domingo, junio 07, 2020

Las ocho*



Durante esta etapa triste de confinamiento y política, he llegado a temer la llegada de las ocho de la tarde; las ocho “en sombra” de la tarde, que podría haber escrito Lorca. No pretendo exagerar mi estado de ánimo durante esos minutos previos de balcones saturados como toriles, pero tiemblo, me alejo de las ventanas y aguardo la embestida de las masas, hoy integradas por sujetos de todos los partidos, cada uno a lo suyo, cada cual con su bandera.

Lo teníamos más claro antes: eran los aplausos en la época temprana del encierro, cuando todo estaba por hacer y las calles permanecían dóciles. Admirábamos entonces el trabajo de los sanitarios -en primera línea ante el peligro y sin medios frente al mal- y la solidaridad de los voluntarios. Pero nada de esto ha sobrevivido a los dos meses de ruedas de prensa, encanallamiento parlamentario y erosión de la paciencia del personal por parte de quienes pretenden sembrar conflictos en el fango de la enfermedad y de la muerte.

Como cabría esperar tratándose de España, las protestas nunca brotan de la espontaneidad de una sociedad civil orgullosa de serlo, intelectualmente activa y comprometida con su intervención en los asuntos públicos. Al contrario, los partidos representan (de nuevo irresponsablemente) el papel de directores espirituales en retorcidas trifulcas de favela. Son las ocho y, luego, llegan las nueve con más emoción si cabe. Ya sea Hernán Cortés o Pamplona, la acción contra el Gobierno o a favor de los presos de ETA, la militancia entendida como la obediencia del feligrés convierte la política en un espectáculo penoso al que el resto de la población asiste cada vez con mayor asco y desesperanza.

* Columna publicada el 27 de Mayo de 2020 en El Diario Montañés

martes, mayo 19, 2020

Vulnerables*



No se engañen, esto no es ninguna novedad. Lo que ustedes experimentan -la fragilidad en todas las cosas, la incapacidad del presente para alumbrar un futuro apetecible- no es fruto del coronavirus. Llevamos ya mucho tiempo de esta guisa: unos, empeñados en sostener el sistema; otros, comprometidos con la revolución. La mayoría, ay, padeciendo estos años en los que se promete la Parusía a cada momento.

La historia ha dejado de tener empaque; todo se ha vuelto complejo y difuso, con la asunción de la precariedad y la total ausencia de asideros materiales y, faltaría más, espirituales. Definitivamente volados los elementos comunitarios, la querencia grupal se alivia únicamente con espectáculos y manifestaciones a favor de esto y en contra de aquello. Poca cosa para una especie, la humana, que siempre rezó y murió en compañía.

La Covid-19 no ha ayudado precisamente a quitarnos de encima una angustia sin parangón desde la Segunda Guerra Mundial. No estábamos acostumbrados a las muertes masivas, ni al tono agorero en los políticos y los medios. Hemos atravesado muchas temporadas de crispación parlamentaria y crisis económicas de muy diverso tipo (apenas habíamos descansado de la última cuando nos llegó el confinamiento), mientras la atención a los afanes del día nos impedía atender a la erosión de la libertad y la democracia.

Nuestros semejantes han ido perdiendo poco a poco la autocomplacencia de vivir en el mejor de los mundos posibles y la fe en los grandes discursos. Prolifera hoy una mezcla siniestra de cinismo y urgente espíritu reformista que alimenta los comportamientos más dogmáticos. Al mismo tiempo, desaparece la crítica entre tanta información dispar e interesada. Llegó el aburrimiento.

Por ese motivo, la primera etapa de euforia solidaria ha durado tan poco. A medida que la movilización se tornaba gestión burocrática, comenzaron las suspicacias, el malestar del encierro y los linchamientos de balcón. Y es que resulta imposible convencer al ciudadano de que hoy existe un bien mayor que justifique la renuncia. Porque ese bien mayor, dicen los partidos y los tertulianos, es la política; la sobreabundancia de portavoces proclamando las virtudes del mando. Y, claro, ahí no hay gracia ni hay duende.

Somos vulnerables, quizás más que en ningún otro siglo, porque nuestra vulnerabilidad brota de la pérdida del propósito. ¿Qué plan humano resiste a un mundo digital ocupado en combatir la pandemia? ¿Qué pueden significar la literatura, el arte o la música cuando hoy todas estas actividades militan o se venden? Quedamos, en resumen, como carne que alimentar; como cifras del paro, como enfermos sin respirador. No se preocupen por tener miedo, no se alarmen tampoco al comprobar que eso ya no importa.

* Columna publicada el 14 de Mayo de 2020 en El Diario Montañés

miércoles, mayo 06, 2020

Velo de las naciones*



En su famosa ‘Biblia del peregrino’, el jesuita Luis Alonso Schökel, importante estudioso y traductor de los textos sagrados, describe a Isaías como “el gran poeta clásico”. Para el lector agudo, esta coincidencia vocacional no puede resultar extraña: el poeta y el profeta coinciden en el uso audaz del lenguaje; en la exploración de sus límites. Que sea Dios o la nada lo que aguarde al otro lado, en realidad, poco importa.

Schökel destaca el desapasionamiento de Isaías -“apenas asoma la emoción en sus poemas”-, su rigor y concisión. Es la palabra justa la que confiere autoridad al verso, no la floritura o el adorno. Fijémonos en el capítulo 25, según la traducción del propio Schökel: “Arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones; y aniquilará la muerte para siempre. El Señor enjuagará las lágrimas de todos los rostros…”. No hay exégesis posible, dogma o teología; únicamente, esperanza.

¿En qué consiste este velo del que habla Isaías? Evidentemente, la promesa parte de la concepción incompleta del ser humano. Su caducidad biológica, el miedo al otro, el esfuerzo inútil. Todo ello se entromete como un velo que, asegura el profeta, puede ser arrancado. La confianza, en definitiva, en una humanidad dispuesta a superar las injusticias en plenitud y verdad.

En nuestro mundo, sin embargo, este velo parece tejido con un arte sofisticado que apenas deja espacio para que lo atraviese la luz. La confusión espolea al malvado. Las palabras del político y el propagandista, las noticias que no lo son, los ataques para evitar la autocrítica. Y gente aplaudiendo en los balcones mientras el poder engorda y se expande.

* Columna publicada el 29 de Abril de 2020 en El Diario Montañés

lunes, abril 27, 2020

Guerra*



Como dicen que libramos una batalla contra el enemigo invisible y que los sanitarios son nuestra heroica y precaria milicia, resulta perfectamente natural que en este panorama de constante hipérbole proliferen las citas de Churchill, incluso las apócrifas y atribuidas, que son las más jugosas.

Hay una que nos viene especialmente al pelo. Se la escuché hace muchos años al escritor argentino Marcelo Birmajer y he tratado de confirmar sin éxito su veracidad, pero poco importa. Cuenta Birmajer que, en plena Segunda Guerra Mundial, bajo la amenaza de los bombardeos alemanes, los asesores del premier británico le aconsejaron el cierre de los cines y los teatros de Londres. La respuesta, mágica (y quizás irresponsable), es Churchill en estado de gran pureza: “si cerramos los cines y los teatros, ¿para qué estamos peleando?”.

Más allá de inevitables paralelismos con nuestro confinamiento, queda la pregunta: ¿para qué peleamos? Es decir, ¿para qué sobrevivir? O, en definitiva, ¿qué pretendemos proteger? ¿Nuestras vidas en su concreción biológica? ¿Acaso la economía, Netflix y el ‘afterwork’?

Parece poca cosa en comparación con lo que perdemos. Hay otro territorio bajo el entusiasmo de las canciones y los vídeos en las redes; más allá de los balcones a las ocho de la tarde. El 42% de las muertes por coronavirus en España se han producido en residencias de ancianos. La enfermedad barre la memoria del mundo en la época menos interesada en defenderla. Tratamientos que se han negado por las edades avanzadas, soldados que penetran en las residencias como en gigantescas tumbas. Tantos seres humanos que alcanzaron la edad patriarcal tras haber superado el monstruoso siglo XX para morir y ser enterrados en soledad. ¿Para qué estamos peleando?

* Columna publicada el 15 de Abril de 2020 en El Diario Montañés

lunes, abril 13, 2020

Volver*



Cuando todo esto termine y la calle sea otra vez un espacio abierto, habrá que ir pensando en la reconstrucción de la vida con los demás. Será un momento definitivo para la humanidad toda. Sospecho que los supervivientes del virus se encontrarán, de pronto, con una responsabilidad inédita: arreglar el mundo, participar de las cosas desde su origen. Si este cáliz se apartase un día de nosotros, si el planeta volviera a girar con la gracia del buen anfitrión, deberíamos detenernos un instante, mirar a nuestro alrededor, buscar, quizás, razones nuevas. Porque, entonces, la historia se fijará en un punto.

Ya no importan la matraca partidista de las falsas emergencias ni las discusiones coyunturales de las ideologías más pedestres. Esto quedará, no les quepa duda, como han quedado otros episodios a lo largo de siglos: las pestes, las conquistas, los genocidios. Europa, todos los países, se enfrentan a un desafío que no puede ser medido con los instrumentos de siempre, sino con la destreza, ay, del forense.

Ninguna etiqueta de red social ni viejas canciones recuperadas desde los balcones de España; no hay convocatoria lúdica que calme el dolor de los enfermos en la soledad de la pandemia. El dique mediático proporciona, de nuevo, cifras y coordenadas, directos en las puertas de los hospitales con información a su vez facilitada por los altos mandos, mientras los muertos se acumulan como en una batalla sin imágenes.

Tras aquellos primeros días de entusiasmo por la movilización del personal, ha llegado el tiempo del cansancio y de las horas eternas en la humedad de la trinchera; de insultos a quienes se atreven a pisar las calles, tengan o no derecho a hacerlo. Hemos visto también a vecinos que apedrean los vehículos de ancianos contagiados o que atacan a individuos que, simplemente, van a jugarse la salud en sus puestos de trabajo. ¿Las crisis sacan lo mejor de nosotros o acaso nos adiestran para el estado salvaje? Depende.

Eso sí, cuando la ola nos pase por encima y emerjamos triunfantes -si llegase a pasar-, no podremos sentarnos en las terrazas como si tal cosa, sacar a los perros a correr por las playas, competir en la oficina por un puñado de euros. No tenemos derecho a obviar el sacrificio de aquellos que se enfrentaron al monstruo y recibieron sus cornadas cuando más oscuro estaba el laberinto. Sanitarios, militares, camioneros, trabajadores de las tiendas de alimentación, servicios de limpieza. Todos levantándose un día y otro, semanas enteras, quizás meses, para ocupar sus posiciones; para combatir el caos que se desata en una sociedad contaminada. ¡Y sin un dios que lo demande! ¡Sin promesa de salvación!

* Columna publicada el 1 de Abril de 2020 en El Diario Montañés

miércoles, marzo 25, 2020

Escalofríos*



Quién iba a pensar, hace tan sólo un par de meses, que la historia pudiese dar de pronto un giro tan acusado, tan terrible, para devolvernos a los tiempos del miedo y del uniforme. Las cosas, desde luego, no han cambiado de la noche a la mañana. La despreocupación y la distancia terminaron mucho antes.

El mundo parece recorrer hoy un camino seguro hacia la autoridad, superando por fin esa angustia de siglos por la pérdida de la fe. Una vez despojado de los templos y las vacilantes tentativas ciudadanas, el personal vaga en formación de grey por los caminos que traza la actualidad. Han sido tan numerosas las advertencias mediáticas y oficiales sobre el cambio climático o el feminismo urgente (o sobre los desahucios y la pobreza energética) que ahora resulta fácil adaptarse a un protocolo de movilización total.

La orden ya no es coger las armas y lanzarse a la trinchera, sino permanecer en casa y lavarse las manos. Un comportamiento, en definitiva, poco exigente. Curiosamente, el Covid-19 irrumpe en una época receptiva para soluciones que despierten en el contribuyente la ilusión del colectivo.

No olviden, sin embargo, que la conversión del planeta en una aldea global se traduce en la pérdida definitiva de la libertad política como fundamento del tinglado. No deja de ser irónico que este coronavirus nos llegara de China cuando, precisamente, hacia China vamos. ¿Quién podría ni siquiera toserle (nunca mejor dicho) a Xi Jinping? En fin, no pasa nada. Sus votos, señor, señora, ya no importan. Relájense en su agravado anonimato. Disfruten del mando nuevo del experto y del dato, aunque se contradigan, no me sean ustedes cafres. Y no salgan. Mucha suerte.

* Columna publicada el 18 de Marzo de 2020 en El Diario Montañés

jueves, marzo 19, 2020

Delibes y los nombres*



El centenario de Miguel Delibes, como las muertes de José Jiménez Lozano y de Ernesto Cardenal, nos alcanza en un tiempo nada propicio para las conversaciones del espíritu. Delibes cumpliría cien años en plena globalización de economías y costumbres; en un presente señalado por la extrema dependencia planetaria y por un virus vengador. No sé qué pensaría el escritor de todo este jaleo tan ajeno a su cotidianidad.

Delibes nació hace un siglo pero murió en 2010. Ya se habían instalado entonces los cimientos de este tinglado de propaganda y dólares cuya voluntad única pasa por reprogramar la humanidad en un sentido, a la vez, emprendedor y militante. Delibes, por el contrario, era la palabra que brota de la tierra compartida, del trabajo y su humildad. Y también de una preocupación por sus gentes.

Suya es, por ejemplo, la experiencia de Daniel, el Mochuelo, protagonista de ‘El camino’, novela paradigmática en la ruptura del hombre con su entorno. En esta obra temprana, el castellano de los personajes se pronuncia como antídoto contra el olvido que impone la vida urbana. Los nombres de las cosas, de los animales y de las plantas quieren permanecer en el mundo, piensa Daniel/Delibes, y reclaman su uso para no perecer en la uniformidad. Decir el nombre de las cosas, no limitar el lenguaje a lo artificial; integrarse en la naturaleza sin avidez. Esa es la receta de Delibes: la virtud de quien prefiere conservar la palabra exacta frente a tantas realidades desiguales que se dicen hoy de la misma forma.

¿Cumpliría hoy el escritor con las exigencias que la sociedad impone a cualquier personaje público? No parece. Miguel Delibes fue un católico sin exageraciones, contrario, eso sí, al aborto; amante de la naturaleza pero también, ay, cazador. Nada de pose ‘malasañera’, ni vida desordenada. Su compromiso fue con los más desfavorecidos desde la compasión, nunca desde el dogma. ¿Podría ser esto asumido por ‘las redes’ que buscan siempre ese descafeinado añadido rebelde para que un autor quepa en el molde?

A Delibes le importa la tierra castellana, que no ha sabido proporcionar a sus habitantes un hogar amable (‘Las ratas’), pero sí una impronta poderosa, definitiva. Hay nostalgia del paisaje áspero. Pero la tierra no es el simple escenario; también forja el carácter del personal.

Hay en Delibes, en su obra y en su biografía, algo que se retiene a este lado de la felicidad. Frente a las promesas del progreso permanente, el nuevo consenso social no penetra la vida en la dimensión más íntima que propone el vallisoletano. Esa fidelidad hacia lo que la cursilería reinante ha bautizado como “los de abajo” no se proyecta en una abstracción más o menos próxima a la realidad, sino en la composición de historias hondas y bellas.

La ficción hoy está proscrita y el consumidor prefiere la proliferación de datos, vídeos y réplicas; breves textos con los que colmar las redes sociales de munición partidista. Habiendo tertulias y tuiteros, los relatos se relegan como lujos innecesarios, inútiles para el arreglo del mundo. ¿Pero qué puede ofrecer la literatura en los tiempos de la conexión? Quizás, irónicamente, un encuentro mucho más cercano con aquello que importa. Lo que se cuenta en la distancia corta, el disparo del señorito al ave de Azarías y su posterior ahorcamiento en ‘Los santos inocentes’, dice más de la vida en su manifestación brutal que docenas de informativos tratando a diario el tema de la “España vaciada”.

Tolerancia
Como Jiménez Lozano, la religiosidad de Delibes estuvo muy alejada de la dogmática cerril. Su última obra, ‘El hereje’, tiende la mano al distinto, lo reivindica frente al poderoso. El suyo es un cristianismo entendido como pleno humanismo. En referencia a Jiménez Lozano, el poeta Jon Juaristi decía compartir su “escueta concepción pascaliana de Dios y de la fe”. Lo mismo podría atribuirse a Delibes. Dios, como cualquier otro concepto, cualquier otra idea -y más si hablamos de la divinidad bíblica- surge de lo pequeño y abandonado; de la tristeza y la derrota. El boato del ceremonial languidece frente al rostro que sufre.

Así, no tuvo reparos en compartir también Delibes su dolor por la pérdida. En concreto, la de su esposa, muy joven, Ángeles de Castro, a quien homenajearía en ‘Señora de rojo sobre fondo gris’. Ese no querer recuperar del todo el ánimo; el atarse al sufrimiento más inconsolable en la época del optimismo lo sitúa en ese espacio de sabia privacidad de quien no se deja arrastrar por la moda. Como el viejo Cayo que relató Delibes, al que su época quiso convencer sin conseguirlo.

* Artículo publicado el 16 de Marzo de 2020 en El Diario Montañés

miércoles, marzo 18, 2020

Hijo de la historia*



Tuve el privilegio de entrevistarlo hace casi ya seis años, por nada en especial; en aquel tiempo me apetecía, aunque fuese por un instante, cruzar mi camino con el suyo, tan rotundamente sabio. José Jiménez Lozano me dijo que no le gustaban las entrevistas, que prefería abordar por escrito el cuestionario porque, en una conversación, su timidez le hacía apresurarse en las respuestas y que, teclado mediante, era capaz de darle a cada pregunta una contestación precisa.

De tal manera que, un día, a vuelta de mi correo electrónico, me encontré con el mensaje; un texto ordenado, colmado de frases apetitosas, profundas, en su castellano perfecto. Yo no merecía tanto. Tuve incluso la osadía de pedirle que matizara algo y volvía a formularle preguntas para que aquella breve relación no se interrumpiera tan tempranamente. Él, armado de paciencia, contestaba siempre con gran respeto cuando volvía a casa en el autobús que lo traía de Valladolid a Alcazarén.

Hoy he vuelto a leer esa entrevista. El titular elegido establece, creo, la gran queja de Jiménez Lozano, la falta imperdonable del mundo moderno: “el hombre ya no es hijo de la historia”. Ahora se cultivan, dijo, los ‘elotianos’ hombres huecos; seres sin otra identidad que la impuesta por la política y la economía y “condenados a vivir en un mundo sin significado”. Precisamente, para encontrar el significado, para no desistir en su búsqueda, Jiménez Lozano se rodeó de la compañía de otros autores de los márgenes: Spinoza, Flannery O’Connor o Simone Weil emergían de su obra como emblemáticos portadores de una actitud reivindicativa de humanidad plena, no condicionada por la hostilidad de su época.

La pérdida de José Jiménez Lozano es otra herida que se inflige a la cultura como compromiso de libertad creadora, de relato que se transmite para no perdernos.

* Columna publicada el 10 de Marzo de 2020 en El Diario Montañés

lunes, marzo 16, 2020

Limpiezas*



Una vez perdidos el orden y el concierto, esta época se afronta con un entusiasmo a prueba de tibios. La cosa, dicen, es urgente; el planeta no espera a nadie. Se acabó el despelote liberal.

Si no, que se lo pregunten al asturiano que, inspirado en el gran Umberto Eco, quiso participar en el poderoso drama haciendo un test de fascismo a sus alumnos de Secundaria, a ver si detectaba en ellos el germen cabrón. Luego que no vengan a decirnos que los docentes no se implican.

Esta noticia acompañó hace un par de semanas a otra muchísimo más grave: el crimen de Hanau, en Alemania, perpetrado por un sujeto tan xenófobo como adicto a las teorías conspirativas (y dolido por su incapacidad para encontrar pareja) que decidió montar un espectáculo grandioso en forma de panfleto, vídeo y masacre. Por último, el disparo a mamá y el suicidio, que suele ser la firma habitual en estos casos.

El terrorista, Tobías R., quería limpiar su parte de país. En pleno delirio pensó que la suciedad era la inmigración islámica. Y ahí que salió de casa con armas y entusiasmo. ¿Lo ven? El entusiasmo es una emoción capaz de motivar a todo el mundo.

El extremismo de Tobías R. era del tipo melancólico. Pero los hay de muchos tipos. Están los operativos, que pronuncian también discursos de odio desde una asombrosa respetabilidad: hablamos del yihadista o del nacionalista étnico capaz igualmente de limpiar de extraños el territorio común, como ha ocurrido en el País Vasco, bajo la bandera marxista-leninista. La respuesta ante ellos no es la misma. Algunos ven a los asesinos como aliados que no han errado del todo el tiro.

* Columna publicada el 4 de Marzo de 2020 en El Diario Montañés

lunes, marzo 09, 2020

Revolución y mística*



La noticia del fallecimiento de Ernesto Cardenal parece llegar desde otro milenio. La biología tiene estas cosas. Si uno vive mucho y resiste las acometidas de la enfermedad y de los años corre el riesgo de convertirse en reliquia; en monumento para visitar los días de fiesta. Definitivamente, no era éste ya un mundo para el padre Cardenal, ni quizás para nadie que pretenda ajustar su época y su entorno desde un compromiso de ingenuidad ética. La justicia languidece hoy bajo la tiranía de la pose digital.

La poesía de Cardenal puede ser discutida. La suya no es, desde luego, una obra rotunda que se imponga entre las más altas. Tuvo el nicaragüense sin embargo la virtud de componer una vida según criterios propios, aun con vocaciones en liza que quiso conciliar a su manera. El primer tomo de sus memorias, ‘Vida perdida’ (1999), presenta al joven poeta enamoradizo del que brota la querencia mística y que renuncia a la literatura para enrolarse en la orden trapense. Dios o poesía, dilema que más tarde dará lugar a otro más polémico: Dios o la revolución.

Las memorias de Ernesto Cardenal, completadas con otros dos tomos, enuncian una personalidad infantil, posiblemente errada en la elección de los compromisos, pero muy atrayente en su franca expresividad. El sacerdote avanza en el siglo dejándose guiar por ese Dios que una vez lo llevó de Managua al monasterio de Nuestra Señora de Getsemaní, en Kentucky -donde conoció a su maestro Thomas Merton-, para más tarde conducirlo a través de la guerrilla sandinista y el Ministerio de Cultura hasta la última disidencia contra el otrora bendecido Daniel Ortega.

Lo dijo Cardenal en la primera página de ‘Vida perdida’: “Fue como si de pronto ya todo el universo se me llenara de Dios”. Así ha sido.

* Columna publicada el 03 de Marzo de 2020 en El Diario Montañés

miércoles, febrero 19, 2020

La muerte de un hombre feliz*



Tiene algo de broma pesada, de zarandeo y abuso de confianza. ¿Cómo esperarla y cómo defenderse de su irrupción oscura? La muerte acecha en cada tramo de la vida, como un final que se adelanta a veces por una mala pisada propia o de otros. Mejor dejarlo todo atado, pero no basta con eso.

Como tampoco basta con hollar la cumbre, el éxito profesional, la supervivencia del jornal mantenido en el tiempo. Nos hemos acostumbrado, quizás, a que los años que vivimos se esfumen en un avanzar urgente; en metas volantes que encaramos dándole mucho más fuerte al pedal. Creemos que el destino nos será propicio siempre al otro lado.

El fallecimiento de David Gistau ha provocado el elogio unánime a su figura por parte de la profesión y de los políticos: “el mejor de su generación”, “enormemente culto e independiente”. Esto pesa, claro. Pero hay más. Es posible que su entorno estuviera preparado para el desenlace, que el duelo llevase ya tiempo instalado. Porque la muerte de Gistau, un poco más al fondo de la tristeza, encuentra en la voz de sus amigos una respuesta de gratitud en la amistad pura. Los obituarios se llenan de emoción y recuerdos del calor perdido; de rabia por el hombre malogrado demasiado joven.

Por el escritor y el periodista, claro, pero también por el padre que temía faltar pronto en casa, por el camarada de tantas noches de cenas, películas y combates de boxeo. Lo que hoy se dice de David Gistau nos convence, a quienes no lo conocimos, de que era un hombre feliz, satisfecho con su vocación y con su mundo de gustos compartidos, que son los que realmente importan.

* Columna publicada el 19 de Febrero de 2020 en El Diario Montañés

lunes, febrero 17, 2020

Vocación*



¿Sobrevive la infancia a militantes e ‘influencers’? ¿Su prolongado ejercicio prepara al ser humano para la vida adulta? En los años previos a la marea digital, el intercambio de información permitía la existencia de algunos espacios libres para los sueños del futuro. Quizás fuese un malentendido, pero nos parecía que las horas del día se invertían en algo más que en Cataluña o en el coronavirus.

Aún quedaban, pensábamos, jirones de religión y de moral en los bordes de la sociedad abierta, declarada triunfante de la Guerra Fría, una vez destruido aquel ogro totalitario. Leíamos a Michael Ende o a María Gripe; confiábamos en la amistad, más allá del dinero, con historias que nos hicieron creer -¿ilusamente?- en la ciudadanía.

Mientras los niños de entonces se empapaban de la propaganda gubernamental que les advertía contra el racismo, la deforestación y las fronteras, otros apuntalaban un mundo nuevo, repleto de imágenes sin poso. Era esa vocación de la infancia incompatible con el futuro realmente existente; el de la competencia feroz y la amenaza de la precariedad. Pero lo era también y, sobre todo, con aquella que resiste el paso del tiempo: la del mando. Esta no necesita amistad, ni honradez, ni decencia.

Contaba el crítico Joaquín Vidal -nacido, por cierto, en Santander- que, en la posguerra civil española, los taurinos perpetraban infracciones clamorosas contra la integridad del espectáculo, lo corrompían de todas las formas imaginables, pero siempre con un reconocimiento del pecado cometido y, por lo tanto, con un esfuerzo para ocultarlo. Sin embargo, opinaba el difunto Vidal (hoy casi olvidado o despreciado por figuras y empresarios), los taurinos de los primeros años del siglo XXI pecaban con absoluta desfachatez y sin atisbo de culpa.

Desconozco si los taurinos de hoy continúan por esa senda; no sigo la Fiesta, o lo que queda de ella. Pero evoco a Joaquín Vidal y pienso en los pecados que ya no se toman como tales; que han pasado a ser simples instrumentos para alcanzar el poder y conservarlo. Y que ni siquiera se echan en cara. Como la mentira, llamada hoy “diálogo” o “negociación”.

* Columna publicada el 5 de Febrero de 2020 en El Diario Montañés
(Foto: EFE)

lunes, febrero 10, 2020

Templos*



No recuerdo las palabras exactas del cura, que golpearon como un mazo de sagrada franqueza. Trataré de reproducirlas de la manera más fiel: “Que la seguridad de la fe no se vea oscurecida por lo que nos transmiten nuestros ojos”. Seguramente, el verso les habrá quedado más redondo a los compositores del dogma. Ignoro si es una frase fija o si se trata de la libre aportación del sacerdote. Quienes no acostumbramos a asistir a los oficios reaccionamos habitualmente a la defensiva. No estamos ya acostumbrados a las fórmulas antiguas, pero algo se despierta siempre en nosotros; una parte de la memoria donde aguardan, aletargadas, muchas tardes de catequesis.

Ese tipo de sentencias, sin embargo, nos alejan de la apuesta a todo o nada. La fe, como gracia y bandera recibidas inmerecidamente y trabajadas a través de toda una vida en permanente contacto con la fragilidad y la muerte; es decir, con la violencia del mundo natural. ¿Cómo conservar esa fe, cultivarla, no sólo después de Auschwitz, sino después de cualquier dolorosa despedida?

La pérdida del peso institucional de la Iglesia parece haber entristecido a sus ministros, que se conforman hoy con oficiar ceremonias de aliño. No hay brillo, apenas queda algo de luz en el seguimiento de la liturgia, tan perfecta siempre. Para colmo, el nuevo misal romano ha modificado parte de la eucaristía: durante la consagración, por ejemplo, ya no se dice que la sangre de Cristo ha sido derramada “por todos los hombres”, sino “por muchos”. La explicación oficial es que se ha buscado adecuar las palabras a su sentido original en latín (“pro vobis et pro multis”), pero más bien parece una resignada aceptación de la pérdida del monopolio.

No obstante, pese al tiempo inmisericorde, los abusos sexuales y la connivencia con regímenes liberticidas, la Iglesia -y, en general, la religión- conserva aún el tesoro de un mensaje que no puede ser reproducido por los artesanos del mito contemporáneo. Quizás, ya sólo en los templos podría uno hallar un espacio de respuestas contra la soledad; contra la instrumentalización de lo humano. No sabrán, me temo, aprovecharlo.

* Columna publicada el 22 de Enero de 2020 en El Diario Montañés

miércoles, enero 15, 2020

Del club al cilicio*



Con o sin acierto, la crisis trajo consigo la aceptación por el respetable de un relato funcional; a saber, la culpa del estropicio económico la tuvo el mercado libre, la desregulación y la complicidad de la socialdemocracia con los envites del capitalismo. Las posibilidades de la opción partidista y la voluntad de oponer a la angustia existencial una solución de máximos espolearon a la hasta entonces adormilada clase revolucionaria que, para combatir la precariedad y la desigualdad, se dispuso en perfecto orden militante a ocupar las plazas y a convocar escraches.

La resurrección de la política occidental tuvo una primera víctima que ya estaba grogui antes de la batalla: la idea de libertad. Si se fijan, apenas nadie pronuncia esta palabra, carcomida hoy por sus demonios ‘thatcherianos’ y que evoca señores con puros y niños cosiendo balones en Bangladesh. Casi ninguno de los profesionales de la contienda pública juega ya la carta de la libertad, únicamente tolerada si se trata de apelar a derechos colectivos, más fácilmente domesticables.

No podemos saber cuál será el resultado de esta reacción institucional en un futuro próximo que promete ser descaradamente autoritario, ya sin ningún sistema de valores que pueda replicar la ideología del trono. Nos encontramos aún en la primera fase experimental, en la que, poco a poco, los políticos y los medios van sembrando la teoría del último tren. Urge, según dicen, tomar decisiones, aunar las conciencias en una movilización total que nos salve. Pero, ¿salvarnos de qué? Pues de todo: desde el cambio climático al patriarcado, pasando por las corridas de toros. Eso sí, no parece que ninguna de estas iniciativas vaya a tocar lo que Raymond Williams bautizó como “núcleo duro de lo social”, pero todo se andará.

La construcción de una realidad nueva, sostenida en creencias para estrenar no puede hacerse de repente. Es necesario convencer de que el político es el ingrediente único de la felicidad comunitaria. Esta temprana aproximación al fenómeno me recuerda aquello que me contaron algunas personas que, durante su niñez, tuvieron experiencia en el Opus Dei: al cilicio se llega por el club deportivo.

* Columna publicada el 08 de Enero de 2020 en El Diario Montañés

miércoles, enero 08, 2020

En tu secta me colé*



Es una frase que se ha pronunciado muchas veces -forzando, a menudo, su significado y epatando al personal-. Se la atribuyen a Darwin, el de los monos: “Las especies que sobreviven no son las más fuertes, ni las más rápidas, ni las más inteligentes; sino aquellas que se adaptan mejor al cambio”. La cita, lejos de oscurecer las perspectivas de análisis de los fenómenos biológicos (o políticos), inspira tranquilidad y optimismo.

Y es que en esta época de revoluciones semanales, de ideologías criminales redivivas y de retorno a la política sacrificial, merece la pena admirar la pericia de quien es capaz de colarse entre los poderosos. No es otra cosa, en definitiva, que el triunfo del pícaro en territorios dominados por la hipocresía y la falsa moral. Hay mucha belleza en ello. Resulta cautivador contemplar los movimientos del animalillo, del cachorro bravo, por ejemplo, exigiendo su lugar en los juegos de la manada. Los grandes y fuertes, los del discurso inquisitorial, avanzan, casi siempre, con pasos torpes, dejando huecos por donde se cuelan los supervivientes.

De ahí que, la trayectoria pública de Pedro Sánchez sea tan atractiva para el espectador desapasionado. Piensen en su origen: en un principio, fue la pieza, supuestamente provisional, que Susana Díaz colocó en el tablero para defenderse de Madina en aquella pugna por la secretaría general del PSOE. Luego, cuando la dirigente andaluza reivindicó su derecho dinástico, vino su conversión en el ‘outsider’ que enarbolaba las esencias del socialismo militante contra el IBEX.

Desde entonces, bien apuntalado el mando, lo hemos visto subir y bajar por los principios, utilizándolos y desechándolos a su antojo, con una tremenda habilidad para que semejante vacío ideológico, si se notaba, no tuviera impacto en la opinión pública. Que haya logrado esto hoy, en los tiempos de las sectas y el dogma, es algo, sencillamente, espectacular. Sus más recientes cambios, de la “crisis de convivencia” a la “crisis política” en Cataluña; del insomnio inevitable si Podemos pisaba moqueta al “acuerdo progresista” con Iglesias, son más bellos que cualquier manifestación o compromiso. Es la política, en vivo, para todos ustedes, ciudadanos.

* Columna publicada el 27 de Diciembre de 2019 en El Diario Montañés

lunes, diciembre 16, 2019

Greta*



Me siento a escribir este artículo mientras el mundo civilizado aguarda el advenimiento de Greta Thunberg, su gloriosa manifestación en la Cumbre del Clima. Si observo la pantalla del ordenador, quizás me pierda algo del acontecimiento, su poder curativo, pero el sacrificio es también un camino para la salvación.

Thunberg, dicen, llegará en barco a Portugal y tomará un tren hacia Madrid. Resulta curioso -o quizás no tanto- contemplar la repetición de las fórmulas de siempre para apuntalar la conquista y el mantenimiento del poder; la composición del “mito fundante”, en insistentes palabras de Errejón y demás compañeros peronistas. Para empezar, debe existir un relato cualquiera. No importa si real o delirante, descontextualizado o simplemente ficticio. Puede ser la encarnación de un dios en un pesebre, la revolución mundial o el cambio climático. Algo definitivo se aproxima, de eso no hay duda. Nuestro deber, como diría Eliot, es ocupar posiciones, obedeciendo órdenes.

Las iglesias varias que en la historia han sido comparten con los contemporáneos concilios del poder una siniestra querencia por el mando burocrático y prosaico, justificado por la existencia de determinados sujetos especiales que, de cuando en cuando, devuelven la fe al personal. El papel que otrora desempeñaran personalidades como las de Francisco de Asís o Bruno de Colonia lo juega hoy el fenómeno Greta Thunberg: la santa que espolea las instituciones.

Es importante, además, que la persona elegida para cumplir con esa misión restauradora sea depositaria de todas las gracias, emocionando al feligrés con mensajes de pureza en el límite de la herejía. Los niños son muy celebrados en estas labores; así, Juana de Arco, muerta en la hoguera a los 19 años, o Lucía dos Santos y sus secretos de Fátima. Todos pretenden rescatar al mundo de la perdición.

Como aquellas, Greta presenta sus credenciales a través de una personalidad distante, más cerca del territorio de las ideas que del barullo electoral, aparentemente arrancada de su ensimismamiento para alertar al mundo del Apocalipsis. ¿Qué decir ante esta reedición de la mística como instrumento de poder? Quizás, simplemente, que la mística es sólo otra máscara del dogma.

* Columna publicada el 11 de Diciembre de 2019 en El Diario Montañés

jueves, noviembre 28, 2019

Una historia de política*



Como la excelente película de Cronenberg, pero sin Viggo Mortensen -ocupado hoy en labores de blanqueamiento supremacista- y sin la promesa de catarsis. La de España ha sido siempre una historia de política; por lo menos la de esta España reciente, que cumple su condena en forma de larguísima y agotadora crisis institucional. Todo lo que ha crecido a nuestro alrededor en estos años últimos ha sido la política en minúscula, el debate hueco y mediatizado entre militantes. Aquí un lenguaje inclusivo o una supuesta marea ciudadana; allí, el constructor que, maletín en mano, llama a la puerta del concejal de Urbanismo. Los sindicatos, los empresarios, la federación que pide más dinero y, por qué no, el “artista comprometido” que sabe a qué árbol arrimarse. El panorama ha sido (y es) muy penoso y no hay señales de arreglo.

En esta historia de omnipresencia partidista se devora el saber y la cultura con la voracidad con la que se obvian todos los principios morales. No hay nada fuera del alcance público; a favor o en contra del sistema, como gestión coyuntural o “alternativa transformadora”, la actualidad tiene un perfil de cínica impostura. ¿Cómo pretender, por lo tanto, que de este terreno abonado con mentiras y traiciones broten posibilidades de futuro?

Del ambiente contaminado no puede nacer nada comestible. Y el personal se da cuenta a la manera española; sin escándalos ni zozobras espontáneas. El movimiento, aquí, es siempre calculado, medido por los curas de parroquias nuevas -hoy llamadas “espacios de cultura crítica”- y por los siniestros especialistas en comunicación corporativa. Sin embargo, cuando el poder dura lo suficiente, y se presume eterno, la reacción estática a sus desmanes acelera la degradación del territorio.

Fíjense a este respecto en los comentarios vertidos por los antiguos popes de la protesta antigubernamental (cuando eran otros los gobernantes) sobre la sentencia de los ERE en Andalucía: quien no le quita hierro al asunto establece tristes comparaciones entre delincuentes, como si fuera posible hallar un espacio de alivio entre cientos de millones de euros públicos quemados, por unos y otros, en casinos y redes clientelares.

* Columna publicada el 27 de Noviembre de 2019 en El Diario Montañés

lunes, noviembre 25, 2019

Bárbaros*



Hace un par de días, en plena resaca electoral -la más habitual, últimamente, de todas las resacas españolas-, evocábamos aquí una escena de ‘Las invasiones bárbaras’, película de 2003, dirigida por Denys Arcand. Esta obra, densa y lúcida, aparece hoy como un producto profético sobre el derrumbe de todas las certezas en el nuevo siglo; con mucha mayor intensidad, si cabe, que en el año de su estreno, con una guerra inminente en Irak y Occidente todavía grogui por el 11S.

La cinta de Arcand explora la quiebra de las posibilidades de transmisión entre generaciones, al tiempo que destaca la fragilidad de lo real después de la caída del Muro de Berlín. El asunto no admite discusión: la distancia de creencias y expectativas entre nuestros padres y abuelos es mucho menor que la existente entre nosotros y nuestros padres. Puede sonar a intuición que se fuerza para que encaje en un artículo, pero esa distancia explica, quizás, la entrega de la sociedad contemporánea a la duda y al exceso.

‘Las invasiones bárbaras’ trata de muchas cosas, pero, sobre todo, de la sensación de fracaso, de la inanidad actual de aquellos que pretendieron un cambio en la forma de vivir y relacionarse, a partir de los años sesenta del siglo pasado, y que alcanzaron una madurez empachada de comodidades materiales. En resumen, la conclusión de biografías sin contenido.

Su argumento es sencillo: Rémy -uno de los personajes a los que ya se aproximó Arcand en la obra precedente, ‘El declive del imperio americano’- es un profesor universitario progresista y sexualmente desbocado que se muere de cáncer en un hospital canadiense. Su hijo Sébastien, ejecutivo de una multinacional en Londres, se reúne con él para acompañarlo en sus últimos días. La película refleja el abismo entre ambos; Sébastien acusa a su padre de destruir la felicidad familiar por sus querencias libidinosas y se enorgullece por haber sido capaz de construir una vida al margen de los valores paternos. Rémy, por su parte, desprecia a ese “muchachito” que gana mucho dinero pero que “no ha leído un libro en su vida”.

Habría mucho que decir sobre esta película; por ejemplo, sobre la forma despiadada y ajena a cualquier límite moral en la que Sébastien proporciona comodidad a su padre en sus días finales, o de la reconciliación entre ambos tras mucho tiempo de separación. Sin embargo, el debate queda abierto para los espectadores que podemos hacernos una idea de esa ajenidad que nace de haber alcanzado la edad adulta en la época de los saberes digitales y la actualidad desaforada. Y, por supuesto, sin ningún dios o base ontológica en el petate. Los libros que reposan en las estanterías, aquellos volúmenes de Heleno Saña, Lukács o Hauser, como los de Rémy en Canadá, nos parecen instrumentos anticuados y polvorientos que, quizás precisamente por eso, son tan necesarios. ¿Pero cómo hincarles hoy el diente?

* Columna publicada el 13 de Noviembre de 2019 en El Diario Montañés