Poema: "Ajeno", del libro "Alianza y Condena" (1965).

- Vas a acabar comiéndome los huevos.
Los dos hombres se miraban. El mayor se balanceaba suavemente a un lado y a otro, mientras cambiaba su navaja de mano. El más joven había cogido una silla y la blandía contra el viejo.
- ¡Ven aquí!… ¡Ven!
El viejo borracho se lanzó contra el joven. La punta de la navaja, utilizada como un ariete, pasó rozándole el hombro. El viejo se derrumbó sobre una de las mesas del bar.
- Niñato…
El joven aprovechó para golpearle antes de que se levantara. Lo hizo con furia. Saltaron astillas. Le había reventado una ceja.
- ¡Hijoputa!, ¡Hijo de la gran puta!
El viejo vomitó, mientras el rostro se le empapaba de sangre.
La chica seguía chillando, abrazada por el dueño del bar: un tipo gordo y grasiento.
- Quieta... Quieta, tesoro-, le había dicho.
Ahora el joven sujetaba la silla, manchada con restos de cabello y sangre del viejo que se arrastraba desorientado.
- Ya puedes soltarla-, dijo mirando al dueño del bar.
Los lacayos del viejo se acercaron. El joven levantó la silla otra vez.
- No crees que te va a ser tan sencillo- dijo uno de ellos.
El joven lo sabía. Retrocedió. Se colocó entre dos mesas, empequeñeciendo así el espacio para que tuvieran que atacarlo de uno en uno.
- ¿Quién va a ser el primero en quedarse sin un ojo?
Los matones vacilaron, pero sin que esa pausa pareciera claudicación o duda. Se mantuvieron firmes en su amenaza.
- Nos quedamos con tu chica, si no quieres salir de ahí.
- Tócala un pelo, y te mato.
Se rieron. Uno de ellos fue a echar el cierre al local. Primero las cortinas y luego la puerta. Puso el cartel de “Cerrado”. El joven siguió con la mirada los pasos del tipo por todo el bar. Respiró hondo.
- Mirad, sólo queremos marcharnos.
Debieron de percatarse de que estaba flaqueando, porque se acercaron un poco.
- ¿Quieres irte ahora que empezamos a conocernos? Además, debes disculparte con Ramón.
El joven miró al viejo. “Así que Ramón”, pensó. También pensó en el padre de Sara. No le había hecho gracia la idea del viaje. Pero acabó por aceptarlo cuando ella montó una escena en la que apeló a la libertad y a la opresión que sentía en la casa familiar. Ramón se había sentado en una esquina del local. Alguien estaba inclinado junto a él y le hablaba al oído. La sangre caía a borbotones, y la hinchazón de la ceja le había cerrado el ojo. Miraba al joven con un gesto indiferente.
Lanzaron una botella contra el joven, que fue a estrellarse contra la pared. Los esbirros de Ramón se lanzaron contra él, aprovechando la confusión.
Lo golpearon en el estómago y en la cara, mientras otro le arrebataba la silla.
- Dale, dale.
Sara se retorcía en brazos del gordo.
Sujetaron al joven y lo sacaron del hueco donde se había refugiado. Lo colocaron delante de Ramón. Los dos rostros desfigurados por los golpes se encontraron. Ramón no parecía darse cuenta de nada.
- Igual deberíamos llevarlo al hospital.- dijo uno.
- Venga, Ramón, dile algo a ese cabronazo.
Pusieron música. El viejo estiró la mano, buscando a tientas el rostro del joven. Estaba pálido.
- Suéltale una hostia, Ramón.
El desmayo de Ramón revolucionó al bar. Abrieron las cortinas y las ventanas. La luz del atardecer entró a golpes. Cogieron a Ramón entre cuatro y lo sacaron. Sara se acercó al joven, que se dolía en el suelo.
- Se van, cariño. Vamos.
Sara se echó el brazo del joven por encina del hombro y salieron del local. Nadie se percató de la huida. Caminaron un centenar de metros hasta dar con el coche. Se montaron.
- Creo que tengo una costilla rota.
- Hay que aguantar hasta Madrid.- dijo ella- ¿Crees que podrás?
- Sí, sí.
Arrancaron. La noche se había posado entera sobre el pueblo. Oyeron gritos y Sara miró por el retrovisor. Un grupo se acercaba a ellos corriendo. Dirigió su mirada hacia delante. No iban a cogerlos. Era imposible. Puso la radio y aceleró.
Necesito ver de nuevo Mary Poppins. Lo necesito como el comer, y no por romanticismo, al contrario. El otro día, mientras sacaba la basura, me sorprendí a mí mismo tarareando la canción del deshollinador: la mítica “Chim Chim Chery”. Lo que al principio comenzó como una obsesiva repetición intracraneal, se convirtió poco a poco en amargura, como quien encuentra un gusano en la ensalada. Me dije: “no es posible” y corrí a ver el video en concreto de esta escena.
Al acabar de verlo, me asolaron dos ideas, en principio contrapuestas.
La primera es que, con esta escena, se quiere mostrar un oficio, a priori, tan desagradecido, como algo maravilloso, poseedor de fortuna (baraka) y, contra todo pronóstico, divertido, desde la mejor de las intenciones.
La segunda es menos optimista. Temo que se muestre una sociedad hostil, desde un prisma voluntariamente maquillado, perfectamente acondicionado para eliminar de él cualquier tipo de crítica.
Las dos ideas son peligrosas. No sé con cuál quedarme. Por eso necesito ver esta película otra vez. Porque Mary Poppins narra una ilusión y, podría ser en realidad, una semilla al inconformismo, un primer escalón hacia la crítica social. Hay elementos en los que apoyarse: madre sufragista, el incidente del niño con el banco, etc. Sin embargo, las dos ideas anteriores pueden significar dos cosas completamente plausibles: O bien, el canto del deshollinador es un canto feliz, o es ácido, como si, en el fondo, supiera que lo que dice es un deseo más que una realidad; que, de hecho, ese buen hombre que le estrecha la mano o esa mujer que le lanza el beso desde el coche de caballos, en el fondo, lo despreciaran.
Tengo que verla. Os iré contando.
La modernidad ha traído consigo la verdad: no hay cuchara. El abismo que debemos saltar, los obstáculos salvados. Todo se reduce a la elección.
En esta escena de Mátrix observamos un choque. Un choque que es cuchara, pero podría ser otra cosa. Por ejemplo, si cambiamos de palabra y, en lugar de “cuchara”, decimos “yo” o “sufrimiento”. Y, precisamente, es de lo que va todo esto. Toda la historia de la civilización ha funcionado como manos que quitan capas de una cebolla. Primero Moisés, que intuye a un Dios al que debe adorarse mediante prácticas efectivas de moral. Un hombre que baja del Sinaí no con una descripción de la divinidad, sino con leyes grabadas en piedra.
Luego viene Job con su libro majestuoso que elimina la relación “bien-recompensa”, “mal-castigo”. Más tarde los profetas, Jesús y su lucha contra el Dios externo, etc.
Y por supuesto, Copérnico, Darwin, Marx, Freud. ¿Qué queda de la superstición?
No queda nada y, sin embargo…
No hay cuchara, una frase que debe grabarse en las escuelas, en los monumentos, en los autobuses (ahora que está de moda hacerlo). Una frase que elimina las preocupaciones (como Siddartha bajo el árbol).
Si, como decía, cambiamos “cuchara” por “yo”, nos queda:
No intentes doblar el Yo/Sufrimiento. Eso es imposible… Doblar, forzar, cuestionar, domesticar. Imposible.
En vez de eso, debes comprender la verdad: No hay Yo/Sufrimiento.
La modernidad es un ejercicio de voluntad. Una apuesta por la razón, por tomar las riendas, por aceptar lo no-explicado. No somos el centro de nada. Aceptar las coordenadas: nacimiento-muerte. Trabajar sobre ellas.
Es fácil decirlo. No queda otra.
El pasado sábado, día 21 de marzo, cumplía 60 años el sociólogo esloveno Slavoj Zizek. Aquí dejo una pincelada de su peculiar método docente.

That sail which leans on light,
Tired of islands
A schooner beating up the Caribbean
For home, could be Odysseus,
Home bound on the Aegean;
That father and husband’s
Longing, under gnarled sour grapes, is
like the adulterer hearing Nausicaa’s name
In every gull’s outcry.
This brings nobody peace. The ancient war
Between obsession and responsibility
Will never finish and has been the same
For the sea wanderer or the one on shore
Now wriggling on his sandals to walk home,
Since Try sighed its last flame,
And the blind giant’s boulder heaved the trough
From whose groundswell the great hexameters come
To the conclusions of exhausted surf.
The classics can console. But not enough.
*
Aquella vela, fatigada de islas,
Que descansa sobre la luz,
Una goleta batiendo el caribe,
Podría ser Ulises
Camino de casa en el Egeo,
Ese padre y marido
Anhelante, bajo las uvas nudosas y amargas,
Es como el adúltero que oye el nombre de Nausicaa,
En cada graznido de gaviota.
Esto no da la paz a nadie. La antigua guerra
Entre obsesión y responsabilidad
Jamás acabará y siempre a sido la misma
Para el navegante y para el que permanece en tierra
Caminando en sus sandalias hacia casa,
Ahora que Troya hace ya tiempo que apagó sul última llama
Y el peñasco del gigante ciego partió el seno de las olas
Desde cuyo mar de fondo llegan los grandes hexámetros
A las conclusiones de una espuma exhausta.
Los clásicos consuelan. Pero no lo suficiente.
(Versión en español por J.C LLop)
- ¿Me quieres?
- ¡Hombreee!
- Pero, a ver, ¿cuánto me quieres?
- Te quiero un montonazo.
- ¿Y para qué me quieres? ¿Para acostarte conmigo?
- Sí, te quiero para acostarme contigo.
- ¿Sólo para acostarte conmigo?
- No.
- No, ¿qué?
- Que no te quiero sólo para eso.
- Y ¿para qué, entonces?
- Para muchas cosas.
- Habla.
- Pues, mira, te quiero para acostarme contigo, para pasear contigo. Para pedir el café con leche que tanto te gusta. Te quiero para ponerte el termómetro cuando tengas gripe; para hacer tus fotocopias; para pasar a ordenador tus trabajos; para ir al cine contigo y tragarme películas chinas; para reír contigo; para ponerme nervioso delante de tu padre. Para arreglar los grifos, las bombillas. Para abrir el capó del coche y echarle un ojo si se te estropea; para cogerte de la mano cuando des a luz. Para acabarme tu comida si no tienes más hambre; para donarte un riñón si se da el caso; para pagar tus deudas; para tomarte la lección cuando estés preparándote oposiciones. ¿Te vale así?
- …
- ¿No dices nada?
- No sé qué decir.
- ¿Para eso preguntas?
- Ya…
- ¿Qué?
- Nada. Creo que te he perdido por el camino.
Maldita sea. Siempre me tiene que pasar en los momentos más inoportunos. Mira que se lo dije. “Cuida de que no me pase a plena luz del día, ante los ojos de todos”. Un patán, vamos.
Tengo que concentrarme en pensar una solución. Gracias al cielo, he cerrado las salidas mediante telequinesis. Nadie podrá abandonar el edificio. El destino ha querido que me ocurra en el bar de la azotea. Así todo será más fácil.
Aún no es el momento de darme a conocer. Por lo tanto, y lamentablemente, mi primer contacto con los humanos será éste. No puedo dejar que se vayan tras verme levitar. Los muy inocentes salieron pitando. Ahora estarán aporreando las puertas de cristal. A ver si consigo bajar de aquí… Ya está. Ahora viene lo peor. Qué oficio tan desagradable.
* Finalista del Primer Concurso de Microrrelatos de la Asociación Cultural Calle del Sol (Santander).
Fotografía: "Razonamiento espacial". Autor: Rafael Margallo Toral