viernes, enero 25, 2019

Ciudadanos, la sopa y el tenedor*



El expolítico israelí Shlomo Ben Ami -quien fuera embajador de su país en España y ministro de Asuntos Exteriores- suele describir las negociaciones con Arafat como “tomar sopa con un tenedor”. Para el diplomático, cada cumbre internacional era un suplicio de buenas intenciones siempre con la decepción como desenlace. Cuando parecía que el líder palestino abría espacio para un acuerdo posible, cuenta Ben Ami (desde la perspectiva, claro, del Estado judío), de pronto reculaba hacia sus posiciones originales, incapaz de comprometerse con una paz valiente y prefiriendo lo malo conocido: el caudillaje.

Quizás, sea precisamente la habilidad para prometer y no dar la que garantiza legislaturas largas. La política parece desvelarse como el arte de obviar la gestión mientras se apuntala el cargo y la presencia del representante público (una presencia interminable, despojada de atributos benéficos y con la dosis justa de espectáculo) resulta ser la herramienta fundamental. Los comportamientos gregarios, ligados a la proyección audiovisual, que alguna vez fueron suficientes para ir avanzando por la senda del enchufe, chocan hoy, no obstante, con la tendencia moralista de lo que llaman “las redes sociales”. No basta, en definitiva, con un argumentario de ocasión para sobrevivir en esta Europa prerrevolucionaria.

En lugar de atender las demandas eclécticas de una población cada vez menos homogénea en ideología y gustos, la excepcionalidad que los partidos han cultivado descansa irónicamente sobre programas férreos, actitudes maniqueas frente a las que no caben medias tintas. Es por ese motivo por lo que las fuerzas políticas que deberían encargarse de la defensa de las instituciones democráticas y del estado de derecho parecen arrugarse y vacilar cuando los extremistas irrumpen en el baile. Macron, en su larga confrontación con los ‘Chalecos Amarillos’, y Albert Rivera, desde su colaboración con Vox, reproducen las tentaciones clásicas del mando occidental. Puede que sea un simple problema de identidad; el centro no conoce a sus votantes y tampoco sabe cómo resistir los huracanes de la cotidianidad parlamentaria.

La gestión de los resultados electorales en Andalucía, por ejemplo, revela falta de cálculo. Ciudadanos duda ahora de su condición de partido necesario para mantener vivo el espejismo constitucionalista. Aunque su posición oficial es la del pacto “a dos” con el Partido Popular, lo cierto es que el cambio de gobierno en la Junta exige la participación activa de Vox, un nacionalismo español, perfectamente adecuado, como cabía esperar, a lo que sus enemigos ridiculizan: toros, caza, Semana Santa y pulseritas.

Ciudadanos (el PP lleva tiempo lanzado hacia la desmesura) le ha dado a Pedro Sánchez la oportunidad de desplegar su inigualable cinismo. El presidente, que pacta con los supremacistas periféricos y con la izquierda radical para completar su minoría, advierte de los peligrosos extremos. Por su parte, Susana Díaz, acaso la principal adversaria del ‘sanchismo’ en el PSOE, sufre otra derrota. Nada ha quedado de sopa en el tenedor naranja. Ni de socialdemocracia en España.

* Columna publicada el 23 de Enero de 2019 en El Diario Montañés

jueves, enero 10, 2019

El cálculo de Meinhof*



Tres imágenes para resumir la trágica historia del movimiento contestatario en la Alemania Federal. La primera, de 1969: cuatro jóvenes, Andreas Baader, Gudrun Ensslin, Thorwald Proll y Horst Söhnlein, son juzgados por el incendio de dos centros comerciales en Fráncfort. Los acusados entran sonrientes en la sala, saludan al público -entre los partidarios, un jovencísimo Cohn-Bendit- y encienden unos puros burlándose de la “justicia burguesa”. La segunda, un primer plano de la popular editora y periodista Ulrike Meinhof, apenas un año después, mientras participa en la fuga de Baader. En un instante, muy de película, la escritora debe elegir entre la clandestinidad y la pantomima. De un salto, se entrega al terror. La tercera y última imagen, de 1977, es una panorámica de las celdas vacías de la prisión de Stuttgart-Stammheim donde Baader, Ensslin y Meinhof, entre otros, han perdido la vida.

En definitiva, menos de un decenio de extrema violencia en el que muchos jóvenes pasan de la protesta al terrorismo y, finalmente, a la autodestrucción. En el documental ‘Una juventud alemana’, dirigido en 2015 por Jean-Gabriel Périot, se retrata a esta generación prematuramente rota y trágicamente equivocada, partiendo de sus muchas posibilidades materiales, a las que renuncia para consagrarse a la revolución.

Es interesante, sin embargo, sumergirse en la época, asumiendo las dificultades de transmisión del respeto institucional en sociedades con un intenso pasado político y un presente de calma chicha. Los militantes de la llamada Oposición Extraparlamentaria despreciaban a sus padres por ser la “generación de Auschwitz” y negaban el carácter democrático de un país que, para librarse del tirano, necesitó la invasión extranjera. La ‘gran coalición’ de socialdemócratas y democristianos lleva al poder en 1966 al exnazi  Kurt Georg Kiesinger, lo que acelera la descomposición del tejido social. El resto, lo conocemos bien: la protesta contra la visita del Shah de Irán a Berlín oeste termina con un manifestante abatido por la policía. En 1968, el líder estudiantil Rudi Dutschke, sobrevive de milagro a los disparos de un ultraderechista. Entre los universitarios se extiende un mensaje de resistencia contra el “régimen policial”. En este caldo se cocina la decisión de varios militantes radicales de izquierda de emprender la vía armada para provocar un levantamiento proletario que derroque el capitalismo en Alemania. Baader, Meinhof y Ensslin fundan en 1970 la Fracción del Ejército Rojo (RAF), mediáticamente conocida como banda ‘Baader-Meinhof’. El bloque comunista, por su parte, aplaude con las orejas y paga alguna que otra ronda de dinamita.

Después, ya sólo la sangre. Los textos de Ulrike Meinhof inciden en la imposibilidad de mantenerse neutral en un escenario de violencia política y ponen sus esperanzas en que la excepcionalidad empuje a los trabajadores alemanes a una confrontación definitiva con el sistema. Resulta casi un tópico destacar ese cálculo erróneo tan común en los extremistas de todos los bandos. El saldo: más de cuarenta asesinatos. Y el olvido.

* Columna publicada el 9 de Enero de 2019 en El Diario Montañés

jueves, enero 03, 2019

La noche y Thomas Merton*




El poeta y místico estadounidense, autor de ‘La montaña de los siete círculos’, murió en Bangkok hace cincuenta años en extrañas circunstancias

Sobre el monstruoso, y felizmente superado, siglo XX parecía no caer nunca la noche. La sucesión de acontecimientos revolucionarios, descubrimientos científicos y crímenes sin parangón no dejaba espacio a la intimidad del hombre solo, a su reflexión individual contra la masa. Es, precisamente, en ese campo abandonado por la mayoría donde Thomas Merton creyó intuir la verdad bajo el bullicio ideológico.

Merton, más tarde escritor, monje y activista social, fue, antes que nada, un desarraigado. Nacido en Prades, Francia, hijo de un pintor inglés, originario de Nueva Zelanda, y de una estadounidense, experimenta desde el principio el peso de la orfandad. La temprana muerte de sus padres y los viajes por todo el mundo ahondan en un sentimiento de permanente desconexión. Hay que tener en cuenta, claro, que el relato biográfico más completo lo compuso Merton para su libro ‘La montaña de los siete círculos’, en realidad una elegante profesión de fe redactada bajo la vigilancia de sus superiores en la Orden Cisterciense. El tono del texto es el de un río que busca su desembocadura natural; la culminación de un viaje iniciático en la aceptación del dogma católico.

Pero, antes de la fe hay muchas otras cosas. Sobre todo, el compromiso académico de Merton. El fallecimiento de su madre siendo él muy niño y el de su padre, en plena adolescencia, lo arrojan a un mundo al que se adapta a golpe de esfuerzo y lecturas, siempre contemplando el entorno como quien detecta un velo que merece la pena rasgar. Las universidades de Cambridge y Columbia le proporcionan saber y amistades. Y un escenario adecuado para encarar las tribulaciones de su alma.

Una vez que el lector anticipa el final de ‘La montaña de los siete círculos’ -título con regusto a Dante y rotundo éxito de ventas en su primera edición (1948)- reconoce rápidamente los trucos literarios de Merton; todas sus vivencias, desde la más trivial, como la extracción de una muela, hasta una operación de apendicitis, cobran significado religioso; la presencia emboscada de ese Dios que asoma desde la cotidianidad para atraer a quien se le resiste. No obstante, la nocturnidad que el autor refleja en su texto, el estilo directo, seguro en su tesis, y no del todo impostado, atrapan desde el primer momento a quienes gustan de las autobiografías.

Seguramente, el camino no fue nunca tan claro. La brevísima militancia de Merton en el Partido Comunista debió de ser algo más que la consecuencia de su errática búsqueda de una identidad. “Lo que me hizo parecer el comunismo tan plausible fue mi carencia de lógica, que no sabía distinguir entre la realidad de los ‘males’ que el comunismo intentaba vencer y la validez de su diagnosis y el remedio elegido”, explica Merton, ya ordenado monje trapense.

Existe una tensión evidente entre el Merton intelectual, profundo lector, y aquel otro rebelde e inconformista. En el libro hay pasajes que reflejan su ingenuidad, como en aquel episodio en que vende sus ejemplares de T.S. Eliot “en reacción contra lo refinado”. La brega parece concluir en 1936, con el comienzo del Merton filo-católico, en el umbral de la conversión.

Merton proclama la posibilidad de la salvación espiritual también para aquellos que, a priori, parecen más alejados de los designios divinos: la juventud cultivada de las grandes capitales. Su acercamiento al hecho religioso quiere exhibir, a la vez, una sincera lucha interna y una aproximación fundamentalmente estética e intelectual a la Iglesia. En esos días, lee ‘El espíritu de la filosofía medieval’, de Étienne Gilson, experiencia definitiva a la hora de definir su comprensión metafísica del ser humano, más allá de cualquier limitación natural.   


Deseo de Santidad   
No está solo Thomas Merton en esta aventura. Otros compañeros, como el también poeta Robert Lax -“una combinación de Hamlet y Elías”- participan junto a él en la exploración de las posibilidades espirituales en plena era tecnológica. En 1938, después de dos años de tira y afloja, Thomas Merton se bautiza en la Iglesia Católica.

El poeta reconoció más tarde la afectación de su relato; esa forma remilgada de envolverse en un cristianismo meramente ritualista, la gravedad desde la que lidia con su destino como católico. Una charla con el judío Lax, quien le siguió más tarde en su conversión, refleja el deseo de santidad de Merton. Un católico debe querer ser santo y, para serlo, simplemente hay que quererlo. La búsqueda del camino, parece decirle Lax, crea el camino.

Este primer Merton, inmediatamente posterior a su bautismo, asume todo el bagaje con el que, en teoría, debía contar un católico de pedigrí en los años treinta del siglo pasado: un anticomunismo visceral, el apoyo a la ‘cruzada’ franquista desde Nueva York, la comunión diaria… Pronto, comienza a buscar un añadido a su nueva fe; un compromiso aún más radical. La idea del monacato se hace irresistible e ingresa en 1941 en la abadía trapense de Nuestra Señora de Getsemaní, en Kentucky. Dos años después, su hermano John Paul muere combatiendo en la Segunda Guerra Mundial. Merton se queda sin familia. En 1949 es ordenado sacerdote. 

De esta forma, concluye su espectacular irrupción en el catolicismo, que se produce desde la avidez desplegada en las horas libres de la noche, cuando parece mucho más profunda la duda sobre las propias fuerzas y la fertilidad de lo aprendido. Merton relata conversaciones, acercamientos vacilantes a cualquier luz que le prometa coherencia en el trayecto. Sin embargo, lo que en un principio parecía liberación se vuelve jaula poco a poco. 

La tristeza ataca sin piedad al joven novicio en Getsemaní. El lugar no puede tener un nombre más adecuado para definir la crítica supervivencia de Merton en el monasterio. Acomplejado por sus querencias urbanitas, disconforme con un abad autoritario y alejado de sus compañeros de hábito, muy diferentes a él en orígenes y gustos, no termina de enraizarse en una orden que prosperó, en parte, gracias al impacto de su obra. Tampoco su creciente compromiso social y político, en la línea de las revueltas de los años sesenta, apuntala su popularidad entre los sectores más conservadores de la Iglesia.

La amistad con el sacerdote y escritor nicaragüense Ernesto Cardenal, de quien fue instructor en el monasterio de Kentucky, le anima a considerar otras vías: crear una fundación en América Latina u ordenarse cartujo fueron caminos posibles pero prohibidos; el poeta acabó habitando una ermita en el terreno del monasterio, apartado de la comunidad, pero siendo incapaz de abandonarla.

Carne y versiones
Por si esto fuera poco, en 1966, tras someterse a una operación quirúrgica, conoce a Meg, una enfermera que lo devuelve a la senda del amor carnal. Los titubeos son ya insoportables. Pese a la súbita ruptura con esta mujer, Merton sabe que su compromiso trapense naufraga y que debe encontrar rápidamente algo a lo que aferrarse. El nombramiento de un nuevo abad, más proclive a comprender la personalidad del poeta, facilita el permiso para que Merton viaje a Asia a impartir unas conferencias.

Después de un periplo provechoso en el que entra en contacto directo con el budismo (conoce a su admirado Dalai Lama), muere el 10 de diciembre de 1968 en Bangkok. Lo encuentran tendido en el suelo de su habitación, con una quemadura en el lado derecho del cuerpo. Todo apunta a que falleció electrocutado por un ventilador roto. Otros hablan de un infarto. Hay, incluso, teorías que denuncian un ataque de la CIA para deshacerse de otro líder progresista después de los asesinatos de Robert Kennedy y Martin Luther King.

Merton fue, sobre todo, la encarnación de un vacío, lleno de inteligencia, permeable a la sofisticación de la espiritualidad en la época menos espiritual de la historia. Su obra refleja el anhelo de la revelación; de un porqué a tanta y tan temprana soledad. Thomas Merton quiere fundirse en un absoluto de luz y sentido. En sus ‘Diálogos con el silencio’ lo expresa angustiosamente: “Son esa brecha y esa distancia, Dios mío, las que me matan”.  

* Artículo publicado el 28 de diciembre de 2018 en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés

viernes, diciembre 28, 2018

El honor de Príamo*



Salvo el miedo, nada parece haberse conservado de la otrora brava civilización occidental. El miedo es un rasgo evolutivo que impide, entre otras cosas, la atracción del ‘balconing’ o las negligencias incorregibles. Los temores, sin embargo, parecen multiplicarse en la era digital, acaso provocados por la presencia cotidiana, constante, incansable, de los otros.

Que ya nadie hable de la libertad en los discursos públicos, ni se reivindique la autonomía individual en la relación con los poderes, anuncia una nueva era de colectivismo a la que ya sólo queda elegirle color. Las palabras pesan cada vez más, el matiz se deshace antes de ser dicho para no chocar con el muro de las militancias. ¿Miedo? Claro, mucho.

El asesinato de Laura Luelmo, por ejemplo, ha despertado, junto a la justa ira de las personas de bien, una querencia por el espectáculo más necrófilo: a Luelmo un miserable le arrebató la vida, pero otros se apropian hoy de esta trágica historia con fines propagandísticos. La pérdida de la identidad, la expropiación de los nombres propios, privados, convertidos en munición, es un preludio de la voladura total de la convivencia.

Ante eso, poco puede hacer ya nadie para salvaguardar la escasa legitimidad de las instituciones. Pervertidos por la corrupción y la mediocridad de los partidos políticos, los fundamentos democráticos languidecen; los esfuerzos por reivindicar la presunción de inocencia, la libertad de expresión y la posibilidad de disentir de los mantras dominantes son en vano ante los abanderados de la “transformación social”.

La proliferación de portavoces políticos autoproclamados -los nuevos catequistas de las redes-, guardianes del mensaje supuestamente más puro, siembra el terreno público de eslóganes y campañas que dirigen el foco en un sentido o en otro. Hay cosas que pueden decirse; elementos identitarios o sexuales que vale la pena destacar. En definitiva, fobias bien vistas en este nuevo siglo que prometía terminar con todas ellas. Ojalá pronto la familia de Laura Luelmo pueda recoger su nombre como Príamo recogió el cadáver de Héctor, arrastrado públicamente por su verdugo, Aquiles, exhibido como un trofeo o una advertencia. Y puedan ellos, por fin, llorarla.

* Columna publicada el 26 de Diciembre de 2018 en El Diario Montañés

jueves, diciembre 20, 2018

Tapiocas*



Algo ha debido de pasar en el planeta que nos hemos quedado sin dictadores. Poca broma. Quizás sea cosa del cambio climático, que habría borrado a los tiranos como hace con todas las especies vulnerables. ¡Cuántas veces nos habrán avisado los científicos del apocalipsis que vendrá por la extinción de las abejas! Con ellas aún hay esperanza, pero lo de los dictadores tiene peor pinta.

Como no soy un experto, sólo puedo quejarme de este paisaje yermo. Sin un Fidel o un Pinochet domando a las fieras, como que falta algo, ¿no les parece? La rectitud del mostacho, esas gafas oscuras, el sable del coronel. Y no me negarán la emoción de un buen desfile y del paso de la oca con el que los uniformados nos decían “mirad cómo aplastamos el ‘habeas corpus’”. Era muy emocionante.

Lo he dicho en alguna otra parte: qué lástima no haber podido vivir los tiempos de los dictadores. Teníamos uno en España, pero se nos marchitó de viejecito. Nuestros padres y abuelos lo vieron menguar hasta casi desaparecer en el balcón del Palacio de Oriente. Hoy no hay dictadores; no los busquen. ¡Jesús, María y José, si los hubiera o hubiese! ¿Se imaginan a los políticos de ahora en la trinchera, defendiendo la libertad de todos? Yo tampoco.

El inolvidable Franco lo expresó, al menos, una vez: no hay mal que por bien no venga. Pasaron los días de zozobra. Ahora todo es gestión y negocios. Insisto, lo más cercano a un dictador, ya lo saben, descansa, exactamente, a cincuenta y ocho kilómetros de Madrid; en el Valle de los Caídos, esa fortaleza desde donde, según dicen, el pequeño cruzado aún inspira al personal.

Nada queda del estilo Tapioca de San Theodoros. El planeta, finalmente, se ha civilizado y no es un crimen confortarse con la amabilidad de los nuevos jerarcas: esa venerable presencia de Alí Jamenei, la sonrisa de Mohamed bin Salmán o el empaque de Xi Jinping, que bien merece la llave de la capital que le ofrece doña Manuela. Oiga, pero, ¿y la represión? Calle, no se me ponga ‘vintage’.

* Columna publicada el 12 de Diciembre de 2018 en El Diario Montañés

jueves, noviembre 29, 2018

Tomados de uno en uno*



Para contemplarlo, hay que recorrer antes todo el enorme recinto del Museo del Vino, en Briones. Comparte espacio con otras obras de postín y no destaca entre el resto de homenajes al fruto de la vid y del trabajo del hombre. Adrián, el guía, nos ha explicado el sentido de la institución; un tributo, desde La Rioja, a la cultura vinícola del mundo. Yo, que iba más o menos a la aventura, quedé gratamente sorprendido del sólido orden de lo expuesto para la comprensión del neófito.

Pero estaba hablando del final del recorrido, cuando la información sobre el funcionamiento mecánico de la bodega deja paso al estudio del impacto del vino en la civilización. Esculturas dedicadas al dios Baco y elementos funerarios egipcios preceden a la colección de arte contemporáneo, en la que, junto a pinturas de Juan Gris, Chagall o Tàpies, descubrimos la obra ‘Entre dos luces’, un óleo de Sorolla fechado en 1898.

Frente a sus cuadros más emblemáticos, que reflejan de manera incomparable la luz mediterránea, este óleo solitario corresponde, según nos relata el guía, a su etapa costumbrista, donde Sorolla se centra en la reproducción exclusiva de tipos humanos. La visión de la escena no deja lugar a dudas; lo que brota del lienzo es, en verdad, casi un arquetipo: un hombre sonriente y desdentado sostiene con firmeza un porrón de diseño levantino -con el pitorro, a diferencia de la rectitud conocida en otras partes del país, levemente curvado-.

Pensando en el hombrecillo del porrón, y en la muestra que prepara el Thyssen para el mes de febrero de 2019 sobre Balthus, recuperé, de pronto, mi intermitente querencia por el arte figurativo; esa atracción por el misterio de la representación del individuo en los cuadros mejores. Balthus, al igual que otros artistas, como Lucian Freud, plasmó la perturbadora individualidad del siglo XX y la extrañeza ante el contradictorio desafío de la carne. En el documental ‘Painted Life’, producido por la BBC, Esther, una de las muchas hijas de Freud, que sirvió como modelo ocasional de su padre, definía de esta forma el trabajo del creador: “no pintaba una imagen de mí, sino lo que yo era en realidad”.

Quizás, el arte cumple su función al permitirnos imaginar lo que esconde. La posibilidad, en definitiva, de la invención, del camino propio más allá de la propaganda o el significado puramente comercial. Un hombre, desde luego, conserva algo de todos los hombres, pero el artista tiene la obligación de rescatarlo del rebaño.

Escribió el poeta Goytisolo: “Un hombre sólo, una mujer/ así, tomados de uno en uno,/ son como polvo, no son nada”. ¡Quién pudiera decirle hoy a José Agustín que no, que lo son todo; que no hay nada más sagrado que una persona única! Podríamos decírselo también a Yolanda Domínguez, directora de la campaña ‘Hola, soy tu machismo’, que renuncia a la individualidad por la revolución.

* Columna publicada el 29 de Noviembre de 2018 en El Diario Montañés

viernes, noviembre 23, 2018

Utopía en Alsasua*



Resulta sorprendente, y a la vez perturbador, comprobar cómo las experiencias políticas fallidas y el escandaloso número de muertos no han privado a la utopía de su funcionalidad y prestigio en este aún púber siglo XXI. Muchos opinan, a este respecto, que la querencia utópica siempre ha formado parte de la naturaleza del ser humano, incapaz de conformarse con los límites y decepciones de la vida. El individuo, simplemente, no puede dejar de proyectar una respuesta más limpia y justa a la mediocridad del mundo.

Quizás, precisamente por ese ir en contra del caos que parece traer consigo la obsesión por el crecimiento económico descocado -sueldos precarios, inseguridad familiar, falta de asideros espirituales-, la sociedad mantiene bien sujetas las ideas antiguas, es decir, el romanticismo de la placidez rural, aquella estampa de vecinos que se conocen y se tratan en pequeños ámbitos no contaminados.

La contaminación es importante para comprender la utopía. Las fantasías de la política-ficción pasan, en general, por el rescate del municipio (cuanto más pequeño, mejor) como espacio que compartir frente a la maquinaria del estado y las grandes fábricas. El gusto, en definitiva, por las costumbres de perfil bajo al más puro estilo Hobbiton.

Para alcanzar el territorio de la utopía es necesaria, por supuesto, una ruptura. Todas las grandes propuestas de organización social requieren, al parecer, violencia y piedras que vuelen, beligerantes, en una misma dirección. Al otro lado, sin embargo, suelen estar quienes, hasta fechas recientes, han sido conciudadanos, previa y convenientemente deshumanizados. La reacción -o la revolución que, en este caso, viene a ser lo mismo- no escatima en armas ni en cadalsos.

El programa máximo se resume, por tanto, en la primera persona del plural; en un “nosotros” depurado de elementos provocadores. En la historia tenemos ejemplos a puñados. No citaré ninguno por aquello de no banalizar. La reacción revolucionaria (o la revolución reaccionaria) dirige su rabia contra la ciudadanía, concepto incompatible con la parálisis ideológica. Esa parálisis incuba orgullosos monstruos, como tuvieron ocasión de comprobar los organizadores del acto de España Ciudadana en Alsasua. Los Savater y compañía fueron recibidos con insultos, piedras y campanas parroquiales, en un talante medieval muy de leyenda negra (en esta coyuntura, antiespañola). Las imágenes despertaron, una vez más, la envidia de los militantes de la izquierda transformadora en el resto del país, que ven en Alsasua la pequeña e ideal localidad utópica, libre de contaminación “estatal”, donde se cumplen sus sueños más inconfesables de limpieza y mando.

Desde luego, estas preferencias patológicas se parecen mucho a las de cualquier genocida con pedigrí. Pero eso ellos ya lo saben y no les importa en absoluto. ¿Sobrevivirá la ciudadanía a los envites de estos viejos totalitarismos que pretenden ignorarse gracias a la proliferación de la incultura? La cosa está difícil porque el ciudadano es siempre un extraño y, en realidad, el poder político prefiere a los lugareños.

* Columna publicada el 14 de Noviembre de 2018 en El Diario Montañés

jueves, noviembre 08, 2018

Iluminados y fanáticos*



Uno echa de menos, a veces, la misa. Dicen que es lo más normal del mundo porque la vida adulta se justifica hoy en un alejarse de las rutinas del pasado. La eucaristía no se sostiene, para la fe del carbonero, sobre páginas de teología o encíclicas romanas, sino en el drama que se representa insistentemente contra el tiempo. Los cristianos acuden a las parroquias para dar cuenta de los años vividos y entregar su parte del botín de la salud conquistada. Como cualquier vehículo que avanza sin obstáculos con el piloto automático puesto, así el cristiano reserva la mañana del domingo para el Señor.

Los pensadores modernos han destacado siempre la supuesta hipocresía del feligrés. La prueba del fraude, según esta crítica, radicaría en el comportamiento gregario del personal, en las prisas por irse a tomar el vermú. Había razones para la sospecha: las oraciones dichas rápido y mal, la paz que se da sin ganas, ese padrenuestro de carrerilla o la homilía somnífera, repleta de tópicos y guiños incomprensibles al enrevesado dogma. Yo, sin embargo, pienso que la palabra era entonces -quizás lo siga siendo- lo de menos. La atención al mensaje no era imprescindible, por ejemplo, en la misa de doce (¿o era de las doce y cuarto?) en la Compañía. Lo importante era estar; interrumpir las apetencias del cuerpo el día de descanso, entregar media hora a las Alturas y al recogimiento. Luego, eso sí, el sándwich de jamón y queso en La Madrileña, que quedaba enfrente.

La derrota de la Iglesia en las ciudades occidentales coincide con el regreso voraz de las palabras. El papado había sido, durante siglos, enemigo declarado de la palabra como fundamento de falsos profetas. La Sola scriptura protestante había roído el compromiso católico contra la verborrea y la memorización integristas. En Estados Unidos, país fundado por disidentes religiosos, la proliferación de iluminados y fanáticos fue, desde siempre, motivo de cachondeo general, pero aquí, en Europa, las cosas tienen mucho menos brillo.

La renuncia del viejo continente a sus raíces judías y cristianas -y, por lo tanto, a la sacralización del tiempo- crea las condiciones para que las palabras contraataquen. Las redes sociales, esos templos virtuales sin cimientos pero con gárgolas, proyectan las manifestaciones más descaradas de la fanfarria. Y, entre col y col, totalitarismo: control del lenguaje, relatos supremacistas, voladura de la presunción de inocencia, yihad y naciones sin estado; en resumen, un nuevo adanismo perturbador. Yo, lo confieso, cuando tiendo la ropa o plancho, me pongo YouTube de fondo con alguna conferencia de Zakir Naik, de Pedro Varela, o de Cao de Benós -o alguno de los ‘Fort Apache’ pendientes-, y se me caen los calcetines del asombro por encontrarme ante tantísimos discursos sin moral. Pero, rápidamente, me repongo y vuelvo a echar de menos aquellos mediodías de domingo en la Compañía, con homilías perfectas para no prestar atención.

* Columna publicada el 31 de Octubre de 2018 en El Diario Montañés

sábado, octubre 20, 2018

Jacques Brel: cuarenta años de ternura*



El cantante belga murió el 9 de octubre de 1978 tras publicar ‘Les Marquises’, su legado artístico y moral



“Me largo, eso es todo”. En 1966, Jacques Brel anunció su retirada de los escenarios. No dio ninguna explicación. Un año más tarde, el 16 de mayo de 1967, tras cumplir sus compromisos profesionales, cerró la gira de despedida con un concierto en el Casino de Roubaix, en el norte de Francia, cerca de la frontera belga. Fue la última vez. Muchos han querido descifrar desde entonces el misterioso mutis del cantante; algunos -es el caso de su amigo Georges Brassens-, destacando el agotamiento de Brel como preludio de la enfermedad que acabaría derrotándolo. Otros, más perspicaces, interpretan su decisión como un acto de ruptura. Es muy posible que la seguridad de haber alcanzado el pleno dominio de sus facultades artísticas lo convenciera para no acomodarse en una fama plácida.

Ya había dado muestras Brel de su talento para rebelarse contra cualquier espejismo de respetabilidad. Así, en 1953, después de tres años de matrimonio con Thérese Michelsen, ‘Miche’, siendo padre de dos hijas (la tercera nacería en 1958) y bien colocado en la empresa familiar, abandona Bruselas y se traslada a París. Atrás quedan la vida medida y la inercia del deber. La celosa y, a menudo, cruel defensa de su libertad lo devuelve a la intemperie en 1967; pero esta vez ya no supone un riesgo. Los derechos sobre su obra le proporcionan pingües beneficios. Es el sueño del rentista.

Tras algunos años probando fortuna como actor de cine y teatro musical (‘El hombre de La Mancha’), las cosas acaban torciéndose. En 1973, rueda su segunda película como director, ‘Far West’, que será un fracaso. Pésimamente recibida en Cannes, de su banda sonora emerge, sin embargo, una de las perlas del cancionero breliano, ‘L’enfance’, que reivindica la niñez como ámbito de la imaginación irreductible: “… los adultos son desertores,/ todos los burgueses son indios”. En su biografía del cantante, publicada en 1987, José Luis Atienza Merino recoge unas declaraciones de Brel al respecto: “Pienso que hay cantidad de hombres de mi edad que tienen una auténtica falta de infancia que compensan, en general, con el éxito o con las mujeres. Pero creo que ya no juegan a los ‘cowboys’ ni a los indios y eso se echa en falta”.

La decepción se hace patente. Su obra discográfica parece definitivamente concluida y sus pinitos en la interpretación no terminan de dar fruto. Por otra parte, ‘Miche’ y sus hijas se han convertido en perfectas desconocidas. En plena madurez, otra mujer ha llegado, mientras tanto, a su vida: la actriz guadalupeña Maddly Bamy. Ella será, a partir de 1971, la última pareja del cantante.

Paraísos
Sueltas las amarras familiares y profesionales, sin proyectos a la vista, Jacques Brel quiere catar la vida del aventurero. En compañía de Maddly y, al principio, de su hija France, embarca en julio de 1974 en el ‘Askoy II’, un velero con el que pretende dar la vuelta al mundo. Poco dura, sin embargo, la brega en el océano. Al atracar en Canarias, experimenta los primeros síntomas del cáncer de pulmón.

En esos días, escribe una intensa carta a su esposa ausente. Hay frases que no tienen desperdicio: “Es cierto que, aun estando demasiado enfermo, me queda toda una salud que no me autoriza a vivir como burgués” (…) “Estimo tener derecho a perecer en el mar antes que sucumbir en el salón”. Después de este ejercicio de verborrea adolescente ya está todo dicho. Es la hora, parece, de morir.

Siguiendo las huellas de Paul Gauguin, Brel y Maddly escogen el Pacífico como su último destino, instalándose en Atuona, isla de Hiva Oa (Las Marquesas).  Allí, el cantautor se ajusta al ritmo insular, asumiendo conscientemente su quietud paradisiaca. Pero la rutina no enmudece al artista. Resulta inverosímil creer que Brel, tan sensible a las cosas sutiles, no vaya a exprimir todas sus recientes experiencias. Han sido demasiadas las aventuras y los sinsabores de los últimos años; demasiado sugerente también el paisaje de Las Marquesas, que se erige frente a él como un dios benefactor. Con la guitarra como único acompañamiento, Brel da a luz una veintena de canciones y decide volver a París para vestirlas. Será su primer disco en diez años; el decimotercero y último de su carrera.



Su regreso a la capital francesa, en el verano de 1977, intenta ser discreto. Se hospeda, con nombre falso, en un hotel cercano al Arco del Triunfo y el 5 de septiembre comienza, en secreto, las sesiones de grabación. Mucho se ha escrito sobre la atmósfera enlutada de aquellos días de trabajo, los últimos de Brel que, tras varias visitas al quirófano, ya sólo conserva un pulmón y, además, irradiado. Los músicos, presa de la emoción, son conscientes del frágil estado del artista, pero él trata de quitarle hierro al asunto: “¿Alguien ha visto un pulmón?”. El 1 de octubre de 1977, tras concluir la última canción de su carrera -‘Les Marquises’, que da título al álbum-, Jacques Brel se retira.

La despedida
Lo que transcurre a continuación es, simplemente, su último año. De vuelta a la isla polinesia -mientras en Francia el disco llega a lo más alto de las listas-, Brel sólo disfruta unos meses de salud sostenida. A principios de 1978, el cáncer ataca de nuevo y sucede lo inevitable: pruebas médicas, visitas al hospital, discusiones contra los fotógrafos que acechan… Hasta su muerte, en París, el 9 de octubre de 1978, después de pedir una Coca Cola y dirigir a sus acompañantes un irónico “no os abandonaré”. Sus restos reposan en Atuona. Se han cumplido cuarenta años.



Sin duda, fue su última obra la que, como un resumen de excelencia contenida, da cuenta del carácter de Brel. El belga quiso resumir como mejor supo -a través de la música- todo lo aprendido en sus 48 años de inconformismo. Este disco, de apenas una hora de duración, recoge eternas obsesiones: el odio anti-burgués, el compromiso con los desfavorecidos (‘Jaurès’); con los ancianos (‘Vieillir’); contra sus compatriotas flamencos (“nazis durante las guerras y católicos entre ellas”); o en favor del hombre común frente a ideas inverosímiles de la divinidad (‘Le Bon Dieu’).

Pero también incide en las escenas cotidianas del amor (‘Orly’) y en la amistad, que celebra en ‘Voir un ami pleurer’ -y, sobre todo, en ‘Jojo’, su amoroso canto al camarada perdido-. El Jacques Brel áspero de las entrevistas e, incluso, del hogar, envuelve su palabra con la ternura que encontró en Las Marquesas y en su gente. Así cierra su obra, saboreando cada verso en esta última canción a la que apenas llega por la fatiga y que sólo pudo grabar una vez antes de irse para siempre: “Hablan de la muerte como tú hablas de un fruto./ Miran el mar como tú miras un pozo. (…) El corazón es viajero, el porvenir pertenece al azar…”.

* Artículo publicado el 19 de Octubre de 2018 en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés

jueves, octubre 18, 2018

Esa cara de susto*



Como dicen que Franco vuelve a Madrid, todo adquiere de nuevo un sabor a caudillaje, a mando en plaza. Es lo habitual cuando se nombra al dictador en determinados ambientes político-mediáticos; alguien dice Franco y el cerebro compone lúgubres imágenes de aquella España de la posguerra y de sus cunetas convertidas en osarios.

Pero hay también un Franco débil, crepuscular. Nos lo muestra Victoria Prego en su célebre y celebratoria serie de 1995 sobre la Transición. En los primeros capítulos, el general aparece transfigurado en una presencia trémula que, con sus crueles balbuceos, ya sólo constituye una molestia para los tecnócratas. Prego escoge la fecha del asesinato de Carrero Blanco, el 20 de diciembre de 1973, para fijar cronológicamente el principio del fin. Es un lugar común vincular la desaparición del santoñés con el nacimiento de un periodo dirigido por las corrientes más aperturistas del régimen. En este punto, debemos fiarnos de la narradora, que sugiere avances apenas perceptibles, supuestamente heroicos, de franquistas y opositores constructivos. Si uno se atiene al relato oficial, la Transición se consolidó a medio camino entre el hito que proclaman sus partidarios y el fango que denuncian los críticos -esa idea según la cual la derecha, al ver que se apagaban las luces del franquismo, pidió un vaso de plástico para apurar su copa con otra música de fondo-.

Sin embargo, algo ocurrió entonces que ha marcado la evolución de la derecha española en estos últimos cuarenta años: a Carlos Arias Navarro se le puso, de pronto, una cara de susto que ya no logró borrarse. Primero, como continuador de Carrero, aunque con torpes movimientos liberalizadores -nunca se recuperó del “gironazo”-, y, después, como máximo responsable de los destinos del país en el momento de la muerte de Franco y en el primer Gobierno del reinado de Juan Carlos, el pobre Arias no supo armarse de valor para interpretar el espíritu de la época y acusó su incapacidad para desligarse de las querencias genuinamente autoritarias. Pese a que han sido otros los elevados a los altares (los Fraga, Suárez o Fernández-Miranda), es Arias Navarro el arquetipo de la derecha española; irremediablemente desideologizada, vacilante y sujetada por el franquismo.

La derecha lo ha intentado todo: desde la camisa azul y la democracia cristiana, hasta la conclusión neoconservadora que tampoco ha enamorado al personal. Pero jamás ha dejado de añorar el territorio del orgullo. De ahí que sus compromisos parezcan siempre camuflaje de ocasión, disfraces de última hora. Hoy, por ejemplo, pone su fe en Vox, la flamante versión ibérica (con permiso de Torra) del nacionalismo identitario. Vox ha logrado que la derecha diga “sí, esto es lo que echábamos en falta” y que se le borre por ahora la cara de susto de Arias Navarro, situándose en una peligrosa estrategia que amenaza con seducir a los sectores más combativos de la oposición a Sánchez. No aprenden.

* Columna publicada el 17 de Octubre de 2018 en El Diario Montañés

jueves, octubre 11, 2018

La desmesura*



Un país se mide por el peso de su historia. No conviene equivocarse; la historia es lo contrario de la ideología e implica, para empezar, un acogerse a referentes posibles, existentes en un tiempo y sobre un mismo territorio. Imaginamos que la ciudadanía no es, al fin y al cabo, una comunión con pan de ayer. Pero, a menudo, encontramos consuelo a los sinsabores del presente en las huellas de un pasado que nos parece más noble, más lúcido.

Para un español, resulta extraño el interés de otros occidentales por sus respectivas fuentes. Sobre todo, cuando este interés no se concreta en una apelación hagiográfica, pero tampoco en un ataque despiadado contra sus cimientos. Vale la pena recordar aquí los versos de Eliot, aún hoy de plena actualidad: “si ha de ser derribado el Templo/ primero tenemos que edificar el Templo”.

Los estadounidenses, por ejemplo, celebran la memoria de su fundación sin renunciar a un acercamiento profundo a su raíz. Una serie de televisión como ‘John Adams’ (HBO, 2008) es posible únicamente en una comunidad pletórica de confianza sobre su historia. La sociedad abierta evita la reproducción de unanimidades, sin dejarse llevar por la desmesura. John Adams’ narra los años decisivos; desde los primeros conflictos del continente con la metrópoli hasta la muerte del que fuera segundo presidente del país. Llama la atención la fuerza del enfoque humano frente a las tendencias sobrenaturales. Los protagonistas en la construcción de Estados Unidos son retratados en la absoluta plenitud, sin artificios ni infalibilidad.

Es posible que el aplomo americano ante el análisis de su revolucionario santoral se deba, precisamente, al hecho de que los ‘padres fundadores’ han estado presentes en todo momento, inspirando a los políticos o siendo señalados a causa de sus excesos. Hoy, gracias a esa transparencia, conocemos las tribulaciones de Adams, las correrías de Jefferson con su esclava Sally Hemings o los vicios de Franklin en las cortes europeas.

La serie de HBO muestra algo tranquilizador: la realidad del poder como mar donde van a morir todos los principios. El camino de la independencia no confluye en una imparable marea rebelde que avanza al son de la libertad, sino en tediosas negociaciones entre los representantes de las colonias donde afloran las artes menos presentables. Y nos tranquiliza, pienso, porque convence al personal de la inevitable caída de la política en la mentira o la traición, sin que eso elimine por completo la posibilidad de la grandeza.

El progresivo vaciamiento del espacio público por parte de las mentes más brillantes se explica en el ocaso de la historia como instrumento vertebrador y en la propagación de militancias mucho más religiosas que cívicas. La gestión de lo público ya no atrae a los mejores, perfectamente cómodos en las multinacionales y en el anonimato doméstico para defenderse de la nueva Inquisición y eludir la sumisión mafiosa, que es la madre del cordero.

* Columna publicada el 3 de Octubre de 2018 en El Diario Montañés

viernes, septiembre 21, 2018

Señoras y señores*



Ustedes recordarán, sin duda, cómo eran las cosas antes. No hablo del pasado remoto y analógico, sino de los primeros tiempos del absolutismo digital; cuando las redes sociales, aún sin desvelar su naturaleza tóxica, irrumpieron en nuestras vidas como inofensivos divertimentos. Evoco la etapa de aquel temprano postureo; de la indiscreción o las canciones. Sospechábamos, claro, que tras la engañosa gratuidad había truco. Con cada clic, estimulábamos el tráfico de la información y abríamos, un poco más, las puertas del almario. Pero, ¿era aquella exposición pública un peligro del que protegerse renunciando a la gran charla? Simplemente, no lo veíamos de ese modo.

En los albores de Facebook, abundaron las páginas y los grupos dedicados a las simpáticas vivencias de las señoras mayores. Fue el último homenaje -desde el tópico pero no desde el estigma- por parte de aquellos jóvenes (¿se dice ‘millennials’?) destinados a las más altas cotas; a la revolución. Hagan memoria: “Señoras que siguen los consejos de Saber Vivir y ahora son inmortales”, “Señoras que confunden el LSD con el ADSL” o, la tajante, “Señoras que se cuelan en la cola del súper”. Todo eso se terminó con el 15M y su mensaje infantil autoindulgente. Según el nuevo discurso tribal, los adultos no merecían miramientos al haber estafado a la “generación mejor preparada de la historia”.

De ahí también, por supuesto, la flamante estética de los partidos del siglo XXI. Ya sin el empaque de la experiencia, los políticos explotan hoy su faceta moderna y transgresora, más o menos aseada en función del electorado a enamorar. Las parsimoniosas tertulias de Balbín, con aquellos apellidos inolvidables con regusto a cátedra -Tierno Galván, García Trevijano o Fernández de la Mora-, son sustituidas por debates de metralleta y escaso fuste.

No es extraño que el sectarismo acote el campo de batalla. Lidiar con la historia exige honradez intelectual y profundidad en el estudio. Resulta mucho más útil maquillar el pasado en portadas de periódicos, elaborando eslóganes que sirvan para la guerra mediática de hoy, olvidando los matices en lo realmente sucedido.

Tampoco sorprende, en este sentido, el desprecio de Podemos -especialmente, del ínclito Juan Carlos Monedero- al vídeo celebratorio de los cuarenta años de Constitución proyectado hace unos días en el Congreso de los Diputados. En él, como sabrán, dos ciudadanos centenarios, José Mir y Germán Visús, que lucharon, cada uno en un bando, en la batalla del Ebro de 1938, mantienen una conversación civilizada. La película sitúa el acontecimiento al nivel adecuado: el dolor de los españoles, víctimas del estallido de la violencia política; obligados a matar y a morir en plena juventud. Monedero se apresuró a llamar nazi a Visús. No sabríamos decir qué resulta más ofensivo; si el insulto o la estrategia que esconde: el rechazo a las muestras de reconciliación y orgullo de un país que, mal que bien, ha querido contar con todos para reconstruirse.

* Columna publicada el 19 de septiembre de 2018 en El Diario Montañés

miércoles, septiembre 12, 2018

El vacío*



Dos Franciscos, el Papa y Franco, están en el punto de mira. Uno de ellos, para su fortuna, ya ha muerto. El otro arrastra consigo la decadencia de la Iglesia Católica; aquella institución monumental que dominó la vida y sus tribulaciones, y que hoy, sin embargo, languidece en la humillación mediática de la pederastia y el sectarismo. No comparo itinerarios; Roma, en palabras de Jiménez Lozano, defendió una vez “el honor de la belleza y la humanidad en este mundo”, pero Franco fue simplemente un dictador que impuso su mando de cuartel a todo un país durante cuarenta años.

Resulta interesante observar cómo se prepara hoy el ser humano para el vaciamiento de las cosas que siempre estuvieron colmadas de significados a favor y en contra. De la misma manera que uno percibe lo descontextualizado de un cuadro de temática bíblica en un museo -la ausencia del ámbito espiritual o el intento de la cultura contemporánea por destacar únicamente el aspecto formal de la obra artística-, se puede intuir la oquedad en edificios e instituciones que ya cumplieron su función histórica. Cabe preguntarse si la tumba de Franco, por ejemplo, será siempre la tumba de Franco, aunque se vacíe de restos biológicos y se tapien o derriben sus aledaños.

No es tan sencillo, claro. Piensen en las leyes contra el tabaquismo: la prohibición de fumar en lugares públicos fue la consecuencia lógica en una sociedad en la que el cigarrillo había perdido su papel en el rito de paso a la vida adulta. Del mismo modo, Franco puede salir del nicho porque ya no es el mismo que entró en él (el caudillo “por la gracia de Dios”) sino lo que queda del pequeño tirano que, todavía hoy, obsesiona a las élites. La política sobre el franquismo gestiona el vacío que ha dejado; la reconstrucción ideológica de lo que significa hoy para los españoles.

Si cada generación tiene el derecho a elegir sus símbolos y a rendir tributo a las figuras que han participado de su forma de entender la realidad, urge la elaboración de un relato histórico veraz y riguroso, no sujeto a las necesidades coyunturales de los gobiernos de turno, que denuncie, por supuesto, la violencia de los totalitarismos de distinto signo (todos ellos, hoy, felizmente superados por la historia) que regaron de sangre las tierras de España durante los años treinta del siglo pasado. Es decir, que se reivindique como víctimas de las tropas liberticidas a Antonio Machado, a Federico García Lorca y a Miguel Hernández, tanto como a Pedro Muñoz Seca, José Robles Pazos o Pedro Poveda.

Es posible que en unos años contemplemos El Vaticano o el Valle de los Caídos como contemplamos ahora el Coliseo y Pompeya: rescatándolos con la mente de sus ruinas, imaginando su vitalidad de antaño; el fervor que erigió sus muros. Disfrutando, en definitiva, del vacío que hemos heredado.

* Columna publicada el 5 de septiembre de 2018 en El Diario Montañés