sábado, julio 18, 2015

Ser ETA*



Permítame recordarle, querido lector, que la banda terrorista ETA mataba mucho. Estoy seguro de que usted no lo olvida aunque haya pasado algún tiempo y la actualidad, como suele decirse, mande. Hasta hace apenas seis años, ETA desplegaba su actividad criminal a través del asesinato, el secuestro y la extorsión. En el homicida día a día, sus esbirros colocaban bombas debajo de los coches y estrellaban furgonetas cargadas de explosivos contra las casas cuartel de la Guardia Civil. A menudo, sus pistoleros esperaban a que algún político, periodista o juez bajase a comprar el pan y los periódicos para descerrajarle un tiro, preferentemente por la espalda. Cuando la infraestructura le era propicia, ETA habilitaba un agujero, colocaba una colchoneta y un par de cubos, y raptaba a algún funcionario de prisiones o a algún autónomo que no se decidía a cumplir puntualmente con el “impuesto revolucionario”. A la víctima se le quitaban todas las dudas, le crecía la barba y se le atrofiaban las extremidades mientras avanzaba el calendario. 

De vez en cuando, a ETA el tú a tú le sabía a poco, y se ponía a pensar a lo grande. En 1987, por ejemplo, la explosión de un coche bomba en el aparcamiento del centro comercial Hipercor de Barcelona acabó con la vida de una veintena de personas, entre ellas varios niños. Pero, francamente, eso era raro. Lo más habitual era la selección cuidadosa del objetivo, la individualización del crimen. No todo el mundo constituía una víctima potencial. En el País Vasco, sin ir más lejos, los cargos públicos del PSOE y del PP debían salir a la calle acompañados de escolta. El hecho de que la oposición necesitase de protección armada mientras los gobernantes nacionalistas vivían despreocupadamente supuso una anomalía que, tras el secuestro y asesinato en 1997 de Miguel Ángel Blanco, concejal popular en Ermua, fue contestada a través de la movilización de plataformas ciudadanas y de la consolidación de una crítica intelectual del terrorismo. Todo suena hoy a pasado remoto.


En la actualidad, con ETA en suspenso y sumergido bajo toneladas de corrupción, el PP echa mano de su expediente antiterrorista para tratar de soportar la marea electoral que amenaza con tragarlo. El personal se burla de su tendencia a identificar al adversario político con el pasamontañas. Ciertamente, ese discurso devalúa cualquier posible heroicidad. Sin embargo, tan injusto es acusar a diestro y siniestro de complicidad con el tiro en la nuca como reducir el terrorismo a la crueldad de cuatro descerebrados. Mientras actuó, ETA contó con la aceptación o la cobardía de amplios sectores de la política española que hoy sacan pecho y presumen de compromiso frente a todas las castas. A sus elocuentes portavoces no se los vio precisamente activos en la defensa de la democracia cuando hacerlo suponía un riesgo. Más bien, al contrario. Donde hoy brilla el descaro, hubo tibieza en altas dosis.   

*Columna publicada el 5 de junio de 2015 en EL DIARIO MONTAÑÉS. 

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