viernes, agosto 02, 2013
Diseccionar a Buñuel*
París, 6 de junio de 1929. Cine Estudio de las Ursulines. Lo más granado de la intelectualidad francesa asiste, expectante, al estreno de la primera película de un joven español llamado Luis Buñuel. La cinta, de título ‘Un chien andalou’ (Un perro andaluz), despliega una breve sucesión de imágenes oníricas, tercamente alejadas de la narración ortodoxa. Consciente del rechazo que puede generarse entre la audiencia, el realizador se embosca tras la pantalla con los bolsillos llenos de piedras. Su idea: lanzárselas al público en cuanto comiencen los abucheos. No tendrá que hacerlo. La película es un éxito. La vanguardia cultural de La Ciudad de la Luz adopta con entusiasmo a un nuevo creador. El exigente André Breton, sumo pontífice del movimiento surrealista, da el visto bueno al desgarro del ojo por la cuchilla, imagen arquetípica del cine.
El aragonés había concebido el proyecto junto a su amigo Salvador Dalí, antiguo compañero de juergas en la madrileña Residencia de Estudiantes. Gracias a la producción de su madre, quien colaboró con 25.000 pesetas, ambos creadores dieron forma al relato elaborado al alimón en la casa del pintor catalán en Figueras.
Fue este ambiente de cine y amistad acaso el último periodo de placidez del que disfrutó Luis Buñuel. Su nombre y su obra se convertirían, a partir de entonces, en sinónimo de escándalo. Dos de los grandes temas de su producción, la sexualidad reprimida y la opresiva presencia de la religión católica en la España de su tiempo, generarían una violenta contestación por parte de los sectores más conservadores de la burguesía, otro de sus enemigos íntimos.
Una obra, en definitiva, tan alejada de los convencionalismos que causa, al mismo tiempo, controversia y malentendidos. Uno de sus mejores amigos de juventud, Federico García Lorca, se toma eso del ‘perro andaluz’ como un ataque velado contra su persona. Tardarían años en reconciliarse.
«Adoro los pasadizos secretos, las bibliotecas que se abren al silencio, las escaleras que desaparecen en las profundidades, las cajas fuertes disimuladas», admite el propio Buñuel en su libro de memorias, ‘Mi último suspiro’, publicado apenas un año antes de su desaparición, hace ahora tres décadas. No resulta extraño. Su cinematografía indaga en lo escondido, muestra el lado oscuro, reprimido, sin una previa reformulación teórica. Lo irracional como dominante. Eso lo aprendió de los surrealistas, maravillados por la revolución freudiana de principios del siglo XX.
En sus declaraciones públicas, el cineasta se esfuerza por apartarse de la etiqueta intelectual que pretenden endosarle. Primogénito de una acomodada familia aragonesa, su biografía se funde con la de otros jóvenes de la cantera intelectual de la España de los años veinte.
La amistad, forjada con vino y verbenas, a través de lecturas, conciertos, cuadros y versos. Su memoria está poblada de nombres de altura: Alberti, Bergamín, Dalí, Lorca, Cernuda..., conforman la intimidad de un Buñuel que nunca tuvo intención de comparárseles. Sin un temprano talento literario o plástico, sus años de formación son los de un degustador de arte y libros, integrado en los círculos intelectuales de la capital.
Más tarde, Francia le proporciona una nueva patria cultural. Allí se familiariza con el oficio de hacer cine, colaborando con directores de la talla de Jean Epstein. Es en París donde penetra en el surrealismo y descubre una nueva forma de expresión creativa, a través de la cámara.
Su trayectoria es mucho más que un itinerario fílmico. Supone una lucha innegociable por la libertad. Apegado, como él mismo reconoce, a sus rutinas, no desdeña, sin embargo, ningún viaje o aventura, que lo aleje de la sordidez doméstica de una España a la que le cuesta seguir el ritmo europeo. La II República tampoco lo entiende. Su tercera película, ‘Las Hurdes, tierra sin pan’ es censurada en 1933. Buñuel vuelve a Francia y, después de la Guerra Civil, emprende el camino a los Estados Unidos y, por último, a México.
Para el crítico Ángel Fernández Santos, los tres primeros filmes del aragonés «abrieron al cine los horizontes ilimitados de la imaginación suelta, desamarrada de códigos, en plena posesión de sí misma».
A partir de entonces, Buñuel refina su propuesta, adaptándose a escenarios tan diversos como México o Francia. En 1961 vuelve a España para rodar ‘Viridiana’, cinta que se alza con la Palma de Oro en Cannes, pero que sufre, una vez más, el mordisco de la censura. Ya es entonces Luis Buñuel una leyenda viva del cine. El 1973, conquista el Óscar a la mejor película de habla no inglesa con ‘El discreto encanto de la burguesía’. Pero hace mucho tiempo que el director de Calanda huye de los focos de la publicidad.
Reverenciado por sus actores, trabaja con los intérpretes más importantes de su época. Catherine Deneuve, Jeanne Moreau, Silvia Pinal, Ángela Molina, Fernando Rey, Francisco Rabal y Carole Bouquet, entre otros, se ponen a sus órdenes, maravillados por el revolucionario concepto artístico del realizador.
Para la posteridad, la pierna de ‘Tristana’, el zurcido de ‘Ese oscuro objeto del deseo’ o la cajita de ‘Belle de Jour’. Muchos espectadores interrogaron a Buñuel sobre el contenido de esta última. Con su habitual sorna, el realizador contesta al más puro estilo surrealista. «En la caja hay lo que ustedes quieran». Toda una declaración de intenciones.
*Artículo aparecido en el suplemento cultural Sotileza, de EL DIARIO MONTAÑÉS, el viernes, 2 de agosto, de 2013.
miércoles, julio 31, 2013
Hoy comemos gazpacho
jueves, julio 25, 2013
El Silencio
martes, marzo 12, 2013
"El viaje me enseñó que los límites están en uno mismo"*
SANTANDER. Siempre que alguien pronuncia un discurso sobre la capacidad del ser humano para encarar las adversidades y superar los peligros que lo acechan, corre el riesgo de quedarse corto. Tales palabras parecen insuficientes, por ejemplo, para relatar la determinación del ciclista Diego Ballesteros (Barbastro, Huesca, 1974) por explorar los límites de sus fuerzas y volver para contarlo. En 2008, el aragonés decidió hermanar la Expo de Zaragoza con los Juegos de Pekín, recorriendo en bicicleta (y en solitario) los 12.822 kilómetros que separan las dos ciudades. El 23 de agosto, a las 16.00 horas entró en la capital china, colmado de emoción por el trabajo bien hecho y de alegría por las experiencias acumuladas. Dos años después, su vida cambió para siempre, tras sufrir un atropello en Estados Unidos, durante la celebración de la Race Across America. Una lesión medular irreversible le impedirá volver a caminar. Tras muchos meses de angustia, Ballesteros volvió a enfundarse el maillot para lanzarse de nuevo a la carretera, esta vez, sobre una handbike (bicicleta propulsada con las manos) con la que ya ha sido capaz de cubrir la distancia entre Madrid y Londres: 1.800 kilómetros, en 25 días. La fórmula para su recuperación cuenta con dos ingredientes fundamentales: su familia y la escritura del libro: "12.822 km. De España a China". Este sábado presentó el volumen en la Librería Gil de Santander, junto con un documental sobre su aventura asiática. Diego Ballesteros, de 38 años, ya piensa en los próximos retos. Hoy, busca la felicidad enarbolando su lema: "querer es poder".
-¿Qué aprendió durante su largo viaje a China?
-Siempre digo que es un viaje que me enseñó a darme cuenta de que los límites están en uno mismo. Utilizo la frase que lo resume: "querer es poder". Superé muchas dificultades que fortalecieron mi personalidad, algo que también me ayudó después del accidente. Fue una aventura y un aprendizaje sobre mí mismo y sobre los demás; un reto solitario, personal, de 100 días, en los que me comprometía a partir del recinto de la Expo de Zaragoza y llegar hasta Pekín, antes de la clausura olímpica. El libro "12.822 km. De España a China en Bicicleta" es muy fácil de leer y transmite valores.
-Habría momentos de mucha soledad, de cansancio y de pensar: «¿Cómo me he metido en este lío?»...
-Hubo muchos episodios de pasarlo mal, de valorar si realmente valía la pena todo el esfuerzo que estaba haciendo... Pero cuando estás en el desierto o en Irán piensas: «Bueno, para atrás no puedo ir». Siempre hay que caminar hacia adelante.
-Destaca en su documental y en su libro el trato humano y el contacto con diferentes culturas. Cuando atravesó los territorios de la antigua Yugolsavia, ¿le impactó observar todavía las huellas de la guerra...
-En los Balcanes percibí ciertas muestras de rencor entre serbios y croatas. Aún se ven arañazos de la guerra en las casas, metralla... A día de hoy, hay mucha gente desaparecida en los dos bandos. Mi viaje coincidió con la proclamación de la independencia de Kosovo, reconocida por varios estados. Los serbios tenían un sentimiento algo derrotista por todos esos episodios.
-Camino a Pekín visita otros países donde se le ve muy integrado con la población local.
-La comunicación era lo más complicado. Por ejemplo, en Irán, donde la gente es muy hospitalaria y los vecinos venían a ofrecerte lo poco que tenían, encontrar a personas que supieran inglés no era fácil. Así que, cuando veía a alguien que lo hablaba, le pedía que me apuntara en un papel las palabras importantes: izquierda a derecha, los números, los alimentos, etc. También utilizaba mucho los gestos.
-Y luego llegaron experiencias impresionantes, como atravesar los desiertos de Gobi y Taklamakan...
-Sí, claro. Hubo momentos muy duros en la aventura, como cuando atravieso el Pamir, con pasos de montaña de más de 3.600 metros, donde las condiciones meteorológicas son muy adversas y había horas de mucha soledad. Pensaba: «Si me pasa cualquier cosa, o pincho...». Lo pasas mal. Y, sobre todo, cuando atravieso el desierto de Taklamakan (que, traducido, significa "Si entras, no saldrás"), son jornadas muy largas de pedaleo. Se me hacía de noche y veía a los escorpiones acudir al calor de la carretera... Pasas un poco de miedo, pero lo vas venciendo.
-Cuando apenas le quedaban unas pocas de jornadas para llegar a Pekín, sufre una avería que casi le deja a las puertas de concluir su gesta. En ese momento, la colaboración de la población local china fue fundamental.
-Pensé que el viaje había terminado cuando se me rompió el eje de mi rueda trasera. Pero unos chicos chinos fueron en busca de uno de repuesto y lo encontraron. Además, tuvieron que tornearlo para poder acoplarlo a la bicicleta. Yo pensé que me iban a cobrar el oro y el moro, porque estuvieron cerca de tres horas buscando la pieza, pero no sólo no me cobraron nada, sino que me invitaron a comer. Yo siempre digo que el mundo exterior es menos agresivo de lo que la gente cree.
-Y luego, por fin, Pekín, la meta. ¿Cómo fue esa entrada?
-El vello estaba erizado. Sentí una enorme emoción al recordar todo el trayecto vivido. Y también un cierto alivio al pensar: «Por fin, mañana no me toca pedalear» (risas). Perdí cerca de 10 kilos de peso y llegué agotado, muy débil, pero con una gran satisfacción por terminar en la fecha prevista.
-Después llegó el accidente en Estados Unidos, durante la Race Across America -un automovilista despistado lo arrolló a 100 km/h, sentándole de por vida en una silla de ruedas-. ¿Qué siente hoy, cuando recuerda la aventura china?
-Cuando veo esas imágenes siento cierta añoranza, pero trato de evitar los pensamientos tristes. Las cosas suceden porque sí y no hay vuelta atrás. A raíz de mi accidente tuve que empezar a convivir con una silla de ruedas. Es difícil de digerir. Pero trato de llevar una vida lo más activa posible. En ese sentido, el deporte ha sido fundamental. No quiero renunciar a las cosas que quiero.
-Dentro de esa determinación por seguir adelante en el deporte, descubrió la handbike (una bicicleta propulsada con las manos). ¿Cómo fue ese primer contacto?
-La primera vez que oí hablar de la handbike fue en el hospital donde estaba ingresado, el Instituto Guttman de Badalona, pero durante ese periodo mi mente no estaba preparada aún para asumir que no iba a volver a caminar. Y cuando volví a casa un día decidí probar una handbike y me encantó.
-¿Cómo fue la experiencia, a nivel personal, en el Instituto Guttman?
-Un periodo de ingreso tan largo es siempre muy duro. Te enseñan a volver a aprender a realizar las actividades cotidianas: comer, ducharte, ir al baño... En esa época estaba un poco enfadado con el mundo. Pero llega un momento en el que quieres salir de allí y retomar tu vida. En el hospital, que es un entorno muy duro, te das cuenta de que hay gente que está peor que tú, con lesiones en la cabeza y que no saben ni quiénes son. Te enseña mucho.
-Siempre que habla de su recuperación, señala un doble apoyo: el calor de su familia y la escritura del libro. ¿Han sido los dos pilares que le han sostenido todo este tiempo?
-Sin duda. Cuando yo estoy mal, mi familia está mal. Si me pongo triste, mi madre se pone el doble de triste que yo. Decidí estar bien, porque las personas que te quieren son las que más sufren. Mi entorno, por otro lado, no me ha fallado. Sigo con mi pareja de hace años y mis padres están bien. Eso me ayuda muchísimo. En el hospital conseguí escribir el libro y fue un extra de motivación. Tuve que renunciar a mi puesto de trabajo como profesor en un instituto y me volqué en el libro y su distribución. Mi mente se ha mantenido ocupada.
-También ha tenido mucho apoyo del mundo del ciclismo: Indurain, Pedro Delgado, o el equipo Movistar han estado muy pendientes de usted.
-Que los mejores ciclistas españoles de todos los tiempos se hayan volcado conmigo es una muestra de su grandeza. A Miguel Indurain le dije que no sólo es grande por lo alto que es y los títulos que ha ganado, sino por el enorme corazón que tiene.
-Poco tiempo después, decide emprender otra aventura, esta vez de Madrid a Londres. 1.800 kilómetros en 25 días sobre una handbike.
-Ambas experiencias fueron un salto al vacío. El trayecto a Pekín fue más duro psicológicamente, porque tuve que pedalear solo durante muchos días. El de Londres, en cambio, lo fue físicamente. Acabé con una enorme sobrecarga en los brazos, pero llevaba un equipo de apoyo, que para mí fue fundamental para el éxito de la aventura.
-¿Cómo se plantea el futuro Diego Ballesteros? ¿Sueña con participar en unos Juegos Paralímpicos?
-Me encantaría representar a mi país en unos Juegos. Lo que ocurre es que apenas ha pasado un año y medio desde que dejé el hospital. Hay mucha gente que lleva más tiempo con discapacidad y está tremendamente fuerte... Yo lo voy a intentar.
-¿Tiene ya en mente algún objetivo concreto?
-Sí. Participar en el Campeonato de España, acudir a alguna prueba internacional de handbike y una aventura por el África negra.
sábado, febrero 23, 2013
Centenario
La ciudad se ha despertado hoy casi blanca, bajo una leve promesa de nieve y una certeza aguda, furiosa, de frío europeo. Las amenazas en la ciudad, si hemos de ser sinceros, raramente se concretan en lo peor. A menudo, los avatares de la vida se suceden despacio, de forma casi imperceptible, a través de una pulcritud que podríamos calificar de burocrática. Por eso los copos (escasos y tímidos) caían lentos, como obligados, durante unos pocos segundos antes de que todo volviera al orden natural de las cosas. De esta forma ha amanecido la ciudad en la mañana del centenario; en la jornada en que su equipo de fútbol cumple 100 años.
domingo, julio 08, 2012
La Vida a los Treinta
martes, junio 12, 2012
Agua
Para A. P., que sorteó al ganado...
Yo para el agua soy muy moro. Cualquier paisaje se dignifica, se hace vida y razón con el agua. Lo demás es desierto. Lo recordé hace un par de semanas en el parque natural de la Sierra de Cebollera en La Rioja, donde una breve ruta de bosque -que parte de la ermita de Lomos de Orios- desemboca en una escueta cascada, la primera de una serie, que centra todo el sentido del camino. El agua es lo que importa. Es la causa del florecer de la civilización y la razón del descanso que proporciona su sola contemplación desde las riberas. Sólo cabe la guerra por el agua. No hay una disculpa de mayor potencia para coger las armas y rebanar enemigos. El Islam, esa religión de hombres de dunas, comprende muy bien lo que significa el agua y su escasez. Por eso el paraíso que promete su libro sagrado está bañado por ríos que fluyen incansablemente y bañan un jardín colmado de delicias. El Corán expone crudamente, entre otras imágenes a menudo cruentas, la sed del hombre; una sed incrustada en nuestro cerebro como una programación para la santidad. Es difícil no ser santo aprovechando la primavera en un bosque, junto al río. Yo soy muy moro para el agua. Debe de ser un reflejo en mis genes de la presencia de 700 años de los árabes en la Península. Supone nostalgia del Edén, no cabe duda. Y es, a la vez, quietud y movimiento. La imagen y lo imposible de fijar un instante, que siempre es nuevo, pero conserva el empaque de lo eterno... sin alcanzarlo.
miércoles, mayo 09, 2012
Siglo XX
lunes, diciembre 27, 2010
Si Te Gusta Lo Que Ves

miércoles, diciembre 01, 2010
Nunca Fue Extraño

No lo supieron enseguida. No pensaron nada. Ya no podían con su fe de niños ¿Quién sabe ya de planes y recuerdos? Fue una noche entre las figuras que empañaban un muro. Nadie puede recordarlo. Algo que se tiraba a la basura porque hace daño.
La soledad de un bar que está cerrando. El ruido del agua y el jabón. Quizás hubo miedo, pero nunca fue extraño.
Son tan distintos que resulta imposible distinguirlos. No se duda de la fuerza del invierno. Y se tienen lejos o cerca. Y es cálido como una manta. Y es ligero y viajan casi sin quererlo.
jueves, noviembre 11, 2010
Carlos Edmundo de Ory, D.E.P

lunes, septiembre 13, 2010
Algo Escrito

si acaso ella no le habrá dejado
algo escrito en alguna parte:
una carta, papeles, indicaciones…
Comenta algo a alguien,
que lo mira entre inquisitivo
y tierno. Ya nada de eso importa,
dice,
es sólo algo más de metal para la fragua.
El niño lo sabe y mira los espacios
del hogar anónimo
y los vacía para conservar
lo eterno, como si eso sirviera
para esclarecerse.
viernes, agosto 20, 2010
Esfinge

domingo, agosto 15, 2010
Me Hablaban De Zombies
domingo, agosto 08, 2010
El Sacrificio

“Según esta explicación de S. Anselmo, que expongo de una manera rápida, el pecado del hombre causa una ofensa infinita a Dios. Puesto que el hombre es un ser finito y limitado, no puede reparar una ofensa infinita, porque las ofensas se miden por la categoría del ofendido. Es preciso un ser que sea infinito para satisfacer el honor ofendido de Dios, con lo cual Dios tiene que encarnarse, a fin de constituir ese ser infinito que repare la ofensa infinita hecha. Y tiene que encarnarse, porque, al haber sido cometida la ofensa por el hombre, tiene que ser reparada también por el hombre. Jesús muere y merece con su muerte la reconciliación de Dios, porque repara esa ofensa infinita, toda vez que la muerte de Jesús es un sacrificio que tiene un valor infinito por ser la muerte de un ser infinito. Así nos salva Jesús”.
Frente a esta lectura de la muerte del Nazareno, Busto Saiz opone una teología moderna (la suya), mucho más acorde con los ánimos de nuestros contemporáneos, según la cual, Jesús aparece en la historia como un luchador por la Justicia y la Libertad de los oprimidos y al que los Poderes de este mundo (Roma y el Templo de Jerusalén) no pueden digerir, por lo que deciden eliminarlo. La Redención se concreta, pues, en la respuesta finalmente adecuada de la Creación hacia su Señor. Dios ha vencido porque su Amor ha sido más grande que el miedo, la opresión y la muerte.
Si bien, en mi opinión, el estudio del Nuevo Testamento deja entrever lo confuso de su tratamiento de este tema (si el de Jesús es un Sacrificio Redentor, lo es involuntariamente, puesto que los que lo sacrifican ignoran que se trata de un sacrificio), me interesa mucho más actualmente la teología de San Anselmo a este respecto. Porque, efectivamente, si leemos con atención los evangelios, es indudable que Jesús insiste en que su Sangre sirve para borrar el Pecado del Mundo (idea mucho más crudamente expuesta en las cartas de San Pablo). Y pienso que la formulación de los textos del NT buscan deliberadamente introducir esta tesis en las mentes de los primeros creyentes: El sacrificio de Jesús por sí mismo limpia el pecado. A continuación, Dios apuesta por el caído y lo resucita. Pero el “hecho en sí”, la muerte del Nazareno, redime. Esto resulta incómodo para los más progresistas dentro del cuerpo teológico de la Iglesia Católica. No me extraña. Es muy duro pensar que la divinidad necesita la sangre de un inocente para eliminar culpas.
Hace un tiempo, intercambiando opiniones (un tanto violentamente) con un cristiano no adscrito a ninguna iglesia en concreto (y que ahora, tristemente, ya no está entre nosotros), descubrí una interpretación novedosa: Para él, no es que Dios necesitara la muerte de un inocente para redimir Su Creación, sino que era el ser humano quien, para destruir el sentimiento de culpa debía creer que la Sangre de Jesucristo era “suficiente” para limpiar su conciencia. Era un fenómeno psíquico inevitable.
Me dejó sorprendido esta lectura. No estoy seguro de compartirla en lo que se refiere a la interpretación de la fe cristiana, pero me parece muy perspicaz en lo que tiene de exposición desnuda del comportamiento de la mente humana.
Si mi difunto interlocutor tenía razón, el cristianismo es la única cura para el mundo neurótico en el que habitamos y los evangelios serían el reflejo más agudo del carácter del hombre. Un ser que, en consecuencia, es capaz de ser feliz pensando que otra persona (en este caso, “El Gran Otro”) ha pagado por sus culpas.
Yo no soy psiquiatra, ni psicólogo y, por lo tanto, no estoy capacitado para analizar esto detalladamente. Me faltan herramientas conceptuales con las que trabajar este embrollo. Diré, de todas formas, que tal y como yo lo veo (basta, pienso, observar alrededor) el sacrificio o, al menos, un conato de sacrificio (una idea falsa sobre él) está al orden del día en nuestras sociedades. ¿Cuánta gente cree realmente renunciar a algo por alguien? El sacrificio en este caso es un auténtico asesino de dudas. Situándose en el artificial dilema de: “Fulanito me importa pero me importa más Menganito y saco a pasear el hacha sacrificial y me libro de Fulanito”, es decir, dando el aspecto de crudeza a una elección se disipan muchas nieblas emocionales y se puede empezar a funcionar con la alegría que da el haber renunciado a algo: es un salto al vacío que ha justificado.
No existe el sacrificio. Es un señuelo que esconde la nada moral, la cobardía de no saber enfrentar una realidad incómoda: verse incapaz del amor y de la entrega sin que, por algún lado, aparezca el dolor como ingrediente indispensable del potaje sentimental. Y es curioso porque el sacrificio no es tal, pero se busca y, una vez encontrada su idea falsa, se niega y se culpabiliza al sacrificado (“él/ella se lo buscó”). ¿Es posible que nuestra felicidad dependa de una destrucción ajena; una destrucción no sólo física sino de todo lo que una vez lo rodeó y significó algo y que ahora derruimos hasta en la memoria?
¿Y si esto es lo que somos?
domingo, agosto 01, 2010
Elle Fut Repatriée Convenablement

Pero detengámonos un momento y aceptemos que el Rimbaud “importante” es aquel adolescente bello y feroz que deambulaba por el lado salvaje de la vida en compañía de un patético Verlaine. Recordemos que el Rimbaud inmortal es el de “Una estación en el Infierno”, el de las “Iluminaciones”; el rebelde y manirroto joven súper dotado que llevó la literatura a un enfrentamiento deicida y que se consumió inexplicablemente cuando cumplió los veinte años.
Aunque tampoco tan inexplicablemente. Las fantasías exóticas que el poeta de Charleville desgranó en sus libros; su deseo de aventuras y experiencias plasmado en sus poemas, obtuvieron la recompensa en forma de realidad: Rimbaud abandona el ejercicio literario “a la edad en la que otros empiezan” y se pone en camino, optando por dotar de verdad sus ensueños juveniles. Y viaja. Y se arriesga. Hasta aquí todo bien. Es, incluso, digno de admiración. No todos son tan valientes. Casi nadie lo es, de hecho.
Pero el destino del poeta, lejos de conducirlo en palmitas hacia el triunfo del aventurero, lo sumerge en una sucesión de experiencias fallidas, accidentes, enfermedades, asesinatos, dudosa moralidad y terrible soledad. Lo que parecía oro en la mente; esperanza de un burgués asqueado por serlo, se convierte en una pesadilla tenue, no absolutamente insoportable, pero que lo mina poco a poco y destroza los cimientos de su legendaria inteligencia. Rimbaud desaprende su vida en una catastrófica elección que, finalmente, lo lleva a añorar la existencia que pudo ser: la del triunfo incontestable, ya tan terriblemente lejos antes de cumplir los treinta.
Y compra una esclava… Leyendo las penalidades del poeta, sorprende que, en ningún momento, se le pasara por la cabeza la idea de regresar a Francia (donde sus libros comienzan a ser conocidos y reverenciados por una corte de fanáticos que desconocen al autor) para tomar las riendas de su destino literato y/o sedentariamente burgués, conocer a alguna joven de “buena familia”, de delicados modales y formar una familia con muchos niños; convertirse en el príncipe de los poetas o en un simple funcionario. Sigue siendo un salvaje e, incluso, su búsqueda de “normalidad” está jalonada de comportamientos lunáticos. Todo se convierte en algo feo cuando lo toca Rimbaud. Y él se da cuenta de ello. Y más tarde enferma y muere sin haber construido su vida tal y como la pensó de joven. Sólo quedan sus libros como testimonio refinado de un fracaso. Él, durante los años previos a su muerte, se incomoda cuando le recuerdan su pasado de “niño prodigio” de las letras. No es para menos. Rimbaud sabe lo que ha ocurrido y lo que no (que es aún más grave y doloroso). Como dijo en uno de sus poemas, una vez sentó a la belleza sobre sus rodillas y la insultó. Recogió una amarga siembra. Finalmente, no pudo sino continuar con la farsa, llevarla hasta el más penoso extremo, en la soledad profunda de quien se sabe perdido. Fue su opción. Nunca pudo deshacerse de ella. ¿Lo quiso de veras?
jueves, julio 22, 2010
Ni Siquiera La Lluvia

Estaba el cielo como para esperar a Barbara Hershey tras cualquier esquina. Estaba el cielo ochentero y neoyorquino. Faltaba (¿o no?) Michael Caine, envuelto en una gabardina rancia. Miré por la ventana y me di cuenta de la mutación paisajística. Siempre he pensado que para cada época existe una luz que le es propia, como lo es cada generación que la habita. Es una sospecha sin fundamento, pero que dota de razón al pasado. Lo justifica. Para mí es suficiente. Vuelvo sobre ello de vez en cuando. La cuestión fundamental es si podemos identificar el presente con alguna promesa del pasado, vista o percibida incluso de soslayo en algún acontecimiento puntual, en alguna persona a la que se ve o en algo que se piensa. No hay lugar para intuiciones de ese tipo. Ahora es mejor así, un peso que se nos quita de encima. Hoy los coches pueden avanzar sobre los charcos, mientras las madres dan la merienda a los niños. Y cada acto muere en sí mismo. “Siempre ha sido así, hombre”. Que sí, que ya lo sé.
lunes, julio 05, 2010
Paz
De nuevo, y sé perfectamente que no por última vez, voy a hablar de mí. Y es que, como buen tímido, soy también un exhibicionista y gusto (tal vez necesito) de la dosis cotidiana de autobombo o de justificación para mis actitudes e inclinaciones. Yo soy así (este “yo” no va a ser el último del texto).
Cuando tenía quince o dieciséis años y era un maniqueo de libro y frecuente ladrador contra lo que se me aparecía como el colmo de la imposición ideológica (las clases de Religión en mi cómodo y no poco siniestro colegio concertado), e incluso batallaba sin descanso a favor de la izquierda (perdón, quise decir LA IZQUIERDA), con la eterna pregunta en los labios cuando me hablaban de un escritor o intelectual cualquiera: “Sí, pero, ¿es de izquierdas?”, encontré en la biblioteca familiar un ejemplar de “El ogro filantrópico”, de Octavio Paz. Lo pregunté, no se crean: “Pero, vamos a ver, ¿es de izquierdas?”.
La respuesta (“No exactamente, pero es un intelectual muy fino”) me animó a leerlo. Una lectura fundamental en mi vida. La he recordado recientemente y he rescatado de nuevo el libro de la estantería. Ya no me resulta tan luminoso como antes, porque Paz (al menos el Paz de 1978, año de la publicación del libro) me parece ahora más superficial y con un excesivo celo por no presentarse como un reaccionario; pero puedo decir que su formulación central ha sido la que, a partir de su lectura, ha nutrido mis opiniones sobre política. A saber, Paz se centra en los siguientes puntos:
1) Crítica del Estado como organismo con evidentes (y casi ineludibles) tendencias burocráticas.
2) Crítica del “Socialismo Real”, de la URSS y de los demás países de su órbita, así como de las dictaduras que se habían impuesto en su época en diferentes países bajo la bandera del marxismo-leninismo.
3) Crítica a intelectuales complacientes con la URSS que negaron hasta que no les quedó más remedio la existencia de Campos de Concentración.
4) Defensa de la sociedad pluralista y democrática frente a las tendencias totalizantes.
5) Defensa de la libertad política como condición imprescindible para una sociedad justa.
Aceptando el hecho de que sus críticas a los sistemas totalitarios del “Bloque del Este” respondían a una necesidad coyuntural, creo que pueden sacarse conclusiones generales para nuestros días. Sobre todo, el desprecio hacia la “libertades formales” que muchos acompañan con una invocación del Estado como plausible corregidor de desmanes económicos y políticos. En definitiva, la perdida de “fuelle” de la idea del Estado de derecho frente al Estado político fuertemente armado e intervencionista.
Me he excedido en explicar algo que no quería, pues pretendía que mi texto fuera más lírico en la evocación de mis años mozos, más personal acaso; no tan apegado a los datos de un libro que en mi vida ha sido algo más que eso (“Pablo, ¿un punto de inflexión?” Aborrezco esa frase). Tal vez yo siempre haya querido ser Octavio Paz. Un provocador ideológico, un erudito viajero y conocedor de mil tradiciones; capaz de soltar citas y referencias sin que se me desmelenara el tupé. No sé si voy camino de serlo. Posiblemente, no. Ni siquiera sé si es lo que quiero (o lo que puedo). Pero durante una época, al menos, me sirvió para liberarme de ataduras y prejuicios e inspiró en mí un gusto por situarme a la contra en cualquier circunstancia o discusión. Echaba de menos ese tiempo, más de ilusión de que análisis, debo admitirlo, y por ello he revisado la excelente (aunque excesivamente larga y quizás algo rimbombante) entrevista de Soler Serrano al Premio Nóbel. Nunca había escuchado la voz de Octavio Paz antes de ver este documento. Me sorprendió el amaneramiento del poeta (yo lo esperaba áspero como un Fernán Gómez o un Umbral), pero disfruté del Paz de la época de “El ogro filantrópico”, en plenas facultades.
Lo he visto como quien rescata un juguete de un cajón: feliz por el hallazgo, por reconocer aún lo que me maravilló de él, pero ya incapaz de aceptarlo como referencia vital absoluta. Ni siquiera busco algo parecido a eso. Acaso, tomar algo de su aparente quietud y equilibro y guardármelo.
jueves, julio 01, 2010
Ser Rubia

Paseaba aquella suerte de Sharapova, justo por en medio de la calle recién peatonalizada, y quizás llevara un mp3 o simplemente era feliz, pero juntaba los brazos al cuerpo y dibujaba dos ángulos rectos con las palmas de las manos, como si fueran alas. Y me di cuenta de que toda esa expresión de centralidad y de color en una calle que ya de por sí es ruidosa y se acostumbra rápidamente a las fiestas y a los títeres, sacaba a la luz lo impropio de forzar un espectáculo. Baste un ejemplo si cito “Noviembre”, la película de Achero Mañas. No es que no me guste, sino que directamente estoy en contra de las actuaciones callejeras. Tal y como yo lo veo, el arte sólo tiene sentido si se parte del consentimiento de artista y público. Detesto las “performances”. Sin ir más lejos, el fin de semana pasado, dos actores (por llamarlos de alguna manera) disfrazados de vaqueros del “Far West” irrumpieron en mi calle (la misma calle que un par de días más tarde caminara mi Sharapova) y realizaron escenas de duelos y entraron en las tiendas preguntando si vendían espuelas. Tal idiotez merecería, al menos, algún que otro insulto por parte de los viandantes pero, en mi ciudad, a lo máximo que se llega es a dibujar una sonrisa estúpida, lo que da en llamarse: “que se te quede cara de tonto”. Yo venía de comprar el pan y conseguí sortear con verdadera profesionalidad y destreza a mis “artistas”.
Pero dos días más tarde, esa calle forzada al arte (¡cuánto daño está haciendo la capitalidad cultural para 2016!), se vio iluminada por una presencia sin publicidad, sin actuación, sin mensaje ni propósito. El eterno femenino caminando, tomando casi, mi calle y nutriéndola de naturaleza intensamente sexual. Y entonces comprendí (y para mi asombro lo digerí sosegadamente) que esa mujer del top azul y los pantalones blancos era rubia. Lo que quiero decir es que esa mujer ERA (es, imagino y espero) RUBIA y personifica con gran armonía lo que la rubia representa en nuestra maltrecha sociedad. Porque, de acuerdo, algunos preferimos las morenas (o, simplemente no hacemos ese tipo de discriminaciones) pero, por favor, señores, ¡ES RUBIA! Me tomo un instante porque no sé cómo acabará este texto. Sigo (ánimo).
Es cierto que el infierno son los otros, pero el cielo también. Y he pensado en la evolución personal de esa joven rubia y la imagino escuchando frases del estilo de: “¡Oh, si parece un ángel!”, desde pequeña. Y quizás viviera con asombro (y no poca curiosidad) el cambio de niña a mujer y, con él, el paso de criatura celestial a objeto de deseo. Pienso en ella, entrando en cualquier tienda y la admiración no disimulada de los demás clientes. E imagino los rostros de los mil y un moscones, de los piropos forzados y soeces, de su triunfo, finalmente, junto a cualquier semejante. En una situación normal, es impensable relacionarla con ningún tipo de sufrimiento.
Esta joven es un arquetipo. Es rubia y bella, como un tópico cualquiera de este postmodernismo decadente. Pero la tenemos o, mejor, se tiene. Y ya ha ganado. Es mejor así, después de todo. Pero estoy enredándome en el prejuicio. Acabo.
domingo, junio 27, 2010
Paraíso

Hace dos noches, intercambiaba yo mensajes de móvil con un amigo sobre el deseo (velado, infantil, permanentemente pospuesto) de romper con el hormigón urbano y el cinismo occidental para huir hacia paisajes más amables. Si he de ser sincero, mi postura en la conversación era la del europeo, contento del hecho azaroso de su nacimiento lejos de los paisajes “naturales” de África. Y es que, realmente, no me siento tentado de escapar del mundo civilizado ¿Soy un estirado y un prejuicioso? Lo soy. ¿Es insultante mi afirmación? Puede serlo.
Y muere José Saramago y recuerdo aquel septiembre de 1998, cuando me firmó en Santander un libro (“Las maletas del viajero”), apenas unos días antes de ser galardonado con el Nóbel. Y recuerdo sus gafas de montura negra, ya pasadas de moda por aquella época, y su cabello fuerte y rizado que parecía escapársele de la nuca en tiras blanquinegras.
Y me doy cuenta de que he perdido totalmente la conexión con el Saramago intelectual al que tanto admiré y que ya incluso, en los últimos años, su figura no me transmitía el estoicismo, la elegancia y la fuerte bondad que me sedujeron hace ya tanto tiempo. Conservo la admiración por el Saramago escritor (“Ensayo sobre la ceguera”, “El Evangelio según Jesucristo”…), pero ya no es lo mismo. No entraré aquí a evaluar la figura política del portugués. No me apetece, eso es todo.
De todas formas, la idea del viejo escritor reflexivo, enhiesto como un roble contra el que nada pueden los cantos de sirena del núcleo cultural más frívolo; cerca de los debates de la actualidad, pero lo suficientemente lejos también como para no verse arrastrado por la avalancha ideológica, casado con una mujer más joven (eterna fantasía no políticamente correcta), viviendo en una isla... Todo ello forma parte de un ideal de vida bastante apetitoso.
Y la fortuna de trabajar las palabras, de comprender la escritura como un oficio y no como un truco de prestidigitación.
Pero he cumplido años y han pasado cosas. Y desconfío de esa vocación de santidad laica y de su postura crítica contra un mundo mercantilizado. La utopía genera monstruos y crea masa. Y no hay nada más peligroso que la sociedad devenida en masa y convencida de tener una responsabilidad histórica. Odio los uniformes. Y creo en las cortinas de colores tras las que no hay nada.
miércoles, junio 02, 2010
Voces Ancestrales

A través de la Irlanda Irlandesa y del Catolicismo Irlandés, Joyce oye voces ancestrales que le llaman. Las reconoce como voces de sirenas y, como su modelo, Ulises, se hace atar al mástil, para no seguirlas y ahogarse. Fue bueno para su arte hacerlo así. Se resistió a ellas, no porque las despreciase, como sugieren algunos de sus modernos admiradores, sino porque temía el poder que podían tener sobre él. Después de todo, eran voces de sus propios antepasados. Como lo son de los míos.
Conor Cruise O´Brien, "Ancestral Voices. Religión and Nationalism in Ireland", The University of Chicago Press, Chicago, 1995 (2ª ed.), pág 49.
Traducido y citado por Jon Juaristi, "El Bucle Melancólico. Historias de nacionalistas vascos". Espasa Calpe, 1997.
(Fotografía de Eamonn McCabe).
domingo, mayo 09, 2010
Los Ochenta Años De Gary Snyder
Gary Snyder cumplió ayer ochenta años. El poeta norteamericano, ganador del premio Pulitzer de poesía en 1975, inspiró el personaje de Japhy Ryder en la novela “Los vagabundos del Dharma” de Jack Kerouac y es autor de una obra en la que refleja su filosofía budista y el conocimiento de la naturaleza.We Make Our Vows
Together with All Beings
Eating a sandwich
At work in the woods,
As a doe nibbles buckbrush in snow
Watching each other,
Chewing together.
A Bomber from Beale
Over the clouds,
Fills the sky with a roar.
She lifts head, listens,
Waits till the sound has gone by.
So do I.
lunes, abril 05, 2010
Sara
Año 1975. Bob Dylan, inmerso en sus problemas maritales con Sara Lownds, inicia en Nueva York la grabación de su álbum Desire, disco compuesto a medias con el autor teatral Jacques Levy. La pareja llevaba tiempo separada. No obstante, el último día de julio tuvo lugar un hecho importante. Howard Sounes lo narra así en su libro: “Bob Dylan- La biografía”:
Sara Dylan se presentó de improviso la noche de la segunda sesión, el 31 de julio. “Me parece que había ido a Nueva York para averiguar si había alguna posibilidad de reconciliación. Creo que eso era lo que ella pensaba. Y estoy seguro de que es lo que pensaba él”, señala Levy, que no había visto a Sara en todo el verano (ella había estado de vacaciones en México). Bob volvió a entrar en el estudio con su banda y cogió la guitarra. Cantó “Sara” para su esposa mientras ella lo miraba desde el otro lado del cristal (…)
“Fue extraordinario. No se oía ni una mosca –sostiene Levy-. Ella se quedó absolutamente impresionada. Y creo que aquel momento marcó un giro en los acontecimientos… Funcionó. Los dos volvieron a reconciliarse de verdad”. Aquella extraordinaria primera toma de “Sara” fue el último tema de Desire.
Sin embargo, el matrimonio acabaría rompiéndose definitivamente dos años después.
viernes, abril 02, 2010
Recoger

- Parece que se esfuma cualquier esperanza de felicidad.
- Bueno, creo que, claramente, está exagerando.
- Créame, usted no conoce a esa mujer. Nos ha tenido a todos tanto tiempo en la palma de su mano…
- Lo quiere a usted, no le dé tantas vueltas a la cabeza, hombre. Además, se trata precisamente de esto. Ella está ahora en la casa porque lo quiere.
- No, lo importante es que ella está ahora en la casa. Está sola en la casa y yo estoy aquí, hablando con usted, ¿comprende?
- Vamos a ver. No se haga mala sangre. Por lo que me ha contado, él ha ido a recoger sus cosas. Ella lo está esperando. Le dará lo que le corresponde y ya sólo quedarán ella y usted. No es mal plan.
- Parece mentira, Pepe, parece mentira que usted no conozca la capacidad de las mujeres para convertir cualquier momento en una oportunidad para la traición.
- Pero, hombre…
- ¿Quién me dice a mí que ella no lo ha invitado a pasar o a tomar un café?
- No sería descabellado. Un gesto de buena educación.
- Del café a la cama no hay más que un detalle, una mirada, un recuerdo…
- Esto puede acabar con usted, no siga. Al final terminará por crearse toda una trama en la cabeza y eso lo destruirá. Déjelo estar. Disfrute de la confianza. También eso es posible. Tomarse una cerveza, como lo está haciendo ahora, hablando conmigo. Y ríase o hábleme de la crisis o de fútbol. Dios sabe que no puede estar así toda la vida, amigo. Cambiemos de tema. Acomódese en el taburete. Pondré el partido. Yo creo que está a punto de empezar…
- Tres años. Eso no desaparece por arte de magia. Siempre quedan rescoldos ¿No suele decirse eso? Yo soy el paria. Hablo con usted mientras ella puede estar acercándose a él. Es posible que piense: “Por los viejos tiempos”; o: “Uno de despedida”. Así funciona la cabeza de la gente. Y luego me dirá: “Recuperé sentimientos que creía muertos”.
- Mire, todo es posible ¿Puede que ella esté ahora tirándose al sujeto en cuestión? Es posible, claro que sí. Y es mejor así, no lo dude. Si tiene que ser, será. Todo está como debería estar. Siempre es así, al final.
- Muy Zen me parece a mí eso.
- No es Zen. Es la vida. En cualquier otro momento, usted podría ser ella, o incluso ese hombre.
- Desde luego. Pero yo ahora soy la víctima.
- ¿Pero qué victima? Usted es alguien que va a ver un partido conmigo ahora mismo y al que voy a invitar a un par de cervezas ¿Qué me dice? Puede sentirse afortunado.
- Buen intento, de verdad. Pero me tengo que ir.
- No vaya, hombre de Dios.
- Debo hacerlo.
- Mire, empieza el partido.
- Déjelo. Es inútil.
- Acépteme otra cerveza, al menos, antes de irse.
- Es tarde. Tengo que ir a casa.
lunes, marzo 15, 2010
Viajé Al Oeste Para Salvar Mi Matrimonio

suspendida en el aire, amenazas
que se evaporan al fijarlas
ingenuamente en un instante.
Sabía que las fórmulas repercuten siempre
y que nunca se dan por vencidas y el ozono
y los atascos como un humo constante.
Una atmósfera de Frank Miller,
el escudo que la ciudad dispone
frente al ojo enverdecido del extraño,
o las horas que aún quedan para la noche,
que ha de ser insumisión.
Un negro sale de su coche
e insulta a otro conductor
y da patadas en sus ruedas
mientras chilla en inglés y jura y repite
algo sobre la muerte y los testículos.
La mujer orgullosa, al volante, sin volverse nos dice:
“Welcome to New York City”
y todo cobra un sentido irónicamente primaveral,
un sabor a calabaza.
Se había dejado crecer el cabello
y las dos damas lo miraban
con el ceño fruncido: “¿De dónde ha dicho que es?”
“Oh, es un buen lugar, créanlo”,
y la conversación decae
hasta casi extinguirse en un leve murmullo insustancial,
esa amenaza inconcreta que aún no es abismo
pero sobrevive, tras mucho tiempo esperando .
La fugaz sucesión de nombres
y de modales escondidos. Las mujeres ríen
y abren tanto la boca
que dejan a la vista el chocolate pegado al paladar.
“Mi querido amigo, ¿qué hace aquí?
¿por qué ha venido?
Se le ve a la legua. Es usted transparente, joven”.
El paisaje se nutre de miradas
vacías, que ven pero piensan
si no sería mejor dejar de lado el tiempo
y actuar. Pero está seguro de no haber
cogido el chiste, a pesar
del evidente tono abyecto,
sobra decir, las costras entre los comportamientos
más excéntricos y el poco respeto.
No quiere pensar en caricias, pero comprende…
“¿Y por qué llegó ella?
¿Qué es lo que usted no le pudo dar?”
Y él sonríe y, por fin, cree encontrarse
sobre terreno sólido.
“Nosotros no actuamos de esa manera,
señoras, nunca nos hemos preocupado
por la literatura femenina”.
“Pero ¿y Woolf? ¿Y Pizarnik? ¿Y Zambrano?”
(La mujer dibuja en su rostro un gesto de admiración).
“Lo comprendemos, ¿verdad? En mis tiempos eso era imposible”.
Largas avenidas, siempre hay niños y muchachos
con diferentes extremidades, y modelos alemanas, con un extraño
parecido a Johanna Wokalek.
Y Dios sabe
de la testaruda presencia del té
y el tabaco, y el incienso, si
se piensa largamente en ello, sin excesiva profundidad.
“¿Qué va a decirle?”
“Oh, yo nada, nada”.
Las dos damas, grandes y felices,
conocen el perdón, después de todo,
del indecente uso de la geografía
para referirse a un estado de ánimo.
“Mi hijo dejó a los cerdos. Se ha levantado y no será
más que un operario, un mecánico”.
Él se siente observado con ojos maternales.
“¿Se alimenta bien? Coja un pastel, cariño. Mi marido
se queja de este invierno largo. Lo dice todo
el tiempo”.
Y el mareo llega de improviso, como una marea
y cierra los ojos el hombre a solas. Las gordas
susurran: “Pobre, míralo, está agotado”.
Surgen las promesas del acero. La brujería
entre manteles, cómoda por el humo.
Dios sabe,
sí, Él sabe lo que podría dar a cambio
por estar tapado hasta los ojos
en la cama de alguna habitación europea.
“Voy a serles sincero, señoras,
esto es un arma”.
Y señala a su bolsa de viaje.
“¿De verdad? ¿Podemos tocarla?”
Él se frota las manos.
“Yo he venido. Eso es todo”.
“Oh, lo sabemos. Será importante”.
Por supuesto, la satisfacción
es un sentimiento exagerado
para este momento.
sábado, marzo 13, 2010
La Tierra

Hablando con los castellanos, esa gente de belleza funcional, siempre rodeados de un silencio de siglos. Como su campo, baldío en un primer vistazo, que no necesita de más color para mirarlo y sentirse hombre. Y su horizonte, marcado al final con más polvo, casi rescoldos, en promesa de océanos y aventuras.
Un lugar de judíos y moros. Una frontera, acaso suspendida en el tiempo, aguardando una razón que pueda revivirla. Un trabajo lento y fatigoso. El frío y el calor secos. Aquí no se sonríe sin una buena razón. Es la conclusión de una historia que realmente se ha protagonizado y llega al final, y ya no ofrece nada, ni falta que hace.
En su misma arquitectura, que parece abrazada por la tierra, más que impuesta, y que ofrece una visión donde Dios ha cabido siempre. Un dios sin color, marcado por una filosofía estoica, por Teresa y Juan, donde la vida no parece distinta de la muerte Quizás con mayor movilidad por el amor, que es melancolía sobre la tierra parda.
jueves, febrero 18, 2010
No Poder Soportarlo
domingo, febrero 14, 2010
La Visita

- ¿Queréis azúcar con el té?
- No, gracias- respondió la morena. La pelirroja no abrió la boca.
Hubo un instante de silencio. La anciana jugueteaba con el cordón del delantal. Las dos jóvenes no daban muestras de nerviosismo.
- ¿Venís por algo relacionado con mi hijo?- preguntó finalmente.
Ellas afirmaron con la cabeza.
- Vosotras diréis.
En ese momento, el hijo menor de la anciana entró en la sala. Las dos muchachas se volvieron para mirarlo.
- ¿Es su hijo?
- Sí.
La morena se dirigió a su compañera.
- Se parece mucho, ¿no crees?
- Es verdad.
El chico miró a su madre.
- ¿Todo bien, mamá?
- Sí, tesoro. Vuelve a la habitación. No te preocupes.
Él no se movió. Miraba a las dos muchachas, quienes, a su vez, le devolvían la mirada inquisitivamente. Era un muchacho alto y desgarbado, de unos catorce años. Se quedó jugueteando con los tirantes del peto. Su madre seguía con el cordón del delantal en la mano. Ese detalle no le pasó inadvertido a la morena, que sonrió al comprobar el parecido familiar. La pelirroja le guiñó el ojo. Él bajó la mirada.
- ¿Te vas o no?- insistió la madre.
La pelirroja se puso de pie.
- ¿Le importa que use el baño?
- En absoluto, querida… Hijo, enséñale el camino.
La morena se acomodó en el sofá y se estiró para servir el té. La anciana acompañó con la mirada a su hijo pequeño y a la muchacha, hasta que ya no pudo verlos.
- Se parece mucho, ¿verdad?
- ¿A quién?
- A su hijo mayor, desde luego.
- Sí...Eso dicen. Evidentemente, no se parecen en todo. Mi hijo pequeño es especial.
La morena no contestó. Paseó la vista por la sala de estar. Estaba claro que la anciana se esforzaba en mantener el buen aspecto de su casa. Todo estaba muy limpio y ordenado. La decoración mostraba un mal gusto no demasiado descorazonador. Sopló en la taza un momento exageradamente largo y bebió un trago.
- Usted se imaginará la razón de nuestra visita.
- En absoluto.
Posó la taza sobre la mesa. Se estiró la falda, que se había arrugado levemente.
- Verá, señora. Venimos por algo que su hijo mayor dejó aquí antes de irse. Algo especial, no sé si me entiende.
La anciana no dio muestras de saber de qué iba el asunto.
- Mire, señora- continuó la morena-, usted sabe perfectamente de qué se trata. ¿O me va a decir que no sospecha nada? Dos chicas jóvenes que llegan a su casa… ¿Me sigue?
La anciana se encogió de hombros y dibujó una sonrisa que quiso hacer pasar por conciliadora.
- Pues la verdad es que no, hija.
La morena resopló violentamente, haciendo desaparecer de pronto la atmósfera de cordialidad que parecía haberse posado sobre la estancia. Se levantó y comenzó a dar vueltas por el salón, hasta detenerse junto a la ventana.
- Quiere dinero, ¿no es eso? Bueno… Podemos discutirlo. ¿De cuánto estamos hablando, exactamente? Vamos, ponga una cifra.
La anciana estaba empezando a inquietarse. Pensó en levantarse cuando la morena lo hizo, pero supuso que ella lo tomaría como un desafío y temía una reacción violenta.
La morena pareció recuperar poco a poco el talante suave del que había hecho gala al principio.
- Yo sé lo que le pasa. Todos sabemos del talento de su hijo. Y nosotras, más que nadie, queremos algo de lo que haya podido dejar. No somos como esos carroñeros que llevan meses rondando su casa, señora. No queremos fotografías del “hogar del héroe”, ni robar sus juguetes de cuando era niño. Sólo queremos lo que dejó.
La anciana intentó explicarle que ella y su hijo no habían hablado mucho en los últimos años. De la noche a la mañana, él pasó de ser un tímido estudiante de bachillerato en el instituto del pueblo a convertirse en una celebridad musical. Demasiado para un chico tan joven. Dos discos de estudio, uno en directo y un recopilatorio con tres canciones inéditas bastaron para erigirlo en símbolo de la nueva ola musical. Aunque eso era sólo fachada. En el ambiente artístico, eran bien conocidos los escarceos que el muchacho mantenía con las drogas y el alcohol. La autopsia tras el accidente confirmó un estado etílico incompatible con la conducción.
*
El chico acompañó a la pelirroja al piso de arriba y señaló la puerta del baño. Ella pasó a su lado, le lanzó una sonrisa y siguió adelante. Se detuvo frente a una puerta en la que habían pegado la letra J.
- ¿Es ésta tu habitación?
- Así es.
- ¿La compartías con tu hermano?
- Sí.
- Tranquilo, chaval, que no te voy a morder.
Él sonrió y bajó la mirada.
- Ahora es para mí solo.
La muchacha entró en la habitación. Una guarida típicamente adolescente: ropa por el suelo, cajones abiertos, un balón de baloncesto en medio, un póster de Michael Jordan entrando a canasta. Ella se sentó sobre la cama. De la puerta del armario colgaba una fotografía de la actriz Jessica Alba.
- Vaya, vaya- dijo ella burlonamente.
*
Según parece, poco después del accidente, por los círculos artísticos de la capital comenzaron a circular rumores acerca de la existencia de una nevera portátil de color azul (la típica de merienda campestre) que contendría unos cuantos botes de esperma del músico. Los admiradores (sobre todo, las admiradoras) del grupo enviaron cartas a los periódicos exigiendo la celebración de una subasta de tan preciada semilla. El asunto llegó tan lejos, que incluso el representante de la banda se vio obligado a salir en rueda de prensa para negar rotundamente la existencia de dicha nevera.
- Los que de verdad quisimos a su hijo nunca nos creímos esas explicaciones baratas. Sabemos que la nevera existe. La hemos buscado por todas partes. Y ayer le dije a mi compañera: “Tiene que estar en el pueblo”. Y aquí estamos.
La anciana sacudía la cabeza en señal de negación. De pronto se percató de algo.
- Mucho tarda tu compañera. Voy a ver si está bien.
La morena se interpuso en su camino.
- Déjela. Sólo está un poco mareada del viaje. Siéntese, por favor. Quizás he perdido un poco los nervios. No quiero que se disguste. Sólo somos dos mujeres que quisieron mucho a su hijo. Siéntese, se lo ruego.
La anciana obedeció.
- Somos como hermanas… Más que eso. Si le pasara algo, me moriría. Su hijo era lo más importante para nosotras.
La anciana no quiso nombrar a su nuera. La mujer no había hecho acto de presencia desde que se leyó el testamento. Comenzaron a oírse ruidos en el piso de arriba. Pisadas muy fuertes, muebles que se arrastran. La anciana bebió un trago de su té, que ya estaba casi frío. Vertió un poco más de la tetera. La lámpara se movía.
- Comprendo que quiera mantener con usted ese último recuerdo de su hijo. Lo entiendo perfectamente. Yo también soy mujer, como usted.
La mujer dijo que sí con la cabeza. Los ruidos cesaron pronto. Todo quedó en un extraño estado de paz que parecía borrar la tensión que había dominado la conversación tan sólo unos minutos antes.
En ese momento, aparecieron la pelirroja y el hijo menor.
- ¿Todo bien?- preguntó la anciana.
- Todo bien. Sólo estaba un poco mareada del viaje.
- Ya lo dije yo- intervino la morena- ¿Estás mejor?
- Sí.
- Pues nos vamos.
- Vamos.
La morena ayudó a la pelirroja a ponerse el abrigo. Le acarició cariñosamente la espalda.
- Nosotras nos vamos. El té estaba delicioso.
La anciana miraba a su hijo menor quien, a su vez, miraba a un lugar indeterminado entre el suelo y el trasero de la pelirroja.
- Muchas gracias por todo.
- Siento no haber sido de más ayuda. Pero no podéis hipotecar vuestro futuro pensando en mi hijo. Él se marchó y no va a volver.
La pelirroja bajó la cabeza y se mordió el labio inferior. La anciana no supo si lloraba o sonreía.
- Bueno, hasta siempre.
Las dos jóvenes se alejaron abrazadas. Habían dejado el coche cerca. Antes de subirse, la pelirroja se volvió para guiñar el ojo una vez más al chico. Él se sonrojó y levantó la mano para despedirse. Era casi la hora de cenar y tenían hambre.

