jueves, octubre 22, 2009

10 Años Sin Claudio Rodríguez

Poema: "Ajeno", del libro "Alianza y Condena" (1965).

lunes, octubre 12, 2009

Súplica*



Barquero, que no sea
éste un brindis al sol,
que tu pulgar encendido de nombres
arrastrados, llevados lejos,
quede a ser testimonio
y costumbre, sea don y esperanza
de tierra firme para los que llegan.




* Poema incluido en el poemario: "Las mujeres en invierno", Primer Premio de Poesía Joven José Hierro del Ayuntamiento de Santander (2009).



viernes, junio 26, 2009

Spoiler

Supongamos que la cámara entra, casi como una intrusa, en la sala. Es una cámara al hombro, se percibe el temblor en la imagen. La luz natural de las primeras horas lectivas penetra con timidez, iluminando al profesor ya dispuesto en la tarima. El joven profesor, en la mitad de su treintena, elegante, bien peinado. Se nota su afición al deporte (los partidos de tenis, cuatro veces por semana y la tabla de ejercicios) y a la comida sana. Su piel limpia, no dañada por el afeitado, las perfectas gafas de pasta y el cabello castaño en media melena, nos señalan la naturaleza intelectual y, a la vez, dinámica del personaje. El profesor enseña consciente de que su labor es recibida con deleite por la multitud que se congrega en el aula. La cámara enfoca planos generales de la clase abarrotada y primeros planos del profesor y los alumnos. Algunas muchachas no pueden evitar lanzarle miradas lascivas, desarmadas por el tono de su voz y sus movimientos plenos de seguridad en sí mismo.

La cámara queda suspendida en un plano medio del docente. Oímos pájaros tras las ventanas. No es un efecto sonoro. El sonido es en directo. El campus está lleno de árboles.

Quizás el capitalismo, comienza el profesor, debe actuar construyendo oasis en su proyecto de avalancha. Se lo traga todo, no respeta nada; pero sabe que no puede justificarse en términos filosóficos, en términos humanos.

El profesor comienza a pasearse por el aula. La cámara lo sigue.

Estos oasis, lejos de representar una amenaza para el capitalismo global, le son necesarios, ya que su condición de falsos clavos ardiendo (inofensivos, en definitiva) sugieren que el ser humano aún está lejos de confundirse con la simple fórmula de oferta-demanda; que es posible, en un futuro hipotético, subvertir el estado de las cosas y dar con vías humanas de desarrollo y organización.

Algunos alumnos toman notas; otros prefieren dibujar gestos de interés y concentración.

Pongamos el ejemplo del amor. Sin duda, la mayoría de ustedes ha perdido el tiempo en sus trabajos alguna que otra vez. Risas en el aula.

El amor. El gran Otro imaginario: lo que evita la deshumanización completa; aquello que parece desviarse de la lógica del Capital… Yo les digo: no se dejen engañar; No caigan en la desmovilización que representa el amor. No se conviertan en aburridos miembros de la clase media intelectual, que disfrutan de las películas de Woody Allen, y gastan su tiempo (lo pierden) con esa patraña tan útil a los opresores.

Huelga decir que el profesor es un radical. Posiblemente, ahora en la pantalla se proyectan imágenes de mítines, debates, tertulias y manifestaciones, con las que nos podríamos hacer una idea de su personalidad, dejando, por supuesto, su discurso como voz en off.

Antes de que concluya, volvemos a verle ante su auditorio. El silencio es respetuoso y profundo. La cámara se va alejando de él, sale del aula y recorre los pasillos de la facultad sorteando a alumnos y profesores, miembros del equipo de limpieza y turistas. Llega a la zona de los despachos (quizás se podría dejar la voz del profesor como banda sonora de este momento). Se detiene ante una puerta. Puede leerse en ella el nombre del profesor. Entramos (evidentemente no abrimos la puerta, sino que la imagen se corta y aparecemos de pronto en el interior del despacho). Lentamente, la cámara escudriña cada rincón: las estanterías llenas de libros de filosofía política, fotografías con otros miembros del claustro, diplomas en la pared (el joven profesor es, a su temprana edad, toda una eminencia académica) de cursos en el extranjero (Estados Unidos, Alemania, Italia). Hay un cierto desorden: la mesa y las dos sillas del despacho están ocultas por pilas de expedientes, exámenes corregidos y sin corregir y folios de toda clase. Sobre ellos, una planta (sin flores) y figuritas de dioses hindúes y budas utilizados como pisapapeles. La cámara realiza un movimiento suave pero rápido que nos lleva al centro del escritorio, donde descansa un papel de color crema, fácilmente distinguible de los otros folios (blancos). Es una carta. La voz del profesor (que ha continuado con su lección en todo este tiempo) se diluye, sustituida por una melodía lenta y triste (ma non troppo) que va dominando la escena. La cámara no recorre todas las líneas de la carta. Opta por elegir las más significativas. Por ejemplo, el autor (una mujer, Paloma) y el destinatario: el profesor; frases:

Yo también creí que esto podría funcionar. Lo creí de veras…

…y esta falta de continuidad…

¿Qué es el amor? ¿Podemos distinguirlo de la amistad? ¿Puedes tú?

Siempre voy a quererte, pero ahora me voy lejos. Lejos de ti, lo siento. Pero, también lejos de mí…

Una firma: Tuya, Paloma.

Parece que el círculo se completa, pero debemos indicar que la carta ha sido leída muchas veces (el papel está arrugado, incluso presenta manchas de grasa). También el profesor ha escrito sobre ella. Hay frases subrayadas, anotaciones que no podemos traducir, dibujos en los márgenes: un coche, caras, números de teléfono. La cámara llega hasta la ventana. El sol ilumina el jardín del campus, que va llenándose poco a poco de gente (parejas, jóvenes en bicicleta, alumnos que estudian bajo los árboles). La pantalla se ennegrece. Volvemos al aula (lo que pone fin al plano secuencia). El profesor ha concluido su lección magistral entre aplausos. Recoge las cosas mientras los alumnos van saliendo. Mira por la ventana. Un coche avanza lentamente por la carretera del campus. Al joven profesor se le tuerce el rostro. El vehículo se detiene frente a su edificio. La puerta se abre. La cámara enfoca al zapato de tacón rojo que acaba de asomar. Corte rápido. Fin.

jueves, junio 18, 2009

Preludio De Una Existencia Normal (Escena)

Un bar. Sólo un hombre detrás de la barra. No interviene en la conversación. Limpia los vasos y ordena las botellas. Una mesa en el centro con dos personajes:

1) Un hombre de unos cuarenta y cinco años, al que llamaremos A.
2) Un joven de aspecto desaliñado, al que llamaremos B.

Luz débil. Sobre la mesa, una botella de vino casi vacía, sin etiqueta. Dos vasos a medio consumir.


A: Quiero decir que es la mejor forma de hacerlo. Ése es el tema: la ecuación, ¿comprendes? Que yo no soy una buena persona. Así vamos eliminando tópicos. Mi idea, la idea central, ha sido sobrevivir fácilmente. Luego no tiene nada que ver con la bondad, ni con esas supercherías sensibleras. El pobre niño bueno, no sé si me entiendes, el que se queda en el rincón, el asmático, el de las gafas. Sería demasiado simple. También existen niños que matan gatos o apedrean lagartijas, ¿sabes? No es tan sencillo, desde luego. ¿Cuál es la fórmula? Yo creo que es mejor así. De lo contrario, uno acaba por creerse el cliché. Y, si uno cree en su propia bondad, acabará por creer en cualquier estupidez. Una cosa va detrás de otra. Primero la bondad y esa promesa de paraíso para los buenos. No hay más que asomarse a la ventana y respirar la calle. No hay un tesoro al final. Lo sabe cualquier niño de teta. Lo sabe todo el mundo. No digas que no. Creo que estoy siendo franco, ¿no? Me estoy atreviendo a decirlo. No es tan corriente asistir a algo así. Es como una revelación. Es un desahogo, eso por descontado.

B: Claro.

A: He querido sobrevivir fácilmente.

B: Sí.

A: Y eso no es bueno. Es cobarde y no es bueno.

B: Ya lo sé, pero usted…

A: ¿Qué vas a saber tú?

B: Bien; me refiero a que usted está siendo muy valiente al afrontar…

A: … no digas que…

B:… usted no se miente. Eso es bueno.

A: Yo me miento siempre. ¿No me has escuchado? Digamos que esto es una revelación, ni siquiera lo he preparado. Quiero decir que no he estado pensando en ello, ¿sabes? Me estoy burlando de mi carácter ahora mismo.

B:…

A: Mañana volveremos a las mismas.

B: Bueno, todo por partes. Es decir, usted hoy ha dado un gran paso.

A: ¿Qué cojones de…?

B: Que sí.

A: Nada, no te has enterado de nada.

B: Mañana se despertará de mejor humor.

A: No sabes de lo que hablas.

B: Hoy es un punto de inflexión.

A: Nada.

miércoles, junio 17, 2009

Cerrado

- Vas a acabar comiéndome los huevos.

Los dos hombres se miraban. El mayor se balanceaba suavemente a un lado y a otro, mientras cambiaba su navaja de mano. El más joven había cogido una silla y la blandía contra el viejo.

- ¡Ven aquí!… ¡Ven!

El viejo borracho se lanzó contra el joven. La punta de la navaja, utilizada como un ariete, pasó rozándole el hombro. El viejo se derrumbó sobre una de las mesas del bar.

- Niñato…

El joven aprovechó para golpearle antes de que se levantara. Lo hizo con furia. Saltaron astillas. Le había reventado una ceja.

- ¡Hijoputa!, ¡Hijo de la gran puta!

El viejo vomitó, mientras el rostro se le empapaba de sangre.

La chica seguía chillando, abrazada por el dueño del bar: un tipo gordo y grasiento.

- Quieta... Quieta, tesoro-, le había dicho.

Ahora el joven sujetaba la silla, manchada con restos de cabello y sangre del viejo que se arrastraba desorientado.

- Ya puedes soltarla-, dijo mirando al dueño del bar.

Los lacayos del viejo se acercaron. El joven levantó la silla otra vez.

- No crees que te va a ser tan sencillo- dijo uno de ellos.

El joven lo sabía. Retrocedió. Se colocó entre dos mesas, empequeñeciendo así el espacio para que tuvieran que atacarlo de uno en uno.

- ¿Quién va a ser el primero en quedarse sin un ojo?

Los matones vacilaron, pero sin que esa pausa pareciera claudicación o duda. Se mantuvieron firmes en su amenaza.

- Nos quedamos con tu chica, si no quieres salir de ahí.

- Tócala un pelo, y te mato.

Se rieron. Uno de ellos fue a echar el cierre al local. Primero las cortinas y luego la puerta. Puso el cartel de “Cerrado”. El joven siguió con la mirada los pasos del tipo por todo el bar. Respiró hondo.

- Mirad, sólo queremos marcharnos.

Debieron de percatarse de que estaba flaqueando, porque se acercaron un poco.

- ¿Quieres irte ahora que empezamos a conocernos? Además, debes disculparte con Ramón.

El joven miró al viejo. “Así que Ramón”, pensó. También pensó en el padre de Sara. No le había hecho gracia la idea del viaje. Pero acabó por aceptarlo cuando ella montó una escena en la que apeló a la libertad y a la opresión que sentía en la casa familiar. Ramón se había sentado en una esquina del local. Alguien estaba inclinado junto a él y le hablaba al oído. La sangre caía a borbotones, y la hinchazón de la ceja le había cerrado el ojo. Miraba al joven con un gesto indiferente.

Lanzaron una botella contra el joven, que fue a estrellarse contra la pared. Los esbirros de Ramón se lanzaron contra él, aprovechando la confusión.

Lo golpearon en el estómago y en la cara, mientras otro le arrebataba la silla.

- Dale, dale.

Sara se retorcía en brazos del gordo.

Sujetaron al joven y lo sacaron del hueco donde se había refugiado. Lo colocaron delante de Ramón. Los dos rostros desfigurados por los golpes se encontraron. Ramón no parecía darse cuenta de nada.

- Igual deberíamos llevarlo al hospital.- dijo uno.

- Venga, Ramón, dile algo a ese cabronazo.

Pusieron música. El viejo estiró la mano, buscando a tientas el rostro del joven. Estaba pálido.

- Suéltale una hostia, Ramón.

El desmayo de Ramón revolucionó al bar. Abrieron las cortinas y las ventanas. La luz del atardecer entró a golpes. Cogieron a Ramón entre cuatro y lo sacaron. Sara se acercó al joven, que se dolía en el suelo.

- Se van, cariño. Vamos.

Sara se echó el brazo del joven por encina del hombro y salieron del local. Nadie se percató de la huida. Caminaron un centenar de metros hasta dar con el coche. Se montaron.

- Creo que tengo una costilla rota.

- Hay que aguantar hasta Madrid.- dijo ella- ¿Crees que podrás?

- Sí, sí.

Arrancaron. La noche se había posado entera sobre el pueblo. Oyeron gritos y Sara miró por el retrovisor. Un grupo se acercaba a ellos corriendo. Dirigió su mirada hacia delante. No iban a cogerlos. Era imposible. Puso la radio y aceleró.


sábado, junio 06, 2009

viernes, mayo 15, 2009

viernes, abril 17, 2009

¿Cuál?

Necesito ver de nuevo Mary Poppins. Lo necesito como el comer, y no por romanticismo, al contrario. El otro día, mientras sacaba la basura, me sorprendí a mí mismo tarareando la canción del deshollinador: la mítica “Chim Chim Chery”. Lo que al principio comenzó como una obsesiva repetición intracraneal, se convirtió poco a poco en amargura, como quien encuentra un gusano en la ensalada. Me dije: “no es posible” y corrí a ver el video en concreto de esta escena.

Al acabar de verlo, me asolaron dos ideas, en principio contrapuestas.

La primera es que, con esta escena, se quiere mostrar un oficio, a priori, tan desagradecido, como algo maravilloso, poseedor de fortuna (baraka) y, contra todo pronóstico, divertido, desde la mejor de las intenciones.

La segunda es menos optimista. Temo que se muestre una sociedad hostil, desde un prisma voluntariamente maquillado, perfectamente acondicionado para eliminar de él cualquier tipo de crítica.

Las dos ideas son peligrosas. No sé con cuál quedarme. Por eso necesito ver esta película otra vez. Porque Mary Poppins narra una ilusión y, podría ser en realidad, una semilla al inconformismo, un primer escalón hacia la crítica social. Hay elementos en los que apoyarse: madre sufragista, el incidente del niño con el banco, etc. Sin embargo, las dos ideas anteriores pueden significar dos cosas completamente plausibles: O bien, el canto del deshollinador es un canto feliz, o es ácido, como si, en el fondo, supiera que lo que dice es un deseo más que una realidad; que, de hecho, ese buen hombre que le estrecha la mano o esa mujer que le lanza el beso desde el coche de caballos, en el fondo, lo despreciaran.

Tengo que verla. Os iré contando.


jueves, abril 16, 2009

Decisión

Si recuerdan, en el video que colgué en este blog el pasado domingo, 29 de marzo, Slavoj Zizek decía que lo importante no era preguntarse si somos libres o no, sino qué significa ser libre. Hoy he tenido dos experiencias a ese respecto. La primera de ellas ha sido leyendo el libro de entrevistas del filósofo esloveno con Glyn Daly (“Arriesgar lo imposible”, editorial Trotta). En él, Zizek desarrolla su pensamiento sobre las nuevas tecnologías y las posibilidades que éstas abren. Para él, no existe una “realidad virtual” y una “realidad real”, sino que ambas “realidades” no son sino partes equivalentes de una misma existencia basada en lo simbólico. En este asunto vale decir que el ciberespacio, por ejemplo, no constituye una huida de lo Real, sino que es ese Real con otro orden. Esto suele dar miedo, no lo discuto y provoca zozobras y pánicos varios. Y aquí enlazo con mi segunda experiencia.

Esta tarde he mantenido una discusión con un familiar sobre los llamados derechos de autor. Él condena firmemente aventuras como el eMule. Su tesis es la siguiente: Los autores/músicos deben poder decidir sobre los frutos de su trabajo. La gente, sin embargo, hace uso de ese fruto sin el consentimiento de su autor.
Esta idea me parece irrefutable y, sin embargo me asola la duda: ¿A qué llamamos poder decidir? Es algo curioso y que, si nos ponemos a reflexionar sobre ello, nos conduce a la inevitable pregunta: ¿Qué es ser músico? Porque ser músico no ha sido siempre lo mismo. Pensemos en los bardos celtas o en los trovadores medievales. ¿Bajo qué condiciones se llamaban a sí mismos músicos? Es una pregunta importante.

Mi idea, al contrario, es que lo que llamamos “posibilidad de decisión” no es más que “mantenimiento del poder de las discográficas”, al menos en este debate. Porque lo que defienden mi familiar y sus compinches es que todo siga igual, con una realidad basada en las coordenadas:

1) Monto un grupo.

2) Grabo una maqueta.

3) Se la mando a una discográfica que me contrata.


No está mal. Se ha llevado haciendo al menos cincuenta años.

Me sorprende el análisis pseudomarxista que lleva esta gente. Me explico. A la idea “tenemos derecho a decidir sobre nuestro trabajo”, le sigue: “vamos a vendérselo a esta discográfica que, inevitablemente, nos arrebatará cualquier posibilidad de decisión”. Una defensa pro-esclavista de manual.

Las coordenadas, como digo, han cambiado. ¿No lo saben los artistas? Yo sospecho que sí lo saben y los últimos movimientos (MySpace, descargas legales de discos enteros en las Webs oficiales de los grupos, etc) van en ese sentido.

¿Es que nos les importa a los autores que las discográficas se lucren estableciendo precios tan caros por los disco? ¿Es más enemigo el chico que se baja música desde su ordenador?

Alguien me podría decir: Claro, pero esa gente que cuelga su música en la Red, los que tienen un perfil MySpace, etc, lo hacen voluntariamente, mientras que en el eMule uno se apropia indebidamente del trabajo ajeno. Y aquí es donde yo quería llegar (lo anterior no ha sido más que un prólogo, quizás demasiado largo). Mi tesis central: ¿Qué significa hoy ser músico?

Como dije antes, no ha sido siempre lo mismo ser músico y hoy no es lo mismo que hace diez años, sin duda alguna.

Mi duda viene a raíz de mi sospecha (quizás errónea, pero es la mía) de que los más interesados en atacar las descargas eMulianas son, precisamente, los músicos que menos presencia tienen en el mercado (aquí me pongo un poco liberal). Y yo me pregunto: ¿Qué derechos quiere defender X (por no citar nombres) para ser tan beligerante en este tema? O más bien. ¿Está defendiendo algo más que una supuesta “solidaridad gremial”?

Mi familiar me decía que tiene muchos amigos músicos que ya no pueden serlo porque la actual crisis de la música (por culpa, claro está, de las descargas ilegales) se lo impide.

No niego la posibilidad de que yo sea decididamente obtuso en este tema pero considero que quizás de lo que estamos hablando sea del final del concepto de músico como “profesional de la música” (siempre hablando en términos de música llamada “popular”) o, quizás de una mutación radical del concepto profesional de músico.

Este familiar mío decía: “Y no me digas que vivan de tocar en directo, porque quizás no quieren hacerlo”. Nos han jodido ¿Qué oficio es ese en el que uno decide por completo cómo debe ser el oficio? Es como si un médico dijera: “Y no me digas que haga guardias, que no quiero”.

Lo que se trata de ocultar, me temo, es un interés por vivir de la música de espaldas al público (lo que me parece una desvergüenza mayúscula pero que, pensándolo bien, muchos hacen, el cine español sin ir más lejos). Esta última idea la viví el verano pasado en una serie de conferencias a las que asistí, en las que exponían sus puntos de vista editores, miembros de las discográficas, las asociaciones de autores, etc.

Quizás ser músico sea hoy tocar en directo, o no vender discos (y ofrecer la música gratis por Internet), etc. Porque el eMule es legal ya que es muy difícil cargárselo sin cargarse a la vez la Constitución.

Y quizás ser músico sea ya un hobby y no entre en la categoría de “oficio”. ¿Quién sabe?

sábado, abril 11, 2009

Cuchara

La modernidad ha traído consigo la verdad: no hay cuchara. El abismo que debemos saltar, los obstáculos salvados. Todo se reduce a la elección.

En esta escena de Mátrix observamos un choque. Un choque que es cuchara, pero podría ser otra cosa. Por ejemplo, si cambiamos de palabra y, en lugar de “cuchara”, decimos “yo” o “sufrimiento”. Y, precisamente, es de lo que va todo esto. Toda la historia de la civilización ha funcionado como manos que quitan capas de una cebolla. Primero Moisés, que intuye a un Dios al que debe adorarse mediante prácticas efectivas de moral. Un hombre que baja del Sinaí no con una descripción de la divinidad, sino con leyes grabadas en piedra.

Luego viene Job con su libro majestuoso que elimina la relación “bien-recompensa”, “mal-castigo”. Más tarde los profetas, Jesús y su lucha contra el Dios externo, etc.

Y por supuesto, Copérnico, Darwin, Marx, Freud. ¿Qué queda de la superstición?

No queda nada y, sin embargo…

No hay cuchara, una frase que debe grabarse en las escuelas, en los monumentos, en los autobuses (ahora que está de moda hacerlo). Una frase que elimina las preocupaciones (como Siddartha bajo el árbol).

Si, como decía, cambiamos “cuchara” por “yo”, nos queda:

No intentes doblar el Yo/Sufrimiento. Eso es imposible… Doblar, forzar, cuestionar, domesticar. Imposible.

En vez de eso, debes comprender la verdad: No hay Yo/Sufrimiento.

La modernidad es un ejercicio de voluntad. Una apuesta por la razón, por tomar las riendas, por aceptar lo no-explicado. No somos el centro de nada. Aceptar las coordenadas: nacimiento-muerte. Trabajar sobre ellas.

Es fácil decirlo. No queda otra.


domingo, marzo 29, 2009

Los 60 De Zizek

El pasado sábado, día 21 de marzo, cumplía 60 años el sociólogo esloveno Slavoj Zizek. Aquí dejo una pincelada de su peculiar método docente.

jueves, marzo 26, 2009

Camilla Parker Bowles


El cuento es la belleza robada. No hay dilema entre amor y belleza, eso está claro.

¿Cuál es la enseñanza? Hablo de los cuentos infantiles.

Luego miro la televisión y la antipatía que provoca Camilla Parker frente a la admiración que despiertan Rania de Jordania, Lady Di, Carla Bruni.

¿Por qué no hay apoyo a la ex de Sarkozy? ¿Qué tiene Carla Bruni que no tenga Camilla? ¿Debo contestar a eso?

Porque en los cuentos infantiles hay siempre un equilibrio fundando en la belleza, al que la envidia (personificada en el marginado) destruye. Pueden verlo en la “Bella Durmiente”. El hada que no ha sido invitada lanza el maleficio. La niña crece. La maldición planea sobre la vida de palacio y desbarata, finalmente, lo más bello, convirtiéndolo en problema a solucionar por el príncipe (otra belleza en marcha).

El equilibrio fundado en la belleza-legitimación. Ni siquiera tienen que esforzarse en ser buenos. La acción de marginar (aparentemente sin motivo) a un hada no parece inquietar a los redactores del cuento, por cuanto esa decisión es legítima por sí misma. Sin embargo, el enfado del hada es mal recibido pero no como problema sino como maldición. En ningún momento se hace explícito un intento por solucionar las cosas. Puede parecer rizar el rizo, pero fíjense en la postura del hada “mala”. Hoy nos parecería una actitud casi compartible. El mal viene de fuera. Nunca es una madre, es una madrastra (“Blancanieves”), ajena al hogar. “La Cenicienta” también juega con la idea de la princesa legítima, arrancada de la paz merecida por personajes ajenos a su mundo. Personajes que ocupan el escenario, lo profanan.

Pero “La Cenicienta” incorpora esa relación Bondad-Belleza-Poder. Las hermanastras son malvadas, ergo feas. El príncipe no es capaz de reconocer a su amada vestida como una sirvienta. Necesita del zapato perdido. Lo sabe y ni siquiera va en persona en busca de Cenicienta. Lo hace un lacayo.

Las madrastras, hermanastras, hadas malas y brujas, personifican al advenedizo, al plebeyo ascendido a una posición más alta de la que merece. Sin embargo, esa tensión sutil que, a priori, tienen los cuentos, debe ser edulcorada de manera que de un dilema social se establezcan imágenes alegóricas del mismo. A saber, la belleza como representación de lo legítimo; la oscuridad y lo feo, como reflejo de lo torcido y malvado.

El cuento es un problema social, envuelto en celofán fantástico, pero inútil.

jueves, marzo 12, 2009

El Último Sabor

Cristina se levanta y palpa su trasero húmedo, sus pantalones. La botella de Coca Cola ha rodado lejos, los huevos no se han roto. La bolsa de plástico, en su postura extraña, ha mantenido casi intacto el contenido. No había nada frágil, excepto los huevos que han aguantado el golpe. La pasión ha desbaratado la tarde. Ya es atardecer. Ahora el día es irrecuperable. El joven trabajador (¿tan joven es? ¿Veinte? ¿treinta?) de Parques y Jardines se abrocha el mono mientras observa pícaro a Cristina. Ella se pone a recoger las cosas. Sigue el rastro de la botella rebelde y la introduce en la bolsa. Ahora el espacio que llenó el sol, casi juzgando la escena favorablemente, se debate contra la oscuridad. ¿Cuál fue el inicio? ¿Una mirada más fija que otras? Luego los arañazos, el brazo que detenía (¿detenía realmente?) el torso desnudo del trabajador de Parques y Jardines que forzaba el tacto, o era simple deseo. Cristina no lo tiene claro. O lo tiene un momento, pero luego se relaja y observa las hojas, el pequeño claro entre arbustos que ha sido testigo de su indiscreción. Ya casi no se distingue el rostro del otro. Sigue vistiéndose lentamente, sin duda para crear en Cristina la incomodidad que trae la culpa. No dice: “Repitamos”. Eso estiraría la tensión hasta el borde de su aguante. Se contenta con mirarla recoger las cosas. Cristina no se quiere marchar primero. El joven trabajador de Parques y Jardines que, no obstante ha descuidado su labor por un no tan breve tiempo, teme la reprimenda del jefe. Ya pronto no quedará luz para trabajar. “Me marcho, guapa”. Cristina en ese momento está proyectando pensamientos inocentes. De infancia perdida, una leve inconsciencia quiere apoderarse de ella. “Con la inconsciencia llega la sonrisa”, piensa. No, las uñas no las usó para defenderse. No golpeó ni fue golpeada.

Cristina camina las calles familiares. Son caras conocidas, esquinas muchas veces pisadas. Esta vez elige no variar. No alza la vista ni observa los tejados (que suelen ser desconocidos), las cornisas, las macetas, que son siempre posturas extrañas de un mismo espacio. Hoy quiere conservarse, caminar el camino básico, saludar o no al vecino, saltar la baldosa o tragarse la raya. Desde que marchó mamá, Cristina quiere conservar plano su pecho, estrecha la cadera. Quiere ser Cristina y no la mujer. O no ha querido hasta esta tarde. Y sale la primera estrella de la noche y llega a casa.

El padre está leyendo su periódico, rodeado de libros y periódicos. No levanta la mirada al oír la llave en la cerradura. Sólo lo hace cuando entra luz con el que entra.

- ¿Raquel?

- No, papá, soy yo.

Siempre ese deseo ingenuo del regreso de su mujer ausente, de su esposa huída. El padre conoce su debilidad y no dice nada. Cristina le quita importancia al asunto. Cambia de tema. Las persianas bajadas y la única lámpara de pie encendida en la casa es la que ilumina al padre. Cristina se lo queda mirando desde la penumbra. El padre hace un esfuerzo por distinguir gestos en su hija.

- ¡Ay, Cristina!

- ¿Qué, papá?

La noches transcurren fácilmente en este hogar paralizado por un acontecimiento; o por la lectura que se ha sacado de un acontecimiento. Cristina no piensa mucho en eso. Simplemente cree que la primavera es siempre la misma, las estaciones se suceden unas a otras y no hay cambios. La casa es la misma, acaso un libro nuevo, un cuadro, los programas de televisión. Pero el mismo desorden premeditado, los mismo productos de cocina, el olor a cerrado. Cristina suspira mientras parte la cebolla. Hoy, tortilla. Porque la tortilla es el sabor de la noche. De esas noches de padre e hija en casa.

Las mañanas son distintas porque los sonidos de la calle, el desfile de los viandantes es caótico, aún cuando ocupan un mismo espacio en sus recorridos. Cristina admira la nueva camioneta detenida frente a su portal, o reconoce a la vecina de arriba aun con un vestido nuevo estampado. El padre no está por las mañanas. Ya se ha ido cuando su hija se despierta. Cristina se ducha, entonces, y desayuna. La leche está junto a la taza, como siempre. Incluso el pan (el mismo trozo, un corte igual) y la mantequilla. Cristina se marcha al instituto.

La joven debe pasar por el parque camino de clase. Quiere ser madura. Pasará sin importarle lo que pueda decirle el joven trabajador de Parques y Jardines. Es más, lo ve a lo lejos y cambia su rumbo para cruzarse con él. El joven apenas la reconoce. La saluda, finalmente (y ya cuando es inevitable) con un leve movimiento de la cabeza. Cristina quiere pensar: “Maldito violador”. Pero piensa: “No me reconoce, no le importa”. Pero ambos pensamientos son absurdos: eso lo admite Cristina acto seguido. Se mira las manos, las uñas largas, y cuidadas, que no sirvieron para pelear, pero tampoco para amar. Se quedaron sobre los dedos sin labor alguna, siguiendo las torpes caricias sobre la espalda del currante.

Cae de nuevo la noche. Es muy tarde pero no tanto como el día anterior. Cristina pasa de nuevo por el parque pero su joven cuidador no está. ¿Cristina quiere que esté? La chica (quince años casi) avanza por entre los matorrales, de vez en cuando tropieza con algún perro bravo. La noche es otra, pero Cristina no distingue. Puede ser la misma noche. Palpa su trasero seco y se pregunta si alguna vez fue húmedo, si mamá volvió anoche y juntas fueron al parque y se pasaron las horas saltando y jugando y revolcándose en la hierba húmeda por la helada. Y está mamá en casa. Y papá con ella. Vuelve el camino caminado, la misma postura invariable…

martes, diciembre 23, 2008

Nieve

- Está dormida.

La madre entró primero. Le seguía el padre. Miraron a la pareja. Luisa, con el camisón del hospital, sentada sobre el regazo de Pedro. Él la balanceaba suavemente.

- Está dormida- repitió.

Los padres se acercaron y echaron un ojo. Dos enfermeras habían entrado discretamente tras ellos y observaban las máquinas. Una le susurró algo a la otra, que salió de la habitación.

- Será mejor que no la despertéis.

La madre le tocó el brazo a su hija. Un mechón de pelo negro le ocultaba el rostro.

- Pedro…

- Vas a despertarla.

Un médico estaba quieto en el umbral de la puerta. Tocó al padre para que lo dejase entrar. El padre se apartó y dejó hueco. El doctor consultó el monitor. Miró a la pareja. Luisa seguía acurrucada, hecha un ovillo contra el pecho de Pedro. Carraspeó. La madre de Luisa se volvió a mirarlo. Pedro acercó su mejilla a la de Luisa. El médico bajó la cabeza. Las dos enfermeras y un celador se colocaron frente a Pedro. No opuso resistencia cuando le tocaron las manos para apartárselas.


*

Pedro llamó a la puerta del taller. El padre de Luisa no había hablado mucho desde la muerte de su hija. Llevaba puesto el mono de trabajo y arreglaba una silla. El invierno había llegado con la nieve y, al abrir la puerta, Pedro trajo consigo un suspiro de viento helado.

- Pasa, no te quedes ahí.

El taller estaba desordenado. Las herramientas poblaban el suelo sucio y, sobre la mesa, junto a la silla, descansaban botellas vacías y bocadillos a medio comer.

- Me hizo llamar.

El padre de Luisa no contestó enseguida. Mantuvo su concentración en la silla durante unos segundos. Luego miró a Pedro como si no comprendiese. Se secó el sudor y señaló al armario que estaba justo tras él.

- Ahí hay algo para ti.

Pedro se dirigió al armario y lo abrió. El padre de Luisa no había vuelto al trabajo. Esperaba a que Pedro lo tuviera en las manos.

- ¿Esto?

- Eso es.

Pedro llevaba un cuaderno naranja en la mano. Un simple cuaderno de anillas con menos hojas de las que debería tener.

- ¿Qué es?

El padre de Luisa chasqueó la lengua.

- ¿Dices que querías a mi hija, y no sabes qué es?

Pedro se encogió de hombros.

El padre meneó la cabeza y luego volvió a mirar a Pedro, que había abierto el cuaderno.

- Poco antes de que llegaras al pueblo, me pidió que te diera esto si… Bueno, ya sabes.

Pedro asintió.

- Gracias.

- No hay de que.

Los dos hombres se quedaron unos instantes en silencio. Apenas si se oían ruidos del exterior del taller. La gente se había quedado en casa por la nieve. Estaba anocheciendo.

- Creo que me iré ya- dijo Pedro, por fin.

- Claro. No tienes que irte a la pensión. Puedes dormir en casa, si quieres.

- No, tengo todas mis cosas allí. Además, mi autobús sale mañana temprano.

- Como quieras.

Pedro estrechó la mano del padre de Luisa y se dirigió a la salida.

- Creo que no le hiciste bien a mi hija.

Pedro se detuvo y giró la cabeza. El padre de Luisa se había apartado de la mesa de trabajo y lo miraba fijamente.

- ¿No me has oído?

Pedro soltó el picaporte que ya tenía en la mano y se dio la vuelta.

- Lo he oído, señor.

- Parece mentira que tuvieses la desfachatez de venir aquí, después de todo.

El padre de Luisa avanzó hacia él. Pedro lo esperó, dispuesto a dejarse pegar un par de puñetazos antes de responder. Pero el anciano se paró a dos metros de él.

- Era mi única hija, pedazo de mierda.

Pedro asintió.

- Hubiera dado todo por ti. Y, en cierta medida, lo hizo. ¡Dios!

Pedro notaba cómo iba subiéndole el calor a la cara.

- No eres más que un muerto de hambre. Con todo eso del cine, te creerás muy importante, ¿no es cierto? Un artista. Querías un trofeo, ¿verdad? Una muesca más. Y si había sufrimiento, mejor que mejor.

- No es eso, señor…

- Calla la puta boca.

El viejo dio un par de vueltas por el taller. Pedro pensó que buscaba algo para arrojarle. Se estremeció.

- Tú no tienes ni idea, chaval. Dices que la amabas. Que hubieras dado tu vida por ella. No me jodas, hombre. ¿Crees que me tragué tu última escena en el hospital? Llegaste dos días antes, por el amor de Dios. Pero ¿quién estuvo los dos meses anteriores?

Pedro no daba crédito.

- Vine en cuanto me enteré.

- ¡Y una leche! ¿En cuanto te enteraste de qué? ¿De que estaba enferma? Eso ya lo sabías. Después de lo del bebé y…

Se calló a tiempo. Pedro le había mirado enfurecido.

- Ya basta.

- Pedro, yo…No quise…

- Déjelo. Gracias por el cuaderno.

Pedro salió del taller. El tiempo había empeorado. Lo que antes era una leve brisa, se había convertido en un vendaval. Tardó casi media hora en recorrer una distancia de doscientos metros. Llevaba el cuaderno bajo el brazo, tratando de evitar que se lo mojase. Llegó tiritando a la pensión.
La señora Mínguez, la dueña de la pensión, le preparó un chocolate caliente y le sentó en una mesa junto a la chimenea. Pedro abrió el cuaderno. Junto a la mesa, un hombre de mediana edad que leía el periódico, se había puesto a observarlo. Pedro sabía que el diálogo era inevitable.

- Disculpe, señor. Usted debe de ser Pedro Arce, el famoso director de cine.

- Sí, así es.

- Coño, ¿qué le trae por estos lares?

- He venido a ver a mi mujer.

- No le ha ido muy bien, por lo que veo.

- ¿Cómo dice?

- No, como le veo aquí solo…

- No, no me ha ido nada bien.

- Vaya, pues lo siento. ¿Le apetece una copa? Tengo una botellita de orujo en mi habitación. Si gusta… Por cierto, me llamo Ramón.

- Encantado. Venga, vamos a tomar un poco de ese orujo.

La habitación de Ramón estaba llena de pilas de periódicos viejos. Pedro recorrió con la mirada cada hueco. Era un lugar sórdido.

Ramón cogió dos tazas y las puso encima de una de las pilas. Acercó dos sillas. Abrió la botella.

- Dígame vale cuando lo vea.

- Vale.

Pedro y Ramón tomaron su orujo en estricto silencio. El alcohol le calentó mucho más que el chocolate. Sintió cómo le bajaba por el esófago.

- Bueno, ¿verdad?

- Ya lo creo.

Ramón miró detenidamente a Pedro.

- Le noto preocupado, amigo. ¿Quiere contarme algo?

Pedro se sirvió un poco más de orujo y negó con la cabeza.

- Mal de amores ¿eh?

- Eso es.

- Bah, no se apure. Las mujeres son complicadas; y no se mueven en las mismas coordenadas que nosotros. Recapacitará, ya lo verá.

Pedro rodeó la taza con las manos.


*


El conductor del autobús abrió los maleteros a ambos lados del vehículo.

- Para Madrid, a la derecha. Para Valencia, a la izquierda.

Pedro dejó su equipaje y se echó la mano al bolsillo de atrás del pantalón para sacar el billete. El conductor le miró y sonrió.

Pedro se acomodó en su asiento. Le había tocado ventanilla. Unos niños jugaban junto al autobús. Les hizo una mueca, pero ellos no se dieron cuenta.

- En marcha- dijo el conductor.

El autobús iba casi vacío.

- En marcha- repitió Pedro.

El cuaderno bailó sobre sus rodillas con la primera curva.

domingo, diciembre 21, 2008

Sea Grapes- Derek Walcott

That sail which leans on light,
Tired of islands
A schooner beating up the Caribbean

For home, could be Odysseus,
Home bound on the Aegean;
That father and husband’s

Longing, under gnarled sour grapes, is
like the adulterer hearing Nausicaa’s name
In every gull’s outcry.

This brings nobody peace. The ancient war
Between obsession and responsibility
Will never finish and has been the same

For the sea wanderer or the one on shore
Now wriggling on his sandals to walk home,
Since Try sighed its last flame,

And the blind giant’s boulder heaved the trough
From whose groundswell the great hexameters come
To the conclusions of exhausted surf.

The classics can console. But not enough.

*

Aquella vela, fatigada de islas,
Que descansa sobre la luz,
Una goleta batiendo el caribe,

Podría ser Ulises
Camino de casa en el Egeo,
Ese padre y marido

Anhelante, bajo las uvas nudosas y amargas,
Es como el adúltero que oye el nombre de Nausicaa,
En cada graznido de gaviota.

Esto no da la paz a nadie. La antigua guerra
Entre obsesión y responsabilidad
Jamás acabará y siempre a sido la misma

Para el navegante y para el que permanece en tierra
Caminando en sus sandalias hacia casa,
Ahora que Troya hace ya tiempo que apagó sul última llama

Y el peñasco del gigante ciego partió el seno de las olas
Desde cuyo mar de fondo llegan los grandes hexámetros
A las conclusiones de una espuma exhausta.

Los clásicos consuelan. Pero no lo suficiente.

(Versión en español por J.C LLop)


viernes, diciembre 19, 2008

Límites

I

Ese camino que se intuye
anclado en la tierra,
dispuesto cómodamente entre dos vallas,
expuesto a la piedra y al hombre que se arrastra,
sin explicación pero inamovible,
perfectamente nítido, sin embargo,
desde la carretera,
nutrido de constantes
y figuras dispuestas, como deben estarlo.

Sombras de hombres, pero no siluetas,
apenas trazos de una presencia familiar
que distingue espacios y limita
nombres, y los crea en la seguridad del deber.

Los caballos quietos sobre la nieve,
abriendo hueco para el pasto,
helado por más que lo respiren.

II

Tierra seca pero invernal,
no firme, su hendidura
apenas llena de memoria
y de juego.

El hombre,
que irrumpe desconociendo su labor,
el destino,
todos los pozos yermos
y la nieve ausente.

Tiempo que pesa hoy
como piedra,
en forma de frío
anunciador, agorero,
de un desenlace cotidiano.

miércoles, diciembre 17, 2008

Normal

- ¿Me quieres?

- ¡Hombreee!

- Pero, a ver, ¿cuánto me quieres?

- Te quiero un montonazo.

- ¿Y para qué me quieres? ¿Para acostarte conmigo?

- Sí, te quiero para acostarme contigo.

- ¿Sólo para acostarte conmigo?

- No.

- No, ¿qué?

- Que no te quiero sólo para eso.

- Y ¿para qué, entonces?

- Para muchas cosas.

- Habla.

- Pues, mira, te quiero para acostarme contigo, para pasear contigo. Para pedir el café con leche que tanto te gusta. Te quiero para ponerte el termómetro cuando tengas gripe; para hacer tus fotocopias; para pasar a ordenador tus trabajos; para ir al cine contigo y tragarme películas chinas; para reír contigo; para ponerme nervioso delante de tu padre. Para arreglar los grifos, las bombillas. Para abrir el capó del coche y echarle un ojo si se te estropea; para cogerte de la mano cuando des a luz. Para acabarme tu comida si no tienes más hambre; para donarte un riñón si se da el caso; para pagar tus deudas; para tomarte la lección cuando estés preparándote oposiciones. ¿Te vale así?

- …

- ¿No dices nada?

- No sé qué decir.

- ¿Para eso preguntas?

- Ya…

- ¿Qué?

- Nada. Creo que te he perdido por el camino.

viernes, diciembre 05, 2008

Primer Contacto*

Maldita sea. Siempre me tiene que pasar en los momentos más inoportunos. Mira que se lo dije. “Cuida de que no me pase a plena luz del día, ante los ojos de todos”. Un patán, vamos.
Tengo que concentrarme en pensar una solución. Gracias al cielo, he cerrado las salidas mediante telequinesis. Nadie podrá abandonar el edificio. El destino ha querido que me ocurra en el bar de la azotea. Así todo será más fácil.
Aún no es el momento de darme a conocer. Por lo tanto, y lamentablemente, mi primer contacto con los humanos será éste. No puedo dejar que se vayan tras verme levitar. Los muy inocentes salieron pitando. Ahora estarán aporreando las puertas de cristal. A ver si consigo bajar de aquí… Ya está. Ahora viene lo peor. Qué oficio tan desagradable.



* Finalista del Primer Concurso de Microrrelatos de la Asociación Cultural Calle del Sol (Santander).

Fotografía: "Razonamiento espacial". Autor: Rafael Margallo Toral

martes, noviembre 25, 2008

Los Datos Verdaderos Del Mundo

No existe nada más que tu temperatura
resumiendo los datos verdaderos del mundo.
Juan Antonio González Iglesias.

Soledad no se lo explica. Alza la cabeza y contempla el cielo limpio, despejado de nubes y coronado por el fuerte sol del mediodía. Soledad no comprende. Los golpes del trabajo del albañil, que cierra el nicho recién ocupado por su hermana Elvira, la sacan de su ensimismamiento. El ruido de los golpes se confunde con el rezo del sacerdote. Soledad, desde su sitio, observa a su cuñado que parece hoy más pequeño y más débil. Se moja los labios secos de sed y de tristeza, y se frota las manos enguantadas en luto.

El sacerdote da la bendición y concluye la ceremonia. Los asistentes al sepelio permanecen quietos aún, sin mostrar prisa o impaciencia. Poco a poco, van acercándose a Luis y le dan el pésame. Soledad también se acerca. Lo toma del brazo.

- Hoy te vienes a casa.
- Bueno.
- No te puedes quedar solo.
- No.

Los gritos de unos chiquillos que juegan en un campo cercano quiebra el silencio respetuoso del cementerio. Cuando abandonan el lugar, el albañil aún no ha terminado.

En casa de Soledad, el almuerzo es triste. No le ha dado tiempo a comprar nada. La agonía de su hermana y su posterior fallecimiento la han tenido ocupada durante semanas. Abre unas latas de sardinas y espárragos, que no van a comerse. Pasan la tarde casi sin hablar. A las siete deciden dar un paseo.

Anochece lentamente sobre la ciudad. Las aceras van tomando un tono ocre. Las ramas de los árboles se mecen más violentamente. Los dos cuñados avanzan cogidos del brazo, sorteando a la multitud que abarrota el centro. De vez en cuando, se encuentran con algún conocido que los para y les ofrece sus condolencias. Luis se espabila poco a poco del letargo en el que se ha sumido desde la muerte de su mujer. Tiene frío y estrecha su cuerpo con el de Soledad. Ella le sonríe.

- ¿Quieres un café?
- Bueno.

Se sientan en una terraza y piden. No tardan mucho en servirles. El camarero observa las ropas de luto de la pareja, y dibuja una mueca que trata de ser condescendiente. Luis coge la taza con las dos manos y la deja ahí unos instantes sin llevársela a la boca. Soledad bebe un sorbo de su té.

- ¿Mejor?
- No.

Luis quiere volver a su casa. A Soledad no le parece una buena idea, pero acaba por ceder.

- Al menos déjame acompañarte.
- Ven.

Agarrados del brazo, se dirigen a la casa de Luis. Ya es noche cerrada en la ciudad veraniega. Se cruzan con grupos de jóvenes, que no reparan en su tristeza.

Luis introduce la llave en la ranura, pero no abre enseguida. Apoya su cabeza en la puerta. Soledad le pone la mano sobre el hombro.

Nada más abrir, llega desde el interior de la casa un fuerte olor a cerrado. Soledad corre al dormitorio.

- Quédate en el salón. Voy a ventilar.

Soledad entra en la habitación donde, tan sólo dos días antes, ha muerto su hermana. Es una habitación pequeña, ocupada por dos camas sencillas, separadas por una mesilla de noche. El desorden es el mismo que dejaran cuarenta y ocho horas atrás. Las sábanas revueltas, la persiana bajada, dan a la estancia un aspecto como de batalla perdida. Hay un olor familiar y reciente que a punto está de hacerle flaquear. Se arma de valor y sube la persiana y abre la ventana. No llega aire suave de la calle. Irrumpe una oleada de calor. Soledad cambia las sábanas de la cama de su hermana Elvira.

Luis llega sólo unos minutos después. Soledad lo mira. La oscuridad de la habitación es interrumpida por las luces del edificio de enfrente.

- Quiero dormir. Voy a acostarme.

Soledad le mira compasiva y cariñosamente.

- Me quedaré un ratito en el salón y luego me iré a casa.

Luis asiente. Soledad le deja solo.


*


Soledad se ha quedado dormida en el salón. El calor de junio ha empapado su blusa negra y se la ha pegado al cuerpo. Se incorpora y mira hacia los lados, desorientada. Se dirige al dormitorio.

Luis respira profundamente. Soledad se queda a los pies de la cama, observándolo. Poco a poco, y sin dejar de mirar a su cuñado, la mujer se desata los botones de la blusa. Se la quita y también el sujetador. Hace lo mismo con la falda y las medias. Echa una mirada a la mesilla de noche, donde descansan un vaso de agua y una tableta de somníferos. Soledad no lo piensa y se mete en la cama. Acostada sobre su lado izquierdo, siente el aliento de Luis sobre su rostro. Poco a poco, vuelve a dormirse.

Un rayo de sol ha asomado por entre las rendijas de la persiana. Soledad se despierta. Luis sigue dormido. Lentamente, la mujer se levanta y abre el armario. Coge una de las batas de Elvira y se la pone. Respira el perfume de su hermana que empapa aún la prenda. Se marcha al salón tras recoger su ropa del suelo.

Soledad mira por la ventana. Un grupo de niños ha salido casi con el sol a repartir juegos y risas por las calles todavía desiertas.

Unos minutos más tarde oye a Luis que camina por el pasillo y la llama.

- ¡Soledad!
- Aquí, Luis, aquí.

Los dos se encuentran a medio camino. Luis parece nervioso, desencajado. Se acerca. Soledad retrocede. Una mirada distinta se ha dibujado en el rostro del viudo.

- ¡Elvira!

Luis agarra a su cuñada por el cinturón de la bata. Ella intenta zafarse. El nudo se desata.

El cuerpo de Soledad asoma bajo la bata de su mujer muerta. Luis toma a Soledad de la cintura. Acaricia su vientre y sus senos. Arrodillado, la besa alrededor del ombligo. Luego se detiene y se incorpora. Las miradas de los cuñados se cruzan en un instante que parece deshacerlos. Finalmente, Luis se aleja y se sienta en una silla del salón. Soledad, confusa, vuelve a anudarse el cinturón y va reunirse con él.

Los rayos del sol atraviesan impúdicamente el cristal. Soledad, de cuclillas frente a su cuñado, le toma de la mano. La luz del nuevo día ilumina la piel de la mujer. Luis sonríe.

- Ya es tarde… Elvira…

La mujer asiente y sonríe también. Se tapa el escote con su mano libre.

sábado, noviembre 08, 2008

Las Mujeres En Invierno

El viejo seguía en sus trece. Se levantaba a ratos la venda y echaba un ojo, y volvía a taparla rezongando. Unas veces decía “Ya estoy bien”; pero luego se quedaba quieto, como previendo un latigazo del dolor y no decía nada. O cambiaba de tema y me decía:

- Dios conoce cada tábano.

Y yo asentía para no contrariarlo, para que estuviese distraído. El viejo Damián sudaba, y eso era que la fiebre lo estaba sacudiendo. En ocasiones parecía encontrarse mejor y me aceptaba algún cigarrillo. Y seguía con lo del tábano.

- Claro, chico, cada tábano, cada hormiga incluso. Dios procura alimento a los animales y a los hombres. Él no hace distingos.

Yo miraba por la ventana, con el fusil en la mano, tratando de escudriñar la noche, de forzar la vista para acostumbrarla a vigilar a todas horas. Sólo era cuestión de tiempo.

Damián, a veces, se ponía lastimero y fingía resignarse:

- Chico, aún estás a tiempo. Mira que este viejo ha visto ya muchos abriles.

Calle, hombre, calle, le decía yo, y seguía a lo mío. Cuando me parecía buen momento, salía de la casa y buscaba leche y comida en el pueblo abandonado.


*


La verdad es que yo nunca había hecho por acercarme al viejo Damián. Lo veía a veces salir de su casa o de la escuela, abrigado con su vieja trenca (que ahora nos servía de manta para la noche) y entrar en el bar de Gelo, el padre de Clara.

- Que ya sé yo lo que tú te traes con Clara, bandido- me decía Damián-. Todos hemos tenido quince años.

Yo, cuando ya tuve más confianza, le interrogaba.

- Damián, ¿y el amor?

- El amor existe, chico, claro. Por encima de todas las cosas.

Y me tranquilizaba.

*

El tiro le había dado a Damián en el muslo derecho. Al principio, lo que parecía una herida superficial se volvió peligrosa y febril con el paso de los días. Damián hablaba en sueños y repetía palabras sin ninguna coherencia: “lagartija, Sara, honor, sombras…”, y yo lo despertaba, y él, tras situarse, me tocaba en el hombro.

- Va bien, chaval, va bien.

Y me pedía un cigarro o que le cantara alguna canción bonita. Y yo le decía: “Vale, pero un rato sólo”.

Una vez me habló Damián de los sueños. Dijo que había que seguir los sueños; asirlos por las solapas, como cuando uno se encuentra con un deudor holgazán. Dijo que eso era ser hombre. Yo le decía que sí, que se tapase no fuera a empeorar su estado una mala brisa.

- Yo lo que quiero es ser artista, don Damián.

Y él abría mucho los ojos y decía “¿Sí?”, con admiración; o me lo parecía a mí, que me quedaba luego muy sonrojado y sin hablar. Y él, con la mano, buscaba a tientas y me estrechaba el brazo como animándome.

Cuando carraspeaba, yo ya sabía que el viejo quería decirme algo.

- Al final somos como las palomas, chico. Si miras una bandada volar buscando un buen tejado en el que refugiarse, a veces un par de ellas se distraen y se alejan y juguetean entre los árboles, muy expuestas al gavilán. Pero siempre vuelven, chico. Siempre acaban donde deben.

Yo me quedaba pensando, porque había que pensar en lo que decía Damián, que era un sabio y yo le miraba la pierna infectada, y me daba cuenta de que éste era el último viaje de Damián. Y él también lo sabía. Cuando nos íbamos a dormir, yo rezaba por nosotros y lloraba al final.


*

Damián era el maestro del pueblo y los chicos lo respetaban mucho. Le decían “su merced”, porque lo habían leído en algún sitio, y les parecía muy educado y culto tratar de esta guisa a un hombre sabio. Damián siempre me decía que no había que hacer nada para caer en gracia, que uno “caía o no caía”; y que preocuparse por cosas así no tenía sentido ninguno, y que sólo era complicarse sin necesidad.

Yo le dije que me pasaba eso con Clarita: que ella me ponía ojitos y yo me ponía rojo porque los amigos me tomaban el pelo y decían “Joé con la Clara, ¿eh?”; y yo, claro, les seguía el chiste, que eso debe hacer un chico si no quiere pasar por la vida solo y amargado. Damián me miraba entonces con un leve gesto de decepción, pero luego sonreía y santas pascuas.

También hablaba Damián de sus hijas, Carmen y Lola, que las quería mucho, y lamentaba no volverlas a ver. Yo, claro, le decía que no dijese eso, que aún había esperanza si los militares llegaban pronto; que siempre hay médicos junto a los soldados, y que traerían medicinas. Que sólo había que tener paciencia. Pero el movía la mano como diciendo “olvidémoslo”, y me contaba:

- Las chicas son una bendición, muchacho. Los niños son más trastos y uno no puede evitar hacer comparaciones. Y observarlas desde lejos, a las mujeres. Eso no tiene precio, chaval. Sobre todo, en invierno. No hay nada más bonito que las mujeres en invierno, envueltas en abrigos largos y guantes negros, y con botas negras también; y con las mejillas y la nariz coloradas por el frío.

*

Pasaron los días, y Damián estaba peor. Ya no comía, y yo, a ratos, le daba de beber de la petaca; que casi no quedaba güisqui, pero lo aguaba un poco cada vez y así aguantaba. Apenas hablábamos los últimos días. Damián sólo repetía cosas que ya me había dicho, pero yo no le decía nada. Me gustaba oírlo hablar, y así nos olvidábamos del hedor de la gangrena.

Una tarde, Damián comenzó a respirar con dificultad. A la noche, un par de sacudidas, y después, nada. Encendí una vela y me quedé observando a Damián enfriarse poco a poco hasta que se hubo consumido.

Luego cogí el fusil y salí de la casa. El viento hacía rugir las maderas y movía las puertas mal cerradas. Me alejé y, tras observar que no había moros en la costa, corrí en una dirección que me pareció la buena. Porque decía Damián que a veces no hay que pensar mucho, sobre todo cuando no hay opciones. Y yo aquella vez sí que hablé, le dije: “Ande, Damián, eso es de locos”. Pero no mentía el viejo.