miércoles, agosto 21, 2013
«Hay que buscar nuevas fórmulas para seguir hablando de los temas de siempre»
Eduardo Mendoza - Escritor
El novelista barcelonés insiste en la necesidad de que el escritor «refleje en su obra el pensamiento y los sentimientos de su época»
Santander. La reflexión sobre el hecho literario, a cargo de un novelista que advierte de los cambios en las estructuras narrativas y en la educación cultural de la sociedad que van a producirse en las próximas décadas. Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) ha impartido en la UIMP el curso ‘Los libros que hay que leer’, dentro del ciclo ‘El autor y su obra’. Entregado a la rutina de su oficio –escribe siempre «a mano, con pluma estilográfica»–, valora la libertad del autor, en un mundo en el que vivir de la escritura será cada vez más difícil, y propone un sistema de ayudas a la creación como forma de conservar el patrimonio intelectual.
–Tengo entendido que no se siente muy cómodo en las entrevistas.
–No me gustan porque prefiero estar tranquilo antes de estar hablando con alguien que no conozco. Y, además, siempre me hacen las mismas preguntas. Pero eso es inevitable.
–Da la impresión de que hay temas que se repiten sin cesar en los medios y, por consiguiente, en las entrevistas: la crisis, los problemas identitarios, la corrupción...
–El arte de la entrevista es algo muy complicado. Buenos entrevistadores hay tan pocos como buenos futbolistas. Hay cracks y los demás son unos ‘mataos’. Es muy difícil, porque exigiría dedicar unos meses a preparar la entrevista, conocer muy bien a la persona... Como es imposible, y cada día hay que entrevistar a alguien, es natural que se recurra a los tópicos, en lo que está en la mente de todos.
–Muchos creen que el escritor tiene una relación especial con la verdad.
–Sí, parece que el escritor y en general cualquier persona pública, deben ser referentes morales. Por eso, cuando se descubre, por ejemplo, que un futbolista ha ido a un burdel, se produce un gran escándalo, cuando es perfectamente normal que siendo jóvenes y con dinero se pasen la vida en los burdeles. Que una figura pública deba dar ejemplo es una tontería muy grande. El escritor lo que debe hacer es escribir bien. Hay grandes autores que han sido personas estupendas y otros que fueron grandes canallas. No tiene nada que ver. Se espera que el escritor no sólo se pronuncie sobre todos los temas, sino que sus opiniones sean buenas, a favor de los pobres, oprimidos y las causas justas. El cariño de la gente a los escritores parece que supone una obligación de bondad que no existe.
–Theodor Adorno afirmó que después de Auschwitz era imposible escribir poesía. ¿La literatura se verá influida por la actual coyuntura económica y social?
–Yo creo que el escritor debe reflejar su realidad. Puede hacerlo abordando los temas más punteros o la guerra de Troya. Lo importante es que hable de nuestro mundo, que contribuya al debate en todas sus dimensiones. Política, pero también personal, moral, etcétera. Incluso en sus manifestaciones menos artísticas. Por ejemplo, ‘Cincuenta sombras de Grey’ es basura literaria pero refleja un momento muy especial de la mujer, que escribe y lee un tipo de obra del que antes simulaba estar alejada. Aunque no hable de lo que pasó en el último Consejo de Ministros, el escritor ha de exponer los sentimientos y el pensamiento de su época. En eso sí debe estar comprometido.
–Usted ha alertado de la metamorfosis que va a experimentar la novela en los próximos años. ¿Será un cambio de forma o de fondo?
–Precisamente, para conservar el fondo habrá que cambiar la forma. Lo que se atribuye a Lampedusa, aunque es mucho más antiguo, de que algo tiene que cambiar para que todo siga igual, es lo que debe pasar con la novela. Si seguimos escribiendo una y otra vez lo mismo, al final se perderá todo el sentido. Precisamente para seguir hablando de los temas de siempre hay que buscar nuevas formas. Creo que está pasando. Hay una novela de entretenimiento que está muy bien y ojalá dure, pero la novela importante está en plena fase de evolución, como lo están todos los medios. Por ejemplo, el cine. Ahora están cerrando salas porque el lenguaje ha cambiado y las únicas películas que aguantan son las grandes producciones con muchos efectos especiales. Todo lo demás funciona por otras vías, como la televisión o Internet.
–Ahora a la gente le cuesta más creerse la ficción. En las nuevas series de televisión, por ejemplo, los personajes ya no se dividen entre buenos y malos con tanta facilidad. Es todo más complicado.
–Es muy curioso: la televisión es muy joven y el cine, medio joven. La literatura es antiquísima y actúa como persona madura, ya un poco decadente. El cine empieza a hacerse mayor y se le notan los achaques. Es ahora cuando la televisión parece que está dando un poco de sí. Cuando reponen las series antiguas –como ‘Bonanza’ o ‘Perry Mason’– uno se queda sorprendido de lo infantiles que llegan a ser, porque el medio era también infantil. Los espectadores aceptábamos en televisión lo que no hubiéramos tolerado en literatura. Lo veíamos como quien asiste a la función escolar de los niños. Luego ha seguido evolucionando y ahora hay unas series y programas magníficos.
–¿El escritor debe mirar al mundo con una cierta distancia?
–Sí. Hay muchos tipos de autores, pero creo que el escritor es muy distinto del periodista, aunque muchas veces se solapan los dos oficios. El periodista debe fijarse mucho en la realidad, pero el escritor ha de pasar un poco de ella, porque está contando una ‘metarrealidad’, hechos que, cuanto más falsos sean, mejor van a funcionar. Utilizo continuamente el humor para recordar al lector que lo que está leyendo no debe interpretarlo en clave de crónica. Hay una tendencia a creérselo todo y de vez en cuando hay que decir: «no quieras analizarlo». Eso se consigue rompiendo el discurso realista con disparates, tonterías y exageraciones, para conservar esta forma de contar la realidad. Pasados muchos años, yo creo que una novela como ‘El misterio de la cripta embrujada’, escrita en los primeros años de la Transición, relata algo que la prensa no cuenta y las dos fórmulas (la periodística y la narrativa) son complementarias. Era necesario saber qué decía el político, pero también este otro ámbito, unido a los dibujos de Mariscal o Nazario, el Víbora y todas aquellas cosas disparatadas. El escritor ha de hacer eso.
–¿Cómo se gestó el curso ‘Los libros que hay que leer’?
–Yo ya había impartido un curso en la UIMP hace unos años. Más cómodo, porque tenía un número pequeño de alumnos y era más dialogado que discursivo. Aquel seminario sobre mi obra fue muy útil para mí porque hice balance sobre mi literatura. En esta ocasión me ha interesado hablar de mis conclusiones sobre la literatura como escritor. Es un trayecto enriquecedor por libros muy diferentes, desde la Biblia a Sherlock Holmes; de Pío Baroja a Kafka... Quería compartir estas conclusiones y oírmelas a mí mismo. Un curso de tantas horas no se puede improvisar y lo he traído todo muy elaborado. Me ha servido para releer y me ha generado algún que otro problema de conciencia al dejar fuera obras muy importantes.
–¿Se siente cómodo en el contacto con los lectores?
–Sí, en la justa dosis. No el baño de multitudes. Como dije antes, no me gustan las entrevistas en general, pero sí el contacto con entrevistadores cualificados. Igual me pasa con los lectores. Es la única forma de ver cómo se leen mis libros. Los he escrito, pero no conozco el resultado que obtendrá el lector. Las preguntas del entrevistador me resultan siempre más interesantes que las respuestas y me pasa lo mismo con las cuestiones que me hacen los que leen mis novelas. Un curso como éste me resulta muy cansado pero, de vez en cuando, me gustan las relaciones que se establecen. Me hace reflexionar. Si no, uno acaba encerrado en su torre de marfil.
–Usted le da más importancia a potenciar la creación que a los planes para el fomento de la lectura. ¿Qué teclas deberían tocarse en la sociedad para incidir en este aspecto?
–Por una parte, la educación debería ser mucho más estricta y enseñar la literatura como algo verdaderamente importante. No fomentar la lectura, sino decir que la literatura, como la filosofía o el arte, es un patrimonio, una forma de comunicarse y también una muy notable fuente de ingresos. Por otro lado, la ayuda y el fomento deberían ser a la creación. Bien están los clubes de lectura, pero no creo que el dinero público deba ir allí. Hay que apoyar al que quiere ser escritor de verdad.
–¿Cómo hacerlo?
–El mecenazgo puede cambiar la vida de una persona porque permite, por ejemplo, dejar de repartir pizzas durante tres meses y dedicarse a terminar una novela. No es cuestión de subvencionar porque acabaría por convertirse en un sistema como el soviético. Hablo de hacer un viaje o un curso. A mí me cayó una triste beca para ir a Londres un año y eso me permitió entrar en contacto con la literatura y lengua inglesas. Por ahí sí se pueden hacer la cosas. Y es muy poco dinero.
–Además, existe la tendencia a valorar que la gente lea, en lugar de preguntarse qué lee.
–Sí, hay un concepto de que lo importante es que lean. Eso no me convence. Lo importante es leer bien. No hay peligro de extinción del lector. Los libros se venden bien en cantidades nunca imaginadas a lo largo de la Historia. Un escritor mediocre puede vender 20.000 ejemplares. Balzac, Dickens y Flaubert vendían 1.500 y creían estar en la gloria. Las librerías están llenas y las editoriales son empresas cada vez más importantes.
–¿Está trabajando en un nuevo libro?
–No, ahora me encuentro en una etapa intermedia. Siempre hago cosas, pero no estoy metido en la redacción de una novela. Hay una etapa de abono y siembra y luego otra en la que se cuida a la planta. Yo aún estoy en la fase del abono.
* * *
«Doy las gracias cada día por poder vivir de la literatura»
–Uno de los aspectos que más valora de su oficio es la libertad.
–Yo la valoro muchísimo. Cada día, lo primero que hago al levantarme es dar las gracias a Dios de poder vivir de la literatura. Yo he pillado una época privilegiada. Cuando empecé a escribir, ningún autor español podía ganarse la vida con su obra, como sucedía, por ejemplo, con los estadounidenses y británicos. Debía tenerse un oficio al margen de la literatura. Nosotros hemos vivido holgadamente y algunos se han hecho ricos, gracias al Boom latinoamericano, que reivindicó a los escritores en español. Es posible que este periodo esté comenzando a descender. No sé en qué medida las descargas de Internet acabarán con la posibilidad de vivir de la escritura como hasta ahora. Yo pillé la etapa de las vacas gordas.
–¿Cuándo fue consciente de su vocación?
–Siempre, desde mi infancia. Incluso antes de saber lo que era un escritor, yo quería escribir. No me lo planteaba en términos de publicar novela, sino en imitar los cuentos que leía de pequeño. Todos los niños pasan por esta etapa y yo me quedé ahí anclado (risas). Pero nunca pensé que fuera a ser un oficio. Lo hacía a escondidas, incluso, porque en esa época ser escritor no era una cosa bien vista. La sociedad estaba militarizada. No digamos, ser poeta, que era el colmo de la cursilería. Ahora es distinto, los jóvenes hasta se apuntan a talleres literarios. La cosa se ha liberado. Pero nunca pensé en ser un escritor profesional. Yo estaba muy contento con mi trabajo, pero llegó Hacienda y me obligó a cotizar como escritor.
–¿Le gusta más escribir o leer?
–Nunca contesto a preguntas en las que se me obliga a tomar decisiones dramáticas. Pero es verdad que los escritores comenzamos imitando lo que leemos y buscando nuestra personalidad. Siempre nos queda el placer de la lectura. Somos lectores apasionados, a veces críticos... A mí me cuesta cada vez más leer novela.
–Le ve las costuras.
–Sí, ya me interesa menos lo que me están contando. Para eso ya tengo mis propias historias y mi imaginación. Pero, sin embargo, me gusta mucho leer cosas que yo no hago: la poesía, los clásicos... También novedades. No soy un fanático de la lectura. A veces prefiero escuchar música o ir al teatro. Pero sí, he sido un gran lector y la palabra escrita ha tenido siempre para mí la máxima importancia.
Fotofrafía: Alberto Aja.
Entrevista publicada el lunes, 19 de agosto de 2013, en las páginas del suplemento de la UIMP de EL DIARIO MONTAÑÉS.
viernes, agosto 09, 2013
¿De quién hablamos cuando hablamos de Carver?
Se cumple un cuarto de siglo de la muerte del poeta y narrador estadounidense, uno de los más destacados representantes del ‘realismo sucio’ y eficaz retratista de la sociedad de su país
Un vendedor de libros, de nombre Les, aprovecha una breve escala aérea en Sacramento para compartir unas horas de charla con su padre. De inmediato, sin una previa explicación, y obviando la descripción que justifique el relato, el bagaje íntimo de la familia se despliega de manera contenida pero inmisericorde en una conversación llena de sobrentendidos, centrada en desvelar un episodio particularmente bochornoso de un hogar fracturado. En resumen, un acercamiento entre dos hombres que, quizás por primera vez, se ven en la necesidad de contarse algo, de verbalizar su relación, atravesando la socialmente aceptada frontera de lo masculino. Apenas nueve páginas, perfectamente fieles a la teoría del iceberg, de Ernest Hemingway: sólo poner por escrito lo imprescindible, permitiendo que la sucesión de acontecimientos y diálogos baste para que el lector se haga una composición de lugar tanto de lo evidente, como de lo traumáticamente sumergido.
El relato, de título ‘Bolsas’, es una de las diecisiete piezas que componen el libro ‘De qué hablamos cuando hablamos de amor’ del autor estadounidense Raymond Carver, de cuya muerte se cumplen este mes 25 años. Un cuento arquetípico que combina todos los ingredientes que hicieron célebre a este padre del ‘realismo sucio’ –subgénero que enlaza con la obra de autores de la talla de Fante, Cheever o Bukowski–, uno de los más importantes y mediáticamente potentes escritores en lengua inglesa en las últimas décadas del siglo XX.
Su obra, breve y concisa, se integra fielmente en la tradición literaria de su país, a través de la exposición de la vida cotidiana de la clase media, trabajadores, parejas, matrimonios que se descomponen y familias marcadas por un acontecimiento cruel e inesperado. Carver propone una prosa más allá del sentimentalismo o la piedad, sin rastro del llamado ‘Sueño Americano’. Sus personajes huyen de la caricaturización en páginas regadas con alcohol y sueños perdidos en una cotidianidad alienada, donde la ilusión y la esperanza brillan por su ausencia. Todo bajo una sensación de amenaza, como si el relato fuera una simple introducción que prepara al lector para asumir el desastre.
Nacido en Clatskanie, Oregón, en 1938 y criado en el estado de Washington, la biografía del escritor se nutre de vivencias que más tarde utilizaría para componer sus libros. Su padre, permanentemente endeudado, ejerció los oficios más variopintos –fue recolector de manzanas, así como trabajador en un aserradero– y sufrió pronto los envites del alcoholismo. El mismo día en que un Raymond Carver de 16 años asistía al nacimiento de su primer hijo, su padre estaba en la quinta planta del mismo hospital recibiendo un tratamiento de electrochoques para combatir su adicción.
La infancia del escritor transcurrió de manera fugaz y pronto se vio obligado a ganarse la vida, también como su progenitor, en los trabajos más diversos (vendedor, limpiador de hospital, camarero...). Es entonces cuando comienza a escribir. Las obligaciones laborales le impiden afrontar voluminosos proyectos literarios y se especializa en la brevedad de cuentos y poemas.
Renacimiento
Su caída en el alcohol, sin embargo, marca el inicio de su etapa más oscura, pese a que nunca interrumpió del todo su labor creativa. El 2 de junio de 1977 toca fondo y, abandonado por su mujer y sus hijos, decide dejar la bebida. Ese mismo año conoce a la poeta Tess Gallagher, que se convertiría en su segunda esposa. Con ella compartiría sus extraordinariamente productivos diez últimos años.
Otra figura decisiva en su carrera fue el editor Gordon Lish, quien le ayudó a pulir su estilo literario y le animó a publicar sus primeros libros. Es la época en la que aparece lo mejor de su obra: los volúmenes de relatos ‘Ponte en mi lugar’ (1974), ‘¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?’ (1976), ‘¿De qué hablamos cuando hablamos de amor’ (1981), ‘Catedral’ (1983), ‘Tres rosas amarillas’ (1988) y ‘Si me necesitas, llámame’ (2001, póstumo); además de varios libros de poemas.
Su impacto en la cultura norteamericana trasciende lo meramente literario. En 1993, cinco años después de su muerte, el director de cine Robert Altman rueda la cinta ‘Vidas cruzadas’, basada en los relatos del autor.
El adiós
A finales de los años ochenta, Carver se ha convertido, por fin, en un exitoso autor, respetado por la crítica y sostenido por un público creciente. Sus imitadores se cuentan por miles y goza de una sólida reputación literaria. Fumador empedernido desde su juventud, en 1987 se le diagnostica un tipo especialmente letal de cáncer de pulmón. El 2 de agosto del año siguiente, su vida se extingue en Port Angeles, Washington. Tenía 50 años.
Desde entonces, la altura de su valor literario se confunde con la irrupción de inéditos y la propagación de polémicas entre sus herederos. Diez años después de su muerte, Tess Gallagher y Gordon Lish se enzarzaron en una agria disputa, donde ambos reclamaron ser coautores de lo éxitos del difunto. Más recientemente, en 2007, las dos mujeres de su vida publicaron sendos libros sobre su convivencia con él. Quizás todo esto resulte inevitable en un autor especializado en desentrañar lo más oscuro de la intimidad, en los traumas que pueden evidenciarse con una mirada o un breve diálogo. En esa destrucción lenta del día a día con un vaso en la mano, mientras el atardecer se posa sin que nadie se dé cuenta.
Artículo aparecido el viernes 9 de agosto en el suplemento cultural Sotileza, de El Diario Montañés. Ilustración de Álvaro Sánchez.
viernes, agosto 02, 2013
Diseccionar a Buñuel*
París, 6 de junio de 1929. Cine Estudio de las Ursulines. Lo más granado de la intelectualidad francesa asiste, expectante, al estreno de la primera película de un joven español llamado Luis Buñuel. La cinta, de título ‘Un chien andalou’ (Un perro andaluz), despliega una breve sucesión de imágenes oníricas, tercamente alejadas de la narración ortodoxa. Consciente del rechazo que puede generarse entre la audiencia, el realizador se embosca tras la pantalla con los bolsillos llenos de piedras. Su idea: lanzárselas al público en cuanto comiencen los abucheos. No tendrá que hacerlo. La película es un éxito. La vanguardia cultural de La Ciudad de la Luz adopta con entusiasmo a un nuevo creador. El exigente André Breton, sumo pontífice del movimiento surrealista, da el visto bueno al desgarro del ojo por la cuchilla, imagen arquetípica del cine.
El aragonés había concebido el proyecto junto a su amigo Salvador Dalí, antiguo compañero de juergas en la madrileña Residencia de Estudiantes. Gracias a la producción de su madre, quien colaboró con 25.000 pesetas, ambos creadores dieron forma al relato elaborado al alimón en la casa del pintor catalán en Figueras.
Fue este ambiente de cine y amistad acaso el último periodo de placidez del que disfrutó Luis Buñuel. Su nombre y su obra se convertirían, a partir de entonces, en sinónimo de escándalo. Dos de los grandes temas de su producción, la sexualidad reprimida y la opresiva presencia de la religión católica en la España de su tiempo, generarían una violenta contestación por parte de los sectores más conservadores de la burguesía, otro de sus enemigos íntimos.
Una obra, en definitiva, tan alejada de los convencionalismos que causa, al mismo tiempo, controversia y malentendidos. Uno de sus mejores amigos de juventud, Federico García Lorca, se toma eso del ‘perro andaluz’ como un ataque velado contra su persona. Tardarían años en reconciliarse.
«Adoro los pasadizos secretos, las bibliotecas que se abren al silencio, las escaleras que desaparecen en las profundidades, las cajas fuertes disimuladas», admite el propio Buñuel en su libro de memorias, ‘Mi último suspiro’, publicado apenas un año antes de su desaparición, hace ahora tres décadas. No resulta extraño. Su cinematografía indaga en lo escondido, muestra el lado oscuro, reprimido, sin una previa reformulación teórica. Lo irracional como dominante. Eso lo aprendió de los surrealistas, maravillados por la revolución freudiana de principios del siglo XX.
En sus declaraciones públicas, el cineasta se esfuerza por apartarse de la etiqueta intelectual que pretenden endosarle. Primogénito de una acomodada familia aragonesa, su biografía se funde con la de otros jóvenes de la cantera intelectual de la España de los años veinte.
La amistad, forjada con vino y verbenas, a través de lecturas, conciertos, cuadros y versos. Su memoria está poblada de nombres de altura: Alberti, Bergamín, Dalí, Lorca, Cernuda..., conforman la intimidad de un Buñuel que nunca tuvo intención de comparárseles. Sin un temprano talento literario o plástico, sus años de formación son los de un degustador de arte y libros, integrado en los círculos intelectuales de la capital.
Más tarde, Francia le proporciona una nueva patria cultural. Allí se familiariza con el oficio de hacer cine, colaborando con directores de la talla de Jean Epstein. Es en París donde penetra en el surrealismo y descubre una nueva forma de expresión creativa, a través de la cámara.
Su trayectoria es mucho más que un itinerario fílmico. Supone una lucha innegociable por la libertad. Apegado, como él mismo reconoce, a sus rutinas, no desdeña, sin embargo, ningún viaje o aventura, que lo aleje de la sordidez doméstica de una España a la que le cuesta seguir el ritmo europeo. La II República tampoco lo entiende. Su tercera película, ‘Las Hurdes, tierra sin pan’ es censurada en 1933. Buñuel vuelve a Francia y, después de la Guerra Civil, emprende el camino a los Estados Unidos y, por último, a México.
Para el crítico Ángel Fernández Santos, los tres primeros filmes del aragonés «abrieron al cine los horizontes ilimitados de la imaginación suelta, desamarrada de códigos, en plena posesión de sí misma».
A partir de entonces, Buñuel refina su propuesta, adaptándose a escenarios tan diversos como México o Francia. En 1961 vuelve a España para rodar ‘Viridiana’, cinta que se alza con la Palma de Oro en Cannes, pero que sufre, una vez más, el mordisco de la censura. Ya es entonces Luis Buñuel una leyenda viva del cine. El 1973, conquista el Óscar a la mejor película de habla no inglesa con ‘El discreto encanto de la burguesía’. Pero hace mucho tiempo que el director de Calanda huye de los focos de la publicidad.
Reverenciado por sus actores, trabaja con los intérpretes más importantes de su época. Catherine Deneuve, Jeanne Moreau, Silvia Pinal, Ángela Molina, Fernando Rey, Francisco Rabal y Carole Bouquet, entre otros, se ponen a sus órdenes, maravillados por el revolucionario concepto artístico del realizador.
Para la posteridad, la pierna de ‘Tristana’, el zurcido de ‘Ese oscuro objeto del deseo’ o la cajita de ‘Belle de Jour’. Muchos espectadores interrogaron a Buñuel sobre el contenido de esta última. Con su habitual sorna, el realizador contesta al más puro estilo surrealista. «En la caja hay lo que ustedes quieran». Toda una declaración de intenciones.
*Artículo aparecido en el suplemento cultural Sotileza, de EL DIARIO MONTAÑÉS, el viernes, 2 de agosto, de 2013.
miércoles, julio 31, 2013
Hoy comemos gazpacho
jueves, julio 25, 2013
El Silencio
martes, marzo 12, 2013
"El viaje me enseñó que los límites están en uno mismo"*
SANTANDER. Siempre que alguien pronuncia un discurso sobre la capacidad del ser humano para encarar las adversidades y superar los peligros que lo acechan, corre el riesgo de quedarse corto. Tales palabras parecen insuficientes, por ejemplo, para relatar la determinación del ciclista Diego Ballesteros (Barbastro, Huesca, 1974) por explorar los límites de sus fuerzas y volver para contarlo. En 2008, el aragonés decidió hermanar la Expo de Zaragoza con los Juegos de Pekín, recorriendo en bicicleta (y en solitario) los 12.822 kilómetros que separan las dos ciudades. El 23 de agosto, a las 16.00 horas entró en la capital china, colmado de emoción por el trabajo bien hecho y de alegría por las experiencias acumuladas. Dos años después, su vida cambió para siempre, tras sufrir un atropello en Estados Unidos, durante la celebración de la Race Across America. Una lesión medular irreversible le impedirá volver a caminar. Tras muchos meses de angustia, Ballesteros volvió a enfundarse el maillot para lanzarse de nuevo a la carretera, esta vez, sobre una handbike (bicicleta propulsada con las manos) con la que ya ha sido capaz de cubrir la distancia entre Madrid y Londres: 1.800 kilómetros, en 25 días. La fórmula para su recuperación cuenta con dos ingredientes fundamentales: su familia y la escritura del libro: "12.822 km. De España a China". Este sábado presentó el volumen en la Librería Gil de Santander, junto con un documental sobre su aventura asiática. Diego Ballesteros, de 38 años, ya piensa en los próximos retos. Hoy, busca la felicidad enarbolando su lema: "querer es poder".
-¿Qué aprendió durante su largo viaje a China?
-Siempre digo que es un viaje que me enseñó a darme cuenta de que los límites están en uno mismo. Utilizo la frase que lo resume: "querer es poder". Superé muchas dificultades que fortalecieron mi personalidad, algo que también me ayudó después del accidente. Fue una aventura y un aprendizaje sobre mí mismo y sobre los demás; un reto solitario, personal, de 100 días, en los que me comprometía a partir del recinto de la Expo de Zaragoza y llegar hasta Pekín, antes de la clausura olímpica. El libro "12.822 km. De España a China en Bicicleta" es muy fácil de leer y transmite valores.
-Habría momentos de mucha soledad, de cansancio y de pensar: «¿Cómo me he metido en este lío?»...
-Hubo muchos episodios de pasarlo mal, de valorar si realmente valía la pena todo el esfuerzo que estaba haciendo... Pero cuando estás en el desierto o en Irán piensas: «Bueno, para atrás no puedo ir». Siempre hay que caminar hacia adelante.
-Destaca en su documental y en su libro el trato humano y el contacto con diferentes culturas. Cuando atravesó los territorios de la antigua Yugolsavia, ¿le impactó observar todavía las huellas de la guerra...
-En los Balcanes percibí ciertas muestras de rencor entre serbios y croatas. Aún se ven arañazos de la guerra en las casas, metralla... A día de hoy, hay mucha gente desaparecida en los dos bandos. Mi viaje coincidió con la proclamación de la independencia de Kosovo, reconocida por varios estados. Los serbios tenían un sentimiento algo derrotista por todos esos episodios.
-Camino a Pekín visita otros países donde se le ve muy integrado con la población local.
-La comunicación era lo más complicado. Por ejemplo, en Irán, donde la gente es muy hospitalaria y los vecinos venían a ofrecerte lo poco que tenían, encontrar a personas que supieran inglés no era fácil. Así que, cuando veía a alguien que lo hablaba, le pedía que me apuntara en un papel las palabras importantes: izquierda a derecha, los números, los alimentos, etc. También utilizaba mucho los gestos.
-Y luego llegaron experiencias impresionantes, como atravesar los desiertos de Gobi y Taklamakan...
-Sí, claro. Hubo momentos muy duros en la aventura, como cuando atravieso el Pamir, con pasos de montaña de más de 3.600 metros, donde las condiciones meteorológicas son muy adversas y había horas de mucha soledad. Pensaba: «Si me pasa cualquier cosa, o pincho...». Lo pasas mal. Y, sobre todo, cuando atravieso el desierto de Taklamakan (que, traducido, significa "Si entras, no saldrás"), son jornadas muy largas de pedaleo. Se me hacía de noche y veía a los escorpiones acudir al calor de la carretera... Pasas un poco de miedo, pero lo vas venciendo.
-Cuando apenas le quedaban unas pocas de jornadas para llegar a Pekín, sufre una avería que casi le deja a las puertas de concluir su gesta. En ese momento, la colaboración de la población local china fue fundamental.
-Pensé que el viaje había terminado cuando se me rompió el eje de mi rueda trasera. Pero unos chicos chinos fueron en busca de uno de repuesto y lo encontraron. Además, tuvieron que tornearlo para poder acoplarlo a la bicicleta. Yo pensé que me iban a cobrar el oro y el moro, porque estuvieron cerca de tres horas buscando la pieza, pero no sólo no me cobraron nada, sino que me invitaron a comer. Yo siempre digo que el mundo exterior es menos agresivo de lo que la gente cree.
-Y luego, por fin, Pekín, la meta. ¿Cómo fue esa entrada?
-El vello estaba erizado. Sentí una enorme emoción al recordar todo el trayecto vivido. Y también un cierto alivio al pensar: «Por fin, mañana no me toca pedalear» (risas). Perdí cerca de 10 kilos de peso y llegué agotado, muy débil, pero con una gran satisfacción por terminar en la fecha prevista.
-Después llegó el accidente en Estados Unidos, durante la Race Across America -un automovilista despistado lo arrolló a 100 km/h, sentándole de por vida en una silla de ruedas-. ¿Qué siente hoy, cuando recuerda la aventura china?
-Cuando veo esas imágenes siento cierta añoranza, pero trato de evitar los pensamientos tristes. Las cosas suceden porque sí y no hay vuelta atrás. A raíz de mi accidente tuve que empezar a convivir con una silla de ruedas. Es difícil de digerir. Pero trato de llevar una vida lo más activa posible. En ese sentido, el deporte ha sido fundamental. No quiero renunciar a las cosas que quiero.
-Dentro de esa determinación por seguir adelante en el deporte, descubrió la handbike (una bicicleta propulsada con las manos). ¿Cómo fue ese primer contacto?
-La primera vez que oí hablar de la handbike fue en el hospital donde estaba ingresado, el Instituto Guttman de Badalona, pero durante ese periodo mi mente no estaba preparada aún para asumir que no iba a volver a caminar. Y cuando volví a casa un día decidí probar una handbike y me encantó.
-¿Cómo fue la experiencia, a nivel personal, en el Instituto Guttman?
-Un periodo de ingreso tan largo es siempre muy duro. Te enseñan a volver a aprender a realizar las actividades cotidianas: comer, ducharte, ir al baño... En esa época estaba un poco enfadado con el mundo. Pero llega un momento en el que quieres salir de allí y retomar tu vida. En el hospital, que es un entorno muy duro, te das cuenta de que hay gente que está peor que tú, con lesiones en la cabeza y que no saben ni quiénes son. Te enseña mucho.
-Siempre que habla de su recuperación, señala un doble apoyo: el calor de su familia y la escritura del libro. ¿Han sido los dos pilares que le han sostenido todo este tiempo?
-Sin duda. Cuando yo estoy mal, mi familia está mal. Si me pongo triste, mi madre se pone el doble de triste que yo. Decidí estar bien, porque las personas que te quieren son las que más sufren. Mi entorno, por otro lado, no me ha fallado. Sigo con mi pareja de hace años y mis padres están bien. Eso me ayuda muchísimo. En el hospital conseguí escribir el libro y fue un extra de motivación. Tuve que renunciar a mi puesto de trabajo como profesor en un instituto y me volqué en el libro y su distribución. Mi mente se ha mantenido ocupada.
-También ha tenido mucho apoyo del mundo del ciclismo: Indurain, Pedro Delgado, o el equipo Movistar han estado muy pendientes de usted.
-Que los mejores ciclistas españoles de todos los tiempos se hayan volcado conmigo es una muestra de su grandeza. A Miguel Indurain le dije que no sólo es grande por lo alto que es y los títulos que ha ganado, sino por el enorme corazón que tiene.
-Poco tiempo después, decide emprender otra aventura, esta vez de Madrid a Londres. 1.800 kilómetros en 25 días sobre una handbike.
-Ambas experiencias fueron un salto al vacío. El trayecto a Pekín fue más duro psicológicamente, porque tuve que pedalear solo durante muchos días. El de Londres, en cambio, lo fue físicamente. Acabé con una enorme sobrecarga en los brazos, pero llevaba un equipo de apoyo, que para mí fue fundamental para el éxito de la aventura.
-¿Cómo se plantea el futuro Diego Ballesteros? ¿Sueña con participar en unos Juegos Paralímpicos?
-Me encantaría representar a mi país en unos Juegos. Lo que ocurre es que apenas ha pasado un año y medio desde que dejé el hospital. Hay mucha gente que lleva más tiempo con discapacidad y está tremendamente fuerte... Yo lo voy a intentar.
-¿Tiene ya en mente algún objetivo concreto?
-Sí. Participar en el Campeonato de España, acudir a alguna prueba internacional de handbike y una aventura por el África negra.
sábado, febrero 23, 2013
Centenario
La ciudad se ha despertado hoy casi blanca, bajo una leve promesa de nieve y una certeza aguda, furiosa, de frío europeo. Las amenazas en la ciudad, si hemos de ser sinceros, raramente se concretan en lo peor. A menudo, los avatares de la vida se suceden despacio, de forma casi imperceptible, a través de una pulcritud que podríamos calificar de burocrática. Por eso los copos (escasos y tímidos) caían lentos, como obligados, durante unos pocos segundos antes de que todo volviera al orden natural de las cosas. De esta forma ha amanecido la ciudad en la mañana del centenario; en la jornada en que su equipo de fútbol cumple 100 años.
domingo, julio 08, 2012
La Vida a los Treinta
martes, junio 12, 2012
Agua
Para A. P., que sorteó al ganado...
Yo para el agua soy muy moro. Cualquier paisaje se dignifica, se hace vida y razón con el agua. Lo demás es desierto. Lo recordé hace un par de semanas en el parque natural de la Sierra de Cebollera en La Rioja, donde una breve ruta de bosque -que parte de la ermita de Lomos de Orios- desemboca en una escueta cascada, la primera de una serie, que centra todo el sentido del camino. El agua es lo que importa. Es la causa del florecer de la civilización y la razón del descanso que proporciona su sola contemplación desde las riberas. Sólo cabe la guerra por el agua. No hay una disculpa de mayor potencia para coger las armas y rebanar enemigos. El Islam, esa religión de hombres de dunas, comprende muy bien lo que significa el agua y su escasez. Por eso el paraíso que promete su libro sagrado está bañado por ríos que fluyen incansablemente y bañan un jardín colmado de delicias. El Corán expone crudamente, entre otras imágenes a menudo cruentas, la sed del hombre; una sed incrustada en nuestro cerebro como una programación para la santidad. Es difícil no ser santo aprovechando la primavera en un bosque, junto al río. Yo soy muy moro para el agua. Debe de ser un reflejo en mis genes de la presencia de 700 años de los árabes en la Península. Supone nostalgia del Edén, no cabe duda. Y es, a la vez, quietud y movimiento. La imagen y lo imposible de fijar un instante, que siempre es nuevo, pero conserva el empaque de lo eterno... sin alcanzarlo.
miércoles, mayo 09, 2012
Siglo XX
lunes, diciembre 27, 2010
Si Te Gusta Lo Que Ves

miércoles, diciembre 01, 2010
Nunca Fue Extraño

No lo supieron enseguida. No pensaron nada. Ya no podían con su fe de niños ¿Quién sabe ya de planes y recuerdos? Fue una noche entre las figuras que empañaban un muro. Nadie puede recordarlo. Algo que se tiraba a la basura porque hace daño.
La soledad de un bar que está cerrando. El ruido del agua y el jabón. Quizás hubo miedo, pero nunca fue extraño.
Son tan distintos que resulta imposible distinguirlos. No se duda de la fuerza del invierno. Y se tienen lejos o cerca. Y es cálido como una manta. Y es ligero y viajan casi sin quererlo.
jueves, noviembre 11, 2010
Carlos Edmundo de Ory, D.E.P

lunes, septiembre 13, 2010
Algo Escrito

si acaso ella no le habrá dejado
algo escrito en alguna parte:
una carta, papeles, indicaciones…
Comenta algo a alguien,
que lo mira entre inquisitivo
y tierno. Ya nada de eso importa,
dice,
es sólo algo más de metal para la fragua.
El niño lo sabe y mira los espacios
del hogar anónimo
y los vacía para conservar
lo eterno, como si eso sirviera
para esclarecerse.
viernes, agosto 20, 2010
Esfinge

domingo, agosto 15, 2010
Me Hablaban De Zombies
domingo, agosto 08, 2010
El Sacrificio

“Según esta explicación de S. Anselmo, que expongo de una manera rápida, el pecado del hombre causa una ofensa infinita a Dios. Puesto que el hombre es un ser finito y limitado, no puede reparar una ofensa infinita, porque las ofensas se miden por la categoría del ofendido. Es preciso un ser que sea infinito para satisfacer el honor ofendido de Dios, con lo cual Dios tiene que encarnarse, a fin de constituir ese ser infinito que repare la ofensa infinita hecha. Y tiene que encarnarse, porque, al haber sido cometida la ofensa por el hombre, tiene que ser reparada también por el hombre. Jesús muere y merece con su muerte la reconciliación de Dios, porque repara esa ofensa infinita, toda vez que la muerte de Jesús es un sacrificio que tiene un valor infinito por ser la muerte de un ser infinito. Así nos salva Jesús”.
Frente a esta lectura de la muerte del Nazareno, Busto Saiz opone una teología moderna (la suya), mucho más acorde con los ánimos de nuestros contemporáneos, según la cual, Jesús aparece en la historia como un luchador por la Justicia y la Libertad de los oprimidos y al que los Poderes de este mundo (Roma y el Templo de Jerusalén) no pueden digerir, por lo que deciden eliminarlo. La Redención se concreta, pues, en la respuesta finalmente adecuada de la Creación hacia su Señor. Dios ha vencido porque su Amor ha sido más grande que el miedo, la opresión y la muerte.
Si bien, en mi opinión, el estudio del Nuevo Testamento deja entrever lo confuso de su tratamiento de este tema (si el de Jesús es un Sacrificio Redentor, lo es involuntariamente, puesto que los que lo sacrifican ignoran que se trata de un sacrificio), me interesa mucho más actualmente la teología de San Anselmo a este respecto. Porque, efectivamente, si leemos con atención los evangelios, es indudable que Jesús insiste en que su Sangre sirve para borrar el Pecado del Mundo (idea mucho más crudamente expuesta en las cartas de San Pablo). Y pienso que la formulación de los textos del NT buscan deliberadamente introducir esta tesis en las mentes de los primeros creyentes: El sacrificio de Jesús por sí mismo limpia el pecado. A continuación, Dios apuesta por el caído y lo resucita. Pero el “hecho en sí”, la muerte del Nazareno, redime. Esto resulta incómodo para los más progresistas dentro del cuerpo teológico de la Iglesia Católica. No me extraña. Es muy duro pensar que la divinidad necesita la sangre de un inocente para eliminar culpas.
Hace un tiempo, intercambiando opiniones (un tanto violentamente) con un cristiano no adscrito a ninguna iglesia en concreto (y que ahora, tristemente, ya no está entre nosotros), descubrí una interpretación novedosa: Para él, no es que Dios necesitara la muerte de un inocente para redimir Su Creación, sino que era el ser humano quien, para destruir el sentimiento de culpa debía creer que la Sangre de Jesucristo era “suficiente” para limpiar su conciencia. Era un fenómeno psíquico inevitable.
Me dejó sorprendido esta lectura. No estoy seguro de compartirla en lo que se refiere a la interpretación de la fe cristiana, pero me parece muy perspicaz en lo que tiene de exposición desnuda del comportamiento de la mente humana.
Si mi difunto interlocutor tenía razón, el cristianismo es la única cura para el mundo neurótico en el que habitamos y los evangelios serían el reflejo más agudo del carácter del hombre. Un ser que, en consecuencia, es capaz de ser feliz pensando que otra persona (en este caso, “El Gran Otro”) ha pagado por sus culpas.
Yo no soy psiquiatra, ni psicólogo y, por lo tanto, no estoy capacitado para analizar esto detalladamente. Me faltan herramientas conceptuales con las que trabajar este embrollo. Diré, de todas formas, que tal y como yo lo veo (basta, pienso, observar alrededor) el sacrificio o, al menos, un conato de sacrificio (una idea falsa sobre él) está al orden del día en nuestras sociedades. ¿Cuánta gente cree realmente renunciar a algo por alguien? El sacrificio en este caso es un auténtico asesino de dudas. Situándose en el artificial dilema de: “Fulanito me importa pero me importa más Menganito y saco a pasear el hacha sacrificial y me libro de Fulanito”, es decir, dando el aspecto de crudeza a una elección se disipan muchas nieblas emocionales y se puede empezar a funcionar con la alegría que da el haber renunciado a algo: es un salto al vacío que ha justificado.
No existe el sacrificio. Es un señuelo que esconde la nada moral, la cobardía de no saber enfrentar una realidad incómoda: verse incapaz del amor y de la entrega sin que, por algún lado, aparezca el dolor como ingrediente indispensable del potaje sentimental. Y es curioso porque el sacrificio no es tal, pero se busca y, una vez encontrada su idea falsa, se niega y se culpabiliza al sacrificado (“él/ella se lo buscó”). ¿Es posible que nuestra felicidad dependa de una destrucción ajena; una destrucción no sólo física sino de todo lo que una vez lo rodeó y significó algo y que ahora derruimos hasta en la memoria?
¿Y si esto es lo que somos?
domingo, agosto 01, 2010
Elle Fut Repatriée Convenablement

Pero detengámonos un momento y aceptemos que el Rimbaud “importante” es aquel adolescente bello y feroz que deambulaba por el lado salvaje de la vida en compañía de un patético Verlaine. Recordemos que el Rimbaud inmortal es el de “Una estación en el Infierno”, el de las “Iluminaciones”; el rebelde y manirroto joven súper dotado que llevó la literatura a un enfrentamiento deicida y que se consumió inexplicablemente cuando cumplió los veinte años.
Aunque tampoco tan inexplicablemente. Las fantasías exóticas que el poeta de Charleville desgranó en sus libros; su deseo de aventuras y experiencias plasmado en sus poemas, obtuvieron la recompensa en forma de realidad: Rimbaud abandona el ejercicio literario “a la edad en la que otros empiezan” y se pone en camino, optando por dotar de verdad sus ensueños juveniles. Y viaja. Y se arriesga. Hasta aquí todo bien. Es, incluso, digno de admiración. No todos son tan valientes. Casi nadie lo es, de hecho.
Pero el destino del poeta, lejos de conducirlo en palmitas hacia el triunfo del aventurero, lo sumerge en una sucesión de experiencias fallidas, accidentes, enfermedades, asesinatos, dudosa moralidad y terrible soledad. Lo que parecía oro en la mente; esperanza de un burgués asqueado por serlo, se convierte en una pesadilla tenue, no absolutamente insoportable, pero que lo mina poco a poco y destroza los cimientos de su legendaria inteligencia. Rimbaud desaprende su vida en una catastrófica elección que, finalmente, lo lleva a añorar la existencia que pudo ser: la del triunfo incontestable, ya tan terriblemente lejos antes de cumplir los treinta.
Y compra una esclava… Leyendo las penalidades del poeta, sorprende que, en ningún momento, se le pasara por la cabeza la idea de regresar a Francia (donde sus libros comienzan a ser conocidos y reverenciados por una corte de fanáticos que desconocen al autor) para tomar las riendas de su destino literato y/o sedentariamente burgués, conocer a alguna joven de “buena familia”, de delicados modales y formar una familia con muchos niños; convertirse en el príncipe de los poetas o en un simple funcionario. Sigue siendo un salvaje e, incluso, su búsqueda de “normalidad” está jalonada de comportamientos lunáticos. Todo se convierte en algo feo cuando lo toca Rimbaud. Y él se da cuenta de ello. Y más tarde enferma y muere sin haber construido su vida tal y como la pensó de joven. Sólo quedan sus libros como testimonio refinado de un fracaso. Él, durante los años previos a su muerte, se incomoda cuando le recuerdan su pasado de “niño prodigio” de las letras. No es para menos. Rimbaud sabe lo que ha ocurrido y lo que no (que es aún más grave y doloroso). Como dijo en uno de sus poemas, una vez sentó a la belleza sobre sus rodillas y la insultó. Recogió una amarga siembra. Finalmente, no pudo sino continuar con la farsa, llevarla hasta el más penoso extremo, en la soledad profunda de quien se sabe perdido. Fue su opción. Nunca pudo deshacerse de ella. ¿Lo quiso de veras?
jueves, julio 22, 2010
Ni Siquiera La Lluvia

Estaba el cielo como para esperar a Barbara Hershey tras cualquier esquina. Estaba el cielo ochentero y neoyorquino. Faltaba (¿o no?) Michael Caine, envuelto en una gabardina rancia. Miré por la ventana y me di cuenta de la mutación paisajística. Siempre he pensado que para cada época existe una luz que le es propia, como lo es cada generación que la habita. Es una sospecha sin fundamento, pero que dota de razón al pasado. Lo justifica. Para mí es suficiente. Vuelvo sobre ello de vez en cuando. La cuestión fundamental es si podemos identificar el presente con alguna promesa del pasado, vista o percibida incluso de soslayo en algún acontecimiento puntual, en alguna persona a la que se ve o en algo que se piensa. No hay lugar para intuiciones de ese tipo. Ahora es mejor así, un peso que se nos quita de encima. Hoy los coches pueden avanzar sobre los charcos, mientras las madres dan la merienda a los niños. Y cada acto muere en sí mismo. “Siempre ha sido así, hombre”. Que sí, que ya lo sé.
lunes, julio 05, 2010
Paz
De nuevo, y sé perfectamente que no por última vez, voy a hablar de mí. Y es que, como buen tímido, soy también un exhibicionista y gusto (tal vez necesito) de la dosis cotidiana de autobombo o de justificación para mis actitudes e inclinaciones. Yo soy así (este “yo” no va a ser el último del texto).
Cuando tenía quince o dieciséis años y era un maniqueo de libro y frecuente ladrador contra lo que se me aparecía como el colmo de la imposición ideológica (las clases de Religión en mi cómodo y no poco siniestro colegio concertado), e incluso batallaba sin descanso a favor de la izquierda (perdón, quise decir LA IZQUIERDA), con la eterna pregunta en los labios cuando me hablaban de un escritor o intelectual cualquiera: “Sí, pero, ¿es de izquierdas?”, encontré en la biblioteca familiar un ejemplar de “El ogro filantrópico”, de Octavio Paz. Lo pregunté, no se crean: “Pero, vamos a ver, ¿es de izquierdas?”.
La respuesta (“No exactamente, pero es un intelectual muy fino”) me animó a leerlo. Una lectura fundamental en mi vida. La he recordado recientemente y he rescatado de nuevo el libro de la estantería. Ya no me resulta tan luminoso como antes, porque Paz (al menos el Paz de 1978, año de la publicación del libro) me parece ahora más superficial y con un excesivo celo por no presentarse como un reaccionario; pero puedo decir que su formulación central ha sido la que, a partir de su lectura, ha nutrido mis opiniones sobre política. A saber, Paz se centra en los siguientes puntos:
1) Crítica del Estado como organismo con evidentes (y casi ineludibles) tendencias burocráticas.
2) Crítica del “Socialismo Real”, de la URSS y de los demás países de su órbita, así como de las dictaduras que se habían impuesto en su época en diferentes países bajo la bandera del marxismo-leninismo.
3) Crítica a intelectuales complacientes con la URSS que negaron hasta que no les quedó más remedio la existencia de Campos de Concentración.
4) Defensa de la sociedad pluralista y democrática frente a las tendencias totalizantes.
5) Defensa de la libertad política como condición imprescindible para una sociedad justa.
Aceptando el hecho de que sus críticas a los sistemas totalitarios del “Bloque del Este” respondían a una necesidad coyuntural, creo que pueden sacarse conclusiones generales para nuestros días. Sobre todo, el desprecio hacia la “libertades formales” que muchos acompañan con una invocación del Estado como plausible corregidor de desmanes económicos y políticos. En definitiva, la perdida de “fuelle” de la idea del Estado de derecho frente al Estado político fuertemente armado e intervencionista.
Me he excedido en explicar algo que no quería, pues pretendía que mi texto fuera más lírico en la evocación de mis años mozos, más personal acaso; no tan apegado a los datos de un libro que en mi vida ha sido algo más que eso (“Pablo, ¿un punto de inflexión?” Aborrezco esa frase). Tal vez yo siempre haya querido ser Octavio Paz. Un provocador ideológico, un erudito viajero y conocedor de mil tradiciones; capaz de soltar citas y referencias sin que se me desmelenara el tupé. No sé si voy camino de serlo. Posiblemente, no. Ni siquiera sé si es lo que quiero (o lo que puedo). Pero durante una época, al menos, me sirvió para liberarme de ataduras y prejuicios e inspiró en mí un gusto por situarme a la contra en cualquier circunstancia o discusión. Echaba de menos ese tiempo, más de ilusión de que análisis, debo admitirlo, y por ello he revisado la excelente (aunque excesivamente larga y quizás algo rimbombante) entrevista de Soler Serrano al Premio Nóbel. Nunca había escuchado la voz de Octavio Paz antes de ver este documento. Me sorprendió el amaneramiento del poeta (yo lo esperaba áspero como un Fernán Gómez o un Umbral), pero disfruté del Paz de la época de “El ogro filantrópico”, en plenas facultades.
Lo he visto como quien rescata un juguete de un cajón: feliz por el hallazgo, por reconocer aún lo que me maravilló de él, pero ya incapaz de aceptarlo como referencia vital absoluta. Ni siquiera busco algo parecido a eso. Acaso, tomar algo de su aparente quietud y equilibro y guardármelo.



