jueves, agosto 30, 2018

Leer en la playa*



No sabemos cómo empieza, pero, de pronto, nos vemos sacudidos por las urgencias del verano; la toalla enorme, el bañador florido, quién sabe si crema suficiente para soportar tantas horas de sol. No hay placidez vacacional que no se conquiste con el mismo esfuerzo de siempre, con las astucias de una especie condenada a la carrera. La playa obliga a una reflexión mínima, no vale la pena extenderse en el análisis: somos muchos y preferimos un espacio propio, aunque su dominio nos exija permanecer en guardia. Como una nación acomplejada, pasamos de la protección celosa de los límites a una expansión ciegamente imperial -tumbonas y sombrillas-. No inventamos nada, ni siquiera semidesnudos.

La arena tiene sus reglas y no suele llegar la sangre a la orilla. El personal mantiene las hostilidades dentro de lo razonable e, incluso, el vecino, que hace un momento trataba de ganar espacio a nuestra costa, ahora nos pide que vigilemos sus cosas mientras va a bañarse. Y lo hacemos, claro, gustosamente. No voy a engañarlos: yo me quejo mucho antes de pisar la playa. Peleo contra la pereza, no paro de rezongar y, cuando supero mi propia resistencia, me enfundo gorra y gafas, agarro mi silla plegable, la sombrilla de tamaño medio y sufro los avatares del transporte urbano. Hay mucho contacto durante el verano, mucho roce indiscriminado. La playa es, quizás, el último reducto de la piel como instrumento de ocio. La playa y, por supuesto, el Erasmus.

Con el tiempo, he ido cogiendo gusto a la secuencia de baño y bocadillo que tantas pasiones levanta entre la multitud local o foránea. Y a la lectura en la sombra cálida del verano. Estos días, ha tocado ‘Jersualén, ida y vuelta’, crónica del viaje de Saul Bellow en 1976. Lo leo y quedo decepcionado. Yo pensaba enfrentarme a la visión personal de un intelectual judío diaspórico en su contacto con Israel y me encuentro con una recopilación de opiniones variadas sobre la eterna crisis de Oriente Próximo. El libro pierde la capacidad de atracción en el momento en que los personajes principales -autor incluido- ya están muertos. Los Rabin, Hussein de Jordania o Breznev, junto al eterno Kissinger, representan el drama de aquel tiempo que, por desgracia, y eso es lo espeluznante, no dista mucho de este. Han caído imperios, se han modificado los mapas, pero allí todo permanece en un mismo bucle mediático.

Leer en la playa supone avanzar lentamente por el texto, a menudo dejándose distraer por el paisaje o la modorra de esta época del año. Una frase o un párrafo golpean al lector que digiere despacio, con el mar por delante. También conforta observar la capacidad humana para adaptarse a las exigencias de cada estación. Ahora, nos bañamos en el mar; más tarde, volveremos fielmente a los despachos. Esta rutina de perfil bajo nos ennoblece mucho más que una guerra civil.

* Columna publicada el 22 de agosto de 2018 en El Diario Montañés

sábado, agosto 18, 2018

Pucho y Pablo*



Todos los fanáticos de Vetusta Morla se parecen; sus detractores lo son cada uno a su modo. No soy ningún especialista en la materia, pero la apuesta de los madrileños por triunfar sobre las barreras más opacas del ‘indie’ me parece, en principio, digna de elogio. La fórmula, sin embargo, no convence a todo el mundo. Algunos reprochan la querencia de la banda por las palabras de tahúr que, afirman sus críticos, parecen decir pero no dicen, escogiéndose unas cuantas, las más coloridas, para provocar el entusiasmo del respetable, la entrega desaforada en el estribillo. Hay muchos ejemplos. La letra de ‘Valiente’, por mencionar uno, donde la incoherencia del mensaje y la solemne impostura del cantante, Pucho, desembocan en dos versos insólitos: “Porque ser valiente/ no sólo es cuestión de suerte”. ¿Qué quiere decir eso? Lo que ustedes quieran.

La discusión es, quizás, innecesaria. Las letras de las canciones no han sido nunca relatos de absoluta coherencia. En los festivales contemporáneos, es más importante su conversión en himnos que la posibilidad del análisis. Se trata de establecer, supongo, un vínculo que funcione sobre el escenario y que ayude a expresar una identidad. Con Vetusta Morla, la digestión no es fácil. Lean otros de los versos del grupo: “Quién lo vio/ bailar como un lazo en un ventilador./ Quién iba a decir que sin carbón/ no hay reyes magos” (‘Los días raros’). Tampoco aquí seguimos bien la pretenciosa sucesión de imágenes, muy bella, pero inverosímil.

Y es que pienso en Pucho y me viene la imagen de Pablo Casado. También los políticos con vocación de gobierno parten de la existencia de una música de fondo que no debe concretarse y que sirve, en realidad, para establecer las coordenadas de la actitud. Como Pucho, Casado tenía el deber de mantener ese fondo de inconcreción, pero quiso ir más allá. Esto en la derecha es peligrosísimo, mucho más que en la izquierda. En España, el PP dice representar a un amplio porcentaje de la población identificado con principios ‘liberal-conservadores’. Casado ha venido -o eso cree él- a quitarse los complejos, recuperando el orgullo del carné, los valores del partido, etc.

Parece mentira que la derecha no sepa aún que su única posibilidad de éxito electoral ha pasado siempre por la vía gris de la gestión económica y por una sola palabra: España. ¿Qué más quiere añadir Casado? ¿El elogio de la heterosexualidad? ¿La religión en las escuelas? ¿La negativa a la eutanasia? Pero, hombre, si eso es pólvora en mal estado, quejas de mazmorra. ¿Cómo defender un discurso contra la inmigración ilegal o el aborto en un contexto como el actual? La derecha cree que su problema es la comunicación; en esa ingenuidad palpita su deseo de mando. Pero el problema es la voz que se escoge para destacar de la música de fondo, como hacen Pucho y compañía, pero sin que desentone.

* Columna publicada el 10 de agosto de 2018 en El Diario Montañés

jueves, julio 26, 2018

El verano populista*



A mí no me gusta volar, pero vuelo. Esto me convierte, creo, en un personaje gris. Mis experiencias aeronáuticas comienzan siempre con un no muy acusado temor a la catástrofe y terminan con el alivio del viaje plácido y el aterrizaje sin contratiempos. El mundo moderno pretende enseñarnos que la gestión del miedo exige una decisión contundente que no comprometa el brillo de la identidad. Sujetarse con fuerza al asiento (o al vecino) durante el despegue sería una actitud ridícula e irracional, pero decidir no pisar un aeropuerto es un rasgo pintoresco del carácter.  Mi amigo Paco, hombre sabio, suele decir que la genialidad divide a los seres humanos en dos grandes grupos: los donjuanes y los castos. Es decir, que la persona brillante necesita de la exageración en cualquiera de sus formas y que de nada sirve la esperanza del mediocre antes de entrar en el Malaspina.

Quienes preferimos el escenario prosaico nos forzamos -y nos esforzamos- por superar la fobia a la cotidianidad. Por eso, volamos o vamos al Lupa, avanzando del modo más torero posible por este valle de lágrimas y ventanillas. Es justo reconocerlo: esto no satisface a todo el mundo. Los hay que abusan del lenguaje adolescente hasta acabar envenenados por él. Pienso en Patricia Aguilar, la joven alicantina embaucada por un estafador pseudo-espiritual que, locura a locura, la incluyó en su siniestro harén en la selva peruana. Recientemente, han transcendido algunas de las publicaciones de Aguilar en las redes sociales que dan una idea de su personalidad impresionable; de ese sello presuntamente místico que, sin embargo, rompe los lazos con la sociedad y con los otros.

La aceptación de la realidad tiene que ver con el aprendizaje, tedioso y agotador, de que vale la pena partir de una rutina antes que emprender la huida hacia ninguna parte. Con la huida, uno se alivia poniendo el marcador a cero. Es un espejismo. La cotidianidad, sin embargo, supone un riesgo mayor. Nosotros, el común de los mortales, nos enfrentamos a diario al peligro del desequilibrio. La llegada del verano agudiza, además, el rol de consumidores desamparados, confundidos entre otros muchos. Las compañías ‘low cost’ son expertas en recordarnos nuestra condición de rebaño con equipaje de mano. Yo, sin ir más lejos, tuve que asumir la semana pasada el papel de intérprete de los pasajeros olvidados por easyJet en el aeropuerto londinense de Stansted. Durante mi labor, aprendí, para empezar, que, en situaciones de crisis, el discurso radical es extraordinariamente útil; que debe evitarse la división de clase y, sobre todo, que la solución se alcanza más fácilmente después de un par de gritos. También hay populismo ‘low cost’. Pero, como no existe buena acción sin castigo, la vuelta a Santander trajo consigo la intoxicación de casi todo mi grupo de amigos en las casetas. Eso sí que es, como decía Belmonte, “olvidarse del cuerpo”.

* Columna publicada el 26 de Julio de 2018 en El Diario Montañés

jueves, julio 12, 2018

La escasez*



Termino la primera temporada de ‘The Handmaid's Tale’ el mismo día de la muerte de Claude Lanzmann. Una fecha, por lo tanto, para el recuerdo. Aunque es inevitable indagar en los contenidos, tratando de detectar similitudes, no pretendo tender puentes, ojo, entre el testimonio de los supervivientes del Holocausto -registrado por el director francés en su monumental ‘Shoah’- y lo que no deja de ser una entretenida obra de ficción. Pero, ambos, Lanzmann, desde la memoria, y Margaret Atwood (autora del relato y coproductora de la serie para HBO), desde la imaginación, logran transmitir el peso del mal, la atmósfera pringosa que se genera alrededor de los desgraciados que no disfrutan de los privilegios del poder.

Resulta interesante reflexionar sobre el tiempo acotado que se les impone a un drama o a un documental, obligando a sus artífices a destacar el lado pinturero del totalitarismo; los episodios más sanguinarios y heroicos. Es un recurso eficaz que limita, no obstante, la comprensión del fenómeno. ‘The Handmaid's Tale’, quizás, precisamente, por haberse estrenado durante la gran burbuja de las series, profundiza en el itinerario de una ideología cruel, incorporando componentes casi inéditos que son fundamentales en una producción sobre conflictos políticos. A saber, la represión parsimoniosa envuelta en palabrería y en eufemismos, la evolución de los poderosos desde la militancia marginal hasta la victoria incontestable o el equilibrio entre la propia convicción a contracorriente y la hipocresía de los opresores.

Desde luego, el elemento epatante de ‘The Handmaid's Tale’ es la destrucción de la humanidad de las mujeres; la pérdida absoluta de su libertad, en un futuro cercano, y su conversión en esclavas paridoras a tiempo completo. Sin embargo, bajo este patriarcado escandaloso descubrimos un asunto apenas mencionado por los medios de comunicación y por los críticos: la escasez. La implantación de un régimen fanático religioso (gobernado en buena parte por oportunistas) se lleva a cabo como consecuencia de una fortísima crisis climática y de fertilidad. Para combatirla, brotan los dogmas sacrificiales que reclaman la gestión comunal de los bienes limitados; como ya no nacen niños y son pocas las mujeres capaces de dar a luz, se las nacionaliza.

Cualquier discurso inflamado funciona en la escasez hasta el punto de activar los odios durmientes. La sociedad es permeable a los programas que confirman los prejuicios y proponen el control (o el aniquilamiento) de los vulnerables. En la serie, tanto los hombres como las mujeres sufren la infertilidad, pero ellos salen ganando en el reparto. El padecimiento de unos cuantos y el mando de los peores son, dicen, perfectamente asumibles en un contexto de necesidad generalizada. Por eso, cuando las aguas se retiran, uno se encuentra con la verdad desnuda y decepcionante: todo era un cuento. Como lo han sido siempre los movimientos políticos que pasan del exilio al amiguismo; de la acampada a los consejos televisivos o del poder al censo menguante.

* Columna publicada el 10 de julio de 2018 en El Diario Montañés

sábado, julio 07, 2018

Los chicos*



Toda ideología guarda celosamente su programa máximo. Es un ejercicio de discreción, palabras que se protegen como antídotos. El veneno, por supuesto, es el crimen de estado, en todas sus variantes militares y económicas. No sé cómo contarán ahora la fábula, pero en el antiguo libro del afiliado del Partido Socialista, ya con Felipe González a los mandos, se establecía como horizonte la “conquista del poder por la clase trabajadora”. Así, sin paños calientes y sin visos de contradicción. Los defensores de la democracia liberal, por su parte, han preferido siempre una utopía de vuelo bajo, embridada y prosaica. La fórmula atrae únicamente a los más sensatos; a aquellos que no se han dejado seducir por las alhajas del sector privado y creen aún en la sociedad como cuerpo existente y, por lo tanto, necesitado de razón y de ley.

La quimera liberal -en su versión menos delirante- despliega visiones a retazos, actitudes y modos más que argumentarios. Se trata, en resumen, de la vida justa y sin amenazas, respetuosa con la separación de poderes y orgullosa de haber aparcado los dramas ideológicos. La comunidad, mejorada por la libertad y la cultura, alcanza por fin su mayoría de edad, rechaza los mesianismos y convive en un escenario muy semejante al de una pequeña ciudad de provincias donde los señores se saludan por la calle quitándose el sombrero.

La gestión, y no el discurso extremista, se convierte en la vía más fértil. Si la cosa funciona, es decir, si la economía no da problemas y el dinero viene y va en grácil danza, la despolitización del personal se celebra como una apendicectomía en la casa del doliente. En el mercado, dicen sus apóstoles, confluyen todas las esperanzas, todas las posibilidades del ser humano. La fe, el terruño, la raza o la clase claudican frente a la vida buena del crecimiento y el progreso. ¿No son encantadores?

Nunca, ni siquiera en sus momentos más sublimes e igualitarios, la opción de la democracia representativa y de la economía de mercado ha logrado desactivar completamente las preferencias revolucionarias. Mientras algunos disfrutaban de aquel “fin de la historia” anunciado por Fukuyama mirándose en el próspero espejo californiano, otros resistían en los cuarteles de invierno, descubriendo atajos para la ruptura. ¡Qué arrogancia la de dar por enterrado el compromiso del inquisidor!

Hablamos de la debilidad institucional y de sus supuestos defensores, así como del desprestigio de los símbolos constitucionales, izado insulto a insulto por los enemigos del estado. El panorama es desolador pero irrebatible: los totalitarios dominan la escena y espolean a sus feligreses, convertidos en orgullosos comisarios políticos. Las redes se inundan así de proclamas en favor de “los chicos de Alsasua” -una forma macabra de referirse a los agresores que evoca cine y bicicletas-, mientras se insinúan linchamientos contra ‘La Manada’. Cualquier matiz aquí, ojo, es fascismo. Sí, utilizan la palabra fascista, precisamente ellos.

Columna publicada el 27 de junio de 2018 en El Diario Montañés

jueves, junio 14, 2018

Fines*



Me gusta pensar que el destino de España se decide en los momentos de soledad de Mariano Rajoy, en una habitación en penumbra y con el puro humeante, como si la ya legendaria quietud del expresidente guardase estrategias y recetas audaces. Uno ha podido creer que la derrota parlamentaria del Partido Popular forma parte de un plan a largo plazo, dirigido a apuntillar la aparentemente débil ‘alternativa Sánchez’. Desde esta lógica, el pasado 1 de junio, Rajoy habría preferido una concreción de las amenazas independentistas y populistas, una infección de las instituciones, para demostrar que el peligro era real y no sólo un relato políticamente útil. Como en la canción ‘Shadowplay’, de Joy Division, a partir de ahora, el PP permitiría a Iglesias, Rufián, Puigdemont y Matute utilizar al Gobierno socialista “para sus propios fines”.

Desde luego, es esta una lectura a posteriori que reinterpreta la pasividad del Partido Popular en clave astuta. La derecha española, acorralada por la corrupción y avisada por el temido ‘sorpasso’ naranja, evitaría, así, la cita electoral embarrando aún más el terreno, colocando a los supremacistas en posiciones de influencia sobre un PSOE grogui. Se trataría, en definitiva, de esconder su incapacidad, dotando la historia de elementos creíbles, como acostumbran a hacer los mejores guionistas. Piensen, por ejemplo, en ‘La guerra de las galaxias’, donde, después de la victoria rebelde, necesitábamos el contraataque del Imperio, la reacción ganadora del mal, para que aquello no pareciese Montecarlo.

Pero Rajoy, ¡ay!, olvidaba lo más importante: que en este juego participan dos. La cintura del Partido Socialista siempre ha sido más flexible -algo que no es necesariamente un elogio-. Pedro Sánchez, consciente de sus paupérrimas expectativas electorales, de su escasa presencia en el debate público, optó por lo más arriesgado: tomar el mando de inmediato, sin apuntalar previamente un programa atractivo. El triunfo de la moción de censura con los votos de las malas compañías no condujo al secretario general de los socialistas a un estado catatónico, como hubiese querido Rajoy, sino a La Moncloa. Sánchez necesitaba reivindicar su existencia y lo ha hecho con una apuesta a todo o nada. Una vez en el poder, ambiciona gobernar atrayendo la atención por su labor gestora, rodeándose de un equipo seductor y mediático, acaso un poco frívolo, al que pretende sostener lo máximo posible. Algunos lo han llamado “escaparate”, mientras otros dicen que podría haber sido el gobierno de Ciudadanos.

Por ahora, en la superficie, Sánchez triunfa. El súbito envejecimiento de Rivera e Iglesias, sorprendidos con el pie cambiado, y la pasión de la prensa partidaria hacia los nuevos ministros, proporciona al PSOE una primera línea de ilusión capaz de disimular, por el momento, la devolución de los favores a independentistas y radicales, las reformas constitucionales y esa promesa de diálogo tan elegante como hueca. Pero, eso sí, esta línea no quiere ser revolucionaria, sino más bien presentable. Veremos.

* Columna publicada el 13 de junio de 2018 en El Diario Montañés

sábado, junio 09, 2018

Comer y avanzar*



En su editorial del pasado viernes, el diario El País tildó a Mariano Rajoy y a sus camaradas de “Gobierno zombi”. Acierta el periódico, pero sólo parcialmente. Los aficionados a las películas del género sabemos que los zombis carecen del romanticismo y el donaire de otras criaturas fantásticas. Sus historias, por lo general, no desarrollan la humanidad del monstruo, la búsqueda del bien o el corazón bajo la bestia. Esto, que es lo que atrapa en los relatos de vampiros -en obras paradigmáticas como Drácula-, supone un límite insalvable en la evolución dramática de los muertos vivientes. Los zombis comen y avanzan; ese es su rollo. El caminar azaroso, la faz descompuesta y el paisano que teme encontrárselos tras cada puerta que abre.

A menudo, los zombis ni siquiera son capaces de correr, lo que supone un extra de ineptitud. La sustancia del argumento radica en la organización de quienes han resistido sobre un mundo arrasado, sus tragedias personales, sus amores. Los zombis quedan muy pronto relegados a un papel menor, como atrezo y carne de frontera.

Lo interesante de la política española es que todos los partidos son, a la vez, zombis y supervivientes. Cada fuerza ideológica advierte en sus adversarios la sordidez del monstruo voraz y deshumanizado, el peligro que se extiende, implacable, contra la convivencia. Las encuestas no ofrecen esperanza; la inseguridad de los líderes, que pasan rápidamente de las posibilidades de victoria a la insignificancia electoral, les hace preferir el lío a la propuesta, la efervescencia de la crisis a la negociación. Curiosamente, temen el mordisco de sus compañeros de foro, pero mucho más el desprecio de los votantes que, esos sí, pueden destruir su mundo.

La impresentable corrupción en el Partido Popular y la insultante respuesta a cada acusación y cada sentencia provocan que su juego de equilibrios pueda hacerle pasar del mando a la nada. En Génova, comienzan a temer la extinción en un relevo naranja que hoy parece tener mando en plaza. Rivera, eso sí, necesita jugársela todo a la carta electoral, dada la escasa cimentación de su proyecto. Sánchez e Iglesias, por su parte deben tomar La Moncloa con urgencia ante las malas previsiones.

Los partidos padecen su particular amenaza apocalíptica en forma de urnas o de inverosímiles mayorías parlamentarias. Todos dicen poseer el antídoto, es decir, la fórmula de la “dignidad democrática”, y pretenden defender el estado frente al latrocinio, los nacionalistas, Twitter y el Ibex.

Los ciudadanos asisten con perplejidad al espectáculo de constante sobreactuación; escuchan las proclamas y siguen a duras penas el relato de esta democracia que proporciona golpes de estado, supremacistas huidos a Bélgica, bonitas casas en las afueras, títulos falsificados y mucho dinero. Unos y otros tratan de convencer al votante español para que ocupe un puesto en la guerra contra el fin del bienestar. La política zombi es, en resumen, una simple cuestión de hambre.

* Columna publicada el 30 de mayo de 2018 en El Diario Montañés

sábado, mayo 26, 2018

Las palabras de Pierre Victor*



Lo más interesante de Mayo del 68 ha sido siempre su resaca; la posibilidad de evocar los años fértiles, el descaro juvenil envuelto en una derrota conveniente. Y es que nada decepciona tanto al personal como una revolución lograda, convertida en gestión miserable o en causa de exilios. La aventura francesa, por el contrario, fue capaz de deshincharse a tiempo, tras apenas un mes de barricadas adolescentes. La potencia de su relato, eso sí, convirtió a Charles De Gaulle -héroe de la Segunda Guerra Mundial- en una reliquia ajena al empuje de la juventud enfebrecida. En 1968, el general ganó las elecciones, pero perdió la historia.

A partir de entonces, la memoria se mantuvo en un estado de permanente alerta, como un pozo abierto del que extraer agua y fantasmas según sople el viento. El propio Daniel Cohn-Bendit, expulsado de Francia por su participación en la revuelta, asumía alegremente en ‘El gran bazar’ (Dopesa) el papel de “vedete” entusiasta en un mundo ordenado por los medios de comunicación.

La descripción de los días de fiesta expone para siempre a sus protagonistas en un escaparate que es, a la vez, celebración y crítica. Las preguntas se suceden: “¿qué queda del espíritu del 68?” “¿Por qué fracasó?” “¿Volverán los buenos tiempos?”. Los antiguos líderes se apresuran, hoy, a colocarse en el lado lúcido del cuento, compartiendo madurez sin renunciar al vínculo sentimental.

En 1985, Cohn-Bendit -reconvertido en militante de Los Verdes- entrevistó a los principales artífices del movimiento contestatario. A los cuarenta años, quería reencontrarse con sus camaradas, saber cómo les había caído encima la edad y de qué forma se acomodaban a la administración Reagan. El texto final, publicado en español con el título ‘La revolución y nosotros, que la quisimos tanto’ (Anagrama), recorre todas las posibilidades biográficas: desde la utopía recalcitrante de Abbie Hoffman o Jean-Pierre Duteuil hasta la metamorfosis ‘yuppie’ de Jerry Rubin o Rob Stolk, atravesando la tragedia personal de aquellos militantes que se hundieron en el abismo terrorista (estremecedoras la confesiones del arrepentido Hans-Joachim Klein, aislado en la clandestinidad, y de Valerio Morucci y Adriana Farranda, encarcelados en Italia por los crímenes de las Brigadas Rojas).

Durante su lectura, da la impresión de que Cohn-Bendit trata de forzar a sus interlocutores a la asunción de la práctica democrática en contra de sus fracasadas veleidades radicales. El drama de tantas vidas desperdiciadas por el ideal obligaba a repensar los fundamentos de la insurrección. Algunos lo hicieron, otros prefirieron el aislamiento, la insistencia o el suicidio.

‘Dani el Rojo’ revisita el campo de batalla en busca de supervivientes y herramientas aprovechables, pero su mirada continúa siendo política. Por ese motivo, quizás, su trayectoria nunca ha dejado de ser vista como una claudicación ante el avance sostenido del capital.

Muy diferente, sin embargo, es el itinerario de otro de los líderes de la época: Pierre Victor, ideólogo de ‘La Gauche Prolétarienne’, grupo maoísta que tuvo su momento de efervescencia en los primeros setenta. Discípulo de Louis Althusser, tras el fin de su periplo político se convirtió en el secretario personal de Jean-Paul Sartre, quien había sido un devoto compañero de viaje del maoísmo francés.

Justicia popular
Resulta interesante medir el cambio producido en la generación del 68 a través de la publicación de las entrevistas en las que Pierre Victor intercambia pareceres con relevantes intelectuales de la época. En 1972, mantiene un debate con Michel Foucault sobre la ‘Justicia Popular’. De la conversación, publicada en el volumen ‘Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones’ (Alianza Editorial), pueden extraerse sentencias contundentes y reveladoras. Victor, profesional de la ruptura, la acepta como fenómeno histórico que justifica periodos de violencia legítima. Con la Revolución Cultural china como perturbador telón de fondo, se atreve a afirmar: “las ejecuciones del enemigo del pueblo se suceden, y estamos de acuerdo en decir que son actos de justicia popular”. De esa premisa nace toda una reflexión sobre los límites de la ley y el papel de la vanguardia proletaria que vela por la correcta aplicación de las venganzas. Se trataría, dice, de evitar que el supuesto interés socialista oculte motivaciones meramente personales.

El elemento sacrificial se asume de entrada, así como la existencia de un ámbito moral que no se corresponde con “lo burgués”. La muerte del adversario, piensa, es perfectamente aceptable en un contexto de gran transformación, pero Victor apuesta por la racionalización de la violencia, por su dosificación a través del concurso de los jefes: “en resumen, estaría contra los tribunales populares si no pensara que, para hacer la revolución es necesario un partido y, para que la revolución continúe, un aparato de Estado revolucionario”.



Así, la violencia reactiva contra la ‘dominación capitalista’ deja de ser espontánea (si es que alguna vez lo fue) para transformarse en estrategia. “Es verosímil pensar que no se liquidará a todos los empresarios, especialmente en un país como Francia en el que hay muchas pequeñas y medianas empresas, sería demasiada gente”. El asesinato político pasa a convertirse en razón de Estado desde el momento en el que el partido toma el control.  
Matar, en fin, como una fórmula adecuada para la toma del poder. Pierre Victor teme el descontrol, no la injusticia: “Engels decía que la primera forma de revuelta del proletariado contra la gran industria es la criminalidad, es decir, los obreros que mataban a los patrones”. Foucault no se deja arrebatar por la intensa proclama de su interlocutor y pasa al ataque: “Tú dices: es bajo el control del proletariado cómo la plebe entrará en el combate revolucionario. Estoy completamente de acuerdo. Pero cuando dices: Es bajo el control de la ‘ideología del proletariado’, quisiera saber qué es lo que entiendes por ideología del proletariado”. La respuesta es categórica y desesperante: “El pensamiento de Mao Tsé-tung”.

De Mao a Moisés
Antes de continuar, conviene detenerse un instante en los orígenes de Victor, vincularlos a su militancia posterior. Como una primera muestra del trasiego, cabe señalar que su verdadero nombre era Benny Lévy. Nacido en 1945 en El Cairo, pertenecía a una familia judía que, como consecuencia de la ola antisemita tras la crisis del Canal de Suez, tuvo que abandonar Egipto e instalarse en Francia. Educado en la prestigiosa École Normale Supérieure de París, su impacto en la política gala se produjo después de los acontecimientos de Mayo, en ese breve periodo en el que el maoísmo sedujo a los intelectuales y llevó a Sartre demasiado lejos.

Este maoísmo europeo que hoy nos parece de juzgado de guardia murió antes que Mao. Victor, que aceptó el cambio de nombre como prevención, recuperó sus querencias judías a través del descubrimiento de la obra de Emmanuel Lévinas. Por su influencia, reivindicó el ámbito moral, anulado siempre por las razones de partido, y aceptó la posibilidad de un encuentro con el Otro -más allá de coyunturas o cálculos sectarios- en el que no primase el derramamiento de sangre.

Poco a poco, Victor volvió a ser Lévy, iniciando un camino que lo conduciría -como se ha dicho popularmente-, ‘de Mao a Moisés’. Esta aceptación de la derrota a mediados de la década de 1970 no fue baladí. Muchos no resistieron el desengaño. Los bandazos de unos coincidieron con la terquedad de otros, atrapados en la depresión de la propuesta hundida. Los hubo también personalmente vencidos, incapaces de sostenerse en un presente cada vez más entregado al consumo. El suicidio en 1978 de Michel Recanati, antiguo trotskista, mostró una de las caras más brutales de la resaca rebelde.

La relación que Lévy había comenzado a mantener con Sartre durante los años de la militancia maoísta continuó después por otros medios. El filósofo lo contrató como secretario y emprendió con él su última y contestada aventura intelectual.

El último Sartre
Con “el pensamiento que se forma entre dos” llegó el escándalo. En 1980, Sartre, ya muy enfermo, acepta la publicación en Le Nouvel Observateur de una serie de entrevistas con Lévy donde parece renunciar a los compromisos pasados. Sus más íntimos se sorprenden, Simone de Beauvoir protesta. En su libro ‘La ceremonia del adiós’ (Edhasa), la escritora evoca los últimos años de Sartre y se ensaña con Lévy: “no se trataba en absoluto de ese pensamiento plural (…) Victor no expresaba directamente ninguna de sus opiniones: se las endosaba a Sartre”. De Beauvoir destaca la “arrogante superioridad” con la que, desde su punto de vista, Victor trata al autor de ‘La náusea’ y sostiene que éste, por su estado decadente, es incapaz de defenderse de su interlocutor. La muerte de Sartre en abril de ese mismo año frena la evolución de la polémica. Las entrevistas se reunieron posteriormente en el volumen ‘La esperanza ahora’ (Arena Libros).

El naciente judaísmo de Benny Lévy marca, desde luego, los tiempos de la conversación e introduce una crítica a la política como único elemento posible de unificación social. “La existencia judía -dice- confirma un Uno distinto al Uno político”. Esta declaración va completándose con una crítica de Sartre al funcionamiento de los partidos y a través del descubrimiento de una “dimensión de obligación”. Esto es fundamental. El filósofo continúa: “el prójimo está siempre ahí y me condiciona, mi respuesta (…) es una respuesta de carácter moral”. En este sentido, Lévy apunta la “desconfianza judía con respecto a la muchedumbre revolucionaria”, lo que sugiere una enmienda a la totalidad de su pensamiento. Y no queda ahí la cosa. Lévy remata: “la historia que Hegel ha instalado en nuestro paisaje ha querido acabar con el judío, y es el judío quien permitirá salir de esta historia que ha querido imponernos Hegel”.

Las entrevistas avanzan, en todo caso, sobre un terreno resbaladizo, vacilante, que pretende ser aún el de la radicalidad o, al menos, desarrollarse dentro de los parámetros de la izquierda. Sartre llega a proponer un movimiento que incorpore la moral judía como antídoto contra la tentación de la masacre; un pensamiento que evite la completa fractura del tejido social.

Pero Sartre muere y Lévy continúa adelante en su particular revisión. Su judaísmo va asentándose sobre la superación del enfoque político, tan de actualidad durante y después de 1968. En una entrevista con Stuart L. Charme, el escritor lo anuncia categóricamente. Merece la pena reproducir su declaración de intenciones: “el estudio del judaísmo ha implicado una gran deconstrucción de la política para mí. Utilizo el judaísmo, precisamente, como una crítica de la política. (…) Es una crítica (…) de la idea de que la política es adecuada para responder en términos del destino del hombre. Es esta pretensión, esta arrogancia de la política en todas sus visiones, ya sean las formas más elevadas del idealismo alemán o las formas más ideológicas de hoy, lo que los textos judíos me ayudan a criticar”.

La trayectoria de Benny Lévy se mueve en estas coordenadas. En 1997, emprende la aliyá junto a su familia y se instala en Israel done funda un centro especializado en la obra de Lévinas. Estudioso del Talmud, poco a poco su vida se convierte en la de un judío ortodoxo que no ve separación entre el ritual y las normas éticas que le sirven de fundamento. Lévy sigue la estela de pensadores judíos como Rosenzweig o Buber en una interpretación sobre los límites de la política para comprender y articular lo humano. El infarto que lo mató en 2003 detuvo sus proyectos en un momento en el que los monstruos renacían en Occidente.

* Artículo publicado el 25 de mayo de 2018 en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés

viernes, mayo 18, 2018

Comunicados*



La banda terrorista ETA anunció en 2011 que no mataría más. Hoy, dice que se disuelve. Sorprende la manera en la que el ser humano pretende sostenerse siempre contra la extinción. ETA dejó de matar y mantuvo su voz durante siete años, como si las palabras le fueran posibles, como si su existencia hubiera sido, en algún momento, algo más que sangre y metralla.

Los asesinos creen que el eufemismo pesa más que los cadáveres; que la mano que escribió “si no paga, se convertirá en objetivo de ETA”, que apretó el gatillo o anudó la mordaza, puede escribir hoy “el camino hacia la consecución de la paz y la libertad en Euskal Herria” o “Euskal Herria está ahora ante una nueva oportunidad para cerrar definitivamente el ciclo de conflicto y construir su futuro entre todos”.

Las palabras paz, libertad, futuro y oportunidad se destiñen en la página que firma el malvado. No hablaremos, claro, de la distinción entre víctimas necesarias y colaterales o de su “reconocimiento” del daño causado. Esto es, sencillamente, pornografía. Claro que los terroristas buscaban el daño; ese fue su oficio, su propuesta única. La producción de dolor y miedo para debilitar las instituciones y eliminar a sus rivales políticos. No lo duden, el daño lo reconocieron desde el primer momento.

Pero la proliferación de comunicados arraiga entre los partidarios de conceder a ETA el papel de actor legítimo en un proceso de paz. Lo indignante es el hecho de que la banda pueda sentirse lo suficientemente respaldada para desplegar su cinismo sobre un país dispuesto a reconocerle el derecho a renombrar los crímenes.

Y no sólo en Euskadi. La falacia de quienes se adueñan de la lucha antiterrorista y sostienen que “a ETA la derrotamos entre todos” atraviesa la geografía española envuelta en declaraciones falsamente conciliadoras. No todos lucharon contra ETA. Hubo quienes la sostuvieron y quienes la comprendieron, desde la asamblea al púlpito, apartándose, quizás, de las pistolas pero jaleando el proyecto totalitario; quienes se abrazan con Otegi, “el hombre de paz”, expresan con impunidad su xenofobia y llaman “fascistas” a los verdaderos demócratas.

* Columna publicada el 16 de mayo de 2018 en El Diario Montañés

viernes, mayo 04, 2018

Imprecisos e incorrectos*



En los días peores, vuelven los versos de Valente: “Aquí pronuncio/ la palabra que nunca/ moverá una montaña”. ¿Cómo podría la voz animar aquello que debe permanecer quieto? Poco a poco, hemos ido perdiendo la facultad de advertir el reverso encantador del mundo. Todo se acaba ahora mucho antes y apenas somos capaces de conocer lo que tenemos, de amar los objetos y las calles, como amaban nuestros padres y abuelos las cosas que envejecen.

Con este espíritu, ellos aprendían a ser precisos con las palabras. Era un tiempo de lentitud y gusto, de injusticias, claro, pero también de placeres sostenidos en el paisaje; de pájaros y árboles perfectamente conocidos porque aún importaban su vuelo y su sombra.

Valente tenía razón. Aprendemos que las palabras no mueven montañas, pero continuamos sin ceder en la voluntad que nos incita a descubrir el sentido oculto de las cosas, los nombres exactos. Como siempre, pronunciamos el amor y la queja -hoy espoleados por la velocidad de nuestra época-, pero nos falta conocer verdaderamente y, por supuesto, transmitir ese conocimiento.

Al fin y al cabo, la montaña se mueve, pero no físicamente. La palabra desplaza lo nombrado y lo comparte con otros que no pueden verlo. Los nombres contienen información y confianza. Esto es importante: sólo desde la confianza se nos permite utilizar las palabras, dárselas al prójimo. En ese proceso la montaña se mueve desde la voz que la pronuncia a la mente de quien la recibe. Ambos se creen: es la misma montaña.

Pero, ¿y si la montaña no se mueve? Alguien podría nombrarla y encontrar resistencia. “¿Una montaña? ¿No será, acaso, un animal o un espejismo?” La desconfianza propone conflicto y ruido. Esto no es algo necesariamente malo. Se trata de hallar, una vez más, el territorio de todos, la razón que proporciona un escudo más resistente al mal. Las sociedades democráticas tienen, aquí, un valor del que carecen los regímenes autoritarios. En estos últimos, la montaña se nombra aunque ya no exista o no haya existido nunca. Las palabras se desplazan en el miedo y todos asumen el poder de la mentira.

La tiranía evita la guerra mientras que la democracia corre ese riesgo. En un ambiente ideal, el debate se desarrolla con modales exquisitos. “Por favor, usted primero”. “De ningún modo, insisto en que empiece usted”. Pero rara vez el ideal es la norma. Lo habitual es el uso desvergonzado de las palabras para avivar el fuego. Cualquier discusión sirve, además, para someter al enemigo. He pensado en ello estos días, durante el terremoto mediático que sucedió a la insensible e insuficiente sentencia de ‘La Manada’. La palabra “intimidación” plantea una disputa para adultos; una controversia sobre el significado de las palabras. Pero la escena desanima: unos y otros, los imprecisos y los incorrectos, apaleándose en las redes, posicionándose en estrategias partidistas y obviando la felicidad del estudio.

* Columna publicada el 3 de mayo de 2018 en El Diario Montañés

martes, mayo 01, 2018

La llamada del ocio*




No había visto aún ‘La gran belleza’, de Paolo Sorrentino, y aproveché una emisión de sábado noche en la segunda cadena de Televisión Española para quitarme la espinita. Sinceramente, no me esperaba la intensa filosofía pesimista bajo todo ese vendaval cromático. A la película, pienso, le sobra metraje y es irregular en una trama que, en ocasiones, parece vacilar y perderse por fútiles recovecos. Pero fascina, claro, la manera en que el escritor Jep Gambardella (interpretado por un espléndido Toni Servillo) despliega su escepticismo en la noche romana, su desdén hacia cualquier tipo de justificación y autobombo. El personaje protagonista consigue atraernos porque vive contradictoriamente en el placer. El hastío que arrastra le impide tomarse demasiado en serio, presumir de su éxito y enarbolarlo. Hay algo oscuro -el pasado, la culpa- que extrae la dulzura del instante. Todavía estoy dándole vueltas.

En una de las escenas, Gambardella sestea sobre una hamaca en su magnífica terraza sobre el Coliseo. La mano izquierda sostiene un vaso con lo que parece ser whisky o coñac. El gesto del autor expresa, a un tiempo, serenidad y cansancio; un soportable aburrimiento que, sin embargo, no pone en riesgo su plan de vida.

Esa muestra de ocio sin júbilo no elimina del todo la admiración del espectador. La cinta no pretende despojar de razones al creador hedonista; no es una obra confesional o crítica. Se trata de algo mucho más sutil, quizás de la imposibilidad de habitar impunemente la alegría en una creación marcada por el tiempo y la memoria. Es decir, por la conciencia.

Mi amigo C. y yo, también frente a dos vasos llenos, hablábamos días atrás sobre la distancia que existe entre las personalidades heroicas que han contribuido a hacer habitable el mundo y la presencia cotidiana en los medios de individuos económicamente ambiciosos y culturalmente disolventes. En la conversación surgió el nombre de Ángel Sanz Briz, que salvó la vida a unos cinco mil judíos húngaros durante el Holocausto, y de muchos otros a quienes la derrota del totalitarismo ha permitido reivindicar.

El compromiso y el riesgo sólo tienen sentido, parece, apostándolo todo a una ulterior victoria de la que no podemos estar seguros. Los mecanismos de la política y los equilibrios estratégicos y comerciales pueden convertir al ídolo en paria. Pienso en la figura de Oswaldo Payá, diluida tras la recuperación de relaciones entre Estados Unidos y Cuba, o en la muerte de Liu Xiaobo, disidente y Nobel de la Paz, en esta China contemporánea que, sin respetar ni un ápice los Derechos Humanos, hoy hasta organiza los Juegos Olímpicos. También en las víctimas del terror y de las dictaduras que los planes de paz del mundo convierten en incómodos recuerdos de un pasado culpable. El Paraíso del ocio y del progreso no puede alcanzarse, dicen, sin sacrificio. Pero el sacrificio frena el arraigo de la felicidad. Así funciona la memoria.   

* Columna publicada el 19 de abril de 2018 en El Diario Montañés  

domingo, abril 15, 2018

Desencuadernar*



Hay en la historia una apariencia de solidez que derrota por comparación a este presente parcelario. Quizá sea cosa del formato elegante o de la encuadernación de los relatos antiguos, que duermen cosidos a la voluntad de los grandes nombres. Aquellos episodios, pensamos, tan incontestablemente trágicos que cubrieron el mundo de sangre, poseían el empaque de las cosas definitivas y de los héroes imprescindibles. Da la impresión de que sus efectos fueron inevitables, que no había forma de eludir los campos de batalla, todos los mataderos, que nos han marcado como especie. La violencia parece hoy domesticada, acaso infantil, superados, dicen, los tiempos de la gran turbación. Los portavoces obvian o inflaman el crimen con idéntico entusiasmo. Un ingrediente destaca por algún motivo y hacia allí enfocamos la mirada y nuestra indiscreción. Pero olvidamos pronto.

La memoria tiene sentido siempre que el pasado se guarde en una habitación cerrada, sin que pueda penetrar en nuestro frágil territorio. La interrupción de la secuencia histórica estimula la vanidad del espectador moderno que sólo asume el acontecimiento en su versión superficial.

El reciente asesinato de la judía francesa Mireille Knoll desencuaderna la historia y la devuelve a su condición de obra inacabada. Todo ha sucedido, como subraya el título de la exposición madrileña sobre Auschwitz, “no hace mucho, no muy lejos”. Knoll fue apuñalada por dos ladrones que gritaron “Alá es grande” mientras incineraban el cadáver. La mujer, de 85 años, había escapado de la gran redada antijudía del Velódromo de Invierno en 1942. Su experiencia de superviviente desembocó en una vida sencilla en un piso social del distrito XI de París.

Los verdugos completaron el relato de una biografía marcada por el antisemitismo. La Yihad revive hoy el espíritu de los nazis, recuperando el crimen y el prejuicio. Mireille Knoll murió por el mismo motivo que Sarah Halimi el año pasado. El ministro del Interior, Gérard Collomb, fue claro al respecto: “creyeron que por ser judía tendría dinero”.

Los ataques se suceden en Francia en un ambiente hostil a izquierda y derecha al tiempo que arraiga la idea de que Europa vuelve a ser un lugar inseguro para los judíos. La macabra ironía de una mujer que sobrevive a los nacionalsocialistas sólo para encontrar la muerte en el continente del progreso y de la integración es un aviso para navegantes. A este respecto, intelectuales como Delphine Horvilleur han querido superar la formalidad de los pésames. La rabino del Movimiento Liberal Judío ha afirmado lo siguiente: “sueño con una Francia que sabe que asesinaron a su abuela y no sólo a la mía; una nación que se levanta ante el horror y no presenta sus condolencias a una comunidad”. Únicamente desde la idea de ciudadanía podrá superarse esta época de liderazgos autoritarios y querencias sectarias. Hoy, como ayer, las amenazas contra los judíos son el síntoma de un peligro mucho mayor para todos.

* Columna publicada el 5 de abril de 2018 en El Diario Montañés

Inesperado*



El que avisa no es tránsfuga: este artículo contiene detalles del argumento de la película ‘Tres anuncios en las afueras’. Si usted, estimado lector, no quiere arruinar su visionado, no siga leyendo. Hace unos días, nos quejábamos desde estas mismas páginas del limitado recorrido argumental de la reciente triunfadora en la gala de los Oscar: a nuestro juicio, la caricaturización de las identidades y su escasa capacidad para el relato condenaban a ‘La forma del agua’, de Guillermo del Toro, a padecer aquello tan autóctono del “mucho de Boo y poco de Guarnizo”.

Temíamos, claro, el arraigo de la tendencia callejera y superficial que pretende enterrar las relaciones personales. La actual insuficiencia del arte para darle vuelo a la realidad anunciaba malos tiempos para la fantasía. También era esa la apariencia de la valiente producción de Martin McDonagh: apenas un nuevo alegato anti-Trump sobre la ‘América profunda’.

Y es que deberíamos habernos dado cuenta mucho antes del equívoco. Una de sus primeras escenas presagia sutilmente el camino de la película hacia lo hondo. En un pueblo de Missouri, la protagonista, Mildred Hayes (interpretada por la gran Frances McDormand), entra en la oficina de Red Welby (Caleb Landry Jones) con la intención de alquilar tres vallas publicitarias para denunciar la pasividad policial tras la violación y asesinato de su hija adolescente. Welby está relajado, leyendo un libro de Flannery O'Connor. No puede ser casual. La autora estadounidense, una de las más características representantes de la literatura sureña durante el siglo pasado, no renunciaba a plasmar los aspectos más perturbadores de su época. Un lector escandalizado reprochó a O'Connor su querencia por la brutalidad. Ella le respondió: “el escritor católico tiene que mostrar la intervención de la Gracia en un territorio que es propio del diablo”.

La Gracia, dicen, es la acción divina sobre la naturaleza para superar los estrechos límites del mal y de la muerte. Su irrupción a través de un elemento catalizador es el corazón, por ejemplo, del cristianismo: individuos que, tras un episodio de ruptura -en este caso, la Pasión de Cristo-, cambian su destino, interrumpiendo el normal desarrollo de su carácter.

En la película, el catalizador es Bill Willoughby (Woody Harrelson), cuya decisión -no entraremos en detalles- transforma su entorno a través de la palabra. Todo lo aprendido hasta entonces desaparece en el fino desvelamiento de la verdadera misión.

A partir de ese momento, el símbolo se adueña de la pantalla: el otrora miserable Jason Dixon (Sam Rockwell), escapando de las llamas del infierno; la placa de policía devuelta ante la cobardía del poder políticamente correcto; el zumo de naranja ofrecido desde el perdón y el encuentro final de dos personalidades irreconciliables en busca de la justicia que se les ha negado. La enseñanza, en definitiva, de la vida como cambio y recorrido, como sorpresa y valor. Y, cuidado, también como violencia inevitablemente asumida. Aquí falta Dios.

* Columna publicada el 23 de marzo de 2018 en El Diario Montañés

Contar una historia*



Guillermo del Toro remata ‘La forma del agua’ con un abrazo que es también un baile. No desvelo nada; toda la película es, en realidad, un largo y húmedo abrazo, el encuentro de dos cuerpos contra el mundo. Y también es un baile que prefiere suspender la crueldad del tiempo, como lo pretenden la oración y el poema. Pero la vida no es sólo piel y deseo, aunque soñemos a menudo con mantener los momentos queridos, la felicidad del instante que no debería perderse.
El cineasta alumbra personajes admirablemente enraizados en la pantalla. Es tal su potencia de arranque, que resulta inútil pedirles, además, el recorrido de un relato complejo. Sus especificidades raciales, sexuales o discursivas se presentan en estado de gran pureza privándolos así de la posibilidad de atravesar el muro de la constante autoafirmación. Es muy difícil que sus caracteres se vean profundamente afectados por el devenir de los acontecimientos y que incorporen matices y claroscuros. Su existencia es su declaración.
Ajenos al gusto de una sociedad rendida al consumo y al éxito, los protagonistas se desenvuelven en territorios de excepción: horarios nocturnos, trabajo enclaustrado, poca responsabilidad. Casi por accidente, van sumergiéndose en una trama oscura y misteriosa, con la Guerra Fría como deprimente telón de fondo. Su actitud proporciona el elemento moral que prácticamente brilla por su ausencia en un territorio dominado por burócratas ambiciosos y por la cruel indiferencia del poder.
Dice José Jiménez Lozano, citando a Walter Benjamin, que, quizás, “ya no hay nada memorable que contar”. Acaso derrotado por las series de televisión, el cine parece conformarse hoy con la mera reproducción de las identidades, con la fidelidad a la caricatura, sin esforzarse en el crecimiento de los individuos o en la posibilidad de un cambio.
Sorprende, eso sí, el derrumbe de la cinta una vez que el espectador queda definitivamente epatado. El relato decae en una vulgaridad mil veces vista. Cuando quieren ponerse en marcha, los personajes se encogen ante las cámaras, poco convencidos de su conversión en hombres y mujeres de combate. No hay una historia digna de tal nombre y, por lo tanto, no se produce una reflexión más allá de la constante defensa de la virtud amenazada.
Que los protagonistas no hablen aporta además otro elemento trágico: la reivindicación de los códigos privados frente a las exigencias de un discurso sacrificial. Esto los ensalza y, al mismo tiempo, los condena al silencio y a la huida; a la compartimentación que no puede traducirse ni homologarse por una sociedad incapaz de digerirlos.
Los mandamases de Hollywood aplauden. Pero, ¿no estarán resignándose así a la extinción de todo relato, a la imposibilidad de la aventura? Del Toro podría haber optado por una fábula íntima y, sin embargo, quiere contar también una historia de acción. Sus creaciones se le resisten y prefieren el baile. No sé si deberíamos deducir algo de todo esto.

* Columna publicada el 15 de marzo de 2018 en El Diario Montañés.