jueves, abril 20, 2017

El espectáculo*



Tampoco Giovanni Mongiano pudo resistirse. Este intérprete lombardo es, al fin y al cabo, un hombre de su tiempo, forjado como nosotros en la misma fragua de lecturas y expectativas. La idea debió de alimentarse en su tierno corazón de artista. Porque el artista, debe de pensar Mongiano, es algo mucho más importante que una taquilla que se abre y un auditorio que tose. Según cuentan, poco antes de ejecutar su monólogo ‘Improvisaciones de un actor que lee’, se asomó a la sala del Teatro del Popolo de Gallarate y se topó con un silencio inesperado: no había acudido ni un solo espectador. Podemos intentar medir el peso del vacío en el espíritu del hombre, ya preparado para la representación; la tristeza de quien vuelve al camerino para deshacerlo todo y apagar las luces. No lo hizo. En un “acto de amor” -como él lo califica-, decidió interpretar la obra completa. “El espectáculo se hace igualmente”, dijo.       

Hay en su gesto mucho de resistencia, de orgullo. Frente a la apatía general, el creador, ajeno a las modas, cultiva con mimo su parcela. Los medios italianos se han apresurado a destacar la fuerza simbólica de la decisión de Mongiano; la protesta, casi apocalíptica, contra la muerte de la cultura. El arte se vale a sí mismo. La palabra escrita y la voz que le da vida cumplirían su cometido, aun sin receptor. Es una convicción poderosa y rebelde, pero también peligrosa.     

“No importa cuánta gente hay en la sala: se trata del respeto por el teatro y el público”. En esta frase del actor se cuela la palabra “público”, como un concepto indeterminable, no como la suma total de individuos que se reúnen para disfrutar de una función. La diferencia es enorme. El espectador compra su entrada, se acomoda en su localidad, hace ruido, ríe o se ofende. El público, por el contrario, es un coro perfecto.

En esta época de fragilidad y miedos, las actividades humanas intentan persistir frente a las amenazas de revolución. La cultura, al igual que otros ámbitos del mercado laboral, padece la inestabilidad producida por los constantes cambios en las apetencias sociales. El teatro, por ejemplo, o el cine parecen estar siempre al borde de la extinción. Los militantes reclaman soluciones audaces, el poder se lava las manos y los creadores se enrocan en una defensa sin concesiones de su arte. La distancia con el público -con el realmente existente- crece o disminuye en un paseo sin fin por la cuerda floja.

La llamada ‘clase política’, sin embargo, no sufre estos vaivenes. A salvo en su placidez presupuestaria, el espectáculo se propone a cualquier hora. El gigantesco reparto reproduce batallas antiguas con sus discursos y debates imposibles. Los partidos prometen paraísos o catástrofes, mientras los tertulianos aportan un eco aparentemente riguroso. Los espectadores se van, pero a ellos no les importan los espectadores, sino “el público”.        

* Columna publicada el 19 de abril de 2017 en El Diario Montañés

viernes, abril 07, 2017

Animales extraordinarios*



Dice el escritor mallorquín José Carlos Llop que en los diarios de la Segunda Guerra Mundial de Ernst Jünger el lector asiste a “la conversión del caballero Lanzarote en el mago Merlín”. El compromiso definitivo del autor alemán con el análisis entomológico del mundo -acusado, a menudo, de gélido e inmisericorde- confirma, en efecto, la disolución de su juvenil y polémico espíritu belicista en una quietud serenamente crítica ante las cosas, ajena al fragor de todas las revoluciones. Jünger murió en 1998 a los 102 años, aupado a la categoría de “testigo del siglo XX” por las principales figuras de la cultura y la política. A su retiro en Wilflingen, acudieron en dócil peregrinación los más importantes mandatarios europeos de la época, desde François Mitterrand a Felipe González. El venerable intelectual los recibía a todos sin genuflexiones, como Merlín en el bosque.  

Ernst Jünger formó parte de las tropas alemanas en la Francia ocupada. El diario de ese periodo (1939-1943) se publicó posteriormente en el primer volumen de sus ‘Radiaciones’. Siguiendo la estela de Llop, parece evidente que el distanciamiento de Jünger ante el conflicto y la convicción de encontrarse cerca del ocaso de la cultura occidental inhiben al escritor en un universo propio, poblado de referencias oníricas y literarias, desde el cual mantenerse fiel a su pensamiento pero sin emprender el camino de la militancia activa.  

Así, en su anotación del 29 de septiembre de 1942, Jünger destaca el papel de la propaganda como germen de un nuevo tipo humano que desdeña los valores y los sustituye por “las leyes de la técnica mecánica”. No será el “hombre moral”, añade el autor, el encargado de desactivar este artefacto ideológico, sino alguien igualmente nocivo que habrá “aprendido la lección”. Cualquier esperanza en la justicia es un puro espejismo. “Las cosas zoológicas -concluye Jünger- se producen, antes por el contrario, en el plano zoológico y las cosas demoniacas, en el demoniaco; es decir, el pulpo gigante atrapa al tiburón y Belcebú al Diablo”.           

Estos seres extraordinarios a los que se refería Jünger superan hoy las barreras de la jaula donde los había encerrado la historia y ya sólo encuentran resistencia entre sus iguales. Cuando la memoria no descubre razones en el hábito de la moderación, todo se vuelve presente frágil e inflamable. Asusta darse cuenta de la inutilidad del estado de derecho para oponerse a las voces estimuladas por el cálculo del odio. De la izquierda populista a la ‘Alt Right’ más descarada -es decir, de Maduro a Trump-, existe la posibilidad de la victoria para todos aquellos que abusan hoy de Gramsci (y de la hegemonía) como de una droga intensa y útil para la conquista del poder. La falta de escrúpulos de los aspirantes contrasta con la parálisis de las fuerzas tradicionales que, simplemente, despejan la escena y se sumergen en un mar de eufemismos y de control presupuestario.

*Columna publicada el 6 de abril de 2017 en El Diario Montañés.

martes, marzo 28, 2017

La pelea*



Si, después de morir, abrimos los ojos y nos encontramos en alguna otra parte, sanos y a salvo bajo una luz cálida, buscaremos, primero, los rostros más queridos. No existirá la prisa, ni se reclamarán discursos sobre el origen del universo, la justicia prometida y el significado del dolor. Querremos saber dónde están todos ellos, en qué hueco del jardín disfrutan de esta nueva oportunidad interminable. Eso será lo urgente: la felicidad del reencuentro.

La fiesta de la resurrección deberá ser divertida y desordenada, colmada de abrazos y botellas. Todo indica que Dios, ese huraño burócrata, apenas saldrá de la oficina. A Él le competerá, quizás, pagar las facturas y mantener aseado el territorio de la salvación, pero conocerle no nos quitará el sueño. Tampoco Él nos observará con demasiada curiosidad. Lanzará, eso sí, alguna mirada tímida al respetable mientras se aleja con su maletín a punto de reventar.

Todos sabemos que lo mejor de nosotros mismos está reservado para nuestros semejantes; que no hay más amor que el dirigido a un rostro capaz de recibirlo, ni más justicia que la reivindicación del prójimo. Con eso debería bastar. Se trata, en definitiva, de cultivar lo aprendido en este planeta que hoy habitamos, sometido al mal y al placer.

La historia nos ha enseñado que los milagros, si existen, apenas se distinguen de la fuerza de voluntad o de la suerte. Son un primer contacto, una llama minúscula que alimentamos en la guerra sin cuartel contra los monstruos. No hay signo más audaz y más rotundo de la posibilidad de la esperanza que la decisión de un ser humano. La del veinteañero Pablo Ráez, sin ir más lejos, recientemente fallecido. Pese al lugar común, el joven malagueño no luchó contra la leucemia; eso es imposible. Otros fueron los luchadores: su equipo médico, por ejemplo, y la quimioterapia. Ráez hizo otra cosa igualmente admirable: peleó por la vida y dio utilidad al escaso tiempo que le quedaba desde la fe del activista. Parece lo mismo, pero no lo es.

La célebre cita de Sartre: “lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros”. No se puede decir mejor. Por supuesto, a nadie se le exige un comportamiento heroico ante la adversidad. Pablo Ráez no quiso ser un héroe. Su humilde empeño consistió en construir espacios de alegría, transcendiendo los límites de una enfermedad cruel. Él mismo lo explicó en uno de sus últimos vídeos: “¿Qué mayor satisfacción que ayudar a los demás?”. Nosotros, que no lo conocimos en persona, pudimos disfrutar del lado más optimista de Ráez y aplaudir su lúcida campaña para aumentar las donaciones de médula ósea. Su familia, sin embargo, estuvo con él hasta el final, acompañándolo en su dolor. Ninguna buena empresa aplaca los males propios. Él lo sabía. En realidad, todo el mundo lo sabe.

* Columna publicada el 23 de marzo de 2017 en El Diario Montañés

viernes, marzo 10, 2017

El autobús*



Uno quisiera encontrárselos por la calle o en el supermercado, acercarse educadamente a ellos mientras hacen sus gestiones místicas y presentarse. Los interrogaría entonces sobre ese dios suyo tan feroz que valora la superficie de las cosas y prefiere lo genital a la comprensión de sus criaturas. A uno le gustaría aprovechar el paquidérmico paso de ese autobús célebre para subirse a él, recoger trípticos o facilitar un número de teléfono. Tendría ganas también de preguntar a los hijos de los activistas si disfrutan todos de una heterosexualidad plácida o si alguno se siente acomplejado, quizás, por unos padres tan seguros del correcto diseño del mundo que no encuentran razones para el amor.  

No se trata de engañar a nadie. Es posible que la visión del autobús ofenda y provoque en el personal una rabia incontenible o muchas ganas de reír por semejante alarde de ignorancia pagada. Pero muchos queremos ese vehículo en la carretera; necesitamos ver la sordidez naranja avanzando lentamente por Jesús de Monasterio, como ofrenda pública a nuestra diversión y a nuestra libertad.       

La sociedad abierta propone una confrontación cotidiana con los demás. Y los demás son, también, sus opiniones, sus errores, su rabia. La emancipación implica el progreso lento y posible; los valores compartidos pero, antes, discutidos. Las garantías de expresión, por supuesto, no son infinitas. Tienen un límite insalvable: el Código Penal. Las democracias modernas han aprendido a encajar los ataques, permitiendo que se combatan sus principales conquistas civiles. Esta debilidad las llena, sin embargo, de sentido. Es necesario que la voluntad de censura recorra un trayecto tortuoso, precisamente para evitar las decisiones arbitrarias del poder.

Cuando se echa mano de las leyes para combatir un discurso, se priva a la ciudadanía de su derecho a discutirlo e, incluso, a ridiculizarlo. Un mensaje lleva consigo el riesgo de su refutación. La palabra libre puede negarse; la sometida a juicio, no. Como los neonazis, que esconden su verdadera naturaleza en la protesta contra la prohibición de libros negacionistas -al igual que las organizaciones que exigen el acercamiento a Euskadi de los presos de ETA, sustituyendo la apología del terrorismo por una reivindicación penitenciaria-, también los responsables de Hazte Oír pretenden transmitir, bajo una aparente perogrullada, la idea de que la transexualidad amenaza el orden moral.

No obstante, en ninguno de estos casos merece la pena enfangarse en la tentación prohibicionista porque ellos maquillan muy bien sus intenciones. Se puede hablar de muchas otras cosas: la transformación de Hazte Oír en una asociación “de utilidad pública”, sus vínculos políticos con la extrema derecha, etc. Pero jugar la carta del deito de odio supone elevar la ofensa a la máxima categoría, de manera que unos encierran el autobús en la cochera, al tiempo que otros impiden cualquier utilización no piadosa del fenómeno religioso. Las condenas reducen la libertad de todos, pero eso no importa en un país convertido en campo de batalla.

* Columna publicada el 9 de marzo de 2017 en El Diario Montañés. 

martes, febrero 28, 2017

La plaza vacía*



El 19 de enero de 2015 -a las siete en punto de la tarde-, la madrileña Puerta del Sol albergó el incidente político fundador de nuestra época. La dirección de Unión Progreso y Democracia (aquel proyecto desastrado) convocó, a través de Twitter, lo que debía ser una multitudinaria protesta contra la corrupción en el Partido Popular bajo el lema: ‘Rajoy #Solotequedadimitir’. Rosa Díez y compañía desarrollaban, por entonces, un estilo de oposición de colmillo afilado, con la esperanza de abanderar una profunda limpieza institucional y judicial frente a los excesos del poder.  Al tratarse de un evento al aire libre, en sintonía con el efervescente clima de indignación callejera, los organizadores se las prometían felices. No funcionó. Apenas un centenar de personas acudió a la cita, mientras las redes sociales se burlaban del fracaso magenta. En política (donde las ambiciones y la grandilocuencia deben administrarse con tino) no hay nada peor que el ridículo.

UPyD fue incapaz de lidiar con el vacío de aquella plaza emblemática. Como cualquier depresivo alejado de la realidad, respondió al dolor con un repliegue que fue interpretado por la opinión pública como signo de tozudez sectaria. El fracaso de las negociaciones para constituir una coalición con Ciudadanos aceleró, asimismo, su camino hacia la irrelevancia electoral. Hoy, ya saben, el partido de Rivera ocupa las posiciones a las que aspiraba UPyD (con menor fiebre opositora, por supuesto), pero camina sobre la misma cuerda floja; a saber, la frágil estabilidad en un entorno que exige identidades definidas.  

En su reciente congreso, Ciudadanos optó por dejar de llamarse socialdemócrata. Más allá de la conveniencia de tal decisión, sorprende su incapacidad para encontrar un hueco confortable en la oferta partidista. UPyD y Ciudadanos nacieron como dos alternativas a lo que ellos consideraban la deriva periférica del PSOE. A medida que avanzaron en su aventura, se dieron cuenta, sin embargo, de que no les servía con presentarse como una izquierda ‘constitucional’, pero tampoco como una propuesta ideológicamente ‘transversal’. Su discurso conecta con ciertos sectores templados de la clase media urbana, pero carece de una base militante lo suficientemente estructurada como para garantizarle aliento en una larga marcha a través de las legislaturas. Y, mucho menos, en una coyuntura, como la actual, de amplia contestación a los sistemas de representación tradicionales.

La soledad de estos partidos contrasta con el relativo éxito de Podemos, aupado por un sustrato de movimientos sociales que lo convierten en el perejil de todas las salsas. Nadie discute hoy su querencia populista o destaca sus apetencias transversales. Pese a las últimas purgas, el empaque mediático de sus portavoces es incuestionable. La decisión de abrigarse con la extrema izquierda (de quien es, a la vez, faro y rehén) para sobrevivir al ‘invierno Rajoy’ impide, eso sí, la articulación inmediata de una alternativa al PP. En la calle Génova, saben que siempre será mejor una izquierda de plaza llena.

* Columna publicada el 23 de febrero de 2017 en El Diario Montañés

lunes, febrero 20, 2017

Volver*



Siempre que la vida nos apremia a continuar, experimentamos sensaciones contradictorias. La cultura impone al individuo la rigurosa sucesión de todas las etapas; es la linealidad implacable del tiempo. Eso nos apetece. Poco a poco, ampliamos nuestro contacto con las personas y con las cosas, tomando conciencia de que la felicidad y el desengaño se reparten por igual las noches de insomnio. Más allá de la experiencia propia, existe el convencimiento de que también la justicia reclama el fin de la parálisis. Sólo así evitamos que la maldad arraigue.

A veces, sin embargo, preferimos obviar lo inevitable y buscamos un refugio en la repetición. Aunque ya no somos exactamente los mismos, hay días en los que volvemos a ese poema querido, a esa canción triste o a un viejo álbum de fotografías, con la esperanza de rescatar otras épocas menos urgentes. Es inútil, por supuesto, pero hay una emoción que se despierta y que nos hace sentir la infancia como algo aún reconocible.

El universo conspira de este modo. Pese a su evidente falta de piedad, hace, en ocasiones, gestos para la galería, como si no quisiera perder del todo el favor de los hombres. A los aficionados al tenis, por ejemplo, nos regaló una nueva final de Grand Slam entre Rafa Nadal y Roger Federer, dos talentos extraordinarios, además de treintañeros, como nosotros. Ese partido tranquilizó al respetable. Ahora nos da la impresión de que seremos jóvenes mientras la gente de nuestra edad siga mandando en el circuito. Es una forma, como otra cualquiera, de consolarse.



El juego es un reflejo ordenado del mundo. Como el campeón suizo, también nosotros nos preguntamos si volveremos a ganar después de haber dejado atrás la parte más descarada de la juventud. Aún nos quedan, pensamos, algunos golpes buenos. El tenis ofrece una concreción sometida a reglas del drama existencial y lo saca de su ensimismamiento. La belleza se despliega sobre la pista como arma capaz de doblegar las dudas y el cansancio del jugador. Sólo los movimientos mecanizados, hechos propios con talento y trabajo, pueden lidiar con el error y desactivarlo.    

Todo es más fácil en esta ficción que diseñamos para dominar el tiempo que pasa. Las victorias y las derrotas no se esconden en el victimismo o en la calamidad. El lugar que ocupamos es el merecido: el campeón no se cuestiona. Es lo que nos falta, precisamente, en la vida cotidiana; la seguridad de que cada punto en disputa será ganado o perdido. Eso sólo lo confirmamos mucho después, cuando ya todo está hecho. Mientras tanto, debemos continuar jugando contra el monstruo, sin saber tan siquiera si nuestros golpes tienen algún efecto, o si de verdad estamos golpeando. O si realmente hay un monstruo al que enfrentarse más allá de nuestra necesidad de seguir adelante, creyendo que la vida es un torneo y no el simple estar todos los días.

* Columna publicada el 9 de febrero de 2017 en El Diario Montañés.

viernes, enero 27, 2017

Frío*



El invierno llega con una pose, que es también una reivindicación tribal. Los aficionados al frío se engalanan para asistir al descenso de las temperaturas, como si el periodo más triste irrumpiera sólo para darles la razón. Es el argumento sórdido del hielo convertido en alegría, de la nieve como promesa de diversión y piruetas. En realidad, lo que se celebra durante estos meses es siempre la distancia; aquello que nos separa de la falta de luz y de calor. Con el termómetro hundiéndose, el techo y la manta proporcionan la seguridad de quien sobrevive un año más a la suspensión de la vida.

Piensen en una pareja joven -con hijos y un perro grande- en una casa en la montaña. Así funciona la publicidad, por ejemplo, del gas natural: los niños juegan en el suelo y sus padres, descalzos, los observan mientras beben de sus tazas humeantes. La ventana desconecta esta escena de la cruda intensidad del frío; de los árboles, apenas distinguibles, azotados con violencia por el viento. La familia disfruta, en ese preciso instante, de su victoria sobre el mundo y, quizás, de la inminente apertura de alguna estación de esquí.

Esto es lo que vemos todos los días en la televisión: el reportero casi congelado que informa del estado de las carreteras en España. Gozar significa alejarse del problema, enarbolar la suerte de estar a muchos kilómetros y con calefacción. No obstante, el invierno es otra cosa. Nos cuesta admitirlo porque ya sólo recorremos la parte mediática del camino, cuando todo ha sido destruido o las quitanieves han cumplido su función. Como sucede con el resto de la actualidad, también aquí ignoramos el momento de dolor, la escena brutal de la amenaza consumándose. Son los refugiados muertos de frío en el corazón de Europa o el madrileño que vivía en la calle y que no volvió a despertarse junto a las Torres de Colón. El bienestar se resume hoy en la precaria seguridad ante el infortunio. El invierno sólo muestra una de sus manifestaciones. Lo importante es sembrar la idea de la supervivencia como un solitario apartarse del fuego enemigo.

Durante la presentación de su libro ‘Lluvia de fango’ en la santanderina librería Gil, Maite Pagazaurtundúa agradeció la presencia del escolta que había protegido su vida durante los años asesinos de ETA. Aquel hombre estaba entre el público. Yo miré con curiosidad su rostro serio de profesional experimentado, endurecido por muchos años de trato con la posibilidad de la muerte. La eurodiputada le dedicó palabras de cariño que el agente agradeció con timidez. En ese momento, el terrorismo dejó de ser un tema de reflexión teórica -representado por zonas acordonadas por la policía o concentraciones de repulsa- para convertirse en intimidad que se comparte. Nuestra época, sin embargo, nos propone una asunción de hechos consumados; la felicidad de estar lejos del frío. Deberíamos elegir algo diferente.

* Columna publicada el 26 de enero de 2017 en El Diario Montañés. 

martes, enero 17, 2017

Portales*



Parece mentira lo mucho que duran las cosas sin nosotros; la parsimonia con la que el tiempo desgasta los objetos que acompañan o los espacios que nos dan cobijo y su rápida exigencia, sin embargo, hacia todas las carnes. Entristece comprobar cómo el brillo o la utilidad no terminan con la muerte, sino que continúan, aún en perfecto estado, consumando su plan con idéntica devoción. No se trata sólo de los libros que sobreviven a su dueño en la quietud de la estantería abandonada o de las gafas que permanecen en su estuche muchos años después; hablamos también de la calle y sus rincones, del escenario para la familia, tomado hoy por otras familias que forjan su memoria con los recuerdos de una infancia nueva, llenándola de aperitivos con los abuelos.    

Las fechas navideñas inspiran este paseo por los lugares de siempre, modificados, acaso, por un alcalde o por un supuesto emprendedor. Los pasos se detienen, a menudo, frente a un portal conocido y uno se asoma a ese interior muchas veces visto y últimamente olvidado junto con tantas otras cosas: las escaleras casi horteras en su falso mármol, los buzones que aprovechan un hueco demasiado estrecho y, a un lado, ese ascensor moderno que desentona, pero que no ha fallado nunca.  

Todo se mantiene intacto, capaz todavía de ofrecer un servicio a las personas que se suceden en el uso. La actividad renovada es lo que asombra al adulto que, no obstante, preferiría contemplar el pasado como quien rescata fragmentos o desempolva ruinas. Resulta complicado aceptar que el calendario no afecta al mundo como nos afecta a nosotros; que no lo destruye tan rápidamente ni sustituye de una manera tan descarada los espacios propuestos.


La visión de un niño que, de la mano de sus padres, pasa por delante de un portal querido, en la calle Lealtad, evoca, así, otra escena semejante: la del niño que sonríe en una vieja fotografía, sobre una bicicleta en esa misma acera. La herencia que dejamos a los desconocidos es, sin duda, una pérdida, pero, quizás, valga la pena verlo de otro modo.    

* Columna publicada el 12 de enero de 2017 en El Diario Montañés. 

viernes, diciembre 30, 2016

Naturaleza*



Al fin y al cabo, el mundo no ha cambiado tanto. Uno lo piensa a veces; en la carretera, por ejemplo. Imaginemos un viaje habitual, un recorrido casi propio: Bilbao-Santander. El viajero se acomoda en el asiento, mira por la ventanilla y, de nuevo, aparecen Ontón, Castro Urdiales, Laredo y Colindres, como si el tiempo no pasara en esa venerable quietud de las señales de tráfico, en las salidas propuestas que nunca se toman, pero que siempre estarán ahí, exhibiendo una opción, quizás, apetecible. Este pensamiento tranquiliza, precisamente, porque uno prefiere la naturaleza domada, esa orgullosa intervención del hombre que convierte una montaña en un camino y advierte de los peligros de la excesiva velocidad.

Eso sí, la huella humana debe ser buena y escueta. La espectacularidad no cabe en el territorio que ocupa la autovía en una noche fría de diciembre. Se trata de un espacio sin ruido, perfectamente ajustado a la concentración al volante y a la contemplación del copiloto. La distancia se despliega, así, como tantas otras veces, con esmero y sin violencia. Nadie duda de la sucesión de obras en la calzada; poco importa el asfaltado. Vale más el instinto de repetición que se despierta en cada curva, la sensación del coche avanzando en paz hacia la casa.

Como habitualmente sucede, el espejismo conforta a la vez que daña. El grito, por desgracia, no es la excepción. El silencio esconde, en realidad, una modorra firme que desaparece cuando llegan las noticias de la calle: los doce muertos en Berlín o Alepo en ruinas. Y esa querencia nuestra por el asombro después de tantos genocidios, de tanta opresión incansable a través de los años y de las identidades, como si la fuerza, a estas alturas, pudiese generar sorpresa en lugar de resistencia.

El estado de derecho y la libertad no son fenómenos naturales. Como una carretera bien señalizada, estos conceptos no brotan de la tierra, pero establecen el mimo necesario para la vida en una sociedad decente. La naturaleza de las cosas exige, sin embargo, que el fuerte domine al débil, que las minorías raciales, sexuales o religiosas sean eliminadas, que la mujer se someta al macho. En su ciego orden, a diario se cometen atrocidades que sólo percibimos cuando a punto están de aplastarnos, como ese camión junto a la Iglesia del káiser Guillermo y como tantas otras bombas que no escuchamos porque estallan a demasiados kilómetros.


Los jóvenes que disfrutan de las prósperas rutas del gintónic y de la conversación 2.0 descubren hoy que el sacrificio no es una extravagancia, sino la raíz misma del mundo; que siempre hay verdugos que no quieren comprender al prójimo y prefieren su conversión, aunque para ello deban destruirlo todo antes. No es seguro que salgamos victoriosos del encuentro fatal entre esta violencia urbana y la decadencia de una cultura que ha escondido a la muerte en el armario. 

* Columna publicada el 29 de diciembre de 2016 en El Diario Montañés

viernes, diciembre 16, 2016

Sida*



Yo tenía diez años y jugaba con una pequeña pelota en el pasillo de la casa de mis abuelos. Recuerdo el instante, la extraña oscuridad del piso en aquel mediodía primaveral. En un momento de despiste, la pelota se fue rodando hasta colarse debajo de un mueble antiguo. Yo me agaché y estiré el brazo para intentar recuperarla. Así estuve, creo, unos minutos, con la mejilla apoyada en el suelo y la mano extendida para alcanzar la pelota rebelde. Fue entonces cuando vi a mi madre de pie, al fondo del pasillo. Tenía la mirada triste y se movía muy lentamente. No fui a su encuentro enseguida; me quedé todavía un rato con el brazo escondido bajo el mueble. Ella dijo: “A. se ha muerto”.

A. era un amigo de mis padres, algo mayor que ellos, pero aún demasiado joven. Más tarde, supe también que se trataba de un gran lector y que tenía un gusto exquisito para la vida buena. Lo veíamos todos los fines de semana en las cafeterías del Paseo de Pereda, donde los adultos hablaban de política mientras yo bebía un mosto con una guinda roja. Es curioso cómo el cerebro de un niño registra esas experiencias familiares.

Hoy, más de veinte años después, ya sé que A. era homosexual y que había muerto de sida. Nos situamos en los primeros noventa, cuando la enfermedad era un adversario intratable. He regresado últimamente a las imágenes que nos llegaron durante los años crueles: la muerte de Freddie Mercury, la debilidad de Nureyev despidiéndose en París, la dignidad de Pepe Espaliú en aquel ‘carrying’ madrileño. He pensado en todos ellos y en A., y en la siniestra eficacia con que la peste quebró la salud de tantos. También he recordado la forma que tenían entonces de explicarlo; el abuso del eufemismo, la boca pequeña para decir “sida” y el desprecio impúdico hacia los enfermos.



Según Espaliú, la enfermedad reconectó a la comunidad gay con el espacio público. El artista cordobés lo comentaba con motivo de su performance: “Si tuviésemos que agradecer algo al sida sería el habernos vuelto a situar en el mundo, en lo real”. Por supuesto, el sida no golpeó exclusivamente a los homosexuales; nadie ha estado nunca a salvo de su vocación genocida. Pero es indudable que, sin la movilización temprana, sin esa lucha por la identidad completa y no parcial, la ciencia no habría llegado tan lejos.


Con esta misma idea, la obra teatral ‘The Normal Heart’, del escritor y activista estadounidense Larry Kramer, expone el itinerario del colectivo, desde la exclusión al compromiso político. “¿Por qué nos dejan morir?”, se lamenta uno de sus personajes en un funeral. De esa solitaria extinción se llegó a la esperanza sobre el miedo y la muerte; a la existencia integral y a la ciudadanía de pleno derecho. Aunque el enemigo aún vive, fue un combate heroico. 

* Columna publicada el 15 de diciembre de 2016 en El Diario Montañés

viernes, diciembre 02, 2016

Callejeros*



Nos lo cuenta J. desde Roma. Domingo por la mañana, alguien ha tocado el timbre. Nuestro amigo, tras el sobresalto, se ha arrastrado hasta la puerta, en compañía de “las barras de los bares últimos de la noche”. Al otro lado, un individuo le pregunta si quiere contribuir económicamente con la publicación ‘Lotta Comunista’. J., sereno y colmado de paciencia búdica, intenta explicar que una campaña así, a esas horas precoces de un domingo cualquiera, no es, quizás, la mejor estrategia para ganar prosélitos. “No es mi intención -contesta el visitante-. No queremos convencer a nadie, sino encontrar a quienes ya están convencidos”.    

J. relata el suceso en nuestro grupo de WhatsApp. Lo leo desde la cama y me río. Poco antes de recibir su mensaje, he dado ya una primera vuelta por los diarios y las redes. Hay revuelo porque Juan Carlos Monedero acudió en Alsasua a una manifestación en favor de los detenidos por agredir a dos guardias civiles y sus parejas. No me sorprende, ya no. Cada uno elige su ámbito de solidaridad y el itinerario adecuado a sus principios. Pero, echado en la cama, remoloneando en una silenciosa mañana de domingo en Santander, me pregunto cómo es posible que no se den cuenta de que esa opción de Monedero -de la izquierda ‘transformadora’-, más allá de cualquier calificación moral, es contraproducente e interrumpe su aspiración a conquistar la mayoría electoral del país. Luego, leo el mensaje de J.

En efecto, como ya se encargó de señalar el propio Monedero, en Podemos conviven “dos almas”. Tras las últimas Generales, el partido de Iglesias rechazó esa táctica preciosa de la transversalidad. Sus portavoces pasaron de proclamar una identidad plural e inclusiva a reproducir los discursos previsibles de la izquierda de siempre: cercanía con el nacionalismo, violenta retórica de clase y condena de la institucionalidad. Con la derrota en las urnas y la irrelevancia política se produjo el cierre, la vuelta a la raíz extrema de su origen.   



Como el madrugador romano, tampoco ellos buscan convencer a nadie. El alma enfurruñada ya no quiere ser un nuevo PSOE rejuvenecido y rescatado. Todo estaba claro desde el principio. Lo explicó Iglesias en aquella célebre charla de la herriko taberna. Según el líder morado, la izquierda abertzale y ETA comprendieron bien el “lampedusiano” giro del franquismo hacia un nuevo régimen sólo democrático en apariencia. Así opinaban en Somosaguas. 


Después de un primer amago de reconstrucción del progresismo desde una estética aligerada, la tercera fuerza política del país no quiere más votos, sino más conflicto. El rumbo a seguir ya no es la socialdemocracia nórdica, sino la ebullición parlamentaria. Hoy, optan por una revolución callejera para la nueva legislatura popular. El objetivo inmediato no puede ser La Moncloa (la antipatía es un muro infranqueable) sino el mantenimiento de la excepcionalidad mediática, la erosión diaria del orden constitucional para, en última instancia, gobernar sobre sus ruinas.      

* Columna publicada el 1 de diciembre de 2016 en El Diario Montañés.
FOTO: EFE

martes, noviembre 29, 2016

Sopa



Me pregunto si la sopa no estará todavía demasiado caliente. Sé que tú me esperas al final de este pasillo largo, sentado a la mesa, la cabeza gacha. Recuerdo lo pequeño que se me hacía antes el piso, lo rápido que eras capaz de moverte; el silencio del edificio en aquellas noches agrias. No se parece a este silencio de ahora, mientras cargo con la sopera, y ya no queda miedo. A veces, me siento culpable y silbo para que sepas que estoy muy cerca, que todo está en orden. Qué tonta. Tú no vas a decir nada.

Me llamaron al trabajo un martes por la tarde. Dijeron que la cosa era grave y permanente. Te habías desplomado en medio de la calle. Yo escuchaba con atención el relato de nuestra nueva desgracia, pero desde una extraña sensación de ligereza. Ahora no hablas y no te mueves. Yo me ocupo de ti y limpio con cuidado ese hilo de baba que resbala una y otra vez de tu boca torcida. Miras hacia abajo, en un gesto que yo no puedo interpretar. Los médicos no saben si te das cuenta de las cosas. Pero yo aún te reconozco bajo esa capa arrugada de sudor y carne.  

Los vecinos me preguntan en el ascensor, en el portal. Las conversaciones son breves.

-      ¿Qué tal está Antonio?
-      Igual.

No dicen nada más. Sus preguntas son gestos de mera cortesía, como si demostrando cierta indiferencia, reaccionaran, al fin, a todos aquellos gritos. Pero es demasiado tarde. Tú ya no puedes hacerme daño. Cuando me lo hacías, ellos hablaban del tiempo sin mirarme a la cara. Así funciona el mundo. No les guardo rencor. Cada uno se preocupa de lo suyo.

La pequeña dice que todos estaríamos mejor si te ingresáramos en una residencia, que ella lo pagaría encantada. Nunca la tocaste, tuvo esa suerte. Hizo bien en marcharse a Londres cuando tuvo la oportunidad. Todos debemos vivir nuestra vida. A ella le va bien. Paul es un hombre estupendo. “Los niños adoran a su ‘granny’”. Yo también los quiero mucho. Pero éste es mi hogar. No lo entiende.

Poca gente lo entiende. Hoy, es un sábado cualquiera y camino por el pasillo. La sopera echa humo, yo silbo y van a empezar las noticias. La puerta del baño está abierta y, al pasar, puedo verme reflejada en el espejo. Me detengo un instante. No estoy mucho más estropeada que hace, digamos, cinco años. Soy una mujer de sesenta y ocho que ha preparado la comida, como tantas otras veces. Mi marido me espera sentado a la mesa. Vamos a ver juntos las noticias. No hay nada de malo en eso. Otros preferirían encontrarme rendida a la depresión, llena de rabia y deseos de venganza. Pero yo no soy así.


Yo soy una buena esposa que ha preparado una sopa, quizás demasiado caliente, a su marido, que la espera en el salón con la tele encendida. Sonrío y el espejo me devuelve la imagen de una mujer feliz, como en un cartel de los años cincuenta. Me parezco mucho a mi madre, también ella sonreía siempre. Primero, te pondré la servilleta y limpiaré ese hilo de baba que asoma de tu labio húmedo. Después, serviré la sopa para que vaya enfriando. No quiero que te quemes. Voy a demostrar que soy mejor que todo eso; que soy mejor que tú. Me sentaré a tu lado y te llevaré la cuchara a la boca. Pero, antes, soplaré. Soplaré todo el tiempo que haga falta, ¿ves cómo lo hago? Voy a soplar muy fuerte.   

viernes, noviembre 18, 2016

Herederos*



Yo quería escribir una columna titulada ‘Herederos’. Se trataba de hablar del último PSOE, de su naufragio continuado desde hace más de veinte años. La idea general del texto que ya no va a ser: de Felipe a Pedro, pasando por José Luis; ese descenso ideológico, esa derrota. Los herederos del título, por supuesto, serían aquéllos que se aprovechan de la potencia de unas siglas cargadas de historia y compromiso, echando mano de Tony Blair o de Philip Pettit según pega el aire -o criticando el populismo para desdecirse cuando cambian las tornas y las lealtades-. Pero, ¿y qué?

El pasado martes, exactamente a las nueve y media de la noche, el frío nebuloso que penetró en Santander, como un signo poco esperanzador del próximo invierno, nos sorprendió en la parada del autobús de la calle San Fernando. Yo sólo podía pensar en prepararme un ‘sopinstant’ mientras consultaba, una y otra vez, el panel de próximas llegadas. En ese preciso instante, en Estados Unidos, Donald Trump engordaba su bolsa de votos junto a la discreta Melania, imaginamos que a chillidos de magnate satisfecho frente a un vaso de whisky caro. Leonard Cohen, según hemos podido saber después, ya estaba muerto.

Sin duda, el karma se había resquebrajado, mientras yo le daba vueltas a una columna que debía incluir a Borrell y aludir al entramado accidentalista de Ferraz. Qué tristeza de la institución perdida, qué absurdo el enfangarse en otra vuelta de tuerca a la brega española cuando el mundo se constipa.

El “faro de la sociedad abierta”, “la tierra de las oportunidades”, ha claudicado prematuramente ante el empuje tribal de la vieja Europa. La toxicidad autoritaria amenaza con extenderse por el planeta, ridiculizando los programas necesariamente descafeinados del consenso liberal y socialdemócrata. Algunos, temerosos de verse relacionados con la contundencia del nuevo Comandante en Jefe, oponen un populismo bueno, el suyo, dando por finiquitado “el sistema”.  Vienen curvas, no lo duden.

La victoria de Trump parece disolvente y peligrosa, pero no por lo que vaya a hacer a partir de ahora; eso es mera administración, supervivencia sorbo a sorbo. Lo importante es que un discurso de esas características, centrado en estimular las pasiones más bajas y directas, es la nueva piedra de toque de la política occidental.


Esta es nuestra herencia. Las interpretaciones apenas pueden confortar al observador bienintencionado. En política, es difícil lograr la adhesión unánime. ¿Fue González un buen presidente? ¿Qué me dicen de Aznar? El paraíso de la gestión es discutible. Eso sí, el infierno es siempre inmediato, definitivo. El mal puede irrumpir de pronto y descomponer toda buena empresa. Nos encontramos, dicen, ante un choque entre las “costumbres del viejo país” (de todos los países) y las últimas ocurrencias de las costas, empapado todo ello en altas dosis de irresponsabilidad. A estas alturas, hablar del PSOE es observar la diana cuando ya han tensado el arco.   

*Columna publicada el 17 de noviembre de 2016 en El Diario Montañés

sábado, noviembre 12, 2016

Versos urgentes para Leonard Cohen



Ahora que ya no te necesitas
puedes atravesar las avalanchas,
reposar sin tiempo y enseñarnos
a dar de comer al pájaro,
a estrechar el pan para que cruja
y volver a casa; limpiar
la tierra de tus manos
con su perfecto sinsentido.

Volar, o dar las gracias,
la sonrisa, la injusticia,
como quien elige el buen tomate
de una cesta. 

Ir descalzo, pisar la hierba,
arrancar una flor con la culpa adecuada,
reconocer su última entrega
y hablar cuando ellos hablan,
o callar otras muchas veces. 

Dejarlo todo suelto,
olvidar en su grave, nocturno, desvestirse.  

viernes, noviembre 04, 2016

Ramius*



Mariano Rajoy tomó la palabra un poco antes de que el Congreso de los Diputados entrara en ebullición. “No pido la luna -dijo-. Pido un gobierno previsible”. Los mordiscos de la protesta no buscaban esta vez su triunfante cuerpo gallego, sino las deslucidas carnes socialistas, arrugadas sobre sus más de ochenta escaños. Las frases del presidente se deslizaron con sigilo entre histéricas alusiones al golpismo hasta desaparecer bajo la presión rufianesca. No le importó a Rajoy el desplante; ya está hecho al perfil bajo. Y lo busca.

La derecha continúa desprendiéndose del lastre. La pasada legislatura convenció a los dirigentes del Partido Popular de que no pueden confiar sus expectativas a las muestras grandilocuentes de sus querencias confesionales, ni a la beligerancia hacia el matrimonio igualitario, ni al casticismo ‘neocon’ del último Aznar. Todo ese drama ideológico está desactivado; no es un programa atractivo para los millones de personas que, más allá de militancias todoterreno, deben auparlo a La Moncloa. Rajoy lo sabe, pero sus adversarios, quizás, no saben que lo sabe.

La crispación más reciente de la política española ha alumbrado partidos nuevos que emergen como reacción ‘indignada’ a las políticas del Ejecutivo conservador. En sus intervenciones públicas, en sus discursos y eventos ‘batasunizados’, entre  las mareas de banderas rojas o republicanas, Génova cree haber encontrado el antídoto contra la corrupción televisada y los coloquios perdidos. Rajoy es consciente de que, a estas alturas -“España entre dos guerras civiles”-, ya sólo puede echar mano de aquellos valores comunes a una amplia mayoría de ciudadanos; a saber, la unidad del país ante el desafío independentista y la defensa de las instituciones frente al populismo. En esto pone el presidente del Gobierno toda su complacencia.



Sin embargo, la batalla no puede ser explícita ni descocada. El espectáculo deben darlo otros. Rajoy, como Marko Ramius (con quien comparte iniciales), prefiere el poder de la discreción. Recordemos, ahora, al veterano capitán soviético, personaje principal de ‘La caza del Octubre Rojo’ (interpretado por un imponente Sean Connery), arengando a sus hombres en el submarino nuclear. Imaginemos también a Rajoy, dirigiéndose al Comité de Dirección: “Las órdenes son hacer una navegación silenciosa. Temblarán ante el sonido de nuestro silencio”.

Para cumplir con el plan, le viene estupendamente la enésima recaída de la izquierda en la tentación estética. Con el PSOE fuera de combate y con una escandalosa confluencia Iglesias-Garzón que aplaude los insultos periféricos y opta por la movilización callejera -borrándose, así, de cualquier aspiración inclusiva-, Rajoy perdura como única opción gubernamental en un país que teme la inseguridad.


Este panorama agitado será beneficioso, quizás, para los intereses del PP en el corto plazo. Su apuesta por la inhibición le garantiza años de relevancia. ¿Puede, no obstante, sobrevivir una democracia representativa donde sólo unos alzan la voz? Por ahora, eso sí, en estos tiempos prebélicos, la derecha se mueve como Octubre Rojo en el agua.   

* Columna publicada el 3 de noviembre de 2016 en El Diario Montañés. 

viernes, octubre 28, 2016

Ciudad*



Al entrar por primera vez en una habitación, todo parece tener utilidad. Si hay, por ejemplo, un armario, el visitante lo creerá siempre lleno de ropa o de herramientas perfectamente ordenadas; si, además, hay una ventana, estará convencido de poder abrirla y tratará de asomarse para admirar las vistas que nunca deberían ser las de un triste patio interior. En principio, nadie teme la avería o el desprecio. La posibilidad de la gotera -o de la puerta bloqueada- queda fuera de la imaginación. Si no se vive a conciencia, tampoco el mobiliario sin uso puede explicarse.

Sucede lo mismo en las ciudades extrañas. El forastero alza la mirada, ralentiza el paso y contempla el dibujo de las fachadas que proporcionan cobijo a los afortunados, como si eso diese razón a su visita, como si la existencia del lugar se justificase por las siluetas que lo conforman y no por las personas que lo habitan. En la ciudad, esperan siempre sitios nuevos de belleza porque nuestro camino es el de la vida forjada a golpes de responsabilidad y tedio: el negocio o la reunión a la que llegamos tarde, el recado improrrogable. No hay amabilidad en un espacio que, sencillamente, no está hecho para eso.  

A veces, sin embargo, nos damos pausa y la ruta nos lleva de la mano. Se trata, entonces, también en Santander, de volver a respirar las calles, de reconocerlas una vez más. En un paseo sin urgencias, intentamos desvelar el significado preciso de las piedras y de los nombres, ligando nuestro presente a una historia que realmente importa. No cabe imaginar una empresa más valiente: abandonar la ciudad propia, sustituirla por un espacio tallado durante siglos por otros hombres que merecieron su oxígeno tanto, al menos, como lo merecemos nosotros. Admitir, en definitiva, que nada ha empezado hace veinte o treinta años.   

El convencimiento brota de la mirada lenta y reposada; de la humildad del estudio sereno de las cosas que no son cosas simplemente nuestras, sino de todos. Que el roce de los días en la calle pueda allanarse con la verdad que se comparte.

* Columna publicada el 20 de octubre de 2016 en El Diario Montañés.

sábado, octubre 15, 2016

Dejar de ser un dios*



En el otoño de 1967, el cantante Noel Paul Stookey, del grupo Peter, Paul and Mary, visitó a Bob Dylan en su refugio de Woodstock. Las cosas andaban revueltas y floridas en Estados Unidos; terminaba el ‘Verano del amor’ y la contracultura se acercaba al decisivo 68, con las alforjas llenas de revolución, psicodelia y ácido lisérgico. Dylan llevaba más de un año apartado del mundo, recuperándose -supuestamente- de un grave accidente de moto. Stookey, emocionado (y colocado), se postró ante su ídolo para compartir con él la felicidad por un cambio total e inminente. En su errático discurso, citó el ‘All You Need Is Love’, de los Beatles, y felicitó a Dylan por tantos himnos útiles. “¿Qué significa la vida para ti, Bob?”, preguntó. Dylan contestó con otra pregunta: “¿Lees alguna vez la Biblia?”.

No resulta fácil descifrar el carácter de uno de los intérpretes más obstinadamente herméticos de la cultura popular. Alguien debió de venirle ayer con el cuento del Nobel, quizás mientras dormía. Nos imaginamos a un septuagenario Dylan en pijama, cariacontecido o indiferente, respondiendo a los elogios con un escueto “Hmm…”. Eso sí, ocurrió en Las Vegas, donde anoche tenía previsto ofrecer un concierto. Ojo, al Nobel de Literatura de 2016, la noticia le pilló en Las Vegas. Ya sólo por esto acertaron los suecos.

Dylan es el puñado de palabras que vendimia, pero nunca está donde se lo espera (ni siquiera en aquel famoso festival que montaron “en el patio trasero de su casa”): ‘folkie’ comprometido, roquero anfetamínico, delicado trovador country, furioso cantante góspel… Las etiquetas se cuelgan y despegan del espíritu del artista con idéntica facilidad. Bob Dylan llegó siempre “lo suficientemente lejos para poder decir que estuvo allí”. Probó cada ortodoxia con rapidez; el suyo ha sido un vuelo solitario que, una vez, lo llevó a Cantabria.


A partir de 1965, Dylan rehuyó de los jefecillos que lo creían y querían profeta o líder revolucionario. Su biografía queda perfectamente resumida en las palabras de Mark Knopfler, viejo compinche: “Tuvo que hacer lo que hizo para dejar de ser un dios”. Lo ha conseguido. 

* Columna publicada el 14 de octubre de 2016 en El Diario Montañés