lunes, julio 22, 2019

Correas*



Es evidente que el pesimismo es uno de los rostros de la pereza. Lo sabe la derecha autóctona, que se duele de su mal fario enredada en un conflicto familiar interminable. Tantos años después, aún le cuesta liberarse del sambenito franquista y de la cínica identificación nacional de España con la más rancia barbarie. Las ideas, claro está, nunca han sido su fuerte. Sin embargo, la derecha encontraba en una gestión sin pasiones los motivos para la resistencia. Los mejores entre los suyos creían saber que los agravios públicos contra la comunidad política (ligados al auge de los nacionalismos periféricos) nunca empaparían del todo al personal.

Pensaba la derecha que bajo la gruesa capa propagandística y el bombardeo ideológico sobrevivía aún la España antigua, el resultado de una convivencia de muchísimos siglos. Esto, obviamente, en el mejor de los casos; en aquellos sectores de la derecha más comprometidos con ciertos valores sin riesgo de caducidad inminente. Otros persiguieron el cargo o prefirieron el latrocinio. Hay gente para todo.

La batalla, en definitiva, no se ha dado nunca a pecho descubierto. Ha habido miedo, sí, pero, sobre todo, comodidad en las urnas que, mal que bien, parecían confirmar que una cosa son las extravagancias de la “élite” y otra, la verdad de un país que no acababa de nacer.

Largos años transcurrieron de esta guisa hasta llegar al momento decisivo: el golpe en Cataluña y la protesta de miles de personas que veían cómo les escamoteaban el país desde la mentira y la movilización total de los bajos instintos. La derecha vio ahí la posibilidad de dotar de contenido explícito lo que hasta entonces había enarbolado discretamente. Y en esto llegó Vox.

El partido de Abascal, inflamado por la reacción, dice querer acabar con los complejos de los españoles “que madrugan”. ¿Esto significa, acaso, la irrupción de un refrescante constitucionalismo? En absoluto. Vox no propone la España abierta. Al contrario, aprovecha la simbología del estado democrático para colocar el género; las causas más estrambóticas. Es verdad que, electoralmente, no ha sido para tanto; apenas veinticuatro diputados, muy lejos de la carga de la caballería ligera que barruntaba su dirección.

El daño viene, como siempre, de las correas: el nacionalismo de Vox ata más corto y mucho más dolorosamente que el de los periféricos, quienes, pese a un historial reciente que combina golpes de estado y tiros en la nuca, mantienen su prestigio mediático. De ahí que Pedro Sánchez se frote las manos en Navarra, dejándose llevar por radicales y esencialistas de diversa índole -los que, por ejemplo, acosaron recientemente al alcalde de Pamplona, Enrique Maya, en plena celebración de San Fermín-, mientras se extiende la idea de que la creciente polarización de la sociedad española responde a una “alerta antifascista” y no al hundimiento continuado de todos los puentes (de la fe en la convivencia) como preludio de otra guerra civil.

* Columna publicada el 10 de Julio de 2019 en El Diario Montañés

viernes, junio 28, 2019

¿Para qué sirve Noa Pothoven?*




La crítica al sistema liberal democrático que repiten, a un lado y a otro, los portavoces de la excepción, tiene entre sus pretextos la supuesta caída del hombre contemporáneo en la soledad más desangelada; en la intemperie de un mundo sin asideros como consecuencia de la precariedad y el relativismo. Con la sociedad fragmentada, con las familias empequeñecidas y dispersas, el individuo apenas sería capaz de levantar la cabeza para encontrarse en la mirada del prójimo y propiciar así una relación más allá de las necesidades económicas o de los intereses de la mera supervivencia.

Es un cuadro desolador. Según se denuncia, las élites -esa piñata colmada de votos y conspiraciones- establecen una división de clases, a través de un lenguaje excluyente y una agenda propia. Los partidos que brotaron de la crisis rescatando viejas recetas totalitarias proponen un vuelco político que restablezca el orden reglamentado para impedir el aislamiento y, de paso, el libertinaje. Por ese motivo conviene estar alerta ante los románticos de los márgenes y los profesionales que hacen de la crítica su canción del verano. Sobre todo, cuando se interpreta, con el beneplácito de las instituciones, confiando en el entrismo como fórmula para la erosión de los consensos. Precisamente este ha sido el caso de la vergonzosa actitud de los comunicadores y militantes patrios tras el fallecimiento de Noa Pothoven, a los 17 años.

Como recordará el lector, lo primero que se supo de esta adolescente holandesa es que estaba muerta. Es una forma curiosa de iniciar una proyección mediática; supone, en definitiva, que su vida ha carecido de interés hasta su extinción. Primero, los informativos y la prensa, con la ayuda de las redes sociales, difundieron la noticia de que a la joven le habría sido aplicada la eutanasia. La finalidad consistía en recuperar -a favor o en contra- el debate de la muerte digna que, como es sabido, en España viene y va como el Guadiana.

Más tarde, nos dijeron que Pothoven efectivamente solicitó la eutanasia pero que había fallecido al dejar voluntariamente de comer y de beber, tras una depresión a la que no veía remedio, provocada por los abusos sexuales de los que fue víctima. La bronca previa entre aquellos que ven en la eutanasia la prueba del inminente Apocalipsis y sus adversarios no tenía a Pothoven como prima donna. Ella sólo era, por así decirlo, el campo de juego. 

Noa Pothoven acabó siendo, por consiguiente, una muchacha de trágica biografía y pronto olvido. Cuando su caso demostró no ser funcional para el discurso público, su memoria retornó a los límites de su hogar. Hoy es una jovencísima suicida a la que nadie pudo prestar ayuda. Su decisión de dejarse morir apela a los organismos que deberían velar por el bienestar de todos. Quizás sea este un tema más aburrido que el de la eutanasia, pero importante al fin y al cabo.   

* Columna publicada el 26 de Junio de 2019 en El Diario Montañés

martes, junio 18, 2019

Tiananmen*



No resulta fácil advertir el paso del tiempo en lugares rendidos a la quietud y a la costumbre. El espacio familiar doma las miradas, convenciéndonos de la repetición de los movimientos y de la necesaria fe en las fórmulas de siempre. Únicamente los achaques y las canas -que irrumpen como los granos últimos de un reloj de arena- despiertan la preocupación en el personal. Esto no va a ser eterno.

Más allá de las amenazas que todos sabemos, a pesar de que los territorios permanecen en su aspecto infantil, a veces el paso del tiempo nos es reconocible. Pienso en algún episodio que marca las vidas de las personas concretas; aquellas que no se mueven en la lógica del poder ni de los medios. Se trata de la posibilidad de la vejez y de la ruina, de las pérdidas y del compromiso con el prójimo.

El mundo se vuelve entonces hostil o, por el contrario -como canta la gran María Jiménez-, “más amable, más humano, menos raro”. Y se vive su realidad más conscientemente aun cuando otros prefieren inhibirse en el sueño emboscado; en la vigilancia a cierta distancia prudente. Zhou Fengsuo, uno de los líderes del movimiento que reclamó reformas democráticas en la China de 1989, declaraba recientemente que a los protagonistas de aquella ilusión frustrada “nos parece estar en un universo paralelo; una pesadilla que empezó hace treinta años”.

Y es que la vida, a fuerza de repetirse en compañías simpáticas, aperitivos y paseos, golpea en ocasiones con la potencia de la historia y reclama de los individuos una implicación para la que, en general, nunca están preparados. ¿Cómo podría estarlo Zhou Fengsuo, un joven estudiante de Físicas en el Pekín de los ochenta? ¿O un alumno del primer curso de la carrera de Historia como Wang Dan? Rebeldes impetuosos para los que las promesas en un futuro de triunfo y libertad que completara políticamente la apertura económica de la China comunista se disolvieron al mismo tiempo que su adolescencia.

Los principales cabecillas de la protesta van, poco a poco y en silencio, alcanzando una madurez que no va a proporcionarles influencia o mando. Como tampoco se lo proporcionó al premio Nobel de la Paz Liu Xiaobo, que murió hace casi ya dos años de un cáncer diagnosticado demasiado tarde en una cárcel de su país, y cuyo nombre es hoy tabú.

Es en la cobardía de Occidente, cómplice del empuje económico de la China contemporánea, donde se manifiesta el tiempo en toda su crudeza y su traición. En las conciencias de nuestra juventud, amarrada a eslóganes prefabricados, no hay espacio para el reconocimiento a quienes pelean por la libertad, contra la represión de su estado y el compadreo de las democracias de festival. Al menos, cada diez, veinte o treinta años, emerge el ejemplo de Tiananmen; de las esperanzas y las derrotas de Tiananmen. Para nuestra vergüenza.

* Columna publicada el 12 de Junio de 2019 en El Diario Montañés

martes, junio 04, 2019

Culpable*



En un comercio que desaparece palpita una crisis y una decisión; el escaparate vacío, el cartel que anuncia el cierre o el alquiler del local desnudo. Parece que nadie se preocupa del éxito de una tienda que sobrevive a los vaivenes de la economía o a las apetencias temporales de la moda y la estupidez. Hay algo de fría continuidad en el bullicio de la gente que entra para preguntar precios y luego sale satisfecha con el trato. Y también hay compañía.

El peatón que no ha entrado, que no tiene curiosidad por el producto en venta, sufre, sin embargo, cuando el establecimiento que siempre ha estado ahí, de repente, lo abandona. El vecindario no es sólo el personal que saluda con un leve movimiento cervical, sino territorios familiares, rótulos que envejecen con el observador que busca una repetición en las cosas que ama o, al menos, que le importan.

Cualquier cambio, por lo tanto, despierta en el contribuyente una sensación de vértigo y de culpabilidad. ¿Por qué no atravesé nunca esa puerta? ¿Qué extraña desidia me llevó, un día tras otro, a obviar el atractivo de sus vitrinas? Muchos han sido los negocios que se han despedido en silencio, como una amistad que no se cuida.

En una búsqueda rápida por las redes me informo de que la tienda de enmarcaciones Cristmol, de la santanderina calle Cádiz, cerró el pasado mes de febrero. Y yo, claro, sin enterarme, en Babia. Desconozco los motivos de la decisión, no quiero aventurarme. Quizás, se tratase de un retiro o del agotamiento de la ilusión cotidiana. Pero es, simplemente, la muerte del propietario y la muda en los destinos de las generaciones que lo heredan. No obstante, como las personas que expiran sin haberse bebido el vino bueno, uno siente haber desperdiciado la oportunidad de explorar un espacio distinto, ajeno a la voluptuosidad de los cebos digitales. Pero yo no me las quiero dar de fino o de indignado. Tuve la opción de comprar un cuadro -alguno del gran Pedro Sobrado, por ejemplo- o de curiosear entre las obras, pero no lo hice.

* Columna publicada el 29 de Mayo de 2019 en El Diario Montañés

miércoles, mayo 29, 2019

El que manda*



Hoy en España hay uno que manda. Eso es tranquilizador. Al país le hacía falta un asidero sólido, un navegante confiado. El PSOE de Sánchez avanza con la graciosa inercia de las victorias. Los compañeros del líder -algunos de ellos, antiguos rivales- aprovechan la estela ganadora y apuntalan su brillo en las provincias y en Europa. Es bueno comenzar teniendo claro quién manda hoy en España.

La victoria de uno, cuando se da así, rotunda, envejece rápidamente a los demás, aunque a algunos, cierto es, más que a otros. Podemos confirma dramáticamente que la buena salud socialdemócrata convierte siempre a los radicales en excéntricos que sobran por su cargante moralina. A Iglesias, claro, le costará asumir una responsabilidad que, tomada en serio, lo conduciría de vuelta al aula.

¿Y Rivera? Ciudadanos sigue celebrando los arañazos que le propina a Casado, con la ilusión de ser un recambio para el PP. Enmarañados ambos en la trampa de Vox, cegados por la ambición de las matemáticas en Madrid, carecen del empaque de los partidos de Estado y de la seguridad de las candidaturas ganadoras.

Pero Ciudadanos aún puede salvarse de la impresentable política de bloques, en la que uno gana o pierde por una pizca -y que parte España por la mitad-, escapando de la identificación con Abascal. Quizás, la pérdida de peso de Iglesias abra un espacio de entendimiento entre socialistas y naranjas, arriesgándose estos últimos a la enésima pérdida de credibilidad. No sé yo si está la cosa para martirios.

Cantabria, por su parte, es la excepción, con Navarra, y resiste la alegría socialista. Zuloaga mantiene al partido en resultados impropios de su marca electoral. Revilla ha obtenido, al fin, la victoria. Quince diputados que completará con el PSOE, suponemos, por aquello de estar en comunión con el que manda.

* Columna publicada el 28 de Mayo de 2019 en El Diario Montañés

viernes, mayo 17, 2019

Contemporáneos*



Del “hay que ser absolutamente moderno”, de Rimbaud, a la más reciente expresión de ruptura con el tiempo y con los otros, pronunciada por el paleontólogo Juan Luis Arsuaga: “seamos contemporáneos, vivamos conscientemente nuestro momento”. El hombre, como gran verdugo de culturas y de dioses. El peligro se desvela, quizás, en la violencia previa al desastre, con el espejismo de solución o de muerte.

Existe hoy, en efecto, una tentación de novedad que disuelve los lazos de la historia. Hablamos, sin escrúpulos, de la sociedad del emprendimiento, el “Gobierno de los Autónomos”, que diría el Ícaro naranja, y los esclavos del IVA trimestral. Ninguna excepción se conserva, ni espacios sagrados o para la congoja. Las llamas en Notre Dame no han devuelto la cordura a la generación de los ‘like’. Nadie parece asumir que la pérdida de la catedral habría supuesto la confirmación de nuestra desventaja en la línea del tiempo.

Pero, ¿acaso puede medirse la calidad por un recuerdo? ¿No es el arraigo en el presente, por el contrario, lo que eleva al sujeto o lo entierra? Así lo han entendido los forjadores del discurso mediático-político. Un oscuro experto en lenguas muertas, por ejemplo, pesa menos que un Rubius o un Risto. Las palabras que emite cualquier cocinero circunstancial en la televisión recorren más cerebros que todos los poemas de Eliot.

Pensamos que esto no puede ser casual, aunque, de hecho, lo sea. El mal no necesita de estrategias para desplegarse. Le basta con el orgullo en la ignorancia y con la búsqueda individual del éxito inmediato. Todo es más fácil de esta forma; la publicidad partidista y empresarial se desenvuelve más ligera en un territorio sin diques o precauciones espirituales. El universo nace en este preciso instante; somos, dicen, la primera hornada de seres humanos conscientes de su dignidad. Miramos, por lo tanto, la historia sin atención, como quien se topa con una huella desconocida en el camino. Ni siquiera nos detenemos a considerar el origen o el destino de su dueño. Es en el recorrido, no sólo en el ahora, donde habitan los hombres. Y, hoy, estorban.

*Columna publicada el 15 de Mayo de 2019 en El Diario Montañés

lunes, mayo 13, 2019

Dulce*



Dicen que empieza con un hormigueo, con algún síntoma traidor en la placidez de los días repetidos. Nadie se lo espera; irrumpe para disolver la seguridad en el futuro o en las promesas del esfuerzo. Todo cambia con un diagnóstico terrible. La blancura de la bata del doctor, el jardín que se adivina tras los cristales, ajeno a cualquier turbación. Uno sale del hospital y camina los lugares que ya no le son propios. Otros parecen ser ahora los destinados al disfrute de las cosas. No cabe un miedo mayor, una ruptura más dolorosa.

La enfermedad, cuando es incurable, establece una distancia con los demás. El paciente, incluso con la compañía más leal, transita en perfecta soledad las etapas de su adiós. Pasa, tristemente, de la autonomía a la dependencia; de la vida adulta en plenitud a la pérdida paulatina del dominio de su cuerpo y sus funciones. En este estado de cosas, es razonable buscar un instante de absoluta libertad. Ser capaz de elegir una última vez.

Debe de ser difícil asumir un futuro que no vendrá. Aceptar que el destino no proporcionará alegría o una mejor salud. No volver a ver París, no conocer al próximo inquilino de La Moncloa o el aspecto de la crisis que ya se adivina. Perderse las nuevas series, los libros que nos quedan por leer. El incendio en Notre Dame, o los tuits de Trump y el salto de la Pantoja. El presente ata en corto a los vivos.

La muerte de María José Carrasco actualiza en España el debate sobre la eutanasia. Nunca ha sido un asunto de sencillo planteamiento porque se trata, en definitiva, de legalizar el homicidio y eso siempre asusta, como decía el otro, aquí y en la China Popular. Todos los portavoces parecen estar de acuerdo en que la llamada muerte dulce exige hilar extremadamente fino para evitar malentendidos y abusos, pero pocos se atreven a meterle mano.

Saltó la noticia -mediatizada y polémica- del suicidio asistido de Carrasco y, de repente, nos alcanzó la campaña electoral. No se me ocurre un momento peor para plantear un problema en este país frágil donde las propuestas pronto se vuelven veneno. Pero el defenderse de los programas ventajistas no nos exime de tomar postura. Quizás, esta época de excepción digital nos está ofreciendo demasiados cambios trepidantes, negadores de cualquier tradición y moral organizada. No quedan asideros lo suficientemente sólidos para convencernos de lo adecuado de una intuición. Queremos, simplemente, negar al sufrimiento su papel preferencial en el sentido de nuestra existencia. La muerte es un peso hondo, el silencio sobre el dolor del otro; un adelanto de lo que nos espera. La modernidad condena al ser humano a cambiar el bienestar por la delgadez, el camisón, los tubos y el entumecimiento. Y su hogar, por una clínica. ¿Hay algún pecado en la opción, consciente y serena, de la despedida?

* Columna publicada el 1 de Mayo de 2019 en El Diario Montañés

lunes, mayo 06, 2019

Decepción de la trinchera*



El 75,76% de la población española con derecho a voto aprovechó ayer el solete primaveral para colmar las urnas en las Generales. Poca broma con esta cifra rotunda que suena a movilización de época, a compromiso inédito. Ha costado lo suyo, pero los españoles parecen bailar por fin al son que les marcan los políticos y los medios. Tras muchos años de constante atención televisiva, de efervescencia casi bélica que ha privado al respetable de cualquier otro referente vital y cultural, nos hemos empapado de los dogmas militantes.

Desde el optimismo más infundado, uno podría esperar que la sociedad civil rechazara el clima de furiosa polarización que se ha alimentado desde todas las plataformas y todos los micrófonos. Pero no ha sido así. En el fondo, es comprensible: no en vano, el espectador patrio ha podido personarse en un juego de tronos que incluye -según las sentencias de unos y de otros-  mafia, comunistas, fascistas, golpistas, cobardes, bolivarianos y nostálgicos del pequeño caudillo. ¿Cómo negarse a participar con un voto en el poderoso drama español?

Ha ganado la izquierda o, para ser más precisos, la posibilidad de una salida a la crisis política desde la peligrosa connivencia de la socialdemocracia con fenómenos extremistas y tribales. Una salida que, además, excluye a la derecha, a la mitad del país, de cualquier influencia en el futuro del estado. Tenemos que agradecer a Albert Rivera y a Pablo Casado su apuesta por la brocha gorda, por el discurso sin altura ni programa. La pretendida suma del Partido Popular y Ciudadanos -con el apoyo más o menos directo de la ultraderecha nacionalista de Vox- no sólo era improbable, sino que volaba todos los puentes del entendimiento constitucionalista.

Con una nefasta campaña que, incluso, aupó a Pablo Iglesias como el gran sensato, el hambre de mando de Rivera y Casado agotó la paciencia de los contribuyentes que prefieren siempre las opciones de la moderación; lo malo conocido. Allí teníamos a los dos jóvenes del centro-derecha, voraces y confiados, peleándose por encontrar la descalificación más precisa del socialismo realmente existente, mientras Santiago Abascal, desde los márgenes de la razón, dibujaba las coordenadas del debate. Les quedaba el traje, sin duda, demasiado grande.

Ancho es ahora el territorio del PSOE. Con 123 diputados, Pedro Sánchez puede emprender su proyecto sin la amenaza de un próximo descalabro en forma de moción de censura. El presidente, parco en palabras y en talento, supo aguantar su débil posición ante la ofensiva conservadora. Con una participación gris en los debates, el candidato socialista recibió como un regalo el cordón sanitario del ambicioso Rivera. Todo ese centro progresista, templado y razonable que parecía partidario del abrigo naranja, prefirió la gran casa de Ferraz. ¿Qué decir ahora? Quizás, dar las gracias a Albert, a Pablo y a Santiago. Y enseñarles, amablemente, la puerta.

* Columna publicada el 29 de Abril de 2019 en El Diario Montañés

viernes, abril 26, 2019

Machos y susurros*




La primera imagen en el estudio: los candidatos, cariacontecidos, detrás de los atriles, reciben las últimas instrucciones de su equipo de asesores. Un debate no es una conversación, sino un combate, a cara de perro, con insólitas armas dialécticas y cosméticas. Sánchez, que es el único de los cuatro que ya pisa moqueta, desaprovechó la oportunidad de situarse por encima de la gresca, repitiendo “las derechas”, tantas veces como le fue posible, sin ganar ningún cuerpo a cuerpo. Voló a escasa altura. Tampoco Rivera ha recuperado brillo y ya sólo confía en que el barullo alumbre una mayoría naranja. Iglesias optó por una exhibición de inteligente mesura, para ofrecerse como el lado bueno de un PSOE veleta, sin apartarse de su plan: blandir un ejemplar de la Constitución. Fue el más torero. Casado, correcto como una tortilla francesa, no quiso reclamar para sí el título de jefe de la oposición; no hirió, pero tampoco fue herido. El debate de propuestas duró exactamente media hora. Después, la violenta plasmación de la falta de talento. Se odian, se temen, pero el futuro pasa por ellos. ¿No les parece desolador?
23 de Abril.

* *
Definitivamente, conocerlos no es amarlos. Qué desagradable el debate decisivo; qué bronco y qué triste. Dos horas más de televisión con esta gente -cuatro horas en dos días consecutivos-  no hay cuerpo que lo aguante. El contribuyente teme imaginárselos a puerta cerrada, sin Vallés ni Pastor acortando las riendas. Sánchez prefirió, una vez más, el refugio de las tablas, desde donde, reiteradamente, llamó mentirosos a sus rivales. No estuvo bien el presidente, lento y pálido en un escenario que no le beneficia. Mentira y derecha son dos palabras que en boca del candidato socialista quieren funcionar como el ajo contra los vampiros. No ganó, pero tampoco perdió por incapacidad de los contrincantes. Rivera y Casado tuvieron incluso algún momento de confrontación. Fue gracioso porque en la pelea parecen inexpertos; dos jóvenes de club deportivo disputándose el barco de papá. Y eso es lo que se echó en falta: alguien adulto, la dignidad de los cargos en democracia. Iglesias, que ya no confía en mandar en solitario, ha abandonado su estrategia revolucionaria para abrazar el discurso tranquilo frente a los machos alfa que se enzarzan por La Moncloa. Ahora prefiere domar a Sánchez y para ello susurra.
24 de Abril.

* Comentarios a los debates electorales del 22 y 23 de Abril de 2019. Publicados en El Diario Montañés.

viernes, abril 05, 2019

Un poco mejor*



El 8 de junio de 1968, dos días después del crimen, el cadáver de Robert Kennedy fue conducido en ferrocarril desde la catedral neoyorquina de San Patricio hasta el cementerio de Arlington, cerca de Washington DC. En un vagón, junto al ataúd, el fotógrafo Paul Fusco contemplaba el duelo de un país al que se le escapaba otro pedazo de esperanza. Y disparó con su cámara para perpetuar a los estadounidenses de todas las razas, credos y dineros que formaron junto a la vía, a lo largo del trayecto, perfectamente firmes y dignamente derrotados, saludando en silencio al paso del tren. La perspectiva de un cambio político profundo en los coloridos sesenta parecía borrarse con la desaparición de otro Kennedy. Así lo despedía el pueblo. Muchas gracias, Bobby, pero contigo tampoco ha sido posible.

“La gente los amaba porque fueron un poco mejores de lo que deberían haber sido”, afirmaba el escritor Norman Mailer, cronista de aquel último viaje, reflexionando sobre el atractivo del clan. Un poco mejores, tampoco mucho, pienso. Como sucede con todos los mitos, las promesas son más jugosas cuando las vidas se interrumpen demasiado pronto. Las figuras mesiánicas, sacrificio incluido, alegran los relatos y engordan las canciones, pero son también peligrosas en su unanimidad. Porque la unanimidad es siempre una mentira.

Sin embargo, la renuncia a la ilusión partidista, en beneficio de la gestión gris de la realidad, apenas atrae adeptos en una época dolorosamente marcada por la inmediatez de la imagen y el tuit. Todos quieren jugar la carta de la pasión televisada. Por lo tanto, ante este fenómeno cabría preguntarse si acaso no estamos equivocados quienes preferimos algo más sólido y más adulto. Quizás no se trate, en definitiva, de despreciar las querencias pop de la política, sino de dotar de contenido este entramado mitinero.

Y es que uno mira a su alrededor y ve a los Sánchez, Casado, Rivera, Iglesias y Abascal -por reducir el escaparate a cinco productos- y no puede confiar en el origen divino del poder. Los candidatos no son mejores de lo que deberían haber sido. Cabe la posibilidad, incluso, de que sean peores o más defectuosos.

En la política hay, no obstante, un elemento de dignificación que sólo se obtiene con el ejercicio del cargo: el empaque del trilero reconvertido en útil representante institucional. En España tuvimos a alguien “mejor de lo que debería haber sido”: Adolfo Suárez. Su destino de joven oportunista en el Movimiento Nacional supo quebrarlo, por lo menos, con el liderazgo democrático durante la transición. Su hijo, impertinente legatario de su memoria, nos sale ahora con lo del neandertal. Por lo tanto, nada garantiza que los jóvenes sucesores o los delfines de los partidos hereden lo mejor de su parentela. La gracia política, si tal cosa existe, se demostraría en los riesgos que se asumen, en el compromiso con la sociedad del individuo honrado.

* Columna publicada el 3 de Abril de 2019 en El Diario Montañés

lunes, marzo 25, 2019

Sinécdoque*



Intentaré decirlo de la manera más precisa: cualquier hombre que haya prestado un mínimo de atención a la realidad sabe que las mujeres no son seres inferiores. No hace falta empaparse de discursos académicos; basta con un rápido vistazo al pupitre de al lado. A esa oncóloga, por ejemplo o a la jueza, la arquitecta y la ingeniera. Y a las cajeras y camareras, a la vez precarias y competentes. También a la madre que es capaz de conciliar aspectos de su vida que ‘el mercado’ se empeña en despreciar. Las pruebas superan cualquier abstracción: el planeta es, también, de las mujeres.

Sin embargo, ay, los hombres oponemos algún que otro ‘pero’ a la protesta feminista; un ‘pero’ masculino, acaso gruñón y a la defensiva, pero casi nunca (queremos pensar) irracional. Aliados aparte, ante el fenómeno -irreprochable en muchísimas de sus demandas-, nos mostramos suspicaces. Unos le quitan telilla al asunto. Otros, directamente, se sumergen en un mar de despreciable misoginia. Algunos, por otra parte, preferimos señalar el síndrome más peligroso de nuestro tiempo: la instrumentalización política. Da lo mismo, ellas (las feministas) destacan nuestro susto. No es la primera vez que sucede. Acordémonos del 15M, aquel termómetro del malestar. Y pensemos, por cierto, en los primeros días de proclamas simples, más o menos espontáneas, contradictorias e ingenuas, pero sin estrategas. Los conservadores patrios suelen encajar mal las revueltas porque les hacen envejecer prematuramente. ¿Podremos comparar una reunión de subsecretarios con el empaque de un García Calvo, megáfono en mano, en la Puerta del Sol? Por no hablar de la guillotina que, como decía Krahe, “posee el "chic" de lo francés”.

El sistema sabe, no obstante, que aquí se trata de aguantar el tirón. La masa callejera se desinflará antes de pisar moqueta en beneficio de las propuestas inmediatas. Por eso, la perversión es evidente, desvelándose los principios en simple munición partidista. De ahí que al feminismo occidental apenas se lo relacione con la lucha de la mujer en territorio islámico, o que casi nada bueno se haya dicho desde su trinchera cuando un locutor llamó recientemente puta a Inés Arrimadas. No es su guerra.

En España, tradicionalmente se ha preferido construir la idea y luego llamar a la gente, en lugar de llamar a la gente para construir juntos la idea. El feminismo es (debería ser) un reflejo exacto de su definición en el diccionario de la Real Academia; es decir, un “principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre”. Pero, bajo esa declaración se esconde el feminismo de los manifiestos parciales, de los juicios paralelos y voladura del principio de presunción de inocencia; el de la sinécdoque y el postureo (famosos arrepintiéndose de años de machismo). El poder, como siempre, recogerá lo que pueda y los militantes escogerán otras armas. Vivimos una época revolucionaria. Y, como en toda revolución, en lugar de sumar, se resta.

* Columna publicada el 20 de Marzo de 2019 en El Diario Montañés

lunes, marzo 18, 2019

Catequesis*



Como españolito nacido después del Vaticano II, mi catolicismo fue siempre el de los colegas. Un clásico en aquella catequesis del ‘aggiornamento’: más que definirse a Jesucristo como un exigente ‘Dios-con-nosotros’ -legitimado para juzgar a vivos y muertos-, se nos presentaba como un amigo íntimo, coach del pensamiento positivo. El cambio pareció infalible. A la figura crucificada y oscura del nacionalcatolicismo, se le había aclarado el perfil para que fuese funcional también en la todavía joven democracia ibérica.

El dogma, desde luego, fue desactivado; al menos en su primera aproximación. La jerarquía decidió que el mantenimiento de la parte más superficial de la revelación cristiana sería suficiente para conservar su autoridad en Europa. Se trataba, en definitiva, de atraer a la feligresía con un repertorio de amor y compasión, muy ajustado a ciertas representaciones evangélicas. Lo del “rechinar de dientes”, debieron de pensar, quizás más adelante.

Pero, ni con esas. El vaciamiento del credo tradicional de la Iglesia, unido a la cada vez más acusada contradicción entre el mensaje supuestamente fraternal del Nazareno y el boato censor de Roma, deshicieron poco a poco los vínculos de la institución con la sociedad occidental, entregándose el estandarte a los movimientos carismáticos de mucha guitarra y dudosa reputación.

Hoy, la Iglesia católica ha claudicado en su compromiso de mantener cierta operatividad moral en el debate público. Las opiniones doctrinales se desprecian de antemano, rápidamente tachadas de inquisidoras y reaccionarias. Por no mencionar las terribles consecuencias de los abusos cometidos durante decenios, aquí y allá, por demasiados clérigos sin escrúpulos. Este tsunami mediático amenaza con tragarse el tinglado.

Siendo muy optimistas, quizás el papel que cumple actualmente la Iglesia sea el de mera advertencia: a saber, cualquier poder que pretenda ser absoluto, dominador de almas y de cuerpos, se ha demostrado capaz de derrumbarse en poco tiempo y convertirse en una parodia de ruina y sordidez. Debería aprenderse la lección, sobre todo si se asume que el dogmatismo y la censura son elementos que trascienden el ámbito espiritual y buscan su implantación bajo cualquier mando.

Las sociedades más laicas se ordenan ahora en la credibilidad de determinadas ideas que brotan de la interpretación exclusivamente política del mundo. Las posibilidades del arte, del pensamiento libre y de la comprensión personal de la realidad claudican ante la implacable ofensiva de los comisarios ideológicos. Parecen superados los años de la provocación, de ese forzar al ciudadano con obras epatantes que buscan despertar su sentido crítico. Nada puede ya ofrecerse desde la ambigüedad o la contradicción; ni siquiera desde la sugestión. Esto sería tanto como admitir, al decir de aquellos teutones genocidas, el “arte degenerado”. Las series, el cine -esas películas premiadas que podrían proyectarse en clase de religión- y las redes compensan los avances técnicos con propuestas cada vez más embridadas a discursos correctísimos, incapaces de estimular nada sino la mera autocomplacencia. Ya saben, como en misa.

* Columna publicada el 6 de Marzo de 2019 en El Diario Montañés

martes, febrero 26, 2019

Medianos*



La célebre tesis de Lukács sobre la novela histórica en Walter Scott: los relatos se desarrollan a partir de un personaje medio (“mediocre”, diría Jon Juaristi) que actúa como intercesor de los grandes partidos en disputa. La historia se expone, así, desde un enfoque individualizado, huyendo de la frialdad de la crónica. La receta se ha preparado en innumerables ocasiones, aprovechando la atracción del rostro humano que parece rasgar el siniestro velo de la política. Hay fenómenos recientes, como la serie ‘Roma’, de HBO, donde las tribulaciones de Octavio y Marco Antonio se compensan con la lucha por la supervivencia de Tito Pulón y Lucio Voreno, sujetos mencionados por Julio César en su ‘Guerra de las Galias’ y recuperados aquí como réplica callejera a las conspiraciones patricias.

La posibilidad, en definitiva, de oponer una razón moral desde la humildad desarmada. También lo supo ver Tolkien: a Frodo Bolsón se le encarga portar el anillo y destruirlo porque sus aliados lo consideran inofensivo, incapaz de generar un desastre de envergadura. La trilogía funciona desde los dos planos: la gran política de alianzas y batallas en la Tierra Media y el paso vulnerable, casi anónimo, de Frodo hacia el Monte del Destino. A este respecto, se ha dicho que Tolkien -cristiano de Oxford- inyecta la confianza religiosa en lo pequeño, la salvación que irrumpe en un pesebre. El lector acompaña gustosamente a los héroes en la medida en que no se atribuyen majestad. Frodo y Sam cumplen con su misión y vuelven a la cotidianidad de los márgenes. Pero, el contacto con el mal imposibilita a Frodo para seguir compartiendo lugar con los suyos. Aviso para navegantes.

El reciente anuncio de convocatoria electoral, realizado por el presidente Sánchez, apenas unos días después de la manifestación de PP, Ciudadanos y Vox por la unidad de España, ha permitido situar el debate político en términos medianeros. Primero fue el relator, figura epatante y de corto recorrido, que erosionó aún más la credibilidad del Gobierno. A continuación, los presupuestos. Un PSOE acorralado por su minoría parlamentaria que se ve en la obligación de colocar las urnas.

Pero, en un inesperado giro de los acontecimientos, los medios y las redes han comenzado a situar a Sánchez en un espacio de sensata centralidad frente a los incendiarios de todas las banderas. El sustrato moral con el que Frodo se animaba a dar un paso más en su peregrinación a Mordor se convierte aquí en la dramática derrota de unas cuentas supuestamente benéficas. Pedro Sánchez se parece mucho a Frodo; también en su irrupción como protagonista. Los dubitativos cálculos de Susana Díaz lo alzaron como primer secretario de un PSOE en horas bajísimas, mientras las suspicacias del Concilio de Elrond obligan a Bolsón a asumir el reto. Eso sí, a este último, con todo ganado, tuvieron que quitarle el anillo a mordiscos. Ojito con los líderes de circunstancias.

* Columna publicada el 20 de febrero de 2019 en El Diario Montañés

viernes, febrero 08, 2019

Tres claveles*




Cuentan las crónicas que, la noche en que los iban a matar, Alberto Jiménez-Becerril y Ascensión García (joven matrimonio sevillano) disfrutaron del calor de la amistad y del placer que brota entre copas y risas, olvidando todos los peligros del mundo. Imaginamos que, de camino a casa, la pareja tendría aún el paladar saturado de esa felicidad escueta que proporciona una vida cuando avanza. Pensamos en ambos -en la incipiente madrugada y en su último paseo-, convencidos de que nada iba a interrumpirse.

Del concejal Jiménez-Becerril y de su esposa uno empieza a saber demasiado tarde, cuando ya ha irrumpido la muerte. Las primeras aproximaciones de la memoria, las palabras de homenaje, los llantos y las condenas tienen el color de la tinta, la voz grave del parte informativo. Es insuficiente y, en consecuencia, la rapidez con la que el duelo se desata sugiere la posibilidad del arreglo; como si aún pudiera deshacerse la tragedia.

Parece que fue ayer porque volvemos con facilidad a esa mañana de enero; a ese cuento cruel de tres niños que acaban de quedarse huérfanos y que duermen en la confianza de ver a mamá y a papá a la mañana siguiente. Esos niños ahora ya deben de ser adultos, pero nosotros los evocamos como presos de una infancia interminable, congelada en aquella noche de 1998, en la que, quizás, oyeron desde la cama los disparos que los esbirros de ETA descerrajaron sobre sus padres, por ser españoles y militantes del Partido Popular, a pocos metros de la casa.

Fue, creemos, hace poco tiempo, pero, en realidad, han pasado veintiún años. El relato de la época de crímenes terroristas parece, sin embargo, perder nitidez, como aquellas fotografías de Marty McFly. Hoy, pocos hablan ya de la violencia totalitaria; del asesinato justificado por los enemigos de la libertad. Y los tres claveles que llevaba en la mano Ascensión García, como un regalo para sus hijos, quedaron sin entregarse, tendidos sobre la acera de Sevilla, como símbolos de la paz que nadie recoge en esta España colmada de beligerancia y sacrificios. No perdonamos a la vida desatenta. 

* Columna publicada el 6 de Febrero de 2019 en El Diario Montañés

viernes, enero 25, 2019

Ciudadanos, la sopa y el tenedor*



El expolítico israelí Shlomo Ben Ami -quien fuera embajador de su país en España y ministro de Asuntos Exteriores- suele describir las negociaciones con Arafat como “tomar sopa con un tenedor”. Para el diplomático, cada cumbre internacional era un suplicio de buenas intenciones siempre con la decepción como desenlace. Cuando parecía que el líder palestino abría espacio para un acuerdo posible, cuenta Ben Ami (desde la perspectiva, claro, del Estado judío), de pronto reculaba hacia sus posiciones originales, incapaz de comprometerse con una paz valiente y prefiriendo lo malo conocido: el caudillaje.

Quizás, sea precisamente la habilidad para prometer y no dar la que garantiza legislaturas largas. La política parece desvelarse como el arte de obviar la gestión mientras se apuntala el cargo y la presencia del representante público (una presencia interminable, despojada de atributos benéficos y con la dosis justa de espectáculo) resulta ser la herramienta fundamental. Los comportamientos gregarios, ligados a la proyección audiovisual, que alguna vez fueron suficientes para ir avanzando por la senda del enchufe, chocan hoy, no obstante, con la tendencia moralista de lo que llaman “las redes sociales”. No basta, en definitiva, con un argumentario de ocasión para sobrevivir en esta Europa prerrevolucionaria.

En lugar de atender las demandas eclécticas de una población cada vez menos homogénea en ideología y gustos, la excepcionalidad que los partidos han cultivado descansa irónicamente sobre programas férreos, actitudes maniqueas frente a las que no caben medias tintas. Es por ese motivo por lo que las fuerzas políticas que deberían encargarse de la defensa de las instituciones democráticas y del estado de derecho parecen arrugarse y vacilar cuando los extremistas irrumpen en el baile. Macron, en su larga confrontación con los ‘Chalecos Amarillos’, y Albert Rivera, desde su colaboración con Vox, reproducen las tentaciones clásicas del mando occidental. Puede que sea un simple problema de identidad; el centro no conoce a sus votantes y tampoco sabe cómo resistir los huracanes de la cotidianidad parlamentaria.

La gestión de los resultados electorales en Andalucía, por ejemplo, revela falta de cálculo. Ciudadanos duda ahora de su condición de partido necesario para mantener vivo el espejismo constitucionalista. Aunque su posición oficial es la del pacto “a dos” con el Partido Popular, lo cierto es que el cambio de gobierno en la Junta exige la participación activa de Vox, un nacionalismo español, perfectamente adecuado, como cabía esperar, a lo que sus enemigos ridiculizan: toros, caza, Semana Santa y pulseritas.

Ciudadanos (el PP lleva tiempo lanzado hacia la desmesura) le ha dado a Pedro Sánchez la oportunidad de desplegar su inigualable cinismo. El presidente, que pacta con los supremacistas periféricos y con la izquierda radical para completar su minoría, advierte de los peligrosos extremos. Por su parte, Susana Díaz, acaso la principal adversaria del ‘sanchismo’ en el PSOE, sufre otra derrota. Nada ha quedado de sopa en el tenedor naranja. Ni de socialdemocracia en España.

* Columna publicada el 23 de Enero de 2019 en El Diario Montañés

jueves, enero 10, 2019

El cálculo de Meinhof*



Tres imágenes para resumir la trágica historia del movimiento contestatario en la Alemania Federal. La primera, de 1969: cuatro jóvenes, Andreas Baader, Gudrun Ensslin, Thorwald Proll y Horst Söhnlein, son juzgados por el incendio de dos centros comerciales en Fráncfort. Los acusados entran sonrientes en la sala, saludan al público -entre los partidarios, un jovencísimo Cohn-Bendit- y encienden unos puros burlándose de la “justicia burguesa”. La segunda, un primer plano de la popular editora y periodista Ulrike Meinhof, apenas un año después, mientras participa en la fuga de Baader. En un instante, muy de película, la escritora debe elegir entre la clandestinidad y la pantomima. De un salto, se entrega al terror. La tercera y última imagen, de 1977, es una panorámica de las celdas vacías de la prisión de Stuttgart-Stammheim donde Baader, Ensslin y Meinhof, entre otros, han perdido la vida.

En definitiva, menos de un decenio de extrema violencia en el que muchos jóvenes pasan de la protesta al terrorismo y, finalmente, a la autodestrucción. En el documental ‘Una juventud alemana’, dirigido en 2015 por Jean-Gabriel Périot, se retrata a esta generación prematuramente rota y trágicamente equivocada, partiendo de sus muchas posibilidades materiales, a las que renuncia para consagrarse a la revolución.

Es interesante, sin embargo, sumergirse en la época, asumiendo las dificultades de transmisión del respeto institucional en sociedades con un intenso pasado político y un presente de calma chicha. Los militantes de la llamada Oposición Extraparlamentaria despreciaban a sus padres por ser la “generación de Auschwitz” y negaban el carácter democrático de un país que, para librarse del tirano, necesitó la invasión extranjera. La ‘gran coalición’ de socialdemócratas y democristianos lleva al poder en 1966 al exnazi  Kurt Georg Kiesinger, lo que acelera la descomposición del tejido social. El resto, lo conocemos bien: la protesta contra la visita del Shah de Irán a Berlín oeste termina con un manifestante abatido por la policía. En 1968, el líder estudiantil Rudi Dutschke, sobrevive de milagro a los disparos de un ultraderechista. Entre los universitarios se extiende un mensaje de resistencia contra el “régimen policial”. En este caldo se cocina la decisión de varios militantes radicales de izquierda de emprender la vía armada para provocar un levantamiento proletario que derroque el capitalismo en Alemania. Baader, Meinhof y Ensslin fundan en 1970 la Fracción del Ejército Rojo (RAF), mediáticamente conocida como banda ‘Baader-Meinhof’. El bloque comunista, por su parte, aplaude con las orejas y paga alguna que otra ronda de dinamita.

Después, ya sólo la sangre. Los textos de Ulrike Meinhof inciden en la imposibilidad de mantenerse neutral en un escenario de violencia política y ponen sus esperanzas en que la excepcionalidad empuje a los trabajadores alemanes a una confrontación definitiva con el sistema. Resulta casi un tópico destacar ese cálculo erróneo tan común en los extremistas de todos los bandos. El saldo: más de cuarenta asesinatos. Y el olvido.

* Columna publicada el 9 de Enero de 2019 en El Diario Montañés

jueves, enero 03, 2019

La noche y Thomas Merton*




El poeta y místico estadounidense, autor de ‘La montaña de los siete círculos’, murió en Bangkok hace cincuenta años en extrañas circunstancias

Sobre el monstruoso, y felizmente superado, siglo XX parecía no caer nunca la noche. La sucesión de acontecimientos revolucionarios, descubrimientos científicos y crímenes sin parangón no dejaba espacio a la intimidad del hombre solo, a su reflexión individual contra la masa. Es, precisamente, en ese campo abandonado por la mayoría donde Thomas Merton creyó intuir la verdad bajo el bullicio ideológico.

Merton, más tarde escritor, monje y activista social, fue, antes que nada, un desarraigado. Nacido en Prades, Francia, hijo de un pintor inglés, originario de Nueva Zelanda, y de una estadounidense, experimenta desde el principio el peso de la orfandad. La temprana muerte de sus padres y los viajes por todo el mundo ahondan en un sentimiento de permanente desconexión. Hay que tener en cuenta, claro, que el relato biográfico más completo lo compuso Merton para su libro ‘La montaña de los siete círculos’, en realidad una elegante profesión de fe redactada bajo la vigilancia de sus superiores en la Orden Cisterciense. El tono del texto es el de un río que busca su desembocadura natural; la culminación de un viaje iniciático en la aceptación del dogma católico.

Pero, antes de la fe hay muchas otras cosas. Sobre todo, el compromiso académico de Merton. El fallecimiento de su madre siendo él muy niño y el de su padre, en plena adolescencia, lo arrojan a un mundo al que se adapta a golpe de esfuerzo y lecturas, siempre contemplando el entorno como quien detecta un velo que merece la pena rasgar. Las universidades de Cambridge y Columbia le proporcionan saber y amistades. Y un escenario adecuado para encarar las tribulaciones de su alma.

Una vez que el lector anticipa el final de ‘La montaña de los siete círculos’ -título con regusto a Dante y rotundo éxito de ventas en su primera edición (1948)- reconoce rápidamente los trucos literarios de Merton; todas sus vivencias, desde la más trivial, como la extracción de una muela, hasta una operación de apendicitis, cobran significado religioso; la presencia emboscada de ese Dios que asoma desde la cotidianidad para atraer a quien se le resiste. No obstante, la nocturnidad que el autor refleja en su texto, el estilo directo, seguro en su tesis, y no del todo impostado, atrapan desde el primer momento a quienes gustan de las autobiografías.

Seguramente, el camino no fue nunca tan claro. La brevísima militancia de Merton en el Partido Comunista debió de ser algo más que la consecuencia de su errática búsqueda de una identidad. “Lo que me hizo parecer el comunismo tan plausible fue mi carencia de lógica, que no sabía distinguir entre la realidad de los ‘males’ que el comunismo intentaba vencer y la validez de su diagnosis y el remedio elegido”, explica Merton, ya ordenado monje trapense.

Existe una tensión evidente entre el Merton intelectual, profundo lector, y aquel otro rebelde e inconformista. En el libro hay pasajes que reflejan su ingenuidad, como en aquel episodio en que vende sus ejemplares de T.S. Eliot “en reacción contra lo refinado”. La brega parece concluir en 1936, con el comienzo del Merton filo-católico, en el umbral de la conversión.

Merton proclama la posibilidad de la salvación espiritual también para aquellos que, a priori, parecen más alejados de los designios divinos: la juventud cultivada de las grandes capitales. Su acercamiento al hecho religioso quiere exhibir, a la vez, una sincera lucha interna y una aproximación fundamentalmente estética e intelectual a la Iglesia. En esos días, lee ‘El espíritu de la filosofía medieval’, de Étienne Gilson, experiencia definitiva a la hora de definir su comprensión metafísica del ser humano, más allá de cualquier limitación natural.   


Deseo de Santidad   
No está solo Thomas Merton en esta aventura. Otros compañeros, como el también poeta Robert Lax -“una combinación de Hamlet y Elías”- participan junto a él en la exploración de las posibilidades espirituales en plena era tecnológica. En 1938, después de dos años de tira y afloja, Thomas Merton se bautiza en la Iglesia Católica.

El poeta reconoció más tarde la afectación de su relato; esa forma remilgada de envolverse en un cristianismo meramente ritualista, la gravedad desde la que lidia con su destino como católico. Una charla con el judío Lax, quien le siguió más tarde en su conversión, refleja el deseo de santidad de Merton. Un católico debe querer ser santo y, para serlo, simplemente hay que quererlo. La búsqueda del camino, parece decirle Lax, crea el camino.

Este primer Merton, inmediatamente posterior a su bautismo, asume todo el bagaje con el que, en teoría, debía contar un católico de pedigrí en los años treinta del siglo pasado: un anticomunismo visceral, el apoyo a la ‘cruzada’ franquista desde Nueva York, la comunión diaria… Pronto, comienza a buscar un añadido a su nueva fe; un compromiso aún más radical. La idea del monacato se hace irresistible e ingresa en 1941 en la abadía trapense de Nuestra Señora de Getsemaní, en Kentucky. Dos años después, su hermano John Paul muere combatiendo en la Segunda Guerra Mundial. Merton se queda sin familia. En 1949 es ordenado sacerdote. 

De esta forma, concluye su espectacular irrupción en el catolicismo, que se produce desde la avidez desplegada en las horas libres de la noche, cuando parece mucho más profunda la duda sobre las propias fuerzas y la fertilidad de lo aprendido. Merton relata conversaciones, acercamientos vacilantes a cualquier luz que le prometa coherencia en el trayecto. Sin embargo, lo que en un principio parecía liberación se vuelve jaula poco a poco. 

La tristeza ataca sin piedad al joven novicio en Getsemaní. El lugar no puede tener un nombre más adecuado para definir la crítica supervivencia de Merton en el monasterio. Acomplejado por sus querencias urbanitas, disconforme con un abad autoritario y alejado de sus compañeros de hábito, muy diferentes a él en orígenes y gustos, no termina de enraizarse en una orden que prosperó, en parte, gracias al impacto de su obra. Tampoco su creciente compromiso social y político, en la línea de las revueltas de los años sesenta, apuntala su popularidad entre los sectores más conservadores de la Iglesia.

La amistad con el sacerdote y escritor nicaragüense Ernesto Cardenal, de quien fue instructor en el monasterio de Kentucky, le anima a considerar otras vías: crear una fundación en América Latina u ordenarse cartujo fueron caminos posibles pero prohibidos; el poeta acabó habitando una ermita en el terreno del monasterio, apartado de la comunidad, pero siendo incapaz de abandonarla.

Carne y versiones
Por si esto fuera poco, en 1966, tras someterse a una operación quirúrgica, conoce a Meg, una enfermera que lo devuelve a la senda del amor carnal. Los titubeos son ya insoportables. Pese a la súbita ruptura con esta mujer, Merton sabe que su compromiso trapense naufraga y que debe encontrar rápidamente algo a lo que aferrarse. El nombramiento de un nuevo abad, más proclive a comprender la personalidad del poeta, facilita el permiso para que Merton viaje a Asia a impartir unas conferencias.

Después de un periplo provechoso en el que entra en contacto directo con el budismo (conoce a su admirado Dalai Lama), muere el 10 de diciembre de 1968 en Bangkok. Lo encuentran tendido en el suelo de su habitación, con una quemadura en el lado derecho del cuerpo. Todo apunta a que falleció electrocutado por un ventilador roto. Otros hablan de un infarto. Hay, incluso, teorías que denuncian un ataque de la CIA para deshacerse de otro líder progresista después de los asesinatos de Robert Kennedy y Martin Luther King.

Merton fue, sobre todo, la encarnación de un vacío, lleno de inteligencia, permeable a la sofisticación de la espiritualidad en la época menos espiritual de la historia. Su obra refleja el anhelo de la revelación; de un porqué a tanta y tan temprana soledad. Thomas Merton quiere fundirse en un absoluto de luz y sentido. En sus ‘Diálogos con el silencio’ lo expresa angustiosamente: “Son esa brecha y esa distancia, Dios mío, las que me matan”.  

* Artículo publicado el 28 de diciembre de 2018 en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés