sábado, julio 18, 2015

Energías*



Según un informe de la editorial inglesa Cambridge University Press, el 31% de los jóvenes españoles no cree en Dios, pero sí en “energías que nos influyen”. Enigmático y sorprendente. Dos milenios de teología y magisterio, de guerras por imponer una perspectiva de detalle sobre la trascendencia, para cerrar el asunto con una respuesta de jardín de infancia. Los cántabros descreídos, sin tantos miramientos, se cuentan entre quienes afirman más contundentemente que el Altísimo no existe “en absoluto”.

Lo de las energías tiene su punto, eso no lo duda nadie. No en vano, se trata de un elemento de sustitución que persevera en la rebeldía contra la muerte, sin caer en la trampa del fanatismo. La energía es semejante al espíritu, pero con un toque respetable, como si hablásemos del cambio climático o del bosón de Higgs. Permite sobrevivir a la duda sin angustiarse demasiado. Es un gran avance. Hace siglos, un matiz incómodo sobre determinadas virginidades podía llevar al exégeta derechito al cadalso. La cosa iba en serio. Hoy, marcados por la crisis prerrevolucionaria y por los gustos de clase media, todo pasa por no perder comba en el camino del placer. Energía, la que usted quiera, pero no me hable de catecismos, por favor se lo pido. 

Quien echa mano de la energía conserva intacto su prestigio. No entra en pormenores y eso se agradece; es el dios privado, el fruto de una intuición más o menos sostenida en el ejercicio racional. Pero, ojo, también atrae peligros. El ser humano es capaz de perder toda creencia, pero no quiere renunciar a la celebración. Y ahí se contradice. Los grandes acontecimientos de la vida aún se proyectan a través de las estructuras eclesiales. Uno puede creer en las energías y bautizar al niño, por ejemplo, en la catedral de Burgos. Ni siquiera hay en ello tensión o mala conciencia.

No es, sin embargo, el capítulo espiritual el más afectado por esta mudanza. La Iglesia y las demás instituciones religiosas pueden seguir adelante gracias a la inercia de la tradición y al sustento del dinero público. No están en peligro. La persona es otro cantar. La confianza en las “energías que nos influyen” inyecta en el sujeto una gran dosis de ilusión, sin el freno, esta vez, de la moral. Históricamente, el amor al prójimo permitía rebajar el orgullo de quien se entrega a la adoración de los atributos divinos. Eso ya se terminó.

En la actualidad, las energías proporcionan al contribuyente una nueva esperanza. Bajo su influjo, uno puede creerse Lenin o Steve Jobs, Spielberg o Cristiano Ronaldo. El poder estimula el ansia del individuo por liberarse del anonimato y aspira a convertirlo en empresario de sí mismo. Las escuelas de negocios hacen su agosto y el autónomo es la nueva figura salvífica, venerada por los medios. Cualquier mediocre con pretensiones se cree ya un líder que avanza, enérgico, contra los demás.

*Columna publicada el 9 de mayo de 2015 en El Diario Montañés. 


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