sábado, febrero 23, 2013

Centenario


La ciudad se ha despertado hoy casi blanca, bajo una leve promesa de nieve y una certeza aguda, furiosa, de frío europeo. Las amenazas en la ciudad, si hemos de ser sinceros, raramente se concretan en lo peor. A menudo, los avatares de la vida se suceden despacio, de forma casi imperceptible, a través de una pulcritud que podríamos calificar de burocrática. Por eso los copos (escasos y tímidos) caían lentos, como obligados, durante unos pocos segundos antes de que todo volviera al orden natural de las cosas. De esta forma ha amanecido la ciudad en la mañana del centenario; en la jornada en que su equipo de fútbol cumple 100 años.

La calle rápidamente se hace eco de un evento que coincide con un choque liguero. Dos pájaros de un tiro. Algunos ciudadanos se pasean pletóricos por la efeméride, vistiendo orgullosos los colores de su club. Hay niños con balones, ataviados con el equipaje oficial, que corretean calle arriba y calle abajo. Otros se contentan con protegerse de las bajas temperaturas con el gorro y la bufanda que, acompañados de un suplemento especial, dan hoy con el periódico más importante de la ciudad. Lo más interesante es escribir de una pasión cuando ya no se siente, cuando los ingredientes que la hacían posible ya no existen. Hoy puede ser un día apropiado para hacer frente a un sentimiento, más que darlo por supuesto.
 
El fútbol no es un todo que pueda analizarse en términos objetivos. La lógica, la abstracción no sirven para deshacer los nudos de la polémica que habitualmente lo atenazan. El fútbol es otra cosa, eso lo sabe todo el mundo. Algo que entronca directamente con la educación del niño, con su vivencia familiar y formativa. Habrá otras experiencias al respecto. No importa: todas valen lo mismo.

En este deporte, como en todo, lo peor es el mimetismo, el comportamiento gregario, violento y vulgar. El insulto, la provocación, expuestas en un ámbito dominado por la picaresca empresarial, el cinismo de quien pretende hacer caja con la explotación de un sentimiento. La indignidad, como dicen, instalada en la poltrona del poder.

Pero eso es sólo ruido. Frente a la avalancha crispada y cotidiana, provocada por los conflictos de intereses, emerge la verdad indiscutida, imprescindible, del hobby. Así dicho, suena a poco, pero la imagen es poderosa: es el niño de la mano del padre, aproximándose al estadio, tras dejar el coche aparcado muy lejos. Un paseo de nervios e ilusión antes de un partido. Es salir muy pronto de casa para evitar el atasco, escuchando por la radio el carrusel de goles. Una cuestión de aromas y sabores, que golpean los sentidos del niño al atravesar el umbral que da acceso al campo. Esa mezcla de pipas, puros, café duro y mucho frío. Llegar a la localidad reservada, justo cuando los jugadores saltan al césped para ejercitarse.

El encuentro, muchas veces, es lo de menos. Pesan más los gestos de los vecinos de localidad, los cánticos. Incluso la posibilidad de disfrutar con la calidad de algún futbolista rival. No hay rabia, ni odio. Son dos horas de deporte. Ciento veinte minutos de rito dominical, con la amenaza de una nueva semana escolar a la vuelta de la esquina. Tú y tu padre, mano a mano, cultivando una afición común. No puede pedirse más.

Y salir un poco antes del estadio -si el partido está decidido- para evitar la aglomeración en la vuelta a casa. Un regreso al hogar, donde se besa a la madre, que pregunta cómo ha ido la cosa, y desde el que se telefonea al abuelo, futbolero veterano. A él se le hace una crónica exacta de lo acontecido. La primera crónica de muchas que han de venir.

Son los diez, once, o doce años, marcados por el deporte. Muchas temporadas de Primera y Segunda. Pasa el tiempo y el rito desaparece y llegan otras ocupaciones. Y es la madre, entonces, quien recoge el testigo del equipo, transistor en mano, apostada cada fin de semana en el sofá para escuchar las retransmisiones. Los lunes, las tertulias. No se perdía una. Ella, una mujer lectora, amante de las bellas artes, presa de la pasión por un equipo de fútbol. No es extraño, pese a lo que puedan pensar los talibanes de una u otra orilla.

Más tarde, la UEFA, la Copa del Rey, el delantero de Burundi silenciando una catedral. Buenos años. Gran recuerdo. La madre ya no está. Se la llevó una enfermedad cruel y habitual, cuando aún era demasiado joven. Su transistor no ha vuelto a encenderse.

Esta reflexión no busca moraleja, ni pretende fijar un dogma. Al contrario, sus motivaciones son mucho más humildes. Nada más que rescatar la idea de la normalidad, ese fin al que todos aspiramos, frente a lo que hoy domina: el grito, el insulto, la mafia sin clase. Como el profeta Elías -perdónenme la referencia bíblica- quien, asustado por la anunciada visita de Dios, creyó reconocerlo en el fuego y el trueno, para, finalmente, encontrárselo convertido en una suave brisa.

Reivindico, aquí, la suave brisa, aún cuando soy consciente de su imposibilidad. El club que hoy celebra su centenario ya no existe. Porque mi equipo era otro, y jugaba hace casi veinte años, alineando rusos y nigerianos; pasando de golear al todopoderoso Dream Team a bregarse en los infiernos de Segunda. Un bloque con aroma a puro, a frutos secos, a café negro y fortísimo de puchero. Una pasión familiar, forjada en el hogar y en la calle.

Otros niños corren hoy por las avenidas de la ciudad y se cruzan con alguien que los comprende a la perfección. El fútbol no es eso que dicen: no es la pasión de un pueblo, su brazo armado en una era sin batallas, el orgullo patrio condensando en once muchachos. Todo lo que importa crece despacio y es necesario cuidarlo. Mucho más el fútbol, que cuenta con enemigos poderosos que tratan de apropiárselo una y otra vez. La ciudad celebra hoy un centenario. Extinguida la pasión, conservamos la memoria, a menudo azuzada por imágenes de gloria y derrota, condimentada por el recuerdo del frío y las pipas, los refrescos y la merienda del invierno escolar. La fotografía de una madre junto al transistor y un abuelo esperando tu llamada.

domingo, julio 08, 2012

La Vida a los Treinta



Los treinta años son una edad difícil. Uno abandona los hábitos de la veintena que consisten, valga la generalización, en dejar las cosas para después. Menos los deportistas, que padecen las urgencias del físico, el resto del orbe vive los veinte como un regalo, un paréntesis, antes de afrontar la escalada de ese gran pico que es la vida adulta. Luego se terminan los veintinueve y uno experimenta un cierto hartazgo del movimiento, mientras evoca lo que puede contar por derecho. Los ídolos de la cancha también, y con más razón, ven los treinta como un guardia de tráfico con la mano levantada al final de una recta que siempre se hace demasiado corta. Es el final del camino. En el tenis, tradicionalmente, los cambios de monarca se han producido incluso antes. Cómo no recordar al sueco Borg, quien hincó las rodillas, con apenas 25 años, ante un voraz y brillante McEnroe. O el propio 'bad boy' neoyorquino, cediendo la corona, con la misma edad, a un Iván Lendl en plena madurez. Por eso Roger Federer, en el circuito, empezaba a ser más leyenda que competidor. Algo así vivió el australiano Rod Laver, cuyo final de carrera coincidió con su económica apuesta por los torneos de exhibición, donde podía destapar el tarro de las esencias sin demasiado sufrimiento. Desde su victoria en Australia, en 2010 -su último Grand Slam hasta el reconquistado ayer en Londres- Roger parecía haberse apartado a un segundo plano de respetable senectud, ante lo que ya aparecía como el nuevo clásico de este deporte: el duelo de superpotencias entre Rafael Nadal y Novak Djokovic. Sin embargo, no se le puede achacar al suizo que no avisara de sus intenciones en este 2012. Sus cuatro victorias del año (Róterdam, Dubái, Indian Wells y Madrid) auguraban que a Federer se le había vuelto a abrir el apetito. Pero llegó París y Djokovic le doblegó en tres sets. Para colmo, en Halle, un casi jubilado Tommy Haas le arrebató el dominio de la hierba alemana, con Wimbledon a las puertas. “Demasiado viejo”. “Ya lo ha dado todo”. “Sólo queda disfrutar de pinceladas de su arte”, decían. Y era verdad. La altura de los vuelos del serbio y el manacorí no parecían dejar espacio para una segunda parte suiza sobre la cima de la ATP. Se anhelaba una redición de la final de Roland Garros y todo apuntaba a que Federer había puesto, definitivamente, el cerrojo a sus vitrinas. Ayer volvió. Lo hizo empuñando el completísimo juego que durante una década lo encumbró entre los más grandes de su deporte: esa combinación letal de seda y contundencia; de plasticidad y mortífero clasicismo. Ya es, de nuevo, el número uno del mundo. El próximo 8 de agosto cumple 31 años. Los veinteañeros pueden hoy rendirle pleitesía. 


Foto: REUTERS/Toby Melville

martes, junio 12, 2012

Agua



Para A. P., que sorteó al ganado...

Yo para el agua soy muy moro. Cualquier paisaje se dignifica, se hace vida y razón con el agua. Lo demás es desierto. Lo recordé hace un par de semanas en el parque natural de la Sierra de Cebollera en La Rioja, donde una breve ruta de bosque -que parte de la ermita de Lomos de Orios- desemboca en una escueta cascada, la primera de una serie, que centra todo el sentido del camino. El agua es lo que importa. Es la causa del florecer de la civilización y la razón del descanso que proporciona su sola contemplación desde las riberas. Sólo cabe la guerra por el agua. No hay una disculpa de mayor potencia para coger las armas y rebanar enemigos. El Islam, esa religión de hombres de dunas, comprende muy bien lo que significa el agua y su escasez. Por eso el paraíso que promete su libro sagrado está bañado por ríos que fluyen incansablemente y bañan un jardín colmado de delicias. El Corán expone crudamente, entre otras imágenes a menudo cruentas, la sed del hombre; una sed incrustada en nuestro cerebro como una programación para la santidad. Es difícil no ser santo aprovechando la primavera en un bosque, junto al río. Yo soy muy moro para el agua. Debe de ser un reflejo en mis genes de la presencia de 700 años de los árabes en la Península. Supone nostalgia del Edén, no cabe duda. Y es, a la vez, quietud y movimiento. La imagen y lo imposible de fijar un instante, que siempre es nuevo, pero conserva el empaque de lo eterno... sin alcanzarlo.

Manteniendo firme la mirada en el agua parece imposible que pueda suceder cualquier cosa, y que la gente decida matarse o firmar una hipoteca, o cocinar, o cruzar la calle... Debería bastar por sí mismo el instante crudo del agua fluyendo y renovando su presencia -siempre distinta y siempre la misma- entre las rocas, camino del mar o de cualquier otra parte. Pero hay presente también para nosotros. Y hay futuro y pesan los años que ya no vuelven. Y uno ha amado, y ha cometido errores. Y ya tiene edad para echar de menos, que es lo que llamamos vida adulta. Y todo eso le quita luz a los sentidos: un recuerdo familiar, el sabor de una fruta...

Se abandona el lugar y la mirada vuelve a asuntos profanos, o acaso familiares, tan pronto como la cascada y el río van sumándose al pasado reciente. Nos preguntamos si el agua puede decidir una resurrección. Quizás creemos que su existencia niega la muerte y el dolor aquí, en el mundo. Luego darse cuenta de que nada es posible, ninguna ruptura o negación, sobre la tierra.

miércoles, mayo 09, 2012

Siglo XX


Ernesto Cardenal posee la mirada del que añora tiempos mejores, o una razón que le estuvieran quitando. A sus 87 años, el poeta ya sólo puede aguardar buenas nuevas -en este mundo y en el otro-, enfundado en su barba de combatiente, su boina de Guevara y la voz suave de cura. Amarrado a la fe y a sus referencias, evoca a los viejos maestros, y habla de Dios y de marxismo. Aquel nicaragüense cosmopolita que decidió ingresar un día en la Trapa, siguiendo a Thomas Merton, para olvidarse del amor cómodo y burgués de su tierra. Cardenal es la pluma, el fusil y el ministerio. Es el Evangelio elaborado, reescrito para darle razón a una Nicaragua alzada en armas contra Somoza. Y es Marilyn Monroe, y la Generación Beat, desde la opción por los pobres y la Iglesia, que es tanto como pretender abarcarlo todo. El poeta digirió el copioso siglo XX sin guardarse nada. Hincó las rodillas, severamente reprendido por Wojtyla, y estrechó la mano a Philip Lamantia, poeta católico y fumador de marihuana, que un día quiso ser bautizado por el escritor. Tuvo tiempo para eso y más. Trató a Jomeini, a Fidel, a Edén Pastora y a Carlos Martínez Rivas. Nunca dejó de ser un señorito de Managua, que acudía los domingos a la misa de doce de la catedral (“la misa de moda”) y leía versos regados de licor en compañía de guitarras y señoritas en la noche caribeña. Soñó mucho y escribió mucho y él dice que no ha evolucionado nada, que sigue como a los quince años. Poco importa. No es un literato, sino otra cosa. Es puro siglo XX, con la ingenuidad que dan tantos años de derrota. Para muestra, sus memorias en tres tomos llenos de un cristianismo con aroma a pólvora y juventud martirizada. Hoy la poesía ha vuelto la mirada a Ernesto Cardenal, pero eso es quedarse corto.
http://www.youtube.com/watch?v=U7BdZUwm47s

lunes, diciembre 27, 2010

Si Te Gusta Lo Que Ves


Tú no eres un caballero, eso le dije. No lo eres. Ni siquiera un hombre adulto, tal y como yo lo entiendo. No tuve ningún reparo. Le miré a los ojos, porque con estas cosas no conviene vacilar, ¿entiendes? Se lo solté sin más. Me miró como si no comprendiese nada de lo que le estaba diciendo, como si mis palabras no tuviesen fuerza. Una cosa extraña. Y me hizo gritar, que es lo que mas odio. Grité para que me oyera y para que las palabras le alcanzasen. Le dije: Yo soy como tú, sólo otra figura egoísta. Creo que fue un buen golpe. Porque nos colocó a los dos en el mismo fango. Así podríamos pelear. Hundidos los dos, ¿me sigues? Ahí, a ostia limpia. Sin pudor. Sin paños calientes o envidia. Contestó otra cosa. Me cambió de tema o me engañó. No sabría precisarlo. Estaba desando acabarme el té. Forcé a beberlo aún caliente. Me quemé la lengua. Todavía siento un cosquilleo en la punta. Se me llenaron los ojos de lágrimas, lo que dio más dramatismo, si cabe, a la escena. Yo sabía perfectamente que, si algunos de los dos se levantaba, habría pelea. Él hizo un ademán en algún momento. No reaccioné. Prefería no ser yo quien llevara la carga del primer golpe. Nunca llegó. No había mujeres cerca. No habría tenido importancia. Tú me conoces bien, amigo. Tú sí que sabes lo que es la vida. Y, como habrás supuesto, la discusión murió antes de empezar. Se disolvió y ninguno hizo el menor esfuerzo de seguir con la comedia.

miércoles, diciembre 01, 2010

Nunca Fue Extraño


Las calles parecían sostenidas por tu ausencia. O por tu permiso. Apenas era una sombra, un testimonio ni siquiera muy claro de lo que pueden traer los años. Ya comenzaba a vagar por entre los establecimientos y las conversaciones como una muestra del hombre que se aleja. No podemos decir que fuera primavera.

No lo supieron enseguida. No pensaron nada. Ya no podían con su fe de niños ¿Quién sabe ya de planes y recuerdos? Fue una noche entre las figuras que empañaban un muro. Nadie puede recordarlo. Algo que se tiraba a la basura porque hace daño.

La soledad de un bar que está cerrando. El ruido del agua y el jabón. Quizás hubo miedo, pero nunca fue extraño.

Son tan distintos que resulta imposible distinguirlos. No se duda de la fuerza del invierno. Y se tienen lejos o cerca. Y es cálido como una manta. Y es ligero y viajan casi sin quererlo.

jueves, noviembre 11, 2010

Carlos Edmundo de Ory, D.E.P


Este blog le debe el nombre:
"Aquel que nunca tuvo locura curandera
Todo enfermo de raíces rostro inmenso
Cetro de ruiseñor en su cetrino rictus
Con tu memoria a cuestas recorro tanto canto
De grito miserere rey criatural que no
Tuvo otro trono que su trino triste
Cabeza peñascosa alma de panes
Mi hermoso hermano con ojos de mina
Mi solo cristo y mi gemelo lobo
Sosia de tu garganta afeitada y no olvido
Tu faz naturalista de tremendo extrañor
Como una catedral de hueso natural".
Poema:´"César Vallejo".
Autor: Carlos Edmundo de Ory.

lunes, septiembre 13, 2010

Algo Escrito


El niño se pregunta
si acaso ella no le habrá dejado
algo escrito en alguna parte:
una carta, papeles, indicaciones…
Comenta algo a alguien,
que lo mira entre inquisitivo
y tierno. Ya nada de eso importa,
dice,
es sólo algo más de metal para la fragua.
El niño lo sabe y mira los espacios
del hogar anónimo
y los vacía para conservar
lo eterno, como si eso sirviera
para esclarecerse.

viernes, agosto 20, 2010

Esfinge


Usted me había prometido las cosas de mi padre. No se entretenga. No me explique nada. Abra los armarios. Reconozca que mi paciencia ha sido ejemplar. Yo sólo tengo recuerdos de películas por ver, de capítulos otoñales. Las horas impregnadas de cómodas secuencias ¿Va a esperar una confirmación? ¿No se da cuenta de que cualquier variación dará al traste con todo? Como en un desierto en el que aparecen niños que buscan juegos y encuentran reptiles. Y nadie sabe quién los ha traído, a quién pertenecen. Déjelas ahí, sobre la cama. Escuche, no se trata de algo personal. No voy contra usted. Pero dispongo de tiempo suficiente, creo, y prefiero pensarlo todo, rumiarlo despacio, aunque sé que eso no va a llevarnos a ninguna parte. Quizás es mejor que se mantenga a distancia y me observe mientras hago malabarismos y juegos de manos. Prometo no molestar demasiado, pero exijo que escuche mis quejas, mis lamentos alguna que otra vez. Y deberá convencerme de los cambios de presidentes y del tiempo raudo que se nos escapa. Yo fingiré aceptar su condición de sabio. Asentiré muy serio a sus proclamas. La fidelidad juega su papel también aquí y ahora. Será usted mi dueño y señor ¿Lo ha comprendido? Y yo no haré nada por agradarle.

domingo, agosto 15, 2010

Me Hablaban De Zombies

No tardé en darme cuenta. Eso, al fin y al cabo, puede ser considerado como una ventaja. Es decir, no escudarse en las coordenadas propias y ser capaz, al menos, de reconocer. Lo he sido (creo que lo he sido). Y aprecio, y me doy cuenta de los silbidos, la tranquilidad que brinda la esperanza. Las carreras endiabladamente nerviosas de los niños, las regañinas de sus padres desde un equilibrio maduro y responsable. Las familias que aún pueden acomodarse y crecer y servir de apoyo. Es un salón amplio, en un centro comercial. Inmediatamente, se contemplan escenas repetidas, como extraídas de un molde cultural que no necesita renovarse porque sigue funcionando sin atascos. Carros de la compra, niños entretenidos con algún juguete regalado a tiempo para callarlos. Los altavoces escupiendo música. Pueden inventarse cientos de historias rocambolescas, llenas de fantasía y crueldad. Pero, ¡sería tan evidente nuestro desprecio a lo real, nuestra ceguera! Prefiero, hoy, la fotografía al retrato en este tema: la posibilidad de contentarse con la aceptación de una imagen o representación que parece extraña ante nuestra visión encenizada por el sarcasmo. Ya es en sí bastante truculenta la costumbre como para poblarla de miedos ridículos, de personajes inventados. Cuando, al contrario, es en lo sano y liso donde aparecen los monstruos; en lo más sereno y limpio, en adecuada respuesta hacia el mundo.

domingo, agosto 08, 2010

El Sacrificio


Resume José Ramón Busto Saiz, jesuita y profesor universitario de exégesis del Antiguo y Nuevo Testamento en su librito de introducción a la Cristología, la “teoría” teológica de San Anselmo sobre la Redención, formulada en el siglo XI:

“Según esta explicación de S. Anselmo, que expongo de una manera rápida, el pecado del hombre causa una ofensa infinita a Dios. Puesto que el hombre es un ser finito y limitado, no puede reparar una ofensa infinita, porque las ofensas se miden por la categoría del ofendido. Es preciso un ser que sea infinito para satisfacer el honor ofendido de Dios, con lo cual Dios tiene que encarnarse, a fin de constituir ese ser infinito que repare la ofensa infinita hecha. Y tiene que encarnarse, porque, al haber sido cometida la ofensa por el hombre, tiene que ser reparada también por el hombre. Jesús muere y merece con su muerte la reconciliación de Dios, porque repara esa ofensa infinita, toda vez que la muerte de Jesús es un sacrificio que tiene un valor infinito por ser la muerte de un ser infinito. Así nos salva Jesús”.

Frente a esta lectura de la muerte del Nazareno, Busto Saiz opone una teología moderna (la suya), mucho más acorde con los ánimos de nuestros contemporáneos, según la cual, Jesús aparece en la historia como un luchador por la Justicia y la Libertad de los oprimidos y al que los Poderes de este mundo (Roma y el Templo de Jerusalén) no pueden digerir, por lo que deciden eliminarlo. La Redención se concreta, pues, en la respuesta finalmente adecuada de la Creación hacia su Señor. Dios ha vencido porque su Amor ha sido más grande que el miedo, la opresión y la muerte.

Si bien, en mi opinión, el estudio del Nuevo Testamento deja entrever lo confuso de su tratamiento de este tema (si el de Jesús es un Sacrificio Redentor, lo es involuntariamente, puesto que los que lo sacrifican ignoran que se trata de un sacrificio), me interesa mucho más actualmente la teología de San Anselmo a este respecto. Porque, efectivamente, si leemos con atención los evangelios, es indudable que Jesús insiste en que su Sangre sirve para borrar el Pecado del Mundo (idea mucho más crudamente expuesta en las cartas de San Pablo). Y pienso que la formulación de los textos del NT buscan deliberadamente introducir esta tesis en las mentes de los primeros creyentes: El sacrificio de Jesús por sí mismo limpia el pecado. A continuación, Dios apuesta por el caído y lo resucita. Pero el “hecho en sí”, la muerte del Nazareno, redime. Esto resulta incómodo para los más progresistas dentro del cuerpo teológico de la Iglesia Católica. No me extraña. Es muy duro pensar que la divinidad necesita la sangre de un inocente para eliminar culpas.

Hace un tiempo, intercambiando opiniones (un tanto violentamente) con un cristiano no adscrito a ninguna iglesia en concreto (y que ahora, tristemente, ya no está entre nosotros), descubrí una interpretación novedosa: Para él, no es que Dios necesitara la muerte de un inocente para redimir Su Creación, sino que era el ser humano quien, para destruir el sentimiento de culpa debía creer que la Sangre de Jesucristo era “suficiente” para limpiar su conciencia. Era un fenómeno psíquico inevitable.

Me dejó sorprendido esta lectura. No estoy seguro de compartirla en lo que se refiere a la interpretación de la fe cristiana, pero me parece muy perspicaz en lo que tiene de exposición desnuda del comportamiento de la mente humana.

Si mi difunto interlocutor tenía razón, el cristianismo es la única cura para el mundo neurótico en el que habitamos y los evangelios serían el reflejo más agudo del carácter del hombre. Un ser que, en consecuencia, es capaz de ser feliz pensando que otra persona (en este caso, “El Gran Otro”) ha pagado por sus culpas.

Yo no soy psiquiatra, ni psicólogo y, por lo tanto, no estoy capacitado para analizar esto detalladamente. Me faltan herramientas conceptuales con las que trabajar este embrollo. Diré, de todas formas, que tal y como yo lo veo (basta, pienso, observar alrededor) el sacrificio o, al menos, un conato de sacrificio (una idea falsa sobre él) está al orden del día en nuestras sociedades. ¿Cuánta gente cree realmente renunciar a algo por alguien? El sacrificio en este caso es un auténtico asesino de dudas. Situándose en el artificial dilema de: “Fulanito me importa pero me importa más Menganito y saco a pasear el hacha sacrificial y me libro de Fulanito”, es decir, dando el aspecto de crudeza a una elección se disipan muchas nieblas emocionales y se puede empezar a funcionar con la alegría que da el haber renunciado a algo: es un salto al vacío que ha justificado.

No existe el sacrificio. Es un señuelo que esconde la nada moral, la cobardía de no saber enfrentar una realidad incómoda: verse incapaz del amor y de la entrega sin que, por algún lado, aparezca el dolor como ingrediente indispensable del potaje sentimental. Y es curioso porque el sacrificio no es tal, pero se busca y, una vez encontrada su idea falsa, se niega y se culpabiliza al sacrificado (“él/ella se lo buscó”). ¿Es posible que nuestra felicidad dependa de una destrucción ajena; una destrucción no sólo física sino de todo lo que una vez lo rodeó y significó algo y que ahora derruimos hasta en la memoria?

¿Y si esto es lo que somos?

domingo, agosto 01, 2010

Elle Fut Repatriée Convenablement


Hay en la biografía de Arthur Rimbaud (el poeta-cliché aclamado por la juventud rebelde y con espinillas) escrita por Enid Starkie (y publicada en español por Siruela), un episodio al que no se le da la importancia que merece y al que yo, por el contrario, catalogaría como esencial para comprender la psicología del autor francés. A saber, un Rimbaud de 30 años, alejado por completo de la literatura, y dedicado a las más variopintas profesiones (entre ellas, la de traficante de armas y, quizás, también de esclavos), se encuentra en Adén (Yemen) a donde ha regresado desde Harar (ciudad etiope) “con una mujer abisinia, probablemente una esclava”, según dice Starkie (página 498), con el firme propósito de convertirla en su esposa. Para ello, decidió enviarla a la misión francesa de la zona para que recibiera una educación. No obstante, en octubre de 1885, aprovechando los preparativos para un viaje, Rimbaud decide devolverla a su país “haciéndole entrega de algún dinero”. En efecto, “Se la repatrió de manera adecuada”. Es decir, para casarse, el ex poeta decide comprar una esclava y cultivarla a su gusto. Es interesante.

Pero detengámonos un momento y aceptemos que el Rimbaud “importante” es aquel adolescente bello y feroz que deambulaba por el lado salvaje de la vida en compañía de un patético Verlaine. Recordemos que el Rimbaud inmortal es el de “Una estación en el Infierno”, el de las “Iluminaciones”; el rebelde y manirroto joven súper dotado que llevó la literatura a un enfrentamiento deicida y que se consumió inexplicablemente cuando cumplió los veinte años.

Aunque tampoco tan inexplicablemente. Las fantasías exóticas que el poeta de Charleville desgranó en sus libros; su deseo de aventuras y experiencias plasmado en sus poemas, obtuvieron la recompensa en forma de realidad: Rimbaud abandona el ejercicio literario “a la edad en la que otros empiezan” y se pone en camino, optando por dotar de verdad sus ensueños juveniles. Y viaja. Y se arriesga. Hasta aquí todo bien. Es, incluso, digno de admiración. No todos son tan valientes. Casi nadie lo es, de hecho.

Pero el destino del poeta, lejos de conducirlo en palmitas hacia el triunfo del aventurero, lo sumerge en una sucesión de experiencias fallidas, accidentes, enfermedades, asesinatos, dudosa moralidad y terrible soledad. Lo que parecía oro en la mente; esperanza de un burgués asqueado por serlo, se convierte en una pesadilla tenue, no absolutamente insoportable, pero que lo mina poco a poco y destroza los cimientos de su legendaria inteligencia. Rimbaud desaprende su vida en una catastrófica elección que, finalmente, lo lleva a añorar la existencia que pudo ser: la del triunfo incontestable, ya tan terriblemente lejos antes de cumplir los treinta.

Y compra una esclava… Leyendo las penalidades del poeta, sorprende que, en ningún momento, se le pasara por la cabeza la idea de regresar a Francia (donde sus libros comienzan a ser conocidos y reverenciados por una corte de fanáticos que desconocen al autor) para tomar las riendas de su destino literato y/o sedentariamente burgués, conocer a alguna joven de “buena familia”, de delicados modales y formar una familia con muchos niños; convertirse en el príncipe de los poetas o en un simple funcionario. Sigue siendo un salvaje e, incluso, su búsqueda de “normalidad” está jalonada de comportamientos lunáticos. Todo se convierte en algo feo cuando lo toca Rimbaud. Y él se da cuenta de ello. Y más tarde enferma y muere sin haber construido su vida tal y como la pensó de joven. Sólo quedan sus libros como testimonio refinado de un fracaso. Él, durante los años previos a su muerte, se incomoda cuando le recuerdan su pasado de “niño prodigio” de las letras. No es para menos. Rimbaud sabe lo que ha ocurrido y lo que no (que es aún más grave y doloroso). Como dijo en uno de sus poemas, una vez sentó a la belleza sobre sus rodillas y la insultó. Recogió una amarga siembra. Finalmente, no pudo sino continuar con la farsa, llevarla hasta el más penoso extremo, en la soledad profunda de quien se sabe perdido. Fue su opción. Nunca pudo deshacerse de ella. ¿Lo quiso de veras?
Dibujo de Paul Verlaine. 1872

jueves, julio 22, 2010

Ni Siquiera La Lluvia


Estaba el cielo como para esperar a Barbara Hershey tras cualquier esquina. Estaba el cielo ochentero y neoyorquino. Faltaba (¿o no?) Michael Caine, envuelto en una gabardina rancia. Miré por la ventana y me di cuenta de la mutación paisajística. Siempre he pensado que para cada época existe una luz que le es propia, como lo es cada generación que la habita. Es una sospecha sin fundamento, pero que dota de razón al pasado. Lo justifica. Para mí es suficiente. Vuelvo sobre ello de vez en cuando. La cuestión fundamental es si podemos identificar el presente con alguna promesa del pasado, vista o percibida incluso de soslayo en algún acontecimiento puntual, en alguna persona a la que se ve o en algo que se piensa. No hay lugar para intuiciones de ese tipo. Ahora es mejor así, un peso que se nos quita de encima. Hoy los coches pueden avanzar sobre los charcos, mientras las madres dan la merienda a los niños. Y cada acto muere en sí mismo. “Siempre ha sido así, hombre”. Que sí, que ya lo sé.

lunes, julio 05, 2010

Paz

De nuevo, y sé perfectamente que no por última vez, voy a hablar de mí. Y es que, como buen tímido, soy también un exhibicionista y gusto (tal vez necesito) de la dosis cotidiana de autobombo o de justificación para mis actitudes e inclinaciones. Yo soy así (este “yo” no va a ser el último del texto).

Cuando tenía quince o dieciséis años y era un maniqueo de libro y frecuente ladrador contra lo que se me aparecía como el colmo de la imposición ideológica (las clases de Religión en mi cómodo y no poco siniestro colegio concertado), e incluso batallaba sin descanso a favor de la izquierda (perdón, quise decir LA IZQUIERDA), con la eterna pregunta en los labios cuando me hablaban de un escritor o intelectual cualquiera: “Sí, pero, ¿es de izquierdas?”, encontré en la biblioteca familiar un ejemplar de “El ogro filantrópico”, de Octavio Paz. Lo pregunté, no se crean: “Pero, vamos a ver, ¿es de izquierdas?”.

La respuesta (“No exactamente, pero es un intelectual muy fino”) me animó a leerlo. Una lectura fundamental en mi vida. La he recordado recientemente y he rescatado de nuevo el libro de la estantería. Ya no me resulta tan luminoso como antes, porque Paz (al menos el Paz de 1978, año de la publicación del libro) me parece ahora más superficial y con un excesivo celo por no presentarse como un reaccionario; pero puedo decir que su formulación central ha sido la que, a partir de su lectura, ha nutrido mis opiniones sobre política. A saber, Paz se centra en los siguientes puntos:

1) Crítica del Estado como organismo con evidentes (y casi ineludibles) tendencias burocráticas.
2) Crítica del “Socialismo Real”, de la URSS y de los demás países de su órbita, así como de las dictaduras que se habían impuesto en su época en diferentes países bajo la bandera del marxismo-leninismo.
3) Crítica a intelectuales complacientes con la URSS que negaron hasta que no les quedó más remedio la existencia de Campos de Concentración.
4) Defensa de la sociedad pluralista y democrática frente a las tendencias totalizantes.
5) Defensa de la libertad política como condición imprescindible para una sociedad justa.

Aceptando el hecho de que sus críticas a los sistemas totalitarios del “Bloque del Este” respondían a una necesidad coyuntural, creo que pueden sacarse conclusiones generales para nuestros días. Sobre todo, el desprecio hacia la “libertades formales” que muchos acompañan con una invocación del Estado como plausible corregidor de desmanes económicos y políticos. En definitiva, la perdida de “fuelle” de la idea del Estado de derecho frente al Estado político fuertemente armado e intervencionista.

Me he excedido en explicar algo que no quería, pues pretendía que mi texto fuera más lírico en la evocación de mis años mozos, más personal acaso; no tan apegado a los datos de un libro que en mi vida ha sido algo más que eso (“Pablo, ¿un punto de inflexión?” Aborrezco esa frase). Tal vez yo siempre haya querido ser Octavio Paz. Un provocador ideológico, un erudito viajero y conocedor de mil tradiciones; capaz de soltar citas y referencias sin que se me desmelenara el tupé. No sé si voy camino de serlo. Posiblemente, no. Ni siquiera sé si es lo que quiero (o lo que puedo). Pero durante una época, al menos, me sirvió para liberarme de ataduras y prejuicios e inspiró en mí un gusto por situarme a la contra en cualquier circunstancia o discusión. Echaba de menos ese tiempo, más de ilusión de que análisis, debo admitirlo, y por ello he revisado la excelente (aunque excesivamente larga y quizás algo rimbombante) entrevista de Soler Serrano al Premio Nóbel. Nunca había escuchado la voz de Octavio Paz antes de ver este documento. Me sorprendió el amaneramiento del poeta (yo lo esperaba áspero como un Fernán Gómez o un Umbral), pero disfruté del Paz de la época de “El ogro filantrópico”, en plenas facultades.

Lo he visto como quien rescata un juguete de un cajón: feliz por el hallazgo, por reconocer aún lo que me maravilló de él, pero ya incapaz de aceptarlo como referencia vital absoluta. Ni siquiera busco algo parecido a eso. Acaso, tomar algo de su aparente quietud y equilibro y guardármelo.

jueves, julio 01, 2010

Ser Rubia


Paseaba aquella suerte de Sharapova, justo por en medio de la calle recién peatonalizada, y quizás llevara un mp3 o simplemente era feliz, pero juntaba los brazos al cuerpo y dibujaba dos ángulos rectos con las palmas de las manos, como si fueran alas. Y me di cuenta de que toda esa expresión de centralidad y de color en una calle que ya de por sí es ruidosa y se acostumbra rápidamente a las fiestas y a los títeres, sacaba a la luz lo impropio de forzar un espectáculo. Baste un ejemplo si cito “Noviembre”, la película de Achero Mañas. No es que no me guste, sino que directamente estoy en contra de las actuaciones callejeras. Tal y como yo lo veo, el arte sólo tiene sentido si se parte del consentimiento de artista y público. Detesto las “performances”. Sin ir más lejos, el fin de semana pasado, dos actores (por llamarlos de alguna manera) disfrazados de vaqueros del “Far West” irrumpieron en mi calle (la misma calle que un par de días más tarde caminara mi Sharapova) y realizaron escenas de duelos y entraron en las tiendas preguntando si vendían espuelas. Tal idiotez merecería, al menos, algún que otro insulto por parte de los viandantes pero, en mi ciudad, a lo máximo que se llega es a dibujar una sonrisa estúpida, lo que da en llamarse: “que se te quede cara de tonto”. Yo venía de comprar el pan y conseguí sortear con verdadera profesionalidad y destreza a mis “artistas”.

Pero dos días más tarde, esa calle forzada al arte (¡cuánto daño está haciendo la capitalidad cultural para 2016!), se vio iluminada por una presencia sin publicidad, sin actuación, sin mensaje ni propósito. El eterno femenino caminando, tomando casi, mi calle y nutriéndola de naturaleza intensamente sexual. Y entonces comprendí (y para mi asombro lo digerí sosegadamente) que esa mujer del top azul y los pantalones blancos era rubia. Lo que quiero decir es que esa mujer ERA (es, imagino y espero) RUBIA y personifica con gran armonía lo que la rubia representa en nuestra maltrecha sociedad. Porque, de acuerdo, algunos preferimos las morenas (o, simplemente no hacemos ese tipo de discriminaciones) pero, por favor, señores, ¡ES RUBIA! Me tomo un instante porque no sé cómo acabará este texto. Sigo (ánimo).

Es cierto que el infierno son los otros, pero el cielo también. Y he pensado en la evolución personal de esa joven rubia y la imagino escuchando frases del estilo de: “¡Oh, si parece un ángel!”, desde pequeña. Y quizás viviera con asombro (y no poca curiosidad) el cambio de niña a mujer y, con él, el paso de criatura celestial a objeto de deseo. Pienso en ella, entrando en cualquier tienda y la admiración no disimulada de los demás clientes. E imagino los rostros de los mil y un moscones, de los piropos forzados y soeces, de su triunfo, finalmente, junto a cualquier semejante. En una situación normal, es impensable relacionarla con ningún tipo de sufrimiento.

Esta joven es un arquetipo. Es rubia y bella, como un tópico cualquiera de este postmodernismo decadente. Pero la tenemos o, mejor, se tiene. Y ya ha ganado. Es mejor así, después de todo. Pero estoy enredándome en el prejuicio. Acabo.

domingo, junio 27, 2010

Paraíso


Hace dos noches, intercambiaba yo mensajes de móvil con un amigo sobre el deseo (velado, infantil, permanentemente pospuesto) de romper con el hormigón urbano y el cinismo occidental para huir hacia paisajes más amables. Si he de ser sincero, mi postura en la conversación era la del europeo, contento del hecho azaroso de su nacimiento lejos de los paisajes “naturales” de África. Y es que, realmente, no me siento tentado de escapar del mundo civilizado ¿Soy un estirado y un prejuicioso? Lo soy. ¿Es insultante mi afirmación? Puede serlo.
Y muere José Saramago y recuerdo aquel septiembre de 1998, cuando me firmó en Santander un libro (“Las maletas del viajero”), apenas unos días antes de ser galardonado con el Nóbel. Y recuerdo sus gafas de montura negra, ya pasadas de moda por aquella época, y su cabello fuerte y rizado que parecía escapársele de la nuca en tiras blanquinegras.
Y me doy cuenta de que he perdido totalmente la conexión con el Saramago intelectual al que tanto admiré y que ya incluso, en los últimos años, su figura no me transmitía el estoicismo, la elegancia y la fuerte bondad que me sedujeron hace ya tanto tiempo. Conservo la admiración por el Saramago escritor (“Ensayo sobre la ceguera”, “El Evangelio según Jesucristo”…), pero ya no es lo mismo. No entraré aquí a evaluar la figura política del portugués. No me apetece, eso es todo.
De todas formas, la idea del viejo escritor reflexivo, enhiesto como un roble contra el que nada pueden los cantos de sirena del núcleo cultural más frívolo; cerca de los debates de la actualidad, pero lo suficientemente lejos también como para no verse arrastrado por la avalancha ideológica, casado con una mujer más joven (eterna fantasía no políticamente correcta), viviendo en una isla... Todo ello forma parte de un ideal de vida bastante apetitoso.
Y la fortuna de trabajar las palabras, de comprender la escritura como un oficio y no como un truco de prestidigitación.
Pero he cumplido años y han pasado cosas. Y desconfío de esa vocación de santidad laica y de su postura crítica contra un mundo mercantilizado. La utopía genera monstruos y crea masa. Y no hay nada más peligroso que la sociedad devenida en masa y convencida de tener una responsabilidad histórica. Odio los uniformes. Y creo en las cortinas de colores tras las que no hay nada.

miércoles, junio 02, 2010

Voces Ancestrales


A través de la Irlanda Irlandesa y del Catolicismo Irlandés, Joyce oye voces ancestrales que le llaman. Las reconoce como voces de sirenas y, como su modelo, Ulises, se hace atar al mástil, para no seguirlas y ahogarse. Fue bueno para su arte hacerlo así. Se resistió a ellas, no porque las despreciase, como sugieren algunos de sus modernos admiradores, sino porque temía el poder que podían tener sobre él. Después de todo, eran voces de sus propios antepasados. Como lo son de los míos.

Conor Cruise O´Brien, "Ancestral Voices. Religión and Nationalism in Ireland", The University of Chicago Press, Chicago, 1995 (2ª ed.), pág 49.

Traducido y citado por Jon Juaristi, "El Bucle Melancólico. Historias de nacionalistas vascos". Espasa Calpe, 1997.

(Fotografía de Eamonn McCabe).

domingo, mayo 09, 2010

Los Ochenta Años De Gary Snyder

Gary Snyder cumplió ayer ochenta años. El poeta norteamericano, ganador del premio Pulitzer de poesía en 1975, inspiró el personaje de Japhy Ryder en la novela “Los vagabundos del Dharma” de Jack Kerouac y es autor de una obra en la que refleja su filosofía budista y el conocimiento de la naturaleza.

We Make Our Vows
Together with All Beings

Eating a sandwich

At work in the woods,

As a doe nibbles buckbrush in snow

Watching each other,

Chewing together.

A Bomber from Beale

Over the clouds,

Fills the sky with a roar.

She lifts head, listens,

Waits till the sound has gone by.

So do I.

lunes, abril 05, 2010

Sara



Año 1975. Bob Dylan, inmerso en sus problemas maritales con Sara Lownds, inicia en Nueva York la grabación de su álbum Desire, disco compuesto a medias con el autor teatral Jacques Levy. La pareja llevaba tiempo separada. No obstante, el último día de julio tuvo lugar un hecho importante. Howard Sounes lo narra así en su libro: “Bob Dylan- La biografía”:

Sara Dylan se presentó de improviso la noche de la segunda sesión, el 31 de julio. “Me parece que había ido a Nueva York para averiguar si había alguna posibilidad de reconciliación. Creo que eso era lo que ella pensaba. Y estoy seguro de que es lo que pensaba él”, señala Levy, que no había visto a Sara en todo el verano (ella había estado de vacaciones en México). Bob volvió a entrar en el estudio con su banda y cogió la guitarra. Cantó “Sara” para su esposa mientras ella lo miraba desde el otro lado del cristal (…)
“Fue extraordinario. No se oía ni una mosca –sostiene Levy-. Ella se quedó absolutamente impresionada. Y creo que aquel momento marcó un giro en los acontecimientos… Funcionó. Los dos volvieron a reconciliarse de verdad”. Aquella extraordinaria primera toma de “Sara” fue el último tema de Desire.

Sin embargo, el matrimonio acabaría rompiéndose definitivamente dos años después.

viernes, abril 02, 2010

Recoger


- Parece que se esfuma cualquier esperanza de felicidad.

- Bueno, creo que, claramente, está exagerando.

- Créame, usted no conoce a esa mujer. Nos ha tenido a todos tanto tiempo en la palma de su mano…

- Lo quiere a usted, no le dé tantas vueltas a la cabeza, hombre. Además, se trata precisamente de esto. Ella está ahora en la casa porque lo quiere.

- No, lo importante es que ella está ahora en la casa. Está sola en la casa y yo estoy aquí, hablando con usted, ¿comprende?

- Vamos a ver. No se haga mala sangre. Por lo que me ha contado, él ha ido a recoger sus cosas. Ella lo está esperando. Le dará lo que le corresponde y ya sólo quedarán ella y usted. No es mal plan.

- Parece mentira, Pepe, parece mentira que usted no conozca la capacidad de las mujeres para convertir cualquier momento en una oportunidad para la traición.

- Pero, hombre…

- ¿Quién me dice a mí que ella no lo ha invitado a pasar o a tomar un café?

- No sería descabellado. Un gesto de buena educación.

- Del café a la cama no hay más que un detalle, una mirada, un recuerdo…

- Esto puede acabar con usted, no siga. Al final terminará por crearse toda una trama en la cabeza y eso lo destruirá. Déjelo estar. Disfrute de la confianza. También eso es posible. Tomarse una cerveza, como lo está haciendo ahora, hablando conmigo. Y ríase o hábleme de la crisis o de fútbol. Dios sabe que no puede estar así toda la vida, amigo. Cambiemos de tema. Acomódese en el taburete. Pondré el partido. Yo creo que está a punto de empezar…

- Tres años. Eso no desaparece por arte de magia. Siempre quedan rescoldos ¿No suele decirse eso? Yo soy el paria. Hablo con usted mientras ella puede estar acercándose a él. Es posible que piense: “Por los viejos tiempos”; o: “Uno de despedida”. Así funciona la cabeza de la gente. Y luego me dirá: “Recuperé sentimientos que creía muertos”.

- Mire, todo es posible ¿Puede que ella esté ahora tirándose al sujeto en cuestión? Es posible, claro que sí. Y es mejor así, no lo dude. Si tiene que ser, será. Todo está como debería estar. Siempre es así, al final.

- Muy Zen me parece a mí eso.

- No es Zen. Es la vida. En cualquier otro momento, usted podría ser ella, o incluso ese hombre.

- Desde luego. Pero yo ahora soy la víctima.

- ¿Pero qué victima? Usted es alguien que va a ver un partido conmigo ahora mismo y al que voy a invitar a un par de cervezas ¿Qué me dice? Puede sentirse afortunado.

- Buen intento, de verdad. Pero me tengo que ir.

- No vaya, hombre de Dios.

- Debo hacerlo.

- Mire, empieza el partido.

- Déjelo. Es inútil.

- Acépteme otra cerveza, al menos, antes de irse.

- Es tarde. Tengo que ir a casa.