lunes, marzo 25, 2019

Sinécdoque*



Intentaré decirlo de la manera más precisa: cualquier hombre que haya prestado un mínimo de atención a la realidad sabe que las mujeres no son seres inferiores. No hace falta empaparse de discursos académicos; basta con un rápido vistazo al pupitre de al lado. A esa oncóloga, por ejemplo o a la jueza, la arquitecta y la ingeniera. Y a las cajeras y camareras, a la vez precarias y competentes. También a la madre que es capaz de conciliar aspectos de su vida que ‘el mercado’ se empeña en despreciar. Las pruebas superan cualquier abstracción: el planeta es, también, de las mujeres.

Sin embargo, ay, los hombres oponemos algún que otro ‘pero’ a la protesta feminista; un ‘pero’ masculino, acaso gruñón y a la defensiva, pero casi nunca (queremos pensar) irracional. Aliados aparte, ante el fenómeno -irreprochable en muchísimas de sus demandas-, nos mostramos suspicaces. Unos le quitan telilla al asunto. Otros, directamente, se sumergen en un mar de despreciable misoginia. Algunos, por otra parte, preferimos señalar el síndrome más peligroso de nuestro tiempo: la instrumentalización política. Da lo mismo, ellas (las feministas) destacan nuestro susto. No es la primera vez que sucede. Acordémonos del 15M, aquel termómetro del malestar. Y pensemos, por cierto, en los primeros días de proclamas simples, más o menos espontáneas, contradictorias e ingenuas, pero sin estrategas. Los conservadores patrios suelen encajar mal las revueltas porque les hacen envejecer prematuramente. ¿Podremos comparar una reunión de subsecretarios con el empaque de un García Calvo, megáfono en mano, en la Puerta del Sol? Por no hablar de la guillotina que, como decía Krahe, “posee el "chic" de lo francés”.

El sistema sabe, no obstante, que aquí se trata de aguantar el tirón. La masa callejera se desinflará antes de pisar moqueta en beneficio de las propuestas inmediatas. Por eso, la perversión es evidente, desvelándose los principios en simple munición partidista. De ahí que al feminismo occidental apenas se lo relacione con la lucha de la mujer en territorio islámico, o que casi nada bueno se haya dicho desde su trinchera cuando un locutor llamó recientemente puta a Inés Arrimadas. No es su guerra.

En España, tradicionalmente se ha preferido construir la idea y luego llamar a la gente, en lugar de llamar a la gente para construir juntos la idea. El feminismo es (debería ser) un reflejo exacto de su definición en el diccionario de la Real Academia; es decir, un “principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre”. Pero, bajo esa declaración se esconde el feminismo de los manifiestos parciales, de los juicios paralelos y voladura del principio de presunción de inocencia; el de la sinécdoque y el postureo (famosos arrepintiéndose de años de machismo). El poder, como siempre, recogerá lo que pueda y los militantes escogerán otras armas. Vivimos una época revolucionaria. Y, como en toda revolución, en lugar de sumar, se resta.

* Columna publicada el 20 de Marzo de 2019 en El Diario Montañés

lunes, marzo 18, 2019

Catequesis*



Como españolito nacido después del Vaticano II, mi catolicismo fue siempre el de los colegas. Un clásico en aquella catequesis del ‘aggiornamento’: más que definirse a Jesucristo como un exigente ‘Dios-con-nosotros’ -legitimado para juzgar a vivos y muertos-, se nos presentaba como un amigo íntimo, coach del pensamiento positivo. El cambio pareció infalible. A la figura crucificada y oscura del nacionalcatolicismo, se le había aclarado el perfil para que fuese funcional también en la todavía joven democracia ibérica.

El dogma, desde luego, fue desactivado; al menos en su primera aproximación. La jerarquía decidió que el mantenimiento de la parte más superficial de la revelación cristiana sería suficiente para conservar su autoridad en Europa. Se trataba, en definitiva, de atraer a la feligresía con un repertorio de amor y compasión, muy ajustado a ciertas representaciones evangélicas. Lo del “rechinar de dientes”, debieron de pensar, quizás más adelante.

Pero, ni con esas. El vaciamiento del credo tradicional de la Iglesia, unido a la cada vez más acusada contradicción entre el mensaje supuestamente fraternal del Nazareno y el boato censor de Roma, deshicieron poco a poco los vínculos de la institución con la sociedad occidental, entregándose el estandarte a los movimientos carismáticos de mucha guitarra y dudosa reputación.

Hoy, la Iglesia católica ha claudicado en su compromiso de mantener cierta operatividad moral en el debate público. Las opiniones doctrinales se desprecian de antemano, rápidamente tachadas de inquisidoras y reaccionarias. Por no mencionar las terribles consecuencias de los abusos cometidos durante decenios, aquí y allá, por demasiados clérigos sin escrúpulos. Este tsunami mediático amenaza con tragarse el tinglado.

Siendo muy optimistas, quizás el papel que cumple actualmente la Iglesia sea el de mera advertencia: a saber, cualquier poder que pretenda ser absoluto, dominador de almas y de cuerpos, se ha demostrado capaz de derrumbarse en poco tiempo y convertirse en una parodia de ruina y sordidez. Debería aprenderse la lección, sobre todo si se asume que el dogmatismo y la censura son elementos que trascienden el ámbito espiritual y buscan su implantación bajo cualquier mando.

Las sociedades más laicas se ordenan ahora en la credibilidad de determinadas ideas que brotan de la interpretación exclusivamente política del mundo. Las posibilidades del arte, del pensamiento libre y de la comprensión personal de la realidad claudican ante la implacable ofensiva de los comisarios ideológicos. Parecen superados los años de la provocación, de ese forzar al ciudadano con obras epatantes que buscan despertar su sentido crítico. Nada puede ya ofrecerse desde la ambigüedad o la contradicción; ni siquiera desde la sugestión. Esto sería tanto como admitir, al decir de aquellos teutones genocidas, el “arte degenerado”. Las series, el cine -esas películas premiadas que podrían proyectarse en clase de religión- y las redes compensan los avances técnicos con propuestas cada vez más embridadas a discursos correctísimos, incapaces de estimular nada sino la mera autocomplacencia. Ya saben, como en misa.

* Columna publicada el 6 de Marzo de 2019 en El Diario Montañés

martes, febrero 26, 2019

Medianos*



La célebre tesis de Lukács sobre la novela histórica en Walter Scott: los relatos se desarrollan a partir de un personaje medio (“mediocre”, diría Jon Juaristi) que actúa como intercesor de los grandes partidos en disputa. La historia se expone, así, desde un enfoque individualizado, huyendo de la frialdad de la crónica. La receta se ha preparado en innumerables ocasiones, aprovechando la atracción del rostro humano que parece rasgar el siniestro velo de la política. Hay fenómenos recientes, como la serie ‘Roma’, de HBO, donde las tribulaciones de Octavio y Marco Antonio se compensan con la lucha por la supervivencia de Tito Pulón y Lucio Voreno, sujetos mencionados por Julio César en su ‘Guerra de las Galias’ y recuperados aquí como réplica callejera a las conspiraciones patricias.

La posibilidad, en definitiva, de oponer una razón moral desde la humildad desarmada. También lo supo ver Tolkien: a Frodo Bolsón se le encarga portar el anillo y destruirlo porque sus aliados lo consideran inofensivo, incapaz de generar un desastre de envergadura. La trilogía funciona desde los dos planos: la gran política de alianzas y batallas en la Tierra Media y el paso vulnerable, casi anónimo, de Frodo hacia el Monte del Destino. A este respecto, se ha dicho que Tolkien -cristiano de Oxford- inyecta la confianza religiosa en lo pequeño, la salvación que irrumpe en un pesebre. El lector acompaña gustosamente a los héroes en la medida en que no se atribuyen majestad. Frodo y Sam cumplen con su misión y vuelven a la cotidianidad de los márgenes. Pero, el contacto con el mal imposibilita a Frodo para seguir compartiendo lugar con los suyos. Aviso para navegantes.

El reciente anuncio de convocatoria electoral, realizado por el presidente Sánchez, apenas unos días después de la manifestación de PP, Ciudadanos y Vox por la unidad de España, ha permitido situar el debate político en términos medianeros. Primero fue el relator, figura epatante y de corto recorrido, que erosionó aún más la credibilidad del Gobierno. A continuación, los presupuestos. Un PSOE acorralado por su minoría parlamentaria que se ve en la obligación de colocar las urnas.

Pero, en un inesperado giro de los acontecimientos, los medios y las redes han comenzado a situar a Sánchez en un espacio de sensata centralidad frente a los incendiarios de todas las banderas. El sustrato moral con el que Frodo se animaba a dar un paso más en su peregrinación a Mordor se convierte aquí en la dramática derrota de unas cuentas supuestamente benéficas. Pedro Sánchez se parece mucho a Frodo; también en su irrupción como protagonista. Los dubitativos cálculos de Susana Díaz lo alzaron como primer secretario de un PSOE en horas bajísimas, mientras las suspicacias del Concilio de Elrond obligan a Bolsón a asumir el reto. Eso sí, a este último, con todo ganado, tuvieron que quitarle el anillo a mordiscos. Ojito con los líderes de circunstancias.

* Columna publicada el 20 de febrero de 2019 en El Diario Montañés

viernes, febrero 08, 2019

Tres claveles*




Cuentan las crónicas que, la noche en que los iban a matar, Alberto Jiménez-Becerril y Ascensión García (joven matrimonio sevillano) disfrutaron del calor de la amistad y del placer que brota entre copas y risas, olvidando todos los peligros del mundo. Imaginamos que, de camino a casa, la pareja tendría aún el paladar saturado de esa felicidad escueta que proporciona una vida cuando avanza. Pensamos en ambos -en la incipiente madrugada y en su último paseo-, convencidos de que nada iba a interrumpirse.

Del concejal Jiménez-Becerril y de su esposa uno empieza a saber demasiado tarde, cuando ya ha irrumpido la muerte. Las primeras aproximaciones de la memoria, las palabras de homenaje, los llantos y las condenas tienen el color de la tinta, la voz grave del parte informativo. Es insuficiente y, en consecuencia, la rapidez con la que el duelo se desata sugiere la posibilidad del arreglo; como si aún pudiera deshacerse la tragedia.

Parece que fue ayer porque volvemos con facilidad a esa mañana de enero; a ese cuento cruel de tres niños que acaban de quedarse huérfanos y que duermen en la confianza de ver a mamá y a papá a la mañana siguiente. Esos niños ahora ya deben de ser adultos, pero nosotros los evocamos como presos de una infancia interminable, congelada en aquella noche de 1998, en la que, quizás, oyeron desde la cama los disparos que los esbirros de ETA descerrajaron sobre sus padres, por ser españoles y militantes del Partido Popular, a pocos metros de la casa.

Fue, creemos, hace poco tiempo, pero, en realidad, han pasado veintiún años. El relato de la época de crímenes terroristas parece, sin embargo, perder nitidez, como aquellas fotografías de Marty McFly. Hoy, pocos hablan ya de la violencia totalitaria; del asesinato justificado por los enemigos de la libertad. Y los tres claveles que llevaba en la mano Ascensión García, como un regalo para sus hijos, quedaron sin entregarse, tendidos sobre la acera de Sevilla, como símbolos de la paz que nadie recoge en esta España colmada de beligerancia y sacrificios. No perdonamos a la vida desatenta. 

* Columna publicada el 6 de Febrero de 2019 en El Diario Montañés

viernes, enero 25, 2019

Ciudadanos, la sopa y el tenedor*



El expolítico israelí Shlomo Ben Ami -quien fuera embajador de su país en España y ministro de Asuntos Exteriores- suele describir las negociaciones con Arafat como “tomar sopa con un tenedor”. Para el diplomático, cada cumbre internacional era un suplicio de buenas intenciones siempre con la decepción como desenlace. Cuando parecía que el líder palestino abría espacio para un acuerdo posible, cuenta Ben Ami (desde la perspectiva, claro, del Estado judío), de pronto reculaba hacia sus posiciones originales, incapaz de comprometerse con una paz valiente y prefiriendo lo malo conocido: el caudillaje.

Quizás, sea precisamente la habilidad para prometer y no dar la que garantiza legislaturas largas. La política parece desvelarse como el arte de obviar la gestión mientras se apuntala el cargo y la presencia del representante público (una presencia interminable, despojada de atributos benéficos y con la dosis justa de espectáculo) resulta ser la herramienta fundamental. Los comportamientos gregarios, ligados a la proyección audiovisual, que alguna vez fueron suficientes para ir avanzando por la senda del enchufe, chocan hoy, no obstante, con la tendencia moralista de lo que llaman “las redes sociales”. No basta, en definitiva, con un argumentario de ocasión para sobrevivir en esta Europa prerrevolucionaria.

En lugar de atender las demandas eclécticas de una población cada vez menos homogénea en ideología y gustos, la excepcionalidad que los partidos han cultivado descansa irónicamente sobre programas férreos, actitudes maniqueas frente a las que no caben medias tintas. Es por ese motivo por lo que las fuerzas políticas que deberían encargarse de la defensa de las instituciones democráticas y del estado de derecho parecen arrugarse y vacilar cuando los extremistas irrumpen en el baile. Macron, en su larga confrontación con los ‘Chalecos Amarillos’, y Albert Rivera, desde su colaboración con Vox, reproducen las tentaciones clásicas del mando occidental. Puede que sea un simple problema de identidad; el centro no conoce a sus votantes y tampoco sabe cómo resistir los huracanes de la cotidianidad parlamentaria.

La gestión de los resultados electorales en Andalucía, por ejemplo, revela falta de cálculo. Ciudadanos duda ahora de su condición de partido necesario para mantener vivo el espejismo constitucionalista. Aunque su posición oficial es la del pacto “a dos” con el Partido Popular, lo cierto es que el cambio de gobierno en la Junta exige la participación activa de Vox, un nacionalismo español, perfectamente adecuado, como cabía esperar, a lo que sus enemigos ridiculizan: toros, caza, Semana Santa y pulseritas.

Ciudadanos (el PP lleva tiempo lanzado hacia la desmesura) le ha dado a Pedro Sánchez la oportunidad de desplegar su inigualable cinismo. El presidente, que pacta con los supremacistas periféricos y con la izquierda radical para completar su minoría, advierte de los peligrosos extremos. Por su parte, Susana Díaz, acaso la principal adversaria del ‘sanchismo’ en el PSOE, sufre otra derrota. Nada ha quedado de sopa en el tenedor naranja. Ni de socialdemocracia en España.

* Columna publicada el 23 de Enero de 2019 en El Diario Montañés

jueves, enero 10, 2019

El cálculo de Meinhof*



Tres imágenes para resumir la trágica historia del movimiento contestatario en la Alemania Federal. La primera, de 1969: cuatro jóvenes, Andreas Baader, Gudrun Ensslin, Thorwald Proll y Horst Söhnlein, son juzgados por el incendio de dos centros comerciales en Fráncfort. Los acusados entran sonrientes en la sala, saludan al público -entre los partidarios, un jovencísimo Cohn-Bendit- y encienden unos puros burlándose de la “justicia burguesa”. La segunda, un primer plano de la popular editora y periodista Ulrike Meinhof, apenas un año después, mientras participa en la fuga de Baader. En un instante, muy de película, la escritora debe elegir entre la clandestinidad y la pantomima. De un salto, se entrega al terror. La tercera y última imagen, de 1977, es una panorámica de las celdas vacías de la prisión de Stuttgart-Stammheim donde Baader, Ensslin y Meinhof, entre otros, han perdido la vida.

En definitiva, menos de un decenio de extrema violencia en el que muchos jóvenes pasan de la protesta al terrorismo y, finalmente, a la autodestrucción. En el documental ‘Una juventud alemana’, dirigido en 2015 por Jean-Gabriel Périot, se retrata a esta generación prematuramente rota y trágicamente equivocada, partiendo de sus muchas posibilidades materiales, a las que renuncia para consagrarse a la revolución.

Es interesante, sin embargo, sumergirse en la época, asumiendo las dificultades de transmisión del respeto institucional en sociedades con un intenso pasado político y un presente de calma chicha. Los militantes de la llamada Oposición Extraparlamentaria despreciaban a sus padres por ser la “generación de Auschwitz” y negaban el carácter democrático de un país que, para librarse del tirano, necesitó la invasión extranjera. La ‘gran coalición’ de socialdemócratas y democristianos lleva al poder en 1966 al exnazi  Kurt Georg Kiesinger, lo que acelera la descomposición del tejido social. El resto, lo conocemos bien: la protesta contra la visita del Shah de Irán a Berlín oeste termina con un manifestante abatido por la policía. En 1968, el líder estudiantil Rudi Dutschke, sobrevive de milagro a los disparos de un ultraderechista. Entre los universitarios se extiende un mensaje de resistencia contra el “régimen policial”. En este caldo se cocina la decisión de varios militantes radicales de izquierda de emprender la vía armada para provocar un levantamiento proletario que derroque el capitalismo en Alemania. Baader, Meinhof y Ensslin fundan en 1970 la Fracción del Ejército Rojo (RAF), mediáticamente conocida como banda ‘Baader-Meinhof’. El bloque comunista, por su parte, aplaude con las orejas y paga alguna que otra ronda de dinamita.

Después, ya sólo la sangre. Los textos de Ulrike Meinhof inciden en la imposibilidad de mantenerse neutral en un escenario de violencia política y ponen sus esperanzas en que la excepcionalidad empuje a los trabajadores alemanes a una confrontación definitiva con el sistema. Resulta casi un tópico destacar ese cálculo erróneo tan común en los extremistas de todos los bandos. El saldo: más de cuarenta asesinatos. Y el olvido.

* Columna publicada el 9 de Enero de 2019 en El Diario Montañés

jueves, enero 03, 2019

La noche y Thomas Merton*




El poeta y místico estadounidense, autor de ‘La montaña de los siete círculos’, murió en Bangkok hace cincuenta años en extrañas circunstancias

Sobre el monstruoso, y felizmente superado, siglo XX parecía no caer nunca la noche. La sucesión de acontecimientos revolucionarios, descubrimientos científicos y crímenes sin parangón no dejaba espacio a la intimidad del hombre solo, a su reflexión individual contra la masa. Es, precisamente, en ese campo abandonado por la mayoría donde Thomas Merton creyó intuir la verdad bajo el bullicio ideológico.

Merton, más tarde escritor, monje y activista social, fue, antes que nada, un desarraigado. Nacido en Prades, Francia, hijo de un pintor inglés, originario de Nueva Zelanda, y de una estadounidense, experimenta desde el principio el peso de la orfandad. La temprana muerte de sus padres y los viajes por todo el mundo ahondan en un sentimiento de permanente desconexión. Hay que tener en cuenta, claro, que el relato biográfico más completo lo compuso Merton para su libro ‘La montaña de los siete círculos’, en realidad una elegante profesión de fe redactada bajo la vigilancia de sus superiores en la Orden Cisterciense. El tono del texto es el de un río que busca su desembocadura natural; la culminación de un viaje iniciático en la aceptación del dogma católico.

Pero, antes de la fe hay muchas otras cosas. Sobre todo, el compromiso académico de Merton. El fallecimiento de su madre siendo él muy niño y el de su padre, en plena adolescencia, lo arrojan a un mundo al que se adapta a golpe de esfuerzo y lecturas, siempre contemplando el entorno como quien detecta un velo que merece la pena rasgar. Las universidades de Cambridge y Columbia le proporcionan saber y amistades. Y un escenario adecuado para encarar las tribulaciones de su alma.

Una vez que el lector anticipa el final de ‘La montaña de los siete círculos’ -título con regusto a Dante y rotundo éxito de ventas en su primera edición (1948)- reconoce rápidamente los trucos literarios de Merton; todas sus vivencias, desde la más trivial, como la extracción de una muela, hasta una operación de apendicitis, cobran significado religioso; la presencia emboscada de ese Dios que asoma desde la cotidianidad para atraer a quien se le resiste. No obstante, la nocturnidad que el autor refleja en su texto, el estilo directo, seguro en su tesis, y no del todo impostado, atrapan desde el primer momento a quienes gustan de las autobiografías.

Seguramente, el camino no fue nunca tan claro. La brevísima militancia de Merton en el Partido Comunista debió de ser algo más que la consecuencia de su errática búsqueda de una identidad. “Lo que me hizo parecer el comunismo tan plausible fue mi carencia de lógica, que no sabía distinguir entre la realidad de los ‘males’ que el comunismo intentaba vencer y la validez de su diagnosis y el remedio elegido”, explica Merton, ya ordenado monje trapense.

Existe una tensión evidente entre el Merton intelectual, profundo lector, y aquel otro rebelde e inconformista. En el libro hay pasajes que reflejan su ingenuidad, como en aquel episodio en que vende sus ejemplares de T.S. Eliot “en reacción contra lo refinado”. La brega parece concluir en 1936, con el comienzo del Merton filo-católico, en el umbral de la conversión.

Merton proclama la posibilidad de la salvación espiritual también para aquellos que, a priori, parecen más alejados de los designios divinos: la juventud cultivada de las grandes capitales. Su acercamiento al hecho religioso quiere exhibir, a la vez, una sincera lucha interna y una aproximación fundamentalmente estética e intelectual a la Iglesia. En esos días, lee ‘El espíritu de la filosofía medieval’, de Étienne Gilson, experiencia definitiva a la hora de definir su comprensión metafísica del ser humano, más allá de cualquier limitación natural.   


Deseo de Santidad   
No está solo Thomas Merton en esta aventura. Otros compañeros, como el también poeta Robert Lax -“una combinación de Hamlet y Elías”- participan junto a él en la exploración de las posibilidades espirituales en plena era tecnológica. En 1938, después de dos años de tira y afloja, Thomas Merton se bautiza en la Iglesia Católica.

El poeta reconoció más tarde la afectación de su relato; esa forma remilgada de envolverse en un cristianismo meramente ritualista, la gravedad desde la que lidia con su destino como católico. Una charla con el judío Lax, quien le siguió más tarde en su conversión, refleja el deseo de santidad de Merton. Un católico debe querer ser santo y, para serlo, simplemente hay que quererlo. La búsqueda del camino, parece decirle Lax, crea el camino.

Este primer Merton, inmediatamente posterior a su bautismo, asume todo el bagaje con el que, en teoría, debía contar un católico de pedigrí en los años treinta del siglo pasado: un anticomunismo visceral, el apoyo a la ‘cruzada’ franquista desde Nueva York, la comunión diaria… Pronto, comienza a buscar un añadido a su nueva fe; un compromiso aún más radical. La idea del monacato se hace irresistible e ingresa en 1941 en la abadía trapense de Nuestra Señora de Getsemaní, en Kentucky. Dos años después, su hermano John Paul muere combatiendo en la Segunda Guerra Mundial. Merton se queda sin familia. En 1949 es ordenado sacerdote. 

De esta forma, concluye su espectacular irrupción en el catolicismo, que se produce desde la avidez desplegada en las horas libres de la noche, cuando parece mucho más profunda la duda sobre las propias fuerzas y la fertilidad de lo aprendido. Merton relata conversaciones, acercamientos vacilantes a cualquier luz que le prometa coherencia en el trayecto. Sin embargo, lo que en un principio parecía liberación se vuelve jaula poco a poco. 

La tristeza ataca sin piedad al joven novicio en Getsemaní. El lugar no puede tener un nombre más adecuado para definir la crítica supervivencia de Merton en el monasterio. Acomplejado por sus querencias urbanitas, disconforme con un abad autoritario y alejado de sus compañeros de hábito, muy diferentes a él en orígenes y gustos, no termina de enraizarse en una orden que prosperó, en parte, gracias al impacto de su obra. Tampoco su creciente compromiso social y político, en la línea de las revueltas de los años sesenta, apuntala su popularidad entre los sectores más conservadores de la Iglesia.

La amistad con el sacerdote y escritor nicaragüense Ernesto Cardenal, de quien fue instructor en el monasterio de Kentucky, le anima a considerar otras vías: crear una fundación en América Latina u ordenarse cartujo fueron caminos posibles pero prohibidos; el poeta acabó habitando una ermita en el terreno del monasterio, apartado de la comunidad, pero siendo incapaz de abandonarla.

Carne y versiones
Por si esto fuera poco, en 1966, tras someterse a una operación quirúrgica, conoce a Meg, una enfermera que lo devuelve a la senda del amor carnal. Los titubeos son ya insoportables. Pese a la súbita ruptura con esta mujer, Merton sabe que su compromiso trapense naufraga y que debe encontrar rápidamente algo a lo que aferrarse. El nombramiento de un nuevo abad, más proclive a comprender la personalidad del poeta, facilita el permiso para que Merton viaje a Asia a impartir unas conferencias.

Después de un periplo provechoso en el que entra en contacto directo con el budismo (conoce a su admirado Dalai Lama), muere el 10 de diciembre de 1968 en Bangkok. Lo encuentran tendido en el suelo de su habitación, con una quemadura en el lado derecho del cuerpo. Todo apunta a que falleció electrocutado por un ventilador roto. Otros hablan de un infarto. Hay, incluso, teorías que denuncian un ataque de la CIA para deshacerse de otro líder progresista después de los asesinatos de Robert Kennedy y Martin Luther King.

Merton fue, sobre todo, la encarnación de un vacío, lleno de inteligencia, permeable a la sofisticación de la espiritualidad en la época menos espiritual de la historia. Su obra refleja el anhelo de la revelación; de un porqué a tanta y tan temprana soledad. Thomas Merton quiere fundirse en un absoluto de luz y sentido. En sus ‘Diálogos con el silencio’ lo expresa angustiosamente: “Son esa brecha y esa distancia, Dios mío, las que me matan”.  

* Artículo publicado el 28 de diciembre de 2018 en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés

viernes, diciembre 28, 2018

El honor de Príamo*



Salvo el miedo, nada parece haberse conservado de la otrora brava civilización occidental. El miedo es un rasgo evolutivo que impide, entre otras cosas, la atracción del ‘balconing’ o las negligencias incorregibles. Los temores, sin embargo, parecen multiplicarse en la era digital, acaso provocados por la presencia cotidiana, constante, incansable, de los otros.

Que ya nadie hable de la libertad en los discursos públicos, ni se reivindique la autonomía individual en la relación con los poderes, anuncia una nueva era de colectivismo a la que ya sólo queda elegirle color. Las palabras pesan cada vez más, el matiz se deshace antes de ser dicho para no chocar con el muro de las militancias. ¿Miedo? Claro, mucho.

El asesinato de Laura Luelmo, por ejemplo, ha despertado, junto a la justa ira de las personas de bien, una querencia por el espectáculo más necrófilo: a Luelmo un miserable le arrebató la vida, pero otros se apropian hoy de esta trágica historia con fines propagandísticos. La pérdida de la identidad, la expropiación de los nombres propios, privados, convertidos en munición, es un preludio de la voladura total de la convivencia.

Ante eso, poco puede hacer ya nadie para salvaguardar la escasa legitimidad de las instituciones. Pervertidos por la corrupción y la mediocridad de los partidos políticos, los fundamentos democráticos languidecen; los esfuerzos por reivindicar la presunción de inocencia, la libertad de expresión y la posibilidad de disentir de los mantras dominantes son en vano ante los abanderados de la “transformación social”.

La proliferación de portavoces políticos autoproclamados -los nuevos catequistas de las redes-, guardianes del mensaje supuestamente más puro, siembra el terreno público de eslóganes y campañas que dirigen el foco en un sentido o en otro. Hay cosas que pueden decirse; elementos identitarios o sexuales que vale la pena destacar. En definitiva, fobias bien vistas en este nuevo siglo que prometía terminar con todas ellas. Ojalá pronto la familia de Laura Luelmo pueda recoger su nombre como Príamo recogió el cadáver de Héctor, arrastrado públicamente por su verdugo, Aquiles, exhibido como un trofeo o una advertencia. Y puedan ellos, por fin, llorarla.

* Columna publicada el 26 de Diciembre de 2018 en El Diario Montañés

jueves, diciembre 20, 2018

Tapiocas*



Algo ha debido de pasar en el planeta que nos hemos quedado sin dictadores. Poca broma. Quizás sea cosa del cambio climático, que habría borrado a los tiranos como hace con todas las especies vulnerables. ¡Cuántas veces nos habrán avisado los científicos del apocalipsis que vendrá por la extinción de las abejas! Con ellas aún hay esperanza, pero lo de los dictadores tiene peor pinta.

Como no soy un experto, sólo puedo quejarme de este paisaje yermo. Sin un Fidel o un Pinochet domando a las fieras, como que falta algo, ¿no les parece? La rectitud del mostacho, esas gafas oscuras, el sable del coronel. Y no me negarán la emoción de un buen desfile y del paso de la oca con el que los uniformados nos decían “mirad cómo aplastamos el ‘habeas corpus’”. Era muy emocionante.

Lo he dicho en alguna otra parte: qué lástima no haber podido vivir los tiempos de los dictadores. Teníamos uno en España, pero se nos marchitó de viejecito. Nuestros padres y abuelos lo vieron menguar hasta casi desaparecer en el balcón del Palacio de Oriente. Hoy no hay dictadores; no los busquen. ¡Jesús, María y José, si los hubiera o hubiese! ¿Se imaginan a los políticos de ahora en la trinchera, defendiendo la libertad de todos? Yo tampoco.

El inolvidable Franco lo expresó, al menos, una vez: no hay mal que por bien no venga. Pasaron los días de zozobra. Ahora todo es gestión y negocios. Insisto, lo más cercano a un dictador, ya lo saben, descansa, exactamente, a cincuenta y ocho kilómetros de Madrid; en el Valle de los Caídos, esa fortaleza desde donde, según dicen, el pequeño cruzado aún inspira al personal.

Nada queda del estilo Tapioca de San Theodoros. El planeta, finalmente, se ha civilizado y no es un crimen confortarse con la amabilidad de los nuevos jerarcas: esa venerable presencia de Alí Jamenei, la sonrisa de Mohamed bin Salmán o el empaque de Xi Jinping, que bien merece la llave de la capital que le ofrece doña Manuela. Oiga, pero, ¿y la represión? Calle, no se me ponga ‘vintage’.

* Columna publicada el 12 de Diciembre de 2018 en El Diario Montañés

jueves, noviembre 29, 2018

Tomados de uno en uno*



Para contemplarlo, hay que recorrer antes todo el enorme recinto del Museo del Vino, en Briones. Comparte espacio con otras obras de postín y no destaca entre el resto de homenajes al fruto de la vid y del trabajo del hombre. Adrián, el guía, nos ha explicado el sentido de la institución; un tributo, desde La Rioja, a la cultura vinícola del mundo. Yo, que iba más o menos a la aventura, quedé gratamente sorprendido del sólido orden de lo expuesto para la comprensión del neófito.

Pero estaba hablando del final del recorrido, cuando la información sobre el funcionamiento mecánico de la bodega deja paso al estudio del impacto del vino en la civilización. Esculturas dedicadas al dios Baco y elementos funerarios egipcios preceden a la colección de arte contemporáneo, en la que, junto a pinturas de Juan Gris, Chagall o Tàpies, descubrimos la obra ‘Entre dos luces’, un óleo de Sorolla fechado en 1898.

Frente a sus cuadros más emblemáticos, que reflejan de manera incomparable la luz mediterránea, este óleo solitario corresponde, según nos relata el guía, a su etapa costumbrista, donde Sorolla se centra en la reproducción exclusiva de tipos humanos. La visión de la escena no deja lugar a dudas; lo que brota del lienzo es, en verdad, casi un arquetipo: un hombre sonriente y desdentado sostiene con firmeza un porrón de diseño levantino -con el pitorro, a diferencia de la rectitud conocida en otras partes del país, levemente curvado-.

Pensando en el hombrecillo del porrón, y en la muestra que prepara el Thyssen para el mes de febrero de 2019 sobre Balthus, recuperé, de pronto, mi intermitente querencia por el arte figurativo; esa atracción por el misterio de la representación del individuo en los cuadros mejores. Balthus, al igual que otros artistas, como Lucian Freud, plasmó la perturbadora individualidad del siglo XX y la extrañeza ante el contradictorio desafío de la carne. En el documental ‘Painted Life’, producido por la BBC, Esther, una de las muchas hijas de Freud, que sirvió como modelo ocasional de su padre, definía de esta forma el trabajo del creador: “no pintaba una imagen de mí, sino lo que yo era en realidad”.

Quizás, el arte cumple su función al permitirnos imaginar lo que esconde. La posibilidad, en definitiva, de la invención, del camino propio más allá de la propaganda o el significado puramente comercial. Un hombre, desde luego, conserva algo de todos los hombres, pero el artista tiene la obligación de rescatarlo del rebaño.

Escribió el poeta Goytisolo: “Un hombre sólo, una mujer/ así, tomados de uno en uno,/ son como polvo, no son nada”. ¡Quién pudiera decirle hoy a José Agustín que no, que lo son todo; que no hay nada más sagrado que una persona única! Podríamos decírselo también a Yolanda Domínguez, directora de la campaña ‘Hola, soy tu machismo’, que renuncia a la individualidad por la revolución.

* Columna publicada el 29 de Noviembre de 2018 en El Diario Montañés

viernes, noviembre 23, 2018

Utopía en Alsasua*



Resulta sorprendente, y a la vez perturbador, comprobar cómo las experiencias políticas fallidas y el escandaloso número de muertos no han privado a la utopía de su funcionalidad y prestigio en este aún púber siglo XXI. Muchos opinan, a este respecto, que la querencia utópica siempre ha formado parte de la naturaleza del ser humano, incapaz de conformarse con los límites y decepciones de la vida. El individuo, simplemente, no puede dejar de proyectar una respuesta más limpia y justa a la mediocridad del mundo.

Quizás, precisamente por ese ir en contra del caos que parece traer consigo la obsesión por el crecimiento económico descocado -sueldos precarios, inseguridad familiar, falta de asideros espirituales-, la sociedad mantiene bien sujetas las ideas antiguas, es decir, el romanticismo de la placidez rural, aquella estampa de vecinos que se conocen y se tratan en pequeños ámbitos no contaminados.

La contaminación es importante para comprender la utopía. Las fantasías de la política-ficción pasan, en general, por el rescate del municipio (cuanto más pequeño, mejor) como espacio que compartir frente a la maquinaria del estado y las grandes fábricas. El gusto, en definitiva, por las costumbres de perfil bajo al más puro estilo Hobbiton.

Para alcanzar el territorio de la utopía es necesaria, por supuesto, una ruptura. Todas las grandes propuestas de organización social requieren, al parecer, violencia y piedras que vuelen, beligerantes, en una misma dirección. Al otro lado, sin embargo, suelen estar quienes, hasta fechas recientes, han sido conciudadanos, previa y convenientemente deshumanizados. La reacción -o la revolución que, en este caso, viene a ser lo mismo- no escatima en armas ni en cadalsos.

El programa máximo se resume, por tanto, en la primera persona del plural; en un “nosotros” depurado de elementos provocadores. En la historia tenemos ejemplos a puñados. No citaré ninguno por aquello de no banalizar. La reacción revolucionaria (o la revolución reaccionaria) dirige su rabia contra la ciudadanía, concepto incompatible con la parálisis ideológica. Esa parálisis incuba orgullosos monstruos, como tuvieron ocasión de comprobar los organizadores del acto de España Ciudadana en Alsasua. Los Savater y compañía fueron recibidos con insultos, piedras y campanas parroquiales, en un talante medieval muy de leyenda negra (en esta coyuntura, antiespañola). Las imágenes despertaron, una vez más, la envidia de los militantes de la izquierda transformadora en el resto del país, que ven en Alsasua la pequeña e ideal localidad utópica, libre de contaminación “estatal”, donde se cumplen sus sueños más inconfesables de limpieza y mando.

Desde luego, estas preferencias patológicas se parecen mucho a las de cualquier genocida con pedigrí. Pero eso ellos ya lo saben y no les importa en absoluto. ¿Sobrevivirá la ciudadanía a los envites de estos viejos totalitarismos que pretenden ignorarse gracias a la proliferación de la incultura? La cosa está difícil porque el ciudadano es siempre un extraño y, en realidad, el poder político prefiere a los lugareños.

* Columna publicada el 14 de Noviembre de 2018 en El Diario Montañés

jueves, noviembre 08, 2018

Iluminados y fanáticos*



Uno echa de menos, a veces, la misa. Dicen que es lo más normal del mundo porque la vida adulta se justifica hoy en un alejarse de las rutinas del pasado. La eucaristía no se sostiene, para la fe del carbonero, sobre páginas de teología o encíclicas romanas, sino en el drama que se representa insistentemente contra el tiempo. Los cristianos acuden a las parroquias para dar cuenta de los años vividos y entregar su parte del botín de la salud conquistada. Como cualquier vehículo que avanza sin obstáculos con el piloto automático puesto, así el cristiano reserva la mañana del domingo para el Señor.

Los pensadores modernos han destacado siempre la supuesta hipocresía del feligrés. La prueba del fraude, según esta crítica, radicaría en el comportamiento gregario del personal, en las prisas por irse a tomar el vermú. Había razones para la sospecha: las oraciones dichas rápido y mal, la paz que se da sin ganas, ese padrenuestro de carrerilla o la homilía somnífera, repleta de tópicos y guiños incomprensibles al enrevesado dogma. Yo, sin embargo, pienso que la palabra era entonces -quizás lo siga siendo- lo de menos. La atención al mensaje no era imprescindible, por ejemplo, en la misa de doce (¿o era de las doce y cuarto?) en la Compañía. Lo importante era estar; interrumpir las apetencias del cuerpo el día de descanso, entregar media hora a las Alturas y al recogimiento. Luego, eso sí, el sándwich de jamón y queso en La Madrileña, que quedaba enfrente.

La derrota de la Iglesia en las ciudades occidentales coincide con el regreso voraz de las palabras. El papado había sido, durante siglos, enemigo declarado de la palabra como fundamento de falsos profetas. La Sola scriptura protestante había roído el compromiso católico contra la verborrea y la memorización integristas. En Estados Unidos, país fundado por disidentes religiosos, la proliferación de iluminados y fanáticos fue, desde siempre, motivo de cachondeo general, pero aquí, en Europa, las cosas tienen mucho menos brillo.

La renuncia del viejo continente a sus raíces judías y cristianas -y, por lo tanto, a la sacralización del tiempo- crea las condiciones para que las palabras contraataquen. Las redes sociales, esos templos virtuales sin cimientos pero con gárgolas, proyectan las manifestaciones más descaradas de la fanfarria. Y, entre col y col, totalitarismo: control del lenguaje, relatos supremacistas, voladura de la presunción de inocencia, yihad y naciones sin estado; en resumen, un nuevo adanismo perturbador. Yo, lo confieso, cuando tiendo la ropa o plancho, me pongo YouTube de fondo con alguna conferencia de Zakir Naik, de Pedro Varela, o de Cao de Benós -o alguno de los ‘Fort Apache’ pendientes-, y se me caen los calcetines del asombro por encontrarme ante tantísimos discursos sin moral. Pero, rápidamente, me repongo y vuelvo a echar de menos aquellos mediodías de domingo en la Compañía, con homilías perfectas para no prestar atención.

* Columna publicada el 31 de Octubre de 2018 en El Diario Montañés

sábado, octubre 20, 2018

Jacques Brel: cuarenta años de ternura*



El cantante belga murió el 9 de octubre de 1978 tras publicar ‘Les Marquises’, su legado artístico y moral



“Me largo, eso es todo”. En 1966, Jacques Brel anunció su retirada de los escenarios. No dio ninguna explicación. Un año más tarde, el 16 de mayo de 1967, tras cumplir sus compromisos profesionales, cerró la gira de despedida con un concierto en el Casino de Roubaix, en el norte de Francia, cerca de la frontera belga. Fue la última vez. Muchos han querido descifrar desde entonces el misterioso mutis del cantante; algunos -es el caso de su amigo Georges Brassens-, destacando el agotamiento de Brel como preludio de la enfermedad que acabaría derrotándolo. Otros, más perspicaces, interpretan su decisión como un acto de ruptura. Es muy posible que la seguridad de haber alcanzado el pleno dominio de sus facultades artísticas lo convenciera para no acomodarse en una fama plácida.

Ya había dado muestras Brel de su talento para rebelarse contra cualquier espejismo de respetabilidad. Así, en 1953, después de tres años de matrimonio con Thérese Michelsen, ‘Miche’, siendo padre de dos hijas (la tercera nacería en 1958) y bien colocado en la empresa familiar, abandona Bruselas y se traslada a París. Atrás quedan la vida medida y la inercia del deber. La celosa y, a menudo, cruel defensa de su libertad lo devuelve a la intemperie en 1967; pero esta vez ya no supone un riesgo. Los derechos sobre su obra le proporcionan pingües beneficios. Es el sueño del rentista.

Tras algunos años probando fortuna como actor de cine y teatro musical (‘El hombre de La Mancha’), las cosas acaban torciéndose. En 1973, rueda su segunda película como director, ‘Far West’, que será un fracaso. Pésimamente recibida en Cannes, de su banda sonora emerge, sin embargo, una de las perlas del cancionero breliano, ‘L’enfance’, que reivindica la niñez como ámbito de la imaginación irreductible: “… los adultos son desertores,/ todos los burgueses son indios”. En su biografía del cantante, publicada en 1987, José Luis Atienza Merino recoge unas declaraciones de Brel al respecto: “Pienso que hay cantidad de hombres de mi edad que tienen una auténtica falta de infancia que compensan, en general, con el éxito o con las mujeres. Pero creo que ya no juegan a los ‘cowboys’ ni a los indios y eso se echa en falta”.

La decepción se hace patente. Su obra discográfica parece definitivamente concluida y sus pinitos en la interpretación no terminan de dar fruto. Por otra parte, ‘Miche’ y sus hijas se han convertido en perfectas desconocidas. En plena madurez, otra mujer ha llegado, mientras tanto, a su vida: la actriz guadalupeña Maddly Bamy. Ella será, a partir de 1971, la última pareja del cantante.

Paraísos
Sueltas las amarras familiares y profesionales, sin proyectos a la vista, Jacques Brel quiere catar la vida del aventurero. En compañía de Maddly y, al principio, de su hija France, embarca en julio de 1974 en el ‘Askoy II’, un velero con el que pretende dar la vuelta al mundo. Poco dura, sin embargo, la brega en el océano. Al atracar en Canarias, experimenta los primeros síntomas del cáncer de pulmón.

En esos días, escribe una intensa carta a su esposa ausente. Hay frases que no tienen desperdicio: “Es cierto que, aun estando demasiado enfermo, me queda toda una salud que no me autoriza a vivir como burgués” (…) “Estimo tener derecho a perecer en el mar antes que sucumbir en el salón”. Después de este ejercicio de verborrea adolescente ya está todo dicho. Es la hora, parece, de morir.

Siguiendo las huellas de Paul Gauguin, Brel y Maddly escogen el Pacífico como su último destino, instalándose en Atuona, isla de Hiva Oa (Las Marquesas).  Allí, el cantautor se ajusta al ritmo insular, asumiendo conscientemente su quietud paradisiaca. Pero la rutina no enmudece al artista. Resulta inverosímil creer que Brel, tan sensible a las cosas sutiles, no vaya a exprimir todas sus recientes experiencias. Han sido demasiadas las aventuras y los sinsabores de los últimos años; demasiado sugerente también el paisaje de Las Marquesas, que se erige frente a él como un dios benefactor. Con la guitarra como único acompañamiento, Brel da a luz una veintena de canciones y decide volver a París para vestirlas. Será su primer disco en diez años; el decimotercero y último de su carrera.



Su regreso a la capital francesa, en el verano de 1977, intenta ser discreto. Se hospeda, con nombre falso, en un hotel cercano al Arco del Triunfo y el 5 de septiembre comienza, en secreto, las sesiones de grabación. Mucho se ha escrito sobre la atmósfera enlutada de aquellos días de trabajo, los últimos de Brel que, tras varias visitas al quirófano, ya sólo conserva un pulmón y, además, irradiado. Los músicos, presa de la emoción, son conscientes del frágil estado del artista, pero él trata de quitarle hierro al asunto: “¿Alguien ha visto un pulmón?”. El 1 de octubre de 1977, tras concluir la última canción de su carrera -‘Les Marquises’, que da título al álbum-, Jacques Brel se retira.

La despedida
Lo que transcurre a continuación es, simplemente, su último año. De vuelta a la isla polinesia -mientras en Francia el disco llega a lo más alto de las listas-, Brel sólo disfruta unos meses de salud sostenida. A principios de 1978, el cáncer ataca de nuevo y sucede lo inevitable: pruebas médicas, visitas al hospital, discusiones contra los fotógrafos que acechan… Hasta su muerte, en París, el 9 de octubre de 1978, después de pedir una Coca Cola y dirigir a sus acompañantes un irónico “no os abandonaré”. Sus restos reposan en Atuona. Se han cumplido cuarenta años.



Sin duda, fue su última obra la que, como un resumen de excelencia contenida, da cuenta del carácter de Brel. El belga quiso resumir como mejor supo -a través de la música- todo lo aprendido en sus 48 años de inconformismo. Este disco, de apenas una hora de duración, recoge eternas obsesiones: el odio anti-burgués, el compromiso con los desfavorecidos (‘Jaurès’); con los ancianos (‘Vieillir’); contra sus compatriotas flamencos (“nazis durante las guerras y católicos entre ellas”); o en favor del hombre común frente a ideas inverosímiles de la divinidad (‘Le Bon Dieu’).

Pero también incide en las escenas cotidianas del amor (‘Orly’) y en la amistad, que celebra en ‘Voir un ami pleurer’ -y, sobre todo, en ‘Jojo’, su amoroso canto al camarada perdido-. El Jacques Brel áspero de las entrevistas e, incluso, del hogar, envuelve su palabra con la ternura que encontró en Las Marquesas y en su gente. Así cierra su obra, saboreando cada verso en esta última canción a la que apenas llega por la fatiga y que sólo pudo grabar una vez antes de irse para siempre: “Hablan de la muerte como tú hablas de un fruto./ Miran el mar como tú miras un pozo. (…) El corazón es viajero, el porvenir pertenece al azar…”.

* Artículo publicado el 19 de Octubre de 2018 en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés

jueves, octubre 18, 2018

Esa cara de susto*



Como dicen que Franco vuelve a Madrid, todo adquiere de nuevo un sabor a caudillaje, a mando en plaza. Es lo habitual cuando se nombra al dictador en determinados ambientes político-mediáticos; alguien dice Franco y el cerebro compone lúgubres imágenes de aquella España de la posguerra y de sus cunetas convertidas en osarios.

Pero hay también un Franco débil, crepuscular. Nos lo muestra Victoria Prego en su célebre y celebratoria serie de 1995 sobre la Transición. En los primeros capítulos, el general aparece transfigurado en una presencia trémula que, con sus crueles balbuceos, ya sólo constituye una molestia para los tecnócratas. Prego escoge la fecha del asesinato de Carrero Blanco, el 20 de diciembre de 1973, para fijar cronológicamente el principio del fin. Es un lugar común vincular la desaparición del santoñés con el nacimiento de un periodo dirigido por las corrientes más aperturistas del régimen. En este punto, debemos fiarnos de la narradora, que sugiere avances apenas perceptibles, supuestamente heroicos, de franquistas y opositores constructivos. Si uno se atiene al relato oficial, la Transición se consolidó a medio camino entre el hito que proclaman sus partidarios y el fango que denuncian los críticos -esa idea según la cual la derecha, al ver que se apagaban las luces del franquismo, pidió un vaso de plástico para apurar su copa con otra música de fondo-.

Sin embargo, algo ocurrió entonces que ha marcado la evolución de la derecha española en estos últimos cuarenta años: a Carlos Arias Navarro se le puso, de pronto, una cara de susto que ya no logró borrarse. Primero, como continuador de Carrero, aunque con torpes movimientos liberalizadores -nunca se recuperó del “gironazo”-, y, después, como máximo responsable de los destinos del país en el momento de la muerte de Franco y en el primer Gobierno del reinado de Juan Carlos, el pobre Arias no supo armarse de valor para interpretar el espíritu de la época y acusó su incapacidad para desligarse de las querencias genuinamente autoritarias. Pese a que han sido otros los elevados a los altares (los Fraga, Suárez o Fernández-Miranda), es Arias Navarro el arquetipo de la derecha española; irremediablemente desideologizada, vacilante y sujetada por el franquismo.

La derecha lo ha intentado todo: desde la camisa azul y la democracia cristiana, hasta la conclusión neoconservadora que tampoco ha enamorado al personal. Pero jamás ha dejado de añorar el territorio del orgullo. De ahí que sus compromisos parezcan siempre camuflaje de ocasión, disfraces de última hora. Hoy, por ejemplo, pone su fe en Vox, la flamante versión ibérica (con permiso de Torra) del nacionalismo identitario. Vox ha logrado que la derecha diga “sí, esto es lo que echábamos en falta” y que se le borre por ahora la cara de susto de Arias Navarro, situándose en una peligrosa estrategia que amenaza con seducir a los sectores más combativos de la oposición a Sánchez. No aprenden.

* Columna publicada el 17 de Octubre de 2018 en El Diario Montañés