. Tampoco le importaba.

Unos niños le sacaron de su ensimismamiento con sus gritos. E. les lanzó una mirada de odio y se agachó para abrir su caja. Sacó de ella un sombrero negro y se lo puso. Su aspecto de predicador o pistolero asustó a los niños, que huyeron despavoridos. E. pensó entonces en Julia y en M. Y en todos los mundos posibles que se han perdido para siempre desde que tomó su decisión.

El griterío iba en aumento. Con parsimonia, E. se abrió paso entre la multitud. Colocó la caja bajo la torre. Y se subió encima. Su ya alta estatura resaltó aún mucho más. Pudo ver los alrededores, plagados de visitantes, turistas y comerciantes de toda condición. Respiró hondo. No debía confiarse. La astucia de sus demonios trataría de empujarle a desistir, a volver a casa con el rabo entre las piernas. No lo conseguirían. Tanto tiempo banal alimentado de una esperanza sin objetivo. No quería llorar. Ahora se sentía más vivo que nunca. Cerró los ojos y los volvió a abrir enseguida. Algunas personas habían ya reparado en él y esperaban alguna acción por su parte. Había llegado el momento. Tomó aire.

“¡La guerra!, ¡LA GUERRA!”, exclamó.

Nadie lo oyó desde lo alto de la torre. Los de abajo le tomaron por un loco.

jueves, abril 17, 2008

Bodhisattva



- El viento sur tumba al frío y a la lluvia, reemplazando su dominio de marzo. Abril, esta vez, se abre como en nueva promesa, acaso permanente, mientras contemplo los alrededores de la choza. Un paisaje limpio, angustiado por ese silencio demoledor de ilusiones, pacífico pero férreo. Doblo las rodillas, me siento en paz y acaricio a mis perros o, simplemente, leo y fumo en pipa. Ahora podría jurar que esa quietud de los días de viento va a acompañarme siempre. Pero sabemos del frío de mañana, del granizo, de la leña necesaria y abundante para el invierno. Incluso estamos preparados para alguna sorpresa de verano en forma de tormenta. Y lo fundamental es no perder la posición, respirar, sonreír ante la indiferencia de este mundo, devolviéndole el silencio. Y pensar en todos los hombres y mujeres, de todos los tiempos, que han dado, con su presencia, consuelo. Y orar por ellos. Los que iluminan una habitación, los que animan una fiesta. Yo no pierdo la sonrisa. Me la impongo cada día frente a este cielo de nubes rotas por el sol. Y pienso en X. Y lo acompaño en su viaje por la vida. Y en la vuelta al mundo de Z. Y en toda la ilusión que creamos entre las dos casualidades que nos justifican.

sábado, abril 12, 2008

El Tren

A falta de más cálida compañía y apaciguado por las horas nocturnas. Así debía ser. Sin más extremos que la palabra escrita, leída lentamente, críticamente. Es Mishima y es Lucrecio. Uno con sus paranoias tradicionales, con un regusto por la estética de morir: jóvenes samurais, bellamente derrotados, se abren el vientre con sus espadas tras un apropiado ritual. El romano, sin embargo, nos llama a analizar el mundo sin la capa religiosa. Los dos han muerto. Se trata, como siempre, como en todas las épocas pretéritas, de elegir entre el ideal y lo real; entre la vida como medio y como fin. No me conmueve la descripción del japonés. Lucrecio nos presenta la temática aguafiestas ya conocida: el materialismo. El alma es mortal. Adiós muy buenas. No por ser cierto debería consolarnos. No es su intención. Con eso está todo dicho.
Mientras leo, con la radio como fondo, apenas audibles los murmullos de tertulianos y “expertos”, que no son nadie comparado con los clásicos. ¿Se trata de idiotizar? Pues sí. Paso las páginas de Mishima. El joven Isao visita al teniente Hori, con la esperanza de que éste le dé la oportunidad de morir con honor, con una meta: el golpe de estado. Yo suelo entregarme mucho a lo que leo, pero a esto se le ven los pliegues: ¿es Mishima un fascista? Eso parece, pero creo que un análisis de ese tipo sería incompleto. Mishima quiere morir. ¿Hasta qué punto el ideal samurai del japonés es una excusa? No lo sé. Por supuesto su talento está presente en cada página, con ese ritmo y ese halo tenebroso que lo inspira tras lo evidente de la trama.
Hablan en la radio (levanto la cabeza de la página) de la composición del nuevo gobierno de Zapatero. Pienso en el tren, del que hablaba el otro día Juan Manuel de Prada elogiosamente, como su medio de transporte preferido. Agustín García Calvo comparte con él esa pasión. Los dos son de Zamora. ¿Coincidencia? Hay importantes cambios en el ejecutivo. La edición de “La naturaleza de las cosas” de Lucrecio corre a cargo de García Calvo. Su introducción nos explica de qué va el tema: un seguimiento de la filosofía epicúrea. Posiblemente, como ya he dicho antes, el hombre repita una y otra vez su dilema más importante: ¿Mito o Logos?, quizás vulgarmente reconvertido más tarde en ¿Cristianismo o Paganismo?
El pensamiento de García Calvo le lleva a imaginar un mundo sin automóviles. El tren mantiene el anonimato (esto lo digo yo, no él) y es más limpio y más humilde y se confunde bien con el paisaje, sin profanarlo.
Las dos de la mañana. Se acabó por esta noche. Dejo a Lucrecio en el suelo, sobre Mishima y apago la luz. La radio, no. Sigue sonando y oigo un programa de cine en el que se elogia a Heston, recientemente fallecido. Luego seguirán con los ministros, digo.

miércoles, marzo 12, 2008

Tú Matarás A La Serpiente

- No había carceleros, dices. Conseguiste escapar con determinación y hasta con parsimonia. Lo recuerdo bien. Pasaste de la aventura al progreso. No te culpo. Imagino una tierra sin ti. Definitivamente hay mucho dolor en tu descanso, pero también alivio. Has mandado a tus ejércitos a refrescarse a mi casa. La bondad que te manifiestan me enternece. Yo no puedo tanto.

No alcanzo la infelicidad industrial. Todo es nuevo, poderosamente genuino. Y de ahí el escalofrío o la risa floja. La casa a oscuras, la curva iluminada por la tenue luz y su creación de sombras que amenazan. La mirada siempre placentera (o perversa)…

O perversa.

Pero voy poco a poco. Investigo la razón de mi inocencia. Trato de enterrar mi nombre bajo tu paz, bajo tu plan. Siempre el plan escrito. Te han convertido en imagen. ¿Dónde queda ahora tu fe, tu Palabra? Becerro dorado, limpia tu espíritu. ¿Estoy siendo injusto?

Dímelo. ¿Lo estoy siendo?

Hay una obligación mayor que el amor al prójimo.

Esa obligación no es razonable.

Pero salva.

¿Y si no salva? ¿Quién conoce tu rostro y no muere?

Si abandono a los cerdos y vuelvo a tu casa y no queda nadie

y es el final pero un buen final, que es lo correcto.

Dime, ¿qué, entonces? ¿Qué, más allá del bien y su elección?

jueves, febrero 14, 2008

Todo Este Silencio

- Sinceramente, no sé qué se traía mi padre con “La Negra”. Recuerdo bien nuestros paseos, siempre al atardecer. Papá le decía a mamá: “cojo al chico y nos vamos”, y ahí que nos montábamos en la vieja ranchera y enfilábamos hacia el barrio negro. Nunca supe lo que se cocía, ¿me entiende?; era todo como un gran secreto del que no se hacía mención. Nos bajábamos del coche, y yo me sentaba en aquel porche descuidado mientras mi padre y esa anciana negra conversaban durante horas. Luego, simplemente, cuando el cielo comenzaba a oscurecerse, papá se levantaba, estrechaba la mano de nuestra misteriosa anfitriona y me llamaba para irnos. Todo este asunto comenzó a parecerme extraño al hacerme mayor; de niño, no me preocupaba: sólo era otro sitio donde jugar. Un día, sin mayor explicación, dejamos de ir. Nunca se habló de “La Negra” en casa. A veces, cuando llegaba la tarde, le preguntaba a papá: “¿Hoy no vamos a ver a la señora?” Y él y mamá se miraban y no decían nada. Poco antes de irme a la universidad, me senté en el salón junto a mi padre y le pregunté directamente sobre nuestras extrañas visitas. ¿Quién era esa mujer?

- ¿Y qué le contestó?

- Nada. Se acomodó en su sofá y sonrió. “No es asunto tuyo”, dijo. Y a otra cosa.

- Pues sí que es extraño…¿No intentó ir usted mismo a la casa de la mujer?

- Sí; durante unas vacaciones de verano seguí el camino que recorríamos mi padre y yo. Llegué hasta una casa deshabitada, medio derruida. No había casas alrededor. Anduve un buen rato buscando a alguien que pudiera conocer a esa mujer. Pero nadie parecía interesado en contestar a las preguntas de un blanco desconocido.

- ¿No volvió a interrogar a sus padres?

- Mi madre había muerto años antes y mi padre se dedicó a viajar por el mundo tras vender nuestra casa. No tengo noticias de él, salvo un par de postales por Navidad. La conclusión que saco es que mis padres, quizás, eran consumidores de algún tipo de droga que les suministraba “La Negra”, y mi padre iba allí a aprovisionarse. Pero no sé. No recuerdo que la mujer le entregara nada y estoy casi convencido de que volvíamos a casa con las manos vacías. Por lo tanto, asunto zanjado.

- Vaya…La verdad es que es jodido.

- Y tanto.

- Esa historia le deja a uno inquieto.

- Sí.

- ¿Me deja invitarle a otra cerveza?... ¡Mike, dos más!

Se hacía tarde. La luz de la calle iba decayendo. Rayos rojos de atardecer atravesaban las ventanas del bar de Mike. Los dos hombres mantuvieron un silencio reflexivo, mientras miraban sus copas vacías. Mike sirvió dos cervezas.

- ¿Sabe?, creo que ese es el tipo de historias que pueden dejarle incompleto a uno; que, al final, se agarran ahí dentro y no se van. Sobre todo la falta de explicación, ¿sabe usted? Que sea prácticamente imposible sacar nada en claro.

- Sí. Eso es.

- Joder…

Terminaron sus cervezas y se levantaron. Ya era de noche cuando salieron del bar. Hacía calor. No se pusieron las cazadoras. Anduvieron en dirección oeste.

- La muerte de mamá cambió a papá. Creo que la huida de mi padre, su interminable vuelta al mundo, se debe a que nunca fue capaz de encontrar una razón para tanto dolor.

- De alguna manera, su duda sobre “La Negra” es comparable…

- Sí. Necesito conocer cada detalle de la vida de mis padres, cada muesca de cotidianidad que han dejado. “La Negra” es la pieza perdida.

- Apenas sabemos nada.

- Ni sabemos ni podemos conocer. Queda el silencio de lo que no se explica; lo que queda suspendido en el tiempo como un muro en la memoria.

Se despiden. Mientras se aleja, Bob va pensando en “La Negra”. Recuerda sus pendientes estrafalarios, su vestido azul, la forma que tenía de saludar a su padre a gritos desde la casa. El secreto familiar, que puede no ser más que una anécdota sin importancia, un episodio sin gracia, idealizado por su enigma.

Comienza a refrescar. Piensa en recoger a Sara: saldrá de la biblioteca en un par de horas. Pueden ir a cenar o al cine. Sara…La quiere o eso cree. Se casarán el año que viene. Quiere invitar a papá, pero antes tendrá que localizarlo… Enciende un pitillo. Eso está mejor.

viernes, enero 25, 2008

Aaron Shabtai (Israel, 1939)

Otro poema reseñable de Shabtai es "La Política":

Para Tanya Reinhart


Tus brazos que beso donde se encuentran con el pecho,

tus piernas blancas que echan ramas como lianas, con el amuleto del sexo

la vasta llanura de tu vientre, tus ojos, tus labios y tu cuello—

son la benevolencia, la hermandad, la vibrante revelación de la verdad;

son la justicia, la igualdad, la libertad de querer y pensar;

son la donación de la oportunidad, el trabajo que es amor.

Cuando levantas tus rodillas avergüenzan la tiranía, la vulgaridad y el odio;

son la rectitud y la sinceridad, el orgullo que no rebaja nada;

son lo comunitario revelado en lo personal —el deseo de compartir;

son la revuelta contra toda la idiotez, contra toda la ignorancia y la mojigatería

son el placer de dar, de obtener, de tener suficiente;

son la belleza que no puede comprarse con dinero, sino sólo con alegría;

son lo que se opone a la opresión, a la ocupación, a la explotación

[—son la dicha de la moral;

son la afinidad, la fe, la devoción que no contiene temor;

la disponibilidad de las necesidades básicas, de la educación, del

[reconocimiento de la dignidad mutua;

Son el derecho a la huelga, al ocio, a protestar, a oponerse.

Todo lo que es bueno y digno de la humanidad está aquí para verlo y tocarlo,

y ésta, ésta es mi política —de miembros suaves— echada en la cama frente a mí.

jueves, enero 24, 2008

Utopía

- C., de vuelta de Cuba, me dice que allí la gente es: “muy culta pero sin ambiciones”.

Qué idea maravillosa: ser culto y sin ambiciones.

sábado, enero 12, 2008

Actriz

- A veces- dije-, cuando deseo que algo ocurra (o que no ocurra), cierro los ojos fuerte y rezo; rezo con todas mis fuerzas.

- ¿Te funciona?

- Algunas veces.

Mike iba de aquí para allá, sin parar, ordenando la casa mientras yo me bebía el whisky.

- Lo hice sobre todo en la universidad, en los exámenes. Rogaba para que no cayera algún tema jodido. Ahora lo utilizo para evitar que me entren ganas de ir al baño cuando estoy en el cine.

Mike soltó un ruido que yo interpreté como un conato de risa. Seguía a lo suyo.

- Joder, Mike, siéntate un poco… Venga, descansa y cuéntame lo de la actriz.

Al parecer, el sinvergüenza de mi amigo había conocido a una actriz en una discoteca un par de semanas antes. Prometió contármelo todo cuando Beth y yo volviésemos del viaje de novios. Qué granuja el Mike.

- Hay poco que contar -se sentó enfrente de mí- Había bebido mucho, ¿entiendes? Ya todo me parecía de puta madre. Y entonces la vi. No suelo ir mucho al cine, pero la reconocí inmediatamente. Salía en esa de Linklater… Bueno, el caso es que me acerqué a ella, y nada, el tonteo típico. Mentí y aseguré no conocerla.

Esto último le hizo relajarse un poco y soltó una carcajada.

- Bien por ti, Mike- dije.

Sin embargo, pronto el rostro de Mike adoptó el gesto preocupado y ansioso de unos minutos antes.

- ¿Va todo bien?

- Sí, perfectamente-dijo; pero no cambió su expresión.

Miré mi reloj. Beth iba a llamarme pronto. Debía recoger unos pantalones del tinte y luego pasaría por casa de su madre.

- Y nada, le invité a una copa y estuvimos hablando. Una cosa llevó a la otra…

- Lo dices como si no fuera nada. Muchos se pondrían en tu pellejo.

- Ya.

¿Por qué Beth no llamaba? Se estaba haciendo tarde. Miré el reloj de nuevo. Luego miré el reloj de pared de Mike.

- ¿Has vuelto a verla?

Mike negó con la cabeza.

Conocí a Mike en la universidad. Fuimos muy amigos. Uña y carne, por así decir. Fue el padrino de mi boda.

Estuvimos mucho tiempo sentados, el uno frente al otro, sin decir nada. Mike se sirvió una copa, pero no bebió. Se quedó mirando el vaso.

- ¿Beth y tú habéis pensado en tener hijos?

Su pregunta me cogió desprevenido. Me revolví inquieto en la silla.

- Bueno, sí…En principio, sí; pero tampoco creas que hemos hablado mucho del tema.

Volvió a quedarse callado. De pronto, habló:

- ¿Sabes?, es curioso, pero aún me siento un hijo. Quiero decir que yo no me vería capaz de traer a un niño al mundo. Todavía me creo en la necesidad de conservar el rol de “hijo-de-mis-padres”, ¿entiendes?.

Asentí.

- Sí, a mí me pasa un poco lo mismo. De todas formas no creo que Beth tenga mucho interés en ser madre.

Pero ¿dónde coño estaba Beth? Llamé a su móvil. Apagado o fuera de cobertura.

- Mike, tío, pensé que me contarías más de la actriz.

Se estaba haciendo de noche. Mike encendió la luz. Comencé a preocuparme.

- La actriz…-comenzó.

- Mierda, ¿y si le ha pasado algo a Beth?

- A Beth no le ha pasado nada. Tranquilízate. Acábate el whisky.

- ¿Cómo coño lo sabes? Podría haber tenido problemas con el coche o…

- Bebe- Mike sostenía su vaso, observándolo sin beber.- La actriz me salió rana. A la mañana siguiente me desperté, y ya se había ido.

- Joder.

- Sí.

Volvió a levantarse. Cruzó rápidamente la casa y desapareció por el pasillo.

En unos minutos estaba de vuelta. Parecía preocupado y no se esforzó en disimularlo.

- Jim, tenemos que hablar.

Me alarmó el tono de su voz. ¿Dónde estaría Beth? Miré el móvil.

- Beth no va a llamarte, Jim.

Me lo quedé mirando. Parecía mucho más alto, ahí de pie, frente a mí.

- ¿Qué coño dices? Claro que va a llamarme. Dijo que lo haría.

- No, Jim.

¿Qué hacía este tipo diciéndome estas cosas? ¿Por qué no se había ido con la actriz de los cojones?

- Beth no va a volver, Jim.

Pensé en la actriz, sola en la barra y me imaginé a Mike bailando a pocos metros. Sentí nauseas. Miré a Mike.

- Beth y yo nos queremos, Jim.

Dejé el vaso sobre la mesa.

lunes, enero 07, 2008

La Existencia Del Mundo

Pienso en María algunas veces. No tan a menudo como debiera, pero eso no me convierte en un hijo de puta. Simplemente estoy aquí y ahora. No sería soportable otro problema más, otro peso en la conciencia. Además, han pasado ya cinco años; no puedo estar colgado de este tema toda la vida.
De todas formas, no es lo mismo tener treinta que treinta y cinco años. Es una diferencia abismal. Yo lo sé, pero a menudo, actúo como obviando ese dato. Me creo aún mis propias mentiras. Es posible que, ni si quiera en este momento, sea consciente de la pérdida.
Hoy he llegado tarde al trabajo. Me entretuve en el bar de Simon, hablando con los muchachos. Son buena gente. Como pago, el jefe me ha obligado a quedarme hasta tarde ordenando y limpiando. No se lo echo en cara. Anda y que le jodan. Que les jodan a todos.
Sé que la gente piensa que soy un hombre solitario y taciturno. Lo soy ahora. Antes no. ¡Vive Dios que no!. Han sido las circunstancias, claro.
Cuando pienso en María no lloro. No merece la pena. Sería una representación, nada serio. Apenas gasto tiempo en fijar su imagen de hace años, en recordar la última vez que nos vimos. Es un recuerdo triste, homicida. Pocos días antes, María estaba exultante, con aquel vestido azul de flores y su pelo rubio recogido en una coleta. Nunca estuvo tan hermosa. Y luego, en pocas horas, en aquella clínica siniestra, su belleza se difuminó por los azulejos hasta desaparecer. ¿Era posible que una orden mía impusiera realidad sobre su cuerpo? ¿quién era yo? Un fantoche que robó su amor, un cerdo inconsciente de sus limitaciones.
Yo era Marlon Brando. No digo que me pareciera a él o que tuviéramos una misma predisposición al éxito. Yo era Brando. Había visto en el cine de verano “La ley del silencio”. No tuve dudas. Ése era mi camino. Mantuve mi ilusión en secreto, sin compartirla con nadie. Ni siquiera María se percató. Yo, como un plan maestro, llevé mi vida con total normalidad, sin dejar espacio para la sospecha. Me casé con María. Compré una casa. Adopté la imagen del perfecto obrero, hijo de obreros. Esperaba, como espera el rapaz a la presa, cuidándome de no ser descubierto. Pero, poco a poco, el tiempo se fue echando encima. Dejé la fábrica. No puedo decir que fuera una decisión valiente. Más bien una absurda huida hacia delante. Siendo Brando no podía temer una conspiración del mundo contra mí. Siempre aguardé una solución repentina que ordenara mi vida y fijara mi papel en esta historia. Sabía lo que tenía que hacer. Volví a casa aquella noche del 8 de mayo de 1965. María estaba especialmente risueña. No me percaté de nada durante la cena. Después, hicimos el amor. Me quedé un rato tumbado en la cama mientras María iba a la cocina a por un vaso de agua. Pensé en decírselo: “María, te dejo, me voy a Nueva York para ser Brando, para cumplir con mi destino”. No lo hice. Vacilé. María llegó y lo soltó de golpe: “Estoy embarazada”. No reaccioné enseguida, sino que continué sobre la cama, con un cigarro en la mano. No la miré. “No dices nada”. Mis palabras salieron solas: “Aborta; yo me voy”. María se lanzó sobre mí y comenzó a golpearme. Agarré sus manos y la aparté. “Me voy mañana, María, lo tengo decidido. Voy a Nueva York. Seré actor. No creo que quieras seguirme en esta aventura. Puedes tener el niño, claro, pero eso sólo te traería complicaciones. No hace falta que convirtamos esto en una gran putada para los dos”.
Del resto de la conversación no recuerdo casi nada. María me insultó, por supuesto. Me acusó de cínico, de haberme aprovechado de ella sabiendo que la iba a dejar, de no quererla, de convertir su vida en algo horrible. Yo traté de tranquilizarla: le dije que me ocuparía de todo. “Hay un especialista en Lancaster, puede hacerlo casi gratis y sus resultados son siempre satisfactorios”. Convencí a María de que podría empezar una nueva vida. Nadie tendría por qué enterarse. Conocería a algún muchacho que la querría de verdad, un buen esposo y padre. “¿Lo has entendido?”. María asintió con la cabeza.

Nueva York de noche es una gran tumba. Las calles parecen acoger al vagabundo, estrecharlo contra sí, consolando en el fracaso, asegurando el silencioso descanso de los triunfadores. Los edificios muestran una amenazadora presencia. Voy caminando lentamente. Son las tres de la madrugada. Mañana entro temprano a trabajar. Nada se mueve excepto algunos merodeadores que aguardan. Estoy muy cansado. Pienso en María, tumbada en una cama después de que aquel especialista hiciera su trabajo. No me habló ni una sola vez. Fui a llevarle flores. Las dejé junto a su cama. Me despedí.

Hace ya cinco años. Ahora subo las escaleras de mi portal, llego a la puerta de mi estudio. La luz no funciona. Tengo que llamar para que la arreglen. Yo sabía pescar. Quizás, de haberme quedado con María, habría enseñado al niño o la niña a pescar en el río. Imagino a María preparando pastel de manzana y a algún chiquillo nervioso correr a abrazarla: “¡mamá, tengo un pez!”. No queda leche en la casa. Tomaré un poco de vino. Un hogar. Río. Bromas del destino, una vida como otra. Ni siquiera pierdo mucho tiempo en esto. Cuando tengo ganas de llorar, me muerdo el labio hasta hacerme daño.

martes, diciembre 25, 2007

No Es Oro

- Que mi ex mujer y su marido vinieran a verme tras la operación no es nada extraño. Mi ex mujer había decidido “civilizar” nuestra relación por el bien de la niña, y a mí no me parecía mal. Otra cosa era la exageración en el trato. Siempre intentaba ser muy amable y yo, aunque nunca le di motivos para quejarse, prefería mantener una educada distancia respecto a ella y a Tom. Pero ella seguía pendiente de mí a todas horas. Me llamaba por cualquier motivo o se presentaba en casa cuando le venía en gana y se movía por ella como si aún estuviésemos casados. Tom a veces me miraba como diciendo: “Ya ves”, y yo me compadecía de su papel de fiel acompañante. No era mal tipo Tom. Trabajaba en un banco, de cajero, y ganaba lo suficiente para mantener a Anna. La niña había decidido quedarse a vivir conmigo tras el divorcio, seguramente porque pensaba que yo era más blando que su madre y podría moverse con más libertad. Y era cierto. Anna no trabajaba. Estuvo algún tiempo de camarera un poco después de casarnos, pero lo dejó al quedarse embarazada. Tuvimos una historia bonita Anna y yo. Y no lo digo sólo por la niña. Lo pasamos bien de novios y en los primeros años de casados. Luego la cosa empezó a torcerse. Yo bebía y Anna se había aficionado demasiado a colaborar con la parroquia. Nos distanciamos. Pero, como digo, quedó una buena amistad, al menos por el lado de Anna, que insistía en sostener los lazos familiares. Yo me dejaba querer. Nunca me he preocupado demasiado por esto.

Por eso, cuando Anna y Tom entraron en la habitación del hospital, ella con una sonrisa de oreja a oreja y él oculto tras un gigantesco ramo de flores, se me pasaron los dolores y concentré todas mis fuerzas en tratar de conseguir que la visita durara lo menos posible. No lo logré. Estuvimos un rato charlando sobre los avances de la cirugía y la poca importancia de mi enfermedad. En unos días estaría otra vez cortando el césped y jugando a los bolos. Me reí y les di la razón. Cuando ya me las prometía felices (se había agotado el tema de conversación y todos nos sumíamos en un silencio incómodo), Anna le dijo a Tom que se llevara a la niña a la cafetería. Nos quedamos solos. Me miró a los ojos un momento y me preguntó que cómo me encontraba. Le dije que bien, que de verdad, que no se preocupara. Ella asintió. Dijo haberse asustado mucho cuando le dije que me iban a operar, y no sólo por la niña: temía que me ocurriera algo. No sabía como expresarlo. Seguía sintiéndose muy próxima a mí, notaba que mi suerte y la suya estaban íntimamente ligadas, más allá de simples papeles. Dijo que seguía queriéndome. “No me interpretes mal, señaló, Tom es un gran hombre. Cuida muy bien de mí y adora a la niña. Nunca ha dicho esta boca es mía sobre que mantengamos el contacto y todo eso”. Volvió a quedarse callada. Noté que esperaba algo de mí, una respuesta. “Tú también eres muy importante para mí. Tenemos una hija en común, ¿no?”, le dije. “¿Sabes?”, para hablar había puesto su mano sobre mi pierna, “a veces, cuando estoy con Tom en la cama, recuerdo nuestros momentos…”. No me gustaba el carácter que estaba tomando la conversación. Intenté cortar: “Anna…”. Ella continuó: “Podríamos volver a intentarlo. Yo he rezado mucho, he reconocido mis faltas. Tú has dejado de beber. Podemos ser otra vez una familia”. Me incorporé un poco más en la cama para no estar tan a su merced. “Dios lo quiere, estoy segura”. Quise decirle algo en ese momento. Pero me distrajo una urraca que se había posado en un árbol tras la ventana. Era una urraca enorme. Al menos, así me lo parecía, toda erguida, orgullosa, fabricándose un nido. Anna continuaba, esta vez con otro tipo de argumentos. “Éramos buenos en la cama, no me lo negarás, ¿no recuerdas qué bien lo pasábamos?”. La urraca llevaba algo brillante en el pico. Quizás una llave o, simplemente, algún clavo que habría encontrado. Anna se había acercado ya mucho, casi sentía su aliento sobre mi cara. “¿No dices nada?”. Iba a decirle que no, que no la quería, que, en realidad, nunca la quise, que hubo un tiempo en que me sentía muy atraído por ella, pero que ese tiempo había pasado. Caput. Finito…Pero entró Tom en ese instante. Anna disimuló haciendo como que me colocaba bien las almohadas. “Nos vamos, dijo, trata de dormir un poco”. Asentí y agradecí el silencio en que quedó la habitación una vez se cerró la puerta. Atardecía. Volví a mirar por la ventana. Esta vez la urraca había dejado el árbol, con el nido a medio hacer. Algo brillaba. Seguramente la llave, o el clavo. O podría ser otra cosa. Ya no me dolía nada. Empecé a llorar. Estuve llorando toda la noche.

domingo, diciembre 23, 2007

Comunidad De Suerte


- No ha habido mujer más hermosa que Angela Davis en 1969. Angela Davis es una madre fundadora: una protomadre por así decir. Pudo significar un nuevo modelo de comportamiento femenino, un ideal revolucionario y se quedó en objeto pop, un fetiche de la memoria. A veces da pena pensarlo, otras veces se tuerce la cara y nos convencemos de que al fin y al cabo, no hemos salido tan mal parados. El futuro siempre acaba por llegar y a nosotros nos ha llegado en forma de Globalización y explosión tecnológica. No está mal el cambio: estábamos destinados a ser los hijos del 68 y algunos se lo tragaron entero. Otros recuperaron sus colmillos y se reinventaron en Wall Street. Y luego, nosotros. Porque, quizás, algunos avispados pedagogos no se dieron cuenta de que leer Momo era más peligroso que cualquier videojuego violento. Cuando uno tiene un hijo, supongo que es inevitable tratar de proyectar en él todo el mundo de fantasía y ecologismo macerado durante años en la corteza cerebral, pretender convertirlo en un obrero-intelectual con altas dosis de sensibilidad y poesía. Es un error común pero que hay que evitar. Al menos queda un camino abierto siempre: un camino “cortaziano”. La música, las fiestas, la literatura, el cine, la amistad, el buen vino…funcionan como ecos de un cambio que pudo ser; una banda sonora y sensorial compuesta contra el mundo que la produce. Es irónico, ¿verdad?. Tanta broma y tanto grito, concentrados en no ser más que un surco leve, apenas perceptible, siempre jugando con lo más profundo. Exagero, sin duda…O puede que no. Acabamos, después de tantos años, emocionándonos aún cuando Billie Holiday, frente a una audiencia oculta tras el humo, entona aquello de: Will the one I love be coming back to me… ¿Y dónde Angela?

jueves, diciembre 20, 2007

Mudanzas

- ¿Qué fantasía navegas? Hablando del desierto que pisas, las baldosas sueltas que provocan tu caída. ¿Habrá caída? Dudo de esa posibilidad, de tu protagonismo siempre tan sereno, como sorprendiéndote de valer para esto. El viaje es el que ordena, el que escribe la visión siempre en lengua viva, en tiempo real, sin amarrar la memoria como un barco viejo y oxidado. Así son las cosas. Uno puede soñar, pero hay aire que respirar, mañanas y noches, aún la claridad o la espesa niebla. Pronto eres adiestrada para soportar ese golpe de materia y de hambre que lo sujeta. Un adiestramiento espartano. Pero tú eres muy fuerte y ya guías tu nombre por los peligrosos desfiladeros de las décadas aún no vividas, por orillas secas esperando la bendición de la marea.

lunes, diciembre 17, 2007

El Criterio

- Me gustan casi todas las películas y casi todas las mujeres. Quiero decir que encuentro motivos suficientes para ver siempre el lado bueno. Caben dos explicaciones: o bien es un problema (o una virtud) de criterio, o bien me estoy acercando a algún tipo de santidad. A la santidad entendida como empatía con el entorno. Algo así como la “Talidad” aplicada a la era del Ipod. Porque yo creo que todo tiene que ver con todo y en estos momentos, más que nunca. Pero engañarse con el asunto de la santidad…No sé. Me da mala espina. Sobre todo porque no le veo utilidad a corto plazo y porque (y siento decirlo) me parece un caso claro de impostura. ¿Hay alguien que pueda presumir de bondad? Así que me inclino por la explicación del criterio. Un criterio amable, por supuesto. Es decir, disfrutar con cualquier película de Tony Scott o encontrarle la gracia a la Amy Winehouse. Y, fundamentalmente, hacer ejercicios de equilibrio. No devanarse los sesos. Y eso, ask me why and I´ll spit in your eye, y de aquí a la eternidad...

viernes, noviembre 23, 2007

Afuera Llueve

L- De acuerdo, probémoslo de nuevo. Pero, esta vez, ahórrese la metáfora sentimental.

N- Bien, decía que ella era única como una palabra…

L- ¿Sí?

N- …única como una palabra, como una imagen de grandes ojos grises, enmarcados con piel blanca.

L- Explíquese.

N- No hay diferencia entre “ser” y “estar”. Eso lo sabe todo el mundo. En determinados momentos algo se recupera o se alcanza…

L- Creo que lo estoy entendiendo…Pero hable del lecho, del contacto.

N- Podría, desde luego.

L- ¿No quiere?

N- Se trata de decidir. La indecisión calambrea los brazos.

L- ¿Se refiere al amor? ¿A eso se está refiriendo?

N- Mmm…

martes, noviembre 20, 2007

Sin Título

- Conservar la intimidad mientras la ciudad ruge, mientras hierve la sangre política. Así, la piedad (ese inaguantable pacto), se debate y pierde. Y gana la respiración y el piso sin cielo. El ruido de fuera que no empaña los dedos. Un tacto de dos figuras.

Hoy el encanto por las cosas.

sábado, noviembre 10, 2007

La Muerte De Un Escritor

- La tarde fría de otoño se extiende sin un suspiro, enlazando el sol con la niebla. El joven aspirante a escritor imita el peinado de su ídolo. Las enfermeras del cambio de turno entran riéndose sin ni siquiera mirarlo.
“La imposibilidad de la reencarnación de las almas no es obstáculo para algún tipo de trasvase creativo”, piensa mientras se frota las manos para calentarse.

Las horas pasan y nuestro joven (llamémoslo X) continúa inmerso en su obsesión: ¿podría la providencia escuchar ofertas?, ¿es tan difícil concertar soluciones de este tipo?... No, no es cruel. Digamos que es supervivencia. Algo así como la mano invisible interdimensional.

Los escasos reporteros que acompañan a X en su “vigilia” reciben llamadas cada vez más frecuentes. Hay rumores de confidentes dentro del hospital. El escritor habría fallecido pocas horas antes pero nadie quiere dar la noticia definitiva hasta que llegue la familia que vive fuera de Nueva York.

“Yo no sé si esto es serio o me voy a condenar…Creo en Dios y no me parece muy piadoso estar aquí, como un buitre de las letras”.

Pero es tarde. A las siete se da la noticia. Un portavoz del hospital aclara las causas: fallo renal. El sepelio tendrá lugar mañana a las cinco en punto de la tarde. Los restos mortales se quedarán hasta entonces en el tanatorio del hospital.

X lo tiene claro. Las dudas que lo consumían ahora parecen haberse disipado. Se va a una cafetería cercana y pide un batido de chocolate y una contundente cena a base de hamburguesa completa, patatas fritas y tortitas. A las diez sale de nuevo y se encamina al hospital.

La sala del tanatorio donde reposan los exhibidos restos del escritor está llena de gente. X reconoce a la viuda y a las dos hijas. Se sienta. Sabe lo que tiene que hacer. Aguarda unos minutos. Después, como conducido por una extraña fuerza, se acerca al ataúd y se inclina. El rostro del escritor presenta un inquietante gesto de paz. X cierra los ojos, toma aire y lo hace: planta un beso en la boca del muerto. De repente unos poderosos brazos lo agarran y lo llevan hasta la puerta. Lo lanzan fuera entre un mar de insultos. X se queda sobre el asfalto unos segundos, cerciorándose de que sus agresores ya no están. Se levanta y sacude su traje de la suciedad de la calle. Tiene un diente roto. No le importa. Acaba de tener una idea para una novela. Sonríe y se aleja calle arriba silbando…

miércoles, noviembre 07, 2007

Cliché

- En el cine se repiten clichés hasta el abuso, componiendo momentos, escenas que emocionan y que, a la larga, garantizan que la historia conserve un aroma de obra ortodoxa. Hablo, por ejemplo, de la típica (y manoseada) pistola que se dispara mientras el protagonista y el villano se enzarzan en una pela cuerpo a cuerpo, dejando por un momento que el suspense amargue al espectador; o del compañero de fatigas del héroe que grita: “¡Sigue tú, déjame aquí, no puedo seguir!”, mientras su fiel amigo carga con él huyendo de una marea de balas. Hablo también (y de esto va este post) del muchacho (o la muchacha) que corren hacia alguna estación o aeropuerto tratando de evitar que su amada (o amado) tome el vuelo que ha de separarlos definitivamente. He escogido la canción Chasing Cars del grupo Snow Patrol para tratar de imaginar una escena cien por cien efectista y tramposa. Iré señalando qué imágenes corresponden a cada minuto de la canción. Ahí vamos:

PERSONAJES: Una joven elegante, de cabello castaño y gesto tímido. Llamémosla Rachel, interpretada por la actriz Anne Hathaway.

Un joven con aires de pijo bohemio, limpio y dinámico. Digamos que se llama David (en inglés, “Deivid”), interpretado por el actor Orlando Bloom.

ACCIÓN:

Día lluvioso. David se da cuenta del error cometido: va a perder a su amada Rachel. Ella, hija de un diplomático, va a tomar el avión para Sydney en pocas horas. Ambos habían acordado encontrarse en la cafetería de siempre a las siete en punto de la tarde. Si David no acude, Rachel se dará cuenta de que su amor no tiene futuro. David corre hacia la cafetería pero sabe que no le va a dar tiempo. Toma un taxi. Pero (¡sorpresa!) un atasco monumental impide el avance del vehículo. David paga y sale corriendo, desesperado.

*Segundo 1 al 42: Escenas de Rachel sentada frente a un café, mirando el reloj con impaciencia y David corriendo, esquivando transeúntes, coches y motos.

*Segundo 42 a 1m y 38 segundos: Rachel se levanta y acude a la barra para pagar su café con leche. Se le caen unas monedas que el camarero recoge. Ella sonríe. David se acaba de caer en la calle.

*1m y 38 seg. a 2m y 20 seg.: Plano de Rachel mirando a través del cristal de la puerta, buscando a David con la mirada. Recuerda los momentos vividos con David. Aparecen imágenes de ambos abrazados, en una feria o comiendo chocolate.

*2m y 20 seg al 3m y 6 seg: La mano de Rachel toca el pomo de la puerta. A partir de ahí la imagen se concentra exclusivamente en David, quien ya ve las luces de neón de la cafetería al fondo.

*3m y 6 seg al final: David entra pero Rachel se ha ido. Hundido y cabizbajo se da la vuelta. Alza la mirada y ahí está Rachel, calada hasta los huesos, mirándole. Se abrazan. El morreo de rigor.