El pasado sábado, día 21 de marzo, cumplía 60 años el sociólogo esloveno Slavoj Zizek. Aquí dejo una pincelada de su peculiar método docente.
El pasado sábado, día 21 de marzo, cumplía 60 años el sociólogo esloveno Slavoj Zizek. Aquí dejo una pincelada de su peculiar método docente.

That sail which leans on light,
Tired of islands
A schooner beating up the Caribbean
For home, could be Odysseus,
Home bound on the Aegean;
That father and husband’s
Longing, under gnarled sour grapes, is
like the adulterer hearing Nausicaa’s name
In every gull’s outcry.
This brings nobody peace. The ancient war
Between obsession and responsibility
Will never finish and has been the same
For the sea wanderer or the one on shore
Now wriggling on his sandals to walk home,
Since Try sighed its last flame,
And the blind giant’s boulder heaved the trough
From whose groundswell the great hexameters come
To the conclusions of exhausted surf.
The classics can console. But not enough.
*
Aquella vela, fatigada de islas,
Que descansa sobre la luz,
Una goleta batiendo el caribe,
Podría ser Ulises
Camino de casa en el Egeo,
Ese padre y marido
Anhelante, bajo las uvas nudosas y amargas,
Es como el adúltero que oye el nombre de Nausicaa,
En cada graznido de gaviota.
Esto no da la paz a nadie. La antigua guerra
Entre obsesión y responsabilidad
Jamás acabará y siempre a sido la misma
Para el navegante y para el que permanece en tierra
Caminando en sus sandalias hacia casa,
Ahora que Troya hace ya tiempo que apagó sul última llama
Y el peñasco del gigante ciego partió el seno de las olas
Desde cuyo mar de fondo llegan los grandes hexámetros
A las conclusiones de una espuma exhausta.
Los clásicos consuelan. Pero no lo suficiente.
(Versión en español por J.C LLop)
- ¿Me quieres?
- ¡Hombreee!
- Pero, a ver, ¿cuánto me quieres?
- Te quiero un montonazo.
- ¿Y para qué me quieres? ¿Para acostarte conmigo?
- Sí, te quiero para acostarme contigo.
- ¿Sólo para acostarte conmigo?
- No.
- No, ¿qué?
- Que no te quiero sólo para eso.
- Y ¿para qué, entonces?
- Para muchas cosas.
- Habla.
- Pues, mira, te quiero para acostarme contigo, para pasear contigo. Para pedir el café con leche que tanto te gusta. Te quiero para ponerte el termómetro cuando tengas gripe; para hacer tus fotocopias; para pasar a ordenador tus trabajos; para ir al cine contigo y tragarme películas chinas; para reír contigo; para ponerme nervioso delante de tu padre. Para arreglar los grifos, las bombillas. Para abrir el capó del coche y echarle un ojo si se te estropea; para cogerte de la mano cuando des a luz. Para acabarme tu comida si no tienes más hambre; para donarte un riñón si se da el caso; para pagar tus deudas; para tomarte la lección cuando estés preparándote oposiciones. ¿Te vale así?
- …
- ¿No dices nada?
- No sé qué decir.
- ¿Para eso preguntas?
- Ya…
- ¿Qué?
- Nada. Creo que te he perdido por el camino.
Maldita sea. Siempre me tiene que pasar en los momentos más inoportunos. Mira que se lo dije. “Cuida de que no me pase a plena luz del día, ante los ojos de todos”. Un patán, vamos.
Tengo que concentrarme en pensar una solución. Gracias al cielo, he cerrado las salidas mediante telequinesis. Nadie podrá abandonar el edificio. El destino ha querido que me ocurra en el bar de la azotea. Así todo será más fácil.
Aún no es el momento de darme a conocer. Por lo tanto, y lamentablemente, mi primer contacto con los humanos será éste. No puedo dejar que se vayan tras verme levitar. Los muy inocentes salieron pitando. Ahora estarán aporreando las puertas de cristal. A ver si consigo bajar de aquí… Ya está. Ahora viene lo peor. Qué oficio tan desagradable.
* Finalista del Primer Concurso de Microrrelatos de la Asociación Cultural Calle del Sol (Santander).
Fotografía: "Razonamiento espacial". Autor: Rafael Margallo Toral
1) Tanta ceremonia del té y tanto haiku y llega un inglés con pasaporte español (mezcla explosiva) y se despelota. Claro, un país dado a las buenas costumbres como es Japón no está acostumbrado a una actividad ajena a todo ceremonial. Por eso, la acción de la policía parecía vacilante, como temerosa e inquieta ante semejante espectáculo. Un hombre grueso, feliz, dando rienda suelta a sus instintos, chapoteando relajadamente y, de vez en cuando (tampoco era cuestión de cansarse) realizando unos largos que ni el mismísimo Phelps. Las imágenes muestran a los agentes del orden rodeando al sujeto como si se tratase de un alien, con cuidado de no desatar su furia. Sale armado con una piedra y todos reculan asustados. La parodia ha llegado a Japón. O, más bien, Japón ha topado de bruces con ella. Seguramente han sido muchos los que han hecho locuras en suelo imperial, pero nunca hasta hoy se había mostrado este “choque de culturas”.
2) Atención a la historia que me cuenta J. Un tipo que conoce se encontró con un pájaro al que se le había clavado una pluma en la garganta mientras preparaba su nido. Según este individuo, no hizo nada por aliviar al ave de su aflicción ya que para ello “necesitaba que el pájaro se lo pidiera”. ¿Cómo iba el pájaro a pedirle a un hombre algo semejante? Ni idea (yo creo que aquel lumbreras tampoco lo sabía). Supongo que el narrador buscaba un impacto metafísico, basado en la idea de que los humanos no debemos intervenir con prepotencia en la naturaleza. Gran error. Como parte de la misma, el hombre, quiera o no, participa y sus decisiones racionales la afectan de igual modo. Por lo tanto, no quitarle la pluma rebelde al pájaro nos convierte en otra especie, no en hombres y mujeres sensibles. Justamente, en lo contrario. Pero lo que más me irrita de esta historia es la permanente insistencia que tenemos los hombres por tratar de encontrar en la naturaleza los mismos códigos que nos gobiernan: la personalización del animal. De ahí películas como el Rey León, Bambi o el infumable Babe. ¡Los animales no hablan, leches!, y si le quitas a un tigre el cepo de la garra seguramente te atacará con ella. ¿Y? Y punto.
No es que atardezca,
es que la lluvia es noche:
otoño en la ventana.
Sogui (traducción de Antonio Cabezas).
Pensar los huecos del mundo como algo debido u objeto del amor que a todos nos define. Rescatar la mirada de la impaciencia que la ocupa con malos y silenciosos modos. Escapar del velo cegador (ése que cambia la luz a las formas, que repite con insistencia un mismo dolor acumulado).
El instante es inocente. Debe metérsenos en la mollera, comprenderlo del todo. Y el espacio es, pese a nosotros, mudo y no adolece de caprichos, ni es estratega de ataques, ni tiene las manos ensangrentadas. Porque la dieta que seguimos, nuestra forma de respirar no tranquiliza a las hojas de los árboles. El infantil dominio que ejercemos sobre la cafetera, los libros colocados de una determinada forma, el beso que desea darse, la fruta y su sabor sobre la lengua. Todo lo que atamos, queda atado dentro.
Un sofá confortable no existe. Es el cuerpo el que se adapta. Todo lo bueno y lo malo, este aire articulando los pulmones, este sol ardiente de vitaminas…¿no es una señal? Somos un producto de la tierra. Sólo en ella hacemos posible “ser nosotros”.
Apenas se repite y se comprende, vuelve la nube a hablarnos, a dibujarse en extrañas figuras. Vuelve a reiniciarse el ciclo.
Y ese aguante pétreo. Cerrar los ojos a lo que pasa. Imponiendo la voluntad.
En vano, en vano, en vano.
Isaac se quitó las gafas y me miró fijamente.
- Las cosas están claras -dijo-. Si no te marchas, te mueres.
Asentí, pero dibujé una sonrisa burlona. Isaac no compartía mi buen humor.
- ¿No entiendes lo que te he dicho? Tus pulmones están muy dañados. El aire de la ciudad ya no te va bien. No tienes quince años. Coge a Clara y marchaos a la playa.
A mis sesenta años, no recordaba haber estado enfermo ni un solo día. Una vida marcada por el tabaco no augura un final feliz.
- De acuerdo- dije. Isaac me conocía desde niños. Sabía de mi absoluta falta de fuerza de voluntad. Salí de la consulta.
Clara, de veinticinco años, mi secretaria (y amante ocasional) no lo dudó:
- Si Isaac te dice que nos vayamos, nos vamos.
Y fin del asunto. Dos días después, Clara conducía (conmigo de copiloto) rumbo a la costa. Mi editor se había portado muy comprensivamente. Me dejó las llaves de su casita a pie de playa.
Los días transcurrían apaciblemente. No echaba de menos el tabaco. Aún no. Nuestra rutina era sencilla. Solíamos levantarnos a las seis y media. Preparábamos unos sándwiches y los metíamos en una cesta muy cursi que Clara se había traído de la ciudad. Nuestro aspecto no podía ser más elocuente. Yo, camisa de flores, bañador y sandalias. Cubría mi cabeza con un pomposo sombrero blanco. Clara, sin embargo, mostraba su discreción llevando un sencillo vestido de verano. Pasábamos el día en la playa, y luego cenábamos con un buen vino en alguna de las terrazas del pueblo. No se podía pedir más.
Una mañana, estaba yo bañándome en la mar solitaria de primera hora. Clara decidió no acompañarme. Se quedó en la orilla tomando fotografías del amanecer. Me sentía bien. De vez en cuando, Clara me saludaba, y yo contestaba a su saludo. Me sumergía, buceaba un rato y volvía a emerger. Hacía la plancha, nadaba unos metros. Clara estaba concentrada en hacer una foto a un grupo de gaviotas que se había posado sobre las rocas. Yo la dejaba hacer. Pasar la vida junto a un viejo no era lo más divertido que podía ocurrírseme. Volví a sumergirme.
Cuando asomé la cabeza, vi a Clara rodeada de tres chavales. Estaban lejos, y no podía saber qué le decían. Pero por los gestos de ella deduje que nada agradable. De pronto, uno de ellos la abrazó por detrás. Ella se zafó. Otro le tocó el trasero. Ella le soltó una bofetada. Se marcharon riendo. Yo esperé un rato y salí del agua.
Llegué donde estaba Clara. Ella me miró con ojos furiosos.
- ¿Estabas esperando a que me violaran para intervenir?
- ¿No crees que exageras?
- Vete a la mierda.
Volvimos a casa sin dirigirnos la palabra. Clara entró directamente en el baño. Oí cómo abría el grifo de la ducha.
En dos semanas teníamos que estar en Estambul para la presentación de mi novela. Mi editor estaba entusiasmado con la idea de abrir el mercado a Oriente. A mí me traía sin cuidado, pero yo no soy un escritor bohemio y alocado. Soy un profesional y obedezco.
Clara tardó diez minutos. Salió del baño totalmente desnuda y con la toalla en la mano.
Yo, por decir algo, le digo:
- Ten cuidado. ¡Qué van a decir los ayatolás cuando estemos en Turquía si ven tu gusto por la desnudez!
- Que se jodan y, además, no hay ayatolás en Turquía.
- ¿Ah, no?, ¿Y qué hay?
- No lo sé. Pero ayatolás, no.
Seguía enfadada. Traté de disculparme por mi falta de caballerosidad. No haberla defendido era imperdonable, pero, sinceramente, no veía que fuese necesario. Eran unos mocosos inofensivos.
Clara volvió a mandarme a la mierda. Se puso los vaqueros y una camiseta de tirantes. Se sentó a leer. No uno de mis libros. Literatura de verdad, como decía ella.
Aquella noche habíamos quedado con Manuel Costa, el pintor, que vivía también en el pueblo. Había reservado en el Costa de oro. Un sitio de moda. Pero se acercaba la hora y no veía a Clara animada.
De pronto me miró y gritó:
- ¡Qué tarde es!
Y corrió hacia el dormitorio.
Salió con dos vestidos. Uno verde y otro azul.
- Escoge-, dijo.
- No lo sé. Estás muy guapa con los dos.
- Corta el rollo y escoge.
- El verde.
La noche se presentaba bien. Clara volvía a hablarme, y Manuel era un tipo estupendo. Vino acompañado de su encantadora esposa Jane, norteamericana, pero que hablaba nuestro idioma perfectamente. Fue una velada marcada por el tema de conversación de moda aquellos días: la posibilidad de una guerra en Europa. Dos botellas de vino más tarde, estábamos sentados en una terraza, viendo a los jóvenes pasar, rumbo a la discoteca. Alguien soltó un “¡quién tuviera dieciocho años!” y todos asentimos sinceramente.
Clara y yo nos volvimos a casa a eso de las tres de la mañana. Había sido un día largo.
- Estabas espectacular con tu vestido-, le digo- Manuel se moría de envidia al verme con un monumento como tú.
- Sí, claro.
Al menos se reía. Yo estaba algo achispado.
- ¿Cuándo vas a casarte conmigo, Clara?
Volvió a reír.
- ¿Casarme yo contigo? No, guapo, no seré “la viuda del escritor”.
Clara se descalzó y bailó muy animadamente, tarareando una canción de moda.
La besé. Luego en casa me entró la tos.
Angel, come back please. Let us smell your heavenly smell again.
John Ashbery. - "In the time of pussy willows". Chinese Whispers.
Sonó el timbre mientras Daniel, asomado a la ventana, contemplaba la piscina, llena aún, recibiendo las primeras hojas muertas del otoño. Ana yacía sobre la tumbona. Se había quedado dormida. Un vaso de plástico bailaba peligrosamente en su mano, amenazando caerse. Daniel suspiró.
- Adelante-, dijo.
Aquel hombre entró tímidamente en la casa. Se quitó el sombrero.
- Con su permiso, señor. Soy Víctor Llamas, de la inmobiliaria. Vengo a por las llaves.
Daniel no se volvió; observó al extraño por el reflejo de la ventana.
- Están en la estantería, sobre la chimenea.
La sala vacía presentaba un aspecto lúgubre, triste en su color blanco.
- Por lo que veo, señor, ya no queda nada aquí.
- Nada en absoluto.
Víctor Llamas se quedó un rato de pie con el sombrero en las manos, sin saber muy bien qué hacer.
- ¿Algo más?-, Daniel se había dado la vuelta.
- No…, claro que no.- Se puso el sombrero- Ya está todo arreglado. ¿Se va usted hoy?
- Sí.- Daniel se acercó una botella que tenía apoyada en el suelo, y cogió dos vasos de plástico- ¿Gusta?
Víctor Llamas sonrió y avanzó hacia Daniel con movimientos rápidos y nerviosos. Cogió el vaso que Daniel le ofrecía.
Los dos dieron un trago breve. Durante un rato no se dijeron nada. Daniel miraba de vez en cuando la piscina.
- Si me lo permite, señor- Llamas rompió el silencio.
- ¿Sí?
- Bueno, yo…En fin, desde que me dieron en la oficina el encargo, he estado pensando en decirle que, pese a… todo lo que ha ocurrido, yo estoy con usted. Su películas eran…,son… fantásticas.
Daniel sonrió y asintió con un leve movimiento de cabeza.
- Gracias.
Llamas pareció relajarse y se sirvió un poco más de whisky.
- ¿Sabe? Está claro que la vida no es justa. No lo es, no señor…Que después de tantos años entregándose a su oficio, le hagan pagar como lo han hecho…
Daniel apenas lo escuchaba. El vaso de Ana acababa de caerse. Ella había abierto los ojos y miraba la bebida derramada. No hizo nada: se acomodó de nuevo y volvió a dormirse.
- En fin, me voy- Víctor Llamas devolvió el vaso a Daniel.- Tengo mucho que hacer aún en el barrio.
Se puso el sombrero y llegó hasta la puerta. De repente, se detuvo y se giró.
- ¿Me permite que le cuente algo inquietante?
Daniel suspiró.
- Claro-, dijo.
- Verá- comenzó Víctor Llamas-; como usted sabrá, en verano esto se llena de gente. Turistas y tal… El caso es que me encargaron alquilar una serie de bungalows a pie de playa: los de la urbanización “La diva”, usted la conocerá, sin duda… Bueno, pues ahí estaba yo un viernes por la tarde, esperando a un tipo de la gran ciudad que iba a pasar aquí sus vacaciones. Yo debía enseñarle uno de los bungalows. Bien; a eso de las siete, llega el muchacho: un chico alto, un guaperas, vaya. Me tiende la mano. Se la estrecho. Le enseño la estancia. Le gusta. “Me lo quedo”, dice. Y me invita a tomar una copa en uno de los chiringuitos de la playa. Pedimos un par de mojitos y nos echamos en unas tumbonas, mirando el atardecer sobre el mar. Yo, por decir algo, le pregunto: “¿Su señora viene con usted?” Y el tipo contesta que ella no se encontraba muy bien, que estaba en un sanatorio recuperándose de una crisis nerviosa y que él pasaría con su hija las vacaciones aquí. Yo, por supuesto, traté de disculpar mi intromisión, pero a él no parecía importarle. Quizás era el alcohol. Seguimos hablando un buen rato de esto y de aquello. Le pregunté por su trabajo y me dijo que era escritor. “¡No joda!, dije, ¡Escritor!, ¡qué maravilla!” El sonrió tímida, pero orgullosamente. “¿Y he leído algo de usted?”, le pregunto. “Bueno, dice él, he publicado varios relatos y novelas. La última se titula “Suave es la noche”. Total, me despido de él, no sin antes apuntar los títulos de sus obras y prometiéndole leerlas con devoción. Bien; llego a casa, enciendo en ordenador y escribo en Google el primer título: “A este lado del paraíso” Y ¡toma!
- Que son de otro, ¿no?- intervino Daniel.
- Claro, ¡De Fitzgerald! ¡El muy cabrón se rió en mi cara! Al menos, eso pensé. Al día siguiente, ese hombre debía volver para firmar el contrato. Yo lo esperé en la oficina. Le veo llegar, vestido impecablemente, con ese gesto en su cara, a medio camino entre la vanidad y la tristeza. Y se sienta frente a mí. Estaba furioso pero traté de hacer como si yo también me riera de la situación. “Vaya, le digo, ¡cómo me vaciló usted ayer!?” Y ahí viene lo bueno: ¡El me mira con sorpresa y me pregunta que a qué me refiero! Le digo: “¡Coño, pues a lo de los libros! Me hizo creer que los había escrito usted y, en realidad, su autor es Fitzgerald” Y él, todo serio, insiste en que él es Francis Scott Fitzgerald, ¿usted se cree? ¡Un hombre que lleva muerto casi setenta años! Yo, para no parecer un imbécil, asiento: “Claro, claro, lo que usted diga” De pronto, él se levanta y me dice que no tiene por qué soportar que se burlen de él y de su obra de esa manera y se va. ¿Qué me dice?
Daniel se quedó pensativo un rato, moviendo parsimoniosamente el vaso, con la mirada perdida.
- Es una gran historia-, dijo por fin.
Víctor Llamas sonrió.
- Sí, ¿verdad?... En fin, me voy ya. Le dejo a solas para que acabe de recoger.
Y salió de la casa.
Daniel se levantó y dio un pequeño paseo por la casa. Visitó por última vez cada una de las habitaciones, admirando el silencio blanco en el que nadaba ese hogar en ruinas. Observó las huellas que el polvo dibujaba en los huecos donde antes estaban colgados los cuadros. Ese vacío lo angustiaba. Reprimió un grito golpeando con furia la pared. Sorprendentemente no se hizo daño. Salió al jardín.
Ana continuaba dormida y temblaba por el frío. Daniel vio la manta a su lado, pero no la cogió para taparla. Se acercó y se puso de cuclillas.
- Ana, cariño-, susurró. Ella abrió los ojos con una mirada de sorpresa, que se tornó fría de repente.- Tenemos que irnos.
Su mujer se levantó apoyándose en los brazos de la tumbona. Rechazó la ayuda de Daniel. Miró el vaso en el suelo.
- Déjalo, no importa.
Salieron a la calle. Era de noche. Daniel llegó hasta su coche, dejando a Ana en la puerta. Luego se acercó a recogerla. Detuvo el coche justo frente a ella y salió para ayudarla a entrar. Vio a Víctor al otro lado de la calle hablando con un vecino. Le hizo señas para informarle de que ya se iban. Víctor Llamas levantó la mano.
- Ten cuidado, cariño, no te golpees al entrar.
Ana se sentó delante. Se abrochó el cinturón de seguridad mientras su esposo daba la vuelta para entrar. Daniel encendió el motor. Ana lo miró. Luego apoyó su rostro en la ventanilla fría del coche.
El local, atestado, era un rugido permanente. Las mesas ocupadas y la gente esperando su turno para sentarse. El humo y el ruido de cristal de botella chocando contra los vasos. Las mujeres sonrientes, los muchachos, a su modo, felices de encontrar ese cómodo lugar de vino y comida en abundancia. El sudor de un calor confortable.
Y, en un momento, al subir las escaleras hacia los servicios, dos hombres, pitillo en la boca, las manos en los bolsillos, miraban al suelo con nerviosismo. Casi susurrándose, pero alcancé a escucharlo:
- Podrías empezar por dejar de acostarte con mi mujer.
El puñetazo, que me parecía inevitable, nunca llegó. Incluso me pareció que uno de los dos se reía, con una de esas risas que mueren en un leve golpe de tos.
Regresé a mi mesa tras cumplir con la naturaleza. Observé que los dos hombres compartían, con un grupo amplio, jarras de cerveza. No intuí gestos de enfado.
Luego ella me susurró algo relacionado con el mar, un barco de vela y su casa de la playa. Y ya no presté atención a aquellos dos.
Hoy he vuelto a pensar en ello cuando me he despertado y el desayuno no estaba listo y las sábanas seguían limpias.
Estábamos ella y yo haciendo lo que se supone que se hace en estos casos: protegidos de la vista de los curiosos, emboscados tras un matorral lo suficientemente alto, pasábamos las horas muertas inspeccionándonos detenidamente. Nos zambullíamos en la tarde, sin darnos cuenta. La felicidad era algo parecido a aquello. El parque, en explosión primaveral, y una brisa cálida para romper el recuerdo del invierno. Aún ahora, casi diez años después, los momentos agradables vencen a la melancolía en mi memoria.
El caso es que ella y yo, aprovechando un descanso en la oficina, bajamos al parque y nos dedicamos a lo nuestro, sin hacer caso de nadie. Y en eso estábamos cuando apareció el muchacho.
Apareció de pronto, seguido por un grupo de agentes de policía que, sin embargo, no lo vieron refugiarse tras nuestro matorral. El chico, de unos veinte años, nos hizo señales, suplicando que mantuviésemos la boca cerrada. Pero ella, casi inmediatamente, saltó fuera del matorral, y comenzó a llamar a los policías. La muy traidora. Y ahí que se llevaron al pobre chico esposado.
*
La guerra estalló unos meses más tarde. El joven era uno de los muchos conspiradores que atestaban la ciudad. Lo que comenzó siendo casi una travesura de unos cuantos chiflados, acabó por convertirse en una cruenta guerra civil. Como a otros muchos de los detenidos en los albores del conflicto, el chico al que ella delató fue fusilado tras un juicio rápido.
Gracias a Dios, el gobierno pudo restablecer el orden y en un año la guerra había terminado. Pero el asunto que quiero tratar es el de mi último encuentro con ella, un par de semanas después de concluido el conflicto. Recuerdo que quedamos en la cafetería del Hotel Plaza que, por ser el hotel destinado a la prensa extranjera, fue respetado en los bombardeos. Acudí temprano a la cita. Las calles presentaban un aspecto patético, roídas por las bombas. Muchos ciudadanos trataban de recuperar sus pertenencias de las ruinas y algunos niños (evidentemente huérfanos) eran recogidos por los servicios sociales.
Ella me esperaba leyendo el periódico. Me senté a su lado.
- Mucho tiempo-, le dije.
- Sí, mucho tiempo.
Ahora se la relacionaba con uno de los mandamases del gobierno, un tipo ruin, un lacayo del Presidente.
Aún me sobrecogía estar a su lado. Me miró a los ojos.
- ¿Cómo te va la vida?
La tarde cayó sobre nosotros sin darnos cuenta. Conversamos de esto y de aquello, recordando nuestros buenos momentos.
Se hacía tarde. Ella dijo que debía marcharse, que la esperaban en el teatro. No pude resistirlo más.
- ¿Por qué delataste a ese pobre chico?
Ella sonrió y bajó la cabeza. Recogió su bolso y me dio un beso en la mejilla. Estuvo unos segundos en silencio, observándome.
- Porque era un conspirador-, dijo finalmente.
Se marchó. Yo no me fui enseguida. Permanecí aún un buen rato sentado, jugueteando con un mondadientes, pensando en ella y en la ciudad en ruinas. ¿Cuál será la próxima sorpresa? Salí a la calle. Anochecía. El problema era yo, por supuesto. Anduve las calles semidesiertas, sólo ocupadas por grupos de voluntarios que limpiaban la ciudad de escombros. Lo había estado pensando mucho tiempo, pero algo dentro de mí rechazaba toda posibilidad de hacerlo. Aquella noche, sin embargo, con la luna proyectándose sobre el río, apoyado yo en el puente, tomé la decisión: me inscribiría en el Partido.
Pero antes debía colaborar. Me acerqué a un grupo de voluntarios y me uní en su labor. Nos pasábamos grandes bloques de piedra en cadena. Me sentía mejor. La sirena de un coche de la policía sonó a lo lejos. Tuve que hacer un esfuerzo y no gritar.